7Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón,
Disfruten, nos encontramos al final…
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72
Trofeo
(Capítulo 36)
Hermione está perdida, estamos buscándola, a ella y a los demás, Draco Malfoy está con nosotros y está ayudándonos en esto. Aún no los hemos hallado, pero hemos dado con guaridas de Mortífagos y hemos encontrado prisioneros allí (aunque claro, eso ya lo saben). Aquí van más, espero que puedan ayudarlos, están muy débiles, necesitan alimento y cuidados, peor sé que ustedes harán lo correcto. Seguiremos buscando, iremos hacia las guaridas (tratamos de descubrir dónde están), creemos que ellos estarán en alguna de ellas. No se preocupen por nosotros, estamos bien. No traten de encontrarnos, nos reuniremos con ustedes en cuanto todo halla acabado, ansiamos sea pronto. En Tilburi (N/A: no investigué sobre el lugar, sólo sé que es en las afueras de Londres, a varios kilómetros, y que tiene costas al mar) encontrarán más Mortífagos, en una brecha en el acantilado, sabrán hacia dónde ir, la magia los guiará. Seguiremos enviando a los prisioneros que logremos rescatar.
Harry
P.D.: Destruyan la carta en cuanto la lean.
Fleur arrugó el ya arrugado trozo de pergamino en su puño, apretándolo con fuerza mientras observaba a las personas que se tambaleaban frente a ella. Apuntó al bollo con su varita y entonces el mismo, se vio consumido por las llamas. La muchacha corrió hacia los desvalidos con su plateada melena ondeando detrás, y los ayudó a entrar a la seguridad de la casa. De inmediato, envió su patronus al ministerio, contándole a su marido lo que había ocurrido ahora, y dándole las señas del sitio a dónde debían ir a buscar a los Mortífagos. Entonces, dio de comer a los pobres desnutridos, y los reconfortó con cálidos tratos y palabras.
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Tenía miedo, mucho miedo, pero después de todo, yo me lo había buscado, yo me lo había ganado. Sabía, y admitía, que nada de esto estaría ocurriendo si yo no hubiese sido tan crédula, tan testaruda, tan sorprendentemente estúpida. Ellos me lo habían advertido, y yo no había querido creerles, pero claro, pensar mal de la gente era algo que todavía me costaba, y más aún cuando tenían un rostro tan bonito y eran tan amables con migo. Pero, como siempre, cuando me di cuenta de lo equivocada que había estado, ya era demasiado tarde. Y por eso, por ese estúpido error mío, ahora estaba acá, prisionera, en las fauces del lobo.
La oscuridad me tenía completamente cegada, pero ya no me molestaba, no sabía cuánto tiempo llevaba encerrada en este lugar, parecían décadas enteras, pero al menos me había acostumbrado a la oscuridad y al silencio, aunque todavía tenía miedo. No podía dejar de pensar en qué era lo que iba a pasarme, pero supongo que, después de todo, no merecía buenos tratos. Me preguntaba una y otra vez qué habrá sido de mis amigos, sólo esperaba que estuviesen bien y a salvo ¿qué estarían haciendo? Quizá me estuvieran buscando… Por un momento, la llama de esperanza flameó débilmente en mi interior, pero no tardó en extinguirse. No, no merecía que me buscaran, les había fallado, los había traicionado… ¿Pero, qué pasaría con migo? ¿Acaso nadie acudiría en mi ayuda? ¿Nadie vendría a rescatarme de esta prisión? Sabía que no podía siquiera pensar en aquella persona a la que me conducían erróneamente mis pensamientos, no quería pensar en ella, después de todo, había resultado no ser quien yo creía, y era la razón de que estuviese ahora allí.
Oí entonces un ruido metálico, una cerradura. Me aterré, y el pánico me inmovilizó por completo (más de lo que estaba, ya que cada centímetro de mi cuerpo estaba entumecido por la incómoda posición en que estaba desplomada en el suelo). Un chirrido, la puerta se abría unos metros más allá. Me apiñé contra la pared, llevé las rodillas contra mi pecho, y me encogí en un bollito humano, deseando poder fundirme con la roca de la pared, que me lastimaba más y más la espalda a medida que yo me presionaba más y más contra ella. Unos pasos comenzaron a moverse hacia mi, resonando en toda la habitación, como marcando el ritmo de mi corazón acelerado.
Venían por mí, lo sabía, ya había llegado mi hora.
Unas manos grandes y fuertes me aferraron por los brazos, que rodeaban mis piernas con fuerza. Intenté resistirme, pero aquellas manos eran mucho más fuertes de lo que cualquiera podría pensar, y en adición, yo estaba demasiado debilitada, pues no había comido en horas (o quizá días), ni me había movido de allí para nada. Luchar era inútil. Las grandes manos pudieron con migo con tanta facilidad que me hizo enfadar, y de un tirón, me pusieron en pie. "Suéltame" quise gritar, pero tenía la garganta seca, y la voz se me había ido hacia algún sitio, por lo que las palabras quedaron atoradas en mi garganta. Tenía los ojos cerrados, no me atrevía a abrirlos, no quería poder ver y que la idea de lo harían conmigo se volviese más certera, lo único que podía saber, por el matiz que había tomado todo tras mis párpados cerrados, era que ya no estaba tan oscuro como antes.
Aquella bestia que me aferraba lastimándome comenzó a caminar, y a arrastrarme con él. No me resistía, pero me arrastraba con demasiada facilidad, como si yo no fuese más que una bolsa de basura. Al final, me alzó en vilo y, para alivio mío, manteniéndome los más alejada posible de su cuerpo, comenzó a caminar a paso ligero con migo entre sus brazos. ¿A dónde estaba llevándome?
Terminé por abrir los ojos, no podía permitirme no saber dónde estaba o a dónde iría, ahora que podría ver, debería hacerlo. Vi un techo de madera que se movía sobre mí (N/A: por supuesto que el techo no se movía, lo que se movía eran ellos), íbamos hacia abajo, bajando una estrecha escalerita, los muros de piedra se elevaban a ambos lados y los amplios hombros de mi captor casi los rozaban en el avance. No estaba segura de si sería conveniente volver la mirada hacia él, pero al final lo hice y no estuve segura de si me alegraba o no de haberlo hecho, al menos ahora sabía de quién se trataba, pues, a pesar de estar su rostro oculto tras aquella horrible máscara, los ojos que me devolvieron la mirada desde detrás de ella, eran inconfundiblemente familiares. Sentía asco al saber que eran sus manos las que me tocaban, y sus ojos los que me miraban, al saber que era por él que estaba allí. La chispa en sus ojos me dio aún más rabia, estaba sonriendo. La ira que crecía en mi me dio el valor que estaba buscando. Tomé aire, y entonces tratando de sonar lo más amenazante posible, le espeté.
- ¿Qué quieres de mí? ¿A dónde me llevas?
Soltó una carcajada.
- Ya verás princesa, no quiero arruinarte la sorpresa.- y luego agregó – Peor déjame aconsejarte, no te conviene resistirte, no servirá de nada, sólo has lo que quieren, quizá así te dejemos con vida…
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Los cuatro chicos habían partido de la rocosa y ventosa costa, directo al siguiente sitio en que, Harry sospechaba, encontrarían otra guarida. Draco podía decir lo que quisiese, pero el morocho sospechaba que la ubicación de aquellos escondites del bando enemigo, poco tenían que ver con estrategias, más bien, pensaba que aquello se asemejaba al método que Riddle había usado con sus Horrocruxes, pensaba que los había situado en sitios que habían tenido algún significado relevante en su vida.
Por eso es que había conducido a sus compañeros hasta aquel sitio, confiando plenamente en su corazonada, y ahora caminaban los cuatro por un estrecho sendero de tierra, entre unos espesos matorrales de árboles y arbustos que los flanqueaban. A pesar de haber sido hacía ya muchos años, lucía casi igual al lugar de los recuerdos que Harry había visto (y que eran ahora también sus recuerdos). Llegaron entonces a un punto en que el sendero se abría y se separaba en dos caminos diferentes, no había señalización allí, pero el morocho sabía exactamente hacia a dónde tenía que ir. Sus compañeros no tenían idea de a dónde estaba llevándolos, pero él era ahora el líder, y ellos confiaban plenamente en su criterio, al menos dos de los tres, así que lo siguieron sin quejas ni cuestionamientos. Comenzaron a descender por una pronunciaba pendiente, al frente ya se divisaba un pequeño pueblo. Hacia allí caminaron, descendiendo por el camino empinado, inclinando los cuerpos levemente hacia atrás para mantener sus pesos equilibrados.
- Harry, - se atrevió su mejor amigo - ¿hacia a dónde vamos?
- Iremos a casa de la madre de Voldemort, donde ella y su familia vivieron. Dumbledore me mostró este sitio en el sexto año, y tengo razones para creer que allí podríamos hallar algo.
- ¿Y cuáles son esas razones, Potter?
- Bueno, verás, tú has dicho que Voldemort había escogido los cuarteles de manera estratégica, peor lo cierto es que dudo que sea así.
- ¿Qué quieres decir? - le preguntó entonces interrumpiendo su explicación.
Los cuatro chicos habían detenido su marcha y se encontraban de pie en medio del sendero, es escuchando con atención las palabras del muchacho de cabello negro y ojos verdes, porque aunque Draco había sido el primero y único en preguntar, era algo que les intrigaba también a los hermanos Weasley.
- Bueno, para empezar, no veo por qué esos sitios debieran estar seleccionados estratégicamente, después de todo no son más que escondites, podrían hallarse en cualquier lugar del mundo. Pero aún así, creo que hay algo más, creo que es posible que Voldemort haya escogido puntos geográficos que, de alguna forma, fueron importantes en algún momento de su vida…
- ¡Cómo con los Horrocruxes! – exclamó Ron con los ojos brillando con excitación al comprender al fin.
- Exacto – le contestó su amigo, sin poder evitar esbozar una leve sonrisa.
Draco y George ahora miraban a ambos chicos con el entrecejo fruncido. Habían comprendido la explicación de Harry sobre su intuición, eso sí, peor ahora había surgido algo más. Horrocruxes…
- ¿Qué ocurre Malfoy? ¿Es que no lo ves? Tiene toda la lógica – Ron no pasó por alto la expresión de su rostro.
- No se trata de eso, Weasley – Y George continuó, sumándose a su argumento.
- El asunto ahora es ¿Qué diablos es eso de los Horrocruxes?
- Oh… - Harry ahora se percataba de lo que habían dicho, tal vez no debieron haberlos mencionado.
- ¿Qué tal si hacemos esto? Ya habrá tiempo de explicar eso. – Los urgió Ron, percatándose al momento de lo mismo que su amigo, y viendo que no era nada oportuno detenerse a charlar sobre eso en ese instante, además de no estar para nada seguro de si era un tema sobre el que los otros deberían saber.
- Bien, vamos. ¿Hacia a dónde? – George cedió rápido, y pareció dejar el asunto de lado, la expresión de su rostro se transformó, abandonando el frunce de ceños, y volvió a enfocar la mente en el asunto que les concernía ahora. Pero no fue igual con Draco, que aunque no protestó, tampoco olvidó el asunto, exigiría una explicación más tarde.
Continuaron descendiendo y pronto se hallaron pasando frente a un pequeño y rústico cartel de madera en que el que alguien había tallado con prolijidad "Pequeño Hangleton". Era un pueblo muggle, el detalle saltaba a la legua, y no le pasó desapercibido a Malfoy, que frunció la nariz con asco, como si estuviese percibiendo un fluido desagradable en el aire.
No había muchas casas allí, un pequeño almacén, un pub, unas pocas tiendas más y más casitas esparcidas por allí, entre las que se escurrían las callecitas de piedras para establecer conexiones entre todo. El ambiente era agradable, los vecinos caminaban de regreso a sus casas, ya que la noche comenzaba a caer lentamente, y se saludaban con cálidas sonrisas unos a otros al cruzarse en el camino. Era uno de esos sitios en que todos conocen a todos, y nadie se lleva mal con nadie. Ninguno de los muchachos sabían en qué se relacionaba aquel sitio con Lord Voldemort, e intentaban adivinar a cual de las acogedoras casitas irían, examinándolas una a una a medida que avanzaba por la que debía de ser la calle principal. Pero Harry sí lo sabía, y sus ojos, al contrario que los de sus compañeros que bailoteaban hacia todos lados, se mantenían fijos en el frente, contemplando la imponente mansión que se elevaba más allá, al final del camino, dónde el pueblo parecía acabar.
Estaban a unas pocas cuadras de distancia, pero aún así, y haciendo un esfuerzo casi inhumano, el morocho lideraba la marcha con paso lento. Quería llegar allí cuanto antes fuese posible y comprobar sus sospechas, además de sosegar su ansiedad, con la ilusión de que allí encontrarían lo que buscaban nuevamente creciendo en su interior. Pero aún quedaban unos pocos muggles circulando por allí, y no quería llamar su atención ni despertar sospechas, aunque, a decir verdad, ya había visto a más de uno mirarlos con curiosidad por el rabillo del ojo al pasar por su lado. Por eso es que se mantenía (o al menos simulaba) sereno, sin apuros, pretendiendo que sólo paseaban por allí. Y los demás, hacían lo mismo, entendiendo su proceder a la perfección.
Las últimas casas pasaron por sus lados, y unos metros más adelante se encontraron frente a la imponente reja de la mansión, que se encontraba levemente abierta. Aunque Harry ya sospechaba que la hallaría así, aún tenía las imágenes de aquella antigua pesadilla muy frescas en su memoria. El aspecto de abandono de la casa era tal que costaba creer que allí había vivido gente hacía algo como cincuenta años, más bien parecía hallarse desabitada desde unos doscientos años atrás. La maleza se había hecho con el enorme terreno, creando una superficie de hierba (ahora seca) de más de un metro de alto; las ventanas no tenían vidrio, y las persianas colgaban de sus goznes, la madera ya podrida y carcomida por los bichos y la humedad; los vándalos habían estado evidentemente allí para dejar sus huellas sobre las descascaradas y manchadas paredes; el techo no tenía tejas, y se veían varios agujeros en la madera que la ausencia de éstas dejaba a la vista.
- La casa de su padre – anunció en un susurro a sus compañeros.
- Está abandonada desde hace años. Una pena, la verdad, era muy hermosa…
Los cuatro chicos voltearon a sus espaldas, para hallarse de frente con una anciana enconreada que contemplaba la casa con la mirada perdida, la mente enfocada en sus recuerdos.
- Y la familia que vivía allí era de verdad muy amable, todos muy respetuosos… Una gran familia, sí. La verdad una pena lo que les ocurrió…
Los muchachos intercambiaron miradas. ¿Quién era aquella mujer? ¿Acaso estaba al tanto de lo que había ocurrido a la familia Riddle? ¿Es que ella había estado allí incluso en aquellos tiempos?
- Muertos, aparecieron muertos, así como así… Ni siquiera les robaron nada, ni forzaron las cerraduras. ¡Y nadie sabe cómo los mataron! Sin armas, ni siquiera un enfermedad, ¡Nada! Los cuerpos estaban enteritos enteritos, sin rastro alguno de violencia, ni falla alguna, intactos, sus corazones sólo dejaron de latir de repente, así como así, sin razón alguna… Y los tres al mismo tiempo, madre, padre e hijo, murieron los tres al mismo tiempo…
La arrugada señora continuaba con la mirada perdida en la casa, más como pensando y recordando en voz alta, que dedicando aquellas palabras a los chicos que la miraban con asombro.
- ¿Usted… señora, usted conoció a los que vivieron en esta casa? – preguntó Harry entre ansioso y excitado.
- Pues sí querido, ¿Sabes cuántos tengo? Me mantengo joven, pero si tú supieras cuántos años tengo…
- ¿Cuántos años tiene, señora? – Preguntó Ron curioso.
- ¡Ah, no, no, no, nunca se le pregunta la edad a una dama, niño atrevido!
- Lo s siento, señora, yo no quise…
- ¿Y nadie ha ocupado esta casa desde entonces? – preguntó entonces George haciendo caso omiso de la discusión entre la anciana y su hermano.
- Oh no, dicen que está encantada, nadie se atreve a entrar desde entonces. Sólo quedó el anciano casero. Vivía en una casita detrás de la casa, pero luego apareció muerto también… Sólo los muchachos impertinentes osan entrar, para hacer de las suyas… No saben lo que están haciendo, si yo fuera ellos, mantendría mucha distancia de aquí…
Aquella mujer podía decir lo que quisiese, pero Harry sabía que allí había algo más, podía sentirlo, había rastros de magia en el ambiente, allí había habido uno o más magos, y aquello no tenía nada que ver con la muerte de los Riddle, era un rastro reciente, parecía increíble, pero él podía sentirlo, y estaba seguro de que sus amigos también podían.
- Pero, ¿nunca ha visto a nadie más entrar a la mansión? – la instó Harry.
- Bueno… no, y la casa está desabitada, no hay nada que indique que allí viva alguien. Pero… - los cuatro pararon la oreja, como sabuesos al recibir el sonido de un ladrido lejano ¿Pero? – bueno, yo paso a diario por aquí, vivo algo más allá, y para llegar al pueblo debo pasar por esta calle, y puedo asegurarles que más de una vez, he visto algo moverse tras esas ventanas – señaló hacia la casa con un ademán -. Pero ya les digo, nadie ha visto a nadie que entrase o saliese de la casa, y considerándolo todo, si alguien viviese allí, creo que habría hecho al menos unos arreglos en la casa… Quizá no se trate más que de esos niños rebeldes que se creer gran cosa por transgredir las reglas… - entonces se quedó mirando a los cuatro con ojos escrutadores y la sospecha brillando en las opacas pupilas - ¿Es que no estarán pensando ustedes en meterse a la casa, cierto?
- Oh no, señora, no, no. – se apresuró a responder Ron.
- Y, disculpen mi intromisión, pero ¿qué están haciendo por aquí cuatro chicos tan buenos mozos.
El rubio puso los ojos en blanco, los otros se mantuvieron imperturbables, y, tratando de sonar lo más sereno y sincero posible, Harry contestó con aire de desinterés, quitándole importancia.
- Pues sólo andamos de paseo, y éste nos pareció un pueblo que valía la pena visitar. Andábamos recorriendo las calles y vimos la mansión, así que nos acercamos a echar un vistazo.
- Bien, pues entonces que disfruten del paseo, yo debo apresurarme con lo mío o terminaré comiendo el almuerzo para la hora del té. – señaló una bolsa de compras ya cargada. Con una inclinación de la cabeza a modo de saludo, comenzó a caminar entre rengueras por el camino que se alejaba hacia su izquierda.
Los muchachos intercambiaron miradas mientras la observaban que la anciana se perdiese de vista, no dirían nada hasta hallarse completamente fuera de peligro de ser escuchados. Al cabo de unos cuantos segundos, que por lo ansiosos que estaban por que pasaran para poder discutir sobre aquella conversación se les volvieron interminablemente pesados, volvieron a hallarse completamente solos ante las imponentes y entreabiertas rejas de la Mansión Riddle.
- ¿Y bien? – Preguntó Draco - ¿ya lo han oído, cierto? No hay nada que ver aquí, así que ya podemos darnos media vuelta y regresar por donde hemos venido – escupió arrastrando las palabras con frialdad.
- ¡¿Qué?! – Exclamó Ron, consternado ante aquellas palabras – Si alguien no ha oído nada aquí, entonces ese eres tú, Malfoy. ¿Cómo dices que no hay nada que ver aquí? Claro que lo hay, ella ha dicho (te lo repito porque evidentemente no lo has entendido) "he visto algo moverse tras esas ventanas".
- Creo que sólo esas palabras merecen que nosotros entremos para ver qué es lo está pasando. Y además, dime ¿Acaso no lo percibes? En el aire, hay algo en el aire, aquí ha habido magia… Malfoy, ¿qué diablos te pasa? ¡Este podría ser el sitio que estamos buscando! ¿O es que acaso ya no te interesa continuar con esto? – intervino el otro Weasley.
- Claro que me interesa, Weasley.
- Pues entonces ya déjate de niñerías y vamos. – Harry interrumpió la discusión.
- Pero dime, ¿De verdad crees que en esta pocilga haya un cuartel? – preguntó Draco en tono de mofa.
- Pues sí, creo que es posible que lo haya. Después de todo, tú mismo lo has dicho, ¿quién pensaría que en este lugar funciona un cuartel de Mortífagos?
- Como sea, Potter, yo no recuerdo haber estado aquí antes, así que no creo que…
- Y dime Malfoy, ¿de verdad crees que Voldemort te hubiese confiado todos sus escondites secretos? Yo creo que no, más bien creo que sólo te ha confiado los menos importantes. Y además, ni siquiera te los ha revelado del todo, si no me equivoco, tampoco recuerdas esos. Sabes, creo que, a decir verdad, no confiaba en ti en absoluto. – Lo interrumpió George.
Y sí, el gemelo había puesto el dedo en la llaga. ¿Cuántas veces se había cuestionado el mismo Malfoy sobre la confianza que el Señor de las Tinieblas le tenía? ¿Cuántas veces sobre si de verdad lo consideraba como un Mortífago más, o como un mero servidor? El rubio fulminó a George con la mirada, pero se guardó sus pensamientos para sí mismo, no iba a admitir que el colorado tenía, quizá, más razón de la que en verdad creía.
- Dime, ¿qué tienes ahí que pueda servirnos? – Harry dio por terminada la discusión y se dirigió a George, que sonreía saboreando el triunfo.
El morocho desapareció bajo su capa, y los demás volvieron a colocarse los gorros de invisibilidad de Sortilegios Weasley que habían usado en la cueva horas antes. Con un extraño par de anteojos, todavía podían verse unos a otros a pesar de ser invisibles para otros ojos.
Con un débil chirrido, abrieron la reja unos centímetros más, ya que no cabían por la pequeña abertura que separaba las dos hojillas, y entonces, uno a uno, fueron atravesando los límites de la Mansión. Con unos yuyos que les llegaban hasta unos centímetros más arriba de las caderas se encaminaron hacia la puerta de entrada, que los esperaba invitándolos a entrar, unos cien metros más adelante.
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Me hallaba ahora en una habitación que olía a encierro y a humedad, él me había vendado los ojos al apenas terminar de bajar la estrecha escalera, incluso antes de abrir la puerta que daba a quién sabe qué lugar. Me había posado sobre el suelo y me había atado de manos y piernas para que no pudiese escapar, y luego, tomándome por el rostro con bruscos dedos mugrientos, me había vendado los ojos y me había amordazado con un asqueroso trapo. Mi resistencia no cedió ni un segundo, mientras aún pude moverme o clamar por ayuda con sus carcajadas coreando mis intentos, pero era inútil, no había salida de allí. Me había empujado contra el suelo al apenas cesar nuestra marcha, y yo había caído de rodillas, donde todavía permanecía incapaz de ponerme en pie con aquella soga atada con fuerza alrededor de mis debilitados tobillos.
Su mano se movió hacia mi rostro y yo deseé poder hacer algo para evitar que aquellos dados que tanto asco me daban (por los recuerdos que traían a mi memoria, y por la mugre que sabía que tenían) me tocaran, sacudí la cabeza, y el se carcajeó.
- No seas tan arisca, muñeca.
Sus dedos se deslizaron por mi mejilla y hacia abajo, por mi cuello, y por el escote de mi blusa. Me estremecí. No podía estar pasándome aquello ¿por qué a mi?¿era a caso un castigo por el error que había cometido? "Por favor, no… por favor…" repetía en mi mente una y otra vez, mientras aquellos dedos, increíblemente suaves se deslizaban por mi blusa, palpándome.
- Vendrán a verte en un momento, pero tenemos tiempo de sobra… - me susurró al oído, con su mano de nuevo sobre mi garganta.
Sentí sus dedos sobre mi boca, a través del trapo que me había puesto para impedirme gritar, y entonces me lo sacó, poniendo su mano en su lugar.
- Ni siquiera pienses en gritar – me advirtió.
Y sentí sus labios sobre los míos. Su lengua entró con brusquedad desesperada en mi boca.
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- Shh, manténgase en silencio. – dijo Harry volteándose hacia los demás, que iban ubicándose con él en torno a la puerta de entrada de la Mansión.
- Debemos andarnos con cuidado, – advirtió entonces George – ahora no sabemos con qué nos encontremos allí dentro, podría haber un grupo de diez Mortífagos reunidos justo detrás de esta puerta.
Y por supuesto era cierto. Draco nunca había estado en aquel sitio y ahora no podía guiarlos, decirles como era el lugar por dentro, ni hacia dónde debían ir. Aunque una vez más, contaban con el factor sorpresa, aún estaban en desventaja por ese detalle.
Harry llevó una mano hacia el picaporte de la puerta y lo accionó, peor, como era de esperar, la puerta no se abrió.
- Alohomora – susurró entonces Ron, apuntando al mismo con su varita. Nada.
- Bien, creo que deberemos hacerlo al modo Mortífago – sentenció George.
Draco se arremangó de mala gana y volvió a cortar con su varita sobre la marca en su brazo, que frotó luego sobre la madera de la puerta. Ésta chirrió al tiempo que se abría.
- Me debes como un litro de sangre ya, Potter – el aludido pasó el comentario olímpicamente por alto y avanzó hacia el interior.
La puerta volvió a cerrarse detrás de Draco. El muy cobarde se mantuvo bien pegado a esta, para nada feliz con la idea de internarse en aquel sitio enorme, desconocido y, sobretodo, lleno de Mortífagos que, de seguro, se mostrarían muy felices de volver a encontrarse con él. Y lo peor de todo: lo verían junto a Potter y a los traidores a sangre… se estremeció. Nunca debería haber accedido a entrar. Lo hacía por sus padres claro, pero poner en peligro su propia vida por ellos…
El hall de entrada, por fortuna, estaba completamente vacío. No había luces prendidas allí, pero los rayos de sol del mediodía que entraban por los altos ventanales era suficiente para mantener el sitio bien iluminado. Una imponente escalera comenzaba a ascender justo frente a ellos, y se bifurcaba hacia ambos lados al llegar al primer piso. Y en el mismo lugar donde ellos permanecían de pie, una gran puerta de doble hoja se abría hacia la izquierda, y dos de una sola, hacia la derecha. Detrás de la escalera, un gran ventanal con vidrios romboidales daba a, lo que en algún momento debió haber sido, un imponente jardín trasero.
- ¿Hacia a dónde? – preguntó Ron en un susurro apenas audible, volteando los ojos hacia ambos lados.
Harry meditó un momento. A juzgar por el aspecto externo de la casa, las habitaciones estarían dispuestas del lado izquierdo, ya que (siempre considerando la Mansión desde su aspecto externo), la puerta estaba situada del lado derecho de la casa y no quedaban más de unos pocos metros de estructura hacia más a la derecha.
- Izquierda – respondió casi con seguridad.
Hacia allí fueron, caminando con cuidado para que sus pasos no hiciesen el menor, aunque la gruesa capa de polvo que cubría los grandes baldosones blancos y negros, amortiguaba todo posible ruido. Se apostaron dos a cada lado de la gran puerta de madera. ¿Qué harían ahora?
- Bien, vamos, entremos de una vez – les urgió Draco, deseando terminar con todo lo antes posible y salir de allí de una vez por todas.
- No, aguarden. Escuche con atención – se mantuvieron en silencio, atentos a lo que pudiesen escuchar. – Hay gente allí, no podes abrir la puerta y entrar así sin más.
- ¿Por qué no? Somos invisibles ¿o no?
- Pues sí, Malfoy. Pero, ¿no crees que les resultará extraño que la puerta se abra sola de repente y nadie entre? ¿Acaso no crees que atraerá su atención y los pondrá alertas?
- Harry tiene razón, debemos pensar en algo… - lo apoyó su amigo.
Genial, ahora estarían allí de pie junto a la puerta hasta que a alguien se le ocurriese salir o entrar, y entonces pudiesen colarse por la puerta abierta…
- ¡Lo tengo! – exclamó George, aunque todavía en un susurro. Metió ambos brazos en su mochila hasta la altura de los codos y hundió en ella también su cabeza, y comenzó a escarbar rebuscando en su interior quién sabe qué otro invento de su empresa. Entonces volvió a salir a la superficie. En su puño llevaba algo pequeño y peludo de color marrón.
- ¿Qué es eso? – preguntó Ron curioso, esperando cualquier cosa como respuesta.
- Ya verás, nos ayudará a sacarlos del camino. Sería demasiado sospechoso si usásemos un detonador trampa aquí, la explosión los alertaría, pero esto… esto es de otro nivel.
Sin decir más, el pelirrojo desanduvo los pasos hacia la puerta por donde segundos antes habían entrado. Accionando el picaporte la abrió, separándola sólo unos diez centímetros del marco. Colocó entonces la bola peluda en el piso, justo delante de la puerta, y regresó con sus compañeros, a la mismo posición que había ocupado antes.
- ¿Y qué con eso Weasley? – preguntó Malfoy con una mueca de burla en sus finos labios
- Ya verás – respondió con una amplia sonrisa. Elevó el brazo en que llevaba la varita, apuntando a la bolita que permanecía a diez metros de ellos. - ¿Listos?
Aquella cosa comenzó a crecer en tamaño, como si estuviese inflándose, y, poco a poco, comenzó a tomar una forma clara y bien definida. Era un perro, un pequinés marrón.
Draco miró al chico arqueando las cejas ¿acaso se trataba de un chiste?
El colorado agitó la varita una vez más, y entonces el pequeño can comenzó a chillar con un ladrido agudo que taladraba los oídos. De inmediato se oyó un deslizar de sillas al otro lado de la puerta, y voces que hablaban unas sobre las otras.
- ¿Qué diablos es ese ruido?
- Suena como… como un perro?
- ¿Y qué carajo hace un perro aquí?
- ¿Cómo mierda entró?
- Alguien debió haberlo traído, no pudo haber entrado sólo…
- Ya me encargaré yo de hacerlo desaparecer.
Varios pasos resonaros sobre el suelo, y los muchachos se apartaron un poco más de la puerta anticipándose a lo iba a ocurrir.
La puerta se abrió con brusquedad, y un hombre de no mucha estatura pero de anchos hombros, salió hecho una fiera, mirando en todas direcciones para localizar al responsable de aquel tremendo barullo. El pequeño perro continuaba inmóvil parado sobre sus cuatro patas frente a la puerta abierta. El sujeto lo vio y se encaminó pisando fuerte en esa dirección. Otras cuatros personas salieron tras él y lo siguieron.
- ¡Alguien ha dejado la puerta abierta! – exclamó un hombre enfadado, mientras sus ojos pasaban del animal al que se dirigían a la puerta que éste tenía detrás.
- Seguramente ese inútil bueno para nada. Terminara por arruinarnos a todos. – dijo otro escupiendo las palabras.
- Ya me encargaré yo de enmendarlo – dijo un tercero arrastrando las palabras, y con una sonrisa evidenciándose en su tono de voz.
El hombre que había salido primero liderando la marcha llegó a dónde estaba el perro, que continuaba ladrando, y se abalanzó sobre él, haciendo un gracioso movimiento con ambos brazos para capturarlo. Pero el cachorro fue más rápido y, por vez primera, se movió. Salió corriendo con sus cortas patas hacia las escaleras huyendo y el hombre terminó en el suelo con ambos brazos a su alrededor, como abrazándose a sí mismo.
- ¡Maldito bicho, tú no podrás con migo! – se puso de pie, y salió tras él, escaleras arriba, los demás lo siguieron.
- Sí eso los mantendrá entretenidos por un buen rato – repuso George sonriendo satisfecho.
- Bien, vamos.
Tras comprobar que no había quedado nadie en la habitación al otro lado de la puerta, donde antes habían estado reunidos los ahora perseguidores del perro, se colaron en su interior.
Era una habitación amplia, con un gran ventanal de pesadas y mugrientas cortinas oscuras hacia el frente. Una larga mesa de gruesa y oscura madera, aunque deslustrada y descuidada, ocupaba la Sala en casi su totalidad, con media docena de sillas dispuestas a su alrededor desordenadamente, ya que habían estado ocupadas hasta hacía unos segundos. Lucía como el comedor de la casa, probablemente así lo había sido en algún momento.
Observaron por un momento la habitación, había unos ejemplares de El Profeta esparcidos sobre la mesa. Harry tomó uno de ellos.
Era del día anterior. Lo desplegó y observó la primera plana. A diferencia de cómo había ocurrido siempre con aquel periódico, los titulares no anunciaba más que desastres, acaecidos tanto en el mundo mágico como en el mundo muggle: secuestros, asesinatos, explosiones, derrumbes, y más. Al principio le llamó la atención al muchacho que aquellas cosas estuviesen descriptas allí en el periódico, pues había sido muy propio de El Profeta, ocultar lo que en verdad pasaba y aparentar que todo marchaba de perlas en el mundo. Pero luego de considerarlo, cayó en la cuenta de que al contrario, no era para nada extraño, pues si ahora los Mortífagos se hallaban con el control de la prensa, como de seguro estaba ocurriendo, entonces lo que más ellos desearían sería que el mundo sepa de las catástrofes que ellos mismos estaban provocando, para sembrar el miedo y la desesperanza…
Dejó caer el ejemplar nuevamente sobre la mesa, y éste se deslizó sobre la superficie. No iba a leerlo, ni a ojear los otros que había allí. No necesitaba leer cada desastre que éstos describían para saber lo mal que estaban las cosas, y lo mucho que el mundo lo necesitaba… los necesitaba.
- Vamos – susurró. La voz parecía habérsele atorado en la garganta, por lo que le salió algo ronca, pero todos lo escucharon con claridad.
Avanzaron por una puerta de madera blanca y doble bisagra que se abría al final de la habitación, unos centímetros más allá de la cabecera de la mesa. No tuvieron inconveniente alguno para decidir el camino, puesto que era la única opción. Al atravesar la puerta se hallaron de pie en una gran cocina, con pisos de azulejos blancos y azules, opacos, y percudidos, algunos quebrados. Con altos armarios que llegaban hasta el techo, con la pintura descascarada, vacíos… había también una pequeña mesa enclenque, para no más de cuatro personas, un estrecho desayunador que continuaba a una mesada de mugriento mármol oscuro. Una estrecha puerta al final, tras la cual encontraron una angosta escalerita ascendente. No había nada más allí, ninguna otra puerta, ni pasillo, nada, sólo esa escalinata. Una vez más, siguieron por el único camino que se les presentaba.
Subieron en fila y con cuidado, sin dejarse llevar por la ansiedad, y evitando que el impulso de salir corriendo en busca de sus tesoros acabara con su plan y, quizá, con su oportunidad de encontrar lo que buscaban. Por mucho que lo intentasen, una vez más, les era imposible evitar que la esperanza y el pensamiento de que allí los hallarían se hicieran con ellos. Pero al mismo tiempo, esa esperanza se había transformado en el motor que impulsaba la sangre por sus venas, en la espina dorsal que los mantenía firmes, lo que no les permitía ceder, aquello que comandaba cada uno de sus pasos.
Llegaron pronto al final, y George, que era quien había llevado la delantera en aquella ocasión, abrió con cuidado otra puerta. Espió por los pocos centímetros de abertura y, tras asegurarse de que allí no había nadie ni nada que les representara algún peligro, la abrió por completo y la atravesó. Lo mismo hicieron los otros tres.
La escalera los había llevado hacia un largo pasillo, iluminado por la luz amarilla de la tarde que se filtraba por las torcidas persianas de madera de dos ventanas, una en cada extremo del pasillo. En la pared en la que estaba ubicada la puerta por la que habían salido no había nada, pero en la pared opuesta, había una media docena de nuevas puertas de madera, que, al igual que todo en aquel sitio abandonado y horrible, estaban descuidadas, descoloridas y opacas. Las seis puertas tenían cadenas con candados en las cerraduras, por lo que supieron de inmediato que habían dado con el lugar indicado.
Los cuatro chicos se miraron durante un instante, y, sin siquiera mediar palabra, todos supieron qué hacer. George se dirigió hacia el extremo izquierdo, Ron hacia el derecho; Harry siguió al primero y Draco al segundo. Cada uno de pie frente a una puerta, alzó su varita y apuntó al candado. Cuatro cadenas resbalaron de los picaportes, para caer exactamente en el mismo momento, en el suelo de oscuros tablones de madera, con un ruido sordo y un tintineo, provocado por los eslabones al chocar unos con otros. Entonces, sin voltear la mirada hacia ninguno de sus compañeros, ni hacia ningún otro sitio, sin dejar de mirar al frente con la determinación explícita en el semblante, alzaron sus brazos y, con mano firme, accionaron los picaportes. Las puerta se abrieron con un débil chirrido, y la luz se permitió avanzar unos pasos hacia el interior de las habitaciones. Aunque no fue suficiente. Como si estuviesen siguiendo las instrucciones de un libro, los muchachos actuaron exactamente del mismo modo, encendiendo sus varitas para localizar a los prisioneros, y acercándose luego a ellos para prestarles su ayuda.
Retiraron vendajes y ataduras de los cautivos, y luego los ayudaron a ponerse en pie y salir de sus celdas, sin dejar de repetirles a todo momento que todo estaría bien, que ellos los ayudarían a salir de allí y a regresar con sus hogares y sus familias. Harry y George se encargaron de las dos celdas que habían quedado, y luego volvieron al pasillo con los que habían encontrado allí.
Harry se quedó observando a los trece prisioneros que temblaban alineados en el pasillo (habían hallado tres en algunas habitaciones, dos en otras, y en una de ellas, sólo uno), y sintió una terrible pena por ellos, y un desmedido odio hacia los malditos Mortífagos. ¡Por Merlín, eran sólo unos niños! El más pequeño de ellos no tendría más de cuatro años, y el más grande tendría como mucho su misma edad. Aunque todos parecían lucir pequeños, por lo flaco de sus cuerpos y los puntiagudo de sus extremidades. Aquella pena y aquel odio que sentía al observar las hambrientas caritas y los suplicantes ojos de aquellos niños, eran tales que sirvieron para mitigar la decepción que, una vez más, surgía en él al no ver entre el grupo los rostros de su novia y sus amigos… Aunque a decir verdad, también lo desesperaron al imaginarse las condiciones en que se encontrarían ellos.
- Salgamos de aquí de aquí – escupió con ira contenida. - ¿Todos pueden caminar?
Tras una asentimiento conjunto, comenzó a liderar la marcha en descenso, de regreso a la maltrecha cocina.
- Bien, - comenzó Harry ya de regreso en la cocina – ustedes los llevarán a fuera, y los enviarán a la casa de Londres, ya saben cómo crear un traslador. Yo iré a buscar a esos Mortífagos, los desarmaré y los dejaré listos para cuando la gente del Ministerio...
- Aguarda un momento – lo interrumpió Ron - ¿De verdad crees que te dejaremos aquí solo peleando con los Mortífagos?
- Sí, eso mismo ¿Es que acaso quieres quedarte con toda la diversión tú solo? – lo secundó su hermano.
- … eh… no, pero…
- Pero nada, Harry, somos un equipo, haremos esto juntos. – lo cortó Ron.
- Pero ellos – hizo un ademán señalando a los prisioneros – están débiles, necesitan ir a un lugar seguro…
- Pues ellos se irán. – repuso George – Malfoy, tú encárgate. Has es traslador (sí sabes cómo, ¿verdad?) y envíalos a la casa de Londres, misma dirección a dónde hemos enviado al resto. Luego regresa a Grimmauld Place, nos reuniremos allí.
Draco no estaba seguro de si el alivio por poder marcharse de allí al fin, y justo en la peor parte, era mayor que el fastidio que le provocaba el recibir órdenes de Weasley, o viceversa. Pero de todos modos, dedicó una mueca a George, y luego se marchó tras indicarles a los trece niños que lo siguieran.
Luego salieron Harry, Ron y George. Atravesaron el comedor y volvieron a hallarse en el Salón de la entrada, donde tampoco había nadie. Un ladrido que provenía del piso superior les indicó que sus presas aún se hallaban allí tras el can, así que avanzaron escaleras arriba. Guiándose por los ladridos que resonaban por la casa a intervalos de tiempo regulares, tomaron el camino de la izquierda, que los condujo a una especie de living, de raídos sillones y vitrinas de vidrios mugrientos y quebrados, una puerta de doble hoja, como la que habían atravesado en el piso inferior se hallaba abierta de par en par hacia el lado derecho de la habitación. Advirtieron el ladrido y el movimiento en la habitación contigua, y al voltear hacia allí contemplaron que allí estaba lo que buscaban.
Se trataba de una biblioteca. Lucía intacta, más que probablemente, la única habitación en toda la Mansión a la que nunca había entrado nadie. Los estantes cargado de libro llegaban hasta el techo, o hasta donde comenzaba el balcón interior, ya que aquella sala tenía dos niveles, dos pisos para albergar miles y miles de libros, conectados por una sobria escalerita de caracol con barrotes tallados.
Tres hombres correteaban por el balcón del piso superior, tras una pequeña bola de pelos que se movía a toda velocidad sin dejar de echar un ladrido cada cinco segundos. Los Mortífagos arremetían contra el animal, lanzándoles hechizos y maldiciones, pero el animal se movía tan deprisa, que no lograban alcanzarlo con ninguno. Los otros dos Mortífagos aguardaban atentos al pie de la escalera, listos para capturar al cachorro si este intentaba bajar.
Los tres amigos se acercaron a estos con sigilo, para no ser advertidos. Harry se colocó tras uno de ellos, y Ron tras el otro. Tan concentrados estaban los dos – o quizá era demasiado idiotas – que no se percataron de que los muchachos se hallaban tras de ellos, hasta que sintieron que les presionaban con las puntas de sus varitas en las nucas. Antes de que pudiesen reaccionar, se hallaban los dos inconcientes, tumbados en el suelo. Por fortuna, los tres que corrían por el perímetro del piso de arriba, también se hallaban concentrados en su tarea, y, sumado al bochinche del animal, no oyeron el sonido que los otros hicieron al caer.
A partir de allí, todo fue muy sencillo. Subieron la escalinata, y aguardaron al final de esta a que los tres volvieran a pasar por ese lugar, entonces arremetieron con maleficios no verbales. Invisibles y mudos, una vez más, no fueron advertidos sino hasta que ya todo estaba hecho.
El gemelo apuntó con la varita al cachorro, que dejó de correr y ladrar en cuanto sus perseguidores se hallaron inconscientes, y éste volvió a convertirse en una pequeña "pelusa" que cabía en la palma de la mano. Entonces lo tomó y lo volvió a guardar en el interior de su mochila, sonriendo satisfecho por la labor de su obra.
Reunieron a los tres Mortífagos inconscientes, con sus otros dos compañeros en el piso de abajo y, como habían hecho con todos, se dispusieron a amarrarlos. Todo estaba hecho en aquel sitio, peor aún así, Harry no podía dejar de pensar, en Ginny, Neville, Luna, Hermione, y los señores Weasley, a quienes, una vez más, había fallado en encontrar. Entonces, de repente, sin previo aviso y sin explicación alguna, sintió una horrible punzada en el pecho, un dolor agudo y penetrante, y una sensación de quemazón, como si estuviesen atravesándolo con una estaca de hierro al rojo vivo. El dolor lo dejó sin aliento, impidiéndole gritar, o decir cualquier cosa. Se llevó ambas manos al pecho, como si por presionar el punto del que parecía provenir toda tortura, ésta fuese a mermar, pero no ocurrió así, sus dedos rozaron algo sólido, que al presionarlo contra la piel, aumentó el dolor, y le quemó también los dedos.
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Las lágrimas no paraban de manar de mis ojos, mientras lo sentía dentro de mí una y otra vez, arremetiendo con fiereza, apuñalándome en mi intimidad. Su boca no dejaba la mía, yo quería gritar, pedir ayuda, aunque sabía que de todos modos sería inútil, ya que no habría nadie allí dispuesto a ayudarme, pero de todos modos no podía, porque su lengua se incrustaba en mi boca hasta mi garganta, impidiéndome hasta respirar… Pero entonces comenzó a retirarla, y mientras con su mano manoseaba mis senos desnudos – había desgarrado mi blusa y mi sostén, dejando mi torso completamente desprovisto de ropa – descendió con su lengua por mi cuello, para llegar a ellos. Entonces supe que era mi única oportunidad, no importaba si nadie acudía en mi ayuda, al menos lo habría intentado. Llené mis pulmones de aire, haciendo mi mayor esfuerzos por reprimir las arcadas que me venían y no vomitar, y dejé que todo el aire que había conseguido, saliera fuera de mi, impulsado por el miedo, la furia, el odio, transformándose al pasar por mis cuerdas vocales. Grité como nunca, con todas mis fuerzas, con todo el aire y toda la voz que me quedaba.
Él levantó el rostro hacia el mío, con expresión de furia, y también de pánico. Elevó una mano en el aire, y me abofeteó. Entonces todo se volvió negro...
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Un grito desgarrador llegó a sus oídos, un chillido lleno de dolor, y lo forzó a llevarse las manos a los oídos. Pero no sirvió de nada, seguía oyéndolo con la misma claridad. Cayó de rodillas en el suelo, junto a los cinco hombres inconscientes que ya se hallaban amarrados. Ron se volteó hacia él, al oír el ruido sordo que provocaron sus rodillas al chocar contra el suelo. Se asustó al verlo, con ojos desenfocados, la boca levemente abierta y los ojos abiertos de par en par. Lo tomó por los hombros con ambas manos y lo zamarreó, pero el chico no reaccionó.
- ¡¿Qué te ocurre?!¡¿Harry, qué pasa?!
Pero el morocho no respondió, porque no lo escuchaba, no oía más que aquel grito horrible que rogaba por ayuda. Supo qué era lo que debía hacer.
Se puso de pie, y se dejó guiar, algo le decía que quien gritaba se hallaba allí, y que lo necesitaba, que debía acudir en su ayuda. Ron lo seguía cada vez más asustado, y George seguía a su hermano, tan asustado como él. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo con Harry? Se ha vuelto loco… pensaba su amigo.
Harry recorrió el mismo camino de antes: salió de la biblioteca, atravesó el living y bajó la escalera, cruzó la puerta hacia el comedor y luego la otra hacia la cocina. El grito se hacía más y más fuerte a medida que avanzaba. Sin embargo, no se dirigió luego hacia la escalera que habían subido antes, sino que se quedó de pie en el centro, girando sobre sí mismo, recorriendo con la mirada cada centímetro de la habitación. Los dos hermanos lo observaban a cada segundo más asustados ¿Debían detenerlo?¿Debían sacarlo de allí y llevarlo urgente a San Mungo? Entonces Harry se detuvo. Miraba a un punto fijo del suelo. Al principio, ninguno de los pelirrojos entendió de qué se trataba, pero luego advirtieron que las baldosas lucían diferentes en una pequeña porción del piso, algo más levantadas que el resto.
Harry se acercó con prisa al cuadrado que se distinguía, y se agachó junto a él. Apoyó la mano sobre el suelo, y tanteó, luego sacó su varita y apuntó con ella. Una corta pero gruesa soga (de no más de diez centímetros) surgió de una de las baldosas. El muchacho la tomó y tiró de ella, un perfecto cuadrado de suelo se levantó. Una puerta trampa. Una escalera conducía hacia debajo de la casa. Dedicó una mirada a sus amigos, que lo miraban sorprendidos ¿Cómo diablos había sabido de aquello? Y luego comenzó a descender, ellos lo siguieron.
Una puerta al final. Harry la abrió, y entonces el desgarrador sonido dejó de taladrarle los oídos. Una figura envuelta en una capa negra se hallaba sobre el piso, de espaldas a ellos, y sobre algo que parecía ser una persona…
- ¡HERMIONE! – Gritó Ron, y salió corriendo de detrás de su amigo, para abalanzarse sobre la figura de negro.
El hombre volteó mirando hacia la puerta con ojos desconcertados. Había oído el grito, aquella voz que había gritado el nombre de la chica que permanecía inconsciente sobre su cuerpo, pero no podía ver a nadie allí.
Harry y George pudieron ver desde la puerta cómo Mike caía hacia un lado, al tirársele Ron encima y quitarle la máscala negra de Mortífago. La varita se le resbaló de la mano y rodó por el suelo, mientras el pelirrojo lo atacaba a puñetazos, olvidándose por completo de hacer magia.
Observaron a la muchacha castaña, completamente visible ahora que Michael se había hecho a un lado, pálida, inconciente, con el torso desnudo y los pantalones desabrochados y bajos hasta la mitad de los muslos. La ira borboteó en su interior con más fuerza que nunca, y lo impulsó hacia donde su amigo golpeaba al Mortífago.
- ¡Ron, encárgate de Hermione!¡Sácala de aquí! Yo me encargo de él.
El pelirrojo dudó, pero tras voltear la vista hacia la chica, toda duda se borró de su rostro. Se separó del su presa, para ir con Hermione, la contempló durante una fracción de segundo, con el dolor deformándole las facciones, mientras una lágrima escapaba a sus ojos para escurrirse en el castaño cabello de ella. Se quitó la remera y le envolvió el torso desnudo con ella, le acomodó los pantalones, y, con sumo cuidado, la alzó en brazos, para salir de allí.
Harry dedicó una mirada al otro pelirrojo, pidiéndole que se marchara. Él, entendió en mensaje al instante, y supo que era mejor no discutir.
El morocho se quedó a solas con el Mortífago, con el violador de su amiga…
- ¡Crucio! – se sorprendió de lo perfecto que le salió el maleficio imperdonable, pero luego concluyó que en verdad no lo sorprendía, ya que era tal el odio que sentía hacia él, que supo que hasta podría matarlo si así lo quisiera… -¡Ava… - no, no lo haría, no podía, el no era como ellos, no era un asesino, y no merecía la pena convertirse en uno por su causa. Apuntó entonces entre sus piernas – Aprenderás a no volver a hacerlo rata inmunda – escupió con furia.
Michael profirió un grito desgarrador, pero, al diferencia del que, ahora sabía, había proferido Hermione, aquel no le causó dolor ni pena, sino satisfacción. Tras dejarlo sufrir por un rato más, con un nuevo maleficio lo dejó inconsciente.
Entonces se marchó, fuera de allí, llevándose su varita consigo y junto con las de lo otros cinco Mortífagos.
Hola!*
Bien, acá estoy de nuevo, y primero que nada quiero pedirles perdón. Mil disculpas por tanta demora, sé lo horrible que es para los que leen tener que esperar tanto y les pido me perdonen por favor, estuve muy complicada y tuve que interrumpir la escritura muchas veces. Pero bueno, por fin la terminé, acabo de terminar el capítulo, y lo subo ya mismo para no hacerlos esperar ni un segundo más.
Ahora me dicen qué les pareció. A mí personalmente me gustó, me compenetré muchísimo con este capítulo, no se por qué… y sé que se me fue un poquito la mano en la extensión, pero bueno, es lo que salió, jajaja!
Lunatico_lupin: muchísimas gracias por todos tus reviews (hasta por esos que dejas presionándome y que me hacen sentir terriblemente mal jeje :D), agradezco tu lealtad a mi fic, y todos tus comentarios son de gran ayuda, y aliento. Muajaja y yo soy mala y te hago creer que los encontrarán y al final no los encuentran, sí, me alegra mantener a la gente en suspenso, pero ya viste este capítulo… Gracias por eso de que el fic es el mejor que has leído, aunque creo que exageras, ¿de verdad es tan bueno? Increíble… y encimas lo has vuelto a leer desde el comienzo! Ni siquiera yo hice eso, me da algo de miedo… jajaja! Nunca pensé en abandonar, sólo que anduve algo complicada, prometo nuca abandonar :D Ah, me olvidaba, gracias por agregar al facebook! XD
Mika03: muchas gracias por tu review! Y chateamos! Y me hiciste sentir taan bien!!! Por fin alguien que me entiende, ahora sé que no estoy taan loca jajaja!
Allie Danger: Gracias por el review. Muchas muchas gracias por tus palabras, por el cumplido :D y se me ocurrió algo, voy a crear un "fics-anónimos" así como alcohólicos anónimos… jajaja! No me hagas caso, sólo deliro. XD
Albus Dumbledore Paita:Un agradecimiento muy especial para vos. Primero por el review. Eso de ingresar al mundo psicológico, bueno, es más fuerte que yo, me gusta meterme en la mente en de los personajes, y a veces me dejo llevar y termino yéndome por las ramas… prometo tratar de mejorar eso. Ahora, el mensaje que me mandaste WAAWWW! Me quedé boquiabierta, de verdad no lo podía creer, primero cuando lo vi en mi bandeja de entrada y dije "qué raro.." y después me puse a leer y de verdad me emocioné. Es que, a decir verdad, nunca imaginé que mi fic podría provocarle algo a alguien, y entonces me encuentro con los reviews que me dejan los lectores y eso ya es sorprendente, pero el mensaje que me mandaste fue de verdad el punto cúlmine de mi felicidad. Muchísimas gracias de todo corazón!
Muchas gracias a todos por seguir mi fic, por su lealtad y su apoyo!
Hasta la próxima!
Besos!*
_______________________________________________________________________-*Ginny!*
