¡Aquí estoy! Por fin he vuelto. Y puntual. No lo puedo creer. Una vez más, y no me canso de decirlo: GRACIAS POR TODOS SUS REVIEWS, POR SU APOYO A LA HISTORIA. Sé que debe de ser cansino que siempre diga lo mismo, pero es que es una gran verdad: sin su impulso, sin sus mensajes, yo hace mucho que habría dejado la historia, porque créanme, me consume mucho tiempo :)
Sobre el presente capítulo (nada que ya me puse toda formal jaja :p) sólo tengo por decir que tiene 130 páginas. Es muchísimo. Me he quedado ya totalmente seca como una planta quemada al sol. Espero que les guste. Perdonen los errores que encuentren, pero es que corregir 130 páginas es bastante, así que quizás se me pasaron algunas cosas. Espero que no muchas.
Entren al blog del fic: rojoynegrofanfic . blogspot . com porque HAY VIDEOS.
Una cosa más antes de que comiencen a leer: al final, encontrarán otra nota de autora. Ya verán por qué. Mientras tanto: buena lectura y nada de saltarse porque se spoilearán muy duro.
LOVE AND ROCKETS
Capítulo XXXVI
Miedo
Love is like a sin, my love,
For the ones that feel it the most
Look at her with her eyes like a flame
She will love you like a fly will never love you again
Massive Attack, Paradise Circus.
1.-
Rose, aún con los ojos cerrados, sintió un agradable aroma a menta y naranja que la hizo deleitarse durante algunos segundos y sonreír tímidamente contra la almohada. No pensaba en nada cuando abrió los ojos, pero sus ideas se dispararon con violencia dentro de su mente al ver, apenas a unos centímetros de distancia, el rostro pacífico de un Scorpius dormido. Su cabello rubio caía sobre su frente, desordenado, y sus labios entreabiertos parecían haber acabado de morder alguna fruta húmeda. La luz del sol que entraba por la ventana caía sobre su piel impecablemente blanca y hacía brillar sus pestañas casi invisibles. Estaba vestido, y Rose sintió un enorme alivio. Sin embargo, con cierto nerviosismo notó que su mano estaba enlazada a la del slytherin. Los dedos de Scorpius le transmitían ligeras olas de calor y de electricidad que bañaban la orilla de su cuerpo. Se soltó abruptamente de él, estremecida por el contacto, pero el rubio no se despertó. Los recuerdos de la noche pasada la golpearon con fuerza y, entonces, se sentó sobre la cama para observar la habitación que le habían asignado en la casa Gozenbagh. La casa de Aarón.
Una tristeza ligera, como una pluma, le hizo cosquillas en la garganta.
Sí, ahora lo recordaba. Después de haberse enterado de que Aarón había preparado la muerte de Cycill, después de golpearlo y ser conducida fuera del comedor, subió a la habitación y tomó una ducha que duró quizás una hora. Cuando salió, ya con la pijama puesta, encontró a Scorpius, duchado también, sentado sobre su cama con una bandeja llena de comida. Rose, quien no había tenido fuerzas para discutir, comió sin ganas todo lo que el slytherin le había traído. Los dos se mantuvieron en silencio durante el proceso. Ella tenía un nudo en la garganta y todas las ganas de llorar del mundo por la traición Aarón, pero se guardó las lágrimas muy adentro de sí, como siempre solía hacerlo. Llorar era un signo de debilidad y a Rose no le gustaba dar la impresión de ser frágil, aunque por dentro estuviera herida prefería soportarlo antes que flaquear frente a los demás. Ya había llorado más veces de lo que le gustaría delante de Scorpius. No tenía intención alguna de exponerse de esa forma nuevamente.
El slytherin mantuvo sus ojos grises clavados en ella hasta que la gryffindoriana introdujo en su boca el último bocado.
— Si quieres llorar, puedes hacerlo.— le dijo con firmeza.
Rose no lo miró.
— No quiero llorar.— le respondió casi en un murmullo. — Sólo quiero dormir.
La pelirroja se dejó caer sobre la cama con todo el peso de la muerte de Eros, una dragona a la que apenas había conocido, con la que apenas había convivido, pero con la que había establecido un lazo mágico indescriptible, profundo e inquebrantable que la había hecho amarla genuinamente, y la traición de Aarón, a quien consideraba su amigo y en el que había creído por encima de todo. Cerró los ojos y escuchó cómo Scorpius tomaba la bandeja y caminaba hacia la puerta. Sin más, lo oyó salir.
Y eso era lo último que recordaba de la noche pasada.
Rose miró a Scorpius, dormido como un niño sobre su cama, con extrañeza. ¿Qué estaba haciendo él allí? La pelirroja suspiró y volvió a dejarse caer sobre la almohada. Luego se giró y miró al rubio de frente. ¿Acaso era su nueva estrategia para hacer que lo perdonara? Rose sesgó la mirada. "No dejes que esa apariencia inhumana te haga flaquear", se dijo a sí misma mientras observaba a Scorpius con escepticismo. "Su plan malvado está claro: primero te da tu espacio, luego te regala una lechuza tierna, después se preocupa por tu alimentación como un psicópata y ahora se coloca, como una especie de dios griego, sobre tu cama con Merlín sabe qué intenciones", reflexionó mentalmente. "Está atacando tus puntos débiles como todo un slytherin. Que no te engañe su cabello dorado, ni sus facciones perfectamente simétricas. Enfócate en sus defectos: mira su nariz, no es tan bonita…Está bien, es agradable, no la mires, eso no ayudará. ¡Ni se te ocurra mirar sus labios! Su barbilla…¡Oh, no! ¡Sólo cierra los ojos, Rose!, sólo ciérralos".
Pero antes de que pudiera cerrar los párpados la pelirroja vio, casi hipnotizada, cómo Scorpius abría lentamente los suyos, mostrándole unos ojos grises grandes y brillantes, profundos, feroces, como los de un lobo, y ya no pudo hacer nada más que hundirse en ellos. Durante varios segundos ninguno dijo nada, sólo se miraron con intensidad. La gryffindoriana se estremeció completamente al sentir a Scorpius muy dentro de ella, como una tibieza invisible recorriéndola a pesar de que no hacían otra cosa que mirarse. El slytherin esbozó una ligera sonrisa y Rose tuvo que sentarse sobre la cama y clavar los ojos en la ventana, desviándolos del rubio, para recobrar sus cinco sentidos y domar sus hormonas.
Se humedeció los labios antes de hablar.
—No quiero sonar como una desagradecida, pero ¿qué estás haciendo aquí?— le preguntó la pelirroja.
Scorpius se sentó sobre la cama también y estiró los brazos hacia arriba.
—Dormir contigo. Es evidente.— le dijo dejando caer sus brazos a su estado natural. — Si no usas el anillo duermes como una loca. Por tus pesadillas. Ya sabes. —hizo una pausa, clavando sus ojos en ella. Rose le devolvió la mirada. —Decidí quedarme y tomarte de la mano toda la noche. Es la única forma en la que puedes dormir bien. Deberías agradecérmelo.
Rose se sonrojó y miró al suelo.
—No tenías que hacerlo.— le dijo. —Estoy acostumbrada a las pesadillas. Las he tenido desde siempre. Seguro dormiste incómodamente y…
Scorpius la interrumpió.
— Dormí perfectamente.— le dijo con sus ojos fijos en ella. — De hecho, dormí mejor que nunca.
Rose sintió sus mejillas arder e intentó recordar todos los defectos de Scorpius: "prejuicioso, egocéntrico, impulsivo, temerario, obsesivo, obstinado, prepotente, arrogante…"
Y entonces el slytherin agregó:
—Eso es si no tomo en cuenta, por supuesto, aquella vez que dormimos abrazados en la casa de mis padres. Esa noche dormí mucho mejor.—. Su mirada se intensificó mientras una media sonrisa se dibujaba en su rostro. — O aquella en Avalon cuando…
—Ya entendí.— dijo Rose, interrumpiéndolo., acalorada —Tu plan malvado no va a doblegarme.
Scorpius levantó una ceja.
—¿Plan malvado?— le preguntó.
Rose sacudió levemente la cabeza y cerró los ojos. "Querida Rose: deja de decir idioteces en voz alta, ¿quieres? Puedes ser idiota dentro de tu propia cabeza sin que nadie se entere. Gracias.", se dijo a sí misma.
—Olvídalo.— le dijo ella. —Me toma algunos minutos despertarme del todo y eso me hace decir incoherencias.
Scorpius se pasó una mano por el cabello rubio, despeinándolo.
—Como quieras.— le dijo el slytherin adoptando un talante serio. —Creo que debes saber que Rizieri se llevó a Gozenbagh en la madrugada. Parece ser que lo va a tener encerrado en su casa hasta que decidan qué hacer con él. En todo caso, no tienes que preocuparte más por ese asunto. No quiero que pienses más en Gozenbagh, ni en sus padres, ni en su odio por Ásban…
—Ni en cómo me utilizó para crear pruebas falsas contra un miembro de la Orden. Ni en que mi lechuza y mi dragona están muertas. — dijo la pelirroja con cierto sarcasmo. —¿Sabes? Será más difícil de lo que crees olvidar todo eso.
Scorpius negó con la cabeza y guardó silencio durante varios segundos.
—Lo que no entiendo aún es cómo fue que Ásban encontró los documentos que inculpaban a Gozenbagh.
—Aarón mató a Cycill.— dijo Rose mirándolo a los ojos. —Lo confesó. Esos documentos son reales.
—No dudo de su autenticidad.— dijo Scorpius. —Sólo me intriga la forma en la que cayeron en las manos de Ásban.
Rose suspiró y meditó durante algunos segundos.
—Antes de que yo entrara al estudio de Aarón, a la antigua habitación de Daria Gozenbagh, la puerta había sido forzada. Creo que ya te lo conté. Estoy convencida de que Ásban estuvo allí antes. Debió tomarlos entonces.
Scorpius miró seriamente a Rose.
—Pero aún no sabemos quiénes o quién está detrás del ataque en Hogsmeade, ni de la muerte de Eros.— le dijo. —Está claro que alguien o varias personas están detrás de ti. Yo no he recibido ningún ataque.
Rose bajó la mirada.
—Quizás Aarón también estuvo detrás de todo eso.— dijo la pelirroja. —Ya no sé qué creer.
Scorpius la miró con incredulidad.
—No creerás, en serio, que Gozenbagh planeó todos los otros ataques, ¿verdad?— le dijo. —Lo de Cycill, lo creo. Siempre me ha parecido un tipo retorcido, por todo lo que le ha pasado en su vida, ya sabes, la muerte de sus padres y demás, pero creo que tiene límites: creo que jamás te lastimaría. Te tiene afecto.
Rose miró a Scorpius con escepticismo.
—¿Es mi idea o lo estás defendiendo?— le preguntó la pelirroja. —Creí que lo odiabas.
El rubio asintió.
—Está claro que Gozenbagh y yo jamás seremos mejores amigos. No nos soportamos y, aunque él sea muy bueno en fingir lo contrario, sé que tampoco estoy en su lista de personas favoritas. — dijo el slytherin. —Pero no termino de entender ciertas cosas en todo este asunto. Y sé que le importas. Lo he visto en sus ojos. El muy cretino se derrite por ti.
—Lo de Cycill no tiene justificación.— dijo Rose, y su voz se volvió grave. —Hacer todo eso sólo para culpar a Ásban de un crimen que ni siquiera es capaz de probar que cometió…— suspiró y bajó la mirada. —Ya no quiero hablar más de Aarón. El tema está zanjado por lo que a mí respecta.
Scorpius no dijo nada más durante algún tiempo. Los dos continuaron sentados en la cama, a menos de un metro de distancia, y Rose pudo sentir la mirada intensa del slytherin bañándola con algo parecido a lava ardiente durante todo ese lapso de silencio. Tragó saliva y respiró hondo.
Justo cuando iba a decir algo para romper el silencio, Scorpius tomó su mano derecha abruptamente, sorprendiéndola y dejándola sin habla. Rose clavó sus ojos azules en el rubio, quien ahora sostenía su mano entre las suyas y observaba los dedos de la gryffindoriana con atención.
—Te miré dormir durante un par de horas antes de quedarme dormido.— le dijo el rubio. —Nunca antes había visto a una chica dormir tan profundamente.
—No creo que haya sido la primera chica a la que ves dormir.— le dijo ella, todavía sorprendida.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
—No, no eres la primera.— le dijo. —Pero sí eres la única con la que he dormido, y a la única que he mirado con verdadera atención. ¿Sabes que suspiras cuando duermes, Weasley?
Rose sintió que su rostro era una bola de fuego y, para ocultar su vergüenza, intentó liberar su mano del rubio sin ningún resultado positivo. Scorpius la asía con suavidad, pero también con firmeza. Sus ojos grises continuaban inspeccionando los dedos de la pelirroja como si se tratara de un raro artefacto.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?— le preguntó Rose, más incómoda que irritada.
—Ayer por la noche, cuando me acosté a tu lado y tomé tu mano, noté que tienes una marca parecida a una quemadura en tu dedo.— le dijo mostrándole el dedo al que se refería. —Es una marca que te dejó el anillo, ¿no es así?
Rose tragó saliva y miró su mano con el ceño ligeramente fruncido.
—Sí.— respondió. —El anillo solía quemarme cuando lo usaba. Pero hace algún tiempo que ya no lo hace.
Scorpius asintió y le mostró a Rose, sin soltarla, su mano derecha. Él también tenía una marca de quemadura.
—¿No te parece extraño que, a pesar de que el anillo ya no nos quema, la marca no se haya ido?— le preguntó el rubio.
Rose pestañeó varias veces.
—No lo había pensado antes, pero tienes razón.— dijo la pelirroja.
—Resultará un poco extraño para los demás si notan que tú y yo tenemos la misma marca en la misma mano y en el mismo dedo.— le dijo el rubio. —Creo que debes usar el anillo siempre. Así ocultarás la marca.
—¿Y tú?— le preguntó.
—Yo no lo usaré. Nadie encontrará una similitud entre mi marca y que tú uses un anillo. Eres una chica. Las chicas usan anillos. A veces.— le dijo Scorpius mientras tomaba, con su mano libre, el anillo de Rose que descansaba sobre el velador. —Es mejor que no levantemos sospechas alrededor de los anillos. Tenemos que mantener esto en secreto. Nadie puede saber que los estamos usando y que sabemos para qué sirven.
—Aarón lo sabe.— dijo Rose.
—Pero él no se lo ha contado a nadie y dudo que lo haga.— dijo Scorpius. —Earlena no tiene idea de cuál es su función. Tampoco Rizieri ni Ásban. Eso tiene que mantenerse así por lo menos hasta que entendamos completamente cuáles son todas las funciones de los anillos.
Rose quiso decir algo, pero ver a Scorpius llevarse a la boca su anillo la desconcentró. Lo que ocurrió después sólo logró inmovilizar a la gryffindoriana y quitarle por completo el aliento: el slytherin tomó la mano de Rose que aún tenía en su poder y la elevó a la altura de sus labios. Lentamente introdujo el dedo de la gryffindoriana en su boca, colocándole el anillo con sus labios mientras la miraba a los ojos. La sensación de calor y humedad la hizo estremecerse de pies a cabeza.
Cuando los labios de Scorpius deslizaron el dedo de Rose hacia fuera, la pelirroja se mordió el labio inferior inconscientemente y, tras un ¡plop!, su dedo quedó libre. Sin aliento, Rose notó que ahora tenía el anillo puesto y que la piel de sus brazos estaba erizada. Scorpius tenía una sonrisa victoriosa dibujada en su rostro. "Se ha dado cuenta. Por Merlín, se ha dado cuenta.", pensó Rose, consternada. "Por supuesto que se ha dado cuenta: puede sentirte, ilusa.", se dijo a sí misma, levantando el mentón en un intento por salvar la situación.
—Eres incapaz de ponerle el anillo a una chica de forma convencional, ¿no es así?— le soltó.
Scorpius, quien disfrutaba al ver el rostro sonrojado de Rose, le respondió:
—Necesito ponerme creativo cuando no puedo usar mi boca en otras partes de tu cuerpo.— le dijo, y luego se acercó tanto a ella que sus narices se rozaron. —Y créeme: estoy impaciente por hacerlo.
Rose, con el corazón latiéndole en la garganta, no pudo moverse ni apartarse de Scorpius, pero su cabeza continuaba gritándole que se alejara de la tentación antes de que acabara por claudicar.
—Eso no va a ocurrir, Scorpius…— le dijo ella casi en un murmullo, pero su voz carecía de convicción. —No voy a dejarte ponerme un solo dedo encima.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
—Quiero más que sólo ponerte un dedo encima, Rose.— le dijo mientras sus alientos se mezclaban y se volvían uno solo. —No tienes idea de todo lo que pasa por mi mente, de todo lo que quisiera hacerte en este mismo instante. Y lo único que me detiene es que respeto tu obstinada decisión de castigarme por lo que te hice.
Rose sintió los labios de Scorpius rozando los suyos y en su mente sonó una alarma de peligro que su cuerpo no pareció escuchar.
—No te estoy castigando.— le dijo débilmente. —Nada de esto tiene que ver contigo, Scorpius "soy el ombligo del mundo" Malfoy.
Scorpius sonrió sin dejar de rozar, tentadoramente, sus labios con los de Rose.
—No, por supuesto que no se trata de mí. Se trata de ti, Rose "tengo que encontrarme a mí misma" Weasley. — suspiró, frustrado. —Lo que no entiendo es por qué no puedes encontrarte conmigo a tu lado.
Rose tragó saliva.
—No creo que puedas entenderlo, ni yo explicarlo.— le dijo. Scorpius deslizó su mano por el muslo desnudo de la pelirroja y ella sintió cómo su cuerpo respondía favorablemente al contacto. —Ya no soy la misma que hace un tiempo se dejó arrastrar por ti en el compartimento de un tren. Ya no quiero ser un juguete al que puedes hacer a un lado o tener entre tus manos cuando te plazca.
Scorpius pegó su frente contra la de Rose. Los dos tenían los ojos cerrados.
—¿Un juguete?— le soltó en voz baja. —Si a estas alturas no sabes lo que significas para mí, estás ciega, Weasley. Nunca te vi como un juguete. Siempre me envolviste, todo lo que tenía que ver contigo me enloqueció desde el principio: tu ingenio, tu astucia, incluso tu lado Mcgonagal y tu timidez, sólo que no fui capaz de verlo, y siempre estaba de mal humor o enfadándome contigo por cualquier cosa para justificar que mi atención estaba puesta en ti, sólo en ti.
—¿Por qué en mí?— le preguntó ella mientras sentía cómo la mano de Scorpius subía por su muslo. —Soy una Weasley.
—Y yo soy un Malfoy.— le susurró.
—Soy tu rival en la competencia que quieres ganar.— dijo Rose, estremecida, justo al sentir cómo los dedos de Scorpius alcanzaban la parte alta de su muslo.
Scorpius soltó un sonido gutural de deseo frustrado muy similar a un gruñido.
—Y yo el tuyo.
Rose tembló ligeramente.
—Deberíamos odiarnos.— murmuró ella contra los labios de Scorpius.
—Creo que hace mucho que perdimos la oportunidad de ser los enemigos perfectos, Rose. — dijo el slytherin. —Intenté odiarte de todas las formas posibles. Incluso intenté hacer que me odiaras también. Nada funcionó. Me rindo.
Rose detuvo la mano de Scorpius sobre su muslo, peligrosamente cerca de su zona más íntima, y abrió los ojos. El slytherin hizo lo mismo y los dos se miraron muy de cerca. La gryffindoriana podía ver claramente el deseo del rubio en sus pupilas dilatadas. De cierta forma eso la hacía sentirse poderosa. Scorpius Malfoy la deseaba tanto como él a ella, pero esta vez era ella la que tenía el control.
Y no pensaba cederlo con facilidad.
—No voy a volver contigo, Scorpius.— le dijo ella, esta vez con firmeza. —No pienso volver a lo que sea que teníamos antes de que lo terminaras y te pusieras de novio con Cassandra Welkins.
Scorpius se tensó y la miró con algo de irritación.
—Si no sabes lo que teníamos antes, déjame explicártelo en pocas palabras: nos acostábamos.— le dijo sin miramientos y ella abrió la boca por la sorpresa.
Scorpius aprovechó este momento y la besó. Rose no tuvo tiempo para reaccionar: la lengua del slytherin fue mucho más ágil y penetró en su boca como una lanza. De repente todo fue calor y humedad y la pelirroja intentó empujar el cuerpo ardiente del rubio lejos de ella, pero su pecho era como un muro infranqueable. Scorpius la tomó por la cintura y, como si se tratara de una muñeca, la pegó contra sí envolviéndola con sus brazos fuertes y firmes mientras profundizaba en el beso, luchando contra la resistencia de Rose. Ella se estremeció y soltó un suspiro dentro de la boca de su captor: había olvidado cuánto disfrutaba de los besos de Scorpius. Aquello era como una guerra: el slytherin le hacía cosas indecibles a su boca para demostrarle que lo de ellos no había ni podría terminar tan fácilmente, y ella hacía todo lo posible por no dejarse llevar, por ocultar el placer que la llenaba de pies a cabeza con cada una de las caricias del rubio. No, no podía dejarse llevar así como así. Scorpius siempre había hecho lo que quería con ella, la había arrastrado sin ninguna dificultad a todas las situaciones que su personalidad autoritaria y posesiva quería.
Esta vez las cosas serían diferentes.
Esta vez Scorpius Malfoy no se saldría con la suya.
Rose, inesperadamente, dejó de luchar contra Scorpius y envolvió sus brazos alrededor de la nuca del rubio, hundiendo sus dedos en el cabello del slytherin y metiendo su propia lengua en la boca de Scorpius. Él soltó un claro gemido de placer ante la iniciativa de Rose e intensificó la profundidad del beso. Era como si no pudiera tener suficiente de ella. Entre gemidos y suspiros los dos cayeron sobre la cama. El slytherin se posicionó encima de ella dominando la situación, exigente y territorial, pero se vio sorprendido cuando la gryffindoriana lo hizo rodar sobre su espalda colocándose ella encima, como una leona, demostrándole que ningún lobo podría jamás estar por encima de ella. Fue entonces cuando Scorpius sintió los dientes de Rose aprisionándose contra su labio inferior, mordiéndolo.
El slytherin soltó un quejido de dolor y ella aprovechó el momento para saltar a un lado de la cama, a una distancia prudencial del rubio.
Scorpius se sentó sobre la cama acariciándose los labios con una expresión de dolor en el rostro.
—¿Estás loca?— le soltó, enfadado. —¿Por qué hiciste eso?
—¿Y qué se supone que debía de hacer cuando actúas como un violador en potencia y contra mi voluntad me obligas a besarte?— le dijo Rose, molesta. —La próxima vez, te arrancaré el labio.
—No, no lo harás.— le dijo él.
—Está bien, no lo haré.— admitió la pelirroja.—Pero ya has visto que duele y no tengo ningún problema en morderte otra vez.
Scorpius la miró con incredulidad.
—No puedo creer que me hayas mordido.— le dijo. —Eres una caja de sorpresas, Rose Weasley Granger.— Después de unos segundos de silencio le dedicó una media sonrisa. —¿También vas a decirme que te obligué a estremecerte entre mis brazos y a gemir mientras te besaba?
Rose se sonrojó escandalosamente y le lanzó una almohada. Scorpius rió, divertido, y la atajó sin inconveniente.
Llamaron a la puerta dos veces y luego ésta se abrió para dejar entrar a Earlena. La bruja miró, sorprendida, a los dos chicos sentados sobre la cama, y luego les sonrió. Con delicadeza cerró la puerta tras de sí.
—Vaya, no esperaba encontrarte aquí, Scorpius.— le dijo la bruja al rubio.
Rose tomó la palabra rápidamente, avergonzada.
—No es lo que parece.
—Me quedé toda la noche con ella, cuidándola.— dijo Scorpius mirándola con ternura fingida. —Es como mi hermana pequeña.
Rose lo miró con seriedad.
—Soy un mes mayor a ti, Scorpius.— le dijo.
—Lástima que tengas una apariencia tan infantil. Nadie diría que estás en séptimo.— le dijo él con toda la intención de provocarla. Estiró la mano hacia la cabeza de Rose y la despeinó. —Y tu cabello es como el pelaje de un cachorro.
—¿De un…? ¿Infantil?— soltó Rose, ofendida.
Earlena rió cortamente.
—Me alegra que se cuiden mutuamente. En estos tiempos es lo mejor que pueden hacer.— les dijo, y la sonrisa se desvaneció de su rostro para adoptar un talante serio. —Dados los recientes acontecimientos, como ya podrán imaginar, tendremos que investigar a fondo la situación de Rose y los ataques que ha recibido. — miró a la gryffindoriana. —Es bastante probable que Exus no esté envuelto en los ataques como creíamos. Los hombres de capa plateada que te han perseguido pudieron haber sido enviados por alguien más.
Scorpius miró a Rose y notó que la pelirroja se mantuvo callada. No comprendía por qué no le había dicho ya a Earlena que durante la cuarta prueba también había sido atacada. Tal vez quería mantenerlo en secreto, quizás no estaba preparada para hablar de la muerte de Eros.
Earlena volvió a tomar la palabra.
—Rizieri, Ásban y yo hemos llegado a la conclusión de que ustedes dos se merecen unas vacaciones.— les dijo. Rose y Scorpius la miraron sorprendidos. —No será demasiado tiempo ya que, como saben, necesitamos que la competencia continúe a paso veloz para tener lo más pronto posible al próximo miembro de la Orden, pero al menos podrán descansar un poco de todo esto. No queremos que el estrés afecte su rendimiento. Hemos decidido que lo mejor es que pasen dos días de descanso en un ambiente familiar. Les hará bien. Serán enviados a sus respectivas familias.— miró a Rose. —Dado que tus padres están en el Escuadrón Azul y que tus abuelos, Molly y Arthur, se encuentran en una excursión con Luna Lovegood y Rolf Scamander, viajarás al mundo muggle con los señores Granger.
Rose asintió, todavía algo confundida, y Scorpius se dirigió a Earlena.
—¿No podría resultar peligroso que Rose esté en el mundo muggle sin protección alguna?— le preguntó. —Es decir, sea Exus o no, quien esté detrás de los ataques podría aprovechar la situación para lastimarla.
Earlena negó con la cabeza.
—Nadie sabe que ustedes no regresarán a Hogwarts.— le dijo al slytherin. —Los únicos que sabremos en dónde estarán en los próximos dos días seremos nosotros, los miembros de la Orden. Y nos encargaremos de poner un campo de protección sobre la casa de los Granger. Estaremos enterados de cualquier anomalía, como el uso de magia dentro del perímetro, así que no hay por qué preocuparse. Deben vestirse y preparar sus maletas. Los apareceremos en sus respectivos hogares.
—Yo ya sé aparecerme.— dijo Scorpius.
Earlena lo miró con una sonrisa.
—Me alegro por ti, pero no es legal que lo hagas sin tu licencia, de modo que me encargaré de llevarte a tu casa por mi cuenta, si no te importa.
Earlena los miró con afecto y se dirigió hacia la puerta.
—Los espero abajo en quince minutos.— les dijo justo antes de salir.
Cuando la puerta se cerró Scorpius vio a Rose ponerse de pie y empezar a hacer su maleta, en completo silencio, dejando sólo un jean y una blusa sobre la cama. Mientras tanto él se puso de pie y caminó hacia la salida de la habitación con lentitud. No sabía por qué, pero no le gustaba nada la idea de separarse de Rose durante dos días. Aquello jamás podría significarle un descanso, sino una completa y absoluta tortura. Aun así, no era sólo eso lo que le preocupaba. Las palabras de Aarón de la noche pasada lo taladraban por dentro:
"No la dejes sola, Malfoy. No te atrevas a dejarla sola".
No podía explicarse por qué, a pesar de todo, se sentía compelido a escucharlo.
2.-
El gran comedor estaba lleno de alumnos que desayunaban expectantes y emocionados por el partido amistoso entre Slytherin y Ravenclaw que tendría lugar pocas horas después. La mesa de Gryffindor era un caos de apuestas que generalmente se inclinaban hacia Ravenclaw, no porque creyeran que su equipo fuera el mejor, sino porque preferían apoyar a la casa de las águilas antes que a la de las serpientes.
Hugo fue el último en unirse a sus primas y primos.
—¿Se te pegaron las sábanas?— le preguntó Louis, burlón.
—Sí.— dijo el castaño bostezando y mirando la comida que tenía enfrente. —Y ahora tengo el hambre de un auténtico león.
—¿Cuándo va a regresar Rose?— preguntó Fred. —¿Creen que habrá ganado la cuarta prueba?
—No sé cómo puedes dudarlo.— dijo Lily mientras untaba su tostada con mermelada de frambuesa. —Es evidente que le ganó a Malfoy.
Albus miró a Lily con intriga.
—¿Cómo puedes estar tan segura?— le preguntó. —Malfoy es su igual. Los dos están en condiciones de…
—¿Su igual?— Lily soltó una risa seca. —Debes estar bromeando, ¿no es así? Rose no tiene igual. Cuando todos estábamos esparciendo baba por el suelo y gateando ella ya había aprendido a leer y recitaba de memoria esos cuentos muggles que tanto le gustaba leer. — miró su tostada con satisfacción. —Es una genia y será, muy próximamente, miembro de la Orden.
—No te confundas, quiero que Rose gane.— dijo Albus. —Pero no creo que subestimar a Malfoy sea lo correcto.
Dominique asintió.
—Es cierto. Malfoy es un rival intenso.— dijo la rubia. —Dicen que es capaz de resolver ejercicios de runas con los ojos cerrados y que nunca ha sacado menos de un diez en toda su vida. Es espeluznante.
—Rose también es espeluznante.— dijo Louis, estremeciéndose. —¿Recuerdan aquella vez que inventó su propia poción para la gripe? Era mejor que la de Madame Pomfrey porque no te salía humo por las orejas y tardabas mucho menos en curarte. ¡Y sólo tenía 13 años!
—Por supuesto: es mi hermana.— dijo Hugo, mientras engullía un sándwich de queso. —Es perfecta y, como dijo Lily, será la ganadora de la competencia de Merlín.
Lily golpeó su hombro contra el de Hugo en un gesto de complicidad y él le sonrió.
Louis miró a Dominique, Roxanne y Lucy con una ceja levantada.
—¿Y ustedes qué hacen aquí?— les preguntó. —Esta mesa es para gryffindors.
Dominique le dedicó una mirada asesina a su hermano.
—Muy gracioso, Louis, muy gracioso.— le dijo.
Fred se llevó un trozo de pan a la boca.
—¿Sabes, Roxy? Dicen que Lysander está siendo el tutor de una chica de cuarto llamada Pola Emerson. Creo que deberías hacer algo al respecto, porque que quiero que sea mi cuñado.
Roxanne se llenó su taza con café caliente.
—No me interesa lo que haga Lysander con su vida o a quién tutorice.— dijo la morena con indiferencia.
Fred frunció el ceño.
—¿No entiendes que a tal Pola Emerson suspira por los pasillos por él? ¡Va a intentar quitártelo!
Roxanne entornó los ojos.
—A ver, querido hermano, te explicaré esto lo más sencillamente posible: Lysander y yo no tenemos nada, Lysander no me pertenece, por lo tanto, no podrían quitármelo. Si Lysander decide ser un pederasta y salir con una chica de cuarto, eso poco tiene que ver conmigo.
Fred bufó.
—Roxanne, te lo advierto: no aceptaré a otro como cuñado. Así que ni siquiera te atrevas a ponerte de novia con alguien más. ¿Entendiste?
Lucy dejó caer un poco de jugo de naranja sobre la mesa.
—Hoy es el cumpleaños de Ben, ¡lo olvidé por completo!— soltó la pelinaranja.
—¡Viva!— dijo Lily, aplaudiendo. —Por fin tu mente ha empezado a discriminar la información importante de la irrelevante. ¡Felicitaciones!
Lucy frunció el ceño levemente e ignoró a Lily.
—Tengo que felicitarlo.— dijo la pelinaranja buscándolo con la mirada en la mesa de Ravenclaw. —No está…
Albus se puso de pie.
—Todos están abandonando el comedor y dirigiéndose ya al campo de Quidditch. Será mejor que nos apresuremos o no encontraremos buenos lugares.— dijo el moreno.
—Ya.— dijo Hugo tomando un trozo de pan. —Pero me llevaré esto.
—Eres un glotón.— le dijo Dominique.
—Sí, ¿y qué? Sigo siendo terriblemente atractivo.— dijo el castaño mientras le guiñaba un ojo a su prima.
—Más bien eres sólo terrible.— dijo la rubia.
Los Weasley Potter salieron juntos del gran comedor en dirección hacia el campo de Quidditch. En algún momento Lucy se separó del grupo y Lily lo notó, pero decidió no hacer nada al respecto pues tenía sus propios planes.
Había llegado el momento de vengarse de Lorcan.
Le costó librarse de Albus y de Hugo, quienes caminaban muy cerca de ella, sin embargo, cuando subieron a las tribunas logró escabullirse entre la gente animada y ansiosa.
Con gran agilidad se dirigió hacia los vestidores de hombres del equipo de Slytherin. Se felicitó a sí misma cuando consiguió entrar sin que nadie la viera. "Eres brillante, Lily Luna.", se dijo la pelirroja, victoriosa, ya en el vestidor, oculta tras los casilleros. Era una fortuna que el vestidor fuera exactamente igual al de los gryffindorianos. Lily conocía cada esquina, cada recoveco, como si fuera la palma de su mano. Muy silenciosamente, como una gata, se asomó y vio a varios slytherins cambiándose de ropa. Alexander Nott apareció ante sus ojos completamente desnudo y tuvo que cerrar los ojos durante algunos segundos.
"Está bien, Lucy: tendré que admitir que Nott tiene lo suyo, muy a mi pesar.", se dijo mientras volvía a abrir los ojos. Alexander ya se había vestido y sólo permanecía desnudo de cintura para arriba. "Es un slytherin, mejor amigo de Malfoy y de la insoportable Zabini, pero por lo menos es mejor que Ben Wilson. En todos los sentidos.", pensó. "Si trata bien a Lucy, como hasta ahora lo ha hecho, tal vez pueda aceptarlo".
De entre varios cuerpos masculinos apareció Lorcan, sin camisa, mostrando el tatuaje que tanto él como su hermano tenían en el antebrazo en honor a su madre, Luna Lovegood. Lily sintió, de repente, algo extraño en su interior cuando lo vio sonreír ante la broma de uno de sus compañeros. Sus ojos celestes eran grandes y brillantes. Su cabello rubio oscuro caía desordenado por su rostro.
"Cómo odio a los rubios", se dijo a sí misma mientras veía a Lorcan atar los cordones de sus zapatos deportivos.
Fue entonces cuando la puerta del vestidor se abrió dando paso a Megara Zabini, quien golpeó a Lorcan en el trasero con una toalla y se dirigió a Alexander para charlar de algo que Lily no pudo escuchar. ¿Cómo podía entrar así como así al vestidor de chicos? ¿Es que acaso no tenía vergüenza? Lily entornó los ojos, molesta, pero tuvo que admitir que ella estaba haciendo justamente lo mismo y que en varias ocasiones había entrado al vestidor de hombres del equipo de Gryffindor, generalmente buscando a sus primos. La pelirroja notó que algunos chicos se vistieron más rápidamente a causa de la presencia de Megara, pero ella apenas parecía percatarse de sus existencias.
Lily se deslizó, siempre oculta por los casilleros, hacia las cosas de Lorcan. Necesitaba que el rubio fuera el último en abandonar el vestidor. Tenía que asegurarse de que fuera así. Justo cuando Megara pareció hablarle a Lorcan sobre alguna táctica de juego, Lily tomó la camisa del slytherin. Eso sería suficiente. Lorcan no podría dejar el vestidor sin su camisa de quidditch.
La gryffindoriana sonrió cuando vio a los slytherins, ya vestidos, abandonar la estancia poco a poco. Megara y Alexander parecieron apresurar a Lorcan, pero el rubio buscó su camisa infructuosamente. Lily se acercó más para escuchar la conversación.
—Lorcan, tenemos que salir, el juego está por comenzar.— dijo Alexander.
—Adelántense, ya los alcanzaré.— les dijo el rubio. —Mi camisa tiene que estar en algún sitio.
—Hombres.— soltó Megara. —Nunca saben en dónde ponen sus cosas.
La morena y el castaño abandonaron el vestidor dejando, sin saberlo, a Lily y a Lorcan solos.
Lily sacó su varita muy sigilosamente y apuntó a las duchas. Con cuidado murmuró las palabras apropiadas y el agua empezó a caer estruendosamente. Lorcan se volteó, confundido, y dirigió su mirada hacia la ducha que creía vacía.
—¿Hay alguien ahí?— preguntó en voz alta.
Lily tuvo que contener las ganas que tenía de echarse a reír y se mordió los labios. El agua continuaba cayendo de forma inclemente y Lorcan, intrigado, caminó hacia la ducha. Lily lo vio avanzar e introducirse en el cubículo para cerrar el grifo. Justo cuando el agua dejó de caer, la pelirroja corrió hacia la puerta de la ducha y la cerró.
—Ferma.— pronunció utilizando su varita para asegurar la cerradura.
Lorcan, desde el interior, golpeó la puerta con fuerza, intentando salir infructuosamente.
Lily sonrió, satisfecha, y no pudo contener sus ganas de hacerle saber quién lo había atrapado.
—¿Estás cómodo, Scamander?— le dijo en voz alta. —Espero que lo estés, porque me temo que estarás allí adentro durante algún tiempo.
Lorcan, al otro lado de la puerta, frunció el entrecejo.
—¿Potter?— soltó, entre molesto y sorprendido.
Lily se pegó a la puerta, apoyándose en ella con los brazos cruzados.
—Lástima que el equipo de Slytherin tendrá que jugar con un jugador menos en la cancha.— dijo la pelirroja. —Si no fuera porque me importa tan poco tu casa y su reputación deportiva…
Lorcan lanzó un golpe contra la puerta tan fuerte que hizo a Lily alejarse de ésta.
—Potter, te lo diré una sola vez: sácame de aquí.
—¿O si no qué?— lo desafió ella en un tono autosuficiente. —¿Vas a entrar a mi habitación y azotarme como a una niña otra vez? No puedo creer que en verdad pensaras que ibas a salirte con la tuya. Vas a pagar muy caro haberte atrevido a tocarme, Scamander.
Lorcan volvió a golpear con fuerza la puerta y Lily sonrió, disfrutando ampliamente de la frustración del rubio.
—Debiste haberlo pensado dos veces antes de hacer lo que hiciste.— continuó ella. —Conmigo siempre tendrás todas las de perder.
Lily escuchó a Lorcan gruñir por la furia al otro lado de la puerta.
—Potter.— le dijo con una voz grave. —Cuando salga de aquí acabaré contigo.
Lily guardó silencio durante algunos segundos. La voz de Lorcan había sonado absolutamente decidida y aterradora. Sin embargo, ella mantuvo su postura. Todos conocían el carácter de Lorcan: era un ser pacífico, bastante irreverente, pero jamás había demostrado tener ninguna tendencia a la violencia.
Aunque claro, ya le había dado a ella varios golpes en las nalgas, cosa que contradecía esa naturaleza pacífica de la que todos hablaban.
Por otro lado, Lorcan era un slytherin. ¿No eran los slytherins, todos ellos, potencialmente peligrosos?
Lily sacudió la cabeza y recobró la seguridad en sí misma. "Primero muerta antes que dejarme intimidar por Lorcan Scamander", se dijo.
—Me gustaría verte intentarlo, Scamander.— le dijo ella. —Tú y yo sabemos que lo que dices son amenazas vacías. Unos cuantos golpes en las nalgas como las que se les da a las niñas que se han portado mal es todo lo que te atreverías a hacerme. Y yo, en cambio, no tengo límites.
Lorcan soltó una risa seca.
—Te equivocas, Potter.— le dijo el rubio. —Tú, para mí, no eres una chica normal. Despiertas lo peor que hay en mí. Ahora mismo, si pudiera poner mis manos sobre ti, te haría algo mucho peor de lo que te hice aquella vez en tu habitación. Y no me arrepentiría, créeme: porque eres una arpía.
Esta vez fue Lily la que golpeó, con su puño cerrado, la puerta.
—Cuidado con lo que dices, porque olvidaré que eres el hijo de mi madrina y…
—¿Te molesta que te digan la verdad, Potter?— le dijo Lorcan, provocándola. —Todos saben que eres una arpía fría, amargada y rencorosa. Todos saben que escupes veneno por doquier y que eres incapaz de salir del círculo protector de tu familia porque sabes que si la gente te conociera como eres en verdad correrían muy lejos de ti, espantados.
—¡Ja!— le soltó Lily, enfadada. —Soy yo la que ha rechazado la compañía de los demás. Con mi familia me basta.
—Eso es porque eres una frígida.— le dijo Lorcan, furioso. —Otras chicas de tu edad morirían por tener a la mitad de los chicos que han estado detrás de ti a sus pies. Pero tú no. Tú sólo puedes quererte a ti misma y, si no fuera por una cuestión de sangre, seguramente ni siquiera querrías a tus primos.
—¿Frígida?— repitió Lily, boquiabierta. —¡No me hagas reír, Scamander! ¡No soy una frígida!
—¿Ah no?— le preguntó. —Déjame ver si lo tengo todo claro: nunca has salido con ningún chico, nunca te relacionas con nadie fuera del ámbito familiar, por lo tanto, no pareces sentirte especialmente atraída por el contacto físico, ¿no es así? Apuesto todo lo que tengo a que eres virgen. Ciertamente sabes besar, eso te lo concedo, pero no has tenido demasiadas oportunidades para practicarlo, ¿no es así? No te gusta nadie y ¿cuántos años tienes? ¿Quince, no es cierto? La mayoría de las chicas a tu edad ya están pensando seriamente en tener sus primeras experiencias sexuales, pero tú ni siquiera has sentido lo que es desear a alguien, querer sentir a esa otra persona piel contra piel; ni siquiera ese instinto tan básico, que nada tiene que ver con el amor, parece haber despertado tu curiosidad. Creo, Potter, que la palabra frigidez es la que mejor describe tu condición.
—Eres un…
—Estoy convencido de que de allí proviene toda tu amargura.— continuó Lorcan. —Tal vez te haría bien tener un poco de sangre en las venas y tener sexo con alguien para liberar tensiones. Podría hacerte una lista de personas que estarían dispuestas a hacerte el favor. Yo no, por supuesto. Prefiero a mujeres y no a niñas de papá.
Lily pateó la puerta con furia.
—No, claro, que no: tú prefieres a zorras de propiedad pública como Libby Dworkin. Supongo que en tu modo de ver el mundo ser una frígida es no abrirse de piernas a media población masculina de Hogwarts. En ese caso, tienes razón: soy una frígida.
Lorcan asestó otro golpe contra la puerta.
—¡Lávate la boca antes de hablar de ella, Potter!— le dijo, furioso. —Libby es mil veces más mujer de lo que tú nunca podrás llegar a ser.
—¿Por qué es más mujer? ¿Porque se acostó contigo y yo no? Todo Hogwarts lo sabe. Dworkin ha pasado por las camas de medio colegio, no te sientas muy especial.
—Si no te acostaste conmigo, Potter, no fue porque tú lo decidieras así. Yo jamás te lo propuse. Mucho menos intenté pasar esa línea. No me atraías lo suficiente.
Lily soltó una risa corta y burlona.
—Déjame recordarte, Scamander, que estuviste tras de mí como un psicópata durante algún tiempo, como un completo desquiciado acosador. Así que no finjas que te era indiferente.
—Te vi como un reto, eso fue todo.— dijo Lorcan, irritado. —Luego me di cuenta de que no valías la pena. Y si todos los hombres pudieran ver lo que hay debajo de tu belleza te mantendrías virgen toda tu vida.
Lily, completamente fuera de sí, le soltó:
—¡No soy virgen, así que la próxima vez que digas que Libby Dworkin tiene más sangre en las venas que yo, te recomiendo pensarlo dos veces!
Un silencio perfecto invadió el vestuario y la gryffindoriana pudo imaginar a Lorcan quieto, sorprendido y descolocado, al otro lado de la puerta. Esbozó una media sonrisa y saboreó su victoria representada en el silencio distendido.
"¿A que no te esperabas eso, Scamander?", pensó mientras levantaba el mentón, orgullosa de sí misma.
Claro que su triunfo habría tenido un sabor mucho más dulce si su mentira hubiese sido cierta.
3.-
—¡Rosie, cariño!— soltó la abuela Granger mientras se abalanzaba sobre su nieta, dándole un abrazo cálido que la dejó sin aire.
—Hola, abuela— dijo Rose, sonriente, mientras se separaban. —Es un alivio estar de vuelta con ustedes aunque sea unos días.
El abuelo se acercó a la pelirroja y la tomó por los hombros.
—Déjame verte.— le dijo con dulzura. —Eres un verdadero primor.— le tocó la punta de la nariz con el dedo índice. —Toda una jovencita.
Rose soltó su equipaje y se entregó a un abrazo largo y afectivo con su abuelo.
—No saben cuánto los extrañé.— dijo la pelirroja.
El abuelo Granger rió.
—Tu madre nos ha contado todos tus logros.— le dijo con sencillez. —Estamos orgullosos de ti. No importa si ganas o no esa competencia: para nosotros siempre serás una heroína.
La abuela asintió.
—No todas las chicas de 17 años llegan hasta donde tú estás.— le dijo a Rose mientras le acariciaba la cabeza con ternura. —Pero, ¡entremos! Debes estar exhausta y nosotros pretendemos mimarte y consentirte todo lo que podamos.
Rose sonrió ampliamente y tomó su equipaje.
—No, no, no, señorita.— le dijo su abuelo arrebatándoselo de las manos. —Yo soy el botones de este hotel y el peso de las maletas me corresponde a mí.
La gryffindoriana entró a la casa de sus abuelos con una sonrisa pintada en el rostro. Había bastado verlos a ellos para sentirse, de pronto, renovada: la muerte de Eros, la traición de Aarón, todo se había desvanecido en el marco de la puerta. El pesar y la confusión seguían estando entro de ella, pero ahora se sentía capaz de lidiar con esas pérdidas.
El olor de la casa era parecido al de un pastel de frutas y mermelada fresca. Todo estaba exactamente igual a como lo había estado siempre. Era como si nada hubiera cambiado desde el verano pasado. Su abuelo seguía teniendo el cabello blanco, espeso, y un pequeño bigote que lo hacía ver entrañable. Su abuela tenía su abundante cabello gris recogido en una rosca y usaba unas gafas con graduación que le hacían ver los ojos mucho más pequeños de lo que eran en realidad.
Los dos eran presencias pacíficas, amables y generosas que la instalaban, de repente, en su infancia, en todas las épocas especiales y cálidas de su vida; era por eso que entrar en aquella casa había sido para Rose como un ritual purificador. Los problemas, las preocupaciones, quedaron en el pórtico: allí adentro ella no era una bruja que competía por un puesto dentro de la Orden, no era una Dovahkiin, ni una perseguida por hombres con túnicas plateadas, ni la heredera de los mismos poderes de Morgana, la sangre de fuego: era simplemente una nieta amada, un miembro más de una familia.
—¡Estás muy delgada, cariño!— le dijo su abuela.
—Te haré un almuerzo delicioso.— continuó su abuelo mientras subía las escaleras con el equipaje de Rose.
La pelirroja lo siguió. Estar en la casa de sus abuelos la llenaba de paz y tranquilidad. Entró en la habitación que siempre ocupaba cuando estaba de visita y vio a su abuelo dejar el equipaje junto a la cama.
—Ponte cómoda. Te prepararé un vaso de un delicioso jugo de frutas que hice esta mañana.— le dijo el abuelo mientras salía de la habitación.
Rose suspiró reconfortada. Aunque lo de Eros y lo de Aarón no desaparecía de su mente, se sentía aliviada de cierto modo. Antes de entrar a la casa de sus abuelos recordó la consigna que el sabio le había dado a ella antes de empezar la cuarta prueba, la de no hablar durante el día. Si hubiera seguido la consigna, si no hubiera roto con esa regla, no había podido invocar a Eros y, tal vez, la dragona estaría viva.
"Pero yo y toda la tripulación de Leo habríamos perecido en el mar", se dijo a sí misma. "O tal vez no, tal vez habríamos sobrevivido sin la ayuda de Eros, pero eso nunca lo sabré".
Se llevó una mano al pecho: desde la muerte de Eros se sentía diferente, como si en su interior habitara el espíritu de la dragona. Era eso lo que la hacía una Dovahkiin después de todo: tendría a Eros unida a ella por siempre.
Al menos de ese modo no la perdería.
Abrió su equipaje y empezó a sacar las pocas prendas que tenía y a doblarlas sobre la cama. Rose pensó en Namia y deseó con todas sus fuerzas que Leo estuviera llevándola de vuelta a Avalon tal y como lo prometió. Ella le había entregado la piedra azul, el corazón de Eros, a Namia con la intención de que la guardara hasta que pudiera reclamarla. Todavía no sabía bien qué utilidad podía tener aquella piedra, pero era el corazón fosilizado de Eros y, por lo tanto, era algo valioso para Rose. Había decidido no traerlo de vuelta consigo porque sentía que, al ser una parte de su dragona, merecía descansar en su tierra de origen: Avalon. Además temía, por alguna extraña razón, que se la arrebataran. Tal vez era sólo una paranoia suya sin fundamento alguno, pero no se arrepentía de haber dejado la piedra en manos de Namia. Confiaba plenamente en ella.
—Necesito que la cuides como si fuera lo más valioso que hay en el mundo.— le dijo Rose a Namia, entregándole la piedra azul en las manos, en medio de la noche, en la cueva donde habían parado a descansar. Scorpius, Leo y Anuk dormían profundamente —Es el corazón de Eros. No puedo llevármelo. Tengo miedo. Siento que estará más seguro en Avalon.
Namia se humedeció los labios.
—No te preocupes.— le dijo susurrando. —Cuidaré del corazón de tu dragona como si fuera el mío propio. Lo llevaré de vuelta a casa, donde te estará esperando cuando quieras pedirlo de vuelta.
No sabía si había hecho lo correcto al no llevarlo consigo, pero ya era muy tarde para retroceder. Rose confiaba en que Namia protegería el corazón de Eros mejor que nadie. Tal vez incluso mejor que ella misma, después de todo, Namia, con la piel tostada por el sol y el cabello castaño largo y salvaje, era miembro de una de las tribus más peligrosas de Avalon. Sus habilidades como protectora debían de ser mucho mejores que las suyas.
Rose se llevó las manos a las caderas cuando acabó de doblar su ropa y paseó la mirada por la habitación: le traía tantos buenos recuerdos. Se alegraba de que los miembros de la Orden hubieran decidido darles a ella y a Scorpius dos días de descanso. Aunque debía admitir que se sentía extraña así, alejada del slytherin, cuando casi todo el tiempo estaban cerca o al menos en el mismo lugar. No estaba acostumbrada a estar sin él. Un vacío extraño se le formó en la boca del estómago e, inmediatamente, se reprendió a sí misma: "No puedes extrañarlo, Rose. Él no es nada para ti ahora. Además, lo verás dentro de dos días. No es para tanto. No seas ridícula". Inconscientemente se preguntó qué estaría haciendo el rubio en esos momentos. Tal vez estaría hablando con su madre, Astoria; preguntándole por el papel de su padre dentro del Escuadrón Azul. Estaba convencida de que a Scorpius también le haría bien pasar dos días con su madre. El rubio necesitaba ciertas explicaciones, lo conocía bien: querría obtener respuestas.
Después de cambiarse de ropa y ponerse un vestido celeste, fresco y holgado, salió de la habitación y bajó las escaleras. Justo cuando atravesaba el salón sonó el timbre.
—¡Yo abro!— gritó la pelirroja a sus abuelos, quienes parecían estar en la cocina.
Nada la habría preparado para lo que vio cuando abrió la puerta.
Su mandíbula cayó hacia abajo por lo menos un centímetro, dejándola con la boca abierta, cuando vio a Scorpius en su pórtico y éste le sonrió ampliamente, acomodándose una mochila sobre la espalda. La luz del sol caía sobre su cabello rubio haciéndolo parecer oro puro y sus ojos grises brillaban con más fuerza que nunca. Parecía más una aparición que una persona de carne y hueso.
—Por Merlín, los caballeros de la mesa redonda, Morgana, Arturo, las barbas de Dumbledore y la túnica negra de Severus Snape… creo que alucino.— dijo la pelirroja mientras se llevaba la mano a la frente, corroborando que no tenía fiebre. —¿Qué estás haciendo tú aquí?
Scorpius se encogió de hombros y paseó su mirada por la fachada de la casa.
—Así que esto es una tradicional casa muggle.— dijo mientras analizaba cada espacio. —Interesante. La arquitectura ciertamente es extraña.
Rose, confundida al extremo, quiso inquirir una vez más sobre el porqué de su presencia cuando la puerta fue abierta al máximo por la mano de su abuela. Rose se volteó y vio cómo también su abuelo aparecía con un vaso con jugo de frutas en la mano. Ambos miraron a Scorpius con desconcierto.
El rubio les sonrió encantadoramente.
—Cariño, ¿quién es este chico tan apuesto?— le dijo la abuela a Rose. —¿Es un amigo tuyo?
Rose, anonadada, apenas pudo responder porque Scorpius caminó hacia los Granger y les extendió la mano.
—Es un gusto conocerlos. Rose me ha hablado mucho de ustedes.— dijo el slytherin mientras les estrechaba las manos. —Mi nombre es Scorpius Malfoy: soy el novio de Rose.
La pelirroja sintió como si un globo hubiera estallado cerca de sus tímpanos dejándola aturdida y mareada. La sangre no tardó en acumularse en sus mejillas, sonrojándola escandalosamente.
—¡No es cierto, abuela, abuelo…!— dijo Rose inmediatamente, avergonzada. —No es lo que parece.
Scorpius clavó sus ojos grises en ella.
—Rose, es mejor que les digamos la verdad. — dijo el rubio y luego miró a los Granger. —Debido a ciertas discordias familiares (mi padre y el de Rose no se llevan nada bien), los dos hemos mantenido en secreto nuestra relación.
—Ah, sí.— dijo la abuela, meditativa. —¿Dijiste Malfoy? Creo que recuerdo algunas veces en las que Hermione nos habló de tu padre y la mala relación que tiene con Ronald. Pero, queridos, eso no es importante. Si los dos se quieren no hay nada de qué avergonzarse.
Scorpius pasó su brazo por encima de los hombros de Rose, pegándola contra él.
—Es lo que le he dicho desde un principio.— dijo el rubio. —Pero Rose es algo tímida para este tipo de cosas.
Rose quiso replicar, pero no encontró la voz para hacerlo. Todo sucedía tan rápido que apenas podía creer que estuviera inmersa en una situación semejante.
El abuelo Granger sonrió.
—Cariño, no tienes que ocultarnos nada. Ya estás en edad de enamorarte.— le dijo mirando a Rose con ternura. —A tu madre también le costó contarnos lo de Ronald. Supongo que viene de familia esta timidez exacerbada hacia este tipo de asuntos.
—Pero, abuelo, yo…— comenzó Rose, pero fue interrumpida por Scorpius.
—Se supone que debería estar con mi madre ahora, pero le expliqué que no podía pasar un solo día lejos de Rose, y me permitió venir.— dijo el rubio. —Ya conocía la dirección porque el verano pasado tuve un encuentro extraño con Rose en la calle de enfrente.— el rubio la miró y le sonrió. —Creo que desde entonces no he podido dejar de pensar en ella.
Rose pestañeó varias veces, aturdida, y sólo pudo escuchar la voz animada de su abuela:
—¡Qué alegría!— exclamó. —Te quedarás en la habitación de Hugo. Nos encanta la idea de tenerte aquí. — los miró mientras unía ambas manos a la altura del pecho. —¿No se ven adorables?— le preguntó a su marido. —Hacen una pareja estupenda.
Rose tragó saliva y se llevó un rizo atrás de la oreja. Todavía estaba con el brazo de Scorpius encima, y todo su aroma a ropa limpia y hierba buena la envolvió hipnotizándola durante algunos segundos.
La pelirroja sintió que todo lo demás ocurría en cámara lenta: la entrada al salón, la conversación que Scorpius inició con su abuelo sobre deportes mientras subían las escaleras… Ni siquiera notó en qué momento su abuela le había arrebatado el vaso con jugo de frutas a su abuelo para dárselo a ella. Cuando por fin reaccionó se dio cuenta de que tenía el vaso en su mano derecha.
Miró hacia las escaleras por donde habían desaparecido Scorpius y su abuelo mientras apretaba su mano libre en un puño.
—Esto es demasiado.— murmuró frustrada.
¿Qué diablos estaba haciendo él en la casa de sus abuelos? ¿Con qué fin había viajado hasta allí? ¿Para atormentarla? ¿Acaso creía que iba a doblegarla acosándola de esa forma?
¡Le había dicho a sus abuelos que los dos eran novios! Rose empezó a subir las escaleras con resolución. ¿Y si su madre o, peor aún, su padre se enteraba de semejante mentira? Si eso ocurría no habría poder sobre la tierra que la salvara del huracán Weasley.
Y sí: su padre era el huracán.
"Voy a matarlo y, cuando acabe con él, le enviaré el cadáver a su madre con una carta de disculpas", pensó mientras atravesaba el corto pasillo.
En la habitación que normalmente era ocupada por Hugo, Scorpius colocaba su mochila sobre la cama mientras seguía charlando animadamente con el señor Granger.
—He visto algunos partidos de fútbol en la televisión, cuando me he escapado con un amigo al mundo muggle.— dijo Scorpius. —Pero no sé gran cosa sobre él. Parece ser bastante divertido.
—¡Es genial!— dijo el abuelo. —Te enseñaré algunos partidos que tengo grabados en cintas en algún momento. Los colecciono. Sólo los grandes e inolvidables. Es muy diferente al quidditch, según tengo entendido, pero es un juego del que vale la pena enterarse.
Scorpius sonrió.
—Me encantaría aprender a jugarlo.— dijo el rubio. —Me gustan los deportes. Todos. Soy muy bueno en ellos.
—Se nota, muchacho, tienes el tipo de ser un deportista.— le dijo el señor Granger. —¿Quieres un delicioso jugo de frutas? Preparé una jarra esta mañana y está realmente…
Rose interrumpió a su abuelo.
—Le daré el mío, abuelo.— le dijo la pelirroja. —No te preocupes.— miró a Scorpius enigmáticamente. —Nos gusta compartir cosas.
—De todos modos traeré un vaso extra.— dijo el abuelo, sonriente. —Scorpius, quiero que sepas que estás en tu casa. No dudes en pedirnos cualquier cosa que necesites. Jean y yo estamos encantados de tu presencia.— luego miró a Rose con ternura. —Cualquiera que quiera a nuestra pequeña Rosie es bienvenido en nuestro hogar.
El slytherin asintió, contento.
—Muchas gracias, señor Granger.— le dijo para finalmente mirar a la pelirroja con astucia. —Todo lo que necesito es estar cerca de Rose. Nada más.
El señor Granger les dedicó a los dos una sonrisa antes de salir de la habitación. Rose se aseguró de que su abuelo hubiera bajado las escaleras y luego caminó hacia el rubio claramente enfadada.
—¿Se puede saber qué es lo que pretendes apareciéndote en casa de mis abuelos de esta manera y diciendo que eres mi novio?— le preguntó la pelirroja. —¿Sabe tu madre que estás aquí?
Scorpius se cruzó de brazos.
—Lo sabe.— dijo el rubio. —Y lo entendió perfectamente. Cuando le dije que no soportaba estar lejos de mi novia casi se derrite de la emoción. Recuerda que ella todavía cree que lo nuestro es oficial. Además, es una mujer muy sentimental.
Rose respiró hondo.
—Déjame ver si entendí: estás muy loco y empiezas a creerte tus propias mentiras y eso hace que las repitas constantemente y que hagas que todos crean lo que no es cierto. ¿Verdad?— le dijo ella.
Scorpius asintió con algo de sarcasmo.
—Sí, algo así.— le dijo. Dio dos pasos hacia ella y se inclinó ligeramente, casi rozando su nariz con la de la pelirroja. —¿Por qué no admites que te encanta la idea de que haya venido a verte?
Rose se sonrojó intensamente, pero no pudo responderle porque el señor Granger volvió a entrar a la habitación con un vaso de jugo en las manos.
—Toma, Scorpius. ¡Disfrútalo!— le dijo. —Ven, quiero enseñarte la casa. Es pequeña, pero Jean y yo trabajamos mucho en ella. Y te puedo asegurar que es acogedora.
Scorpius bebió un trago del jugo y se relamió los labios.
—Está exquisito.— le dijo.
Rose entornó los ojos. ¿Ahora pretendía ser el invitado más gentil y educado sobre la tierra? ¿A qué tétrico juego estaba jugando?
—Vamos.— le dijo el abuelo al rubio. —Por cierto: tienes una dentadura espectacular. Jean y yo somos dentistas retirados, pero no podemos dejar de fijarnos en esas cosas. ¿Es natural?
Scorpius siguió al señor Granger saliendo de la habitación y, justo antes de desaparecer por el pasillo, le dedicó a Rose una mirada de goce. Estaba, en efecto, disfrutando al máximo de la situación.
Cuando Rose se vio sola, completamente sola, cerró los ojos y suspiró.
¿Qué clase de pesadilla sería pasar dos días enteros con Scorpius y sus abuelos encantados por sus oraciones políticamente correctas y sofisticadas, su gentileza e ingenio, su natural carisma, esa que lo hacía ser, precisamente, un Malfoy, y tener que verlos comiendo de la palma de su mano?
Y ella, ¿sobreviviría a las virtudes de un Malfoy?
4.-
—Estás mintiendo.
—No, no lo estoy. Y no es mi culpa que seas tan narcisista como para creer que sólo porque no me acosté contigo, ni con nadie en este colegio de impresentables, yo sería virgen.
Lorcan soltó una risa árida.
—Creí que ya habíamos pasado ya por esto: yo nunca intenté llevarte a la cama, así que deja de hablar como si hubiera intentado hacerlo. Y con respecto a lo de tu supuesta vida sexual activa… Buen intento, Potter. Pero sé que mientes.
—¿Ah sí?— dijo Lily, cruzándose de brazos y mirando la puerta cerrada. —Me gustaría saber cómo es que puedes estar tan seguro de ello.
Llevaban allí, discutiendo, durante más tiempo del que eran capaces de calcular. El partido de quidditch había empezado hacía varios minutos. Dos chicos del equipo de Slytherin se aparecieron por el vestidor en busca de Lorcan, pero Lily silenció la ducha por un breve periodo y se escondió, de modo que los slytherins salieron con las manos vacías. Desde entonces no habían parado de pelear y, por alguna extraña razón, Lily no conseguía dar media vuelta y marcharse.
"Primero muerta antes que dejarlo con la última palabra", pensó.
—A veces me sorprende lo lenta que puedes ser para algunas cosas.— dijo Lorcan. —Casi todos los veranos de mi vida los he pasado en la madriguera con tu familia y contigo. Jamás, nadie, te ha visto con ningún chico. Lo mismo aquí en Hogwarts. Así que mientes. Lo que te hace aún más patética. ¿Por qué no tratas de tener una vida sexual real en lugar de inventártela?
Lily sintió cómo la ira la hizo temblar, pero respiró hondo y recuperó el control de sí misma.
—Que tú no conozcas a la persona con la que perdí mi virginidad no significa que esa persona no existió.— le dijo la pelirroja. —De hecho, no sé por qué hablamos del primero, cuando podríamos hablar de todos los que vinieron después.
Lorcan fingió reír.
—Es decir que para ti Libby es una zorra y una fácil, pero tú, que clamas haberte acostado con varios, eres un ejemplo de moralidad. ¿Lo entendí bien?
Lily se mordió el labio inferior, iracunda. Su mentira empezaba a convertirse en un monstruo que se mordía la cola.
—Mi caso es distinto al de tu ex novia, Scamander.— le dijo la pelirroja. —Yo soy dueña de mi cuerpo y tengo derecho a satisfacer sus necesidades con quienes mejor me parezca. Yo escojo con quién me acuesto, no al revés. Libby Dworkin, en cambio, es la típica chica que se deja llevar por todo aquel que le pone una mano encima. ¿Por qué otra razón alguien en sus cinco sentidos se habría involucrado con un tipo como tú?
Lorcan soltó un gruñido de furia y frustración.
—Pues para ser la clase de tipo que dices que soy dedicas demasiado de tu tiempo en mí. ¿No crees?— le soltó él. —Eres una pesadilla…
—¡Pues tú no eres precisamente un sueño de algodones de azúcar y chocolate!
Lorcan volvió a golpear la puerta con fuerza.
—¿Por qué no sólo te quitas de mi camino y me dejas en paz, Potter?— le dijo. —¿Qué no entiendes que no me interesa verte, hablarte, o tener ningún tipo de relación con alguien como tú?
Lily guardó silencio durante algunos segundos. Por alguna razón las últimas palabras de Lorcan la hicieron sentir desanimada, como si alguien la hubiese pinchado por dentro, pero la sensación duró poco. Entonces su enfado tomó posesión de ella con creciente intensidad.
—Cuando estemos a mano, te dejaré en paz, Scamander.— le dijo la pelirroja. —Nunca voy a olvidar la humillación que me hiciste pasar cuando me golpeaste.
—No te golpeé, Potter.— le dijo Lorcan. —Te azoté. Y volvería a hacerlo gustoso: porque te lo mereces.
—¿Quieres guerra, gemelo tonto?— dijo Lily. —Pues la tendrás. Y cuando acabe contigo habrás deseado jamás haberte metido conmigo.
—¿Quieres apostar?— le soltó el rubio. —No será difícil para mí hacer pedazos a una egocéntrica, fría, amargada, arpía frígida.
—¡No soy una frígida!— gritó Lily lanzando un golpe contra la puerta.
—Entonces te gustan las mujeres.— dijo el rubio. —Porque no puedo imaginar otra razón por la que odies tanto a todos los chicos del planeta.
—¿Que me gustan las…?— Lily casi se atragantó con su propia saliva. —¡No odio a todos los hombres del planeta, sólo a los que son como tú!
—Claro, lo olvidé.— dijo Lorcan. —Tu modelo de hombre perfecto es Teddy. Aún así, ni siquiera con él has dejado de comportante como una perra.
Lily se quedó petrificada, absolutamente sorprendida por la palabra que Lorcan había utilizado para definirla, y quizás por eso no reaccionó rápidamente cuando, tras un nuevo golpe del rubio, la puerta se abrió de par en par.
Todo lo demás ocurrió tan rápido que la gryffindoriana apenas encontró tiempo para gritar.
Lorcan emergió velozmente del cubículo y la empujó hacia el interior de otra ducha. Lily soltó su varita, la cual rodó por el suelo lejos de su alcance, mientras que el rubio se encerraba con ella. La gryffindoriana intentó alcanzar su varita, pero el slytherin la tomó antes que ella y la volvió a empujar. El rubio soltó un hechizo silenciador y luego lanzó la varita afuera del cubículo.
Cuando los ojos gatunos de Lily se encontraron con los celestes de Lorcan, ella supo que todo ese tiempo lo había subestimado: los ojos del rubio eran una tormenta fría y despiadada. Jamás, en toda su vida, había visto a Lorcan tan enfadado, tan fuera de sí como aparecía ante ella en ese momento. No era común para Lily sentir miedo, pero durante unos brevísimos instantes sintió algo muy parecido a ello.
Entonces la pelirroja se lanzó contra él, dispuesta a hacerlo a un lado para salir, pero Lorcan la empujó contra la pared opuesta con facilidad. La pelirroja soltó un quejido de dolor cuando su cabeza se golpeó contra los azulejos. El slytherin abrió el agua fría al máximo y un chorro helado cayó sobre Lily.
Ella gritó.
La pelirroja intentó alejarse del flujo del chorro, pero Lorcan no se lo permitió: tenía a Lily agarrada por los hombros y, aunque ella se retorcía como una culebra, no logró soltarse. Cada vez que ella gritaba, una gran cantidad de agua fría entraba en su boca, ahogándola. Golpeó el pecho desnudo de Lorcan, clavó sus uñas en él y lo escuchó quejarse, adolorido. Sabía que lo había lastimado, pero ninguno de sus ataques contribuyó a su liberación. Lorcan parecía resuelto a congelarla bajo el agua.
Afuera las tribunas soltaron vítores enardecidos.
El partido había terminado.
5.-
Alexander Nott aterrizó sobre el césped y dejó que su escoba cayera al suelo sin recogerla. Megara, quien había entrado en el campo para subirle los ánimos a los slytherins, tuvo que levantarla y, mientras las tribunas vitoreaban a Ravenclaw, corrió detrás de su amigo.
—¿En dónde demonios se metió Lorcan?— le preguntó la morena. —¿Desapareció de la faz de la tierra o qué?
Alexander caminaba a paso veloz. Quería alejarse del ruido que le recordaba que había perdido el partido. Él era el capitán del equipo de Slytherin. Si alguien tenía la culpa de aquella derrota, ese alguien era él. Durante todo el partido había buscado a Lucy con la mirada. Una sonrisa de ella habría bastado para reanimarlo, pero divisarla entre la gente había sido imposible. No estaba seguro de que hubiera estado en la tribuna de Hufflepuff, o Ravenclaw, o Gyffindor. De cualquier forma no había conseguido verla.
—Envié a los suplentes a buscarlo en el vestuario y no lo encontraron. No sé qué fue de él.— dijo el castaño, deteniéndose abruptamente. — Ha sido un partido difícil: no teníamos a Scorpius, Lorcan desapareció, Parkinson fue golpeado por una bludger… Simplemente no tuvimos suerte.
Albus y Dominique, quienes habían decidido bajar al campo también, se acercaron a los slytherins.
—Genial, lo que me faltaba.— le murmuró Alexander a Megara. —Una ravenclaw.
Albus envolvió sus brazos alrededor de la cintura de la morena y depositó un beso en su mejilla. Megara le sonrió.
Luego los ojos verdes del gryffindoriano se posaron en Alexander.
—Jugaste muy bien.— le dijo el moreno. —Tus jugadas fueron brillantes.
El castaño no pareció reconfortado por las palabras de Albus.
—Gracias, pero está claro que no fue suficiente.— le dijo.
Megara miró a su novio.
—A Alex no le gusta perder.— le dijo. —Lo lleva muy mal. Siempre.
Alexander le dedicó una mirada ácida a la morena. Dominique le sonrió.
—Soy una ravenclaw y sin embargo debo admitir que tu equipo jugó mejor.— dijo la rubia. —Tenían estrategias muy buenas, es una lástima que…
—Sí, lo sé.— le dijo el castaño con malhumor. —Es una lástima que perdiéramos.
Megara volvió a mirar a Albus.
—¿Ves que tengo razón?— le dijo a su novio. —Lo lleva muy mal.
Alexander entornó los ojos y luego buscó a Lucy entre el gentío que iba abandonando las tribunas. Ni rastro de ella. Sus ojos verdes volvieron a Albus con expectación.
—¿Y Lucy?— le preguntó.
El moreno se encogió de hombros.
—No lo sé. No la he visto desde el desayuno.
Dominique, distraídamente, comentó:
—Tal vez se fue a felicitar a Ben por su cumpleaños. A ninguno de los dos los he visto y…— de repente, al darse cuenta de la expresión de enfado en el rostro de Alexander Nott, guardó silencio durante algunos segundos. Tragó saliva. —Es decir, es sólo una suposición estúpida porque, claro, qué haría Lucy felicitando al tonto de Ben, ¿no? Es decir, ni siquiera recordó que era su cumpleaños, si no fuera por…
Pero Dominique no pudo terminar porque Alexander, sin decir ni una sola palabra, dio media vuelta y avanzó a paso frenético hacia el interior del castillo.
Una vez que hubo desaparecido, Albus miró con incredulidad a su prima.
—Dom, en verdad no puedo creer que hayas hecho lo que hiciste.— le dijo el moreno.
Dominique, apenada hasta el extremo, se cubrió el rostro con las dos manos.
—Yo tampoco puedo creerlo.— le dijo. —Mátame. Por favor, mátame.
Megara sonrió, divertida.
—No sabía que tu prima era tan graciosa.— le comentó al moreno.
—Sí. Es el payaso de la familia.— dijo Albus en tono burlón.
Dominique se quitó las manos del rostro y miró a su primo con reproche.
—¿Vas a matarme sí o no?— le dijo la rubia. —Soy una traidora. He apuñalado por la espalda a mi propia prima. He roto los lazos de sangre y merezco el peor de los castigos.
Megara rió con suavidad.
—En verdad es muy graciosa.— le dijo al moreno.
Albus miró a Dominique con ternura.
—No voy matarte, Dom.— le dijo. —Te quiero demasiado como para hacer eso. ¿Lo entiendes? Y Lucy también, así que estoy segura de que entenderá que fue un accidente.
—Cobarde.— le dijo Dominique, cruzándose de brazos.
Megara la miró a los ojos.
—Conozco a Alex, sólo está un poco celoso.— comentó la morena. —Bueno: muy celoso. Pero yo no me preocuparía demasiado. Está enamorado de Lucy. Se le pasará.
Mientras tanto Alexander caminaba por los pasillos de Hogwarts como un poseso. Todavía vestía el uniforme de Quidditch y necesitaba una ducha, pero no podía pensar en otra cosa que no fuera encontrar a Lucy. "No puedo creer que esté con él", pensó sintiendo cómo la sangre le hervía por dentro. Ben Wilson era como un espectro del que no conseguía deshacerse. Deseaba hacer que desapareciera para siempre de la vida de Lucy, de sus recuerdos, que para la hufflepuff su relación con Ben no fuera más que un espejismo. Él era quien había estado junto a ella en los peores momentos de la ruptura, cuando la pelinaranja se sacrificó para defender al ravenclaw y todo el colegio se dispuso a castigarla. Era él quien la había defendido y protegido, quien la había hecho sonreír. Era él quien había dejado su vida anterior, quien había echo a un lado a todas las chicas con el fin de tenerla a ella. Alexander sentía que merecía estar por encima de Ben.
Apretó los puños mientras avanzaba por el pasillo.
Él merecía el corazón de Lucy.
Entonces, ¿por qué la hufflepuff había preferido estar con Ben Wilson antes que verlo y apoyarlo en su partido de quidditch? ¿Y por qué se sentía tan estúpido dándole importancia a algo así?
Era Lucy: era ella la que lo había convertido en un idiota.
Debería dejarlo. Debería dejar de arrastrarse por una chica. Podía tener a cualquiera que quisiera a sus pies en ese mismo instante. Entonces, ¿qué estaba haciendo paseándose por todo Hogwarts en busca de una que le significaba tanto esfuerzo?
Alexander se detuvo en seco y algo en su pecho se tensó. De repente había tenido una revelación que le provocó escalofríos: no sólo se sentía capaz de recorrer todo Hogwarts por Lucy, sino cualquier lugar, por más grande y peligroso que fuera; podría dedicar su vida entera a seguir los pasos de la hufflepuff si era necesario, y podría hacerlo porque la idea, en el fondo, le desagradaba menos que la de perderla. Lo supo así, de pronto. Sí, recorrería el planeta entero sin pensarlo dos veces; lo haría porque ella era lo único que realmente quería. No existía nada ni nadie más para él. Lucy, con su aparente simpleza, se había metido tan adentro del slytherin que ahora le parecía imposible imaginarse con otra que no fuera ella. Ni siquiera le apetecía estar con otras chicas. Ninguna podría compararse con Lucy, ninguna sería tan valiente como ella, tan entregada, tan dulce y, a la vez, fuerte en sus convicciones, tan genuinamente generosa y desinteresada, tan talentosa y leal.
"Por Merlín", pensó, "En verdad estoy enamorado de ella".
Alexander palideció y tuvo que apoyarse en la pared más cercana, mareado y confuso por la intensidad de sus sentimientos. Cerró los ojos.
Sólo la voz de Lucy lo hizo volver a la realidad.
—¿Alex?— lo llamó mientras avanzaba por el pasillo hacia él. Se detuvo justo a un metro de distancia de él, sonriéndole. —¿Qué tal el partido?
El slytherin clavó sus ojos verdes en ella con dureza y la hufflepuff se estremeció.
—¿Qué tal la pasaste con Wilson?— le preguntó con sequedad. —Supongo que se divirtieron mucho ya que decidiste perderte el partido.
Lucy se humedeció los labios, aturdida.
—Yo… sólo fui a desearle un feliz cumpleaños.— le respondió ella. — Lo encontré en la biblioteca y aprovechamos que todos estaban viendo el partido para hablar un poco. — suspiró. —Ben no quiere que me vean hablarle. Ya sabes… teme que vuelvan a molestarme como antes. Me da un poco de lástima porque él la está pasando muy mal. A excepción de sus amigos, todos lo tratan como un traidor.
Alexander la miró inexpresivamente.
—La historia de Ben Wilson preocupándose por ti me conmueve profundamente.— le dijo con sarcasmo. —Pero siento recordarte que soy yo quien te ha defendido todo este tiempo, no él.
Lucy pestañeó varias veces, confundida por la actitud del slytherin.
—Yo…— comenzó, pero se interrumpió a sí misma. —¿Estás molesto por algo?
El castaño aplaudió, sin ganas, tres veces.
—Correcto, Weasley.— le dijo esbozando una sonrisa fingida. —Mereces un trofeo por tus cualidades interpretativas.
La pelinaranja abrió la boca para decir algo, pero luego la volvió a cerrar. Sus mejillas se habían encendido ligeramente por la burla recibida por parte del slytherin.
—Si es porque no fui a ver el partido. Lo siento.— le dijo ella con sinceridad. —No pensé que fuera a importarte…
Alexander dio dos pasos hacia ella y Lucy se tensó. Los ojos verdes del castaño la perforaban y hacían que su corazón latiera a mil dentro de su pecho. Alexander era otra persona cuando se enfadaba: se convertía en un ser intimidante e, incluso, cruel. Todavía recordaba aquellas veces en las que él se había molestado con ella, casualmente, todas y cada una de ellas habían estado relacionadas con Ben.
—¿En verdad crees que necesito que me veas jugar?— le dijo él en un tono bajo, pero oscuro, que le erizó la piel. —¿Crees que voy a rogar por tu presencia? ¿Crees que te necesito?
Lucy tragó saliva y respiró hondo.
—No he dicho eso.— le respondió con voz temblorosa. —¿Por qué estás tratándome así?
Alexander dio otro paso más hacia ella y Lucy no pudo evitar retroceder.
—¿Me tienes miedo?— le preguntó el castaño, sorprendido por la reacción temerosa de la pelinaranja
Lucy negó tímidamente con la cabeza.
—Es sólo que… No entiendo por qué estás tan molesto.
Alexander soltó una pequeña risa de incredulidad.
—Soy yo quien te ha protegido de todo Hogwarts, pero es a mí a quien temes, no a Wilson, que te dejó por una muggle y ni siquiera tuvo el valor de decírtelo a la cara.
Lucy sintió aquella alusión a su pasado como una bofetada, pero resistió el golpe. Ella sabía que la actitud de Alexander se debía a que estaba enfadado. Tenía que averiguar qué era lo que lo había molestado y solucionarlo antes de que él dijera algo que sobrepasara los límites.
—¿Estás enfadado porque tengo una relación civilizada con Ben?— le preguntó ella. — ¿Porque no lo odio por lo que me hizo? No soy rencorosa y lo sabes. No puedo fingir que lo detesto cuando no es así…
Alexander clavó sus ojos verdes en ella.
—No quiero que hables más con Wilson.
Lucy se congeló durante algunos instantes, impactada por la firmeza con la que Alexander le había dicho aquello: la oración, aunque sencilla, había sonado casi como una orden. Los ojos verdes del castaño parecían dos paredes intraspasables y la miraban a escasos centímetros de distancia. Desde allí, Lucy pudo aspirar el suave aroma a césped y sol que desprendía el cuerpo de Alexander. No importaba cuántas veces al día estuvieran así de cerca, Lucy no acababa de acostumbrarse y, sin quererlo, se estremeció. Su corazón latía desbocado.
—¿Qué?— fue todo lo que logró soltar, atrapada en la mirada del castaño.
Alexander endureció aún más sus facciones.
—Lo escuchaste bien, Lucy.— le dijo él. —No quiero que le dirijas la palabra. No quiero que tengas ningún contacto con ese tipo. ¿Entiendes?
Lucy pestañeó un par de veces, incrédula.
—Pero…— empezó, pero fue interrumpida por el slytherin.
—Nunca te he pedido nada.— le dijo el castaño. —Siempre he estado allí para ti, ayudándote, siendo tu amigo incondicional. Jamás he exigido nada de ti, ningún tipo de retribución a mi paciencia. Esto es lo único que voy a pedirte: que saques a Wilson de tu vida. Y es lo único que voy a pedirte porque es lo único que no puedo soportar. Y si tú no pones distancia con él, terminaré enloqueciendo y golpeándolo hasta que entienda que ya no eres suya, sino mía.
Lucy sintió como si perdiera todo el aliento y fue incapaz de decir nada durante algunos segundos. Su mente daba vueltas en espiral y sus rodillas parecían estar a punto de ceder en cualquier momento para dejarla caer al suelo. ¿Qué significado tenían las palabras del slytherin? ¿Era acaso posible que ella no fuera la única que hubiera empezado a sentir algo más en el transcurso de su falso noviazgo? ¿Podría Alexander tener sentimientos hacia ella?
"No, es imposible", se dijo mentalmente, "Estoy imaginándolo todo. Estoy escuchando lo que quiero oír."
Se humedeció los labios.
—Hablas como si en verdad estuviéramos en una relación…— le dijo la pelinaranja, casi en un susurro. —Hablas como si fueras un novio celoso…
Alexander no dejó de mirarla ni por un solo segundo.
—Tal vez lo soy, Lucy.— le dijo, y ella negó con la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. —Tal vez no soporto a Wilson porque lo envidio. Tal vez lo odio porque estuvo antes que yo. Tal vez te quiero solo para mí porque…
—Porque eso es lo que hace un Nott.— dijo Lucy con los ojos humedecidos. —Llevarse a todas las chicas a la cama. ¿No es así?
Alexander sintió las palabras de la hufflepuff como un balde de agua fría sobre la cabeza. Confundido, fue incapaz de decir nada.
Ella continuó:
—Todo este tiempo hemos fingido ser novios, pero no soy tonta: nos hemos besado porque así lo hemos querido, no para engañar a nadie, sino porque lo deseábamos, en lugares en donde nadie podría vernos, como si en verdad tuviéramos algo.— dijo Lucy, sonrojada. — Y sé muy bien que insistes en que duerma en tu habitación no sólo porque quieres mantener lo más fielmente posible el engaño de nuestra supuesta relación. Y yo he accedido a hacerlo no sólo porque quiera continuar con la mentira y salvarme de ser el blanco de todo Hogwarts. Sabes muy bien que no me da miedo que me acosen o que me llamen "defensora de traidores", así que es evidente que nuestra amistad es muy extraña, por llamarla de alguna forma.— Lucy tomó aire. Había explotado, sin darse cuenta, y ahora no podía parar. —Y todo esto, aunque me confunde, lo he dejado pasar, pero ahora vienes y me dices estas cosas y en lo único que puedo pensar es en que estás haciendo lo que siempre haces.
—¿Lo que siempre hago?— le preguntó él, aturdido.
—Sé muy bien que estás acostumbrado a acostarte con todas tus conquistas, pero pensé que al menos conmigo no sobrepasarías la línea. Yo no soy una conquista y no soy un objeto al que puedas usar y desechar. No se supone que tengas celos de Ben, no se supone que me veas como a las otras chicas; se supone que soy tu amiga y que soy importante para ti.
Alexander retrocedió dos pasos y la miró como si ella lo hubiese golpeado.
—¿Es eso lo que piensas?— le preguntó. —¿Piensas que todo lo que he hecho por ti, todo este tiempo, ha sido solo porque quiero acostarme contigo? ¿Es eso?
Lucy tembló.
—No. Por supuesto que no.— le dijo ella. —No cumplo con los estándares de belleza de las chicas con las que todo el colegio te ha visto salir. No soy tu tipo y…
Alexander la interrumpió:
—Sí, quiero acostarme contigo.— le soltó, enfadado.
Lucy lo miró con los labios entreabiertos y se tambaleó ligeramente. Tuvo que apoyarse en la pared.
—¿Qué?
Alexander se pasó una mano por el cabello castaño, echándolo hacia atrás. No podía decirle la verdad: no podía decirle que no sólo quería acostarse con ella porque le gustaba, no podía decirle que estaba enamorado de ella. Todavía no era el momento. Lucy no estaba preparada para escuchar esa confesión. Alexander tenía miedo de asustarla, de alejarla si le hablaba de sus sentimientos. Él la conocía: sabía que por ahora lo de Ben había sido demasiado reciente. Lucy no iba a querer embarcarse en una relación, mucho menos con él, a quien creía un mujeriego.
No: si quería hacer las cosas bien, si quería mantenerla a su lado, tendría que callarse esa verdad por algún tiempo. Debía tragarse sus verdaderos sentimientos hasta que fuera el momento indicado para decirlos.
Alexander la miró con algo de irritación.
—Ya lo dije, Lucy.— le repitió, molesto. —Quiero acostarme contigo. Eres mi amiga, pero en lo único que pienso desde que empezamos con todo esto de fingir que somos una pareja es en tenerte sólo para mí. Y no creo que haya nada de malo en ello.
Lucy no podía creer lo que escuchaba. Sentía su corazón a punto de estallarle dentro del pecho. ¿Podía alguien como Alexander Nott desearla a ella? ¿Tenía eso algún tipo de sentido?
El slytherin bufó.
—No creo que haya nada de malo en desearte, Lucy. No he intentado nada contigo y siempre te he respetado.— le dijo el castaño. —Más allá de besarte como si fuera a morirme mañana, no he sobrepasado la línea que mencionas precisamente porque somos amigos y porque para mí no eres como las demás, así que no vuelvas a compararte con las chicas con las que he salido. Ellas no significan nada para mí.
Alexander dio un paso hacia ella y Lucy fue incapaz de tomar distancia. Sus ojos estaban fijos en él como si fuera la única luz al final de un túnel.
El slytherin continuó:
—No pensaba decírtelo, pero ya que sacaste el tema y que te gusta, por encima de todo, la sinceridad, te lo diré sin reparos: quisiera hacerte mía ahora mismo. — Lucy se estremeció de pies a cabeza y sus labios temblaron. Él no despegó su mirada de la de la ella ni por un solo instante. —Cada vez que te veo, imagino lo que sería besar cada parte de ti y escucharte decir mi nombre mientras lo hago. Y se me revuelve el estómago cuando pienso que Wilson te ha tenido. Quisiera matarlo por eso. Y no puedes culparme por desearte, porque soy un hombre, y es normal que lo haga. No puedes reprocharme nada.
Lucy sintió un cálido fuego en el centro de su pecho que sólo la confundió aún más. Era una sensación extraña, algo parecido a la satisfacción. Muy en el fondo era como si las palabras de Alexander la alegraran. Como si, de repente, fuera un alivio saber que ella no le era indiferente.
Y eso no le gustó.
Lucy cerró los ojos. No, no podía estarse alegrando porque Alexander Nott la deseaba. ¿Es que acaso estaba enloqueciendo? Sus sentimientos habían sido destrozados por Ben hacía pocos meses, no podía ponerse en la línea de fuego tan pronto con alguien que podía tener a quien quisiera con tan solo chasquear los dedos; con alguien que jamás había tenido una relación seria con nadie y que no parecía, tampoco, querer hacerlo. Alexander Nott jamás podría enamorarse de ella, y en cambio, Lucy estaba convencida que lo único que la hacía no amarlo era negarse a ello. Tenía que mantenerse en esa negación, aferrarse a ella como si se tratara de un chaleco salva vidas. Debía hacerlo por su propio bien.
Lucy abrió los ojos y se humedeció los labios.
—No te estoy reprochando nada…— murmuró ella, débilmente.
Alexander la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos. Lucy se estremeció como un cachorro abandonado en medio de una tormenta de nieve.
—Sé que no te soy indiferente, Lucy.— le dijo. —He sentido cómo tiemblas cuando te beso, cómo suspiras entre mis labios. Ese tipo de cosas no se pueden fingir.
La pelinaranja sintió sus mejillas arder.
—Yo…— susurró Lucy, derrotada. —…Quizás… —tragó saliva. — No soy inmune al contacto humano. Y tú eres muy humano…
Alexander volvió a tomar distancia de la hufflepuff y ella respiró, aliviada.
—No importa.— le dijo. —No necesito que me lo digas. Sé muy bien cuando tengo algún tipo de efecto en una chica; y me atrevería a decir que contigo tengo mucho más que un simple efecto.
Lucy desvió la mirada.
—Eres tan humilde.— le dijo, molesta consigo misma por no poder ocultar de mejor forma sus sensaciones.
Alexander levantó el mentón unos pocos milímetros.
—Creo que tendrás que toma una decisión.— le dijo. —O Wilson, o yo.
La pelinaranja lo miró, sorpendida.
—No entiendo…— murmuró.
—Lo que oíste.— le dijo el castaño, cruzándose de brazos. —Si quieres que sigamos con esto, que sigamos juntos como hasta ahora, que yo siga a tu lado apoyándote y que esté disponible para ti cuando quieras, tendrás que satisfacer la única petición que te hago: no quiero que hables con Wilson.
—Pero…— quiso intervenir ella, pero el slytherin la cortó.
—Piénsalo, Lucy.— le dijo el castaño. —O Wilson, o yo. Mi amistad, o la de él, que dudo que tenga algún tipo de valor después de lo que te hizo.
El slytherin dio media vuelta y caminó por el pasillo, alejándose de ella. Justo antes de doblar la esquina se detuvo y la miró a la distancia:
—Hasta que no tomes una decisión, no me busques, Lucy.— le dijo el castaño. —Yo también tengo mis límites.
6.-
Rose lanzó una semilla dentro del agujero y la cubrió de tierra mientras su abuela tarareaba, contenta, una canción desconocida. Durante aproximadamente una hora había estado ayudándola con el jardín mientras que Scorpius y su abuelo, quienes parecían haber creado un lazo fuerte en pocos minutos, se encargaban del almuerzo. Poco sabía ella de las habilidades del rubio en la cocina, pero estaba segura de que se las arreglaría para quedar bien de una forma u otra. Después de todo, Scorpius no sólo era carismático: también sabía fingir que era absolutamente bueno en todo.
—¿Por qué mi abuelo insiste en hacerlo sentir como en su casa cuando no es su casa?— preguntó Rose en voz alta, sin darse cuenta.
La abuela, quien acariciaba unas rosas, la miró con extrañeza.
—Cariño, ¿es que no lo entiendes?— le dijo. —Tu abuelo y yo podemos ver lo enamorada que estás de ese chico. ¿Cómo no vamos a quererlo?
Rose se sonrojó intensamente y se aclaró la garganta.
—¿Es tan…evidente?— preguntó la pelirroja.
La abuela le sonrió con ternura.
—Tus ojos brillan de una forma especial cuando lo miras. Y es entendible: el chico es un bombón.
—¡Abuela!— soltó Rose con las mejillas arreboladas.
La abuela rió.
—Además parece educado e inteligente. Debe de serlo si compite contigo en esa competencia, ¿no es así? Lo mencionó cuando le mostrábamos el sótano con los instrumentos viejos de tu abuelo.— le dijo. —A él también se le nota lo mucho que te quiere, de modo que, ¿por qué no tratarlo como un nieto más?
Rose tragó saliva y miró, curiosa, a su abuela.
—¿Por qué dices que se nota lo que siente por mí?— le preguntó.
—Cariño, soy muy vieja, sé interpretar miradas.— le dijo sonriente. —Ese muchacho te mira como si no hubiera nadie más en este mundo que valiera la pena de ser mirado. Siéntete confiada: lo tienes en la palma de tu mano.
Rose se llevó un rizo detrás de la oreja y se dispuso a plantar una nueva semilla.
—Pero es un tonto.—le dijo a su abuela. —Es realmente intolerable, egocéntrico y narcisista. Y a veces toma decisiones sin pensar en cómo a otros podrían afectarle.— Rose suspiró. —No sé si sea buena idea estar con alguien así.
La abuela se quitó los guantes de jardinería y se puso de pie.
—Cariño, el amor es difícil porque los seres humanos somos difíciles.— le dijo mirándola a los ojos. —Y es por esa razón que somos tan especiales: porque somos seres complicados, con matices, con defectos. La pregunta esencial es, ¿crees que ese chico es una buena persona? ¿Crees que merece tu afecto?
Rose bajó la mirada, meditativa.
—¿Cómo se supone que puedo saber si lo merece o no?— le preguntó. —Cuando lo tengo cerca todo me da vueltas y no consigo aclararme. Es como estar en una montaña rusa todo el tiempo. Y luego está la competencia, claro: ¿cómo puedo sostener una relación tan íntimamente afectiva con alguien a quien se supone que debo derrotar?— Rose miró al cielo unos breves segundos, disfrutando de los rayos del sol sobre su piel. —El mayor sueño de Scorpius es ganar la competencia y limpiar su apellido. Creo que recuerdas bien lo mucho que papá ha hablado de los Malfoy. Tienen un pasado criminal que, de cierta forma, siempre ha afectado a Scorpius. Si gano la competencia le estaré arrebatando de las manos algo importante para él. Por donde sea que lo mire sólo veo obstáculos.
La señora Granger caminó hacia Rose y le acarició la cabeza con dulzura.
— Y tú, cariño, ¿quieres ganar la competencia?— le preguntó.
La pelirroja se mordió el labio inferior.
—No lo sé.— le confesó. —Se supone que debo querer hacerlo.— hizo una pequeña pausa. —Quería hacerlo. Al principio, quería ganarla; miraba la competencia como un examen más que debía superar con un 10, un espacio en el que debía probar mi excelencia, pero ahora sé que no es así. Ahora sé que la vida no es como el colegio y que las pruebas no son exámenes. Ahora sé que esto es serio, que no se trata de demostrar mi inteligencia ni mis habilidades: se trata de encontrar a la persona idónea para proteger al mundo mágico. Y no sé si yo soy esa persona.
La abuela le sonrió con ternura.
—Cielo, estás en una edad complicada: tienes todo del derecho del mundo de tener dudas. Este es el tiempo de hacerte preguntas y de decidir qué clase de persona quieres ser.— le dijo con afecto. —Pero no todo son interrogantes, también estás viviendo algo maravilloso: el primer amor. Vívelo al máximo, date la oportunidad de acertar o de equivocarte. Una persona que nunca ha caído no tiene idea de lo que es levantarse. Y una persona que sabe cómo levantarse siempre estará mejor preparada en este mundo que una que lo desconoce.
Rose miró a su abuela y le sonrió mientras tomaba su mano y le depositaba un beso los dedos.
—Gracias, abuela.— le dijo ella con suavidad.
—Sabrás qué hacer si te das tiempo para descubrirlo y, sobre todo, si aprendes a dejar a un lado el miedo.— le dijo. —Sólo entonces empezarás a darte cuenta de que, en el fondo, siempre has sabido exactamente qué hacer.
Rose guardó las palabras de su abuela muy dentro de su memoria como si fueran el antídoto de alguna enfermedad incurable. La señora Granger le ofreció su mano y la pelirroja se sacó los guantes para tomarla y ponerse de pie.
Juntas volvieron a entrar en la casa.
—Vamos a ver qué tal les está yendo a los chicos.— dijo la abuela mientras se dirigían a la cocina.
Lo que vio Rose cuando atravesó el umbral la dejó petrificada.
—¡Bienvenidas!— soltó el abuelo, sonriente. —La comida ya está casi lista. Les encantará.
Rose tuvo que llevarse una mano a la boca para contener la risa: su abuelo y Scorpius tenían puestos delantales rosa con corazones rojos —elección que sólo podría haber provenido de su abuela— mientras cocinaban riendo y charlando animadamente sobre recetas de cocina.
—Entonces, ¿si uso las especias que dijiste obtendré este sabor?— preguntó Scorpius genuinamente interesado. —A mamá le encantará.
—Sí, también puedes variar con otras especias del mismo tipo. Realzan el sabor y sin duda dejan un olor espectacular.— le respondió el abuelo.
Rose apenas podía creerlo: ¿su abuelo le estaba dando clases de cocina a Scorpius? ¿Y cómo era que a Scorpius le interesaba todo aquello?
—El mundo está a punto de acabarse.— soltó Rose en voz baja.
—Ya lo ves, querido.— le dijo la señora Granger a su esposo. —Ahora te has ganado un pupilo.— miró a Scorpius con entusiasmo. —Samuel adora cocinar. Hace platos realmente exquisitos. Siempre lamentó que ni Rose ni Hugo tuvieran algún tipo de interés por la cocina.
Scorpius sonrió.
—Cocinar es como aprender pociones.— le dijo. —Y pociones es una de mis materias favoritas.
Rose clavó sus ojos azules en el rubio.
—No sabía que sabías cocinar.— le dijo.
Scorpius le dedicó una media sonrisa.
—Soy una caja de sorpresas.— le dijo mirándola a los ojos. —Me gusta. Y mucho.
—El chico tiene talento.— dijo el abuelo, animado. —Además de tener paladar, aprende rápido.— miró a Scorpius mientras le daba dos palmadas en la espalda. —Es una lástima que Rosie carezca de habilidades culinarias. Me temo que serás tú quien cocine si lo de ustedes continúa después de Hogwarts.
—¡Abuelo!— exclamó Rose, sonrojada. —No te adelantes tanto a los hechos.
—Cariño: tu madre salió de Hogwarts y poco después se casó con Ronald. No sé por qué te parece tan extraño que pudiera ocurrir lo mismo entre tú y Scorpius.— le dijo el abuelo.
Rose, avergonzada, movió las manos en el aire.
—Este caso es muy distinto al de mamá y papá.— le dijo.
Scorpius sonrió.
—No me importaría cocinar para Rose.— le dijo al señor Granger. —Creo que, incluso, me gustaría hacerlo.
Rose sintió cómo su temperatura corporal subía y su corazón comenzaba a latir con fuerza. ¿Por qué Scorpius estaba siendo tan perfectamente encantador? En aquellas pocas horas había sonreído más veces que en todo el tiempo que llevaba conociéndolo. ¿Qué clase de personalidad macabra adquiría cerca de sus abuelos?
—Rosie, me encanta tu novio.— le dijo el señor Granger. —Has hecho una fabulosa elección. Es brillante y talentoso.
"También impertinente y astuto como el rey de todas las serpientes", pensó, pero no dijo.
La gryffindoriana suspiró.
—Voy a poner la mesa.— dijo, derrotada, mientras tomaba unos pequeños manteles y se dirigía al comedor.
—Te ayudaré.— dijo Scorpius sacándose el delantal y siguiéndola con un paquete de servilletas.
En el comedor Rose fue colocando los manteles en silencio y, aunque notó la presencia de Scorpius acercándose cada vez más a ella con la excusa de poner las servilletas sobre los manteles, guardó un silencio sepulcral con el que creyó que manifestaba su incomodidad y descontento por la situación.
Fue entonces cuando su mano rozó la del rubio y sintió la calidez del cuerpo del slytherin a sus espaldas, muy cerca de ella.
Su reacción involuntaria fue la de retroceder, pero aquello sólo consiguió que sus cuerpos colisionaran y pronto sintió la respiración ligeramente agitada de Scorpius muy cerca de su oído. No podía verlo en esa postura, de espaldas, pero podía sentirlo en cada esquina de su piel.
Rose no pudo hacer otra cosa que paralizarse.
—Me agradan tus abuelos.— le susurró él, cortando el silencio.
La pelirroja se humedeció los labios.
—No entiendo qué haces aquí.— dijo con suavidad, casi sin aliento.
Scorpius rozó sus labios contra el lóbulo de su oreja y ella cerró los ojos.
—Ya te lo he dicho, Rose.— le dijo el rubio. —Dos días sin ti son una eternidad que no tengo por qué soportar.
Rose tragó saliva y se sintió aliviada cuando los pasos de sus abuelos saliendo de la cocina obligaron a Scorpius a tomar distancia. Todo lo demás ocurrió sin ningún tipo de inconveniente: los cuatro pusieron la mesa y se sentaron para disfrutar de un delicioso plato que tenía un nombre bastante extraño que Rose no pudo pronunciar. Mientras comían sus abuelos llenaron a Scorpius de preguntas sobre su familia y su infancia. Rose se sorprendió de algunas cosas que el rubio relató en la mesa: no sabía, por ejemplo, que Astoria había tenido un aborto natural cuando intentó tener un segundo hijo para que le hiciera compañía a Scorpius; tampoco sabía que el rubio había estado muy cerca de ir a Durmstrang en lugar de Hogwarts, pero que Astoria había convencido a Draco de que era mejor que Scorpius creciera en el mismo colegio que su padre a pesar del pasado y de los posibles comentarios que tuviera que verse obligado a escuchar; mucho menos imaginó que el slytherin había estado a punto de ser sorteado a Gryffindor, pero que el sombrero seleccionador, a pedido del rubio, había decidido inclinar la balanza hacia la casa Slytherin.
—Quería estar en la misma casa que mi padre.— dijo el Scorpius. —Quería demostrar que podía ser yo mismo siempre y cumplir mis metas incluso en una casa desprestigiada.
—Es una decisión valiente y que te llena de dignidad.— le dijo el abuelo mientras se limpiaba la boca con una servilleta. Había terminado de comer y estaba lleno.
La abuela se puso de pie.
—Ven, Scorpius.— le dijo con entusiasmo. —Creo que es hora de que veas el hermoso álbum de fotografías de Rosie.
Rose se puso de pie bruscamente.
—No, abuela, por favor.— dijo la pelirroja en un pedido desesperado.
—¿Por qué no, cariño?— le preguntó la abuela. —¡Sales preciosa! — luego miró a Scorpius. —He fotografiado casi toda la infancia de Rose. A veces veo el álbum sólo para recordar aquellos tiempos en los que era una pequeña niña y podía subirla a mis piernas. ¡Qué momentos tan especiales eran aquellos!
Scorpius dejó la servilleta sobre la mesa y se puso de pie.
—Muero por ver ese álbum.— le dijo a la abuela mientras esbozaba, como ya era costumbre, una encantadora sonrisa.
Rose vio con verdadera impotencia cómo su abuela se llevaba a Scorpius al salón y soltó todo el aire que llevaba en los pulmones, derrotada.
"Esto es una pesadilla", pensó.
Su abuelo, aún sentado en la mesa, le sonreía.
—Recojamos la mesa, cariño.— le dijo. —Ya tendrás tiempo para avergonzarte después.
7.-
Lorcan no podía creer que una persona tan pequeña tuviera tanta fuerza y fuera tan endemoniadamente persistente. Lily era, en efecto, una gata que le clavaba las uñas en vanos intentos por liberarse y salir del agua. Llevaban ya casi una hora así y ella no se había ni cansado ni rendido: continuaba aruñándole el pecho y lanzando golpes contra sus brazos. Pero él no pensaba soltarla.
Le haría saber quién era, de entre los dos, el que tenía el control.
—¡Suéltame! ¡Suéltame ya!— gritaba Lily.
—Es una verdadera suerte que mis hechizos silenciadores sean tan buenos, Lilith.— le dijo Lorcan. —Varios slytherins vinieron a cambiarse después del partido, pero no parecen haber escuchado tus gritos en lo absoluto.
Lily levantó su pierna y le dio una patada a Lorcan en el estómago, quitándole el aire y forzándolo a liberarla. La pelirroja acostumbrada ya al agua fría, dejó el agua correr y dirigió el chorro hacia Lorcan, quien gritó ante el contacto helado del líquido contra su piel. El rubio la tomó por el brazo y la pegó contra la pared para luego aprisionarla con su cuerpo. La mano derecha del slytherin tomó el cuello de la pelirroja y lo asió con firmeza. Lily lo miró con el mentón elevado.
—¿Acaso crees que porque eres un hombre y tienes más fuerza física que yo vas a poder someterme?— le dijo ella, y sonrió. —Por dentro yo soy mil veces más fuerte que tú.
—Te juro, Potter, que despiertas lo peor en mí.— dijo el rubio apretando levemente el cuello de Lily. —Eres realmente insoportable.
—Tú mucho más.— le dijo ella.
Lorcan paseó su mirada por el rostro pecoso y húmedo de la gryffindoriana. Su cabello rojo estaba empapado y algunos pelos se pegaban en sus mejillas. Sus labios, entre abiertos, estaban pálidos por el frío del agua. Sus ojos pardos tenían una apariencia puramente felina. Sin quererlo, mucho menos desearlo, se sintió hipnotizado por el rostro que tenía tan cerca de él, un rostro que le provocaba múltiples sensaciones: irritación, odio, rabia, rechazo y, a la vez, era como un imán que lo empujaba hacia el borde del abismo. Jamás había sentido antes esa mezcla de sensaciones que hacían que su corazón latiera a mil. ¿Cómo podía alguien con ese rostro ser tan irritante? ¿Era acaso posible detestar tanto a alguien y, a la vez, tener tantas ganas de besarla?
Lily esbozó una ligera sonrisa que congeló la sangre del slytherin.
—Te sigo gustando, ¿no es así?
Lorcan la soltó de repente y se alejó de ella dos pasos. Los dos estaban empapados. Lily no pudo evitar pasear su mirada por el torso desnudo y atlético del slytherin. Él se aclaró la garganta.
—Debes estar delirando.— le dijo el rubio. —Primero le haces creer a la chica con la que estaba saliendo que tú y yo teníamos algo y luego me encierras en una ducha para que no pueda jugar con los de mi equipo y tú, aún así, piensas que podría tener otro sentimiento hacia ti que no fuera odio.
—Yo también te odio, Scamander.— le dijo Lily a la defensiva. —Pero noto cómo me miras. Sé que te duele admitirlo; te duele confesar que al igual que media población masculina de Hogwarts, no eres inmune a mí.
Lorcan la miró con desdén.
—Ya te lo dije, Potter: no me gustan las frígidas.
Lily descargó una bofetada sobre Lorcan que hizo que el rubio girara la cabeza a un lado. El sonido retumbó dentro de la ducha.
—¡No soy una frígida!
Lorcan se acarició la mejilla y, cuando clavó sus ojos en ella, supo qué era lo único que le quedaba por hacer; lo único que haría que la ira que lo embargaba se aplacara sin tener que cometer un asesinato allí mismo.
Lily no lo vio venir. Antes de que pudiera reaccionar Lorcan ya estaba encima de ella, pegándola otra vez contra la pared, anclando una de sus manos en su cadera y la otra en su nuca y empujándola hacia su boca para atraparla en un beso furioso que le erizó la piel. Lily sintió la violencia del beso que estaba recibiendo: los dedos de Lorcan estaban tensos, clavándosele sobre la piel de la cadera y la nuca, y su lengua era como una espada entrando en ella una y otra vez. Lily hizo todo para soltarse, pero ningún intento dio buenos resultados. Sus labios no se acariciaban: luchaban los unos contra los otros como si aquella fuera la representación más vívida de una batalla.
La gryffindoriana hundió sus dedos en el cabello de Lorcan y lo haló con todas su fuerzas.
Lorcan rompió el beso y gritó, adolorido.
Lily aprovechó para empujarlo.
—¡Eres una bestia!— le soltó Lily llevándose la mano derecha a la boca. Sus labios le ardían y podía sentir un leve sabor metálico que le anunciaba la presencia de sangre. No estaba muy segura si era la suya o la de Lorcan.
El slytherin, agitado, la miró victorioso.
—Sólo quería comprobar lo que ya sabía: que eres un témpano de hielo incapaz de sentir nada. Tu sangre, si es eso lo que tienes en las venas, es como la de los reptiles. ¿Y aún así pretendes que te crea que no eres virgen? El sombrero seleccionador debió haberlo pensado dos veces antes de sortearte en Gryffindor.— esbozó una media sonrisa. —Cada una de las chicas que están en mi casa son más apasionadas de lo que tú jamás podrás llegar a ser. Eres como un cadáver.
Lily levantó una ceja. Todo su cuerpo temblaba por la ira.
—¿Un cadáver?— repitió. —Pues eso ya lo veremos, Scamander.
Lorcan se sorprendió cuando Lily cortó la distancia entre los dos y lo empujó contra el muro. El primer contacto que él sintió contra su cuerpo fue el de los senos de la pelirroja mientras se pegaba contra él y, poniéndose de puntillas, lo besaba con intensidad y soberbia. Totalmente descolocado, el slytherin no respondió al beso y la apartó tomándola por los hombros.
Sus ojos se encontraron apenas a unos centímetros de distancia.
—¿Qué demonios haces, Potter?— le soltó él.
Lily lo miraba como si quisiera partirlo en dos.
—¿Tienes miedo, Scamander?— le preguntó. —Voy a demostrarte que no soy una frígida, eso es lo que hago.
Lily se hundió en el cuello del slytherin y lo mordió levemente. Lorcan se estremeció y volvió a apartarla.
—Estás loca.— le dijo.
Lily lo miró desafiante.
—Ya veo. Así que sí me tienes miedo después de todo.— le dijo la pelirroja, triunfante. —Tienes miedo de haberte equivocado y por eso no quieres que te saque de tu error.
Lorcan le dedicó una mirada retadora. No pensaba, bajo ningún motivo, permitir que Lily ganara la discusión. Si ella quería ir por ese camino, él no detendría el paso.
Ya sería ella misma la que se encargaría de retirarse del juego.
—Muy bien, Potter.— le dijo el slytherin. —¿Quieres jugar? Pues juguemos.
Lorcan volvió a cortar la distancia entre los dos tomando a Lily y envolviendo su cintura con un solo brazo, mientras que con el otro apartaba la cabeza de la gryffindoriana para clavar sus propios dientes en el cuello de la pelirroja.
Lily gritó levemente y, primero a la defensiva, clavó las uñas en la espalda desnuda de Lorcan, pero cuando el rubio empezó a succionar lenta y profundamente la piel de su cuello, el dolor que había sentido antes se fue transformando en un cosquilleo extraño que jamás había sentido y que la hizo temblar de pies a cabeza.
La respuesta del cuerpo de Lily sorprendió a Lorcan y lo hizo sentirse poderoso. La sensación fue tan excitante que, de repente, sintió la necesidad de volver a provocar ese primer estremecimiento en ella, de hacerla temblar entre sus brazos cada vez que pudiera.
Fue entonces cuando usó su lengua.
Lily contuvo un gemido cuando sintió la calidez y la humedad de la boca de Lorcan sobre su cuello, subiendo lentamente hacia su oreja.
—¿Te gusta, Potter?— le susurró él.
Lily cerró los ojos, enfadada por la soberbia con la que el slytherin le había lanzado la pregunta.
—No tanto como a ti, eso te lo puedo asegurar.
La gryffindoriana pegó su pelvis contra la del rubio y Lorcan tuvo que volver a morder su cuello para no gemir. La pelirroja sintió la erección del slytherin contra su cuerpo y sonrió. Continuó moviendo su pelvis en lentos y rítmicos círculos, estimulando la erección de Lorcan y no pudo evitar soltar un gemido a causa de los besos y mordidas del rubio contra su piel ardiente.
El gemido de Lily, sumado a los movimientos pélvicos que realizaba contra él, hicieron que Lorcan perdiera completamente el norte. Era como si toda la ira que había sentido unos minutos atrás por ella se hubiera transformado en deseo y, aunque la rabia seguía allí, era sólo un destello pálido en comparación con la excitación que lo embargaba.
Lily mordió el hombro de Lorcan y el sabor de la piel y húmeda del slytherin la hizo suspirar. Sus manos recorrieron la espalda de Lorcan y se vio a sí misma maravillada por el tacto suave y firme de esa piel dorada por el sol. Nunca había estado tan cerca de él como en ese instante: olía a mandarina.
—Lilith…— murmuró, casi sin aliento. —Creo que si vas a rendirte, deberías hacerlo ahora…
Lily buscó la boca de Lorcan.
—¿Por qué no mejor te rindes tú?— le dijo justo antes de hundirse en los labios del slytherin.
Los dos gimieron cuando sus lenguas se encontraron. Esta vez su beso no fue violento, pero sí intenso y fogoso. Lily, abandonada a las sensaciones que estaba experimentando y que jamás pensó que podría sentir, continuó moviendo su pelvis contra la erección de Lorcan. Él la tomó por la cadera, la pegó contra la pared otra vez, y colocó su pierna entre las de ella.
Lily tuvo que morderse los labios para no gemir demasiado alto.
Lorcan empezó a utilizar su pierna contra el sexo de Lily que, por debajo de la falda, tan solo estaba cubierto por una ligera prenda interior. La pelirroja no era tonta y sabía muy bien lo que él estaba intentando hacer: la estaba masturbando. Intentaba ganar el terreno perdido. Sin romper el beso, Lily gimió de placer dentro de la boca de Lorcan. Clavó sus dedos en la fuerte espalda de rubio y él sonrió:
—¿Lista para perder, Lilith?— le dijo casi en un susurro. —Tú y yo sabemos que no vamos a pasar de aquí. Esta es la línea límite. Yo, bien lo sabes, puedo seguir sin problemas. A diferencia de ti, no soy virgen.
Lily negó con la cabeza y lo empujó ligeramente.
—Siento decepcionarte, Scamander, pero yo tampoco soy virgen. Y no voy a detenerme.
Para sorpresa de Lorcan, Lily comenzó a desabotonarse su blusa blanca, la cual se había transparentado por el agua, y pronto apareció ante sus ojos casi desnuda.
La blusa cayó al suelo, empapada.
Lily se soltó el brasiere con facilidad y, cuando éste cayó junto a la blusa, Lorcan perdió completamente la noción del tiempo y de la realidad. Los senos de la pelirroja eran redondos y firmes, con pezones rosáceos que parecían gritar por atención. El deseo de besarlos, de pasear su lengua por ellos, hizo al rubio perder el aliento.
Lily lo notó y, triunfal, se quitó también la ropa interior, quedándose únicamente con una falda mojada casi adherida a la piel de sus muslos.
—¿Entonces, Scamander?— le dijo ella con una expresión retadora. —¿Vas a acobardarte o qué?
Lorcan se mantuvo quieto, como una estatua, admirando el cuerpo de Lily. Parecía irreal, como una de esas esculturas encontradas en ruinas de imperios caídos. Una Venus erguida después de una tormenta. Nunca antes había visto un cuerpo tan hermoso, tan soberbio. No podía ser real.
¿Era, entonces, cierto que Lily no era virgen? Al principio Lorcan no lo había creído, pero ahora, al verla así, empezaba a tener dudas. ¿Podía alguien que no tuviera ningún tipo de experiencia sexual desnudarse frente a su enemigo sólo para probar un punto? Si la pelirroja fuera virgen no estaría poniendo sobre la mesa algo tan íntimo e importante.
La mirada del slytherin se ensombreció.
—¿Con quién te acostaste?— le preguntó en un tono grave.
Lily esbozó una sonrisa fría.
—¿Te importa?— le preguntó.
Lorcan negó con la cabeza.
—Puedes hacer con tu vida lo que quieras.— le dijo. —Por mi parte, esto se acabó. No voy a caer en tu juego, Potter.
Lily sonrió perversamente cuando lo vio dirigirse hacia la puerta.
—Sabía que te ibas a acobardar, Scamander.— le dijo, y su voz se ennegreció. —Todo este tiempo me has llamado frígida, pero eres tú quien, teniéndome desnuda frente a ti, prefieres salir. Estoy segura de que lo haces porque sabes que no eres lo suficientemente hombre como para satisfacerme.
Lorcan se detuvo en seco frente a la puerta.
—¿Qué has dicho?
Lily elevó el mentón y se cruzó de brazos.
—Libby Dworkin debió de ser muy fácil de complacer, después de todo, está muy lejos de ser una chica exigente.— le dijo venenosamente. —Es normal que al verme no sepas ni siquiera qué hacer.
Lorcan dio media vuelta y la encaró esbozando una media sonrisa forzada.
—Debes estar bromeando…
Lily sonrió, victoriosa.
—Eres un cobarde y una patética excusa de hombre.— le dijo.
Los ojos celestes de Lorcan se incendiaron.
—Veremos si opinas lo mismo ahora, Potter.
Y entonces el slytherin caminó hacia ella y la besó. Lily aprovechó el momento y se abrazó tan fuerte a él que apenas consiguió respirar adecuadamente. Lorcan rugió dentro de su boca: la sensación de los senos de la pelirroja contra su pecho desnudo era fascinante. Sin dejar de besarla, el rubio la tomó por las nalgas y la levantó en el aire. Lily enlazó sus piernas alrededor de la cintura de Lorcan y él la pegó contra la pared una vez más, apoyándola contra los azulejos. La pelirroja frotó su sexo desnudo contra la erección oculta por el pantalón del slytherin, y él apoyó una de sus manos contra la pared, entre molesto y excitado por la forma que tenía Lily de dominarlo.
—Te odio, Potter.— le dijo casi sin aliento, cuando rompió el beso para morder la clavícula de la gryffindoriana.
—Y yo a ti, Scamander.— soltó ella entre suspiros y quejidos de dolor. Lorcan no estaba siendo gentil con ella. Estaba claramente enfadado. Parecía importarle poco lastimarla en el proceso y, por alguna razón desconocida para ella, a Lily le gustaba que fuera así.
Era la primera vez que no intentaban seducirla, la primera vez que no buscaban impresionarla. En Lorcan sólo había la necesidad de vencerla y ella tenía esa misma necesidad. Por eso aquella era, sin duda alguna, también la primera vez que deseaba llegar hasta el final.
Y al diablo con las consecuencias.
Lorcan volvió a besarla y, mientras lo hacía, mientras batallaban furiosamente con sus lenguas, se desabotonó el pantalón. Lily fue consciente de ello, pero no hizo nada para detenerlo. Al contrario, intensificó, como si se tratara de un duelo a muerte, el beso que los unía.
Él rompió el contacto y clavó sus dedos en las caderas de Lily, subiéndole la falda hasta la cintura. Todo esto lo hizo sin dejar de mirarla directamente a los ojos.
—Eres todo lo que detesto reunido en una sola persona.— le dijo el rubio. —¿Lo sabías?
Lily se estremeció al sentir el calor del sexo erguido del slytherin contra su entrada ya humedecida. La anticipación hizo que toda su piel se erizada y la obligó a soltar un suspiro. La mirada encendida de Lorcan, a unos milímetros de su rostro, estaba anclada en la suya y la quemaba por dentro. Tragó saliva justo antes de responderle:
—No, te equivocas.— le dijo ella casi en un susurro. —Me detestas porque soy lo único que nunca vas a poder tener.
Lorcan esbozó una sonrisa puramente slytheriana.
Y, entonces, entró en ella con una sola embestida.
Describir el dolor que Lily sintió, a pesar de su excitación, sería una tarea imposible. Ella gritó y clavó sus uñas en la espalda del rubio, abriéndole la piel, y Lorcan no se movió: se mantuvo adentro de ella, quieto, muy quieto, pero respirando agitadamente, mirándola todo el tiempo. Lily podía sentir los ojos celestes del slytherin sobre ella, pero esta vez no se atrevía a devolverle la mirada. Tenía los ojos cerrados por el dolor, y una lágrima corrió por su mejilla. Sentía cómo si tuviera lava ardiendo en su interior. Podía sentir a Lorcan muy dentro de ella, tanto que le parecía inverosímil. No creía haber tenido espacio para aquello que sentía calzar perfectamente en su interior. Un cosquilleo empezó a invadirla y la hizo temblar. Apretó las piernas alrededor de Lorcan y abrió los ojos para encontrarse con los de él; unos ojos celestes que la miraban con lujuria desmedida y, también, con ansias de revancha.
—¿Todavía crees que no podré tenerte?— le susurró él. Los dos se aferraban el uno al otro y sus respiraciones aceleradas se mezclaban. —Porque creo que es exactamente lo que estoy haciendo.
Lorcan salió de ella lentamente y Lily soltó un quejido, pero cuando él volvió a entrar con renovado ímpetu dentro de ella los dos gimieron sin poder silenciarse. El dolor, para la pelirroja, seguía allí, sin embargo ahora sentía una necesidad apremiante de ese dolor, ese dolor que no era normal: era uno que la sensibilizaba al extremo, que intensificaba su placer.
—Soy yo la que te tiene a ti… Scamander.— soltó Lily tras un nuevo gemido causado por una tercera embestida del rubio.
Lorcan tomó con su mano derecha uno de los senos de Lily y lo apretó con suavidad, pero con firmeza, justo antes de empezar a moverse ininterrumpidamente dentro de ella. La pelirroja sintió una oleada de placer que relajó cada uno de sus miembros y la hizo entregarse por completo. Lorcan era incapaz de pensar en algo que no fuera en poseerla, en marcarla para siempre. La deseaba casi tanto como detestaba su soberbia, su narcisismo, sus aires de princesa. No quería sentirse atraído hacia lo que odiaba, pero no podía evitar hundirse en los suspiros que emergían de sus labios entreabiertos, en su piel suave, pecosa, en la forma que tenía de arquear su espalda mientras él aumentaba el ritmo de sus embestidas. No podía ser virgen: estaba claro que en ella no había ni una sola gota de inocencia. Era una gata que le desgarraba la espalda y que resistía cada movimiento con verdadera maestría. Lily Potter, incluso así, siendo penetrada contra una pared, se las arreglaba para ser la dominante. Nunca antes Lorcan había tenido que luchar con una chica por el poder durante un encuentro sexual. La gryffindoriana lo estaba enloqueciendo.
El slytherin aumentó la velocidad de sus embestidas y su fuerza. Lily gemía sin recato alguno. Verla pegar la cabeza contra la pared, con los ojos cerrados y una expresión de placer puro era la cosa más excitante que Lorcan hubiera visto jamás. Así, mirándola, sintió muy cerca el orgasmo, pero se forzó a controlarlo: primero tenía que hacerla llegar a ella. No se trataba de que él quisiera que ella disfrutara, no estaba siendo generoso con Lily; simplemente no podía permitirse perder el control. Si lo hacía, ella ganaría. Y primero muerto antes que dejarla salirse con la suya.
No: la haría gritar de placer entre sus brazos. La quebraría. Le demostraría quién de los dos era el más fuerte.
Él ganaría la batalla.
—Más rápido…más….— exigió Lily casi sin aliento.
Lorcan la embistió rítmicamente y sintió el orgasmo de Lily llegar cuando los músculos de su interior se tensaron alrededor de él. Clavó sus ojos celestes en ella: no quería perder esa imagen, verla alcanzar el clímax.
Ella mantuvo los ojos cerrados con fuerza mientras que todo su cuerpo temblaba con espasmos incontrolables y, luego, fue como si no quedara nada.
El terremoto había acabado y ella estaba exhausta.
Lily sintió a Lorcan tensarse contra ella mientras se hundía en su cuello y llegaba también, por fin, con un gemido gutural, explotando dentro de ella.
Los dos permanecieron así, juntos, respirando erráticamente, empapados ya no sólo por el agua, sino también por el sudor de sus cuerpos. Algunos segundos después Lorcan soltó lentamente la cadera de Lily y ella dejó que sus piernas volvieran a caer al suelo. Los dos tomaron distancia el uno del otro. Lily tuvo que apoyarse en la pared. Sus piernas temblaban y sentía como si fuera a caer al suelo en cualquier instante. La violencia del acto sexual había sido satisfactoria, pero la había dejado sumamente adolorida. Casi no podía reconocer su propio cuerpo.
Una gota de sangre corrió por su muslo derecho hasta su pantorrilla.
Cuando Lily levantó la mirada se encontró con los ojos celestes de Lorcan clavados en ella, pero esta vez tenían una expresión muy distinta. El rubio tenía la mano manchada de sangre, sangre que había tomado de su miembro con genuina sorpresa. El slytherin la miraba como si no pudiera creer lo evidente, como si no pudiera entender nada de lo que estaba pasando.
Lorcan cerró su mano ensangrentada en un puño.
—Eras virgen…— le soltó, conmocionado.
Lily, como una especie de diosa, elevó el mentón.
Y en ese momento el slytherin comprendió que todo ese tiempo la pelirroja había tenido la razón: por dentro ella era más fuerte que él y mucho más fuerte que nadie. Lily le había entregado su virginidad con el fin de vencerlo porque así lo había querido.
Y había vencido.
8.-
Roxanne entró en la clase y encontró al profesor Laurent esperándola frente a la mesa. Aunque las clases habían terminado y el aula estaba vacía, la morena sabía bien por qué había sido citada allí: su rendimiento había caído dos puntos en las últimas semanas. Estaba claro que lo que iba a ocurrir a continuación no sería de su agrado, pero venía preparada para soportarlo.
Y las palabras emergieron tal y como las imaginó:
—Señorita Weasley, creo que necesita un tutor.— le dijo el profesor Laurent.
Roxanne hizo un gran esfuerzo para no entornar los ojos. Un tutor. ¿Ella necesitaba un tutor? Ella era una ravenclaw: una ravenclaw no necesitaba de tutores. Tragó saliva e intentó no demostrar que su ego había sido lastimado.
—Profesor, sé que mis notas han bajado y que no he estado concentrada últimamente.— dijo la morena. —Pero le puedo asegurar que se debe a motivos personales que ya estoy superando y que, de ninguna manera, necesito un tutor.
El profesor Laurent esbozó una media sonrisa.
—Sí, eso es lo que dicen todos los alumnos que necesitan un tutor.— le dijo. —Especialmente los ravenclaws, que se creen más listos que nadie. Pues yo le digo que usted necesita un tutor. Y lo tendrá.
Roxanne escuchó la puerta del salón abriéndose y luego cerrándose otra vez. Se volteó y, con sorpresa, vio a quien menos esperaba entrar con dos libros bajo el brazo y una sonrisa cínica pintada en los labios.
—Señorita Weasley— dijo el profesor Laurent. —El señor Scamander será su tutor hasta que sus calificaciones vuelvan a estar a la altura de una estudiante de su nivel.
Lysander le sonrió a Roxanne y ella, incrédula, miró nuevamente al profesor Laurent. Quiso decir algo, pero él no la dejó hablar.
—El señor Scamander me irá informando periódicamente de sus avances.— le dijo a Roxanne. —Deberá reunirse a diario con él, al menos dos horas. Es imprescindible que lo haga. Le pediré al señor Scamander que me dé una lista de su asistencia. Más le vale no saltarse ningún día de estudio.
Roxanne resopló y se cruzó de brazos, disgustada. Lysander fue incapaz de ocultar la satisfacción que se reflejaba en su rostro.
El profesor Laurent recogió sus cosas y se dirigió hacia la salida del aula.
—El señor Scamander es un verdadero prodigio en pociones. Casi tan bueno como la señorita Weasley y el señor Malfoy.— hizo una pausa. —Pero claro: no voy a colocar más obligaciones sobre los hombros de los campeones. Hasta luego.
Roxanne vio al profesor salir y cerrar la puerta. La morena clavó sus ojos oscuros en los de Lysander.
—Creo que ya puedes borrar esa tonta sonrisa de tu cara.— le dijo ella.
—No creo que pueda.— le dijo Lysander.
La morena bufó.
—Supongo que estás satisfecho con la situación, ¿no es así?— le dijo ella.
Lysander se aflojó la corbata y dejó los libros sobre una mesa.
—Yo no le pedí al profesor Laurent ser tu tutor.— le dijo. —Fue él quien me asignó. Aunque debo admitir que todo esto es muy conveniente.
Roxanne levantó una ceja.
—¿Conveniente de qué manera?— le preguntó. —No veo lo conveniente de que tengamos que estudiar juntos todos los días por ninguna parte.
Lysander se cruzó de brazos y la miró a los ojos.
—Creo que ya te he dado suficiente tiempo para odiarme. Es hora de que las cosas cambien. — le dijo. —No me he metido en tu camino porque no quería que me rompieras la nariz una vez más, pero ya he tenido suficiente de tu enfado, Chocolate.— su mirada se intensificó. —Voy a recuperarte. Volveremos a estar como siempre debimos: juntos.
Roxanne lo miró con incredulidad.
—Realmente estás loco.— le dijo ella.—¿Crees que voy a volver contigo después de cómo me humillaste apostándome con Emiliana? Todo el colegio se enteró de eso.
—Me importa un bledo lo que piense el colegio.— le dijo él. —Pero si a eso vamos: todo el colegio sabe que no le dirijo la palabra a Emiliana desde que todo eso hizo que tú y yo nos separáramos. Me equivoqué, fui un inmaduro, pero eso no significa que no me gustaras desde el principio. En nada de lo que te dije te mentí. Y si te cuesta tanto entenderlo haré lo que sea necesario hasta que lo comprendas y, mientras tanto, te ayudaré en pociones dado que es evidente que no es tu fuerte.
Roxanne lo miró con enfado.
—¿Mi fuerte?— le soltó, herida en su orgullo. —Haré una poción deformadora y te la lanzaré a la cara y entonces veremos si pociones es o no mi fuerte.
—Qué dulce.— le dijo con sarcasmo, y luego caminó hacia ella forzándola a pegarse contra una mesa. —Y yo haré una poción que te haga entender que estoy completamente enamorado de ti, y entonces, tal vez, dejarás de huir de mí.
Roxanne contuvo la respiración cuando él estuvo tan cerca de ella que pudo inclinarse hasta su oído y susurrarle:
—No voy a rendirme, Chocolate.— le dijo. —Y créeme: soy muy persistente. — retrocedió, distanciándose de ella, y recogió nuevamente sus libros. — Además, te recuerdo que vamos a casarnos. Así que es mejor que dejes esa tonta idea de no volver conmigo de una buena vez.
Roxanne lo miró con verdadera incredulidad. ¿De qué demonios estaba hablando? ¿Casarse ELLA con ÉL? ¿Había vuelto otra vez a las bromas desvergonzadas de siempre?
Estuvo a punto de replicarle su afirmación, pero Lysander ya se había encaminado hacia la puerta.
—Nos reuniremos todos los días después del almuerzo en esta aula.— le dijo él mientras abría la puerta. —Si faltas a una sola de nuestras citas de estudio me encargaré de que el profesor Laurent lo sepa. Así que no te recomiendo hacerlo.
La miró a los ojos antes de salir.
—Hasta mañana, Chocolate.
Y con estas últimas palabras se dio el lujo de desaparecer dejando la puerta entre abierta.
Roxanne tembló por la indignación.
"Pues yo también soy persistente, Scamander", pensó ella, enfadada. "Ya veremos cuál de los dos flaquea primero".
9.-
—Y esta es una foto de cuando se cayó en el parque, justo en una zona llena de lodo.— dijo la señora Granger, señalando una fotografía del álbum que Scorpius, con una deliciosa sonrisa en los labios que sólo lograba exasperar aún más a Rose, sostenía sobre sus piernas. —¿Ves los pucheros que pone? ¡Pobrecita!
Rose se cubrió el rostro con ambas manos y se hundió en el sofá. ¿Por qué su abuela tenía ese irrefrenable deseo de mostrarle a todos las fotos familiares? ¿Es que acaso no eran material privado?
La risa de Scorpius, clara y fresca, la hizo descubrirse el rostro y entornar los ojos.
—¡Oh sí!— soltó la abuela. —En esta foto Rosie tenía cinco años. Es una preciosidad. La pobre había caído sobre el pastel de naranja que le habíamos hecho a su madre por su cumpleaños. ¿Ves los pucheros que pone?
—Sí, los veo.— dijo Scorpius sin disimular ni un poco su sonrisa.
Rose se puso de pie, cansada de la situación, y se cruzó de brazos.
—Abuela, ¿es que acaso sólo tienes fotos mías en las que sufro por haberme caído en algún lugar estrambótico?— le preguntó.
La abuela pareció reflexionar y luego, como si hubiera recordado algo, pasó algunas páginas del álbum hasta detenerse en una especial.
—También están estas fotos en las que Rosie quiso cortarse el pelo como una actriz de la televisión.— le dijo mostrándole a Scorpius las fotografías. —La pobre tomó una tijera y sin que nos diéramos cuenta se hizo eso que ahora ves. Estaba harta de su cabello hinchado y creyó que podría cortárselo sin problemas. Tenía nueve años. ¿Ves los pucheros que pone?
Scorpius parecía sumido en la visión de todas aquellas fotografías y Rose hubiera dado lo que fuera por poder arrebatarle de las manos ese álbum y lanzarlo al fuego.
—Esto es tan humillante…— murmuró para sí misma.
—¿Y cuántos años tenía en ésta?— preguntó Scorpius señalando una foto.
—Tenía diez.— dijo la señora Granger. —Sale sonriendo y abrazando un peluche que le regalé el día de su cumpleaños. ¡Cuánta ternura!
Scorpius levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Rose, quien permanecía de pie, avergonzada y en silencio. La pelirroja se estremeció: la mirada que el rubio le dirigió fue extraña y misteriosa, pero sobre todo, intensa. No pudo entender muy bien lo que había detrás de ésta, sólo la sintió como una caricia invisible que le quitó el aliento durante un par de segundos.
El señor Granger entró en el salón y miró el reloj que colgaba de la pared.
—Querida, creo que si no salimos ahora llegaremos tarde.— le dijo a su esposa.
—Tienes razón.— dijo la señora Granger poniéndose de pie. —Vámonos o perderemos la cita.
Rose miró a sus abuelos con verdadero pánico. ¿Pensaban irse y dejarla sola con Scorpius? ¿En serio iban a hacerlo?
—¿A dónde van?— les preguntó ella, nerviosa.
—Tenemos cita con nuestro doctor de cabecera, ya sabes, por el asunto de la diabetes.— le respondió el abuelo mientras tomaba las llaves del automóvil. —Es imprescindible que vayamos.
La abuela les sonrió colgándose la cartera al hombro.
—Volveremos lo más pronto posible.— les dijo, y luego miró a Rose. —Cariño, ¿podrías lavar los platos?
—Claro que sí, abuela.— respondió Rose desesperanzada.
Los señores Granger salieron entre sonrisas y movimientos despedida. Cuando la puerta se cerró un silencio denso y pesado se extendió por todo el lugar. Scorpius continuaba con el álbum abierto sobre sus piernas.
—Eras muy graciosa de pequeña.— dijo Scorpius con una expresión de absoluta diversión en su rostro.
Rose entornó los ojos y caminó hacia la cocina murmurando cosas ininteligibles. ¿Hasta cuándo duraría el martirio de tener a Scorpius mezclándose con todo lo que consideraba familiar y privado? ¿Cómo se suponía que iba a resistirse a él si estaba en todas partes?
"Tienes que recordar lo idiota que fue contigo", pensó la pelirroja, "No lo olvides, Rose. No lo olvides."
La pelirroja entró a la cocina y caminó hacia el fregadero. Los platos se acumulaban allí esperando a ser limpiados. Abrió el grifo, tomó una esponja y la untó con dos gotas de jabón para vajillas. No notó en qué momento Scorpius había entrado a la cocina, pero cuando lo hizo un plato se le resbaló dentro del fregadero produciendo un sonido que delató su propio nerviosismo. Afortunadamente el plato no se rompió y Rose continuó su tarea en completo silencio. Scorpius, en una esquina, la observaba con una sonrisa cínica en los labios. Rose trató de fingir que no sentía la mirada del rubio recorriéndola y quemándole la piel. ¿Es que acaso pretendía mirarla de esa manera todo el tiempo?
Se paralizó cuando, sin siquiera percatarse en qué momento había caminado hacia ella, el slytherin pegó su cuerpo a su espalda y deslizó sus manos, acariciándola, por sus brazos hasta llegar a sus manos humedecidas por el agua y llenas de jabón. Rose contuvo la respiración.
"Por Merlín, estoy perdida.", pensó, incapaz de poner distancia o de reaccionar de alguna forma.
Scorpius le susurró por lo bajo:
—Vas a quebrar toda la vajilla de tus abuelos si sigues lavando los platos así.— le dijo.
Rose se estremeció cuando los labios de Scorpius comenzaron a rozar, intencionalmente, la piel descubierta de su cuello. El calor del cuerpo del slytherin contra el suyo amenazaba con incendiarla. La pelirroja agradeció estar de espaldas y que Scorpius no pudiera ver la expresión de desamparo en su rostro.
El rubio masajeó las manos de Rose debajo del agua. Su aliento era como lava ardiendo sobre la piel de la gryffindoriana.
—¿Tienes idea del efecto que tienes sobre mí, Weasley?— le susurró y ella se estremeció.
Rose soltó un gemido corto cuando sintió los labios de Scorpius anclándose en su cuello, besándolo como si fuera en realidad su boca, utilizando su lengua y obligándola a morderse el labio inferior para no seguir gimiendo. Todo su cuerpo se tensó ante la marea de placer que se expandió dentro de ella. ¿Cómo era posible que le besara el cuello de ese modo? Sentía que iba a entregársele allí mismo si alguien no la salvaba pronto.
"Besar así debería ser ilegal", pensó Rose un breve momento de lucidez.
Scorpius succionó la piel de su cuello dándole un ligero mordisco y ella soltó un pequeño gemido que los estremeció a ambos. Sin darse cuenta de ello, Rose pegó más su espalda a Scorpius, chocando contra su pelvis y su notoria erección.
Scorpius soltó un leve gruñido.
—Me estás matando, Rose.— le dijo antes de obligarla a darse la vuelta.
Sus cuerpos colisionaron contra la mesa del fregadero mientras se hundían en un beso profundo y ansioso, lleno de necesidad extrema. Los dos gimieron cuando sus lenguas se encontraron, saboreándose, exigiendo atención. Rose sintió como si su cuerpo hubiera vuelto a la vida, como si todo aquel tiempo hubiera estado adormecido y sólo ahora hubiera despertado al fin. El placer de los labios de Scorpius contra los de ella, de sus manos acariciado sus piernas, levantándole el vestido, tomándola como si fuera una muñeca y sentándola sobre el mesón mientras se posicionaba en medio de sus piernas, era indescriptible.
Su cuerpo era fuego. Su cuerpo deseaba ser consumido por el de Scorpius.
—No puedo…—suspiró Rose cuando el slytherin cortó el beso para bajar hacia las piernas abiertas de la pelirroja. —No debería…yo….
Pero Scorpius pareció no escucharla. Con gran habilidad hizo a un lado la ropa interior de Rose y, arrodillado en el suelo, colocó ambas piernas de la gryffindoriana sobre sus hombros para quedar frente a frente con el sexo de Rose, ese que conocía tan bien y que era capaz de enloquecerlo. Ella no pudo seguir diciendo nada más porque lo único que sintió fue la lengua y los labios del slytherin besando su zona más íntima como si no hubiera mañana.
Rose tuvo que sujetarse a la mesa para no caer.
—Scorpius…— soltó entre gemidos mientras hundía sus dedos en el cabello rubio del slytherin.
El rubio no se detuvo e introdujo su lengua en ella haciéndola temblar de placer. Rose no pudo pensar en nada, no podía siquiera respirar de forma natural: de repente toda ella era corporalidad y deleite. Scorpius la estaba enloqueciendo. ¿Era eso lo que pretendía hacer? ¿Llevarla hasta el límite de su propia voluntad? ¿Cómo podía tener voluntad cuando él estaba haciéndole aquellas cosas?
Rose sintió algo parecido a un espasmo recorriéndole la espina dorsal. ¿Estaba a punto de alcanzar un orgasmo? ¿Tan rápido? ¿Acaso era eso posible?
Un nuevo movimiento de la lengua de Scorpius la hizo gemir más sonoramente y llevarse la mano a la boca para silenciarse.
"Es posible.", se dijo a sí misma.
Justo cuando su cuerpo empezó a llenarse de temblores anticipando un orgasmo, Scorpius se detuvo y se puso de pie, aún muy cerca de ella, tomándola por la cintura y besando su cuello nuevamente.
—No tan rápido, Rose.— le murmuró muy cerca de su oído. —Primero quiero escucharte decirlo.
Rose, entre aturdida y agitada, se aferró a su espalda.
—¿Decir qué…?— le preguntó.
Scorpius la pegó aún más contra él. Su respiración también era errática.
—Quiero que me digas que lo deseas tanto como yo.— le dijo. —Quiero escucharlo de tus labios.
Rose negó con la cabeza.
—Estás loco.— fue todo lo que pudo decirle.
Scorpius deslizó su mano hacia el interior de los muslos abiertos de la gryffindoriana y ella volvió a gemir cuando sintió cómo su clítoris era acariciado por el pulgar del slytherin en deliciosos círculos.
Rose echó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio inferior.
—No estoy loco, pero estoy a punto de enloquecer si no lo dices.— le dijo el rubio. —No voy a hacerte llegar hasta que lo digas.
Rose quiso hablar, negarse en rotundo otra vez, pero entonces dos dedos se introdujeron en ella y todo fue niebla y lujuria.
Scorpius mordió ligeramente su cuello y ella tembló entera mientras que los dedos del slytherin comenzaron a entrar y a salir de su interior rítmicamente. Rose gimió y clavó sus dedos en la espalda del rubio.
Tenía que mantener su dignidad y no acceder a la petición del rubio. No podía dejarse seducir tan fácilmente por Scorpius Malfoy después de todo lo que había pasado entre ellos. No podía volver con él sin antes aclarar sus ideas. ¿Qué clase de futuro podrían tener ellos dos? ¿Valía la pena enfrentarse a sus primos y a toda su familia por una relación que estaba destinada a acabar en cuanto uno de los dos ganara la competencia?
—Rose…— murmuró él con la voz oscurecida por la pasión. —Dilo.
Mientras Scorpius introducía sus dedos en ella su pulgar no dejaba de moverse en círculos sobre su clítoris. Rose tenía los labios rojos de tanto mordérselos para no gritar. Deseaba tanto a Scorpius que su cuerpo entero le dolía.
Pero no iba a decirlo.
Primero muerta antes que ser seducida por él.
Rose sacó fuerzas de donde no las tenía y tomó a Scorpius por la muñeca, deteniendo su movimiento. Los ojos grises se encontraron directamente con los de ella. La gryffindoriana tragó saliva e intentó que su respiración se normalizara. Las cosas habían cambiado: ella había cambiado. Scorpius ya no sería nunca más el que tuviera el control.
Rose elevó ligeramente el mentón.
—No voy a decirlo.— le dijo en un tono firme y resoluto, sorprendiéndolo. —Si crees que será tan fácil llevarme a la cama como la primera vez, te equivocas.
La pelirroja lo empujó lejos de ella con cierta gentileza, sin violencia, y se arregló el vestido para luego bajar del mesón. Scorpius la miró desconcertado, como si no hubiera esperado esa reacción tan determinante de su parte; como si, en el fondo, hubiera estado convencido de que habría podido llevarla a decir cualquier cosa que él quisiera.
Rose miró el fregadero: el grifo continuaba soltando agua sobre los platos que esperaban a ser lavados. Como si nada clavó sus ojos azules en los del slytherin.
—¿Te importaría lavarlos?— le preguntó. —Aunque, en realidad, es una orden. Estás en casa de mi familia sin haber sido invitado. Lo mínimo que podrías hacer es eso.
Rose caminó hacia la salida de la cocina.
—Estaré en el jardín regando las plantas.— le dijo. —No te aparezcas por allí hasta que la cocina esté limpia.
El rostro de absoluta confusión de Scorpius hizo a Rose sonreír y, mientras abandonaba la estancia, se sintió por primera vez en mucho tiempo segura de sí misma e, incluso, orgullosa.
10.-
Lucy intentaba estudiar en la biblioteca sin ningún resultado. Su mente era incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuera en Alexander. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Qué significado tenía la discusión que habían sostenido en el pasillo? ¿Cambiarían las cosas entre ellos? La pelinaranja suspiró. No entendía cómo podía sentir todo lo que sentía por Alexander cuando hacía unos meses había estado destrozada por el engaño de Ben. Era como si el castaño hubiera eliminado cualquier vestigio de Ben en su interior y ahora lo ocupara todo. ¿Podía realmente estar enamorada de él o se trataba sólo de una atracción poderosa? Lucy había creído estar enamorada de Ben, pero lo que sentía por Alexander era muy diferente. ¿Significaba eso, entonces, que a uno lo había amado y a otro no? ¿o viceversa?
Lucy se pasó una mano por la frente.
Lo único que sabía con certeza era que no se sentía capaz de alejarse de Alexander. Él se había convertido en parte fundamental de su vida y ya no podía imaginarse a sí misma sin él.
"No vas a acostarte con Alexander Nott", se repitió a sí misma, cerrando los ojos. "No vas a acostarte con Alexander Nott. No vas a hacerlo aunque quieras hacerlo y aunque él, sorprendentemente, también quiera hacerlo. No vas a hacerlo. No." ¿En dónde estaba Rose cuando la necesitaba? Sólo con ella se sentía lo suficientemente cómoda como para preguntarle qué hacer y buscar un consejo.
—¡Hola!— le dijo una voz que la forzó a abrir los ojos y mirar al frente de la mesa.
—Hola, Dom.— le dijo a su prima.
Dominique tenía una enorme sonrisa en su rostro y había colocado un grueso tomo de runas sobre la mesa. Su cabello rubio, ondulado y brillante, caía sobre su espalda con elegancia.
—Lucy, ¿has visto a Roxanne por aquí en algún momento?— le preguntó. —No he podido encontrarla desde hace ya algunas horas. Es extraño.
La hufflepuff negó con la cabeza.
—Lo siento, Dom, pero no la he visto.— le respondió a su prima. —¿Buscaste ya en todos los sitios a los que ella normalmente acude?
Dominique reposó su barbilla sobre su mano y suspiró, decaída.
—Sí, todos.— le dijo. —Pero ya sabes cómo es buscar a alguien en Hogwarts. Es como querer encontrar un aguja en un pajar. O una chocolatina en la mochila de Hugo. O un deber apropiadamente hecho en el cuaderno de Louis. O un comentario dulce saliendo de la boca de Lily. O un pelo negro en la cabeza de Fred. O…
—Creo que lo entendí, Dom…— le dijo Lucy, algo sorprendida por la capacidad imaginativa de su prima.
La rubia, de repente, abrió sus ojos al máximo y se dejó caer sobre la mesa con una expresión de sufrimiento.
—Por Merlín, ¿estás bien, Dom?— le peguntó Lucy, preocupada.
—Acabo de recordar lo que te hice y creo que ahora deberé pedirte que me mates.— le dijo la rubia, cerrando los ojos. —Soy una pésima prima. Tienes el enemigo en tu propia casa. Mátame, anda. ¡Y hazlo sin piedad!
Lucy, confundida, le acarició la cabeza con afecto.
—¿Qué pasó?— le preguntó.
Dominique levantó la cabeza de la mesa y la miró a los ojos.
—Fui yo quien le dijo a Alexander que fuiste a felicitar a Ben por su cumpleaños.— dijo la rubia. —No sé cómo pudo escapárseme semejante cosa. Soy una idiota. Mátame, anda. Mátame ya.
Dominique le extendió los brazos sobre la mesa como si quisiera que su prima la esposara. Lucy permaneció perpleja durante algunos segundos.
—Dom, no voy a matarte. — le dijo. —Tampoco estoy enfada contigo. En serio.
Dominique suspiró.
—Nott parecía muy molesto.— dijo la ravenclaw. —Discutieron por culpa de mi bocaza, ¿verdad?
Lucy le sonrió con ternura.
—Creo que sí se molestó un poco.— le dijo. —Y ahora… me ha pedido que no le hable a Ben. ¿Tú qué crees que debo hacer?
Dominique se sentó con la espalda recta y reflexionó durante unos pocos segundos.
—Lucy, creo que está claro lo que debes hacer.— le dijo la rubia. —¿Has visto a Alexander Adonis Nott? Si el chico, que ahora es tu novio y que no hace nada más que consentirte y ser amable con tu familia a pesar de que tienes muchos primos con problemas psicológicos y mentales, te pide que no le hables a tu ex, que por cierto, te dejó por una chica y ni siquiera tuvo los pantalones de decírtelo, ¿por qué no complacerlo?
Lucy tragó saliva. "Porque en realidad no es mi novio", pensó, pero no dijo. Pero entonces, ¿qué eran? Para ser amigos se besaban demasiado y dormían demasiado abrazados el uno al otro. ¿Qué se llamaba a aquello? ¿Amigos con derecho?
Lucy se sonrojó intensamente.
Quizás ya era muy tarde para retroceder. Quizás ya habían, desde hace mucho, y sin siquiera darse cuenta de ello, traspasado la línea de la amistad.
— Lucy, ¿estás bien?— le preguntó Dominique, mirándola con preocupación.
—Sí, no es nada.— le respondió la pelinaranja, distraídamente.
¿Qué eran, entonces?
11.-
Cuando Lily entró a la sala común de Gryffindor no pudo evitar alegrarse de encontrarla vacía. Antes de aparecer allí había hecho todo lo posible por verse presentable —había secado su cabello y su ropa con magia y se había peinado lo mejor que pudo—, pero aún así debía tener un aspecto lamentable. Sus piernas le dolían como si hubiera corrido alrededor del campo de Quidditch durante una hora. Su cuerpo estaba adolorido y a Lily le parecía absolutamente diferente, como si fuera un nuevo cuerpo que debía aprender a manejar.
Todavía no podía creer que hubiera permitido que Lorcan la tocara.
Todavía no podía creer que le hubiese gustado que Lorcan la tocara.
"Por Merlín", pensó, "Ya no soy virgen".
Involuntariamente la pelirroja sonrió. Durante mucho tiempo creyó que jamás podría verse en una situación sexual con nadie. Creyó que nunca iba a sentir el deseo de entregarse a nadie y que, por lo tanto, jamás llevaría una vida normal.
Lo que más le sorprendía de todo aquello era que hubiera deseado acostarse con nada más y nada menos que con Lorcan Scamander. ¿Acaso tenía sentido todo aquello?
Y, sin embargo, no podía negar que con el slytherin había sentido cosas que nunca antes había experimentado con nadie. Era extraño, pero ahora le parecía como si separarlo de Libby hubiera sido, más que un accidente, un deseo suyo desde el principio.
—¿Lily?— la llamó una voz desde una esquina de la sala común.
La pelirroja se volteó y se encontró con los ojos de Hugo que la miraban de arriba abajo con extrañeza.
—Ah, hola, Hugo.— dijo Lily, incómoda ante la mirada escrutadora de su primo.
Hugo caminó hacia ella con los brazos cruzados. Se detuvo a un metro de la pelirroja y se acarició la barbilla.
—¿Qué le pasó a tu uniforme?— le preguntó.
Lily se miró a sí misma y notó que, si bien su ropa estaba seca, estaba extremadamente arrugada.
Fingió una sonrisa.
—Me caí.— le mintió. —Ya sabes con qué facilidad se arrugan estos uniformes.
Hugo continuó mirándola dubitativamente.
—¿En dónde estabas?— le preguntó. —No estuviste con nosotros durante el partido.
Lily mantuvo una sonrisa casual en sus labios.
—No me interesaba ver a los slytherins jugar. Son muy aburridos. — dijo ella. —Fui a dar un paseo por el bosque.
Hugo clavó sus ojos pardos en los de ella.
—Y fue allí en donde te caíste.— completó el castaño.
"Hugo, eres un metiche", pensó la pelirroja con irritación, pero sin borrar la sonrisa.
—Sí.— se limitó a responderle.
Hugo levantó una ceja.
—¿Por qué estás sonriendo como si fueras feliz?— le preguntó. —Me asustas.
Lily se aclaró la garganta y entornó los ojos.
—¿Es que acaso no puedo sonreír de vez en cuando?— le soltó a su primo, esta vez sin esconder su irritación.
Hugo negó con la cabeza.
—No tú.— le dijo. —Tú, cuando sonríes, en realidad estás lanzando una sentencia de muerte. Aunque supongo que en el fondo tienes sentimientos igual que todos nosotros.
Lily le dedicó una mirada ácida.
—Muy gracioso, Hugo.— le dijo.
El castaño sonrió, satisfecho.
—¿Lo ves?— le dijo. —Esa es la verdadera Lily: la del sarcasmo y la de la mirada asesina.
Lily bufó.
—Pues ahora me pregunto seriamente si no soy así por tu culpa.— le dijo. —Después de todo, ¿cómo no usar el sarcasmo y las miradas asesinas contigo cuando te las buscas todo el tiempo?
Lily se dirigió a las escaleras, pero Hugo la tomó del brazo forzándola a detenerse.
—¿Qué pasa ahora?— le preguntó ella con cansancio.
Hugo empujó el cabello lacio de Lily a un lado, descubriendo su cuello. Sus ojos se fijaron en algo que ella no pudo ver.
—Pues sí que debiste tener una buena caída, Lils.— le dijo Hugo. —Porque tienes un golpe con muy mal aspecto en el cuello.
Lily se sonrojó levemente y se llevó la mano al sector de su cuello que su primo miraba con asombro.
—Eh, sí, es que, tuve una caída muy extraña.— le dijo la pelirroja, volviendo a esbozar una sonrisa.
Hugo la soltó y luego sonrió.
—Si no fuera porque eres tú, y te conozco, y no hay forma alguna de que pudieras permitir que alguien te hiciera eso, diría que alguien te hizo esa marca.— dijo el castaño. —Pero eso es imposible.
Lily lo miró con agudeza y levantó el mentón.
—¿Y por qué es imposible? Si se puede saber.— le dijo ella, irritada.
Hugo la miró con autosuficiencia.
—Lils, por favor.— le dijo el gryffindoriano. —Primero yo me pondría oficialmente de novio con alguien antes de que tú permitieras que un chico te pusiera un solo dedo encima. Digamos que todo el colegio te conoce por ser algo así como una estatua de hielo. Todos sabemos que odias el contacto humano y que los chicos de este colegio no te caen demasiado bien. Podrás engañar a otros con ese golpe en el cuello, pero no a mí, primita.— le dijo él. — No hay forma de que eso te lo haya hecho alguien.
Lily tensó la mandíbula y respiró hondo.
—Sí, Hugo. Lo que tú digas.— le dijo, enfadada. —Ahora voy a cambiarme, si no te importa. Así que quita tu enorme sentido del análisis del camino.
Hugo dio dos pasos a un lado y vio a Lily subir las escaleras como alma de lleva el diablo.
El castaño se rascó la cabeza.
—¿Y ahora qué hice?
12.-
Rose regaba las plantas del jardín con una manguera, descalza sobre el césped, cuando vio a Scorpius salir. El rubio parecía haberse recuperado ya de la impresión o, mejor dicho, del golpe a su ego que había sido ser rechazado de esa manera por ella. Aún así tenía un ligero brillo en su mirada que le hacía saber a Rose que no iba a rendirse. Scorpius era persistente y no estaba acostumbrado a negativas. Siempre, de una y otra forma, había obtenido todo lo que había querido: incluso cuando empezó a sentir cosas hacia ella la tuvo con tan sólo chasquear los dedos en sus brazos. Rose estaba convencida de que el slytherin no había sido rechazado por una chica nunca en toda su vida —a excepción de Megara, pero con ella nunca llegó a las instancias a las que había llegado con ella en la cocina—. Por eso se había sorprendido tanto cuando no consiguió doblegarla a pesar de haber puesto todos sus talentos en modo de ataque.
—Terminé con los platos.— le dijo el rubio cruzándose de brazos. —¿Necesitas que haga algo más?
Rose fingió meditar durante algunos segundos mientras regaba los rosales.
—Estaría muy bien que fueras a casa de tu madre y pasaras tiempo con tu propia familia, pero dado que es algo que no vas a hacer, supongo que podrías ayudarme a regar el jardín.— le dijo la gryffindoriana con una sonrisa en los labios, jactándose del control que había adquirido sobre la situación. —Junto a la maceta hay otra manguera.
Scorpius pareció dedicarle una mirada desafiante y, mientras caminaba hacia la manguera, se deshizo de su camisa para dejarla caer al suelo.
Rose lo miró con incredulidad y nerviosismo.
—¿Qué estás haciendo?— le preguntó.
Scorpius la miró con fingida inocencia.
—Voy a tomar la manguera para ayudarte a regar el jardín.— le dijo. —Es lo que me pediste, ¿no?
Rose no pudo evitar que su mirada corriera rápidamente por el torso desnudo y atlético de Scorpius. Se sonrojó e intentó ocultarlo mirando hacia otro lado.
—Me refiero a que no entiendo qué haces quitándote la camisa.— le dijo la pelirroja. —¿Pretendes hacer un striptease o algo por el estilo?
Scorpius fingió una sonrisa.
—Si quieres verme desnudo ya sabes lo que tienes que decir, Weasley.— le dijo él. —Mientras tanto temo decepcionarte, pero sólo me he quitado la camisa porque hace calor.
Rose evitó mirarlo a toda costa.
—Gracias por el ofrecimiento, pero no tengo ningún interés en verte desnudo.— le mintió.
Scorpius abrió la manguera y se colocó en paralelo con Rose, regando unas flores extrañas de color violeta.
—Sí, claro. Puedes engañarte todo lo que quieras, Rose.— le dijo el rubio. —Pero tarde o temprano vas a caer. Ya lo hiciste una vez, no veo por qué ahora tenga que ser diferente.
Rose lo miró incrédula. Sí, ahora estaba claro que ella había tocado su ego. La forma en la que Scorpius había pronunciado esa frase, casi retándola a un duelo, lo hacía evidente.
—Pues sí, ahora es diferente.— le dijo ella. —Antes, por ejemplo, yo no sabía qué tan idiota podías llegar a ser.
Scorpius la miró a los ojos.
—Yo tampoco sabía lo obstinada que podías llegar a ser.— le respondió. —Aún así, Rose, ¿cuánto tiempo más crees que vas a resistirte a lo inevitable?
—¿Y qué es lo inevitable, según tú?— le dijo ella.
Scorpius esbozó una media sonrisa llena de confianza.
—Me refiero a que terminemos lo que comenzamos en la cocina.— le dijo el rubio. —Eso es lo inevitable.
Rose levantó ligeramente el mentón.
—Yo creo que lo evité muy bien.— dijo la gryffindoriana.
Scorpius no borró la sonrisa de su rostro que, en ese momento, a Rose le pareció malvada.
—Repetiré mi pregunta, Weasley.— le dijo él. —¿Por cuánto tiempo crees que podrás evitarlo?
Rose guardó silencio y siguió regando las plantas. Odiaba tener que admitirlo, pero lo cierto era que sería muy difícil no ceder ante cada asedio de Scorpius, especialmente cuando en el fondo ella también quería estar en sus brazos. Aunque se lo negara a sí misma, aunque estuviera castigándolo de cierta forma por lo que le había hecho, aunque no estuviera segura de qué era lo que debía hacer, la verdad era que lo deseaba tanto como él a ella. Y Scorpius lo sabía: después de todo podía sentirla.
Rose lo miró a los ojos.
—¿Es que acaso todo esto es un reto para ti? ¿Llevarme a la cama o no llevarme a la cama, he ahí el dilema?— le preguntó la pelirroja enfadada.
Scorpius le dedicó una mirada seria.
—Sabes perfectamente bien que eres mucho más que eso para mí. — le dijo el rubio. —Me he mostrado vulnerable ante ti, me he expuesto más de lo que he hecho con nadie; conoces mis sentimientos porque puedes sentirme. Estoy harto de fingir que me eres indiferente cuando no es así. Ya intenté sacarte de mi vida y fracasé rotundamente en el intento. No pienso reprimirme más y creo que tú tampoco deberías hacerlo.
—Claro, es fácil para ti tomar las decisiones por tu cuenta, ¿no es así?— dijo Rose, enfrentándolo. —"Voy a olvidar a Rose y en el proceso voy a hacerla sentir como un objeto que utilicé para entretenerme, y ella tendrá que aceptarlo". "Voy a volver con Rose porque no puedo olvidarla y estoy celoso de su guardaespaldas y amigo, y ella tendrá que aceptarlo". Esa es la dinámica, ¿verdad?
Scorpius soltó la manguera y abrió los brazos en el aire.
—Te he dicho que lo siento una y mil veces.— le dijo el slytherin. —Te he dicho que sé que soy un idiota, un egocéntrico y un insensible, que tienes toda la razón del mundo en estar molesta conmigo, pero lo cierto es que no lo estás.— Scorpius bajó los brazos. —Ya no estás enfadada conmigo: sólo quieres estarlo.
Rose sintió aquella última frase como un golpe y la sintió así porque se dio cuenta, en ese instante, de que Scorpius tenía razón: hacía mucho que ella ya no le guardaba ningún tipo de rencor por lo que había ocurrido entre los dos. Pero a la vez eso la hacía sentirse enfadada. No quería olvidar tan rápidamente. Nada en su cabeza estaba claro: ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Correr a sus brazos ahora que ÉL había decido volver con ella? ¿Y luego qué? ¿Presentarlo a sus primos y a su familia entera como su novio o continuar saliendo a escondidas como en un principio? Todo era demasiado confuso y Rose sentía que necesitaba tiempo para aclarar su mente, pero ahí estaba Scorpius, invadiendo su espacio e intentando inclinar la balanza a su favor sin siquiera darle un segundo de paz.
—Los dos tenemos sentimientos intensos el uno por el otro.— le dijo Scorpius. —Aunque seamos como el agua y el aceite, un Malfoy y una Weasley, dos rivales que luchan por el mismo puesto en la Orden de Merlín. Es una verdadera locura, pero a pesar de todo eso estamos aquí y, quieras aceptarlo o no, somos mucho más que dos personas que se sienten sexualmente atraídas la una a la otra.
Rose lo miró a los ojos.
—¿Ah sí?— le preguntó con ironía. —Porque yo recuerdo haberte dicho en la enfermería que estaba enamorada de ti y haber recibido de tu parte un silencio mortal y luego un "Pues lo siento por ti".
Scorpius pasó la mano por el rostro, frustrado por la situación.
—Sabes muy bien que lo que siento no corresponde con cómo me porté contigo esa vez.— le dijo el rubio. —Por Merlín, golpeé a Gozenbagh enfrente de todo el colegio ¡Todos en Hogwarts saben que estoy enamorado de ti menos tú!
Rose intensificó la presión del agua de su manguera y direccionó el chorro a Scorpius, empapándolo y, aunque éste intentó defenderse usando sus brazos como escudo, no pudo evitar resbalar y caer en el césped mientras que Rose, sonrojada por las palabras del slytherin, continuó mojándolo sin piedad.
—¡Eres odioso!— le dijo mientras Scorpius luchaba por levantarse a pesar del chorro de agua a presión que caía sobre él. —¿Crees que puedes venir a casa de mis abuelos, caerles bien, ser absolutamente encantador con ellos y conmigo, intentar violarme en la cocina y luego decirme que estás enamorado de mí? ¿Ah? ¿Te divierte?
Rose se vio obligada a cerrar el chorro de agua de su manguera cuando escuchó la puerta principal de la casa abrirse y la voz de su abuela exclamando:
—¡Hemos llegado, jovencitos!
Scorpius suspiró, aliviado y empapado de pies a cabeza en el césped. Sus ojos grises se encontraron con los azules de Rose, que parecían entre conmovidos y aturdidos.
La gryffindoriana dejó caer la manguera al suelo.
—Vamos.— le dijo ella dirigiéndose hacia la puerta. —Mis abuelos nos están esperando.
13.-
Roxanne entró a la sala común de Ravenclaw sin sospechar que Dominique la estaría esperando, agazapada, como un animal de la selva esperando por su presa, y que le saltaría encima con un cúmulo de preguntas que sólo consiguieron marearla.
—¿En dónde, en dónde, en dónde has estado, por las barbas largas de Merlín?— le preguntó Dominique dando pequeños saltos. —Te he buscado por todas partes como una novia celosa y créeme, no sé si lo peor de eso es que lo nuestro sería incesto en segundo nivel o que yo sería una lesbiana que aún no sale del closet. Y si yo fuera una lesbiana definitivamente saldría del closet.
Roxanne suspiró y se llevó una mano a la frente mientras se dejaba caer en unos de los sillones de la sala común.
—Dom, Laurent me ha puesto a Lysander de tutor.
La rubia abrió la boca al máximo y se quedó, por primera vez desde que Roxanne había entrado a la sala común, totalmente quieta.
—Vaya.— soltó finalmente. —Esa sí que es una situación rara.
Roxanne bufó.
—Y el muy engreído cree que va a poder convencerme de regresar con él con su discurso de "voy a recuperarte" y "estoy enamorado de ti".
Dominique sonrió ampliamente y juntó ambas manos a la altura de su pecho.
—¡Qué tierno!— soltó, entusiasmada.
—No, no es tierno.— dijo Roxanne mirándola con seriedad.
—Está bien, no es tierno.— dijo Dominique aclarándose la garganta. —Lysander Scamander es una equis en mi lista de gente agradable. Aunque sea rubio como yo y divertido y tenga los ojos del color del cielo y sea capaz de hacer reír hasta a Mcgonagal, yo lo odiaré a morir.
Roxanne suspiró.
—Eres una mentirosa.— le dijo a su prima.
Dominique se sentó junto a ella.
—Es que Lysander es un buen tipo, Rox. Creo que deberías darle una segunda oportunidad.— le dijo tímidamente. —Todos podemos equivocarnos y eso no nos hace ser despreciables ni mucho menos, sólo humanos.
Roxanne bajó la mirada al suelo y jugó con su cabello.
—¿Sería muy estúpido de mi parte decirte que tengo miedo?— le dijo la morena.
Dominique negó con la cabeza.
—Rox, yo tengo miedo de morir soltera con cinco gatos y un unicornio. Porque si voy a morir sola, quiero tener al menos un unicornio.—dijo mientras se pegaba al respaldo del sillón, cruzada de brazos. —Así que no puedo entender cómo puedes tener miedo a enamorarte de un chico como Lysander.
Roxanne entornó los ojos.
—Olvídalo.— le dijo. —Necesito sacármelo de encima de algún modo.
—Tuve la mala suerte de no heredar casi nada de la sangre de veela de mamá. Victoire sí heredó algo de eso, y Louis, claro. Pero yo casi nada.— dijo Dominique, distraída. —¿Crees que soy fea?
Roxanne la miró con algo de molestia.
—Sí, Dom, eres un monstruo.— le dijo, y luego chascó la lengua. —Por Merlín, Dominique: eres hermosa. Cierra la boca.
—¿No lo dices porque me amas?— dijo la rubia pestañeando varias veces y sonriendo muy ampliamente.
Roxanne no pudo evitar sonreírle de vuelta.
—Mi amor por ti no tiene nada que ver con el hecho de que eres hermosa.— le dijo la morena.
Dominique suspiró.
—Entonces, ¿por qué ningún chico ha intentado nada conmigo?— le preguntó.
Roxanne la miró con curiosidad.
—¿Te gusta alguien?— le preguntó.
Dominique negó con la cabeza.
—No, nadie en especial. Es sólo que a veces me pregunto por qué nadie intenta salir conmigo.— dijo la rubia. —Es todo.
—La respuesta es muy sencilla: Louis.— le dijo Roxanne. —¿No te has dado cuenta de que tanto tú, como Rose y como yo tenemos hermanos de apellido Weasley? Eso espanta a muchos, créeme.
Dominique bufó.
—Qué suerte tiene Lily de tener a Albus.— dijo la rubia. —Todos saben lo civilizado que es y por eso ella ha tenido tantos pretendientes.
Roxanne sonrió.
—En el caso de Lily es diferente: ella misma se encarga de espantar a todos los chicos que se le acerquen.— le dijo a su prima.
Dominique rió.
—Tal vez ser parecida a Lily te ayudaría a espantar a Lysander.— dijo la rubia sin darle demasiada importancia.
Roxanne reflexionó en silencio.
—No creo que pueda ser como Lily.— dijo la morena. —Pero acabo de tener una idea que puede funcionar.
Dominique frunció el ceño.
—¿Qué idea?
Los ojos de Roxanne brillaron.
—Hay una forma de hacer que Lysander se rinda más rápidamente.— dijo la morena.
Dominique la miró con insistencia.
—¿Cuál? ¿Cuál? ¡Habla, por Merlín!
Roxanne sonrió.
—Que yo ya esté saliendo con alguien.
14.-
Rose cerró la puerta de su habitación y soltó todo el aire de sus pulmones. Abajo estaban sus abuelos y Scorpius viendo videos de ella y Hugo cuando eran niños. Podía escuchar las risas del salón corriendo por las escaleras, atravesando el pasillo, tumbando la puerta y penetrando en sus tímpanos. Si las cosas seguían así sus abuelos la botarían de la casa y adoptarían a Scorpius como el nieto perfecto que nunca tuvieron.
Lo peor de todo era que si algo no ocurría pronto Rose estaba convencida de que acabaría cediendo frente a la persistencia de Scorpius. Tenía que admitir que el rubio tenía determinación. Ni siquiera pareció molestarse cuando lo bañó entero con un chorro de agua. Una vez que entraron a la casa Scorpius le dijo a sus abuelos que habían estado regando el jardín y que él había tenido un accidente con la manguera.
—No sueño utilizar este tipo de artefactos, así que acabé mojándome entero. — les mintió con una sonrisa inocente que enterneció a sus abuelos.
Rose bufó y se dejó caer sobre la cama. ¿Cómo podía ser absolutamente encantador incluso cuando mentía?
¿Qué clase de ser perverso y monstruoso era Scorpius Malfoy?
Rose cerró los ojos. ¿Y si acababa cediendo y acostándose con el slytherin? Aquello no tendría que significar, necesariamente, que fueran novios ni nada por el estilo. Ella podía seguir reprochándole su actitud y no tendría que darle explicaciones a su familia si Scorpius sólo era su amante. ¡Qué mal que sonaba todo aquello! Estaba confundida y cansada.
"Soy una tonta sin autoestima porque quererlo de esta manera", se dijo a sí misma. "No debería quererlo".
La pregunta de su abuela resonó en su cabeza: "¿Crees que ese chico es una buena persona? ¿Crees que merece tu afecto?"
Rose se acurrucó en su cama. Scorpius era un completo idiota; era un egocéntrico e insufrible narcisista que creía tener el mundo en sus manos sólo porque podía manipular a la gente con su perfecta sonrisa… Pero también era inteligente, gentil y leal con aquellos a quienes quería, era valiente, capaz de dar su vida por otros sin pensarlo dos veces, fuerte ante las vicisitudes, un hijo ejemplar que jamás había dejado de defender su apellido ni a su familia, una persona que no le temía a los riesgos, honesto, correcto y, sobre todo, alguien que tenía, aunque pocos lo supieran, un gran corazón.
La pelirroja hundió su cara brevemente en la almohada.
Nadie se merecía ser amado por ella más que Scorpius Hyperion Malfoy.
"En verdad estoy perdida", se dijo.
Y entonces, o quizás pocos minutos más tarde, Rose se quedó dormida.
Sueño # 18
Rose sintió el frío nocturno calando en sus huesos y vio, con sorpresa, a Morgana salir del castillo de Camelot con una capa púrpura, aterciopelada, cubriéndola de la cabeza a los pies. "Debí haberme quedado dormida", se dijo. Algunas escarchas de nieve caían sobre el reino que dormía apaciblemente y en silencio. Rose siguió a Morgana quien avanzó hasta el cementerio de Camelot y traspasó sus rejas. La bruja no se detuvo hasta que se vio frente a una tumba grisácea. Rose pudo leer en la lápida:
Gaius R.K.
Médico real y fiel amigo
La pelirroja se sobrecogió. No comprendía qué estaba haciendo Morgana allí, en medio de la noche, visitando la tumba del hombre a quien ella y Mordred mataron. La bruja jamás le había perdonado a Gaius el silencio que mantuvo durante tantos años respecto a su condición, la forma en la que le hizo creer que estaba loca y que necesitaba tomar sus brebajes si quería serenar su histeria. Aquel había sido un golpe duro para la morena, quien siempre había visto a Gaius como un padre. Rose fijó sus ojos azules en el rostro de Morgana: sus facciones eran tan frías como la nieve y, sin embargo, sus ojos mostraban una herida abierta.
—Hace mucho que deseaba visitar tu tumba.— dijo la morena con los ojos verdes fijos en la lápida. —Pero no tuve tiempo ni oportunidad de hacerlo.
Rose notó que los ojos de Morgana se humedecieron levemente.
—A pesar de todo este tiempo no he conseguido entender por qué me hiciste sufrir de esa manera.— dijo la bruja. —Yo confié en ti. Pudiste haberme dicho que no estaba loca, que lo que tenía era magia y no una enfermedad. Pudiste haberme ahorrado años de dolor y de encierro en ese castillo. Y no lo hiciste.— Morgana respiró hondo. —Todas las personas en las que he confiado me han traicionado y, sin embargo, a veces siento como si todavía extrañara vivir en esa mentira en la que tú todavía vivías…
Rose notó que, a la distancia, un anciano de barbas largas observaba la escena. Lo vio irse por una callejuela e, intrigada por su presencia, la pelirroja decidió seguirlo. Por lo lento que caminaba no le costó alcanzarlo. Hubo algo en él que le pareció conocido y familiar, pero no supo decir de qué se trataba.
Pronto llegaron al castillo.
El anciano subió y avanzó por los pasillos como si los conociera mejor que nadie hasta que llegó a la habitación de Merlín. Entró y, una vez allí, tomó una poción que descansaba sobre una mesa desorganizada.
Rose lo vio rejuvenecer en cuestión de segundos y se llevó ambas manos a la boca.
Era Merlín.
La habitación era, en sí misma, casi un laboratorio. El mago parecía haber avanzado en sus experimentos mágicos. Sobre la mesa descansaban pergaminos con descripciones de hechizos y fórmulas de brebajes de todo tipo, así como los que parecían ser los primeros esbozos del diseño de una varita común. Rose no podía creerlo: Merlín estaba a punto de inventar el objeto más popular de la historia mágica.
La pelirroja miró a Merlín, quien se dejó caer sentado sobre la cama. Alguien llamó a la puerta y él le dio permiso para que entrara.
Nimue, con su piel brillante de ébano puro, entró silenciosamente.
—Escuché ruidos en el pasillo y vine a ver si estabas bien.— dijo la morena.
Merlín asintió.
—Era yo.— dijo el mago. —Seguí a Morgana. La vi frente a la tumba de Gaius. No entiendo qué estaba haciendo allí. No soy capaz de comprenderla en lo absoluto.
Nimue, con una expresión misteriosa, le dijo:
—Tal vez sienta remordimientos.
Merlín clavó sus ojos azules en los negros de ella.
—Eso es imposible.— respondió él. —Morgana no es esa clase de brujas.
Rose observó a Nimue con curiosidad. Todavía no entendía quién era esa mujer que escuchaba detrás de las paredes conversaciones ajenas y que se había convertido en la ayudante de Merlín dentro del castillo. Había algo en ella que le inspiraba recelo, pero no podía decir qué era lo que la hacía desconfiar.
Rápidamente Rose se vio trasladada al bosque. El sol la hizo cerrar los ojos durante varios segundos. Aún en el día el frío era intenso y se abrazó a sí misma para protegerse. No había nieve y el bosque reverdecía aún, pero estaba claro que el invierno amenazaba con caer sobre Camelot en cualquier momento. Merlín y Arturo caminaban a unos metros, muy sigilosamente, con arcos y flechas. Parecían estar de caza.
—Faltan tres días para que termine la semana que le di de plazo a Morgana.— dijo Arturo. —Le he dado la oportunidad de que deje la magia y vuelva a Camelot, pero no creo que vaya a aceptar mi propuesta.
—Morgana no va a dejar a los suyos.— dijo Merlín. —Ni tampoco va a esconder su magia. No es algo de lo que se avergüenza.
Arturo miró a Merlín a los ojos.
—Toda mi vida me han enseñado que la magia es maligna.— dijo el rubio. —Mi madre y mi padre murieron a causa de la magia. ¿Crees que estoy haciendo lo correcto al desterrar a mi propia hermana? ¿Crees que la magia es algo peligroso?
Merlín tragó saliva y Rose pudo adivinar su disyuntiva: si le decía a Arturo que la magia no era necesariamente peligrosa, que los magos y brujas eran personas normales y que, por lo tanto, podían tender al bien o al mal como cualquier otro ser, pero que no era la magia en sí misma lo que los hacía inclinarse al mal, entonces Arturo podría reconsiderar su actitud con Morgana, y si eso ocurría, si Arturo no sacaba prontamente a Morgana de Camelot, la bruja se las arreglaría para tomar el trono.
Y entonces todo acabaría para ellos.
—La magia es un elemento peligroso que pervierte a aquellos quienes la poseen.— dijo Merlín. —Si Morgana se queda en Camelot querrá tomar el trono y, sin duda alguna, destruirá el reino.
Las palabras de Merlín parecieron herir a Arturo, como si hubiera estado esperando un discurso distinto, algo que lo hiciera interceder por Morgana, a quien quería con ternura a pesar de todo.
Un cervatillo corrió a la distancia y Arturo partió velozmente tras de él. Merlín se apresuró a seguirlo y Rose también, pero el rubio era tan rápido que en cuestión de segundos no quedó ni rastro de él. Merlín siguió la pista, algo cansado y también apesadumbrado por lo que se había visto forzado a decir, cuando escuchó un pequeño quejido por parte de Arturo que resonó en el silencio del bosque.
—¡Arturo!— exclamó Merlín.
El mago aceleró la marcha, aterrado por la posibilidad de que algo malo le hubiera ocurrido al rey, cuando se vio forzado a detenerse, petrificado ante la escena: Arturo estaba en el suelo y, a unos metros de él, Mordred lo miraba impávido.
El corazón del moreno se paralizó, al igual que el de Rose.
¿Qué estaba haciendo Mordred allí?
El moreno de ojos celestes cielo y piel pálida como la de Morgana caminó hacia Arturo y le tendió la mano. El rubio la tomó y se puso de pie.
Mordred le sonrió.
—¿Nos conocemos?— preguntó Arturo, desconcertado por esa sonrisa.
—No creo que eso sea posible.— le respondió Mordred. —Soy un amigo de Morgana. Precisamente venía a Camelot para verla.
Merlín, aún sin aliento, miró al moreno con incredulidad.
—Mordred.— pronunció, descolocado.
El moreno miró a Merlín y le sonrió.
—Hola, Merlín.— le dijo.
Arturo los miró a ambos, confundido.
—¿Ustedes se conocen?— preguntó.
—Él salvó mi vida una vez hace muchos años.— respondió Mordred.
Merlín guardó silencio. Rose no comprendía la presencia de Mordred allí: Morgana le había encargado reinar Essetir en su ausencia. ¿Por qué había viajado a Camelot? ¿Qué era tan urgente como para hacerlo ir a buscarla hasta una ciudad en donde los magos y brujas seguían siendo ajusticiados?
Rose no pudo seguir reflexionando sobre la situación porque a la velocidad de un pestañeo se vio dentro del castillo de Camelot. La nieve había empezado a caer otra vez y Morgana miraba por una de las ventanas cómo Arturo, Merlín y Mordred entraban por las inmediaciones.
La gryffindoriana notó la sorpresa en el rostro de la bruja. Pareció contener el aire durante algunos segundos y, luego, dio media vuelta para correr escaleras abajo directo hacia la salida del castillo.
Rose la siguió muy de cerca, corriendo a su lado, y la vio emerger por la entrada con la marcha ralentizada. No miró ni a Arturo ni a Merlín. Sus ojos verdes estaban fijos en Mordred, quien le sonrió con ternura.
La bruja caminó hacia él y le acarició la mejilla con su mano. Sus ojos se humedecieron y le sonrió, alegre. Tanto Merlín como Arturo se mantuvieron quietos y algo descolocados: hacía mucho que no veían una sonrisa así en el rostro de Morgana. Cada una de sus facciones parecían haberse iluminado con su presencia. Era evidente que ella quería genuinamente a ese muchacho.
Rose miró detenidamente a Mordred. Su mirada también, cuando estaba posada sobre Morgana, era distinta a la que utilizaba para mirar al resto. Sus ojos grandes y celestes brillaban y de doblegaban, la sonrisa en su rostro se volvía casi infantil, muy diferente a la que solía dibujar en su rostro hacia los demás.
—Mordred.— dijo Morgana, aún incapaz de ocultar su alegría al verlo. —¿Qué estás haciendo aquí?
El moreno besó la mano de la bruja que aún había estado acariciándolo y la envolvió entre sus manos.
—Tenía que verte.— le dijo el moreno. Luego bajó la voz. —No quería que siguieras estando sola, aquí, rodeada de enemigos.
Morgana se aclara la garganta y, justo cuando se volteó para mirar a Merlín y a Arturo, su sonrisa desapareció como por arte de magia.
—Supongo que tengo permiso para cenar con mi amigo dentro del castillo ¿no es así?— dijo la morena.
Arturo guardó silencio durante algunos segundos.
—Sí, claro.— acabó por decir. —Si quieres pediré a los sirvientes que dispongan una mesa y una cena en el salón del trono. De ese modo estarán más cómodos.
—No.— dijo Morgana. —Prefiero que sea en mi habitación.
Arturo miró a Mordred con cierto recelo y luego volvió a mirar a su hermana.
—¿En tu habitación?
Morgana entornó los ojos.
—Por favor, Arturo.— le dijo la bruja. —Mordred es un niño.
El rubio tosió un par de veces para disimilar su vergüenza y luego miró a Merlín.
—Diles a los sirvientes que coloquen una mesa y una cena en la habitación de Morgana.
Merlín, quien no le quitaba la mirada de encima a Mordred, no se movió de su sitio.
—No creo que sea una buena idea, Arturo.— dijo el moreno.
—Sólo hazlo.— le dijo el rubio. —No te estoy pidiendo tu opinión.
—Soy el consejero real, se supone que debo dar mi opinión.— le discutió Merlín.
—Sí, pero cuando yo te la pida.— dijo Arturo.
—Es decir, nunca.— le replicó el moreno.
—Haz lo que te digo, Merlín.
El moreno bufó y, antes de dirigirse hacia el interior del castillo, cruzó su mirada con la de Morgana, quien lo observó con indiferencia. Estaba claro que a Merlín no le gustaba nada la idea de tener a Morgana y a Mordred juntos en el interior de Camelot.
Rose se tuvo que sostener contra la una pared de piedra cuando se vio nuevamente en un escenario distinto. Reconoció que estaba en la cárcel subterránea de Vesporg, el dragón parlante, y vio a Merlín encender una antorcha y llamarlo por su nombre.
El dragón, agitando las cadenas que lo ataban en esa especie de tumba en la que lo habían encerrado, no tardó en aparecer.
—Sé bien por qué vienes a verme, joven mago.— le dijo Vesporg. —Temes por la vida de Arturo ahora que está rodeado de enemigos dentro de su propio hogar. Ya te lo dije una vez hace algunos años: Mordred es un peligro inminente.
Merlín miró a Vesporg con firmeza.
—¿Un peligro para quién?— preguntó. —¿Para Arturo?
—Si el chico vive tú no podrás cumplir tu destino.— respondió el dragón.
Rose vio a Merlín menear la cabeza, confundido.
—¿Qué tiene que ver Mordred con mi destino? Tú me dijiste hace muchos años que mi destino era proteger a Arturo.
Vesporg hizo sonar sus cadenas una vez más.
—Entonces: he ahí tu respuesta.
Rose vio cómo Merlín palideció.
—¿Estás tratando de decirme que ese niño va a matar a Arturo?— le soltó, incrédulo.
—Eso depende de ti.— le dijo el dragón.
Merlín negó con la cabeza.
—Tú me dijiste que era Morgana quien se encargaría de derrotar a Arturo, que ella era a la que debía cazar.— dijo el moreno.
—Nunca dije que la bruja mataría a su hermano, dije que la bruja se encargaría de hacerlo caer y de tomar el trono.— dijo el dragón. —Quien está destinado a clavar su espada en Arturo es Mordred. Si no haces algo al respecto.— Vesporg resopló. —Todo esto podría haberse evitado si hubieras hecho lo que te dije desde un principio: matar a la bruja y deshacerte del niño.
Merlín miró al dragón con seriedad.
—No soy un asesino.— le respondió.
—¿Ah no?— le dijo Vesporg. —Porque creo que una chica murió en la hoguera porque tú te rehusaste a acusar a la verdadera bruja, Morgana. Y también recuerdo bien que asesinaste a Morgause, la druida, e intentaste envenenar a Morgana fallidamente. Creo que te tienes en muy alta estima, joven mago. Pero el mundo está en guerra, ésta es una época revolucionaria y todos llevamos un asesino dentro.
Merlín apagó la antorcha y subió de vuelta hacia arriba las escaleras de caracol. Rose se quedó algunos segundos en la oscuridad, pensando en lo mucho que distaba Mordred de parecer el mago que en efecto era. Era muy joven, con un rostro angelical y atractivo, un adolescente que pronto se transformaría en un hombre y que ya tenía sobre su conciencia dos muertes: la de Gaius y la de Cenred. En ambos casos lo había hecho por Morgana. ¿Podría ser que también esta vez se ensuciara las manos de sangre por ella?
La luz volvió a iluminarla dentro de la habitación de Morgana. Los sirvientes habían colocado una mesa y tanto ella como Mordred comían en los extremos opuestos, sonrientes, felices por haberse reunido.
—Has corrido un gran riesgo al venir a buscarme.— dijo la bruja.
—Essetir te necesita.— le dijo el moreno. —Yo no soy un buen rey. He venido para llevarte de vuelta.
Morgana tomó una manzana y la mordió.
—Primero debo encargarme de Arturo.— dijo la morena con frialdad.
Mordred clavó sus ojos en los de la bruja.
—¿Piensas matarlo?— le preguntó.
Morgana desvió la mirada de la mesa.
—He soñado con el futuro una vez más.— dijo la bruja. —He visto a Guinevere traicionando a mi hermano con Lancelot, uno de los caballeros de Camelot.— hizo una pausa. —He visto a Arturo morir por la tristeza de esa traición. — tragó saliva. —Arturo morirá de cualquier forma, en mi mano o en la de otros. Si hago a Guinevere a un lado él sufrirá. Si me encargo de Lancelot, Guinevere encontrará otro caballero con el cual satisfacerse y mi hermano morirá de cualquier forma. ¿Entiendes?
—Tienes que eliminarlo, Morgana.— le dijo Mordred. —Los otros reinos están planeando atacar Essetir. No quieren reconocer el reinado de una bruja. La han llamado "cuidad tomada". Sin Camelot, todos los magos y brujas que hemos acogido en Essetir morirán a manos de soldados. Camelot es la única salida. Cuando reclames el trono ya no tendremos que huir más.
Morgana miró a Morded con los ojos humedecidos.
—Es mi hermano.— le dijo la bruja.
Mordred la miró con intensidad.
—No: nosotros, los magos y brujas, somos tus hermanos.— le dijo el moreno. —Arturo jamás va a aceptarte por quien eres realmente. ¿Quién te dice que no serás, en el futuro, una más de las que ajusticie en la plaza central del reino?
Morgana respiró hondo. Mordred insistió:
—Si Arturo va a morir de cualquier forma, ¿qué mejor manera que hacerlo morir de tu mano?— le dijo el moreno. —Tú tendrás compasión con él. Lo matarás rápidamente y de forma indolora. De otro modo Arturo morirá solo y en agonía. Tu compromiso está con todos los magos y brujas que siguen siendo perseguidos y asesinados.
—¿Crees que no lo sé?— le dijo Morgana con dureza.—No me hables más de mis obligaciones porque las conozco mejor que nadie. Me encargaré de Arturo.
Mordred sonrió, pero de repente su rostro se ensombreció y se aclaró la garganta, como si hubiera recordado algo importante.
—Morgana…— comenzó el moreno. —Uno de los prisioneros escapó.
La morena lo miró con una seriedad que hizo que Rose se estremeciera.
—¿Qué prisionero?— le preguntó en un tono seco.
Mordred le sostuvo la mirada.
—Reskar.— le dijo. —El que se encargaba de torturarte cuando Cenred vivía.
Morgana tensó los músculos sobre la silla y miró a Mordred con ira contenida.
—Lo dejaste escapar.— dijo ella con la voz temblorosa por la rabia.
—No, no fue así…
Pero Mordred no pudo terminar porque Morgana se levantó bruscamente de la silla y empujó su plato con tanta fuerza que se estrelló contra la pared.
—¡Soy la hechicera más poderosa que existe, soy la reina de Essetir, y aún así lacras como Reskar se escapan de mis manos!
—Morgana…
—¡Debí haberlo matado cuando pude, debí haberme encargado de que no volviera a ver la luz del día! ¡Soy poderosa y aún así ratas como Reskar siguen desafiándome!
Mordred la miró con seriedad.
—Cálmate.— le dijo muy lentamente. —Lo encontraré por ti. Me encargaré de que no vea la luz del día nunca más por lo que te hizo. Lo haré como lo hice con Cenred, pero ahora lo más importante es tomar Camelot cuanto antes. ¿Cuándo te encargarás de Arturo?
Morgana cerró los ojos y respiró hondo.
—Esta misma noche.— le dijo la morena.
Rose ni siquiera tuvo tiempo para digerir las últimas palabras de Morgana: el escenario cambió ante sus ojos y se vio en un lugar que reconoció al instante. Era la cueva de los cristales. El mismo lugar al que había llegado con Scorpius en la segunda prueba.
Merlín estaba a unos metros de ella y observaba los cristales que salían de entre las rocas como si fueran piedras preciosas. Rose no entendía qué era lo que estaba haciendo el moreno allí. Era evidente que había dejado Camelot en el momento menos indicado. Morgana pensaba matar a Arturo esa misma noche. Rose deseó ser visible, entrar en el pasado, advertirle a Merlín de lo que estaba a punto de ocurrir, pero sabía que aquello no ocurriría. El pasado era el pasado y nada podría cambiar lo que había acontecido cientos de años atrás.
Merlín tomó un cristal entre sus manos y lo miró fijamente. Rose lo observó, intrigada, durante varios segundos. Quizás el moreno había viajado hasta allí en busca de una revelación, algo que le aclarara las ideas sobre el peligro que representaba Mordred contra Arturo.
Rose se sorprendió cuando vio en el cristal que sostenía Merlín un campo lleno de cadáveres. Arturo era el único hombre en pie y el sol comenzaba a caer. Mordred apareció con los rayos agónicos del día y desenfundó su espalda. Detrás de él sólo habían llamas.
Rose no pudo ver lo que seguía porque Merlín dejó caer el cristal. Tembloroso y agitado salió corriendo de la cueva como si, de repente, supiera que había hecho terriblemente mal al salir de Camelot y dudar de las palabras de Vesporg.
Rose deseó con todo su corazón que no fuera ya demasiado tarde.
Rápidamente el escenario se transformó ante sus ojos y esta vez no pudo evitar caer al suelo, mareada. Estaba en la sala del trono. La noche ya había caído sobre Camelot y dos soldados yacían muertos en el suelo. Arturo estaba sentado en el trono y tenía sus ojos azules fijos en los verdes de su hermana. Morgana temblaba ligeramente y su mirada estaba humedecida. Mordred permanecía atrás de ella como una sombra.
—Si vas a matarme, hazlo de una buena vez.— dijo el rubio. —Nunca pensé que la magia podría convertirte en esto que ahora eres.
Morgana pareció herida por las palabras del rubio. Rose notó que no tenía la misma firmeza ni la misma frialdad que solía utilizar como máscaras. Estaba claro que la situación era muy difícil para ella. Era evidente que matar a Arturo le resultaba espantosamente doloroso.
—Tú no lo entiendes, Arturo.— le dijo Morgana casi con suavidad. —No tengo otra salida.— respiró hondo, intentando fortalecerse. —Hay miles de magos y de brujas que cuentan conmigo, con que los proteja, con que evite que sean masacrados. Ellos son mi gente. Si no tomo lo que es mío, el trono de Camelot, tú y los demás reyes atacarán Essetir. Me lo dejaste muy claro el día que llegué: no reconocerás mi reinado. Detestas la magia tanto como la detestaba Uther.
Rose tragó saliva mientras se ponía de pie. La historia oficial contaba que Arturo moría solo, en su cama, tal y como Morgana había soñado que lo haría. ¿Significaba eso que el rey no moriría esa noche? ¿Habría posibilidades de que la situación no acabara como parecía que estaba destinada a acabar? Rose notó que su respiración era agitada y que su corazón latía a mil por minuto. Si algo había aprendido de aquellos sueños con el pasado era que la historial oficial no era del todo cierta.
¿Y si Arturo moría, en efecto, en manos de Morgana?
Rose miró a la bruja. Sus manos temblaban: no quería hacerlo. Rose sabía que ella no quería hacerlo.
"Morgana, por favor, no lo hagas", pensó la pelirroja, y supo que si esa noche ella mataba a su hermano, la bruja jamás volvería a ser la misma; jamás se recuperaría de ese crimen.
Rose apretó las manos.
"No lo hagas, Morgana, … sólo te lastimarás más".
—Sólo tengo una última pregunta para ti.— dijo Morgana con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. —Si yo hubiera regresado a Essetir, ¿tú habrías apoyado a los otros reinos en su intento por destruirnos? ¿Habrías permitido que me ajusticiaran como una simple criminal sólo por mis poderes?
Arturo tragó saliva. Sus ojos también estaban humedecidos.
—No lo sé, Morgana.— le dijo él con sinceridad. —Yo también tengo que proteger a los míos. ¿Cómo puedo creer que algo bueno podría salir de la magia cuando te tengo aquí, frente a mí, a punto de quitarme la vida?
Rose, de repente, sintió como si esa misma historia se estuviera viviendo a gran escala en el mundo tras lo que Exus había hecho: los muggles no creían que la magia fuera más que un instrumento para lastimarlos. Una vez más, igual que en el pasado, los dos bandos se enfrentaban.
El resultado sólo podría ser la guerra.
Rose contuvo la respiración cuando vio a Arturo intentar correr hacia su espada, pero Morgana fue más rápida y con un solo gesto de su mano hizo volar al rubio hasta golpearse contra una pared. El rubio permaneció en el suelo, mareado y casi inconsciente por el golpe. Morgana aprovechó el momento para levantar la espada en el aire y apuntar a su hermano.
—Lo siento, Arturo.— murmuró casi sin voz. —En verdad lo siento.
Entonces algo increíble e inverosímil ocurrió. Rose se llevó ambas manos a la boca, anonadada, cuando vio cómo Mordred clavaba un puñal en el costado derecho de Morgana, haciéndola caer al suelo, adolorida y debilitada.
"No puede ser", pensó Rose, impactada.
Morgana miró a Mordred desde el suelo con los ojos húmedos, entre sorprendida y escéptica, como si no pudiera creer lo que acababa de ocurrir.
—¿Mordred?— soltó, casi sin fuerzas.
—El puñal tiene un sedante.— le dijo él, bajando la voz. —Dormirás y cuando despiertes estarás bien, lo prometo.— se inclinó en el suelo, junto a ella, mirándola directamente a los ojos. —No podía permitir que mataras a tu propio hermano. En Essetir yo también tuve una visión: morías de la tristeza por haberlo hecho. Y yo no puedo permitir que mueras, Morgana. Lo eres todo para mí. Seré yo quien se manche las manos. Aunque en el futuro me odies por ello: prefiero ser yo quien mate a Arturo, no tú.
Morgana dejó que una lágrima corriera por su mejilla y luego cayó dormida en el suelo frío del salón.
Mordred se puso nuevamente de pie y tomó aire. Rose vio completa resolución en su mirada. Él iba a hacerlo: iba a matar a Arturo por Morgana. Una vez más se llenaría las manos de sangre por ella. Sólo por ella.
El cabello negro, espeso, de Mordred contrastaba con sus ojos celestes, fríos, y sus rasgos juveniles y bien perfilados lo hacían parecer irreal: un ángel oscuro.
Las puertas del salón se abrieron abruptamente y Merlín entró, agitado. Sus ojos azules se clavaron en Arturo, quien yacía semi inconsciente en el suelo y en Morgana, quien había perdido por completo el conocimiento.
Luego miró a Mordred.
—¿Qué ocurrió aquí?— le preguntó con escepticismo y cautela. Rose notó que las manos de Merlín estaban tensas, dispuestas a usar magia si así era necesario para salvar a Arturo.
Mordred lo miró inexpresivamente.
—Morgana quiso matar a Arturo y yo la detuve.— mintió el moreno. —No quiero más muertes a causa de nuestro intento por salvar a los magos y brujas del mundo. He decidido cambiar de bando.
Merlín siguió mirándolo con incredulidad y distancia, pero la voz viva de Arturo hizo que bajara la guardia momentáneamente.
—Merlín….— dijo Arturo, agotado. —Él dice la verdad….Él me salvó.
Rose vio a Merlín negar con la cabeza, desconfiando aún de Mordred. Él no podía creerle: lo conocía muy bien, Mordred jamás dejaría el lado de Morgana. Y, sin embargo, Morgana estaba en el suelo, derrotada. Nada tenía sentido para Merlín en esos instantes.
Sus ojos azules se posaron en el Morgana, quien permanecía inconsciente sobre el suelo.
—¿Qué le has hecho?— le preguntó Merlín, apretando los puños.
Mordred elevó ligeramente el mentón y sus ojos brillaron como si hubiera recibido una ofensa.
—Sólo la herí levemente. Era necesario para que la poción del sueño con la que bañé mi puñal surtiera efecto.— dijo el moreno. —Jamás la lastimaría. Lo sabes bien.
—Precisamente.— dijo Merlín. —Tú nunca dejarías de estar a su lado. ¿Por qué salvar a Arturo ahora? ¿Por qué traicionar a Morgana de esta manera?
Rose vio cómo Mordred permanecía quieto, cauto ante la posibilidad de que Merlín lo atacara. Estaba claro que había decidido ocultar sus verdaderas intenciones por el momento: quizás lo hacía porque sabía bien que en un enfrentamiento mágico contra Merlín lo más seguro era que él perdiera, y si eso ocurría entonces jamás podría matar a Arturo. Rose, de repente, comprendió la lógica de Mordred: iba a fingir haber salvado a Arturo de Morgana. Iba a infiltrarse y, luego, acabaría con la vida del rey. Esa era la única manera de evitar que Morgana se manchara las manos.
Mordred lo haría por ella y sólo por ella. Rose lo miró con incredulidad: sus ojos eran dos diamantes del color del cielo, piedras brillantes y duras.
—Ya te lo dije: no quiero más muertes.— dijo el moreno. —El amor que nos une es mucho más grande que el poder que blandimos unos contra otros. Morgana lo ha olvidado.
—Merlín….— murmuró Arturo justo antes de desvanecer por completo.
Rose sintió cómo el escenario volvía a cambiar f y, para no marearse, cerró los ojos. Cuando los abrió estaba fuera de la sala del trono y era de día. Arturo estaba vestido de forma solemne y tenía su corona puesta. Guinevere estaba a su lado y también vestía muy elegantemente. Merlín los miraba en silencio. Su expresión estaba marcada por el descontento.
—Arturo: recapacita.— le dijo el moreno. —Por favor. Aún estamos a tiempo de parar todo esto.
El rubio ni siquiera miró a Merlín.
—Morgana… ¿está correctamente apresada?— le preguntó.
Merlín asintió.
—Lo está. Me he encargado personalmente de que no pueda usar su magia para huir.— le dijo. —Pero ahora te estoy hablando de algo mucho más importante. Nada de esto me parece una buena idea.
Arturo entornó los ojos y miró al moreno con cansancio.
—Merlín, ese chico salvó mi vida.— le dijo el rubio. —Mago o no, ex aliado de Morgana o no, no puedo hacer como si eso no hubiera ocurrido. Sin la ayuda de Mordred yo no estaría ahora hablando contigo.
—Es un druida.— le dijo Merlín, insistiendo.
—No me importa su condición.— dijo Arturo. —Siempre y cuando decida no usar su magia y restringirse a las normas de Camelot, cosa que ha prometido, no veo razón alguna por la que no pueda tener toda mi confianza.
—Pero…
—No quiero escuchar nada más del asunto. Mi decisión está tomada.
Las puertas del salón del trono se abrieron de par en par y Guinevere, sonriente, tomó a Arturo del brazo. Los dos entraron triunfalmente a la estancia seguidos por Merlín y unos cuantos soldados. Adentro se encontraban algunas doncellas y todos los caballeros honoríficos de Camelot. En primera línea estaba Mordred.
Rose contuvo la respiración.
Usaba el mismo uniforme que todos los demás caballeros.
Arturo y Guinevere llegaron a los tronos y se sentaron en ellos.
—Sir Mordred.— lo llamó el rey.
Mordred acudió al llamado de inmediato. Arturo se puso de pie y lo miró a los ojos.
—Arrodíllate.— le ordenó.
Mordred, más que nunca con la apariencia de un adolescente, se inclinó tal y como el rey lo pidió.
Arturo sacó su espada y la dirigió al hombro derecho del moreno.
—Por todos los poderes que me confiere el reinado de Camelot te nombro a ti, Sir Mordred, caballero honorífico de la ciudad y protector de sus murallas.— pronunció el rey.
Rose vio cómo Mordred sonreía limpiamente mientras que el salón se llenaba de aplausos estruendosos.
Merlín lo observaba todo en una esquina, más serio que nunca.
Rose estaba convencida de que si había alguien en aquella estancia que no había caído en el juego de Mordred, ese era Merlín.
Y entonces, la voz de su abuela la despertó.
Rose abrió los ojos y se encontró acostada sobre su cama, rodeada de oscuridad. "¿Ya ha anochecido?", se preguntó mientras encendía la lámpara de su velador. La puerta sonó y la voz de su abuela la traspasó una vez más:
—Rosie, cariño, ábreme.— le dijo.
La gryffindoriana se puso de pie y, restregándose los ojos, caminó hacia la puerta. Cuando la abrió su abuela le dedicó una mirada llena de entusiasmo.
—Querida, ¿por qué no te cambias y sacas a Scorpius a pasear?— le dijo.
Rose suspiró.
—Abuela, Scorpius no es un perro.— le dijo, agotada. —Además estoy terriblemente cansada.
La abuela se cruzó de brazos.
—Rose Weasley Granger, creo que nosotros te hemos enseñado mucho mejor que esto: tienes que atender debidamente a tus visitas. Además, el chico es tu novio. Seguro que se divertirán si salen juntos por ahí un rato. — suspiró. —Tu abuelo y yo no somos la mejor compañía para dos jóvenes como ustedes.
Rose bajó la mirada y bufó. No había escapatoria alguna a la situación. Conocía a su abuela: no importaba cuántas excusas pusiera para no salir con Scorpius, ninguna daría resultados positivos. Era mejor enfrentar la realidad de una buena vez.
—Está bien.— dijo ella, derrotada. —Voy a cambiarme.
15.-
Cuando Lucy entró al gran comedor le fue imposible dejar de notar a Alexander levantándose de la mesa de slytherin junto a una chica rubia. El castaño conversaba animadamente con ella mientras avanzaba hacia la salida y, durante unos breves segundos, su mirada se cruzó con la de la pelinaranja. Lucy se quedó quieta, casi sin aliento, durante esos segundos, y luego él cortó el contacto visual y salió junto a su acompañante. Hubo algo que le apretó fuertemente el corazón y que la hizo sentirse asfixiada.
Como sus primos la esperaban para cenar, hizo todo lo posible para ocultarlo. Afortunadamente nadie en la mesa de Gryffindor parecía haber notado nada. Con una pequeña sonrisa se sentó junto a Albus.
—¡Lucy, qué bueno que apareces!— soltó Fred, entusiasmado. —¿Qué tal está llevando haber perdido el partido tu novio? Dom nos dijo que no lo había tomado demasiado bien.
Lucy asintió.
—A Alexander no le gusta perder.— fue todo lo que se atrevió a comentar.
—Me topé a Lorcan hace unas horas.— dijo Louis.
Lily, quien había estado comiendo en silencio, se atoró y empezó a toser compulsivamente. Hugo le dio unas palmadas en la espalda, pero sin prestarle demasiada atención.
—Andaba muy distraído.— continuó Louis. —Y no me explicó por qué no apareció nunca en el partido.
—Me pregunto cuándo regresará Rose.— comentó Albus, quien tenía a Megara a su lado (empezaba a convertirse en una costumbre que la slytheriana lo acompañara en todas las comidas). —Ya es un poco extraño lo mucho que han estado ella y Scorpius fuera del colegio.
—Scorpius siempre dice que las pruebas cada vez son más complicadas.— dijo la morena. —Así que es probable que a eso se deba su tardanza.
—Ahora que lo pienso nunca le hemos preguntado a Rose de qué van las pruebas.— dijo Fred. — No sé cómo hemos sido tan imbéciles. ¡Yo quiero saber cómo es competir para ser un miembro de la Orden!
Megara le sonrió a Fred, divertida por su entusiasmo.
—En realidad las pruebas son bastante complejas. — le dijo. —Scorpius no me ha dado detalles, pero para la cuarta prueba lo vi convertirse en un animago.
—¿Rose es una animaga?— preguntó Hugo, sorprendido.
—Seguramente.— dijo Megara. —Si Scorpius tuvo que convertirse en uno para la cuarta prueba, es probable que Rose también haya tenido que hacerlo.
—¡Genial!— soltó Louis. —¿Y en qué animal se convierte Scorpius?
—¿Es acaso necesario que Malfoy se convierta en un animal?— comentó Lily. —A mí siempre me ha parecido uno en su estado natural.
Hugo rió con soltura hasta que vio a Megara con una expresión de fastidio y se aclaró la garganta para disimular. Megara miró a Lily como si quisiera arrancarle la cabeza y esbozó una sonrisa fingida.
—¿Estás segura de que te atoraste con lo que comías?— le dijo. —Porque a mí me parece que lo hiciste con tu propia lengua. Después de todo debe de ser muy difícil andar por la vida con una lengua más larga que las ramas del sauce boxeador.
Fred, en un intento por controlar su risa, escupió, sin querer, un poco se jugo sobre la mesa. Louis aplaudió tres veces.
—Gracias, Al, por enamorarte de la única persona en Hogwarts que es capaz de responderle con altura a Lily.— dijo el rubio. —Cada comida se vuelve más divertida que nunca. Es muy útil aprender algo de retórica en las discusiones que se dan en esta mesa. Megara, bienvenida a la familia.
Hugo le dio un codazo a Louis.
—Cállate o amanecerás muerto.— le dijo el castaño.
Lily se limitó a entornar los ojos y, aunque quiso responderle a Megara, desistió ante la mirada suplicante de Albus, que parecía pedirle no echarle más leña al fuego.
—¿En dónde están Roxanne y Dominique?— preguntó Lucy.
—No lo sé, no las hemos visto.— dijo Fred, y luego dirigió su mirada hacia la entrada del comedor. —¡Scamanders, vengan aquí, únanse a la familia más desequilibrada de Hogwarts!
Lily sintió cómo un calor excesivo se apoderara de su cuerpo y volvió a atorarse. Hugo le dio palmadas en la espalda nuevamente y le sirvió un baso con agua.
—¿Estás bien, Lily?— le preguntó Albus, fijando sus ojos en ella. —Pareces ansiosa.
Lily tomó de un solo trago el vaso con agua y luego, dándose pequeños golpes en el pecho, le respondió a su hermano:
—Estoy bien.— dijo mientras veía cómo Lorcan y Lysander se sentaban junto a Lucy. —Debe ser lo que el soldadito, digo Zabini, digo tu novia, dijo. Mi lengua.
—¿Solda…?— comentó Megara, pero Albus la sosegó tomándola de la mano.
Lily pudo sentir, desde el primer momento, cómo los ojos celestes de Lorcan se clavaron encima de ella con insistencia, pero la pelirroja no se dignó a devolverle la mirada. Siguió comiendo con aparente desinterés, a simple vista imperturbable, aunque en el fondo su corazón era un tambor que resonaba en sus tímpanos y que le agitaba la respiración.
—¿Ahora sí podrías explicarnos por qué no apareciste en el partido?— dijo Megara a Lorcan.
Lysander tomó la palabra, despreocupadamente, mientras se servía comida en el plato.
—Olvídenlo, es un misterio.— dijo el rubio. —Ni siquiera conmigo ha sido claro sobre eso. Creo que estuvo con Libby Dworkin intentando reconciliarse. No veo otra explicación.
Megara miró a Lorcan con reproche.
—No me digas que plantaste al equipo por una chica.— le dijo la morena. —Alexander va a matarte.
Lorcan, sin despegar su mirada de Lily, respondió:
—No dejé plantado al equipo, me obligaron a hacerlo.— dijo el rubio.
Lily continuó comiendo en silencio, sin mirar al slytherin.
—¿Dworkin te lanzó un petrificus totalus o algo así?— preguntó la morena. —Porque si no es así, no entiendo cómo fue que te obligó a no aparecer.
Lorcan se encogió de hombros.
—Algunas chicas están locas de remate.— fue todo lo que dijo. —Absolutamente desquiciadas.
Lily lo miró cortamente y luego se limpió los labios con una servilleta antes de ponerse de pie.
—¿Ya te vas?— preguntó Hugo.
—Sí, me aburren un poco.— dijo ella fingiendo un bostezo. —Hasta mañana.
Lorcan vio a Lily dirigirse a la salida del gran comedor y él también se puso de pie.
—¿Y tú a dónde vas?— le preguntó Lysander. —Ni siquiera has comido.
—Perdí el apetito.— dijo Lorcan.
Y con esto dejó la mesa de Gryffindor.
Lily, quien ya había llegado al pasillo, aceleró la marcha cuando sintió pasos acercándosele por detrás. Poco le sirvió su estrategia, pues pronto sintió cómo la mano de Lorcan la tomaba por la muñeca y la obligaba a voltearse.
Lily lo miró como si fuera invisible.
—¿Se puede saber a qué quieres ahora, Scamander?— preguntó Lily con total frialdad. —Muero de sueño y quiero ir a mi sala común. Desaparécete.
Lorcan entornó los ojos.
—Eres realmente exasperante, Potter.— le dijo.
—Si lo soy, entonces quítate de mi camino.— le dijo Lily se volteaba para seguir su camino hacia la sala común.
Lorcan la adelantó y la interceptó.
—Tenemos que hablar, quieras o no.— le dijo, resoluto. —Así que deja de huir.
—¿Huir? ¿De quién? ¿De ti?— le dijo ella. —¿Crees que te tengo miedo o algo por el estilo, Scamander? Alucinas.
El rubio la miró, desafiante.
—Creo que eres muy buena fingiendo que no ha pasado nada entre nosotros, y que eso no puede más que significar dos cosas: o que eres una mentirosa de primera, o un maldito robot.
Lily lo miró con irritación y enfado.
—No empecemos con lo de que soy un robot o una frígida, porque creo que te demostré muy bien que no lo soy. Eres tú quien perdió.
Lily volvió a hacer el intento de esquivarlo, pero Lorcan la tomó fuertemente del brazo, impidiéndoselo.
—Cuando empezaste con ese juego empecé a creerte lo que me habías dicho. Empecé a creer que no eres virgen.— le dijo el rubio. —Por eso, sólo por eso, me dejé llevar por el momento. Si hubiera sabido que eras virgen, jamás habría…
—¿Qué cosa?— le preguntó Lily. —¿Jamás te habrías acostado conmigo? No me hagas reír. Es lo que has querido hacer desde un principio.
—No.— dijo Lorcan, enfurecido. —Cállate de una buena vez, Potter. Lo que trato de decirte es que si hubiera sabido que era tu primera vez, no habría sido tan duro contigo.
Lily tragó saliva y elevó una ceja.
—¿Crees que rompiste mi corazón por comportarte como un simio en mi primera vez?— le preguntó ella, y luego fingió una expresión de desolación. —¡Oh, soy tan infeliz! ¡Mi primera vez ha quedado arruinada por la violencia de un slytherin! Nunca podré recuperarme. — la pelirroja esbozó una media sonrisa. —No soy la clase de chicas que sólo piensan en romance y que sueñan con perder la virginidad con su primer amor. Siento decepcionarte, Scamander, pero para mí perder la virginidad fue sólo un trámite. Y en ese sentido te agradezco por haber caído en mi juego. Tu falta de intelecto me resultó sumamente útil.
Lorcan la sujetó del brazo con más fuerza y ella contuvo el aliento.
—No sé por qué me molesto en pedirle disculpas a una persona como tú.— dijo el rubio. —Eres insufrible, intragable, una verdadera pesadilla.
Lily le sonrió.
—No parecías encontrarme tan detestable mientras me hacías esto.— dijo la pelirroja haciendo a un lado su cabello rojo y lacio.
Lorcan vio sobre la piel blanca de Lily un hematoma que resaltaba como una luciérnaga.
—Eres un simio, Scamander.— le dijo la pelirroja.
Lorcan la miró a los ojos.
—Pues tú no parecías encontrarme tan detestable tampoco mientras gemías y me hacías esto.— dijo el rubio, estirándose el cuello de la camisa y mostrándole a Lily cicatrices en la piel de su espalda.
Lily miró esas huellas con orgullo.
—Te lo merecías.— le dijo.
Lorcan le dedicó una mirada llena de irritación.
—No puedo creer que haya estado sintiéndome culpable todo el día por haber sido tan brusco contigo. — le dijo. —Por un momento olvidé con quién estaba tratando. Tú no eres una chica normal. Estás loca.
Lily se soltó bruscamente de él y lo miró con enfado.
—Yo no tengo la culpa de que estés obsesionado conmigo, Scamander.— le dijo la pelirroja.
—Eres tú la que está obsesionada conmigo, Potter.— le dijo el slytherin.
—Espero que no imagines que después de lo que pasó entre nosotros tengo algún tipo de interés sentimental en ti.— le dijo la pelirroja.
—No te preocupes.— dijo Lorcan. —Para mí sólo fue sexo.
—Me alegro.— dijo Lily. —Porque para mí sólo fue eso también.
Lorcan soltó una risa seca y se pasó la mano por el cabello rubio, echándolo hacia atrás.
—En verdad te odio, Potter.
Lily sesgó su mirada y elevó el mentón.
—Yo también te odio, Scamander.
Dos segundos después, y sin preverlo, los dos colisionaron, besándose como si no pudieran saciarse el uno del otro. El slytherin gimió cuando ella enlazó sus brazos alrededor de su cuello. Con facilidad la levantó en el aire y la apoyó contra la pared. La gryffindoriana enlazó sus piernas alrededor del rubio con facilidad y, en esa posición, continuaron besándose fogosamente. Sus cuerpos se atraían como dos imanes y era como si no tuvieran ya control sobre ello. El calor del cuerpo del slytherin la hizo temblar. Lily no pudo evitar dejar escapar un suspiro de deseo dentro de los labios de Lorcan cuando él deslizó su mano derecha por su muslo, acariciándola y encendiendo una hoguera dentro de ella.
Sólo cuando escucharon la proximidad de unas voces se soltaron e inmediatamente se escondieron detrás de una estatua. Dos chicas salieron del gran comedor y avanzaron por el pasillo mientras charlaban despreocupadamente.
Lily y Lorcan se miraron en silencio. Los dos estaban agitados y apenas habían tenido tiempo para recuperar el aliento.
—Me alegra que haya quedado claro que esto es sólo una cuestión física.— dijo Lorcan, arreglándose el cuello de la camisa. —Porque no hay forma alguna de que pueda soportarte si no es…
—Los dos estamos de acuerdo en eso.— dijo Lily, interrumpiéndolo. —No creo que haya que hablar más de ello.
La gryffindoriana hizo el intento de irse, pero Lorcan la volvió a tomar del brazo. Sus ojos celestes se clavaron con insistencia sobre los de ella.
—¿Cuándo nos veremos?— le preguntó.
Lily hizo todo lo posible por mantener su rostro inexpresivo, como si por dentro no estuvieran explotándole fuegos artificiales, como si su corazón no fuera una bomba de tiempo, como si su piel no se hubiese vuelto hipersensible.
—Te mandaré una nota.— le dijo ella en un tono impersonal. —Hasta que eso no ocurra, no me busques. Seré yo quien ponga los términos.
Lorcan intensificó su mirada y Lily entreabrió ligeramente los labios.
—Ya lo veremos, Potter.— le dijo. —No creo que esto dure mucho de cualquier manera. Tú y yo sabemos que nos acabaremos cansando el uno del otro.
Lily esbozó una media sonrisa.
—De eso no hay duda, Scamander.— le dijo soltándose de él.
Esta vez Lorcan la dejó irse. La vio alejarse por el pasillo a un paso tranquilo, relajado y despreocupado. No podía creer que se hubiera convertido en una marioneta de sus propios deseos. Lily Potter era todo lo que despreciaba en una chica. ¿Por qué entonces no podía pensar en nadie más que en ella? ¿Por qué justo cuando creyó que había superado su obsesión, su capricho por ella, había permitido que las cosas llegaran demasiado lejos?
Lorcan suspiró y se pasó una mano por el rostro.
La única esperanza que le quedaba era la de saciar su deseo por ella, uno que sólo podía ser físico, una especie de situación en la que los polos opuestos se atraían, y luego, una vez que su fuego se hubiera aplacado, olvidarse de Lily y sacarla de su vida.
Porque estaba claro que lo que sentía por Lily era sólo algo físico.
No podía, en realidad, tener ningún tipo de interés en una chica amargada, desdeñosa, caprichosa y narcisista como ella.
No podía.
¿O sí?
16.-
Rose salió de la casa con Scorpius y varios grillos armaron una canción nocturna singular. El rubio la vio tomar el casco de una motocicleta que él había creído, en un principio, del señor Granger. Rose le ofreció un segundo casco de color negro.
—Póntelo.— le dijo dándoselo en las manos.
Scorpius miró el casco, luego la moto roja y vieja, luego a Rose.
—¿Tú sabes manejar esto?— le preguntó el rubio.
La pelirroja asintió.
—Soy una experta.— le dijo ella mientras se abrochaba el casco y se subía a la moto. —Es la moto de mi abuela. Me enseñó a conducirla hace algunos años. Aunque ella ha dejado de hacerlo porque ya no ve bien, sobre todo por las noches.
Scorpius observó la moto dando vueltas alrededor de ella mientras se abrochaba el casco. Luego clavó sus ojos grises en Rose.
—¿Tienes idea de lo atractiva que te ves sobre esa cosa?— le preguntó.
La gryffindoriana se sonrojó intensamente y se aclaró la garganta.
—Sí, así soy yo: deslumbrante.— le dijo en tono de burla. —Ahora sube antes de que mi abuela salga y me pregunte por qué no te he llevado a pasear por la ciudad.
Scorpius se subió a la moto y Rose se vio forzada a pegarse más a él.
—Tienes que sujetarte de mi cintura o saldrás volando, te romperás algo, y yo tendré que darle muchas explicaciones a tu madre.— dijo Rose.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
—¿Por qué no mejor me pides que te tome por la cintura porque tienes miedo de que me lastime?— le preguntó el rubio. —Porque esa es la verdadera razón, aunque finjas que no.
Rose encendió la moto y el motor los hizo vibrar.
—Sujétame, Scorpius, lo digo en serio.— le dijo ella.
El slytherin envolvió la cintura de Rose entre sus brazos y ella no pudo evitar estremecerse.
—¿Así?— le preguntó el rubio.
La gryffindoriana se aclaró la garganta.
—Sí, así está bien.— se limitó a decirle.
"Alguien debería darme un premio por tanto autocontrol", pensó mientras arrancaba.
Y pronto sólo hubo la calle, el viento y el cuerpo de Scorpius pegado al de ella mientras sonreía disfrutando del viaje. Parecía encantado por la sensación de ir en la motocicleta vieja de la señora Granger. Rose, muy en el fondo, lo entendió: ella también se había emocionado la primera vez que viajó en moto. Al igual que su madre, la gryffindoriana le temía a las alturas, aún no podía creer que hubiese volado en el lomo de Eros sin desmayarse; por eso ir en una moto era lo más cercano que tenía a volar en una escoba a la velocidad que Lily lo hacía en el campo de quidditch.
En unos quince minutos estuvieron frente a un parque frondoso que apenas era iluminado por unas pocas farolas encendidas. Rose apagó el moto de la moto y se bajó, sacándose el casco. Scorpius la imitó mientras miraba el lugar con atención.
—¿En dónde estamos?— le preguntó el rubio.
Rose suspiró.
—Es el parque en donde yo jugaba cuando era niña.— le dijo. —Es uno de mis sitios favoritos en todo el mundo y pensé que, ya que teníamos que salir por la insistencia de mi abuela, este sería un buen lugar.— lo miró con algo de timidez. —Sé que probablemente sea algo aburrido para ti estar aquí, pero no podía dejar de venir aunque sea unos minutos. Luego iremos a cualquier otro sitio, lo prometo.
Scorpius la miró directamente a los ojos.
—No es aburrido para mí, ni nunca lo será, conocer un lugar que es importante para ti, Rose.— le dijo el rubio. —Así que deja de decir tonterías.
La pelirroja esbozó, sin quererlo, una ligera sonrisa. De repente, allí, en ese espacio lleno de recuerdos de su infancia, había perdido todas las ganas de discutir. Caminó hacia el interior del parque y Scorpius la siguió. Juntos pasearon por los jardines en silencio.
Y entonces Rose lo recordó:
—Arriba, en mi habitación, me quedé dormida un par de horas y, como tenía el anillo puesto, soñé con el pasado.— le dijo ella. —Puedo hacerte un resumen detallad de lo que pasó, si quieres.
Scorpius, quien observaba los árboles grandes y verdes, negó con la cabeza.
—Ahora no tienes que hacerlo.— le dijo. —Ya habrá tiempo.
Rose asintió, aliviada, puesto que tenía ganas de relajarse y olvidar un poco el caos del presente y del pasado. Los dos se sentaron en el césped, justo en una colina que les daba una vista corta del barrio y desde donde podía verse la luna, grande, como un espejo brillante.
—Es increíble cómo algunos lugares, sin importar cuánto tiempo pase, no cambian nunca.— dijo la pelirroja. —Mis abuelos me traían aquí cuando yo tenía apenas cinco años, pero todo sigue igual, exactamente igual a como lo recuerdo.
Scorpius miró la luna sobre los tejados de las casas. Sus ojos grises eran parecidos a la luz que despedía la noche.
—Eres afortunada de tener a los abuelos que tienes.— le dijo él. —Son dos personas geniales, los dos. Daría todo por tener abuelos así.
Rose miró a Scorpius con curiosidad.
—¿Y los padres de tu madre?— le preguntó. —¿No son ellos como mis abuelos?
Scorpius esbozó una media sonrisa.
—Viven en Australia y no quieren comunicarse ni con mamá ni con mi tía Daphne. Ya sabes, porque ellas nunca creyeron demasiado en la limpieza de sangre.— dijo Scorpius. —Luego están mis otros abuelos, a los que papá no me deja ver. Sé que ellos quieren verme. Han enviado cartas. Todos los años lo hacen, pero papá las quema. Así que no: no tengo idea de qué es tener abuelos tan cálidos como los tuyos.
Rose se humedeció los labios.
—Quieres hablar con tus abuelos, ¿no es así?— le preguntó la pelirroja con suavidad. —A pesar de todo su pasado, de lo que hicieron.
Scorpius la miró a los ojos.
—¿Sería algo terrible decir que sí?— le preguntó en un tono descorazonador que hizo que Rose tuviera ganas de abrazarlo.
Sin embargo, ella se contuvo.
—No lo es.— le dijo ella. —Tienes derecho a conocerlos y a sacar tus propias conclusiones. La gente cambia. Es posible que ellos ahora sean otras personas.
Scorpius suspiró y se dejó caer de espaldas sobre el césped. Rose no tardó en imitarlo y no se arrepintió de hacerlo: allí, en esa colina verde, podían ver las estrellas.
—Por una parte quiero ganar la competencia porque siento que es la única forma de poder ver a mis abuelos sin que todos sospechen que es porque simpatizo con sus ideas de antaño.— dijo el slytherin. —Si gano, habré limpiado mi nombre: nadie me verá, nunca más, como el hijo de una familia de mortífagos, sino como el protector del mundo mágico. Podré hacer algo bueno todos los días de mi vida. Y nadie volvería a decir que los Malfoy son una familia de asesinos.— Scorpius hizo una pequeña pausa. —Les demostraría a todos, y también a mí mismo, que no soy como ellos.
Rose se giró y lo miró con ternura.
—Tú no eres como ellos.— le dijo y Scorpius la miró también. —Ni siquiera eres como tu padre cuando tenía tu edad. Te conozco mejor que nadie, en parte a causa de los anillos, y sé que dentro de ti jamás podría existir la más mínima intención de lastimar a alguien. — se humedeció los labios. —Eres una de las mejores personas que he conocido en mi vida y no tienes que demostrárselo a nadie.
Scorpius fue incapaz de cortar el contacto visual con ella y, después de escucharla pronunciar aquellas palabras, sintió una tibieza recubriéndole el pecho, una tibieza que no había sentido nunca y que hizo que sus ojos se humedecieran tenuemente. Era ella: era Rose. De repente, sólo por unos breves instantes, se vio a sí mismo a través de los ojos azules de la gryffindoriana, y la imagen fue justamente aquella que aspiraba a encarnar, fue la imagen del hombre que aspiraba a ser.
Y, entonces, fue como si comprendiera que sólo con ella podría llegar a serlo, sólo con Rose; y que la amaba como seguramente su padre amaba a su madre, y como Ron Weasley amaba a Hermione Granger, y que eso, esa sensación de hundirse en los ojos de alguien y sentirse completamente lleno y en paz, eso era el amor.
Amor era eso que sentía a punto de estallarle dentro del pecho son sólo ver a Rose junto a él, mirándolo, iluminada por tan solo por la tenue luz de las farolas y la luna.
Amor era sentir que podía quedarse allí y así para siempre.
—Rose.— le dijo él, por fin, cortando el silencio.
—¿Si?— preguntó ella aún mirándolo a los ojos.
Scorpius guardó silencio pensando en cómo verbalizar lo hermosa que le parecía Rose en ese momento, lo bella que se veía sobre el césped, con su piel limpia de maquillaje y sus ojos anclados en los de él, pero no se le ocurrió cómo decirlo sin sonar extremadamente cursi o fuera de lugar.
—Nada.— le dijo con suavidad y luego volvió a mirar al cielo, cortando el contacto visual. —No era nada.
Rose volvió a mirar al cielo y las estrellas le parecieron más brillantes que las de otras noches. Trató de guardar en su memoria esa imagen del cielo enviándole luces desde el espacio con Scorpius a su lado, cuando sintió, de repente, el calor y la suavidad de los dedos del slytherin entrelazándose con los suyos. Sus manos se unieron con naturalidad, como si ese fuera, en realidad, su estado normal.
Y así, en silencio, los dos miraron el cielo durante horas.
17.-
Cuando Lucy abandonó el gran comedor se dirigió, como todas las noches, a la sala común de Slytherin. No tenía nada claro lo que quería decirle a Alexander, mucho menos lo que pasaba dentro de ella. Durante algunos minutos, mientras cenaba, pensó en ir a su propia sala común y meditar con la cabeza más fría el asunto. Pero no podía, no se sentía capaz de dejar que las cosas entre los dos siguieran así por más tiempo.
¿Cómo era que Alexander había pasado de ser gay, a el mejor amigo que podría tener jamás y, simultáneamente, lo más parecido a un amante que había tenido nunca?
A Lucy le temblaron las manos cuando dijo la contraseña y entró a la sala común slytheriana. Los presentes apenas la miraron: estaban ya acostumbrados a su presencia. "Por Merlín, ¿qué voy a decirle?", pensó la pelinaranja mientras se encaminaba a las habitaciones de chicos. Alexander había sido muy claro con ella: no quería que le hablara hasta que hubiera tomado una decisión sobre Ben. Pero a Lucy se le había extremadamente cruel retirarle la palabra a alguien que había sido su pareja durante cuatro años y que, además, la estaba pasando muy mal. ¿Por qué hacerlo? ¿Para quién hacerlo? ¿Para alguien que ni siquiera era su novio?
Las palabras de Alexander regresaron a su mente con la fuerza de un trueno:
"Nunca te he pedido nada. Siempre he estado allí para ti, ayudándote, siendo tu amigo incondicional. Jamás he exigido nada de ti, ningún tipo de retribución a mi paciencia. Esto es lo único que voy a pedirte: que saques a Wilson de tu vida."
¿Por qué tenía que ponerla en una situación así? ¿Quién era él para hacerlo?
Lucy se mordió el labio inferior.
"Es la persona que ha sido incondicional contigo en los peores momentos y la que no ha dejado de ayudarte desde que empezaron su relación", se respondió a sí misma.
Pero, ¿qué tipo de relación era la que sostenían?
Lucy meneó la cabeza de un lado a otro mientras avanzaba por el pasillo. Se detuvo en seco al ver a Alexander entregándole un libro a la chica rubia con la que había salido del comedor. Los dos charlaban y sonreían al pie de la puerta del castaño. Lucy sintió como si una mano invisible apretada su corazón cuando la chica se inclinó hacia Alexander y le depositó un beso corto muy cerca de los labios en forma de despedida. El castaño continuó sonriéndole y le dijo adiós. La rubia dio media vuelta y, entonces, los dos notaron la presencia de Lucy.
La hufflepuff, algo avergonzada sin saber muy bien por qué, se aclaró la garganta y, con timidez, avanzó hacia el castaño.
Cuando se cruzó con la rubia, la saludó educadamente.
—Hola.— le dijo, sonriéndole amablemente.
—Hola.— le respondió la chica con una expresión poco gentil.
Alexander tenía clavados sus ojos verdes en Lucy.
—No sabía que vendrías esta noche.— le dijo.
La hufflepuff se humedeció los labios.
—Yo tampoco lo sabía.— le dijo ella. —Pero vine. Finalmente vine.
Alexander esbozó una sonrisa amplia y la chica rubia entornó los ojos. En cuestión de segundos desapareció por el pasillo.
El castaño, algo arrepentido por haber mostrado su contento de verla allí, borró la sonrisa de su rostro.
—¿Entramos?— le preguntó de forma retórica mientras abría la puerta.
Lucy asintió y dio tres pasos hacia el interior de la habitación que ahora le resultaba tan familiar como la suya propia.
Cuando la puerta se cerró detrás de Alexander, ella se volteó para mirarlo.
Los ojos del slytherin, brillantes como dos esmeraldas, bajo dos cejas espesas, le quitaron el aliento durante algunos segundos.
—Y bien, ¿cuál es tu decisión?.— le dijo él, cruzándose de brazos.
Lucy pestañeó dos veces seguidas.
—¿Quién era ella?— le preguntó la pelinaranja.
Alexander esbozó una ligera sonrisa.
—¿Estás celosa?— le preguntó.
Lucy se sonrojó escandalosamente y desvió la mirada a otro sitio.
—No, yo, es sólo que…— comenzó, pero él la interrumpió.
—Se llama Olivia.— le dijo. —Está en mi curso. Me pidió un libro de pociones. Se lo presté, es todo.
Lucy volvió a mirarlo con cierta suspicacia.
—Y…— dijo ella. —¿Fue una de tus novias?
—¿Novias?— le dijo el slytherin sin poder evitar sonreír. —Yo jamás he tenido una novia.
Lucy empezó a jugar con su trenza.
—No me refiero a una novia formal.— le dijo. —Usé un eufemismo.
Alexander levantó una ceja.
—Entonces te refieres a que si me he acostado con ella.— le dijo. —¿Es eso?
Lucy sintió su rostro arder.
—No sé por qué lo pregunto cuando ya sé la respuesta.— dijo la pelinaranja. —Se despidió de ti muy afectivamente. ¿Es que no hay una sola chica en Hogwarts con la que no te hayas acostado?
Alexander descruzó los brazos e introdujo sus manos en los bolsillos de su pantalón.
—Tú.— le dijo. —No me he acostado contigo.— reflexionó. —Ni con Megara, ni con ninguna de tus primas, ni con las chicas en Hogwarts que tienen menos de 15 años, ese mi límite.
Lucy bufó.
—Muy gracioso.— le dijo.
Alexander se encogió de hombros.
—Puedo hacerte una lista de las chicas de este colegio con las que me he acostado, si quieres precisión.— le dijo el castaño. —Olivia es una de ellas, sí. Aunque todavía no entiendo a qué viene todo esto.
Lucy respiró hondo.
—De modo que yo tengo que dejar de hablarle a Ben porque a ti, por una extraña razón, te molesta, pero tú puedes hablar con todas las chicas con las que mantuviste relaciones sexuales esporádicas cuando te plazca. ¿He entendido bien?
Alexander asintió.
—Lo has comprendido perfectamente.— dijo el castaño. —En todo caso, no es lo mismo, Lucy. Yo no me he enamorado de ninguna de ellas. Y no creo estar exigiendo demasiado. Soy mil veces mejor que Wilson. Tengo derecho a pedirte que lo hagas a un lado. Soy tu novio, después de todo.
La hufflepuff abrió los ojos al máximo.
—Tú y yo sabemos que eso no es cierto.— le dijo.
—¿Qué cosa?— le preguntó el castaño. —¿Que somos novios o que soy mejor que Wilson?
Lucy bufó, exasperada.
—Lo primero.
Alexander esbozó una media sonrisa.
—Entonces admites que soy mejor que Wilson.
Lucy sintió su rostro arder en llamas. Intentó decir algo, pero las palabras se le agolparon en la boca y la confusión la hizo callarse. Alexander la miraba con autosuficiencia, dominando por completo la situación. Necesitaba llevar la discusión a otros derroteros, aunque sólo fuera para ganar tiempo.
Tomó aire.
—Bien, tú ganas: no le dirigiré la palabra a Ben, no me acercaré a él en lo absoluto, pero sólo lo haré si tú haces lo mismo con todas esas chicas con las que te has acostado.— le dijo la pelinaranja con suavidad, creyendo que había encontrado un contrapunto fuerte desde dónde defenderse. —Sé que eso implicaría que no le hablaras a media población femenina de Hogwarts, pero creo que es lo justo. Claro que si no te parece sensato estoy dispuesta a que lo olvidemos todo y que tanto tú como yo hablemos con quien nos dé la gana.
Alexander mantuvo su media sonrisa y eso puso nerviosa a Lucy.
—Trato hecho.
La pelinaranja contuvo la respiración. ¿Cómo era posible que hubiera aceptado semejante propuesta? Lucy no había contado en lo absoluto con la posibilidad de una respuesta positiva por parte del slytherin. ¿Qué demonios debía hacer ahora?
—Es una broma, ¿verdad?— preguntó Lucy, derrotada en su propio juego.
—No, no lo es.— le dijo Alexander mientras caminaba lentamente hacia ella. —Haría lo que fuera para alejarte de Wilson, y ciertamente no me importa dejar de hablarle a Olivia y a todas las que, como ella, estuvieron antes que tú. — se detuvo a escasos centímetros de la hufflepuff. Se miraban directamente a los ojos, como si no hubiera nada más a su alrededor. —No me podrían importar menos.
Desde esa distancia Lucy pudo sentir el cálido aliento del slytherin mezclarse con el suyo. Notó que había empezado a perder las fuerzas que hacía unos instantes la habían llevado a pelear su punto de vista y sus razones para seguir hablando con quien ella quisiera. De repente, estar tan cerca de Alexander le hizo darse cuenta de una cosa que la estremeció por dentro: el slytherin era, en realidad, la única persona que, fuera de su familia, consideraba imprescindible.
Lucy intentó decir algo, pero el castaño colocó su dedo índice sobre los labios de la pelinaranja, silenciándola.
—Pídemelo.— le exigió el slytherin.
Lucy lo miró con confusión.
—¿Pedirte qué…?— murmuró, aún con el dedo del castaño quemándole los labios. Su corazón estaba a punto de estallar.
Alexander la miró intensamente.
—Pídeme que sólo te mire a ti.— le dijo él. —Pídeme que no le vuelva a hablar a Olivia, que no mire a Olivia ni a ninguna otra chica. Y lo haré. — rozó su nariz con la de la pelinaranja. —Haría cualquier cosa que me pidieras, sólo tienes que decirlo.
Lucy cerró los ojos al sentir los labios del slytherin casi rozando los suyos. Todo su cuerpo había empezado a temblar y su cabeza daba vueltas. De repente lo único que importante era estar así, con él, y todo lo demás quedó relegado a un segundo plano. ¿Cómo podía Alexander tener tal efecto sobre ella? En sus brazos se sentía como una muñeca sin voluntad, frágil, absolutamente manipulable.
Alexander tenía el poder de hacer lo que quisiera con ella.
—Yo…— murmuró ella débilmente, con los labios del slytherin tentándola. —¿Por qué harías eso? …¿Por qué harías lo que yo te pidiera?
El slytherin esbozó una ligera media sonrisa.
—Porque tú eres lo único que no podría sacar de mi vida.— le dijo el castaño. —Lo único que quiero a mi lado. Por siempre.
Lucy se estremeció y el slytherin lo notó. Los dos respiraban agitadamente.
—No puedes decirme estas cosas.— le susurró ella sin atreverse a tomar distancia.
—¿Por qué no?— le preguntó él.
—Porque…— respondió. —…creo que me gusta demasiado escucharlas.
Alexander sonrió.
—¿Quieres que te bese, Lucy?— le preguntó, sorprendiéndola.
La pelinaranja no abrió los ojos. Su mente era un caos y su corazón una bomba de tiempo a punto de explotar.
—Dime que quieres que te bese, y lo haré.— le insistió él mientras continuaba rozando sus labios contra los de ella seductoramente.
Lucy suspiró cuando sintió los brazos de Alexander envolviendo su cintura y pegándola contra él.
—Pero debo advertirte que si nos besamos aquí, ahora, no voy a poder controlarme.— le dijo el slytherin casi en un susurro.
Lucy sintió como si por dentro un volcán le hubiera erupcionado bañándola por completo en lava ardiente.
Y, entonces, sin poder creerlo se escuchó a sí misma decir:
—Por favor…—suspiró, casi sin aliento. —Bésame.
Lucy sintió la sonrisa de satisfacción dibujándose en los labios de Alexander poco antes de hundirse en un beso que, desde el principio, la hizo soltar pequeños gemidos de placer. No sabía cómo, pero ahora estaba totalmente en manos de Alexander, y el slytherin parecía querer reclamar todo de ella. Besarlo era cosa de otro mundo: sus labios contra los suyos eran suaves, pero firmes, como si supieran exactamente qué hacer para llevarla hasta el límite, y su lengua… Su lengua entraba en su boca sin permiso, exigente, demandando poder. Lucy ya no podía pensar en nada más, sólo en lo mucho que necesitaba seguir sintiéndose tan viva como lo hacía en ese momento. Ninguna otra cosa tenía sentido.
Alexander cortó el beso sólo para bajar por el cuello de la hufflepuff, besándolo, pasando su lengua contra la piel estremecida de la pelinaranja, escuchándola suspirar, aferrarse a su espalda, pegar aún más su cuerpo al de él. Tenía que hacerla suya. Había esperado demasiado, había sido paciente, pero ya no podía aguantarlo más. Necesitaba tener a Lucy. Y podía sentir que el cuerpo de la hufflepuff también lo deseaba.
Pero, ¿lo deseaba su mente también?
Alexander, sin despegarse de ella, abandonó el cuello de Lucy para mirarla a los ojos. Los dos se estremecieron: el castaño pudo ver el rostro arrebolado de la pelinaranja y sus ojos brillantes, húmedos de deseo. Le resultó enormemente excitante encontrar esa imagen de lujuria en ella, lujuria que él mismo había encendido.
Pero no sólo quería que el cuerpo de Lucy deseara entregarse: quería que toda ella lo deseara. Alexander se había vuelto exigente con respecto a la huffepuff: no quería migajas, lo quería todo.
—Dime que quieres que me detenga, y lo haré.— le murmuró. —Pero si no lo dices, voy a continuar hasta el final.
Esta vez fue Lucy quien cortó la distancia entre sus labios para besarlo otra vez, con insaciable intensidad, y él respondió de inmediato. Lucy sintió cómo el slytherin la fue conduciendo hacia la cama, sujetándola con un solo brazo, mientras que con la otra mano deshacía el nudo de su corbata. Cuando ella cayó sobre el colchón tuvo, durante algunos segundos, la visión del castaño lanzando su corbata al suelo y sacándose los zapatos. Supo lo que estaba apunto de ocurrir, pero por alguna extraña razón lo supo sin miedo.
Él le sacó los zapatos a la pelinaranja antes de volver a su lado, posicionándose encima de ella, y besándola con una pasión inigualable. Lucy sintió cómo todo su mundo se transformaba en uno de caricias, suspiros y latidos acelerados. El calor del cuerpo de Alexander sólo lograba incendiarla aún más por dentro. Alexander soltó un pequeño gemido de frustración cuando Lucy envolvió sus piernas alrededor de él, provocando que sus pelvis chocaran deliciosamente. Ella notó que, al hacerlo, su falda había descubierto sus muslos por completo y que su ropa interior era ahora visible. Por unos breves segundos, como si recobrara la cordura, sintió vergüenza, pero la sensatez le duró poco: Alexander aprovechó la piel descubierta para pasear sus manos por las piernas que lo abrazaban, intensificando el beso, hasta llegar a sus nalgas redondeadas y firmes, las que apretó contra su mano para pegarla aún más contra su erección.
Los dos gimieron al unísono por el contacto.
—Alex…—suspiró Lucy cuando él, sin dejar de besarla, empezó a desabotonarle la blusa.
—Si quieres que me detenga, pídemelo.— le susurró él, casi sin aliento. —Sólo responderé a eso.
Lucy quiso pedirle que se detuviera, tener tiempo para pensar en lo que estaba pasando, pero las palabras parecían no querer salir de su boca. Era como si, en el fondo, no deseara que aquello parara. A pesar de que sabía que después estaría confundida y que, probablemente, se arrepentiría, era como si en ese momento no hubiera nada que quisiera más que estar con Alexander.
Simplemente no podía pedirle que se detuviera. Jamás había sentido lo que estaba experimentando en brazos de Alexander. Los besos y las caricias de Ben le parecían ahora un juego de niños.
Antes de que pudiera darse cuenta de ello, Lucy notó que su blusa había caído al suelo junto con su brasiere y que Alexander ahora la miraba de una forma que la hizo temblar de la cabeza a los pies. El slytherin la besó ferozmente en los labios y ella sintió sus pezones endurecerse contra la tela de la camisa de Alexander y el calor de su cuerpo. El castaño fue creando un camino de besos desde su barbilla hasta su cuello para luego bajar por su pecho hasta su seno derecho.
Lucy soltó un gemido sonoro cuando la boca del slytherin envolvió uno de sus pezones, succionando lentamente mientras que, con su lengua, dibujaba círculos que la hicieron arquear la espalda y cerrar los ojos. Sintió, con algo de pudor, cómo su ropa interior se humedecía escandalosamente, de una forma que jamás creyó posible.
Sus experiencias sexuales con Ben nunca habían sido de aquella manera. Era como si, en efecto, aquello hubiera sido sólo un espejismo.
De repente se sentía como una primeriza en brazos de Alexander. ¿Cómo era posible que él tuviera el poder de hacerla sentir de esa manera?
—Alex…— suspiró Lucy mientras él bajaba besando su abdomen, su ombligo, y simultáneamente le retiraba la ropa interior, deslizándola por las piernas blancas y esbeltas de la hufflepuff.
Alexander sólo se separó de ella para sacarse la camisa y, mientras lo hacía, no dejó se mirar a Lucy a los ojos con una intensidad que la hizo perder el aliento.
Cuando la camisa del slytherin cayó al suelo, él tomó una de las piernas de la pelinaranja y , desde la pantorrilla, fue trazando una línea de besos que agitaron a Lucy, sobre todo cuando él alcanzó la altura de sus muslos interiores y siguió avanzando sin detenerse.
Lucy soltó un pequeño quejido cuando él le abrió las piernas con un solo movimiento.
—Todavía puedes pedirme que me detenga.— le soltó él, muy cerca de su sexo.
Lucy estaba completamente sonrojada. ¿Realmente iba hacer lo que ella creía que iba a hacer?
Como ninguna palabra emergió de su boca, Alexander cortó la distancia y utilizó su lengua sobre el clítoris de Lucy.
Y entonces, todo fueron estrellas.
La hufflepuff gimió sonoramente, arqueó la espalda y se aferró, con los puños cerrados, a la sábana de la cama. Alexander continuó, lentamente, torturándola, cada vez más excitado por las reacciones del cuerpo de Lucy. Había estado esperando ese momento durante tanto tiempo que casi le parecía irreal tenerla así, entre sus brazos, estremeciéndose por cada una de sus caricias.
Iba a borrar las huellas que Ben hubiera dejado sobre ella; después de esa noche, Lucy no volvería a pensar en nadie más que en él cuando mirara su cuerpo. La hufflepuff sería suya y él, a su vez, sería de ella. Aquella era la primera vez que deseaba con tanta intensidad hacerle el amor a una chica.
Era, en realidad, la primera vez que pretendía hacerle el amor a alguien.
Sus experiencias anteriores habían sido exclusivamente sexuales y no tenían nada que ver con lo que estaba sintiendo en ese momento. Alexander vivía su placer a través del de Lucy. Si ella gemía, eso lo hacía temblar; si ella decía su nombre, si respondía a sus caricias, el castaño sentía como si estuviera a punto de llegar a orgasmo con sólo verla. De repente lo único que importaba era Lucy. De repente lo único que le apetecía era darle todo el placer del mundo.
Y era eso precisamente lo que pensaba hacer.
Lucy se retorcía sobre la cama y gemía mientras Alexander la besaba en una zona que nunca antes había sido besada por nadie. La sensación de la lengua del slytherin contra su clítoris era fantástica y, de cierta forma, indescriptible. Aún mejor era cuando sus labios succionaban su pequeño botón, obligándola a morderse los labios para no gritar de placer. ¿Era por eso que Alexander tenía tanto éxito con las mujeres? Ahora podía entender los suspiros en los pasillos, las miradas puestas siempre en él y las muchas chicas que le dedicaban a ella miradas asesinas desde que su supuesto noviazgo había salido a la luz.
De pronto todo cobraba un nuevo sentido.
—Alex….Alex…— suspiró Lucy entre gemidos. — Por favor…Alex, por favor.
Lucy no notó en qué momento el slytherin había conseguido liberarse de sus pantalones, pero cuando él trepó encima de ella y se colocó entre sus piernas, ella sintió la punta cálida de un órgano firme contra su entrada y contuvo el aliento.
—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida….— le susurró, agitado. —Pero necesito que me digas que no vas a hablar más con Wilson. Necesito que lo digas o no podré soportarlo.
Lucy sintió cómo él entraba ligeramente en ella y el placer la hizo cerrar los ojos y aferrarse a la espalda del slytherin.
—Dímelo, Lucy.— le dijo él, mirándola fijamente. —Dime que no vas a acercarte a Wilson.
Lucy gimió cuando Alexander entró aún más en ella, lentamente pero con firmeza. La sensación encendía todo su cuerpo en llamas. Aquello era una tortura. Quería que el castaño entrara por completo y se moviera dentro de ella de una vez. No creía poder soportar la situación durante mucho más tiempo.
—Dilo.— le volvió a exigir él, más demandante que nunca. Su voz se había oscurecido por el deseo contenido. Estaba claro que él también hacía un esfuerzo al sostener esa lentitud.
Lucy se humedeció los labios.
—Yo…— suspiró. —No hablaré más con Ben.
—Prométemelo.— le dijo el castaño.
—Lo prome…
Pero Lucy no pudo acabar de pronunciar la palabra porque Alexander se introdujo en ella por completo, haciendo que todo se convirtiera en estelas multicolores.
Después de eso el slytherin dejó la lentitud a un lado y emprendió un ritmo que hizo que Lucy se sintiera, en los primeros segundos, al borde del abismo.
—Alex…Alex…— suspiraba entre gemidos.
Alexander tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para no terminar allí mismo: escuchar a Lucy pronunciar su nombre mientras entraba en ella era demasiado excitante. No era la primera vez que una chica lo nombraba mientras estaban en una situación semejante, pero ahora quien lo decía era Lucy: sus labios, su voz, su rostro…era ella quien lo llamaba y eso significaba para él algo nuevo y abrasador. De repente, mientras se movía sobre la pelinaranja y el placer lo colmaba entero, supo que no podría ya, nunca más, vivir sin ella.
—Eres mía…— soltó el castaño, casi en un susurro, mientras aceleraba el ritmo de sus embestidas.
—Alex…— soltó ella mientras gemía y arqueaba su espalda, rozando la punta de sus senos desnudos contra el pecho del slytherin.
Con cada embestida las caderas de Lucy lo encontraban en un movimiento de choque voluntario. Los dos habían empezado a sudar y sus pieles, ligeramente humedecidas, no conseguían aplacar la hoguera que tenían por dentro. Lucy se aferró a la espalda fuerte y tersa del slytherin cuando sintió cómo su cuerpo era poseído por pequeñas convulsiones que empezaron a aumentar in crescendo. Alexander profundizó las embestidas, entrando completamente en ella a un ritmo acelerado, arrastrándola a un océano de placer que la hizo gemir con mayor fuerza mientras que sus músculos se distendían, aliviados, y un pitido extraño zumbaba en sus oídos.
Si aquello había sido un orgasmo ahora podía decir, con toda seguridad, que nunca había experimentado uno.
Alexander, aún moviéndose dentro de ella con ferocidad, tenía una ligera sonrisa de triunfo en sus labios por haber logrado llevarla, sin ninguna dificultad, al límite. Lucy lo miró como en sueños: su rostro, inundado de placer, era aún más atractivo de lo que era normalmente. Cuando él aceleró y intensificó las embestidas dentro de ella, sus ojos verdes se cerraron con fuerza y sus labios se abrieron para soltar sólo su nombre:
—Lucy…
Y entonces se dejó caer sobre ella, agotado, temblando aún por los espasmos del deseo satisfecho, respirando entrecortadamente sobre su pecho.
Lucy enlazó sus brazos alrededor de él. Todavía era incapaz de pensar en algo que no fuera en sentirlo cerca. Quería fundirse con él, habitar dentro de esa piel tan suave y firme. Eran sensaciones que nunca antes había experimentado y que la maravillaban.
Alexander, ya más recuperado, levantó la cabeza del pecho de Lucy para mirarla a los ojos y ella se estremeció. El castaño esbozó una sonrisa amplia que la llenó de calidez. No pudo evitar responderle con una sonrisa también.
18.-
Eran ya más allá de las doce de la noche cuando Rose y Scorpius regresaron a la casa de los Granger. Las luces ya estaban apagadas y ellos tuvieron mucho cuidado en entrar silenciosamente. Se quitaron los zapatos y avanzaron en puntillas hasta la cocina. Una vez allí encendieron la luz y cerraron la puerta para asegurarse de que ningún ruido despertaría a los abuelos de Rose.
—Siempre duermen temprano.— le dijo la pelirroja al rubio. —Y se levantan mucho más temprano aún.
Scorpius le señaló a Rose la mesita de la cocina, en donde había una nota. La gryffindoriana la tomó entre sus manos y la leyó en voz alta:
"Queridos:
Hemos dejado pastel de limón en la nevera para ustedes. Ya saben cómo se pone Samuel con la cocina. Adora hacer dulces, pero nosotros no podemos comerlos, ya saben, por la diabetes. ¡Disfrútenlos!
Con cariño,
Jean y Samuel."
Rose miró a Scorpius y dejó la nota sobre la mesa.
—Siéntate. — le dijo con gentileza. —Sacaré el pastel de la nevera.
Scorpius le hizo caso y la vio sacar los postres de la nevera en silencio. La actitud de Rose hacia él después de la visita al parque parecía haber cambiado: ahora la notaba mucho más serena, dispuesta a dialogar. Era como si hubiera asumido que él no se iría y que no se rendiría tampoco. Incluso había permitido que el rubio la tomara de la mano mientras veían las estrellas en la colina del parque.
Se sentía reconfortado por ese cambio de actitud, pero a la vez tenía miedo de dar un paso en falso y hacer algo que revirtiera todo al estado de crispación previo. Él tenía experiencia con chicas, sabía cómo actuar con ellas y jamás se había sentido ni remotamente nervioso frente a alguna, pero con Rose era diferente: no tenía la menor idea de cómo tratar con ella porque ella no era una chica más, no era como cualquier otra.
Scorpius odiaba admitirlo, pero se sentía como un primerizo cuando estaba a su lado.
Rose le dejó sobre la mesa un pequeño plato con un trozo de pastel y una cucharita. Ella se sentó no muy lejos de él, con un segundo plato en frente, y se dispuso inmediatamente a probarlo.
—Umm, ¡está delicioso!— dijo Rose, sonriendo.
Scorpius tragó saliva al verla relamerse los labios, degustando el postre que había preparado el señor Granger, y sintió cómo su corazón se aceleraba dentro de su pecho igual que el de un niño.
En un intento por romper el silencio y dejar de sentirse como un perfecto idiota, Scorpius decidió hablar:
—Parece gustarte mucho la vida muggle.— le dijo mientras probaba el pastel. —Esto está realmente bueno. Le pediré la receta a tu abuelo.
Rose continuó comiendo con entusiasmo.
—Para mí la vida perfecta sería una mezcla entre el mundo mágico y el mundo muggle.— dijo la pelirroja después de lamer la cuchara. —Me gusta la creatividad de los muggles para sobrevivir en este mundo. Son brillantes. Todo lo que han inventado no podría compararse con lo nuestro. En muchos sentidos vivimos como ellos hace cientos de años. Y eso es porque descansamos sobre el precepto de que la magia puede hacerlo todo.
Scorpius asintió.
—Pienso igual.— le dijo. —Alexander y yo solíamos escaparnos aquí durante las vacaciones. Es todo un universo de cosas extrañas por conocer.
Rose, mientras se llevaba a la boca otro trozo de pastel, sonrió. Scorpius la miró con curiosidad.
—¿Por qué sonríes?— le preguntó.
Rose se limpió la comisura de los labios con el dedo índice y luego se lo llevó a la boca. Scorpius sintió cómo su cuerpo reaccionaba a ese gesto de inmediato.
—Acabo de imaginar a mi padre aquí, viéndonos comer en la misma mesa de forma civilizada.— dijo la pelirroja. —Sólo por eso ya armaría un escándalo. ¿Te imaginas si llegara a escuchar lo que le dijiste a mis abuelos, que somos novios?
Scorpius sonrió mientras tragaba otro pedazo de pastel.
—Enloquecería.— dijo finalmente.
—Y el colegio, ¿te imaginas lo que dirían?— dijo Rose. —Es decir, si supieran lo que ha habido entre nosotros. Ni siquiera lo pueden imaginar, piensan que nos odiamos.
—Bueno, saben que estoy obsesionado contigo desde que golpeé a Gozenbagh.— dijo el rubio. —Creo que empiezan a sospechar que estoy muy lejos de odiarte.
Rose miró a Scorpius a los ojos.
—Me sorprende que tu padre lo tomara tan bien cuando le dijiste esa misma mentira en Navidad.— le dijo la pelirroja.
El slytherin esbozó una media sonrisa.
—Creo que a mi padre le encantaría que termináramos juntos; especialmente por el placer de molestar a Ron Weasley.— le dijo.
Rose rió por lo bajo y los ojos de Scorpius brillaron mientras la miraba.
—¿Qué ocurre?— le preguntó ella, aún riendo. —¿Por qué me miras así?
Scorpius no dejó de mirarla ni un solo segundo.
—No sueles reírte a menudo conmigo.— le dijo el rubio. —Desearía poder hacerte reír siempre.
Rose borró la sonrisa de su rostro y, sin cortar el contacto visual con él, sintió cómo sus mejillas empezaban a acalorarse con furiosa intensidad. Su corazón empezó a latir, desbocado, dentro de su pecho. Estar en el parque y charlar con el slytherin la había hecho bajar la guardia sin darse cuenta de ello. Aún así, se sentía cómoda sin tener que estar molesta o defendiéndose de los avances de Scorpius todo el tiempo. Era relajante poder hablarle con naturalidad y no discutir por tonterías.
La gryffindoriana se aclaró la garganta y dirigió la mirada a su pastel.
—Bueno, tú y yo no hemos tenido una relación muy graciosa que digamos.— le dijo ella. —Siempre discutíamos, desde el principio, y siempre terminabas malinterpretándome o molestándote conmigo por cualquier cosa. La mayor parte del tiempo me intimidabas. Era como tener una piedra en la garganta. ¿Cómo reír en esas condiciones?
Scorpius se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldar de su silla.
—Está bien, lo admito: tengo un carácter difícil.— le dijo. —Aún así no me hizo ninguna gracia verte reír todo el tiempo con Gozenbagh. ¿Sabes lo que sentí en esos momentos? Fue como si me lanzaran una bludger en la cabeza una y otra vez.
Rose lo miró agudamente.
—Te lo merecías.— le dijo. —Aunque no lo hice a propósito.
Scorpius jugó con su cuchara y lo que restaba del pastel sobre su plato.
—De cualquier forma no entiendo de qué podías reírte tanto con él.— le dijo el rubio. —Dudo que sea más gracioso que yo.
Rose sonrió.
—Scorpius, tú estás en el lado opuesto de lo cómico.— le dijo la pelirroja.
Él la miró a los ojos con algo de su orgullo herido.
—Puedo ser muy gracioso si me lo propongo, Rose.— le dijo.
Rose rió.
—Lo dudo mucho.— le dijo. —Aarón tampoco es gracioso, simplemente…— los ojos de Rose se entristecieron de repente al recordar todo lo que había ocurrido con él y Cycill. —No importa.
Scorpius comprendió de inmediato lo que ella sintió al remontarse a su amistad con Aarón y se puso de pie para retirar los platos.
—Puedes subir a dormir.— le dijo el slytherin. —Yo lavaré los platos.
Rose lo miró con extrañeza.
—¿Sabes lavar los platos manualmente?— le preguntó ella. —Tampoco sabía que pudieras cocinar.
Scorpius la miró con autosuficiencia.
—Ya lo ves, soy talentoso en todo.— le dijo.
Rose lo vio caminar hacia el fregadero y abrir el grifo. El slytherin comenzó a lavar los dos platos cuando ella, después de tragar saliva y llevarse un rizo detrás de la oreja, se atrevió a preguntarle:
—¿Por qué quieres que te diga que te deseo tanto como tú a mí?
Al rubio pareció sorprenderle la pregunta porque detuvo sus manos en el fregadero y, aunque no se volteó, permaneció quieto durante un par se segundos antes de retomar su labor.
—Porque si vamos a estar juntos quiero que tú también lo quieras.— le dijo. —Sé que fui yo quien lo arruinó todo y creo que por eso debo ser yo quien lo repare. Por eso, y sólo por eso, soporté que me mojaras con una manguera como una desquiciada— hizo una pequeña pausa para mirarla de perfil y luego continuó enjabonando los platos. —Pero a veces no tengo la menor idea de cómo actuar frente a ti y me siento como un imbécil por ello. Lo creas o no, me haces sentir como un idiota la mayor parte del tiempo.
Rose esbozó una ligera sonrisa.
—Eso es porque eres un idiota.— le dijo la pelirroja en tono burlón.
Scorpius sonrió.
—No empieces, Weasley.— le dijo, advirtiéndole. —Porque pienso cobrármelas.
Rose se humedeció los labios y se mordió el labio inferior.
—¿Qué harías si te dijera ahora mismo que quiero estar contigo?— le preguntó.
Scorpius, que ya había acabado con los platos, cerró el grifo y, girándose para encararla, se empezó a secar las manos con una toalla.
Sus ojos grises se clavaron como dagas en los de ella.
—Besaría cada parte de tu cuerpo y, cuando estuvieras rogándome por más, te haría el amor una y otra vez… Toda la noche.
Rose se tensó y sintió cómo su boca se le secaba como un desierto.
Scorpius era el oasis.
El slytherin esbozó una media sonrisa al ver el efecto que su confesión había tenido sobre la gryffindoriana.
—En realidad, nunca pude saciarme de ti.— le dijo el rubio. —La primera vez lo hicimos en el vagón de un tren, no fue demasiado cómodo. La segunda vez lo hicimos una noche antes de la tercera prueba, sólo una vez, y luego dos veces en la selva de Avalon, cuando nos reencontramos.
—¿No te parece suficiente?— le dijo Rose, sonrojada y acalorada.
Scorpius mantuvo su media sonrisa.
—Dudo que algún día pueda saciarme de ti, Rose.— le dijo. —Pero, además, tengo diecisiete años. Te imagino desnuda la mayor parte del tiempo. ¿Crees que esas veces fueron suficientes para mí?
Rose miró hacia otra parte, nerviosa y algo intimidada por la mirada del slytherin sobre ella. La realidad era que ella tampoco sentía que hubieran sido suficientes veces, ¿había acaso un límite de suficiencia para el placer? Abrumada por cómo su cuerpo había empezado a sentirse con tan solo unas cuentas palabras sugerentes de Scorpius, se levantó de la silla y caminó hacia la salida de la cocina.
—Buenas noches.— le dijo.
—Espera.— dijo Scorpius. —Voy contigo: ya acabé.
Rose se apresuró a salir de la cocina y juntos atravesaron el salón sumido en la más absoluta oscuridad, subieron las escaleras y se despidieron torpemente en el pasillo:
—Que descanses.— le murmuró el rubio mientras entraba en su habitación.
Rose apenas le hizo un leve gesto con la cabeza y cerró la puerta de su cuarto como si se tratara de una barrera.
Una vez allí suspiró y se dejó resbalar hasta el suelo. Su corazón latía desbocado, como un caballo de carreras, y su respiración era agitada. Se sentía mareada por el deseo que empezaba a llenarla de pies a cabeza, pero no era sólo su deseo, también era el de Scorpius que, como un animal salvaje, se mezclaba con el suyo abrumándola por completo.
Se quitó la ropa como si la estuviera quemando y se puso una pijama corta con la que se lanzó a la cama. Estuvo allí, intentando dormir durante más de media hora, pero lo único que sentía era la necesidad de los labios de Scorpius sobre su piel: sus manos recorriéndola, sus ojos mirándola muy de cerca, su aliento contra el suyo…
¿Qué sentido tenía seguir privándose de lo que en el fondo deseaba más que nunca sólo por orgullo? Lo quisiera o no, estaba enamorada de él. Scorpius Hyperion Malfoy era su primer, y hasta ahora, único amor. Todo su cuerpo se sentía atraído hacia el del slytherin como un imán y estaba cansada de luchar contra eso. ¿Por qué el orgullo y el amor tenían que estar contrapuestos? ¿Por qué tenía que castigarse a sí misma de esa manera?
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo salió de la cama, se quitó el anillo dejándolo sobre el velador y, descalza, caminó hasta la puerta.
La abrió lentamente y salió al pasillo.
Rose no sabía, ni quería saber, qué significado a futuro tendría lo que estaba haciendo. Lo único que tenía claro era ese fuego incesante que le quemaba las entrañas y que la llevó hasta la puerta de la habitación de Scorpius. Giró, muy lentamente, la manija, y la puerta se abrió en completo silencio.
A pesar de la oscuridad Rose pudo ver la silueta de Scorpius sobre la cama dándole la espalda. Su torso estaba desnudo y la sábana lo cubría de cintura para abajo. Ella cerró la puerta y avanzó, en puntillas, hacia la cama.
Scorpius sólo reaccionó cuando sintió el peso de alguien en el colchón y, al voltearse, pudo ver los rizos rojos, salvajes, sueltos de Rose iluminados tan sólo por la luz de la luna que entraba por el cristal de la ventana. Sus ojos azules se clavaron en los de él con intensidad.
—No me hagas decirlo.— le dijo ella casi en un susurro. —Si no lo entiendes con el simple hecho de que he venido hasta aquí, entonces eres un tonto.
Scorpius esbozó una ligera sonrisa. Sus ojos brillaban como los de un niño.
—No te preocupes. Lo entiendo.
Rose no supo cómo, pero en cuestión de un segundo se vio tendida de espaldas sobre la cama y Scorpius encima de ella, mirándola intensamente a los ojos. Sus cuerpos se encontraron con alivio. Rose inhaló el aroma herbal del slytherin y todos sus sentidos se agudizaron. Cuando corrió sus dedos por los brazos torneados del rubio y sintió la suavidad y la firmeza de su piel, tuvo que morderse el labio inferior.
Los ojos grises de Scorpius se oscurecieron, llenos de lujuria, al verla realizar aquel gesto.
—¿Es esto cierto o estoy soñando?— preguntó Scorpius, todavía sorprendido.
Rose cortó la distancia entre ambos y lo besó ardientemente. Él respondió al instante, introduciendo su lengua en la boca de la gryffindoriana mientras que los dos gemían, aliviados, como si la distancia hubiera sido para ambos una tortura.
—¿Sueñas mucho conmigo?— le preguntó ella cuando cortaron el beso, entre jadeos, para tomar aire.
Scorpius le sonrió.
—Sí.— le dijo mientras empezaba a besar su cuello y Rose se mordía los labios para no gemir. —Y ahora sabrás qué es exactamente lo que te hago en mis sueños.
Scorpius se deshizo de la pijama de Rose con impaciencia y, mientras Rose le bajaba la ropa interior —él no había dejado a un lado su costumbre de dormir prácticamente desnudo—, el slytherin llevó sus labios a uno de los senos de la pelirroja, forzándola a contener un gemido y guardarlo en el fondo de su garganta. Sus abuelos estaban en la habitación del final del pasillo y tenían que ser cuidadosos. Poner un hechizo silenciador sólo les traería problemas puesto que romperían con la regla de no utilizar magia fuera de Hogwarts. Rose se estremeció, muerta de placer, cuando la lengua hábil de Scorpius empezó a dar círculos alrededor de su pezón mientras que con su otra mano le iba bajando la ropa interior.
—Scorpius…— murmuró Rose y volvió a morderse el labio, conteniendo un nuevo gemido, cuando él la mordió ligeramente.
Él gruñó cuando sintió la mano de la gryffindoriana envolviendo su erección e iniciando un movimiento de arriba hacia abajo que lo hizo estremecerse y cerrar los ojos. Rose no creyó que hubiera nada más excitante que verlo así: poseído por el placer.
—Me estás matando…— le dijo Scorpius con la respiración entrecortada.
La obligó a soltarlo tomando sus muñecas y colocándoselas arriba de la cabeza, pegadas a la cama, inmovilizándola durante breves segundos para luego besarla furiosamente y dejar que sus manos bajaran por sus brazos, sus senos su cintura, y se aferraran a sus nalgas, las que levantó en el aire sin ninguna dificultad, haciéndola soltar un pequeño grito de sorpresa.
Rose apretó sus piernas alrededor del slytherin y los dos cortaron el beso para mirarse intensamente a los ojos. La pelirroja, aún con los brazos arriba de su cabeza, se aferró a los barrotes de la cama cuando sintió la punta de la erección de Scorpius entrando en ella.
—Rose..— murmuró él antes de introducirse en ella completamente, de una sola embestida, forzándola a taparse la boca con una mano para no gritar.
Él no esperó: inmediatamente después comenzó a moverse dentro de ella a un ritmo acelerado y potente. El cuerpo de Rose estaba lleno de electricidad; podía sentir la firme erección del rubio entrar y salir de ella mientras que las manos del slytherin la sostenían en el aire, apretando sus nalgas con fuerza a cada embestida. El goce era infinito. Rose no podía hacer más que morderse los labios y reprimir los gemidos intensos que querían salir de su boca al exterior. Scorpius dominaba cada movimiento con maestría, y llegaba tan adentro de ella que le parecía casi inverosímil que no la estuviera lastimando.
Cada embestida hacía que su cuerpo temblara como una hoja al viento. Era como si Scorpius pudiera escuchar su corazón y se introdujera en ella cada vez que éste latía.
Los dos colisionaron en la cama y él colocó sus brazos debajo de las piernas de Rose, obligándola a levantarlas aún más, abriéndose más para él mientras retomaba su incesante movimiento. Ella enlazó sus dedos alrededor del cabello rubio de Scorpius y sus miradas, llenas de pasión y de deseo, se encontraron, ardientes, y no se soltaron.
"Por Merlín", pensó Rose, atrapada en la mirada del rubio mientras él la penetraba sin descanso, "No puede haber nada mejor que esto".
Exactamente lo mismo pensaba Scorpius mientras la observaba, cautivado por el azul intenso de sus ojos y por lo que su cuerpo le producía al de él.
Rose soltó, involuntariamente, un pequeño grito que acalló volviendo a morderse los labios —estaba convencida de que se los estaba lastimando—, cuando él empezó a aumentar la frecuencia y la fuerza de sus embestidas.
Cerró los ojos: estaba a punto de llegar al límite.
Fue entonces cuando la voz de Scorpius entró por sus oídos.
—Rose…— le dijo, jadeando. —Mírame.
La pelirroja volvió a abrir los ojos y a encontrarse con los grises del slytherin. Una vez más se vio cautiva de esa mirada metálica, fría y fogosa a la vez, como un río caudaloso que era capaz de arrasar con todo lo que había a su paso.
—No dejes de mirarme…— le exigió él mientras continuaba moviéndose dentro de ella con impetuosidad.
Rose sintió algo extraño en su vientre, un pulso caliente y enérgico que la recorrió por completo.
No dejó de mirarlo ni un solo segundo.
La pelirroja gimió, esta vez sin reprimirse, mientras que el orgasmo la bañaba entera: todo esto sin soltar la mirada de Scorpius, y justo cuando creyó que iba a gritar, él enlazó sus labios contra los de ella, ahogado su grito de placer, mezclándolo con el del rubio mientras llegaba dentro de ella en un clímax que lo hizo temblar y llamarla por su nombre una vez más.
Afuera la noche seguía siendo tranquila y silenciosa.
En la casa los abuelos Granger dormían plácidamente.
19.-
Cuando Lucy abrió los ojos lo primero que vio fue el rostro iluminado por el sol de Alexander, quien la miraba con una sonrisa en los labios. No pudo evitar sonrojarse al recordar todo lo que había ocurrido la noche anterior. Después de acostarse por primera vez lo habían hecho cuatro veces más a lo largo de la noche en posiciones que Lucy ni siquiera se había imaginado que existían y, ahora, no podía dejar de sentirse intimidada por la mirada que Alexander tenía sobre ella.
Aún así no pudo dejar de sonreírle de vuelta.
—Si hago las cuentas correctamente, ayer por la noche y por la madrugada de hoy tuviste un total de cinco orgasmos, ¿no es así?— le preguntó el castaño.
Lucy se sonrojó intensamente.
—¿Estás contando mis…?— se interrumpió mientras se sentaba sobre la cama y se cubría con una manta. —Muy maduro de tu parte, Alex.
El slytherin sonrió.
—No entiendo por qué te cubres.— le dijo. —He visto todo tu cuerpo desde perspectivas que tú jamás podrás ver.
—Exactamente.— dijo Lucy. —Me perturba que me hayas visto más de lo que yo puedo ver.
La pelinaranja se puso de pie y soltó un quejido. Sus piernas temblaron y supo que sus músculos estaban notablemente sentidos por la intensa actividad nocturna a la que los había sometido.
Alexander continuó sonriendo, divertido por la situación.
—Eso, ríete.— le dijo Lucy, bromeando. —Ya veo que tu especialidad es lisiar chicas.
—No te escuché quejarte en ningún momento.— dijo el castaño. —Lo único que escuché fue mi nombre, una y otra vez, entre gemidos.
Lucy volvió a sonrojarse y, entonces, se vio en el espejo. Estaba desastrosa: su cabello era una maraña alrededor de lo que antes fue una trenza y su rostro mostraba claras ojeras por no haber dormido lo suficiente. Aún así, por una extraña razón, su piel parecía más brillante, igual que sus ojos.
—Parezco una mujer maltratada.— suspiró la hufflepuff.
Alexander, quien se había puesto de pie, caminó hacia ella completamente desnudo y la abrazó por detrás. Ella no puso resistencia y suspiró mientras cerraba los ojos.
—¿Qué se supone que somos ahora?— le preguntó la pelinaranja.
Alexander tragó saliva. Temía esa conversación. Si no respondía de forma inteligente podría perder a Lucy en ese mismo instante. Y no estaba dispuesto a hacerlo.
—Lo que tú quieras que seamos.— le dijo con firmeza.
Lucy lo miró a los ojos a través del espejo que tenían justo en frente.
—¿Qué es lo que sientes por mí?— le preguntó.
Alexander guardó silencio durante algunos segundos. Decirle que la amaba era demasiado peligroso. Aquello la espantaría. Lucy tenía miedo de entrar en una nueva relación demasiado pronto. Debía ser cuidadoso con las palabras que utilizara.
—Nunca he sentido nada por nadie, Lucy.— le dijo el castaño. —Hasta que te conocí.
La pelinaranja se humedeció los labios.
—Yo también siento cosas muy extrañas…cosas que no había sentido antes.— confesó. —Pero no estoy lista para entrar en una relación.
Alexander sonrió.
—Ya estás en una.— le dijo el castaño.
—Me refiero a una real, no a una fingida.— dijo la hufflepuff.
—La nuestra es como si fuera real.— dijo Alexander. —Pasamos casi todo el tiempo juntos, nos besamos y ahora también nos acostamos.
Lucy se tensó. Lo que decía el slytherin era cierto, pero no podía dar el paso, no todavía. Por dentro estaba petrificada por el miedo que le producía volver a sufrir por alguien. Y con Alexander las probabilidades de que eso ocurriera eran demasiado elevadas. El castaño la quería, pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo podría permanecer monógamo un chico que estaba acostumbrado a no rendirle cuentas a nadie?
—Tú y yo no estamos en una relación.— le dijo la pelinaranja. —Yo soy muy distinta a la clase de chicas con las que acostumbras a salir. Esto…está yendo demasiado rápido.
Alexander la abrazó con más fuerza, como si quisiera asegurarse de que no se le iba a escapar, y le respondió:
—Iremos despacio, entonces.— le dijo el castaño. —Mantendremos las cosas como están ahora, sin complicaciones.
Lucy pareció tranquilizarse tras escucharlo y se relajó entre los brazos del slytherin. Alexander besó el cuello de la hufflepuff y ella suspiró.
—Pero no voy a retroceder, Lucy.— le dijo. —Pienso hacerte el amor todas las noches de ahora en adelante.
Lucy se estremeció.
—Por Merlín,— le soltó. —…quieres matarme.
Alexander sonrió contra la piel de la pelinaranja.
—¿Es eso un crimen?
20.-
Antes de abrir los ojos Rose sintió un extraño dolor recorriéndole todo el cuerpo. Era un dolor similar al que había sentido después de que, en tercer año, corrió por todo el colegio persiguiendo a Hugo, quien había robado su cuaderno de apuntes creyendo que se trataba de un diario. Abrió los párpados lentamente y, al ver a Scorpius dormido a su lado, abrazándola, lo recordó todo.
"¡Por Merlín!", pensó, aterrada, "¿qué hora es?"
Buscó con la mirada el reloj del velador y vio que apuntaba las siete de la mañana. Sus abuelos despertarían, puntualmente, a las ocho. Tenía que salir de aquella habitación antes de que eso ocurriera.
Rose intentó moverse, pero el peso del brazo de Scorpius se lo hizo imposible. El rubio, además, la apretó con más fuerza contra él cuando ella trató de soltarse. Suspiró. No había dormido más que dos horas.
Dos miserables horas.
Scorpius no había mentido cuando le dijo que era insaciable: habían tenido relaciones cinco veces en posiciones que ahora le daba vergüenza recordar.
"Necesito un baño." pensó, "Y es urgente".
Rose volvió a intentar escaparse y, esta vez, lo consiguió. Scorpius quedó boca abajo, durmiendo como un ángel, con la sábana apenas cubriéndole la mitad del cuerpo, mientras que ella tomó su pijama y se la colocó con torpeza.
"Por Merlín, ¿qué se supone que he hecho?", pensó mientras salía de la habitación del slytherin y caminaba a la suya. Su cuerpo le dolía como si hubiera sido golpeada durante horas. La gran pregunta era: ¿y ahora qué? Rose suspiró mientras entraba a su cuarto. De sólo pensar en la charla que le esperaba con Scorpius sobre la condición y naturaleza de su relación se le revolvía el estómago.
Tal vez ya era hora de que dejara de tener miedo. Miedo de ser lastimada otra vez por Scorpius, miedo a lo que diría su familia, miedo a lo que diría el colegio. ¿Tenía algún sentido seguir negando que tenía con Scorpius una relación sentimental y física? Negarlo no iba a hacer que desaparecieran los problemas, mucho menos los solucionaría.
Rose entró al baño y abrió el grifo de la ducha. Se deshizo de su pijama y, justo cuando estaba a punto de entrar en el agua. Una voz la detuvo en seco:
—Es muy temprano para eso, ¿no crees?— le preguntó Scorpius, desnudo en el marco de la puerta del baño, mirándola mientras bostezaba.
Rose entró en pánico.
—¿Estás completamente loco?— le soltó. —¡Dime que no cruzaste el pasillo así! ¿No te vieron mis abuelos, verdad? Aún no son las ocho, pero tal vez se despertaron antes y…
Scorpius negó con la cabeza.
—Nadie me vio, tranquilízate.— le dijo él. —Y pude escuchar los ronquidos de tu abuelo mientras cruzaba el pasillo, así que no te preocupes: duermen como dos bebés.
Rose suspiró, aliviada, y luego, al notar que estaba desnuda, se sonrojó intensamente, aunque no intentó cubrirse: ¿qué sentido tendría?
—Scorpius, voy a ducharme ahora para estar presentable cuando mis abuelos se despierten.— le dijo ella. —Si no te importa, te recomiendo hacer lo mismo.
El slytherin, con una expresión de aburrimiento, asintió.
—De acuerdo.— le dijo mientras caminaba a la ducha y entraba en el agua.
Rose lo miró boquiabierta.
—¡Scorpius, sal ahora mismo de mi ducha!— le dijo. —¡Es mía! ¡Tú tienes la tuya!
El rubio la miró, entretenido.
—¿Por qué ducharme allí cuando puedo ducharme aquí, contigo?— le preguntó.
Rose tragó saliva y no pudo evitar ver cómo el agua corría por el cuerpo desnudo de Scorpius. Su cabello rubio se había oscurecido ligeramente con el agua, al igual que sus pestañas. Le costó encontrar la concentración suficiente como para retomar la discusión.
—Bien.— le dijo ella, harta, mientras entraba a la ducha. —Pero no quiero hablar sobre lo que pasó anoche. No ahora. Me duele la cabeza.
Scorpius la tomó por la cintura y la hizo entrar bajo el chorro de agua tibia con él.
—¿Quién dijo que quería hablar?— le preguntó, y luego la besó profundamente.
Rose quiso separarse de él antes de que fuera demasiado tarde, pero muy pronto fue demasiado tarde: la pelirroja sintió la erección del slytherin contra su pelvis y el contacto fue todo lo que necesitó para olvidar que faltaba poco para que sus abuelos se despertaran.
—Scorpius…— murmuró ella en un momento de lucidez, cuando él empezó a besarle el cuello y a pegarla aún más contra él. —No hay tiempo…Mis abuelos…. Tengo que…
Scorpius la levantó hasta pegarla contra la pared y ella enlazó sus piernas alrededor de él.
—Seré rápido.— le murmuró.
Y entonces entró en ella.
Rose mordió el hombro de Scorpius para no gritar. El slytherin entró y salió de ella lentamente, acariciando las piernas de Rose con sus manos, dejando que el agua corriera por sus cuerpos, disfrutando de cada contacto, de cada caricia. Ella lo encontró en cada movimiento, hasta que poco a poco fueron aumentando el ritmo, y sus cuerpos se leían mutuamente con facilidad, como si fueran uno solo y no hubiera nada por ser interpretado. Scorpius clavó sus dedos en las caderas de la pelirroja mientras entraba en ella con fuerza y rapidez.
—Rose…— soltó contra su oído mientras le besaba el lóbulo de la oreja.
Rose se aferró a su espalda.
—Scorpius…oh, Scorpius…— dejó salir Rose mientras sentía cómo todo su cuerpo se tensaba anticipando la llegada de un orgasmo.
También lo sintió a él tensarse. Sus ojos se cerraron y, sosteniéndola sólo con un brazo, golpeó la pared con la otra mientras alcanzaba el clímax.
Los dos, respirando agitadamente, se quedaron así, abrazados contra la pared, durante algunos segundos antes de escuchar cómo la señora Granger tocaba la puerta de Rose.
—Cariño, despierta a Scorpius, ¡el desayuno está listo!
Scorpius sonrió y miró a Rose, quien se había puesto pálida por el susto de haber escuchado la voz de su abuela, a los ojos.
—Creo que por fin estoy despierto.
21.-
Lily entornó los ojos cuando vio a Megara caminar hacia su mesa, la de los gryffindors, en el gran comedor y sentarse justo frente a ella. Ninguno de los Weasley Potter había aparecido todavía a desayunar. Las dos chicas se miraron con desdén e hicieron como si no se conocieran. El ruido de los alumnos empezaba a incrementarse en la estancia. Megara se sirvió una taza de café con leche y tomó un croissant.
—Supongo que debo acostumbrarme a que vivas en esta mesa, ¿no es así?— le dijo Lily con agotamiento. —¿Qué le ocurre a la mesa de Slytherin? ¿No tiene suficiente comida? ¿Los reptiles empiezan a comerse los unos a los otros? ¿Estás cansada de beber veneno todos los días para desayunar?
Megara fingió una sonrisa.
—Ya tengo bastante veneno en esta mesa, específicamente en tu cara, gracias.— le dijo ella. —Albus insiste en que coma con él y me integre con su familia. Debo decir que todos son agradables, incluso Hugo, de quien tenía bastantes prejuicios. Sólo tú eres verdaderamente insufrible.
Lily esbozó una sonrisa fingida también.
—Te recomiendo que no te esfuerces tanto por encajar. Después de todo, ¿cuánto tiempo más puedes durar con Albus? ¿Un mes? ¿Dos?— le dijo la pelirroja mientras untaba de mermelada su tostada. —Te lo digo sinceramente: ninguna de las chicas que Albus nos ha presentado después de Danielle ha durado más de tres meses.
Megara frunció ligeramente el ceño.
—¿Danielle?— preguntó, casi involuntariamente.
La mirada de Lily, llena de satisfacción y de sorpresa, la hizo saber que había cometido un grave error.
—No puedo creerlo, esto es demasiado bueno para ser real.— comentó la gryffindoriana. —Ni aunque lo hubiera planeado habría funcionado mejor: ¿no sabes quién es Danielle?
Megara guardó silencio. Le habría respondido a la pelirroja de forma ácida y zanjado el tema si hubiera querido hacerlo, pero en el fondo tenía curiosidad y necesitaba saber quién estaba detrás de ese nombre desconocido.
Lily sonreía ampliamente, esta vez de forma natural.
—Danielle es el primer amor de Albus.— le dijo la pelirroja. —No puedo creer que no te haya hablado de ella. Aunque bueno, es normal. Nunca le habló de Danielle a ninguna de las chicas con las que salió después de ella. Supongo que no las consideró nunca lo suficientemente importantes como para hacerlo.
—Albus no ha salido con chicas de Hogwarts.— le dijo la morena.
—Claro que no.— dijo Lily. —Hablo de sus amores de verano. Fueron pocos después de Danielle, apenas dos. Y, por supuesto, nunca llegaron a llenar las expectativas que Danielle dejó en Albus. Pasaban todos los veranos juntos y desde el colegio se mandaban cartas. Ella ha sido hasta ahora la única novia oficial de Albus.
Megara se tensó sobre su asiento.
—Yo soy la novia oficial de Albus.— dijo la morena, disgustada.
Lily la miró con verdadera malicia.
—¿En verdad lo crees?— le preguntó la pelirroja. —¿Crees que porque sales con Albus y todos en el colegio lo saben, porque comes con nosotros en la mesa de Gryffindor, eso te hace ser una novia oficial? ¡Pero si ni siquiera sabías quién era Danielle! ¿Qué tanto sabes del pasado de Albus? Nada. Albus llevó a Danielle a casa y no sólo la presentó a sus primos, sino a nuestros padres y tíos. — Lily apoyó los codos en la mesa, disfrutando del momento. —Y deberías preguntarte, por ejemplo, por qué razón Albus sigue escribiéndose con ella.
Justo en ese momento la horda de Weasleys entró por la puerta del gran comedor seguidos por Albus, quien miró a Megara y le dedicó una sonrisa por la que muchas chicas suspiraron. Ella se esforzó por devolvérsela, aunque lo que le salió fue una extraña mueca. Lily lo notó y bebió su jugo de naranja con verdadero deleite.
—El próximo partido estará brutal: Gryffindor contra Slytherin otra vez.— dijo Fred. Miró a Megara y le guiñó un ojo. —Sin ofender, Meg, pero acá todos tenemos puesta la camiseta de los leones.
Megara volvió a fingir una sonrisa y siguió con su desayuno. Albus le depositó un beso en la mejilla y se sentó a su lado.
—¡Hey, chicas, vengan aquí!— llamó Louis a Roxanne y a Dominique, que entraban juntas al gran comedor.
—Genial, ahora tendremos el entusiasmo inagotable de Dominique para taladrarnos el cerebro desde temprano por la mañana.— dijo Hugo.
—Te escuché.— dijo la rubia mientras se sentaba. —Sé que en el fondo me amas. Dilo.
—Te amo, pero hablas demasiado.— dijo Hugo. Tenía grandes ojeras y parecía exhausto.
—¿Se puede saber por qué Hugo parece haber salido de un campo minado?— preguntó Roxanne en voz alta.
—Anoche no durmió haciendo el deber de runas.— dijo Louis. —Eso le pasa a los que dejan todo al último.
Hugo le dedicó una mirada asesina a su primo.
—Tú también dejas todo al último.— le dijo.
Louis sonrió.
—Sí, pero yo soy más listo.— le respondió.
—Rox.— dijo Fred mirando a su hermana. —¿Es cierto que Lysander es tu tutor en pociones?
La morena entornó los ojos y asintió en silencio.
—¡Vaya!— soltó el pelirrojo. —No pensé que necesitaras ayuda en tus estudios.
—No la necesito.— aclaró la morena. —Sólo me distraje un mes y el profesor Laurent cayó sobre mí con la intención de atormentarme.
Fred le sonrió a su hermana.
—Quizás todo esto ayude a que ustedes regresen.— comentó.
Roxanne clavó sus ojos negros en el gryffindoriano.
—Fred, lee mis labios.— le dijo. —NUN-CA.
—Al fin podré decir, nuevamente, que Lysander es mi cuñado.— dijo el pelirrojo haciendo caso omiso de las palabras de su hermana. —Me gusta decir eso.
Roxanne cerró los ojos y se mantuvo quieta durante algunos segundos.
—¿Estás jugando a las estatuas?— le preguntó Dominique.
La morena suspiró, aún con los ojos cerrados.
—Estoy imaginando ponys y praderas verdes con grandes manantiales.— le dijo. —A ver si con eso me relajo y dejo de querer asesinar a mi propio hermano.
La voz de Mcgonagal silenció por completo al comedor. Todos dirigieron la mirada hacia delante y escucharon con atención las palabras de la directora de Hogwarts:
—Señores, quiero informarles que, según una carta recibida por la Orden, la cuarta prueba ha sido ganada por el señor Malfoy. — dijo en un tono alto. —Seguramente encontrarán la noticia en El Profeta de hoy, pero quise ser yo quien les informara del hecho primero. Sus compañeros se reintegrarán en los próximos días.
La mesa de slytherin estalló en vítores que contrastaron con el silencio y la pesadumbre de la mesa de Gryffindor.
Incluso Megara, quien no había hablado ni sonreído desde hacía ya varios minutos, no pudo evitar esbozar una ligera sonrisa.
—Pobre Rose.— dijo Fred. —No importa: la competencia todavía tiene más pruebas y ella podrá recuperarse.
—Hasta ahora van parejos.— dijo Louis. —Rose puede ganarle sin ningún problema.
Hugo, aún cansado, se cruzó de brazos.
—Lo que no entiendo es por qué no han vuelto.— dijo el castaño en voz alta. —Si la prueba ya ha terminado, ¿por qué no están aquí?
Hugo no fue el único que se preguntó eso, pero el hecho de que el castaño lo hubiera pronunciado, dicho en voz alta, convirtió la interrogante en una duda real y categórica.
Durante el resto del desayuno en las mesas del gran comedor no se habló de otra cosa: ¿En dónde estaban los campeones?
22.-
Cuando Rose bajó a desayunar se encontró con un Scorpius sonriente sentado junto a su abuela y frente a su abuelo, tomando una taza de chocolate caliente y unos pastelillos. Parecía, en efecto, disfrutar de la compañía de los señores Granger. Rose recordó lo que habían hablando anoche en el parque: tal vez, pensó, a Scorpius le gustaba imaginar que así era como serían sus propios abuelos.
Rose saludó a todos y se sentó junto al señor Granger. Allí la esperaba su propio desayuno: uno igual al de Scorpius. El rubio la miró con algo que a ella le pareció que era una expresión de felicidad y no pudo evitar estremecerse por dentro. ¿Qué era esa extraña sensación que la llenaba y que la hacía sentirse como flotando en el aire?
—Veo que los dos han adoptado la costumbre de Hogwarts de ducharse temprano por la mañana. —dijo la señora Granger, sonriéndoles, notando que ambos tenían el cabello humedecido. —¿Tuvieron agua tibia? Espero que la hayan disfrutado.
Scorpius esbozó una ligera sonrisa y miró a Rose a los ojos.
—Yo la disfruté mucho, ¿y tú?— le preguntó a la pelirroja.
La gryffindoriana se sonrojó intensamente.
—Algo.— se limitó a decir, incómoda por la situación.
La señora Granger les sonrió ampliamente a los dos.
—Voy a pedirles que vayan por unos ingredientes que el abuelo necesita para practicar una nueva receta.— dijo la abuela. —Por cierto, espero que les haya gustado el pastel de limón que les dejamos ayer por la noche.
Scorpius asintió.
—Estuvo fantástico.— le dijo. —Me gustaría tener la receta para hacérselo a mi madre en algún momento.
—Claro, Scorpius. Te la anotaré en un papel.— dijo el abuelo.
Rose no pudo evitar contener una pequeña risa. Todavía se le hacía sumamente extraño conocer la faceta de cocinero de Scorpius. Le parecía algo de otro mundo.
—¿Rosie, cariño, estás bien?— le preguntó la abuela.
—Sí, estoy bien.— dijo ella, sonriendo. Luego miró a su abuelo. —El pastel estuvo delicioso, como todo lo que cocinas.
—Gracias, gracias.— dijo el señor Granger. —Favor que me hacen, muchachos.
La señora Granger puso una lista sobre la mesa.
—Esto es lo que necesito que consigan.— dijo la abuela. —Son ingredientes un poco complicados de conseguir, pero pueden tomarse todo el día si es necesario. Les daré dinero para que puedan almorzar fuera.
Rose frunció el ceño y miró a su abuela con sospecha. Le parecía claro que estaba haciendo todo eso con la intención de que ella y Scorpius pasaran el día fuera de la casa, probablemente porque creía que eran una pareja de novios que deseaba intimidad y pasar tiempo juntos.
Claro que su abuela no podía imaginar que él y ella eran una pareja bastante singular.
Tragó saliva. Estar sola con Scorpius todo el día implicaba que tendría que conversar con él, y eso implicaba que tendrían que aclarar su situación.
La idea no le gustaba en lo absoluto.
—Abuela, ¿segura que necesitas estas cosas?— dijo Rose echándole un ojo a la lista. —Parecen ingredientes extravagantes.
—Sí, los necesito.— dijo la señora Granger con resolución. —Así que mientras más pronto salgan a buscarlos, mejor. Aquí tienen dinero para que coman algo fuera. El día es largo. No los quiero ver hasta que consigan todo lo indicado en la lista. Punto final.
Rose suspiró.
No había escapatoria alguna.
23.-
Roxanne tomó aire antes de entrar al aula de pociones. Cuando abrió la puerta encontró a Lysander sentado frente a una mesa llena de libros. Parecía anotar algo en su cuaderno con verdadera concentración. Apenas levantó la mirada para verla esbozó una ligera sonrisa.
—Siéntate.— le dijo señalándole distraídamente una silla a su lado.
La morena se echó el cabello negro y lacio hacia atrás y caminó con el mentón en alto hacia la silla. Antes de sentarse la distanció del rubio.
Lysander dejó lo que estaba anotando y miró a la morena por unos breves segundos. Luego estiró su mano y tomó una de las patas de la silla en donde Roxanne se había sentado para arrastrarla de vuelta a su lugar, muy cerca de él. El ruido de la silla deslizándose por el suelo hizo eco en toda el aula.
—Siento que invades mi espacio personal, Lysander.— le dijo Roxanne.
Lysander la miró a los ojos y ella tragó saliva. ¿Por qué tenía que tener los ojos de un celeste tan claro y magnético? Tenía que recordar cómo era la época en la que ni siquiera se había fijado en él como otra cosa que un amigo de la familia. Tenía que recordar cómo era mirarlo a los ojos y no sentir nada.
—Vamos a estudiar, Chocolate.— le dijo él. —Y creo que necesitamos estar cerca para que pueda explicarte cómo realizar correctamente las fórmulas.
Roxanne lo miró como si él le hubiera dado una bofetada.
—Sé muy bien cómo hacer las fórmulas.— le dijo la morena.
Lysander esbozó una sonrisa de autosuficiencia.
—No, no lo sabes.— le dijo el rubio. —He visto tus trabajos. —el rubio le colocó en frente al menos diez pergaminos en los que ella reconoció sus tareas del último mes. —Si no manejas bien la teoría, no te irá mejor en la práctica.
Roxanne cerró los ojos tratando de pasar el mal trago. No le gustaba en lo absoluto que la corrigieran: mucho menos Lysander. Sabía que había descuidado la materia durante el último mes, pero todo eso era gracias al mismo Lysander. ¿Qué tipo de rendimiento podría haber tenido cuando pasó encerrada bailando en su habitación durante días, cansando su cuerpo hasta el máximo como castigo por haber caído en el juego estúpido de un Scamander?
—Eres realmente intolerable.— murmuró ella, casi para sí misma.
Lysander la escuchó y abrió uno de los libros de par en par.
—Quiero que hagas la fórmula de coacción de veritaserum.
Roxanne lo miró completamente descolocada.
—¿Veritaserum?— le preguntó. —¡Debes estar bromeando! No nos han enseñado a hacerla y, además, es muy complicada. Creo que incluso es ilegal usarla sin permiso de…
—No es muy complicada, en realidad, si sabes el procedimiento.— dijo Lysander. —Scorpius me enseñó a hacerla el año pasado. Creo que si aprendes a hacer bien la coacción de los ingredientes del veritaserum podrás hacer cualquier tipo de coacción. Es una forma perfecta de pulir tus errores teóricos y prácticos.
Roxanne volvió a cerrar los ojos e intentó disimular lo mucho que le había molestado el último comentario del ravenclaw.
—Estás disfrutando mucho de todo esto, ¿no es así?— le preguntó ella con sarcasmo.
Lysander asintió.
—Debo admitir que es bastante divertido.— le dijo despreocupadamente.
—Para ti.— le aclaró ella.
—Y lo será también para ti, muy pronto, créeme.— le dijo el rubio.
Roxanne apoyó su codo sobre la mesa y luego descansó, en un gesto de hastío, su barbilla sobre su mano derecha. Miró a Lysander con aburrimiento.
—Sea como sea, no podré hacer la fórmula de una coacción que no conozco.— le dijo la morena. —Así que vamos, sé útil: enséñame.
Lysander sonrió.
—Creí que no ibas a pedírmelo nunca.
Roxanne se sorprendió cuando el rubio sacó de su bolsillo un papel pequeño y lo puso sobre la mesa. La morena lo miró, confundida, a los ojos. Lysander parecía tener todo bajo control y saber exactamente qué estaba haciendo. Esa actitud de confianza lo hacía irradiar seguridad y firmeza, probablemente una de las cosas que más le gustaba a todas las chicas de ravenclaw que suspiraban por él.
—Lysander, basta de juegos. ¿Qué se supone que es esto?— preguntó Roxanne, algo molesta.
—Te enseñaré a hacer la coacción de una poción veritaserum, pero voy a pedir algo a cambio.— le dijo el rubio.
La morena bufó, incrédula.
—Eres mi tutor, no se supone que me pidas nada a cambio. Le diré al profesor Laurent…
Lysander la interrumpió cubriéndole la boca con su mano.
—No le dirás nada al profesor Laurent, porque sí, soy tu tutor, pero nada me obliga a enseñarle cómo hacer una poción como la de veritaserum.— le dijo el rubio. —Mi obligación es enseñarte a hacer bien lo que has hecho mal durante un mes de clases. Si no quieres aprender algo que te hará ser, sin duda alguna, la mejor en pociones de tu clase, es cosa tuya. Siempre puedes decir que no quieres que te enseñe, acobardarte, dar un paso atrás. Y si es así, dedicaremos estas horas de estudio a otras cuestiones.
Roxanne agitó la cabeza liberándose de la mano de Lysander y guardó silencio. ¿Cómo iba a rechazar la posibilidad de aprender la fórmula de una poción tan compleja y misteriosa? Un ravenclaw jamás le decía que no al conocimiento.
"Lo tiene todo muy bien planeado", pensó la morena, "Sabe que no podré negarme".
Roxanne respiró hondo y lo miró con soberbia.
—De acuerdo.— le dijo la morena. —¿Qué es lo que quieres a cambio?— le preguntó. —Y ni se te ocurra decir que quieres que te perdone o que volvamos juntos porque eso no ocurrirá ni aunque supieras cómo hacer una poción que resucitara a mi tío Fred de la tumba.
Lysander levantó una ceja.
—¿Ah sí?— le preguntó. —¿En verdad serías tan cruel como para no permitir que tu padre pudiera disfrutar otra vez de la compañía de su hermano muerto?
Roxanne se sonrojó y tragó saliva.
—Fue sólo un ejemplo hipotético.— se justificó. —Exageré.
Lysander miró el papel que había puesto sobre la mesa y luego miró a Roxanne a los ojos.
—Lo que quiero a cambio de enseñarte a hacer una poción veritaserum es que, en un papel como ese, escribas diez cosas que quieras que haga.— le dijo el rubio. —Diez cosas realizables que quieres que haga. Y si yo las cumplo, tú me darás una segunda oportunidad.
Roxanne pestañeó repetidamente durante un par de segundos y luego sonrió, dejando salir una corta risa de incredulidad.
—No estarás hablando en serio, ¿o sí?— le dijo fijando sus ojos negros en los de él. —Debe ser una broma.
Lysander negó con la cabeza.
—No lo es, Chocolate.— le dijo el rubio. —Te reto a que hagas una lista de diez cosas realizables, nada de resucitar a tu tío muerto, por ejemplo; diez cosas que quieras que haga para volver contigo. Y si logro llevar a cabo tu lista, tendrás que perdonarme.
Roxanne no borró la sonrisa de incredulidad de sus labios.
—¿Tienes alguna idea de lo perjudicial que puede ser esto para tu salud mental, física y social?— le dijo la morena. —Porque sabes que haré esa lista la más viva representación del infierno.
Lysander esbozó una sonrisa.
—Te desafío a escribir el infierno de Dante si te place, porque yo circularé por cada uno de sus niveles.— le dijo el rubio.
—Dante.— repitió Roxanne, cruzada de brazos. —La biblioteca muggle del abuelo Arthur te ha hecho mucho mal.— la morena tomó una pluma que reposaba sobre la mesa y la humedeció en el tintero. —Tú mismo lo has pedido, Lysander. Me gustará ver cómo te rindes y por fin me dejas en paz. Acepto el reto.
El ravenclaw vio cómo la morena empezaba a escribir algo en el papel para luego doblarlo y entregárselo.
Cuando Lysander leyó el contenido la sonrisa de su rostro de evaporó para no volver.
Roxanne sonrió, divertida por la reacción del rubio.
—Puedes rendirte ahora mismo si eso quieres.— le dijo.
Lysander clavó sus ojos celestes en ella con astucia mientras se introducía el pedazo de papel en el bolsillo.
—Ya veremos quién de los dos se rinde primero.
24.-
[13.00 pm]
—No entiendo por qué estás de malhumor.— dijo Scorpius mientras seguía a Rose por el supermercado.
—¿Es que no lo ves?— le dijo mostrándole la lista. —¡Estos ingredientes son imposibles de encontrar! Lo hizo a propósito. Debí suponerlo. De hecho, lo supuse: pero debí haberle dicho que lo suponía.
—Sigo sin entender por qué te molesta tanto.— le dijo el rubio. —Es evidente que tu abuela sólo quería que saliéramos juntos. Es una persona bastante perceptiva.
—Ya.— se limitó a decir Rose mientras revisaba una vez más en la sección de enlatados. —Encontrar todo esto será tan difícil como la cuarta prueba.
Scorpius se cruzó de brazos y la miró con sospecha.
—Creo que estás evitando que hablemos sobre lo que hicimos toda la noche y esta mañana en la ducha.— le dijo el slytherin. —Y no entiendo por qué: tarde o temprano tendremos que tocar el tema.
Rose lo miró con timidez.
—Prefiero que sea tarde.
[14.30 pm]
—Rose.— dijo Scorpius, sentado frente a ella en la mesa de un restaurante de comida rápida. —Creo que antes de comer deberíamos hablar.
—¿Te he contado la historia de cómo casi fui mordida por un tiburón tigre por culpa de Hugo en un acuario a las afueras de Londres?
—No…
—Pues mira: la historia comienza cuando yo…
[16.00 pm]
—Rose, ya tenemos casi todos los ingredientes y creo que…— comenzó Scorpius, pero la gryffindoriana lo interrumpió.
—¿Sabes que nunca he entendido por qué Firenze siempre ha dicho que tengo talento para la Adivinación?— le dijo ella. —Es decir, no creo tener ese talento, tampoco soy especialmente buena en la materia. Sólo me esfuerzo para tener buenas calificaciones, como todos. Y, sin embargo, tanto a mí como a Dominique nos llena de historias sobre el alto nivel de percepción que tenemos. Si se lo contara a mamá, se reiría mucho.
—Rose…
—¡Mira!— exclamó ella. —¡Un cangrejo azul!
[18.45 pm]
—… Y es por eso que me pusieron Rose.
—Ya veo.— dijo Scorpius entre cansado y aburrido. —Pero…
—Ahora te contaré cómo fue que mis padres decidieron llamar a Hugo, Hugo.
[21.00 pm]
—No puedo creer que por fin lo tengamos todo.— dijo Rose, aliviada. —Por fin podremos regresar a casa.
Rose avanzó hacia la moto, pero Scorpius la tomó por el brazo y la obligó a volver.
—He tenido mucha paciencia, Rose.— le dijo el slytherin. —He soportado que evadas el tema todo el día, pero ya no: tenemos que hablar.
La gryffindoriana tragó saliva. Estaban en una calle del centro de la ciudad y había gente por todos lados y muchos vehículos aparcados en las aceras.
Rose suspiró.
—No sé qué decir.— le dijo ella. —Así que tú comienza.
Scorpius le dedicó una mirada severa.
—Me sorprende que no sepas qué decir cuando has estado hablando sin parar todo el día de cosas que no me podrían importar menos.— le dijo él.
Rose lo miró ofendida.
—Te he estado contando cosas de mi vida.— le dijo. —Si no te interesan no deberíamos siquiera plantearnos esto de estar juntos.
Scorpius soltó una risa corta llena de sarcasmo.
—Así que de eso se trata.— le dijo. —Estás buscando cualquier excusa para no tener que relacionarte conmigo. Eres una cobarde que no le hace honor a su casa. ¿Por qué no mejor me lo dices directamente? Dime que no quieres tener nada que ver conmigo, que no estás dispuesta a enfrentar los problemas que te daría salir con un Malfoy.
Rose se soltó de él con brusquedad.
—¿Crees que esa la razón por la que me cuesta hablar de esto contigo?— le dijo indignada. —¡No soy cobarde! Eres tú quien terminó todo conmigo porque no querías enfrentar los problemas que te traería salir con una Weasley, y no viceversa.
—¡Ya te dije que lo sentía!— exclamó Scorpius, hastiado. —No sé cuántas veces más quieres que me disculpe. ¿Quieres que me arrodille? ¿Qué me corte un brazo y te lo entregue en una urna de cristal?
—¡No quiero eso!— le respondió Rose, alterada. —Simplemente no sé qué hacer. Tú no eres el único que puede tener dudas, además, no entiendo qué esperas de mí. ¿Quieres que sea tu novia o tu amante o tu amiga con derechos o sólo tu rival? No es como si me hubieras pedido que fuera tu novia, sólo lo andas diciendo tanto a tu familia como a la mía cuando en realidad nosotros…
—Sé mi novia.
Rose se paralizó y sus ojos azules se clavaron en los de Scorpius. La mirada gris, metálica, del slytherin era clara, profunda y llena de decisión. Ella pestañeó varias veces.
No podía ser cierto: sus oídos le estaban fallando, estaba claro.
—¿Qué?— le preguntó ella, confundida.
Scorpius respiraba agitadamente. Su rostro parecía como el de quien ha arriesgado todo a una jugada y aún no sabe si ha valido la pena hacerlo. Aún así la miraba con total resolución. Y Rose supo que no estaba jugando.
—Quiero que seas mi novia.— le dijo él una vez más. —Quiero que sea oficial. No quiero esconderme ni esconderte. No quiero que sea como al principio: esta vez quiero que todos sepan que estamos juntos.— hizo una ligera pausa y se pasó la mano por el cabello rubio, echándolo hacia atrás. —Si tengo que hablar con tu padre, lo haré. Si tengo que hablar con tus primos, con tu hermano, con quien haga falta, lo haré. Haré cualquier cosa porque no puedo imaginarme sin ti. Porque no quiero imaginarme sin ti. ¿Lo entiendes?
Los ojos de Rose se humedecieron y ella asintió, muda, incapaz de pronunciar palabra. Todo su cuerpo temblaba a pesar del calor.
Scorpius se acercó a ella y le acarició la mejilla. Rose cerró los ojos, aceptando la caricia.
—¿Tienes miedo?— le preguntó él, por lo bajo.
—Un poco.— admitió ella, todavía estremecida.
Scorpius la tomó entre sus brazos y la abrazó fuertemente. Ella se hundió en el pecho del rubio y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió a salvo.
—No tengas miedo de mí.— le dijo él. —Juro que no volveré a equivocarme tanto. Sólo necesito que me des la oportunidad para probártelo.
—Pero… Sí entiendes que esto es una locura, ¿verdad?— le preguntó ella. —No sólo por nuestras familias y el colegio, sino por la competencia. — hizo una pausa. —¿Qué pasará con nosotros y la competencia?
Scorpius apoyó su barbilla sobre la cabeza de la pelirroja.
—Seguiremos compitiendo, Rose.— le dijo. —Seguiremos luchando por lo que queremos, hasta el final.
Rose se humedeció los labios.
—¿Y qué ocurrirá después?— le preguntó ella.
Scorpius sonrió levemente.
—No lo sé.— le dijo con sinceridad. —Pero pienso arriesgarme. ¿Y tú?
Rose guardó silencio durante algunos segundos y recordó, una vez más, otra frase que su abuela le había dicho el día anterior en el jardín:
"Sabrás qué hacer si te das tiempo para descubrirlo y, sobre todo, si aprendes a dejar a un lado el miedo. Sólo entonces empezarás a darte cuenta de que, en el fondo, siempre has sabido exactamente qué hacer."
Rose esbozó una pequeña sonrisa y, para el alivio y la felicidad de Scorpius, le respondió:
—Yo también.
25.-
Aarón miró por la ventana cómo el sol caía y las nubes se volvían oscuras, invisibles, con la amarga sensación de que pasaría algún tiempo hasta que pudiera volver a pasear libremente por las calles. Suspiró y se pasó una mano por el cabello castaño, lacio, echándolo hacia atrás. No podía dejar de sentir un nudo en la garganta, no sólo por la frustración de verse atrapado allí, en una habitación de la casa de Rizieri, una habitación que más bien era una cárcel de seguridad por todos los hechizos que el mago le había lanzado para evitar que él saliera; sino también porque había sido lo suficientemente descuidado como para dejarse atrapar por Ásban en su propio hogar. Por alguna razón creyó que el mago no se atrevería a irrumpir entre sus cosas, a buscar entre sus papeles y quedar como un husmeador delante de sus compañeros miembros de la Orden. Sin embargo ahora estaba claro que el mago había alcanzado su límite y estaba dispuesto a mancharse las manos si con ello lograba sacarlo del camino.
Aarón se apoyó contra la pared y tensó los músculos: estaba muy lejos de atrapar a Ásban, muy lejos de revelarlo como lo que en verdad era.
No pudo evitar soltar un gruñido lleno de rabia. Por su culpa, por su descuido, ahora Rose estaba expuesta. Empezó a caminar en círculos, nervioso. Era un hecho que Ásban buscaría atacar a Rose ahora que él no estaba para protegerla. Enviaría a los hombres que estaban a su cargo, los suicidas de la Orden, y continuaría con su labor de amedrentarla para que se retire de la competencia.
Ásban era peligroso, pero él era el único que lo veía. ¿Cómo podría Rose creerle nada después de lo de Cycill? Aarón se llevó una mano al rostro y la dejó correr. Lamentaba haber tenido que llegar a ese extremo para mudar, sin sospechas, a Rose a una sala común más segura. A pesar de todo, a pesar de que Rose lo odiara, no se arrepentía de haberlo hecho. Gracias a eso la pelirroja había sido trasladada a una sala común prácticamente impenetrable. Gracias a eso nada grave, salvo haber perdido su lechuza y unos cuantos rasguños, le había pasado.
Aarón entornó los ojos. "Ella consideraba a Cycill mucho más que una lechuza", se dijo a sí mismo. Suspiró. Sabía muy bien que sus métodos no eran precisamente los más puros e inocentes. Sabía que todo había empezado para él como una cacería en la que Rose era un perfecto anzuelo. La cacería para él continuaba, pero Rose ya no era un simple instrumento para él. Por una parte detestaba que fuera así; detestaba tener una traba sentimental que lo desconcentraba de su objetivo principal: Ásban. Pero por otro lado no podía dejar de sentirse arrastrado hacia la gryffindoriana. Era como si ambos compartieran una conexión extraña y profunda, una conexión que los hacía entenderse incluso más allá de las palabras.
Aarón sentía que, en el fondo, Rose era muy parecida a él. Sólo eso explicaba que se entendieran a un nivel tan profundo.
El castaño apretó los puños. Tenía que poner a Ásban en evidencia, tenía que demostrarle al mundo lo que él ya sabía: que Ásban había matado a su madre por la investigación sobre Morgana Pendragon, que había llevado a su padre al suicidio, haciéndolo sentir culpable de la misma investigación. Tenía que demostrarles a todos que ahora iba tras de él porque estaba continuando la labor inacabada de sus padres. Tenía que demostrar que Ásban quería sacar a Rose Weasley del camino por su relación con Morgana. Tenía que hacerlo antes de que fuera demasiado tarde.
Aarón cerró los ojos con fuerza. Jamás conseguiría detenerlo así, en el aprieto en el que se encontraba ahora. Sería muy difícil volver a ser parte del equipo de seguridad de Rose y de Scorpius después de que se había develado lo de Cycill y el primer ataque. Tampoco podría hundir a Ásban si no terminaba de entender cuál era la razón por la que el mago odiaba tanto la figura de Morgana la Fey; cuál era la razón por la que quería a Rose Weasley fuera de la competencia.
Aarón no creía ni por un momento el discurso de Ásban. Aquello de que "temía que la profecía de Morgana expresara el peligro que Rose representaba para el mundo mágico" era una excusa. A alguien tan retorcido como Ásban no podía importarle e futuro del mundo mágico, sino más bien su propio futuro. La pregunta era, ¿qué peligro representaba Rose, como heredera directa de los poderes de Morgana, para el viejo mago?
"No voy a parar hasta que te vea tras las rejas", pensó Aarón, "Vas a pagar por lo que le hiciste a mis padres. Lo juro."
Entonces, para su enorme sorpresa, la puerta de la habitación se abrió con un estruendo que levantó humo y polvo. Aarón retrocedió y se cubrió la boca y la nariz. Intentó divisar a través de la niebla de residuos y partículas. Rizieri se había ido hacía algunas horas, él mismo lo había escuchado marcharse.
Rizieri no necesitaba explotar la puerta de la habitación para abrirla porque sabía las claves para revertir sus hechizos de seguridad.
Aarón sintió su corazón latir con fuerza. "Ya está", pensó, "Es Ásban o uno de sus esbirros. Han venido a matarme".
Pero la figura de Earlena apareció frente a sus ojos y, anonadado, la miró en silencio, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.
La bruja caminó hacia el interior de la habitación. Tenía su varita asida por su mano derecha y su cabello había vuelto a ser azul. Sus ojos lila se clavaron en los del castaño.
—Dijiste que crees que Ásban mató a tu madre.— dijo le bruja. —Dijiste que crees que lo hizo por la investigación que ella estaba haciendo sobre Morgana.
Aarón no dijo nada. Se limitó a mirarla con confusión y sorpresa.
Earlena sacó del bolsillo de su túnica un fajo de cartas viejas y las tiró al suelo.
—Cuando nos encargamos personalmente de la investigación detrás de la muerte de tu madre Ásban afirmó no saber nada de sobre los estudios que ella estaba haciendo sobre Morgana.— dijo la bruja. —Dijo que no había, tampoco, mantenido correspondencia con tu madre sobre temas de historia mágica. Lo afirmó, lo recuerdo bien, varias veces.— los ojos de la bruja se humedecieron. —Nadie se lo preguntó: son cosas que dijo en momentos en los que charlábamos sobre el asunto. Cosas que uno dice de repente, porque surge determinado tema y es apropiado decirlo. Se supone que yo no debería recordarlo, pero yo recuerdo todo.
Aarón se inclinó y tomó las cartas entre sus manos. Pronto, cada una de sus articulaciones empezó a temblar. La letra del remitente era una letra final, elegante y estilizada. Una letra que conocía mejor de lo que se conocía a sí mismo.
Era la letra de su madre.
—Ásban debió quemar estas cartas, pero por alguna razón no lo hizo.— le dijo Earlena. —Y yo las he encontrado.
Aarón sintió cómo su sangre corría con más fuerza por el interior de sus venas. Su corazón le latía a la altura de la garganta como un tambor de guerra. Su visión se había, de repente, nublado.
Earlena seguía mirándolo a los ojos con firmeza.
—No tengo idea de si esto significa que tú tienes razón, que Ásban no es quien todos creemos que es.— dijo la bruja. —Pero sé que hay algo que no está bien, algo que no encaja en todo este asunto. Y no voy a permitir que este rompecabezas quede incompleto: se lo debo a tu madre y a tu padre.
Aarón la miró, exaltado, a los ojos.
—¿Por qué estás aquí?— le preguntó él. —Porque supongo que no has derribado la puerta de Rizieri sólo para hacerme saber que estás dudando de Ásban y que, tal vez, empiezas a verme como algo más que un tipo enloquecido por traumas familiares.
Earlena no tardó más de tres segundos en responderle:
—He venido a liberarte.
Aarón la miró como si no creyera lo que acababa de escuchar. Frunció el ceño, confundido, y aún con las cartas en la mano retrocedió un paso.
—¿Por qué?— le preguntó él.
Earlena levantó ligeramente el mentón. Sus ojos estaban húmedos.
—Porque te conozco desde que eras un niño y sé que no eres un criminal.— le dijo la bruja. —Porque sospecho que si, en efecto, le hiciste lo que le hiciste a Rose Weasley fue porque creías que era necesario para protegerla.— tragó saliva. —Vengo a liberarte porque temo que tengas razón y que todo esto haya sido una distracción para poder atacar a esa chica con mayor libertad.
Aarón contuvo la respiración.
—¿Estás diciéndome que tengo permiso para ir a Hogwarts y seguir protegiéndola?
Earlena negó con la cabeza, nerviosa.
—No lo entiendes.— le dijo ella. —Rose Weasley no está en Hogwarts. Ásban sugirió que dejáramos que descansara con su familia en el mundo muggle un par de días y ahora empiezo a pensar que… Ya no sé qué pensar.— Earlena suspiró. —Rose Weasley está con los Granger.
El rostro de Aarón se volvió lívido, como una hoja de papel.
—No está en Hogwarts…— pronunció, casi para sí mismo. —No está en Hogwarts…
Earlena se llevó una mano a la frente.
—Pusimos campos de seguridad, pero no los suficientes si alguien quiere atacarla, alguien que sepa que está allí. Y Ásban ciertamente lo sabe.— dijo la bruja. —Pero quizás nada de esto es como parece: quizás Ásban no es lo que crees ni lo que sospecho y todo son coincidencias y…
—Los coincidencias no existen.— dijo Aarón mirándola con resolución. —Necesito que pronuncies las palabras: necesito que me ordenes ir a la casa de los Granger ahora mismo, antes de que sea demasiado tarde.
Earlena, aturdida, asintió.
—Como miembro de la Orden de Merlín te ordeno que retomes tu labor como líder del equipo de seguridad de los campeones…
Earlena no pudo terminar. Aarón le entregó el paquete de cartas y salió bruscamente de la habitación.
La noche ya había caído y el cielo era un pozo sin fondo.
26.-
Rose y Scorpius regresaron a la casa en silencio, pero cómodos el uno con el otro. Disfrutaron del camino en moto y la pelirroja pasó casi todo el tiempo con una ligera sonrisa dibujada en su rostro. Se sentía bien: como no se había sentido en mucho tiempo. Era increíble cómo había bastado con tomar una decisión, con enfrentar la disyuntiva, para tener claro lo que tenía que hacer.
Ya no tenía por qué preocuparse más por su futuro con Scorpius: ninguno de los dos podían saber lo que ocurriría. Bastaba con fijar la mirada en el presente y aceptar lo que sentían.
Rose pensaba en esto cuando aparcó la moto y vio, algo sorprendida, que a pesar de que el cielo ya se había ennegrecido la casa de sus abuelos estaba en la total penumbra, sin ninguna luz encendida.
Todavía más extraño le pareció cuando Scorpius y ella se acercaron al pórtico y encontraron la puerta entre abierta.
—¿Abuela?— preguntó Rose en voz alta. —¿Abuelo?
Scorpius, quien tenía el ceño fruncido, empujó la puerta y entró seguido por la gryffindoriana. Todo estaba oscuro, pero no lo suficiente como para no ver. El salón estaba igual que siempre salvo por una lámpara que había caído al suelo y se había hecho añicos.
Scorpius se detuvo bruscamente y forzó a Rose a dejar de caminar también. Sus ojos grises buscaron en la estancia algún signo, algo que confirmara sus sospechas, algo que no fuera sólo ese sentimiento extraño y desconcertante que daba una casa recientemente invadida.
Fue entonces cuando vio una sombra proyectándose desde la puerta de la cocina y que luego desapareció. Era una sombra masculina y que nada tenía que ver con la figura del señor Granger.
El slytherin se mantuvo quieto y, sin dudarlo dos veces, se dirigió a la gryffindoriana:
—Rose.— murmuró Scorpius por lo bajo, pero con rotundidad. —Sube las escaleras y toma tu varita.
La pelirroja lo miró con el pánico reflejado en su rostro.
—¿En dónde están mis abuelos?— fue todo lo que pudo preguntar.
—Haz lo que te digo.— repitió Scorpius con firmeza. —Hazlo ya.
Rose negó con la cabeza.
—No voy a dejarte solo. — le dijo. —Si hay alguien en la casa y tú estás solo…
—Si hay alguien en la casa y ninguno de los dos está armado, estaremos en problemas.— le dijo el rubio. —Necesito que subas por tu varita.
Rose tragó saliva y se dirigió a las escaleras. Desde allí miró una vez más a Scorpius.
—¿Estarás en el mismo lugar cuando regrese?— le preguntó ella.
Scorpius se limitó a asentir, pero su mirada estaba fija y alerta en la oscuridad del salón que conectaba con el comedor y la cocina. No quería decirle lo que había visto porque, si lo hacía, ella no subiría las escaleras. Tenía que alejarla de allí de algún modo. La excusa de la varita serviría por unos minutos. Y si ella conseguía tenerla entre sus manos podría protegerse en caso de que algo saliera mal.
Rose se apresuró a subir las escaleras.
Con el corazón latiéndole intensamente dentro del pecho la pelirroja avanzó por el pasillo. El silencio era sepulcral y, cuando entró a su habitación, avanzó hacia el velador que era iluminado por la luz lunar que entraba por la ventana.
Se sorprendió cuando no encontró su varita allí.
—No puede ser…— murmuró. —La dejé aquí, estoy segura.
Fue entonces cuando el chirrido de una puerta detrás de ella la hizo congelarse y, después de unos segundos , aterrada, voltear precipitadamente.
La puerta del baño se abrió con lentitud para dejar ver, primer una mano, y luego la mitad del rostro de un hombre a quien ella no había visto jamás. Su vestimenta, sin embargo, era muggle, y en sus ojos había algo que Rose encontró peligroso y que la hizo retroceder.
—¿Buscabas esto?— le preguntó él mostrándole su varita. —Estos artefactos son realmente extraños.— le dijo mientras sacaba, a su vez, la varita de Scorpius del bolsillo de su jean y le sonreía. Con otra mano sacó algo que Rose reconoció como un arma de fuego: una pistola que sabía muy bien era en extremo peligrosa. —Me temo que no voy a dártelos. Ahora, ¿quieres ver a tus abuelos, bruja?
Rose, entre aturdida y paralizada por el miedo, se dejó conducir por el pasillo y bajar las escaleras. Scorpius no estaba en el salón. El hombre la empujó para que siguiera caminando y ella sólo pudo escuchar los latidos de su propio corazón y el sonido que su mente hacía mientras que cientos de ideas se chocaban unas contra otras dentro de su cabeza. Se dio cuenta de que sus manos habían empezado a sudar y de que sus extremidades temblaban ligeramente.
¿Era así como se sentía un pequeño animal cuando se convertía en la presa de una fiera?
Rose se vio empujada a la cocina y, con sorpresa, vio a sus abuelos sentados en dos sillas, apuntados con lo que parecía ser un rifle que un segundo hombre de melena negra, larga y espesa sostenía entre sus manos. Scorpius estaba allí también, inmóvil, como midiendo sus posibilidades y, a la vez, siendo muy cauto. Sus ojos grises la miraron de forma misteriosa. Ella le dedicó una expresión de vacío total que se asemejaba a lo que ocurría en su mismo interior.
Ese hombre armado que la había conducido hasta allí tenía sus varitas.
Sin sus varitas jamás podrían defenderse.
—Supongo que estas cosas son valiosas para ustedes, brujos.— les dijo el hombre a Rose y a Scorpius, mostrándoles las varitas que tenía en la mano. —No creo que pueda devolvérselas, lo siento.
Scorpius y Rose vieron cómo el hombre las rompía contra su pierna y las dejaba caer al suelo.
Allí, entre los pedazos rotos de madera, había quedado cualquier esperanza de poder defenderse.
Rose trató de tranquilizarse. Sus ojos azules se fijaron en los de sus abuelos, quienes la miraban con lágrimas en los ojos, asustados, no por ellos sino por ella. La pelirroja no soportaba verlos así. Tenía que pensar con claridad: aquellos hombres eran muggles. Quizás sólo habían entrado a robar. Con un poco de suerte nadie tenía por qué salir lastimado.
El abuelo Granger tomó la palabra.
—Pueden llevarse todo lo que quieran.— les dijo. —Todo.
El hombre de la melena larga lo miró con desprecio y le asestó, con la culata de su rifle, un golpe en el rostro que lo hizo gritar y sangrar de inmediato.
—¡No!— gritó Rose, quien quiso correr hacia su abuelo, pero el segundo hombre a apuntó a la cabeza con el arma y Scorpius, quien también había tenido la misma reacción de Rose, se petrificó.
—No tan rápido, preciosa.— le dijo. —Es mejor que te quedes quieta o créeme, te pesará.
Rose tragó saliva mientras veía cómo su abuela rompía en llanto.
—Por favor, Rose, haz lo que te dicen.— le suplicó la abuela.
El hombre de la melena larga continuaba mirando al señor Granger con desdén. La sangre caía al suelo en pequeñas gotas.
—¿Crees que estamos aquí para robar?— le preguntó, ofendido. —¿Crees que queremos alguna de sus asquerosas cosas mágicas?
Scorpius, entendiendo cuál era el cariz de la situación, dio un paso hacia delante.
—Esta familia no tiene magia.— les dijo. —Yo soy el único mago. Las varitas eran mías. Déjenlos en paz.
El hombre de la pistola rió intensamente mientras jugaba con el arma en su manos.
—¿Y crees que vamos a creerte eso?— le dijo él, sonriéndole. —De cualquier manera: buen intento.
Rose, con el corazón en la garganta, notó que ambos hombres usaban botas negras y grandes, parecidas a los de los militares. Empezaba a ser claro que eran muggles que odiaban a los magos y que buscaban algún tipo de venganza histórica. La pregunta era, ¿cómo habían llegado a dar con ellos? ¿Por qué la Orden no estaba allí cuando la casa había sido invadida?
Y entonces la lógica hizo que comprendiera todo: el campo de protección avisaría a la Orden si un mago o bruja invadía la casa, no un muggle. Después de todo a lo que temían era a los hombres de capa plateada que de vez en cuando iban sobre threstrals, no a pobres e indefensos muggles.
La realidad era que nadie iría a salvarlos.
Nadie sabía que estaban en peligro.
—Hoy por hoy los magos que viven en nuestro territorio deben ser mucho más cuidadosos.— dijo el hombre de la pistola. —Basta una llamada de un vecino, una denuncia del verano pasado de que vio una pelota extraña entrar a su patio trasero. Una pelota que ahora sabe que es de un juego mágico, pero que su vecina le dijo que se trataba de un deporte australiano de poca monta… Ahora ese tipo de descuidos son mortales.
Rose cerró brevemente los ojos. Recordaba perfectamente cómo el verano pasado Hugo había dejado caer una quaffle al patio continuo y ella había tenido que ir a rescatarla con la excusa de que se trataba de la pieza de un deporte poco conocido. Lo recordaba perfectamente.
—¿Por qué no jugamos un juego?— propuso el hombre de la pistola, claramente entretenido. —El juego se llamará: convence al muggle de que no me mate. —la abuela seguía sollozando mientras que el abuelo parecía adolorido y con el rostro inflamado. —Es mucho más complicado de lo que creen: después de todo, los magos han asesinado y torturado a nuestra especie durante siglos sin ningún tipo de retaliación. Pero, para que vean que no soy injusto, les daré la oportunidad de convencerme.
Rose sintió cómo la voz se le quebraba.
—Por favor, dejen en libertad a mis abuelos.— dijo ella en un tono lastimero. —Pueden hacer conmigo lo que quieran, pero déjenlos en paz, por favor, son muy viejos y frágiles. Por favor no los hieran. Haré lo que sea.
El hombre de la pistola sonrió ampliamente.
—¿Lo que sea?— le preguntó mientras se acercaba a ella y le susurraba en el oído. —¿Y si te pido que mates a tu amigo el rubio?
Scorpius miró a Rose con una expresión imposible de dilucidar. Ella, con los ojos húmedos, negó con la cabeza enérgicamente.
—No, eso no.— respondió ella.
—¡Ah!— soltó el hombre. —Entonces no es lo que sea. No harías lo que fuera por tus abuelos, preciosa. No ofrezcas lo que no puedes dar.
Rose vio, con verdadero pánico cómo el hombre caminó hacia la señora Granger y la apuntó con la pistola en la cabeza. Scorpius se tensó y apretó los puños. Rose contuvo un grito ahogado y el abuelo Granger intentó levantarse de la silla y lanzarse contra el atacante, pero el hombre de melena lo tomó por el cuello y lo lanzó al suelo para luego patearlo con sus enormes botas.
—¡No, por favor! ¡Paren!— gritó Rose quebrándose por fin y llorando mientras que todo su cuerpo temblaba.
La señora Granger fijó sus ojos marrones en los grises de Scorpius.
—No dejes que la lastimen.— le dijo con serenidad mientras dos gruesas lágrimas corrían por sus mejillas. A pesar del miedo, se mantenía firme y digna. Y Scorpius creyó ver en ella algo parecido a la resignación. —Protégela.
—Abuela…— murmuró Rose, aterrada, viendo cómo la pistola permanecía a unos milímetros de la frente de la señora Granger.
El hombre que sostenía el arma contra Jean Granger miró a Rose y le sonrió.
—Vamos, preciosa, te doy una sola oportunidad de convencerme.— le dijo él. —Pero debes apresurarte. La vida de tu abuela está en juego.
Rose, temblando, sólo pudo repetir lo que ya había dicho:
—No, por favor, no.— suplicó.
El hombre amplió su sonrisa de forma macabra.
—Eso, preciosa, no es un argumento.
Y disparó.
Bueno chicas y chicos, tengo que decirles que, como pueden notar ahora por el final del capítulo, es aquí cuando comienza la parte ANGST del fic. Sé que muchos odiarán, detestarán esta parte, pero creo que nunca fue un secreto que la habría. No me gustan las historias color de rosa y trato de darle emoción al argumento. Aún así quiero decirles que, para su alivio, la parte angst durará poco, sólo el próximo capítulo. Y eso es todo, espero que les haya gustado. Esperaré impaciente sus reviews.
