Disclaimer: Ni Sweeney Todd ni su flipante música me pertenecen. ¡Pero eso no significa que no pueda disfrutar de ellos! ^^
Copyright: Por favor, no copiar :)
Es cortito, lo sé, pero estoy tratando de pillarle el hilo de nuevo ^^ ¡Feliz Navidad a todos!
(¡Sólo queda 1 capitulo para batir mi record!...)
Reencuentros
—¡Sé dónde está! —gritaba Johanna a las puertas de la que ya no era su casa—. ¡Os llevaré hasta ella, mi señor!
—¡Johanna! —exclamó el ama de llaves.
—¿Johanna? —preguntó el Bedel asustado.
—¿Johanna? —preguntó el Juez, con la mirada iluminada.
—¡JOHANNA! —gritaron los tres, corriendo a la puerta.
—¡Por favor, por fav-! —se cortó al ver a los tres mirándola con ojos ansiosos.
Pero sus miradas eran claramente diferentes. La ama de llaves casi la miraba como a una hija. Ella sabía que era eso, pero se preguntaba por qué. Vamos a ver, no solían tener mucho contacto ni nada, y la mujer daba un poquito de miedo a veces...
El Alguacil, (pobre hombre, dicho sea de paso, que siempre andaba a trancas y barrancas para protegerlas) le decía con la mirada: "¡Vete! ¡Huye mientras puedas!"
Pero él único que hizo algo, porque podía hacerlo, fue el Juez, la agarró del brazo y la metió a la fuerza en la casa.
Ya no había vuelta atrás.
El sonido de unos nudillos al chocar contra la puerta fue lo que rompió el silencio de la noche.
Tobías fue a abrir por orden del pálido y dejado marinero, que bebía en una esquina y apenas articulaba palabra. Apenas dos horas y parecía que se le hubiese derrumbado el mundo encima.
Era patético, pensaba el chico, yendo a abrir la puerta.
—Buenas noches, hijo —sonrió un poco avergonzado el barbero, levantando una bolsa marrón—. ¿Me dejas pasar? Os traigo comida —en su cara apareció una minúscula sonrisa, de hecho sólo levantó medio milímetro la comisura de los labios. Parecía un poco tímido, cosa extraña. Pero de todas formas, Tobías se temió lo peor.
—¡No, fuera! —gritó, cerrando la puerta.
—¡Por favor! —exclamó—. ¡Sólo quiero verla!
—¡Viene a matarla! —le acusó.
—¡No!
—Chico, déjale pasar —gruñó Anthony—. Me estáis dando dolor de cabeza.
—¡Pero va a matarla!
—¿Y qué? ¡Que la mate! Un problema menos.
—¡NO! —sollozó horrorizado.
El marinero se levantó, ya no parecía él para nada, estaba destrozado, y le apuntó con el cañón de la pipa a la nuca.
—Si no le dejas pasar, primero irás tú.
Asintió a regañadientes y dejó pasar al Sr. Todd. Éste se mostró desconcertado ante la escena, pero decidió actuar y quitarle el arma de la cabeza.
—Sé que sólo es una estratagema, a mí no me engaña —le dijo el niño con rencor.
—No seas idiota —contestó el aludido.
—Vamos fuera —dijo Anthony, tirando del chaval.
El asesino se preguntó por qué actuarían así. Si bien era cierto que le habían mandado matarla, eso no significa que fuese a hacerlo, ¿verdad?
Lo había estado pensado, y mucho. ¿De verdad quería matarla? ¿Eran tan horribles las mentiras que le había contado sólo para protegerse?
Uno no elige a sus padres.
Se sentó a su lado, pensativo, mientras la miraba soñar. Estaba terriblemente pálida, como si estuviera muerta, tenía la nariz roja y ojeras bajo los párpados. Pero aún así, estaba tan caliente que parecía recién sacada del infierno.
Empezó a preocuparse.
¿Y si se moría? No importaba lo enferma que estuviera ni lo joven que fuese, él la quería... de alguna forma. No podría jamás olvidar a su Lucy, por supuesto. Ella era irreemplazable
Pero de todas formas, también sentía algo por la Sra. Lovett. ¿Amor? Quién sabe. ¿Cariño? Sí, esa era la palabra.
Un cariño infinito.
Acarició su mejilla suavemente y comprobó que estaba ardiendo.
¿¡Cómo pueden tenerla tan tapada!? Pensó angustiado. ¡Le dará algo como tenga tanto calor! ¡Se morirá de calor en vez de enfermedad!
La destapó completamente y empezó a desabrochar su corsé.
—No... por favor... —empezó a delirar.
—Es por su bien —dijo el barbero, pensando que la había despertado.
—No me mate... le mentí porque...
—No importa —la cortó.
—... le quiero. ¡Por favor! ¡No! —siguió suplicando.
—Estese quieta. Ya le he dicho que... —se calló al alzar la mirada para verla revolverse—. Está delirando, Sra. Lovett... —susurró un poco atontado.
—Por favor, por favor...
—Shh, corazón —susurró, acariciando su cara vagamente con el dedo gordo, posándolo después en sus morados labios—. Yo cuidaré de usted.
Terminó de desvestirla para que estuviera solo en ropas menores, y la tapó con una manta fina para que tampoco cogiera demasiado frío. Tomó su mano y esperó pacientemente.
Fuera, Tobías se debatía con el marinero, gritando que la iba a matar. Recibió un buen cachetazo y se calló, luego se puso a llorar.
Como le daba pena el crío, les dejó pasar. El niño no se lo podía creer, y abrazó al mayor con agradecimiento para luego no despegarse de ella.
El barbero se preguntó los sentimientos del chaval hacia la mujer. ¿La amaba? ¿O la quería como a su madre?
La primera opción le hizo sentir escalofríos y decidió no pensarlo mucho más.
—¿Y Johanna? —preguntó de repente.
Tobías le explicó lo sucedido, y Anthony también.
—Va a traicionarnos —entendió el barbero.
—Es ella o la Sra. Lovett, Sr. Todd —le recordó Tobías.
