- CAPÍTULO 30: CALÉNDULAS -
— Señorita Garland, se la ve últimamente de muy buen humor ¿Qué es lo que ha descubierto que parece más guapa incluso desde el día que la conocí?— el señor Black la saludó efusivamente desde la puerta de su despacho.
— No sé. Supongo que será la euforia de que poco a poco se acercan las Navidades— respondió con aspavientos, ligeramente sonrojada.
— ¡Pero si todavía queda más de un mes! Por dios, ¿tanta ilusión le hace?
Shirley se encogió de hombros y con una amplia sonrisa inclinó la cabeza a modo de despedida, retomando su camino por el pasillo. Por un momento se paró delante de la puerta del departamento de Corthés Galloir, su tedioso compañero de trabajo. Aquella noche, por alguna extraña razón, no había asistido. Era la primera vez que lamentaba verdaderamente su ausencia. Aún seguía saboreando secretamente la cara que puso cuando le preguntó en un tono lacerante acerca de Donatello, y ella respondió que no sólo habían quedado, sino que también tenía su número.
"Espero que eso te sirva de lección. No todas deseamos a un guaperas superficial como tú", pensó para sí. No pudo evitar que se le escapara una risita nerviosa.
Sacudió la cabeza bruscamente. ¿En qué demonios estaba pensando? ¡Parecía una de sus antiguas y estúpidas compañeras de clase!
No obstante, pensar en aquel misterioso hombre la hacía sentirse realizada
"Es el primer amigo que he sido capaz de hacer", se repetía para sí. "Y no es un monstruo"
Desde aquel encuentro en el "Santuario" parecía como si un aura brillante la acompañara donde quiera que fuera. Charlotteno le preguntó nada, por suerte para la joven, pero le lanzó unas cuantas sonrisas furtivas en el desayuno al día siguiente, ajenas para Emil y Harold. En el trabajo todo le parecía repentinamente más liviano, como si pudiera realizar el triple de esfuerzo sin cansarse. Incluso alguien tan impasible como la secretaria Blacklane enarcó una ceja cuando la saludó con un renovado interés. De hecho, en su afán optimista, comenzaba a pensar que aquella mujer de negro no era tan plana como parecía ser.
Corthés, por el contrario, comenzó a portarse de una manera distinta: tan sólo hablaban cuando tenía que comentarle algo relacionado con el trabajo. Cuando lo hacía le dirigía una mirada que rezumaba desengaño, incluso cierto rencor. A Shirley le apenaba que alguien como él nunca madurara y se refugiara en un comportamiento tan impropiamente infantil.
Su despacho ya comenzaba a tener ciertos vestigios de pertenencia propia: la estantería estaba repleta de libros sobre informática que había traído de su casa. En el escritorio había una pequeña maceta con un pensamiento que había arrancado y trasplantado de raíz de Central Park. Sonrió mientras acariciaba una vez más sus pétalos de colores.
"Un pensamiento. Un recordatorio de que ya no estoy sola. Un recordatorio de mi…nuestro Santuario"
En aquellas últimas semanas habían empezado a hablar por teléfono. No hablaban mucho, ya que su amigo parecía estar mucho tiempo ocupado.
— ¿Tienes algún nuevo proyecto en mente?— le preguntó en una ocasión
— Podría decirse que sí— respondió algo cansado, al otro lado de la línea— Estos días en casa estamos que no paramos. Tenemos ciertos asuntos familiares que tratar, pero no es nada de lo que debas preocuparte— añadió en un tono amable.
Otro día encontró el suficiente valor para hablar acerca de la chica que le gustaba.
— Dime, Donatello… ¿Cómo es ella?— repentinamente se sintió muy torpe después de formular aquella pregunta— Oh, perdona, no quería entrometerme de esa manera…
— Se llama April— su amigo la interrumpió en un tono conciliador— April O´Neil. Trabaja como reportera en el Canal 6— "Ese nombre me suena de algo. Lo he tenido que leer en algún sitio" Pensó por un momento la joven. Donatello hizo una pausa, y añadió en un tono más bajo— Es sencillamente maravillosa. Ha leído un montón de libros, es inteligente y de fuertes convicciones…— suspiró. Por alguna extraña razón Shirley no pudo evitar sonreír. De alguna manera era muy tierno escucharle hablar con ese tono ensoñador. No obstante, añadió con un matiz de tristeza— Pero como ya te dije está saliendo con otro.
La chica sacudió la cabeza.
— Seguro que ese otro no es ni la mitad de interesante que tú.
— No lo conoces…
— Pero sí te conozco a ti— interrumpió con resolución— Y yo sí pienso que eres un buen hombre, ¿Por qué tú no?— empezó a escuchar al otro lado de la línea una risa con cierta carga de ironía. Aquello enfadó a Shirley— ¡No te rías! ¡Estoy hablando en serio!
— Puedo ser todo lo bueno que quieras— concedió con cierto aire sarcástico—, pero me temo que no soy adecuado ni para ella ni para nadie…
¿Cómo?
— Con comentarios como esos sí que no eres adecuado— sentenció con el ceño fruncido— No te atrevas a decirme eso de ti otra vez. Eres mi primer amigo. Si me has demostrado que soy capaz de superar mi miedo a los hombres puedo quitarte de la cabeza esas tonterías que tienes. ¿Que no eres adecuado? ¡Esa es la razón más tonta que he escuchado en mi vida! Quiero que sepas que eres… que eres…
Sintió cómo la sangre se le subía a la cabeza y contenía repentinamente la respiración. Fue consciente de que había hablado más de la cuenta.
"Que eres un príncipe. Que gracias a ti he recuperado la esperanza en sentimientos como la amistad y el…"
— …Que vales mucho más de lo que crees. Y si April no se ha dado cuenta de eso, será que no es todo lo maravillosa que dices que es— antes de que sus sentimientos hablaran por ella su mente tomó las riendas de la situación. No desconfiaba de él, pero sentía que aquella reflexión era demasiado personal en aquel momento.
Donatello tardó un poco en responder. Cuando lo hizo se notaba sinceramente emocionado:
— Muchas gracias, Shirley. De verdad, lo agradezco mucho.
Una vez más, su interior le dijo que algo no cuadraba en todo ello. Era una corazonada sin fundamento, pero Donatello parecía estar ocultando sus verdaderas inquietudes.
"…nunca se ha pasado por aquí, ni siquiera para renovar su contrato."
"Digamos que no tengo tanta facilidad como cualquier persona corriente para salir a la calle."
Podía entender que tuviera cierta repulsión al exterior, pero sentía que la razón que empujaba a Donatello a aislarse de la gente era más compleja, como si faltara un dato esencial…
El sonido del ordenador encendiéndose la devolvió a la realidad. Como siempre hacía antes de ponerse a trabajar, comprobaba si había recibido algún mensaje en la bandeja de entrada de su correo.
Ladeó la cabeza, extrañada, al percatarse de que un e-mail nuevo de su amigo resaltaba en negrita sobre otras entradas antiguas; databa de hace tan sólo unas horas. Frunció el ceño: él sabía de sobra que podía llamarla en cualquier momento. Enviar un mensaje había pasado definitivamente a un segundo plano.
"¿Será algo urgente?"
Con un click desplegó su contenido. Tan sólo se trababa de unas líneas que rezaban de la siguiente manera:
Tengo algo muy importante que decirte, pero no puede ser por aquí ni por móvil. Por favor ¿Podríamos quedar hoy a medianoche en nuestro lugar especial? ¡Te estaré esperando!
Shirley parpadeó, sorprendida. Había algo verdaderamente extraño en el mensaje, algo que no cuadraba. Se llevó la uña del dedo gordo a la boca y la mordisqueó, en gesto pensativo. Esas palabras no parecían de Donatello, y aun así provenían de su mismo correo electrónico.
Abrió su móvil y buscó el número de su amigo. Esperó escuchar el típico pitido que indicaba que lo estaba llamando cuando recibió un mensaje de voz diciéndole que se había quedado sin saldo. Probó a enviarle un SMS, pero no tenía dinero ni para eso. Chascó la lengua y se llevó una mano a la cabeza, sin saber lo que hacer.
Miró el reloj de su ordenador. Eran las once y cuarto. Si cogía un taxi podría llegar a tiempo a Central Park…
Sus dedos se posaron sobre el teclado con delicadeza, como si estuviera desactivando una bomba de relojería. Escribió una letra, que apareció en la pantalla. Dicha letra fue seguida de otra, y otra, hasta formar una palabra. Al principio lo hizo con indecisión, pero por cada tecla que pulsaba iba cogiendo más confianza. En cinco minutos tenía ante ella una respuesta confirmando la visita.
Iba a pulsar Enter cuando su mano se detuvo en el aire. Ése presentimiento extraño seguía en un recodo de su mente.
"No, no hay motivos para volverse paranoica" Palmeó sus mejillas, despejándose.
Además, verse cara a cara para hablar de las cosas importantes era el tipo de cosas que hacían los amigos.
¿No?
Tras apagar el ordenador se dirigió al despacho del Señor Black, diciendo que le había surgido un asunto personal urgente que requería su inmediata atención. Éste fue comprensivo: el rendimiento de la chica era encomiable. Por ende, no tenía ningún problema en concederle la noche libre. La chica inclinó la cabeza, agradecida, y comenzó a andar a paso ligero hacia la salida del edificio.
En aquellos momentos no le pareció importante, pero a medianoche comenzaría el día trece de noviembre.
Incluso antes de dar un primer paso en el pequeño claro circular, Shirley sentía que algo realmente no iba bien. Un escalofrío recorrió su médula espinal a tiempo que se arrebujaba un poco en el abrigo azul que Charlotte le había regalado hacía unos años. El viento azotó las copas de los árboles de Central Park. La farola que se situaba más cerca de ella comenzó a parpadear, simulando la llamada de una luciérnaga gigante.
"Es el frío. Tiene que ser el frío" Pensó. Y era cierto, la temperatura parecía haber descendido abruptamente. O quizá se había acostumbrado al hacinamiento de las calles concurridas.
Anduvo hasta la barandilla sur y se apoyó en ella, oteando el horizonte interrumpido por la arboleda. Había un pequeño lago abajo, donde una madre y sus patos parecían nadar plácidamente. Sin embargo, no había rastro de la persona a la que deseaba ver.
Miró su reloj analógico: apenas quedaban un par de minutos para que fuera medianoche.
Sintió cómo sus pulmones se inflaban repentinamente y apretó sus manos contra su pecho.
"Jamás pensé que llegaría a sentir algo como esto"
Era su oportunidad, su oportunidad de demostrar que ella también podía ser una gran amiga. No sabía qué era lo que preocupaba a Donatello, pero estaba dispuesta a hacer lo que fuera...
Estaba tan abstraída en sus pensamientos que pegó un respingo cuando oyó una hoja crujir a su espalda, a unos metros de distancia.
Dio la vuelta, con el corazón en un puño. Una ardilla, al pie de un árbol, le dirigía una mirada brillante mientras sostenía una bellota en sus manos. Sus pupilas se dilataron y volvieron a la normalidad en una mezcla de alivio y decepción al percatarse de que no se trataba de Donatello. Sin embargo, vio algo allá a lo lejos, en el césped, que le llamó bastante la atención. No se había dado cuenta de ello, quizá por la emoción del encuentro. Dio unos pasos cautelosos para observarlo más de cerca.
Era un cúmulo de flores, al pie de una farola que lo iluminaba con una titilante luz blanca. Al parecer alguien las había cortado y dispuesto de una manera elíptica. Si la mujer echaba a volar su imaginación aquello podría tratarse de…
"¿…Un lecho?"
Shirley se inclinó sobre él y cogió una de las flores que se situaban en la periferia. Todas eran idénticas. No era una experta en botánica, pero le parecían familiares aquellos pétalos color amarillo intenso, muy vistoso. El olor que desprendían no era muy agradable, aunque era indicativo de que habían sido arrancadas recientemente. Incluso podría haber sido hace unos minutos.
"Caléndulas" La palabra que buscaba apareció en su mente, clara como el agua cristalina.
Sacudió la cabeza. Aquellas flores no gozaban de muy buena fama: sabía que era frecuente verlas en cementerios y camposantos.
"Lugares de muerte" La certeza implícita de aquel descubrimiento hizo que su corazón diera un vuelco. La intuición brilló en su mente con toda su intensidad. Como si las piezas de un rompecabezas encajaran perfectamente, comprendió de inmediato que debía irse de allí cuanto antes.
— ¿Qué es esto?— pensó en voz alta mientras se levantaba.
— El lugar donde hallarán el cadáver de la próxima víctima del Jason de Nueva York— hizo una pausa, y añadió en un tono lacónico— Me alegra ver que has confiado en mí.
Abrió los ojos al máximo a tiempo que se volvía a la figura masculina que, con las manos en los bolsillos, le sonreía de una manera que rozaba la psicopatía. El sonido lejano del tráfico neoyorquino pareció distanciarse aún más, exaltando los latidos frenéticos de su corazón. La farola que se encontraba sobre ellos parpadeó de manera tétrica hasta acabar apagándose. Se llevó las manos a la boca y dio dos pasos hacia atrás. Sus piernas temblorosas no la ayudarían a correr. La realidad la golpeó como un martillo: no podía escapar.
Pero aquello no era lo peor. Lo peor de todo era que conocía, o creía conocer,al responsable de la muerte de todas esas chicas inocentes. E iba pronto a reunirse con ellas.
No era posible.
No podía creer que fuera él.
N/A: ¡Buenas de nuevo! ¿Cómo estáis? Por mi parte fenomenal, pero ya he empezado a estudiar para los exámenes de Septiembre. Dada mi necesidad de acostumbrarme al horario matutino (llevo mucho tiempo trasnochando), voy a tomarme un pequeño asueto de escritura. De esta manera, volveré el 15 de Agosto con el siguiente capítulo.
Siempre me fijo en que dejo mis hiatus en los momentos más álgidos ¿No? Pobre Shirley, con el desengaño que acaba de experimentar...Pero tranquilos. Tarde o temprano retomaré este arco argumental, y finalmente será desvelada la verdad sobre el Jason de NY (¿Recordáis el capítulo "Sueños y Monstruos", en el que lo mencionaba por primera vez?)
¡Nos vemos!
Con cariño.
Jomagaher
