Capítulo 36: "El Rescate"
Miroku entró en la cueva viendo a la anciana terminando de vendar el pecho del amo. Inuyasha alzó los ojos endureciendo la mirada al ver a su criado con el semblante pálido y preocupado.
- ¿Cómo te encuentras?- Preguntó el de ojos azules, posándose a su lado, pero visiblemente nervioso.
El joven amo arrugó más la frente, poniéndose de pie lentamente y amarrándose el cabello con un trozo de hilo tosco.
- Bien... mejor ahora.- Respondió con voz ronca y firme, tensando más la mandíbula, con una actitud tan seria y fría que le recordó indiscutiblemente al Inuyasha Mercenario, el de antes, el que sólo tenía una idea fija: Venganza. Tragó con fuerza suspirando y mirándolo con preocupación.
- He estado en el pueblo...- Dijo e Inuyasha de inmediato posó sus ojos fieros y dorados en él, el muchacho se vio obligado a rectificarse rápidamente-... tranquilo, nadie me siguió, me aseguré bastante bien... - Tragó fuerte cuando el amo frunció más la frente, sus cejas parecieron juntarse- La gente esta intranquila... todos están conmocionados por lo que pasó con Kagome... ya nadie se siente seguro...
- ¡Bah! Son unos ciegos, sólo ahora se dan cuenta de la maldad de ese desgraciado- Bramó, tomando la camisa negra que le entregaba la anciana. Entonces miró el rosario que aun colgaba de su cuello, el rosario de ella, jadeó y se repuso, abotonándose la camisa rápidamente.
- Pero no sólo es la gente... humilde...- Agregó el otro mirándolo fijamente-... los nobles también... están consternados que Kagome sea esclava... creo que tu esposa al fin y al cabo, durante las fiestas que dimos en la mansión, se ganó bastantes admiradores... y simpatía...
Inuyasha hizo una mueca de desprecio, se inclinó tomando la chaqueta de impecable terciopelo negro con bastante brusquedad y se la colocó.
En otras circunstancias les aborrecería... pero tal vez esto... nos ayude para levantar en armas al pueblo y atacar a Bankotsu.- Meditó con extrema seriedad.
- ¿Una guerra civil, dices?- Preguntó el criado, asustado. Lo observó con cautela.- Eso es muy peligroso... es lo que estabas evitando todo este tiempo... los pobres saldrán perdiendo...
- Es que antes sólo teníamos el apoyo de los pobres...- Respondió Inuyasha tomando la mascara y anudándosela rápidamente, luego la desató y la lanzó al suelo frunciendo el ceño-... pero Bankotsu se ha ganado enemigos de la nobleza quienes seguramente se sienten amenazados por el poder de él... nos ayudarán... sí... esta vez lo harán... le temen... todos le temen...- Ladeó el rostro y miró a la anciana desde su altura- Esto será peligroso, en cuanto podamos volveremos, pero mientras no salgan de esta cueva ¿entiende?
La viejecilla parecía apunto de llorar y se sobó las manos nerviosamente, al final asintió con debilidad.
- Sí, amo.
Inuyasha se inclinó tomando un par de pistolas y guardándolas en sus fundas, a su costado, luego envainó la espada y caminó a paso firme hasta la salida de la cueva. Ahí encontró a Sango y Shippo quienes lo miraron con inusual respeto. Estaba diferente y no era el echo de verlo como El Mercenario, bueno, a medias, no llevaba la máscara y eso denotaba que esta vez todos sabrían quien era realmente él, sino que era su actitud amenazante y el rostro endurecido, parecía tener todo claro en su mente, aunque sabían que en realidad actuaba sin importarle nada más que salvar a la que era su esposa.
- Sango y Shippo...- Comenzó, observándolos con seriedad-... cuiden de los ancianos...
- ¡Déjeme ir con ustedes!- Suplicó la criada de pronto. El hombre frunció el ceño- Puedo ayudarles, por favor, quiero ir con ustedes, seguro mis padres también pelearán por la libertad.
- Escucha niña, esto no es un jue...
Había levantado el dedo índice en señal de advertencia, entonces vio a la joven mirarlo directo a los ojos con desafío y seguridad. La mano pesada de Miroku se hizo sentir en su hombro, el ladeó el rostro serio a él y el otro sonrió con debilidad.
- Sería de gran ayuda... gracias a ella pudimos salir de la mansión en llamas la otra noche.
Inuyasha desvió la mirada hacia la joven criada y tragó con fuerza. Cierto, él había estado inconsciente aquella vez y Sango había logrado mantenerse firme, abriendo la puerta principal antes de que se asfixiaran. Suspiró pero luego frunció el ceño a Miroku.
- Si pasa algo, tú la cuidarás.
- No hará falta que alguien me cuide- Respondió rápidamente la criada, avergonzada por ser tratada casi como un estorbo. Inuyasha la observó con cautela- Siempre he sabido defenderme sola.- Agregó, esta vez alzando la barbilla a modo de desafío con las mejillas levemente sonrojadas, debido a la ofensa.
El hacendado la observó un momento y sin decir nada más siguió su camino a paso resuelto hasta las afueras. Habían tres caballos que los criados habían traído consigo. Los tres los utilizarían. Mientras Inuyasha montaba uno de ellos observó como sus amigos se alistaban con armas y cuchillas que guardaban entre sus ropas. Desde el suelo Shippo lo miró con sus ojos tristes y casi inundados de lágrimas, él acercó el animal al niño y desde allí le desordenó los cabellos pelirrojos como solía hacerlo.
- Entonces tú quedas a cargo de cuidar a los ancianos... ¿de acuerdo?- El niño asintió rápidamente e Inuyasha le sonrió- Bien... no salgan para nada... volveremos en cuanto todo se solucione...
- Trae a Kagome pronto...- Sollozó Shippo pretendiendo contener las lagrimas. Inuyasha endureció el rostro y lo miró fijo, mientras intentaba controlar a su alocado caballo.
- De eso no cabe dudas, pronto estará con nosotros.- Le hizo un gesto a los otros dos que ya habían montado a su caballo y entonces volteó conduciendo al animal a todo galope por la orilla de la playa, pronto el niño los perdió de vista pues cruzaron el roquerío que los protegía.
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Respiró fuertemente mientras la vista se nublaba a ratos. Ella cabeceó y luego sacudió la cabeza intentando mantenerse consciente y no desmayar. Sabía que el dolor que sentía en todo el cuerpo, más la falta de comida y el encierro, la estaban haciendo flaquear. Pero ella había pasado por privaciones similares en el convento, era fuerte, debía seguir así. Bajó los ojos y vio las cuerdas que ataban sus muñecas y tobillos, entonces tragó con fuerza. No, en realidad esto no se parecía en nada al convento. Allá había pasado hambre pero por voluntad propia, había estado encerrada en su celda en oración, pero por su voluntad y había hecho dolorosas penitencias, pero todo bajo su consentimiento. Ahora estaba ahí, peor que un delincuente, como un animal, sin la ayuda de nada ni de nadie. Suspiró pero las costillas le dolieron horrorosamente. Apoyó la cabeza ya sintiéndose demasiado débil como para seguir luchando contra la adversidad. Estaba en el infierno y había momentos en que pensaba que esto era su castigo.
Castigo. Por haber caído en la "tentación". Ella había prometido al Dios de los cielos que consagraría su vida a él... y le había fallado. La prueba que le había puesto la amorosa Madre Superiora ella no la había cumplido en su cabalidad... había dado su corazón a Inuyasha... Sollozó intentando no hacerlo, pero le dolía la garganta de dolor y sentía que se le partía el corazón.
- "Dios hace las cosas por una razón, mi niña... y recuerda... se puede servir a él... no necesariamente siendo religiosa..."
La voz de la antigua Madre Superiora pareció de pronto despertarla de su agonía. Kagome sintió un leve roce tibio en el pecho, reconfortándola. De pronto sus ojos que estaba casi inundados de lágrimas parecieron divisar en frente suyo, entre la penumbra de la celda, una sombra. ¿Estaba soñando?... ¿deliraba? Enfocó lo que pudo su mirada en la silueta y entonces abrió más los ojos al darse cuenta que a quien veía era la Madre. Ella la observaba con su inconfundible hábito negro y blanco y con su sonrisa tierna que pareció de pronto reconfortarla por completo. Kagome le devolvió la sonrisa.
- "Dios hace las cosas por una razón, mi niña... y recuerda... se puede servir a él... no necesariamente siendo religiosa..."
Volvía a escuchar aquella frase dicha en el lecho de muerte de la monja y entonces Kagome entendió. Asintió a la sombra que poco a poco volvía desvanecerse y la muchacha tuvo el consuelo que quería. Esto no era un castigo. No, su Dios no era un ser rencoroso que castigaba, al contrario, era benevolente, piadoso y misericordioso. Ella iba a sobrevivir como fuera esta vez, para estar al lado de Inuyasha, para estar con sus amigos, con los suyos, para restablecer el orden en el pueblo que tanto amaba.
- Ey, tú¡levántate!... ¡Ya es hora!- Gritó el hombre mientras habría la celda. Kagome ladeó el rostro a él y lo miró bajo la mirada oscura y brillante de sus ojos. Quiso ponerse de pie, pero el cuerpo entero tembló, estaba acalambrada y débil. Esto estaba mal, muy mal, pensó, mordiéndose el labio.
El soldado al fin entró a la celda mientras otro se quedaba en el pasillo observando, la tomó de un brazo desnudo y la alzó, a ella le temblaron las rodillas.
- ¡Diablos!- Refunfuñó el otro- ¡Que horror!... ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
- Lo suficiente como para quedar en esto...- Respondió el soldado observando con el ceño fruncido a Kagome. Casi no podía creer el castigo que le habían dado a la que hasta hace poco era la esposa de uno de los hombres más ricos de la localidad. Y tampoco podía creer el mal estado en que ella se encontraba. Las mejillas hundidas, los labios carnosos y deseables, resecos y agrietados por la falta de agua, sucia y el vestido parecía casi harapo, no llevaba zapatos y tenía muchas heridas y moretones que él ya había visto cómo habían sido provocadas. Por su propio "Jefe", en un arrebato de ira. Se inclinó y desató las cuerdas que amarraban sus tobillos, cuando se irguió y la tomó del brazo tuvo que casi arrastrarla. Echó una maldición y luego miró al otro soldado- ¡Ey, ven a ayudarme, ella no puede caminar!
Kagome respiró fuertemente sintiendo las mejillas enrojecer, lo miró seria y orgullosa, a pesar de las circunstancias.
- Si puedo... no necesito... tanta ayuda...
El segundo soldado se quedó entonces inmóvil y el otro la observó un momento sin decidirse, luego dio un paso y Kagome hizo todo el esfuerzo casi sobrehumano para echar a andar sus piernas. Estas le temblaron pero menos mal el hombre la sujetaba firme de un brazo. Le siguió los pasos, aun sintiéndose débil pero rogando para no desfallecer. Escuchó los pasos del otro hombre tras ellos y entonces caminaron por todo el oscuro pasillo. Al llegar al final se detuvieron y la muchacha jadeó de cansancio. Pero ahí estaba, el aire fresco que meció sus desordenados y sucios cabellos y el aroma a vegetación y mar que le regocijó y despertó el corazón.
Subieron con lentitud la escalera de piedra y a medida que ascendían, la claridad fue haciéndose más brillante, tanto, que Kagome entrecerró los ojos sintiendo que le dañaban las pupilas. Y cuando al fin ascendieron de lo que la chica pensaba era el "inframundo", abrió poco a poco los ojos acostumbrándose a la luminiscencia del día. Y ahí estaba, bajo la mirada de otro grupo de soldados y el propio Bankotsu, con una cicatriz tan horrenda que Kagome se estremeció ¿ella lo había hecho? Ahora parecía un monstruo deforme con aquella herida grande y casi abierta cruzándose el rostro. Respiró fuertemente sin poder evitarlo, tragó con nerviosismo y el soldado que sujetbaa su brazo la miró de reojo notando como ella se estremecía.
- ¡¡Llévenla a la plaza!!- Bramó el Gobernador mirándola con sus ojos brillantes llenos de odio. La muchacha apartó la vista y se dejó llevar por el soldado. El otro grupo de hombres se formó y la escoltó hasta el lugar.
Kagome sentía como le martillaba dolorosamente el corazón. Sus piernas al menos ya respondían y sentía que tenía más fuerzas, pero... ¿de qué valía? Iba a ser azotada, ese era el castigo, como esclava Bankotsu le daría aquel siniestro castigo... y en la plaza pública, igual que aquella mujer que había visto. Pero Inuyasha la salvó... "él esta muerto", escuchó la voz del Gobernador y Enju en su cerebro y la muchacha sacudió la cabeza. ¡No! Él no estaba muerto... lo sabía, lo sentía... aunque no la hubiera ido a rescatar durante los días que estuvo en la prisión, sabía que su pensamiento estaba con ella, lo sentía y lo percibía en su corazón.
Miró a su alrededor, la plaza pública estaba repleta de gente de todas las condiciones sociales. Al contrario de lo que pensó, reinaba el silencio total. Escuchó murmullos de sorpresa de los soldados que estaban a su espalda y el que estaba su lado, tomándole el brazo musitó: "Esto no esta bien..."
La muchacha miró a su alrededor, las miradas de las personas estaban clavadas en su persona. Estaban tristes, asustados, algunos la miraban con compasión, otros simplemente parecían evitar mirarla ¿qué estaba sucediendo?... ¿Por qué se sentía toda esa tensión allí? Ella bien sabía que esto podía ser un espectáculo digno de ver... pero parecía ahora que no pensaban lo mismo. Su corazón latió con fuerza cuando la condujeron hacia el centro de la plaza, allí donde había un mástil con cuerdas, esperándola. Miró nuevamente a su alrededor mientras el soldado le desataba torpemente las ataduras de las muñecas. Entonces ella aspiró una bocanada de aire limpio y fresco mientras rogaba una vez más que Inuyasha apareciera. Volvió los ojos a la multitud deseando encontrar pronto un par de ojos dorados, casi sentía los latidos de su corazón en la garganta, pero entonces sus ojos se encontraron con los de Enju, sonriendo perversamente. Ella retuvo el aliento. Jamás había visto tanta maldad... a excepción de Bankotsu... debían ser de la misma familia, pensó.
El soldado de pronto la volteó y le alzó los brazos atándola al madero. A Kagome le pareció que esta vez las cuerdas no estaban tan firmes o tal vez era porque ya estaba acostumbrada, tanto, que tenía heridas en las muñecas. Ladeó el rostro y vio entonces a Bankotsu acercarse. La multitud ni siquiera lo saludó, se escucharon murmullos, miles de murmullos siniestros y escalofriantes. El Gobernador hizo una mueca de todo poderoso y caminó hasta posarse a su lado. Los murmullo cesaron y la muchacha entrecerró los ojos sin poder evitar sentir escalofríos de su proximidad.
- ¡Así serán castigados aquellos que no tienen derecho de hacerlo y quieren revelarse!- Gritó sonriente mientras recibía el látigo de parte de un soldado.
Todos retuvieron el aliento y Kagome volteó el rostro rápidamente hacia delante cerrando con fuerza los ojos. Se prometió que soportaría fuera lo que fuera el dolor. Pero no iba a desfallecer, no le daría el gusto a ese enfermo. Sintió como rasgaba su vestido en la espalda, dejando esta descubierta. Un gemido de las mujeres se volvió a escuchar al ver los moretones en su blanca y nívea piel. Algunos hombres mascullaron enojados en contra de Bankotsu. Se estaba sobrepasando, lo sabían y con esto ya nadie estaba seguro de nada ¿quien aseguraba que al otro día uno de ellos se vería en las mismas circunstancias?
El hombre se fanfarroneó de tener a todos tan callados, así aprenderían que nadie estaba a salvo de un castigo. Que alguien osara oponerse o ser su enemigo... porque lo acabaría, lo acabaría sin dudar. Ladeó el rostro y sonrió perversamente al notar los temblores de Kagome. Ella tenía los ojos muy cerrados y parecía que la frente le sudaba. Estaba asustada y como siempre, aquello lo complacía enormemente. Levantó el látigo que era de tiras de cuero con púas, con la única finalidad de dañar más a las víctimas, el mango de madera lo sujetó firmemente mientras tomaba impulso para azotarlo contra aquella piel que le fue siempre esquiva y que nunca pudo saborear a sus anchas. Pero con esto la delicada y orgullosa Kagome quedaría con tantas cicatrices más horrorosa que la que él mismo llevaba en el rostro, que nunca más un hombre se atrevería a tocarla. Ni siquiera él, pensó con satisfacción.
El sol ya casi se ocultaba cuando él comenzó. La gente retuvo el aliento cuando el látigo golpeó y desgarró la desnuda piel de la muchacha. Kagome se mordió los labios intentando no llorar. El dolor había sido horroroso pero aún así aspiró fuertemente sabiendo que le quedaba mucho por soportar. De pronto, un disparo muy cerca suyo la asustó y entonces abrió los ojos con sorpresa. Vio a Bankotsu posarse a su lado, agitado y asustado, con el látigo que había caído muy lejos debido al disparo que le había dado justo en el. Y entonces todo se volvió confuso. Más disparos y gritos de la gente. La multitud se acercó y se escucharon más disparos y sonidos de espadas chocando. Kagome vio que algunos soldados luchaban contra las mismas personas que momentos antes la miraban impasibles desde donde estaban. Bankotsu parecía paralizado observando el espectáculo y después miró a Kagome con horror. Luego cambió el rostro a desprecio y odio. Extrajo una pistola pequeña de entre sus ropas y la apuntó directo a la frente.
- Vas a morir maldita...- Gruñó y entonces ella cerró los ojos, horrorizada. Un disparo se dejó escuchar y la muchacha tembló por completo y sintiendo que su corazón se detenía. Pasaron segundos en los que todo era confusión. ¿Le había disparado? No... porque aun sentía los gritos de las personas, los disparos y las espadas... y también un aliento en su oído y un par de manos cálidas que se apoderaron de su cintura como si intentara levantarla del suelo para que no se desmayara.
- Tranquila, mi amor... ya estoy aquí...
Y entonces ella abrió los ojos y sus manos se liberaron de inmediato del mástil. Al voltear lo vio y Kagome lo miró fijo, con los labios entreabiertos sin poder reaccionar.
- I... Inu... yasha...- Gimió, sintiendo el corazón latir como loco y un deseo enorme de llorar. Ella sabía que estaba vivo, y sabía que esto no era ilusión como el ver el fantasma de la Madre Superiora en la celda. Él era real y hasta el calor de su cuerpo se hacía sentir en ella.
El Mercenario notó lo pálida y lastimada que estaba y entonces le sonrió, abrazándola con fuerza. Kagome no pudo más y sollozó en su pecho, intentando aferrarse más a él.
- Shhh, tranquila... ya todo pasó...- Susurró.
El tiempo pudo haberse detenido en ese instante, no lo sabía, pero para ella no había más que tenerlo a él a su lado, aspirando su inconfundible aroma varonil y refrescante, a frutos y a salado, brindándole con su abrazo el calor y la protección que creía perdida. Pero el hombre se apartó demasiado pronto y sólo en ese momento Kagome miró a su alrededor y vio que parecía haber estallado una guerra. Él la tomó de la mano y quiso caminar rápidamente pero la escuchó jadear y notó que en esas condiciones la muchacha jamás le seguiría el paso. La tomó en brazos sin decir una palabra esquivando algunas balas y la subió al caballo que lo esperaba tras un edificio de piedra. Inuyasha subió también delante suyo y miró nuevamente intentando divisar a sus amigos pero no los vio. Todo era caos en la plaza. Los soldados intentaban contener la turba que se había echado andar hacia la Gobernación. Masculló al notar que Bankotsu no estaba y él estaba seguro que le había disparado a matar cuando había osado apuntar a su amada Kagome ¿dónde diablos estaba? Y entonces lo vio, de pie aun, sin un rasguño, a caballo, con una tropa de soldados que se dirigían directo a él. Masculló una maldición y el joven hacendado disparó un par de veces más. Los soldados eran numerosos y las balas de sus dos pistolas se acabaron rápidamente.
- Inuyasha... son muchos... no los enfrente, por favor...- Suplicó Kagome tras suyo, sentada en el caballo y con los brazos que se aferraban fuerte a su pecho. Él ladeó el rostro sudado.
- No... no me gusta... escapar...- Musitó, ladeando el rostro para mirarla con turbación. Ella tenía el rostro afligido y demacrado, sus ojos parecían a punto de derramar lágrimas otra vez.
- ¡Pero no quiero perderte otra vez!- Gimió la chica abrazándose más fuerte y apoyando la mejilla en su espalda. Inuyasha tragó y luego apretó la mandíbula. Una bala casi rosó su sombrero y entonces hizo voltear al caballo y lo instó a que cabalgara tan rápido como pudiera.
Era casi de noche y sabían que todo estaba rodeado. Inuyasha notó que no podría volver a la cueva porque para llegar a ella debía cruzar el camino de tierra y era obvio que allí estaban los soldados. Su caballo estaba exhausto también y galopaba apenas por el oscuro lugar. Pasó un grupo de soldados muy cerca de ellos y aun se podían escuchar disparos. Al joven hombre le preocupaba la condición de Kagome. Ella no había dicho nada desde su encuentro y notaba, por las manos que se aferraban a su pecho, que estaba muy helada y débil.
Entonces vio el oscuro muro de piedra conocido. Las gotas de lluvia comenzaron a caer primero poco a poco, luego rápidamente. El viento comenzó a soplar con fuerza e Inuyasha maldijo su mala suerte. Un trueno retumbó en el lugar provocando en Kagome escalofríos de antiguos miedos. El hombre, en un acto casi descontrolado, hizo que el caballo retrocediera un par de pasos mientras decía a la joven en murmullo "sujétate fuerte", el animal galopó de frente y antes que ella se diera cuenta saltó el alto muro y cayeron ambos al pasto con rudeza. La muchacha alzó la vista poco a poco mientras veía a Inuyasha levantarse rápidamente y tomarla de los brazos para que se pusiera de pie. El caballo estaba un poco más allá jadeando agotado pero al parecer en buenas condiciones. Y entonces se escucharon voces y el hombre aferró más fuerte a Kagome a su costado, esperando. Ella hubiera querido decirle que se escondieran, que escaparan a algún lugar, pero Inuyasha no se movió, parecía esperar. Entonces aparecieron un par de monjas y la mismísima Madre Superiora, la misma que la había expulsado la otra vez, mirándolos asombrada a los dos. Las otras monjas también permanecieron mudas, la lluvia caía copiosamente y el cielo era partido por los relámpagos, parecía el fin del mundo. Al fin la mujer se acercó a ellos y miró a Kagome distendiendo el rostro.
- Supongo que... están escapando de... algo ¿verdad?
Kagome asintió débilmente, la mujer miró luego a Inuyasha.
- Será mejor que entren... estarán a salvo al menos esta noche... venga por favor... los llevaremos a la casita que esta atrás...
La muchacha miró a Inuyasha y él sólo le sonrió. Siguieron a las mujeres agradeciendo en silencio la ayuda que le prestaban. Kagome entonces sonrió. En una noche como esta lo había conocido... y en una noche como esta lo volvía a tener a su lado, al fin...
Continuará...
N/A: Hola, gracias por seguirme hasta aquí, el próximo capítulo es el final, prepárense, recuerden que aun los malos estan vivos jeje. Gracias por todo el apoyo recibido, por leer este fic y hacer de el uno de sus favoritos, por los más de mil reviews, por sus comentarios, por ser fans de la pareja Inuyasha y Kagome, por todo. Gracias Sha're, Hai Ikurei, lois, AmiMizunoR.,abril-chan, Ishi, inukalu, peca-chan,Eiko007,thegirlwhostolethestars, Nadja-chan, ANDYPANDABURBUJO, Saya, lorena, LAT2oo5, Yesmari,yuiren3,Dita-chan, Sharon, DabuRu-Tamashi, MaríNa, StarFive, kira christopher, amary, christythebest, m4r14n4,Rei II, Keren y a todos quienes pasar a leer n.n
Bueno, nos vemos y esperen que pronto estará el capítulo final en línea.
¡Nos vemos!
Lady Sakura Lee
