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"Chapitre Trente trois"


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Blaine Anderson entró en su casa esa noche de diciembre, temblando con las manos en la boca. Sus guantes estaban empapados, al igual que su chaqueta, que estaba espolvoreada con nieve. Apostaría que también había nieve en su sombrero. Se lo sacó eliminando los desechos blancos antes de colgarlo. Luego simplemente se sacudió la nieve de su chaqueta antes de estremecerse, contento de estar fuera del frío.

Era un frío 25 de diciembre. Las calles estaban desiertas, salvo para los borrachos ocasionales, ya que la mayoría de las personas estaban en casa con sus familias.

- ¿Cariño? – Llamó justo cuando Kurt Hummel salió de la cocina con una canasta en la mano.

- Sí, sí, estoy listo. – Afirmó, metiendo la toalla alrededor del pavo caliente de la canasta que cargaba. Estaba vestido mucho más abrigado que su amante, con un grueso abrigo y una bufanda que le rodeaban la cara, cubriendo incluso sus lindas y pequeñas orejas finas. Su cabello era un desastre y caía sobre su frente, y sus ojos estaban cansados.

Ese año para Navidad había insistido en cocinar para ellos, diciéndole a su pareja que le diese a todo su personal un día libre. No necesitarían un árbol perfecto o una mesa arreglada porque no cenarían en casa.

Blaine abrió la puerta cuando el ojiazul dio un paso adelante, acercando la canasta caliente a su pecho. Él ya había llevado la mayoría de las cosas al auto, pero esa era la última, junto con una botella de vino caliente sobre el mostrador, al lado del soporte del sombrero. La recogió antes de tomar su sombrero de copa, no queriendo usar la gorra con la que andaba.

- ¿Estamos listos? – Preguntó mirando a su amor, quien asintió lentamente antes de dar un paso hacia la nieve.

El pie de Kurt se hundió, por lo que la fría blancura llegó hasta su tobillo. Se estremeció, soltando un grito ahogado por la quemadura, pero caminó velozmente hacia el auto, permitiendo una vez más que su novio le abriese la puerta.

- M-merci. – Tartamudeó, acomodándose en el asiento y acurrucando el pavo en su pecho para calentarse.

Blaine cerró la puerta antes de correr hacia el lado del conductor y sentarse. Una vez que ambos estuvieron dentro del auto, tomaron un momento para superar el frío del exterior, aunque en el interior no estaba mucho mejor.

Casi preguntó por qué no podían simplemente comer en su casa para su segunda Navidad juntos, pero reprimió las palabras. Sabía por qué, porque ese año iban a llevar algo de alegría navideña a Samuel y David. El año anterior en particular había sido increíblemente difícil para sus amigos, y ambos también deseaban simplemente facilitar las cosas antes de que sucediera lo inevitable.

El viaje a donde Samuel y David fue mucho más largo de lo habitual debido a la nieve que cubría las calles. Blaine conducía despacio, intentando mantener una sonrisa para mantenerse alegre. Por lo general intentaban… fingían que todo estaba bien y era normal cuando iban a visitarlos todos los domingos, pero ese día, más que cualquier otro día, necesitaban seguir sonriendo. Era Navidad después de todo.

Depuis plus de quatre mille ans, ous le promettaient les Prophetes,

Depuis plus de quatre mille ans, nous asistences cet heureux temps…

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Kurt comenzó a interpretar una canción navideña en francés.

"Il est né, le divin enfantif", Blaine no se equivocó. Sonrió suavemente, oyendo la dulce voz de su amor resonando en el automóvil mientras conducían por los traicioneros caminos.

Era una Navidad bastante sombría. El cielo estaba gris, la nieve profunda, las carreteras estaban heladas. Sentía que no era realmente Navidad en absoluto. Aun así, su amado Kurt sonaba como uno de los ángeles de Dios, y eso lo llenaba de un poco de calor y alegría.

Su mano se estiró, tomando la mano blanca en la suya, pero no apartó la vista del camino.

- Te amo. – Susurró, interrumpiendo la canción.

El castaño se sonrojó pero apretó la mano de Blaine a cambio. – Yo también te amo.

Era una razón horrible, pero las cosas habían mejorado entre ellos desde la confesión de Samuel el mes anterior. Había puesto todo en perspectiva para ellos sobre cómo habían sido idiotas. Aunque Blaine estaba convencido de que él era el más grande.

En realidad no hablaron mucho y Kurt dejó de cantar mientras se acercaban a la calle donde estaba situado el humilde hogar.

Era una casa pequeña en medio de una panadería y una sastrería cerrada. No había mucho que ver con sólo dos ventanas desde el frente y una vieja puerta con una planta en una maceta, que ahora estaba muerta, pero era mejor que de donde habían vivido Sam y Kurt.

La zona era segura, sin borrachos llamando a sus puertas a todas horas. La calle era tranquila, no sólo porque era Navidad, nunca estaba inusualmente ocupada.

El castaño salió del coche una vez que se detuvo fuera de la casa y acurrucó el pavo en su pecho, mirando hacia arriba. Pudo ver la ventana que había sido abierta, cerrarse fuertemente con un chasquido, y algo lento cayó del alfeizar casi golpeándolo mientras caminaba hacia la casa. Cuando Blaine llegó con las demás cosas en sus brazos, golpeó a la puerta. Al abrirse David estaba de pie delante de ellos con una suave sonrisa en su rostro.

- Kurt, Blaine. – Los saludó y los abrazó uno a la vez.

El pelinegro tenía bastantes cosas en sus brazos así que fue incómodo, pero aun así le dio un abrazo amistoso mientras su novio temblaba por el frío amargo. – Feliz Navidad. – Le sonrió a su amigo normalmente tranquilo. – ¿Podrías tal vez traer lo último que quedó en mi coche?

- Por supuesto que puedo. – Tenía una sonrisa en su rostro, pero sus ojos estaban tan cansados como siempre, y definitivamente había más arrugas.

Kurt miró hacia la estrecha escalera. – ¿Está Samuel…? – Oyó un ataque de tos proveniente de la cocina y su respuesta le fue dada con eso. Él y David compartieron una mirada, sabiendo el segundo lo que había estado a punto de preguntarle, así que simplemente asintió, diciéndole en silencio que siguiera adelante y viera a su mejor amigo.

Los dejó a su pareja y a David ordenar toda la comida mientras caminaba con el pavo por el estrecho pasillo. Era pequeño con piso de tablas crujientes y papel tapiz de color marrón a lo largo de los lados, el cual se estaba pelando. Luchó para no hacer una cara de desaprobación cuando notó un lugar húmedo en la pared antes de entrar en la cocina.

El ojiverde estaba sentado junto a la mesa, en el asiento más cercano a la estufa que ardía brillantemente, enviando un maravilloso calor a través de la casa.

Kurt dejó escapar un suspiro satisfactorio cuando sintió el calor. – Es maravilloso. – Se encontró diciendo, ganando la atracción de su amigo.

El hombre rubio era una sombra de sí mismo. Tenía el rostro delgado, los ojos cansados y los labios rotos por el clima. Llevaba capas sobre capas de ropa, incluyendo un suéter marrón que Kurt le había dado sólo dos semanas atrás. Incluso con sus capas voluminosas seguía temblando, pero sonrió hacia su mejor amigo cuando este entró y dejó el pavo en la frágil mesa de madera.

Blaine había ofrecido innumerables veces en las últimas semanas darle a la pareja algo de dinero para arreglar su casa, pero ambos simplemente rechazaron la oferta. No necesitaban caridad, aunque ambos apreciaban lo que sus amigos estaban tratando de hacer.

- Sí, lo es, muchas gracias Kurt. – Él y su novio le habían dado a David y Samuel el regalo de la calidez para Navidad: suficientes palos y carbón para mantenerlos calientes durante los próximos meses.

- Feliz Navidad. – Dijo suavemente, caminando alrededor de la mesa y abrazando a su amigo sentado.

Sam lo abrazó con los ojos cerrados. Trató de apretar su agarre, sujetarlo contra su cuerpo con un fuerte abrazo como solían hacerlo, pero estaba tan débil como siempre.

- Y una feliz Navidad para ti también, amigo mío.

Los dos hombres compartieron una sonrisa cuando por fin se abrió la puerta y Blaine y David entraron con los brazos llenos de todo, desde papas calientes hasta salsa de arándanos. Kurt podía sentir su estómago revuelto ante el olor de la comida, pero no por el hambre. Oh no. No sentía esa sensación en absoluto. Había una piedra en su estómago, como cada vez que se encontraba con su mejor amigo. Un temor persistente de que esa fuese la última vez que lo viera consciente. Lo último que deseaba era una gran comida, pero él y su pareja querían darle a Samuel una Navidad memorable.

El castaño no ayudó con la ubicación, sino que instruyó a David y Blaine dónde colocar todo sobre la mesa. Por momentos David miraba de reojo al diseñador y se preguntaba cómo demonios aguantaba a su compañero de vida, pero Blaine sólo tenía una pequeña sonrisa en los labios cuando hacía lo que le decía.

Pronto se colocó la maravillosa comida frente a ellos. Los dueños de casa sentados a un lado de la mesa con sus invitados ubicados frente a ellos. Hubo silencio por unos momentos antes de que el de piel morena juntase sus manos y compartiera una sonrisa demasiado confiada con sus amigos.

- Bueno, ahora, ¿todos vamos a comer? – Preguntó, y el pelinegro en frente de él asintió con la cabeza y una sonrisa igualmente amplia en su rostro. Se puso de pie, recogiendo el cuchillo y entregándoselo a este. – Después de todo, esto es por ti, debes cortar el pavo.

Blaine estaba muy halagado, pero negó con la cabeza, mirando hacia su amigo.

- David, muchas gracias, sin embargo, este es tu hogar y deberías tener los honores.

El hombre tranquilo parecía inseguro por un momento, pero Sam tocó su brazo, con una sonrisa de apoyo en sus labios.

- Bueno lo haré.

Sólo pasaron unos minutos antes de que cada uno de ellos tuviese un maravilloso plato de comida al frente. Blaine sonrió, sintiendo hambre, pero Kurt ya temía tener que comer como si todo estuviera bien.

En el momento en que el diseñador tomó su tenedor sin embargo, David tosió para llamar su atención.

- ¿Podrían… ser tan terriblemente insultados si fuese a rezar antes de la comida? – Preguntó mansamente. Mirando a los dos hombres.

Kurt y su compañero parecían sorprendidos, y tampoco hubieran creído que David fuera un hombre religioso. Pero ese era su hogar, y por supuesto, aceptaron. El castaño sinceramente no podía estar más contento de tener una excusa para no comer.

- De ninguna manera. – Dijo Blaine, colocando sus cubiertos en la mesa mientras los dos hombres frente a él se tomaban de la mano.

David y Samuel se estiraron para tomar las palmas de sus amigos, y torpemente Kurt y Blaine hicieron lo que vieron. Ninguno de los dos era muy religioso, así que eso era nuevo para ellos. El rubio no era necesariamente religioso, pero parecía contento. Tal vez eso era algo a lo que la pareja se había acostumbrado en Lourdes.

- Seigneur, bénissez ce repas, ceux qui l'ont préparé, et procurez du pain à ceux qui n'en ont pas. (Señor, bendice esta comida, a los que la prepararon, y da pan a los que no lo tienen.)

Fue corta, fue diferente, pero fue bastante dulce. Kurt tenía la cabeza inclinada cuando el hombre habló. Pronto Sam y David retiraron sus manos y la pareja invitada hizo lo mismo, sonriendo hacia la comida.

- Bueno, vamos a comer con ganas. – David anunció, sólo para que Samuel moviera su mano, no tan rápido, y le tocase el brazo para detenerlo.

- Sólo un momento. – Dijo, con voz tensa, claramente tratando de contener la tos mientras miraba a su mejor amigo. – ¿Lo dirás?

- ¿Decir qué? – Preguntó Blaine confundido mientras una risa genuina escapaba de Kurt, quien se frotó la nuca, encogiéndose de hombros y sacudiendo la cabeza.

- Sam…

- ¿Por favor? – Hubo un silencio confuso de parte de las parejas de los hombres sonrientes, y Kurt soltó la risa más suave. Sus mejillas eran de un rosa pálido.

- No lo oí decirlo el año pasado. – El cantante escuchó a David murmurar acerca de lo que Sam estaba hablando, pero sonrió a sabiendas.

- Dios nos bendiga… – Cedió mirando a Sam, su amigo enfermo a quien amaba tanto y deseaba hacer el resto de su vida lo más cómoda posible. Luego miró a David, un hombre con el que realmente nunca había esperado ser tan cercano, con quien había tenido algunos momentos difíciles, pero se alegraba de decir que era la persona que cuidaba de Samuel, y también estaba contento de tenerlo en su vida. Entonces finalmente miró al amor de su vida, el ser del que estuvo convencido durante tanto tiempo que lo odiaría al saber que él era un hombre, y sin embargo, allí estaba a su lado, sonriéndole, amándolo. Era bendecido por estar ahí con todos los que más amaba en el mundo, y no pudo evitar la amplia sonrisa que surcó sus labios. – a todos.

La comida transcurrió entre risas e historias. No era como las visitas normales de una vez por semana, las conversaciones no eran una manera incómoda de fingir que todo era normal. Hubo un montón de vino caliente que hizo que las lenguas se relajasen y cada uno de ellos compartió algunas historias de Navidad.

Sam explicó, con la ayuda de Kurt, como cada Navidad que pasaban juntos este le leía el libro "Un Cuento de Navidad", ya que él era analfabeto, y cuando se instalaban para su humilde cena, insistía en que dijera la famosa línea.

David les habló de su vida con su familia adoptiva. Él era huérfano, lo que Kurt realmente nunca supo hasta ese momento, pero no lo comentó, y había sido adoptado por una familia grande y amable. Se rió mientras recordaba la carrera loca a la mesa de la cocina cada día de Navidad por la comida, y cómo apenas tendría suficiente para satisfacer su hambre ya que eran muchos. Pero eso no importaba, lo que más recordaba era la calidez de la compañía de aquellos a quienes amaba.

Era un sentimiento con el que los cuatro podían relacionarse en ese momento.

Kurt descubrió que estaba comiendo también, lo que no esperaba que sucediera. Sin embargo, felizmente se burló de su comida mientras hablaban de todo, desde recuerdos hasta el clima, y los regalos.

Samuel mostró orgullosamente a sus amigos la pintura que colgaba en su cocina de piedra, era de Montmartre y su amante la había hecho para él. Les recordaba cómo era el lugar donde se habían conocido, y por supuesto, insistió en que David contase la historia.

Blaine sonrió educadamente, tanto él como Kurt habían oído esa historia tantas veces antes, pero estaba bien. Sus amigos lucían tan felices cuando la contaban, así que no estaba dispuesto a interrumpir.

- Bueno, eso fue maravilloso. – Dijo Kurt con una sonrisa una vez que limpió su plato, sonriendo alegremente.

Samuel asintió con la cabeza cuando David encendió el fuego.

- Blaine, muchas gracias por tu generoso obsequio. – Dijo, y el diseñador sonrió suavemente, sacudiendo la cabeza.

- Por favor, fue un placer para mí.

El rubio se rió suavemente y miró a sus amigos con ojos cansados.

- Es muy pequeño pero yo… – Siguió un ataque de tos que trató de contener con su mano. David dejó al instante de lado el fuego para correr hacia su compañero. Sus grandes y tranquilizadoras manos le acariciaron la espalda hasta que la tos disminuyó. – Gracias… – Graznó antes de mirar a sus amigos. – Yo… le pedí a David que… organizara un pequeño regalo para ustedes dos.

Los ojos del castaño se ensancharon y al instante estuvo a punto de insistir en que no hicieran tal cosa. No necesitaban regalos. Sin embargo, antes de que pudiese decir algo notó que su amigo hacía un gesto débil hacia el techo. Confundido miró hacia arriba y vio que había un muérdago colgando de la lámpara fija. Sus ojos se abrieron con sorpresa y sus mejillas se pusieron rosadas mientras la mirada de Blaine seguía la suya.

- ¿Muérdago? – El diseñador cuestionó, y una risa junto a una tos escaparon del rubio.

- Eres consciente de la tradición, ¿no es así, Blaine? – Preguntó cubriéndose la boca con la mano. Kurt trató de no mirar a su amigo mientras este tosía con voz ronca, sintió que alguien le había obligado a tragar el hielo del exterior, y le dolía el corazón.

- Por supuesto.

El castaño pudo oír a su novio responder cuando David terminó con el fuego y regresó con Sam, arrodillándose a su lado y presionando el beso más ligero en su mejilla, hablándole en voz baja. Ambos sonreían y él sin duda oyó a su mejor amigo susurrarle a su pareja cuanto lo amaba. Era doloroso mirarlos.

- ¿Kurt?

El chico giró para mirar a su amado, y este lucía nervioso.

Nunca lo habían hecho, todo lo de las demostraciones afectivas público. Sí, eran sólo sus amigos, pero incluso así…

Blaine miró a su novio, notando su vacilación, y eso lo hizo sentirse nervioso. Kurt lucía tan indeciso, y ni siquiera estaba completamente seguro de por qué. Sin embargo, mientras lo observaba tuvo una visión. Los ojos azules estaban abatidos y su labio inferior estaba retorcido en una estrecha línea mientras se lo mordía. La pálida piel de porcelana estaba casi brillando de alguna manera perfectamente impecable, y había una sola mecha de cabello cayendo sobre su frente, la cual no pudo evitar acomodar. En el momento en que sus dedos tocaron la blanca piel de su amado, se inclinó hacia él, casi como si no pudiera evitarlo.

La más pequeña de las sonrisas escapó del diseñador y se acercó a su amor, arrastrando la silla por el suelo de piedra. La mejilla de Kurt se calentó contra su palma, y le sonrió dulcemente.

- Cara mia, ti voglio bene. (Querido mío, te amo) – Le susurró suavemente en el lenguaje que sabía que más le gustaba, inclinándose y presionando sus labios contra los de este.

A pesar de que el castaño sabía que su novio lo esperaba, todavía era un shock para él besarlo delante de otras personas. Sin embargo, no dudó en estirarse y empuñar la tela del abrigo de este. Sus labios se entrelazaron perfectamente y dejó escapar una respiración por la nariz, con los ojos cerrados mientras gemía suavemente. Estaba tan enamorado que le dolía.

No importaba los problemas por los que él y Blaine pasaron, sabía que ese sentimiento nunca desaparecería. Ni siquiera estaba consciente de que alguien más estuviese en la habitación, simplemente abrazó a su amor y lo besó.

Durante un largo tiempo sus labios se encontraron con la mezcla perfecta de suavidad y amor. Kurt se alejó con la más suave sonrisa en su rostro y una pálida sombra rosa en sus mejillas. – Yo también te amo. – Susurró dócilmente, tomando la mano de Blaine en la suya y mirando alrededor, una vez más contento de estar rodeado de aquellos a los que amaba.

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Esa Navidad fue memorable, por muy buenas razones. Había gran compañía, buena comida y una gran conversación. Lamentablemente, todo no pudo continuar tan bien. Fue la última vez que Kurt y Blaine vieron a su amigo Samuel en buen estado.

Para el Año Nuevo el rubio había caído en cama, incapaz de hacer mucho más que dormir todo el día y sostener una conversación ocasional de quince minutos.

David era muy reservado sobre la salud de su amante. No hablaba de eso, ni siquiera con sus amigos. De hecho, si no fuera porque Kurt y Blaine los visitaban regularmente, no tendrían ni idea del estado en el que estaba el rubio.

Su tos había empeorado, y había empezado a toser con algo de sangre la mayor parte del tiempo. Estaba tan frágil que parecía que incluso el movimiento más leve podía romperlo por la mitad. Era una persona diferente al Dios rubio que había sido antes.

Sin embargo, tan mal como las cosas estaban, pasó el invierno y llegó la primavera. De hecho, era abril para cuando las cosas se volvieron realmente sombrías.

A esas alturas Sam apenas podía abrir los ojos. No podía mantener una conversación, de hecho, apenas podía hablar. Tenía fiebre constante, y a menudo el único sonido que escapaba de él eran lloriqueos y gemidos debido a los dolores en el pecho.

Las cosas no se veían bien.

A pesar de la petición de David de no interferir, Blaine proporcionó fondos para llevar médicos, algunos de ellos buscando de alguna manera el modo de ayudar a Samuel, al menos de aliviarle el dolor. Nada había funcionado y todos llegaron a la misma conclusión, sólo tenían que esperar.

Sin embargo algo sucedió que los sacudió todos.

Era el 15 de abril, Kurt y Blaine llegaron a casa de sus amigos, como lo habían hecho todos los días impares de ese mes. Ambos sabían que era cuestión de tiempo antes de que Sam los abandonase, y deseaban estar allí para él tanto como fuera posible.

El ojiazul llevaba uno de los diseños de Blaine, era uno de los pantalones de su último espectáculo que había sido su primer fracaso. Usaba un abrigo largo sin embargo para ocultar el estilo inusual, y una bufanda de la marca registrada. Era gruesa y de lana, y aunque picaba un poco, no le importaba.

Todavía estaba tan hermoso como siempre, incluso con los círculos oscuros bajo sus ojos.

Blaine sin embargo lucía peor y desgastado. No tenía la rutina de su amante. Kurt pasaba horas hidratando su piel para asegurarse de que se veía bien. Él… estaba demasiado ocupado para eso, trabajando en una nueva línea para recuperar su título como jefe del mundo de la moda. En ese momento se veía miserable, con círculos oscuros bajo sus ojos, su rostro estaba pálido, y su piel pastosa. No estaba seguro de qué esperar en ese día, pero sabía que no sería bueno. Samuel no estaba bien.

El castaño llamó a la puerta de la casa, llevaba en sus brazos una olla con sopa que había preparado el chef de Blaine. Sabía que David probablemente tendría hambre, ya que no hacía nada más que cuidar de su amado.

La puerta se abrió con una energía sorprendente y un hombre de ojos brillantes se paró frente a ellos. Tenía la cara húmeda y claramente lloraba.

- Vengan, entren por favor. – Dijo en un tono rápido, tomando la olla sin siquiera agradecer, y simplemente la puso en un mostrador en el pasillo.

El estómago de Kurt se revolvió al no estar seguro de cómo tomar su tono. Miró a su novio y entró, quitándose su bufanda mientras seguía al dueño de casa por la destartalada escalera.

El diseñador se estaba mordiendo el labio, siguiendo a su compañero por la escalera. Se sentía nervioso al no saber por qué David estaba tan inquieto. No sonreía, pero su tono era excitable. Era muy difícil de leer.

Fueron a la habitación habitual. Una pequeña habitación que parecía una caja, con papel tapiz rasgado y suelos crujientes que gemían bajo su peso. Existía la acostumbrada cama simple y humilde, apoyada contra la pared oeste.

Kurt había esperado ver a Sam con los ojos cerrados, la fiebre ardiendo, el cuerpo empeorando.

Pero no.

Entró y su mejor amigo estaba despierto. Y no sólo eso, sino que estaba sentado con una cantidad de finas almohadas detrás de él. Estaba mirando por la ventana que daba a la puerta con ojos pesados y ojeras bajo ellos. Luchaba por mantener la respiración estable para no toser. Le dolía terriblemente respirar.

- ¿Sam?

Muy despacio el rubio giró la cabeza, mirando a la puerta donde Blaine y Kurt estaban, los dos parecían estar viendo a Lázaro levantarse de entre los muertos.

El castaño miró a su alrededor confundido. El día anterior Samuel estaba a las puertas de la muerte, y sin embargo, en ese momento…

- Hola. – Su voz era ronca, áspera, como si no hubiese hablado en años. Lucía desgastado, y sin embargo ahí estaba, sentado, sonriendo débilmente… hablando.

- ¡Sam!

Ni David ni Blaine fueron lo suficientemente rápidos para detener a Kurt mientras se precipitaba hacia su amigo. Ambos tenían miedo de hacer algo estúpido y herir aún más al sufriente rubio. Pero afortunadamente el chico se detuvo a su lado, con las manos apoyadas en el colchón. Quería tocarlo, abrazarlo, apretarlo, decirle cuánto lo echaba de menos, a sus chistes terribles y sus pinturas maravillosas. Pero no lo hizo, porque si lo hacía, podría lastimarlo aún más. Si eso fuera posible.

Samuel sonrió cansadamente, escuchando la voz de su mejor amigo.

- Kurt… – Susurró más débil de lo que el ojiazul jamás lo había oído. Pero en este momento eso no importaba. Estaba consciente, hablando. Era un milagro.

- Todo estará bien. – Susurró, lleno de una esperanza tonta.

De alguna manera aquello hirió a Blaine mucho más que casi cualquier cosa. Era un milagro que Sam estuviese de repente despierto y pudiese hablar con ellos. Pero no era una indicación del futuro. El chico tenía algunos momentos finales de fuerza… pero una cosa era segura, nunca estaría mejor.

- Kurt… – El diseñador susurró mientras daba un paso adelante. Su mano descansaba sobre su espalda, sin saber qué decir, pero el rubio sonrió débilmente y le dirigió una mirada indicándole que él se encargaría de eso.

- Kurt… – Una tos débil escapó del chico enfermizo y la habitación se quedó en silencio, aparte del crujido de las tablas del suelo mientras David caminaba hacia el otro lado de la cama. Sam le dio a su amante una suave sonrisa antes de mirar a su mejor amigo. – Estoy… feliz de haber podido verte una última vez.

Las lágrimas brotaron de los ojos azules. – N-no… no hables así. – Suplicó, pero Sam sonrió suavemente.

- No tengas miedo, Kurt… Yo no lo tengo… No estaré aquí por mucho tiempo…

Incluso Blaine se tensó al oír eso, de alguna manera conteniendo sus lágrimas y emociones.

Mientras tanto Kurt ya era un lío tembloroso. – Sam

- Shhh-shh-hh… uug… – Ruidos incoherentes e incómodos escaparon del rubio mientras que débilmente levantaba un pañuelo de papel a sus labios y tosía. Blaine casi se estremeció cuando se dio cuenta de la cantidad de sangre que el joven estaba botando. – Kurt… por favor… no… estés triste… yo… – Cada palabra era difícil. Apenas podía hablar, era como si su voz fuese a apagarse en cualquier segundo. Abrió y cerró el puño, y sin pensarlo Kurt tomó su mano. El apretón que le devolvió a su mejor amigo le indicó que había hecho lo correcto. – Sólo deseo que tú y… y Blaine sean felices…

- Lo somos, Samuel. – El ojimiel habló, no muy convincente, pero su voz era más estable que la de su amante. Sin embargo, era feliz con Kurt, mucho, y ahora sabía apreciarlo, amarlo, porque nunca sabría si algo así podría quitárselo. Su tono era simplemente un poco sin vida porque no podía evitar pensar que esa sería la última vez que verían a Sam de alguna manera sano.

- Me alegro… – Sonrió cansadamente y cerró los ojos. Al instante Kurt se tensó y le apretó la mano.

- No, por favor no te vayas… – Suplicó a la voz que se desvanecía a menos de un susurro.

El rubio se relajaba bajo el agarre de su mejor amigo y una risita casi irreconocible se le escapó, y abrió los ojos.

- No iré a ninguna parte. – Informó. Sus cansados ojos escrutaron a los dos hombres a su izquierda. – Me siento… privilegiado de tenerlos a ambos en mi vida. – Blaine le acarició la espalda a Kurt mientras se le escapaba un sollozo. Muy cansado, el hombre sentado en la cama miraba de lado a su propio compañero. – Sólo espero que… algún día David… sea tan feliz con… alguien como…

- ¡No! – El hombre habló sorprendentemente firme, con los ojos llenos de lágrimas mientras tomaba a su amante por la otra mano, besando sus nudillos. – No, no hables así… Yo… tú eres… tú eres mi amor… yo… nunca… – Samuel calló a su amante, poniéndose aún más débil de lo que ya estaba.

- Deberíamos irnos… – Dijo Blaine de repente, y Kurt lo miró por encima del hombro, claramente no queriendo hacer lo que le sugería.

Obviamente no entendía por qué su novio quería que dejase a Sam en ese momento. Pero David comprendió, y a través de ojos llorosos miró al hombre que estaba delante de él.

- Gracias… – Murmuró, observando cómo Blaine le susurraba a su pareja que les diesen tiempo.

El castaño temblaba, no quería irse, pero sabía que Blaine tenía razón. Lentamente se inclinó hacia delante y apretó los labios contra la frente de Sam.

- N-nos veremos mañana.

El rubio asintió y observó cómo sus amigos se iban.

Ni siquiera habían llegado a la puerta antes de que Kurt se rompiera. Tuvo que ser conducido por la vieja escalera, y cuando llegó al fondo sus piernas habían cedido. Afortunadamente Blaine estaba ahí para sostenerlo cerca, para calmarlo. Por un momento los dos se quedaron en el pasillo. Se abrazaron al otro mientras el más alto se rompía. Él sabía… que sería lo más cerca que vería a su mejor amigo alguna vez.

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Dos días después Samuel ni siquiera había abierto los ojos. Estaba respirando… pero eso era todo.

Era de noche y Kurt y Blaine estaban en casa, habiendo ido a ver a sus amigos temprano. Permanecieron ahí mientras el doctor estuvo presente y durante algún tiempo después. Pero ya estaban en casa, bajo las sábanas de su cálida cama, mientras el fuego estaba encendido.

El castaño estaba recostado sobre su espalda, completamente desnudo mientras los labios de Blaine le recorrían el cuello, sus labios eran suaves como el terciopelo, y normalmente enviarían ríos de placer a través de su cuerpo… pero no en ese momento. Dejó de responder mientras su compañero acariciaba su pecho masculino.

- Blaine, lo siento… – Ni siquiera tuvo que continuar antes de que este saliera de su cuerpo y se pusiera a su lado, desnudo y claramente desinteresado en actos sexuales de cualquier tipo.

- Entiendo, es sólo… – Suspiró mientras no sabía qué decir. Había un aire de temor porque cada día que pasaba significaba que estaban un día más cerca de perder a alguien que era importante para los dos.

- Sí… – Susurró sin siquiera necesitar oír las palabras. Sabía lo que su amado había estado a punto de decir, y cerró los ojos tapándose la cara con las palmas de las manos. Sintió que se estaba deshaciendo de todos modos. Una mano grande y cálida se posó sobre su cadera, sorprendiéndolo. Abrió los ojos y miró a Blaine, quien lo acercaba para que estuviesen de lado, mirándose el uno al otro.

Kurt lucía tan hermoso cuando lloraba. Era desgarrador, pero de la manera más hermosa. Tenía la apariencia de una estrella de cine… eso era seguro.

- Te amo… – Susurró mirándolo. – Kurt Hummel amo todo de ti. – Y realmente lo hacía, amaba su personalidad, su ingenio, su risa, su sonrisa, su belleza exterior e interior.

El ojiazul soltó un pequeño gemido al oír esas palabras, y enterró su rostro contra el cuello de su amante.

- Te amo también… – Dijo suavemente, apoyando una mano sobre el pecho de Blaine mientras este lo acercaba más.

Se mantuvieron muy juntos durante algún tiempo hasta que Kurt se quedó dormido con la sospecha de que nada estaba bien.

Esa noche, en un hermoso día de abril, ocurrió.

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Kurt se vistió con una camisa blanca y unos pantalones largos de tobillo, sus tirantes le cortaban un poco el hombro, pero no dejó que le molestase. Picaban más que nada. Había una bonita chaqueta marrón sobre una silla, la cual recogió. Estaba vieja, gastada pero era acogedora. No era una de las creaciones de Blaine, era demasiado simple como para ser uno de sus maravillosos diseños. En realidad le pertenecía a él. Olía a humedad y le quedaba algo grande, pero había sido un regalo de Samuel. Él estaba apreciando esas cosas mucho más que antes.

Blaine estaba bastante elegante. Llevaba pantalones de rayas y una camisa blanca, ligeramente grande. Su chaqueta se ajustaba a sus pantalones. Era rara la vez que Kurt lo veía usando ropa de otra persona. De hecho… de todos los diseñadores, esa era la ropa de David Karofsky.

- ¿Por qué usas una cosa así? – Preguntó recogiendo el pañuelo bordado y doblándolo. Su tono era tranquilo, triste. Había una pesada sensación en su corazón mientras deslizaba el pañuelo en el bolsillo del pecho de su pareja.

El hombre mitad irlandés se encogió de hombros. – Es un buen traje. – Murmuró mirando al castaño mientras enderezaba su cuello. Estaba bien hecho, bastante aburrido pero bien hecho.

Kurt no había oído nada de Karofsky en años. Después de que se reunieron, el hombre nunca lo hizo en grande. Durante algún tiempo luego de que se conocieron en el bar, hubo información sobre Blaine Anderson filtrada a la prensa. Pero eso fue todo. Nunca había sido una gran amenaza. En realidad… nadie lo había sido.

Blaine estaba asombrado de cómo él y Kurt vivían tan pacíficamente. Aunque gran parte de la razón era porque no andaban buscando problemas. Su relación era estrictamente entre ellos y los más cercanos a ellos.

- Te ves bastante elegante. – Dijo con una sonrisa muy débil, mirándolo. Apoyó las palmas contra su pecho, acariciando suavemente la tela. Blaine miró ligeramente hacia arriba a su amante y le tocó suavemente la cadera.

- Ven acá. – Susurró, la segunda mano apoyada en la nuca mientras se esforzaba por besarle la frente. Kurt inclinó la cabeza en señal de reverencia mientras los amables labios tocaban su piel y él suspiraba tan suavemente. Realmente amaba al hombre que estaba frente a él.

- Te amo. – Musitó tomando el sombrero de su novio y lo colocó en su cabeza.

Blaine cerró los ojos mientras su cabeza era cubierta. – Yo también te amo cariño mío. – Le susurró con una pequeña sonrisa, tocando su mejilla. Kurt sonrió, pero era débil y claramente forzado. Se veía tan cansado. Ambos lo hacían, y no estaba de humor para su reunión.

El diseñador debía encontrarse con algunos miembros de una empresa que deseaba que crease una línea de ropa exclusivamente para ellos venderla. Era una buena oportunidad para sacar su nombre del barro.

Lo encontraba un poco hilarante en cierto modo. Alguna una vez su carrera y su nombre habían sido lo único que importaba. Pero con Kurt y sus amigos en su vida… pasó a segundo lugar. Por supuesto que le preocupaba su nombre, pero… bueno, no importaba tanto como antes.

- No tienes que ir a casa de Sam, sé que tienes prisa.

-No, no, quiero hacerlo… me quedaré unos minutos para acompañar a David. Sé que te gustaría estar a solas con Samuel.

El castaño sonrió suavemente y abrazó a su amante, agradecido por su comprensión.

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Blaine nunca fue a la reunión.

Llegó a la casa con su pareja, sintiendo el olor cálido de pan fresco de la panadería. David siempre trataba de tener una pieza pequeña para ellos cuando iban de visita.

Tenía el estómago revuelto, no por el hambre. No podía sacudir esa siniestra sensación que había estado experimentando todo el día.

- ¿David? – El castaño llamó suavemente a la tranquila casa. Hubo algunos pasos lentos en el piso de arriba y el hombre apareció en la parte superior de la desvencijada escalera.

- K-Kurt… – Su voz estaba rota, el rostro húmedo con lágrimas.

El ojiazulse estiró automáticamente, agarrándose de la mano de Blaine con miedo, apretándosela casi dolorosamente, pero el repentino aire de terror y temor que lo llenaba a este, bloqueó el dolor físico.

- D-David… ¿él está…?

- No tiene mucho más tiempo…

El diseñador pudo sentir a su novio congelarse a su lado, y apoyó una mano en su brazo, suavemente guiándolo por las escaleras.

Era incómodo que la escalera no estuviese hecha para que dos personas subiesen juntas. Sin embargo, en el momento en que alcanzaron la cima, Kurt se separó y abrazó a su amigo. Sus esbeltos brazos rodeaban el cuerpo atlético de David y lo mantuvieron cerca.

David mordió su labio y rodeó a su amigo con sus brazos, sujetándolo, pero no por mucho tiempo.

- Ven… él… está… descansando. – Cada palabra se volvió más débil, y Blaine pudo ver al joven derrumbándose delante de él. Siguió a los dos hombres hasta el dormitorio donde el rubio reposaba.

El moreno les informó que el médico acababa de irse, pero no mencionó ningún diagnóstico. Era fácil ver cuál era el estado de Samuel.

Su piel era de un color casi gris y tenía los ojos cerrados. Los tres podían oír su respiración antes de que entrasen en la habitación. Era ruidosa con un arrastre.

Kurt en silencio esperaba que su amigo estuviese despierto, pero una vez que entró, supo una cosa al instante.

No lo vería despierto de nuevo.