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Cálido...
Helga recuerda que el pecho de Stella, era cálido como el de su madre o hermana (Phoebs) que alejó de su mente toda duda y de su corazón el temor. La estrechó como si la conociera o quisiera. Pero aquellas no eran suposiciones vanas, claro que tenía tales sentimientos por la mujer que trajo al mundo al amor de su vida. Y es así que sabiéndose segura, en la suavidad de su regazo. Dejó que toda inseguridad se fuera.
Horas mas tarde, poco antes de despertar se angustió por la ausencia de ese cálido tacto, lo buscó con manos ansiosas, sintiéndolo cerca, pero no con ella. Arnold lo experimentó también, esa ansiedad de estrechar a alguien, de tenerlo contra sus formas, de no permitir que se fuera y quizás, esto era a lo que referían sus amigos al decir que los vieron buscarse con el hambre de los amantes.
Eran demasiado jóvenes para comprender lo que hacían o sentían. Despertaron, encontrándose tan cerca y tan aliviados (de que el otro estuviera bien) que a sus ojos les resultó imposible ocultar el júbilo. Sus mejillas se sonrojaron, sus manos apenas si se rozaron, había demasiados testigos a su alrededor. Amigos, en el caso de Arnold y su hermana en el caso de Helga, fueron robados por brazos ajenos, confortados ante la seguridad de estar una vez más reunidos.
Describieron poco de lo que habían visto, centrándose en sus padres. Conocieron y charlaron con sus padres. Sus amigos no lo creían pero pronto se escuchó la voz de Simmons, llamándolos a reunirse en la parte central del campamento.
Miles y Stella Shortman se encontraban con el profesor. Las ropas tan gastadas y sucias que obvio resultaba su estatus de "náufragos" se congelaron en seco cuando lo vieron. Él ya no estaba con Helga, ni siquiera con Gerald, los más ávidos de cotilleo habían sido Curly y Sid, así que salió junto con ellos y Helga estaba ahora con Patty y Phoebs.
Sus ojos se evaluaron con duda, es decir. Él, no sabía si debía…
Simmons abrevió por la clase elaborando las debidas presentaciones. Ellos eran el antropólogo Miles y su esposa, la botánica Stella Shortman. Sus amigos atacaron a preguntas. ¿Cuánto tiempo llevaban en la selva? ¿Por qué nunca se fueron o nadie los buscó? ¿Era cierto que ese lugar estaba maldito? ¿Ellos eran una especie de tributo? ¿Tampoco los dejarían salir? Se molestó, pues todas esas preguntas le parecieron de muy mal gusto. Sus padres por el contrario, sonrieron amablemente y se turnaron para contestar.
Llevaban cerca de diez años en la selva. Dejaron a Arnold cuando apenas era un bebé bajo el cuidado de sus abuelos. Así es. Volvieron a Hillwood para asegurarse de que él estuviera bien. La Selva, no estaba maldita, ni ellos formaban parte de ninguna clase de ritual. Había una enfermedad que se llamó "del sueño" por las vísperas en que nació y fue Stella quien como botánica, médico e investigadora que era, se aferró en volver a San Lorenzo para descubrir una cura. Los nativos fueron una bendición del cielo durante su alumbramiento. Así que se sentían en deuda con ellos. Querían salvar vidas, tantas como pudieran antes de volver a casa con él, pero lamentablemente aún no lo podían hacer. Sobre el por qué nadie los buscó en todo este tiempo se debió a que sus abuelos, estaban al tanto de esto.
—Pero ellos jamás… —se atrevió a preguntar, levantando la voz porque de pronto se descubrió con un corazón roto debido a alguna especie de traición.
Sus abuelos nunca quisieron decirle nada de ellos, de hecho enloquecieron cuando descubrió el diario y se obsesionó con encontrarlos. ¿Si lo sabían, por qué no se lo decían? ¿Era tan difícil enunciar que estaban en este lugar escondido del mundo, tratando de salvar vidas?
Devolver el favor que le hicieron a él…
—Sé que es difícil de entender, Arnold —comentó afable Miles. —Pero, no hice exactamente felices a tus abuelos cuando me convertí en esposo y padre, sin avisar.
—¿Qué…?—escupió la pregunta con desconcierto. Varios de sus compañeros se impresionaron a la vez.
—¿Está diciendo que cometió el acto más imperdonable de todos al "escapar" con su esposa y que en consecuencia, lo sacaron de la familia? —ese comentario ácido fue de Helga y él sintió de regreso esas ganas de tenerla cerca, pero no para abrazarla o confortarla, sino para asesinarla.
Su padre dijo que sí, "había sido algo así" la rubia se burló, comentando que al fin, había alguien "normal" en su familia.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó él acercándose a ella y sus amigos les abrieron el paso porque en serio. ¿Se iban a pelear por eso?
—Digo que ya era justo conocer a un "Shortman" que no fuera todo deber y obligación. Está claro que a tu padre no le molesta romper las reglas con tal de hacer lo que quiere… (eso fue lo que dijo, pero lo que pensó fue que a su padre no le importaba vivir en el exilio con tal de acompañar a la mujer que amaba) él frunció el ceño dispuesto a replicar porque "ellos lo abandonaron" Él era "su" responsabilidad. ¡No de sus abuelos! y aunque fuera por buenos motivos, lo botaron de sus vidas como a un accesorio, cachorro o zapato gastado.
El Señor Simmons (que los conocía como a su sombra) intervino diciendo que no discutieran. En unas horas llegaría el personal de rescate, enviaron una alerta roja a Hillwood en cuanto los perdieron y…
Eso hizo que Helga se pusiera histérica.
—¡¿SE LO DIJERON A BOB?! —gritó olvidándose de él y saltando sobre el profesor.
—Helga, ustedes cuatro…
—¡TIENE IDEA DE LO QUE VA A HACERME! —insistió tirando del cuello de su camisa a cuadros y el docente tenía una vaga idea.
—No se enfadará, de hecho. Tu padre ha sido uno de los que aportó para que viniera la ayuda.
—¡¿QUEEEEE?! —si le costó dinero, ella estaba convencida de que ahora sí, la mataría.
—Tu padre, al igual que el resto. Sólo quiere que regreses a casa. —¡Solo, para asesinarme! pensó para sus adentros y regresó al nivel del piso, a ser recibida por una sonrisa socarrona de Arnold.
Claro, él con su familia "perfecta" no tenía que preocuparse jamás por ser encerrado en sótanos a reventar de ratas. La piel le escoció al recordarlo y volvió a abrazarse a sí misma. Arnold reaccionó a eso, olvidando su pequeña "pelea" pues sabía bien lo violento que podía llegar a ser, Robert Pataki.
—Hel…—la llamó pensando en disculparse u ofrecer coartada. Si le decía a "Bob" que todo eso del "escape" fue idea suya, entendería (o al menos esperaba que no la hiriera) lamentablemente la idea se quedó en eso. La causante de sus futuros y actuales dolores cabeza ya se había ido a replegar con su mejor amiga.
Phoebs y Gerald, estaban bastante raros desde que "despertaron" si bien fueron de los primeros en correr a abrazarlos, justo ahora se retraían.
¿Por qué?
Se lo preguntó al moreno una vez lo alcanzó.
—¿Cómo que por qué, viejo?—respondió sin mirarlo a los ojos. —Cometimos el pecado fatal, la traición más baja de todas. Los dejamos a su suerte.
—Precisamente por eso. Porque se trató de un asunto de vida o muerte, estás loco si crees que nos enfadamos.
—¿No lo hicieron?
—Helga y yo decidimos saltar a sabiendas de que los ojos verdes no los iban a lastimar.
—¿Ella y tú? —respondió su amigo, ahora sí mirándolo a los ojos con temor. Pensó que sería por el mismo tema, pero se trataba de otro. —¿De verdad estás pensando en ustedes dos?
—¿¡Ehhh…!?—gritó y su rostro enrojeció porque sí. Llevaba más de media mañana pensado en los dos. La sensación de sus manos, el calor de su cuerpo, la sonrisa de sus labios, junto a la textura y sabor que evocaba de las dos veces en que la besó. Sonrió. Su amigo resopló tomándolo por los hombros y dirigiendo su atención hacia donde estaban todos.
—¿Y qué sucede con Sawyer? Le ha dicho a todos que ustedes tenían un asunto pendiente.
—Lo sé…—respondió esquivo. Mirando a la pelirroja con su vestido verde y cabello trenzado. Ella estaba ayudando a Eugene con una venda que tenía en la cabeza. Aún le parecía una chica de lo más gentil, adorable y bella, pero no la quería de esa manera. La quería tal vez, como se persigue a lo que no puede tenerse y cuando lo tienes…
Suspiró. Gerald lo palmeó sobre la espalda para indicarle que fuera un hombre e hiciera lo que tuviera que hacer.
—Dudo que te guste lo que quiero hacer.
—Lo consideraré mi castigo por estar dispuesto a dejarte tieso.
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Se reunieron con el resto. Helga y Phoebs lo vieron dirigirse específicamente a la pelirroja y las habladurías de esa bola de chismosos que tenía por amigos no tardaron en hacerse llegar.
El personal de rescate estaba próximo a arribar, los adultos se concentraban en eso y suponía que sus padres tenían muchas cosas "legales" que aclarar antes de subirse al avión y regresar a su hogar.
Como fuera, le ofreció una inclinación de rostro y anduvo junto con Sawyer el camino que previamente describieron hasta alcanzar las orillas del río e imposible resultaba ahora, mirar la cascada en el horizonte sin sentir la emoción de decir.
"Yo subí hasta ahí"
Recorrí todos esos kilómetros de camino incierto, en compañía de mi mejor amigo, su chica y de la mujer que indudablemente…
Lila interrumpió su discurso mucho antes de que lo iniciara. Le dijo que ya sabía lo que quería decir pero que no era necesario oírlo. Ella se encontraba bien y le daba gusto que al fin, la decidiera querer.
—¿Perdón…?—se excusó sin saber que más responder.
—Hablo de Helga, al fin haz decidido corresponderla. —anunció Sawyer con una sonrisa ensayada, rígida y falsa.
—Yo…no, bueno…ella y yo…—se atropelló con las palabras sintiendo sus mejillas incendiarse de nuevo. Su compañera de clase, se apartó otro poco y miró al cielo suspirando para sus adentros.
—Tú y ella, son únicos Arnold. La clase completa se ha dado cuenta de eso. Puede que para los demás Helga siga siendo la misma chica atrevida, arriesgada y loca, pero para mi, es evidente que te ama como jamás podrá amarte nadie. Incluida yo… —¡¿E…espera qué…?! —gritó en su fuero interno. —¿Cómo que todos se habían dado cuenta? Si desde que despertaron no habían hecho más que pelear y tratar de sacarse los ojos. Ella estaba en un error, además de que él, no sabía como…
—Lila…—la nombró intentando tranquilizar sus emociones y dicción.
—Déjame terminar, porque esto lo diré una sola vez y no lo repetiré jamás. "También la amas" Estabas totalmente deslumbrado por ella cuando despertaron. Preocupado en cuanto amenazó con largarse del campamento e ir por su cuenta. Indignado como siempre lo haces cuando se atreve a espiarnos, ¿Pero sabes qué? Acabo de darme cuenta de que no te enfada el que invada nuestro espacio. Lo que te enloquece es que no se atreva a confesar lo que siente.
—¿Qué…?—sintió sus pulmones vaciarse a medida que ella continuaba hablando.
—Gerald y Phoebe nos resumieron lo que les pasó en la Selva hasta que los perdieron. Y supongo que por algo Johanssen es el mejor narrador del pueblo. A sus ojos, tú y ella deberían estar juntos. Son el uno del otro y por la forma en que me miras desde hace unas horas, sé que ya no soy tu todo. —decir que sus palabras se sintieron como una cubetada de agua helada sería poco. Lila solía ser franca en su declaración pero jamás imaginó que le diría todo eso de manera tan directa. Se tragó el orgullo o quizás fueran todas esas dudas que bullían y cuestionó.
—¿En serio crees que debería…?
—Arriesgarte, pedirle una cita. Estoy segura de que te dará el sí.
—¿Y…n…no te molesta? —preguntó mirándola a la cara pero una vez más contemplaba la nada. Como si deseara volverse incorpórea y alejar de su mente de todo aquello que la trastornaba.
—¿Por qué habría de molestarme? —respondió con algo de amargura en la voz. —Si tú y yo, somos amigos y nada más.
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Regresaron al campamento sin agregar más nada. A él no se le ocurría que decir y a ella se le habían acabado las ganas de platicar. Para estas alturas del partido todos habían empacado y recogido sus cosas. Esperaban el avión que según los rumores estaba a menos de veinte minutos de llegar. La rubia no se veía por ningún lado, Phoebs estaba junto a Nadine y Sheena, Patty con Harold, Rhonda ignorando a Curly, Sid y Stinky ayudando a Peapod con lo de su pierna herida, él se comenzó a impacientar hasta que Gerald roló los ojos y le dijo hacia donde había ido. Estaba con Eugene, ayudándolo con más de sus estúpidas vendas, en cuanto la localizó caminó hacia ella y sus amigos volvieron a armar tremendo alboroto.
Gerald llamó a la calma, les dijo que dejaran de gritar y les dieran privacidad. "Eran cosas de la Selva, no tenían que discutir nada más"
"Cómo no…" —escuchó decir a Rhonda pero la ignoró porque Helga escapó. Corrió hacia algún claro que terminaba (para su mala o buena suerte) en acantilado. La persiguió y parecía una mentira (o un sueño) el cómo la Selva reaccionaba con cada paso que daba. El pasto se volvía más verde, las hojas de los arboles caían, las flores se abrían. Como fuera, resultaba evidente que ella no quería estar cerca de él.
Había vuelto a levantar sus cabellos en el usual par de coletas, le agradaba que lo hiciera pero honestamente se veía mejor con el cabello suelto. Se lo diría, si es que se armaba de valor para mencionar todo lo que estaba bullendo en su interior.
No lo hizo.
Ese argumento junto a todos los demás desaparecieron tan pronto aguzó el oído y fue consciente de que se encontraba llorando.
—Helga… —la llamó en un tono tan bajo que no sabía cómo fue que la asustó. Pataki limpió su rostro como si las lágrimas le quemaran y lo miró como si fuera la última persona a quien quisiera ver en todo el planeta.
—¡¿Qué más quieres, Arnoldo?! ¡Te lo he dado todo! mi parte del trato está hecha, así que por favor, ten la gentileza de…
—No…—respondió como si su negativa fuera de lo más lógica. Ella enloqueció porque había un límite para la cantidad de dolor que una chica de diez años puede soportar. ¡Estaba cansada, agotada de aquí a la próxima vida! Ya no podía más con él o sus juegos y como si lo supiera, se acercó un poco más.
—Nunca dije que estuviera de acuerdo con los términos de tu trato. —comentó sereno. Pataki palideció y era notorio que libraba una batalla épica en su interior. El temblor de su cuerpo se lo decía junto a los ojos anegados en llanto, la posición rígida y a la defensiva.
—¿Cuáles términos? —gritó a media voz. —¡Tus padres por mi amor! eso fue lo que dije ¿Y ahora que los tienes me dices que no? ¡¿Qué pretendes?! ¡Irte con Lila, mientras yo me quedo llorando y gritando! ¡Jamás imaginé que fueras esa clase de cretino, Arnold!
—¡NO LO SOY! Y no pretendo hacer nada de lo que estás diciendo. Irme con Lila hace un momento, fue para decirle que me gustas tú…
—¿Qué…?—el aire escapó a sus pulmones y entonces fue su turno de sonreír. El rubor coloreó sus mejillas, le encantaba producir esa reacción en su ser, la hacía lucir tan fémina, tímida y bella. Prosiguió.
—Dije que me gustas tú…—la negación instantáneamente se instaló en su compañera y él insistió en declararle su amor. Pataki liberó más traicioneras lágrimas y de no ser por el acantilado él estaba seguro de que se habría retraído otro poco. Al verla vencida, atrapó sus manos en el interior de las suyas, la rubia lo empujó, vaciando sus pulmones por el esfuerzo.
—Arnold, por favor basta. Si crees que me harías algún favor con tu caridad…
—Es que no es eso.
—Yo, no te gusto.
—Lo haces…
Entre más discutían menos eran conscientes del peligro que los asechaba. La sombra resguardada en el interior de la que aún no se auto nombraba Diosa. A él, sólo le interesaba hacer que ella aceptara su amor. A Helga le urgía que se callara para poderse apartar y fue así que él la envolvió entre sus brazos y unió sus labios.
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El beso lo hizo definitivo. Desató un alud de emociones en el corazón de los dos. Todos los sentimientos expuestos, confesos, negados y reprimidos salieron a flote junto con los recuerdos. El sueño compartido, ese del hombre y la mujer en el lago que no eran otros más que los dos.
Decenas de historias, promesas, besos y caricias que eran únicamente suyas los llevaron a prolongar el contacto hasta que sus bocas se secaron y sus alientos se agotaron. Después se miraron como a lo más sagrado y en ese momento, ella se dobló de dolor.
La cerbatana que preparara Anthea la atacó primero, haciendo que se desvanecieran sus fuerzas y antes de que él pudiera reaccionar lo agredió también. Arnold intentó protegerla, envolverla en sus brazos para que no se hiriera, pero aún así no funcionó.
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HILLWOOD
Regresando al sueño.
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Las sombras permanecían en su cuerpo a pesar de haber desvelado todos sus secretos. Arnold no entendía el por qué si ese beso debió hacer que desapareciera todo resentimiento. No le ocultó nada, lo sucedido con Sawyer tantos años atrás, era una confusión al igual que lo sucedido ahora.
El problema con Helga era, que jamás desterró ese recuerdo de su corazón.
"La imagen de ellos dos a las orillas del río con sus manos unidas en íntima confesión"
Era lo único que conservaba de aquel viaje a San Lorenzo y la razón principal de que madurara y lo dejara ir. La obra de teatro que escribió en secundaria era para "enterrarlos" a ellos dos.
Lila interpretó a la amante que "reemplaza" a la mujer de su vida. Arnold al caballero galante. El patético hombre que no soportó ver morir a su amor. La engañó mientras la pobre mujer se secaba y moría. "Tifoidea" fue lo que escribió, aunque en la vida real, pudiera decirse que él la mataba al no corresponder a su amor.
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Suspiró para sus adentros en medio de esa estremecedora nada. La oscuridad tenía rato de haber entrado en su cuerpo y eso dejaba un espacio amplio, vacío y blanco. Arnold estaba de frente con los cabellos alborotados y las mismas ropas con que lo había dejado, la frente arrugada. Se preguntó, si era consciente de que su frente se arrugaba al igual que la de su abuelo cuando se preocupaba demasiado y aunque tuvo el impulso de ir, enredarse en sus brazos y besarlo, la realidad, la congeló.
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Eran ellos dos.
Los amantes que perecieron en el lago. Y eso quería decir que el enamoramiento de Arnold por Lila, se debía únicamente a que conservaba un pálido recuerdo de la mujer que "ella" fue.
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La llamaban la rosa salvaje, pero su nombre era Elisa Day…
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¿Cómo culparlo entonces por buscarla en ella?
¿Cómo culparlo ahora por besar sus labios cuando fue idea suya que se dejara caer en la tentación?
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¿La razón? Preservar su luz...
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Las sombras se alimentaban de eso. "Deseos reprimidos, inseguridad, miedo" ella lo sabía bien porque convivía con ellas desde la primera noche que salió por la ventana y comenzó a correr.
No llegó demasiado lejos en aquella ocasión, sólo avanzó media manzana y regresó a su hogar con el corazón oprimido porque no tenía idea de lo aterrador que lucía Hillwood a la luz de la luna entrante.
Agotada y atemorizada se tendió bajo el tronco del árbol y comenzó a sollozar. Olga no atendía el teléfono y era demasiado tarde para despertar a Phoebs. No tenía más amigos, familiares o conocidos.
Sólo se tenía a ella misma. La pobre y solitaria Helga.
Diez minutos, veinte, una hora o dos. No supo con certeza cuánto tiempo pasó, tan solo fue consciente de que hubo un momento en que sus lágrimas se secaron y su cuerpo, ya no tembló.
Las sombras ofrecieron cobijo, consuelo, además de un momento de reflexión.
¿A qué le tenía más miedo? ¿A los sollozos descorazonados de Miriam? ¿O a las palabras hirientes de Bob? ¿Al momento fulminante en que su madre se ponía pesada (producto del alcohol) y aquel tenía que aplacarla con una sacudida o bofetada?
Si…
Esa era la imagen que jamás podría superar. La que destrozó sus sueños de niña romántica y apasionada.
"Su padre mancillando el bonito rostro de su madre"
Y es por eso que prefería estar ahí en la intemperie, sintiendo el viento atravesando su carne, calando los huesos, enredando sus cabellos y susurrando al oído. "Que tenía que quedarse ahí"
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Era cierto, lo olvidó…
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Las sombras, su oscuridad, la bondadosa muerte, le tendieron su mano aquella helada noche y soportó todo daño porque prometieron que así, dejaría de pensar en su padre y su madre.
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En San Lorenzo, Anthea prometió que no habría más dolor, dudas, sentimientos o arrepentimientos. Lo amaba, claro que lo hacía con toda su alma y él le correspondía. Sin embargo, había una promesa que se hizo a sí misma.
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—La persona que te rompió, no puede ser la misma que te reconstruya, Arnold. —comentó con una voz tan diferente a la suya que el rubio no pudo más que mirarla con temor. Ella intentó recuperar "su luz" el color de sus cabellos, ojos, labios y uñas de los dedos, pero no lo logró porque así era ella en su interior.
Su corazón, su alma. Estaban manchados por el paso del tiempo y de todas esas heridas. Arnold la miró a los ojos y parecía que algo en él se rompía cada que la veía a los ojos. No podía decir que no se lo advirtió. Si bien recordaba, en su primera noche juntos eso fue de lo que le habló.
El horrible monstruo que era, llena de secretos y heridas abiertas. ¡Qué trágico que al fin la conociera! Que una criatura de luz, tan transparente y radiante como él, se hubiera revolcado con tan repugnante ser.
—¿Qué estás diciendo…? —preguntó con desconcierto. Su corazón se oprimió otro poco, al verla tan "desecha" y comenzó a andar hacia ella pero cada paso que daba dolía. Las sombras lo invadían también rozando la planta de sus pies, metiéndose entre sus dedos, oídos, nariz.
La sensación era incómoda pero en absoluto desconocida.
—Tú me rompiste y aunque entregaras tu corazón en compensación. No puedes reparar lo que ya se quebró.
—Si puedo…—comentó convencido, colándose entre las sombras y ella se impresionó de que lo hiciera.
Había tratado de protegerlo todo este tiempo, desapareciendo de manera consciente las dudas y deseos poco honorables de su corazón. Si quería a Lila, debía ir tras ella o las sombras lo incitarían y mancillarían. Si quería golpear a Alan, Eugene o dejarla a ella por esa tal Anthea, estaba bien que lo hiciera pues lo único que siempre le aterró fue dejar de percibir su luz.
Caminó hacia atrás y él siguió avanzando. Puntas de los cabellos oscurecidas, irises de los ojos ennegrecidos. Su oscuridad lo absorbía y no estaba bien que sucediera.
Le rogó que se detuviera.
¡¿Es que no entendía que estar lejos era la única forma?! Su historia nunca había tenido un felices para siempre. Narraba incontable cantidad de muertes, entre suicidios y asesinatos.
Ninguno de los dos merecía terminar así. No después de que él encontrara a sus padres y de que ella…
—¿Pretendes que te deje ir con alguien como Jake? —ella negó con el rostro pero de manera interna pensó, que aún si sus recuerdos no se hubieran borrado, lo terminaría encontrado.
A los diez años de edad, habría rechazado a Arnold bajo pretexto de que lo que sentía por ella no era amor. Era agradecimiento, fascinación pero nunca amor. Él, le habría dicho que sí. De la misma manera en que accedió a que la confesión en Industrias Futuro había sido producto del "calor del momento" Jamás volverían a hablar sobre eso y sus amigos apoyarían la idea ya que por algo, se quedaron callados todos estos años.
Él seguiría con Lila y ella se habría encontrado eventualmente a Jake. Con su historial de vida, iba directo a terminar con alguien que la maltratara física y emocionalmente. Su rostro posiblemente, estaría maltratado por manos ajenas y su hígado hundido en alcohol.
No era el futuro que deseaba pero sonaba mejor a tirarse del puente en París.
Arnold se posó a su lado, ella lo miró a los ojos y ya no eran tan verdes, ni brillantes como un par de esmeraldas. Se parecían a las aguas turbias del mar, a lo que presagiaba la tormenta y esa era ella.
No quería hacerle eso a él. Contaminarlo, apagarlo, se lo dijo cuando hicieron el amor pero el muy idiota insistió.
—No voy a dejarte nunca y si crees que tu oscuridad me asusta, te equivocas porque acabo de recordar la razón de que me prendara de tu amor.
—¿Qué…? —se retrajo otro poco pero había chocado contra la pared. Él sonrió con galantería, ese gesto que hacía que sus rodillas temblaran, su corazón se emocionara y su mente se apagara.
¿Cómo podía...? ¿Por qué lo hacía…?
—Somos opuestos, siempre ha sido así. Tú eres la noche y yo el día. No obstante, te olvidas de que la luz, sólo puede brillar en la oscuridad. Nos conocimos en la época de los Dioses, en el lugar de donde proviene la familia de tu madre. Tu predilección por el arte, la tragedia y literatura provienen de ahí. Tu corazón tan grande como tu pasión. Siempre estabas sola, eso lo recuerdo bastante bien y si dices que en esta vida, fueron la muerte y las sombras quienes te tendieron su mano amiga.
En ese entonces, lo hice yo.
Como la leyenda que me contaste. Selene bajando a este mundo para entregarle a Endimion su amor. Yo bajé para ocupar ese espacio y apaciguar tu dolor. En esa primera existencia, fuimos verdaderamente felices los dos. Tanto que despertamos la envidia y maldición de quien debería ser mi amor.
—Thea…
—Si no hemos tenido un felices para siempre en todo este tiempo, se debe a su hechizo y a que tú eres demasiado intensa y yo demasiado idiota. Siempre rompo tu corazón y tú, siempre rechazas mi amor. Sé que tienes motivos para hacerlo, sin embargo todos son vanos.
—No amo a Anthea, ni a Lila, nunca lo he hecho y jamás lo haré…
Ella escuchó sus palabras y recordó algo de lo que narró. Sus cabellos dorados en alguna época fueron castaños, se cubrió con túnicas largas a manera de vestido y lavo su cuerpo en las aguas transparentes de algún lago. Sola, siempre sola, tal parecía ser el designio de su estrella, pero lo enfrentaba por orgullo, quizás necedad.
Luego, lo conoció en lo que describiría como un sueño y meses después (de íntimos encuentros) reconocería como un hecho. Sus cabellos también eran castaños, la piel excesivamente blanca, parecía extraído de alguna pintura de Botichelli y se lo dijo.
Su historia inició así y se pactó con un beso. No necesitaban nada más para confirmar que se necesitaban, querían y deseaban en exceso.
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Dentro de la misma estremecedora nada. Él volvió a reclamar sus labios y entonces ella sintió un aguijonazo de culpa. Semanas atrás reclamó ser la única que besaba en su relación, cuando él había tenido mil millones de veces el mismo proceder.
Sus oscuridades e iluminaciones danzaron juntas, se mezclaron creando una tonalidad nueva, desvaneciendo el sueño, concluyendo la prueba de las sombras.
Aunque aún había que decidir, cómo derrotar a Thea.
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SUNSET ARMS
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Los chicos que abandonaron sus casas, con el consentimiento de sus padres y llevando todo un arsenal de viaje a cuestas, se congregaron a las afueras de la Casa de Huéspedes, les sorprendió que nadie atendiera a la puerta, pero luego de que Eugene hiciera su aparición, mencionó que veía sombras. Tantas como si el edificio se hubiera transformado en una enorme antena que sólo atraía oscuridad. Algunos no veían el problema en eso hasta que Gerald y Rhonda, les relataron lo sucedido en el Cementerio.
Subieron por la escalera de incendios, con el corazón oprimido y los recuerdos vívidos de lo ocurrido en San Lorenzo. Al alcanzar la cima, con el pelirrojo a la cabeza, sus corazones se congelaron y de sus labios escapó un grito de infarto.
Los Señores Shortman, además del antropólogo y sus amigos, se encontraban repartidos por el techo. Como si estuvieran heridos pero afortunadamente solo se encontraban desvanecidos. Sheena y Nadine comprobaron los signos vitales de los viejos, Patty revisó a Miles y Phoebs tuvo que tranquilizar a un muy alterado "Mantecado" antes de ocuparse de los enamorados.
La escena (de ellos dos juntos) era tan malditamente similar al momento en que los hallaron ocho años atrás, que más de uno comenzó a lloriquear. El "Club de fans" no entendía de lo que hablaban pero igualmente sufrían por la condición de su amiga.
Los dos estaban tan fríos que Heyerdahl se imaginó lo peor hasta que buscó su pulso y lo encontró.
—¿Crees que sea otra vez esa enfermedad del sueño?—preguntó Rhonda acercándose a la otra. Phoebs tomó un poco de alcohol que depositó en un algodón, lo aproximó a sus rostros pero ninguno reaccionó.
—Posiblemente, en aquel entonces sus padres intentaron de todo pero no despertaron.
—¿Qué pasó aquí…?—se cuestionó Lorenzo, mientras varios de sus amigos intentaban analizar fríamente la situación. Lo único espeluznante ahí (a consideración de Brainy) era el bote de basura incendiado y ni siquiera lo decía porque le pareciera excesivamente raro sino porque tenía pedazos de cómics y eso para él era como un acto a traición.
—Creo que realizaron una "sesión" Un ritual de esos que le enseñaron a hacer a Arnold en la selva. —comentó Gerald.
—¿Es brujo?—preguntó Alan y varios lo secundaron. El moreno roló los ojos y les dijo que no. Esos rituales eran para meditar, requerían del fuego pues aparentemente había una conexión entre Hillwood y San Lorenzo.
—¿Entonces esa mujer…?—comenzó a preguntar Brainy pero Eugene negó. Sus ojos lucían diferente, brillaban como los de los gatos y aunque en un principio les pareció a todos producto de su imaginación ahora lo comprobaban y les asustó. No demasiado, solo un poco, es decir. Ese chico siempre había sido demasiado extraño.
—Las sombras provienen de Helga…—Mantecado maulló a los pies de Phoebs mostrándose de acuerdo con su declaración y el pecoso continuó. —Salen de su cuerpo y se vierten por todos lados, diría que atraen a las sombras en el corazón de otros. Arnold, su padre y abuelos. Inclusive nosotros. Esa pesadumbre que sentimos al subir debió provenir de ahí.
—¿Y qué significa…? —quiso saber Rhonda aunque ya presentía la respuesta.
—No lo sé, —admitió Horowitz. —Hel, siempre ha mostrado una cara demasiado fuerte, pero todos sabemos que por dentro se encontraba sufriendo. Sus padres, su hermana. Nosotros al abandonarla. Todo eso, se ha traducido en esto. Oscuridad que carcome su cuerpo y contamina su alma.
—¿Entonces, tú también crees que el par de locos se aferró en recuperar sus recuerdos?—preguntó Gerald. Eugene asintió y el moreno bufó en contestación.
—¡Maldición! Olvidé lo obstinados que son y lo mucho que desean ganarle a la muerte en su juego.
—¿La qué…?—chilló Curly
—Muerte, esa chica de la Selva, a la que Helga prometió golpear cree que es la encarnación de la muerte.
—¿Y no lo es?—cuestionó Sid pues el escenario que contemplaron al llegar, realmente lo aterrorizó.
—¡POR SUPUESTO QUE NO, IDIOTA! —gritó Rhonda, Eugene los calló a todos soltando una advertencia. Las sombras estaban desapareciendo, regresaban a su cuerpo. Y entre menos densas se hacían, menor era la opresión que sentían en el pecho. Los ancianos y el antropólogo despertaron sin saber en que momento fue que se desmayaron. Harold, Patty y Stinky los ayudaron a levantarse aunque su interés inmediatamente se volcó en los chicos.
La unión de sus cuerpos, el abrazo íntimo. El deseo de ella por resguardarse en las formas de él, de pronto parecían haberse ido.
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Despertaron a destiempo.
Arnold lo hizo primero apartándose de su cuerpo. Ninguno se explicó el por qué, si era notoria la preocupación en su rostro, adoptó la misma postura rígida del adulto mayor que permanecía al lado de su esposa.
Mantecado comenzó a sisear con todos los pelos de punta. Abrió sus fauces mostrando la hilera completa de dientes, además de extraer sus afiladas garras, próximo a soltar una estocada. Eugene, que veía lo mismo que él no tenía palabras para describirlo, tan solo zozobra. Se acercó a Sheena, la castaña podría haber pasado de ser el objeto de su adoración pero aún lo tenía en estima. Ofreció consuelo apretando sus manos mientras Stinky y el resto comenzaban a hacerse a la peor idea.
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La iluminación exterior provenía de las farolas en la calle además de algunas lámparas que los Shortman instalaron. Nada de eso explicaba por qué la rubia de pronto "ya no lo era"
Su cabello adquirió un tono mas cobrizo, su piel parecía tostada, las uñas de los dedos se tornaron negras, además de una ligera sombra que se marcó al rededor de los ojos y por encima de sus labios.
Despertó, arrancándole lágrimas de dolor al pelirrojo y expresiones de desconcierto al resto. Su gato la atacó poco antes de ser sostenido en contra de su voluntad por manos que se sintieron frías y desconocidas. No obstante, la miró a los ojos como siempre hacía y algo en el centro de esa oscuridad le pareció familiar. Ronroneó, al fin satisfecho y lamió la herida que le abrió por arriba del yeso.
Pataki se incorporó sin la ayuda de nadie. Sus amigos, suegro y abuelos permanecieron impresionados ante el perceptible cambio. Guardaron un ceremonioso silencio al igual que su novio, quien no tenía el valor de mirarla a la cara. Sonrió con malicia, disfrutando del espectáculo y fue resuelta en su declaración.
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—¿¡Qué están mirando, tarados!? ¿¡Al mono cilindrero!? ¿¡O a la chica histérica que dejaron perderse en la Selva!? Por si lo están pensando, no quiero escucharlo. Sé lo que hicieron y el precio que pagaron. No tengo problemas con ninguno de ustedes, exceptuando al bombón de chocolate, Mulán y el pasmarote que "tuve" por novio.
—Hermana…—comentó la asiática pero su amiga si quiera se dignó a mirarla.
—Alan, Lorenzo, Brainy. Si ya dejaron de temblar y mojar sus pantalones del miedo, ¿Puedo saber si sigue en pie su oferta?
—¿Cual oferta?—cuestionó Redmond. Sus ojos se encontraron con los de ella y aunque ya no tenían esa luz brillante y casi transparente, eran más oscuros, perversos e inteligentes. Le intimidó pero también agradó. Todo al mismo tiempo, pues en el fondo de esa trastornada alma, seguía reconociendo a la mujer que amó.
—Llevarme a Narnia, si este tarado me lastimaba.
—¡Helga…! —gritó Arnold y a él también se abstuvo de mirarlo.
—Tercer strike, estás fuera del campo gusano. Señora y Señores Shortman… —llamó dirigiéndose a ellos. Los ancianos podrían estar llegando a los cien años de edad pero su vista seguía siendo poco más que perfecta. Advirtieron en ella la misma oscuridad que habían percibido antes. Lo que ocultaba detrás de todas esas capas de hostilidad al fin salía a la luz y aunque les dolió, reconocieron, que esa era la verdadera ella.
Miles por su parte, no supo como tomarse nada de lo que estaba pasando.
La prueba de las sombras podía hacer que te hundieras en ellas (y murieras) o que siguieras adelante a pesar de ellas.
¿Era culpa suya? ¿Por enseñarle esas "cosas místicas de la selva" a su único hijo? ¿Alteraron el destino o esto ya estaba escrito? Fuera lo que fuera, la rubia no miraba a ninguno en concreto. Se concentraba en algún punto muerto, como si le doliera lo que decía o no lo creyera.
—…Sigo siendo una mujer de palabra y por tanto, estén seguros de que cumpliré mi promesa. Nos vemos en el lugar donde instalamos el campamento ocho años atrás en San Lorenzo. El sábado por la mañana, justo como acordamos. Salvaré a Stella o por lo menos, intentaré. —sus padres asintieron, tomándose de las manos y soltando algunas lágrimas en el caso de Gertrude. Amaba tenerla en casa, saber como se encontraba. Siempre que se iba sufría, pues sabía que la suya, era una estrella maldita. Luego de sonreírles con un gesto que le salió bastante torcido les dio la espalda a todos y su Club de Fans no dudó en escoltarla.
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—¡E…espera! —gritó Arnold claramente alterado. —¿Estás rompiendo conmigo?
—Ya que suenas tan patético y desesperado, el tercero contará como foul, puedes seguir bateando. Si regresas al campo y me encuentras, claro. —ninguno de los presentes entendió lo que pasó. Sólo sabían que una vez más se iba y que no tenían argumento alguno para detenerla.
—¡Helga, por favor…! —llamó a voz en grito la pequeña asiática sin poder soportarlo por mucho más tiempo. Pataki por fin la miró. Sus ojos tan extraños y a la vez tan suyos pues ya no ocultaba la ira que bullía en su interior. La taladró como si pudiera ver a través de su alma y una sola cosa fue la que espetó.
—Soltaste mi mano, íbamos a morir y tú soltaste mi mano.
—¡No pretendí…!
—No, claro que no. Sin embargo jamás reuniste el valor para explicar o disculpar tu acción. Esos dos tarados limaron asperezas en menos de una hora. Tú dejaste que se enfriaran las cosas y después disfrutaste mi estado de amnesia.
—¡Te devolví el relicario!
—¡Con la esperanza de que lograra olvidarlo, pero aquí es donde estamos! No quiero ver a ninguno de los tres hasta que estemos en la Selva y aún entonces me pensaré, si evito que los conviertan en "brocheta humana" por citar las palabras de tu atolondrado novio. —Phoebs se llevó las manos al rostro y rompió en un silencioso llanto.
—Pataki…—Gerald tuvo sus cinco segundos de valentía al pronunciar su nombre y aunque su oscuridad lo intimidó, algo de eso le agradó. Los dos habían aprendido a leerse con el paso de los años y debido a su negación a separarse de Phoebe. Para evitar constantes y gloriosas peleas, se dedicaban miradas en las que se trasmitían maldiciones o bendiciones. La que le dedicaba ahora, parecía fría, distante, colérica pero en realidad, no lo era.
—¿Algo que decir a tu favor? Porque en este momento, solo se me ocurre arrancarte las manos por atreverte a ya-sabes-que…
—¡ESA FUE TU MALDITA…! —comenzó a gritar Gerald pero se detuvo en seco porque sus amigos seguían sin entender nada de lo que decían. No obstante, tanto Phoebs como Arnold, se percataron de lo fácil que se arreglaron. No había reproches, amenazas o palabras hirientes. Se entendían, de alguna manera que no comprendían y eso ofendía.
Gerald suspiró, dejando las cosas a medias. Si quería irse no podría frenarla y si decía que "los vería allá" sabía bien que lo haría. Le sonrió, de medio lado y con coquetería como hizo aquella vez en el hospital. No aprobaba sus métodos pero aplaudía el resultado. Y estaba claro que ésta era su manera de enfrentarse a Anthea.
Darle lo que quiere a la muerte, es decir. Separarse de su hermano.
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—¿Mmm…mamá?—se atrevió a preguntar Eugene, un poco por delante de Sheena. Helga sonrió pero la expresión, le seguía saliendo torcida.
—Lo siento, pero ni tú puedes acompañarme en esta ocasión. Sé que no formaste parte del plan "abandonemos a Pataki" y que saliste a buscarnos e impediste que secuestraran a Lila Sawyer. También puedo ver que algo de "esto" te ha "tocado" y sé que irás a la Selva porque eres de los chicos buenos que se meten en la pelea, aún a sabiendas de que van a perderla. Mi consejo para ti, es que no confíes en nadie. Solo en tu instinto y el Señor Shortman, voy a contar con que los prepare para la pelea.
Miles asintió y poco después la rubia desapareció. Alan y Brainy se fueron con ella, Lorenzo se quedó para despedir a su novia. Las promesas eran importantes. Los cuatro hicieron un pacto y para honrarlo, necesitaba saber cómo fue que la lastimaron.
—En nuestra primera visita a San Lorenzo, la dejamos totalmente a su suerte. —explicó Rhonda. —No los culpes a ellos, la idea fue mía pues no creí que se fuera.
—¿Eso fue todo...?—preguntó el pelinegro, sin convencerse del todo.
—No...—comentó Arnold. —Yo, la lastimé entonces al irme con Lila y volví a hacerlo ahora al besarla...
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Continuará...
N/A: Por fin veo la luz al final de este fic...(que prometí hace once capítulos...jajajajaja)
