Capítulo XXXIV: La lucha

—Esta pelea es entre tú y yo —dijo Battousai tan serio y solemne que hasta ella misma sentía como se helaba su sangre.

No podía apartar los ojos de aquella cicatriz que cruzaba la mejilla. ¿Cómo se la había hecho? Recordaba que Kenshin le contó la historia de su cicatriz, una fue Kiyosato y otra Tomoe, justamente antes de morir, pero ahí estaba, una fina línea que si era cruzada con otra formaba la misma cruz que Kenshin había llevado durante quince años.

—Muy bien, ya no las necesito. Han sido un buen cebo para traerte aquí —dijo con una sonrisa orgullosa —. Despídete de ellas, te espero en la azotea.

Y sin más, Saito subió las escaleras, pasó al lado de Battousai como si nada y salió del sótano.

Battousai anduvo hacia ellas y desató las cuerdas que las mantenían atadas a las sillas. Kaoru se levantó parándose frente a él y con la mano temblorosa, la llevó hacia su mejilla sin atreverse a tocar la herida que aún sangraba. Mirándolo con los ojos cubiertos de lágrimas lo abrazó con fuerza hundiendo su cabeza en su pecho y dejó que él la envolviera también contra él. Sentía su cuerpo tenso, su corazón latiendo con fuerza sobre su pecho y la calidez de su abrazo. Nunca se iba a sentir más segura que en los brazos de su adorado Kenshin.

Izumi se frotó las muñecas adoloridas y abrió la boca para preguntar por Shinsaku, pero al ver la mirada de Battousai se congeló. En todo este tiempo Battousai siempre la había mirado con frialdad, al igual que a todas las personas a excepción de Kaoru, pero ahora... Ahora había pesar.

—Shinsaku... Oh, Kami...

Algo le había pasado, y se estaba temiendo lo peor. Battousai cerró los ojos y enterró su nariz en el cabello negro de su prometida. Eso no hizo más que afirmar sus suposiciones. Estaba pensando demasiado bien cuando vio aparecer a Battousai solo creyendo que Shinsaku había tenido dos dedos de luces y había dejado al más fuerte enfrentarse con Saito. Su Shinsaku no era así, él le habría dado igual las consecuencias y su enfermedad, él hubiese estado allí para salvarla y para hacer pagar a aquellos que la habían maltratado. Por muy enfermo que estuviese, era un samurái, uno de los mejores del Ishinshishi.

Sin poder soportarlo más salió corriendo como alma que lleva el diablo, ignorando el dolor que atravesaba su cuerpo. Tenía que ver a Shinsaku. Aquello tenía que ser una pesadilla...

Kaoru levantó la cabeza y vio a su amiga salir corriendo de aquella manera, con los ojos inundados de lágrimas.

—¿Qué...? ¿Qué pasa? —miró a Battousai interrogante —. ¿Le ha pasado algo a Shinsaku?

Battousai suspiró.

—La enfermedad se lo ha llevado.

Kaoru abrió los ojos de par en par y miró en la dirección donde había desaparecido su amiga. Tenía que ir por ella cuanto antes, Izumi la necesitaba, pero Kenshin se iba a enfrentar a Saito... No podía dejarles.

Él cogió sus manos entre las suyas y las besó.

—Ve con ella, yo debo ocuparme de Saito. Si tengo que proteger a alguien durante la pelea...No podré vencer a Saito.

Aquella frase la heló por completo. Era la misma que Kenshin había pronunciado el día que se iba a enfrentar con el loco de Jinei. Una leve sonrisa se formó en sus labios, enternecida. No importara cuantos años pasasen, si fuese el pasado, el presente o el futuro, Kenshin seguía siendo el mismo. Llevó su mano a la cintura de su pelo y tiró de ella haciendo que su melena cayera libre.

Battousai miró sin entender por qué Kaoru había decidido cambiar de peinado en ese momento, pero cuando ella tendió su cinta hacia él enarcó una ceja buscando una explicación a ese gesto.

—Te presté mi moño favorito una vez que ibas a luchar con uno de tus enemigos y te hice prometer que me lo devolverías... —lo envolvió alrededor de la muñeca de Kenshin y le hizo un pequeño nudo —. Espero que te traiga suerte esta vez también y... Por favor, esta vez no lo manches de sangre.

Estaba hablando de su futuro, o del pasado de ella, una vivencia que habían compartido y sin embargo él no tenía ni idea. Sentía curiosidad por saber que más cosas habían compartido, pero ahora tenía asuntos más importantes que saber sobre una vida que no ya no le iba a pertenecer.

Colocando su mano en el mentón de Kaoru la hizo alzar el rostro y atrapó sus labios entre los suyos. No era un beso de despedida, era un beso de un hasta pronto.

Izumi corrió por las calles desesperada, sin importarle que la gente se quedase mirándola o si se chocaba contra algo o contra alguien. Aquello no podía ser verdad, el presentimiento que tenía no podía ser... Quizás la mirada de Battousai significaba que Shinsaku estaba herido o que su enfermedad había empeorado, porque se negaba a no volver a ver la sonrisa burlona de aquel que le robó el corazón.

Uno...

La imagen de él pronunciando su nombre, aquel nombre que había intentado olvidar ya que le traía tan malos y dolorosos recuerdos... Cuando él la llamaba así todo lo malo se iba, simplemente porque él lo pronunciaba.

Tenían sueños y aunque sabía que la enfermedad de Shinsaku era incurable y que tarde o temprano iba a dejarla sola, no podía creer que hubiera sido tan pronto... Ni que no le hubiese dado tiempo a despedirse de él.

Llegó a la posada la puerta estaba abierta y nada más poner un pie dentro vio los cuerpos inertes tanto de Shishengumi como de Ishinshishi, aquellos compañeros que bromeaban en las cenas o que la habían ayudado en alguna ocasión. Las mismas caras que había visto bromeando y riendo ahora estaban adornadas con una mueca de sufrimiento en el rostro. La sangre bañaba el suelo y salpicaba las paredes, había miembros esparcidos por doquier.

Buscó entre esos hombres a su amado, con el corazón en un puño y latiéndole de tal forma que cada vez que daba una bocanada de aire un dolor punzante se le clavaba en el pecho.

En la planta baja no lo encontró así que subió por las escaleras pasando por cuerpos que entorpecían su camino. Una vez arriba anduvo por el pasillo mirando a los cadáveres y se quedó parada al ver la puerta cerrada de la habitación de Shinsaku. Era la única que estaba cerrada y la única puerta que no estaba manchada. Sin saber bien si lo que hacía era lo adecuado para su cordura, corrió la puerta a un lado y vio el cuerpo de Shinsaku en su futón.

Dio un paso, luego otro...

Shinsaku parecía que estaba dormido en su futón, pero tenía el entrecejo levemente arrugado.

Se dejó caer de rodillas a su lado y las lágrimas comenzaron a caer libres por sus mejillas sin control.

No era así como esto debía suceder. Aún les había faltado casarse, tener quizás un hijo y que muriese siendo atendido por ella. Les había faltado muchos sueños por completar, les había faltado muchas ilusiones que sentir...Les había faltado vida.

Acarició su rostro de Shinsaku y sin poder soportarlo más, se apoyó en él y lanzó un sollozo desgarrador.

Había muerto sabiendo que Lizuka la había raptado y no le había dado tiempo a saber que estaba sana y salva y poder despedirse de ella, poder decirle cuanto lo amaba una vez más...

—Estoy aquí, Shinsaku... —sollozó.

Notó una leve presión en su hombro y se volvió sobresaltada.

No había nadie, sin embargo, una mano le había tocado el hombro. No había sido imaginación suya, lo había sentido claramente.

Confundida, miró a Shinsaku. Ya no tenía el ceño fruncido, ahora estaba relajado y su boca se curvaba en lo que parecía ser una sonrisa. Miró de nuevo detrás de ella, donde había notado la presencia y buscó por la habitación, pero no había nada ni nadie.

Y ella sabía que estaba ahí.

—Te amo, Shinsaku. Siempre lo haré.

Saito dio una calada a su cigarro. Aquel vicio que Tomoe detestaba tanto y decía que lo iba a matar. Su esposa tenía una forma extraña de protegerlo, pero él la adoraba, era la mujer perfecta para un lobo como él. Lo comprendía mejor que nadie y lo apoyaba en su ideología de acabar con la maldad del mundo, si se preocupaba o no por él no lo demostraba, siempre parecía segura de que él iba a salir victorioso.

Algo que tenía en común con la joven Kaoru. Ella también tenía confianza ciega en que Battousai iba a vencerlo y que no tenía nada que hacer en contra de él.

Bueno, estaba claro que una de las dos se equivocaba. No podía haber dos vencedores. Esta noche, uno de los dos iba a morir.

Escuchó los pasos de Battousai y el hitoriki apareció frente a él. Saito tiró al suelo el cigarro y lo apagó aplastándolo con el zapato.

—Estabas tardando demasiado.

Battousai apoyó su mano en la empuñadura de su katana.

—No deberías tener prisa para morir.

Saito alzó su espada y la sacó de la funda, ésta destelló ante el brillo de la luna llena. Estiró una de sus piernas y colocó su espada en posición horizontal, ligeramente inclinada, y una de sus manos delante, en la punta.

Los dos se miraron en silencio, estudiándose. De pronto, Saito frunció el ceño aún más y avanzó hacia él directo. Cuando estuvo a apenas unos metros Battousai desenfundó su katana y saltó, esquivando el golpe. Saito gruñó, saltó también con la espada directa y fue a clavársela, pero Battousai la esquivó, golpeándola con su katana con fuerza y obligando a Saito a retroceder varios pasos.

Battousai aterrizó detrás de él y sin darle tiempo a girarse atacó, Saito se giró y esquivó el golpe y no desaprovechó oportunidad para acometer contra él, Battousai se agachó al tiempo que él atacaba y con un movimiento certero le clavó la espada en el muslo.

El lobo gruñó y saltó hacia atrás para evitar que Battousai girase la hoja de la espada e hiciera el corte más profundo. Había sido un error que no se iba a volver a repetir.

Los dos se movían rápido, anticipándose a los ataques del otro y esquivando sus golpes. Sus espadas chocaban entre sí sin descanso. Era un baile de velocidades, uno giraba a la derecha y él otro lo acompañaba sin dejar ningún punto a la vista para que él otro pudiese atacar. La adrenalina recorría sus venas y aunque Battousai estuviese cansado después de enfrentarse a Okita, no lo demostraba, sus reflejos y su habilidad estaban al cien por cien. Saito era un auténtico oponente para el legendario destajador. Nunca nadie le había hecho sudar de esa forma.

Battousai se deshizo de acoso de Saito y corrió hacia el muro, se impulsó con los pies y saltó hacia Saito con la espada en alto. Saito colocó la suya para parar el golpe, pero aun así el impacto hizo que tuviese que bajar más de la cuenta los brazos y sufrió un leve corte en la frente.

Gruñendo, golpeó con la pierna a Battousai en la boca del estómago para alejarlo de él. Ese golpe lo pilló por sorpresa, y el lobo aprovechando ese momento le clavó la espada en el costado y giró la hoja sin pensárselo.

El pelirrojo dio un traspié, mareado. Agarró la hoja de la espada de Saito y se la sacó, acto seguido se volvió y atacó sin piedad.

—Pareces distraído, Battousai —se quejó Saito empujándolo de nuevo, ésta vez Battousai se quitó de su alcance —. ¿Es que no quieres matarme?

Battousai clavó sus dorados ojos en él.

—Lo haré, Saito.

Volvió a enfundar su espada y se puso en posición de ataque. Saito sonrió, y estiró su pierna y su brazo, colocando su espada.

Saito volvió a atacar, corrió hacia él y las dos espadas se juntaron. Él atacó, izquierda, derecha, y Battousai esquivó sus golpes uno a uno con la velocidad de un rayo. Sin descanso, Saito agarró la hoja de la espada de Battousai para impedir que la moviese, y con la otra mano, la cual empuñaba la espada, atacó para clavársela en el pecho. Battousai se movió, esquivó el ataque y perdió su katana.

—Vaya, un samurái nunca debe separarse de su espada.

Saito le lanzó la espada y Battousai la agarró al vuelo por la empuñadura.

—La hubiera recuperado en menos de lo que tardas en pestañear.

No podía negar que no estuviese disfrutando de esto, si su oponente se resistía aquello hacía más interesante la pelea, pero si su oponente era el Battousai del que tanto había escuchado hablar y era tomado como una leyenda para asustar a aquellos que se adentraban en la oscuridad de la noche, mejoraba aún más las cosas. Battousai era un digno oponente, el mejor que se había encontrado hasta ahora. Él iba a pagar por todos sus crímenes.

Con el ceño fruncido y notando como su ira crecía en su interior, Battousai se lanzó hacia Saito con todas sus fuerzas. Las dos espadas chocaron y se escuchó el crujir de ambas espadas.

Kaoru llegó al dojo luchando porque el aire le entrara en los pulmones. Había corrido mucho para llegar hasta allí y ya no estaba acostumbrada a tanto ejercicio, mañana iba a tener unas agujetas...

Al entrar al dojo casi se cae de la impresión. El olor a sangre y a muerto golpeó su nariz y casi la hace vomitar. Se llevó la manga de su kimono a su nariz para no oler aquella mezcla espantosa y miró hacia un lado y a otro. Nunca había visto una escena tan atroz como ésa, y tampoco a tantas caras conocidas muertas.

Los ojos se le llenaron de lágrimas que intentó ahuyentar tan pronto como empañaron su visión. No era el momento de ponerse a llorar, tenía que ser fuerte. Su amiga la necesitaba ahora y Kenshin estaba librando una batalla que por lo que pudo ver la última vez que se enfrentaron en el pasado...Bueno, en su pasado, aunque en realidad sería en el futuro, no iba a ser nada fácil.

Fue poniendo los pies con cuidado de no pisar a nadie pues, aunque estuviesen muertos no le hacía ninguna gracia pisarlos, y menos si eran alguno de sus compañeros.

—¡Ahhhhh! —gritó cuando alguien le agarró el pie.

Cayó de boca al suelo, sobre un muerto y dio otro grito. Se giró con las manos en alto y el culo en el suelo, deseando no tocar nada ni a nadie más. Miró a la persona que le había tocado el pie.

Era un niño gravemente herido.

—¿Okita?

Continuará...


Espero que os haya gustado esta actualización ^^

Muchas gracias por los reviews a: Nara Taisho de Son, sonia sandria, Carolina Shinatal, Tucker Weasley, NerweninWonder, serena tsukino chiba, setsuna17, rogue85 y Shitami—chan—Onne—sama [me rei mucho leyendo tu review xD]