-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 36
1636/3 años después
El Imperio aparentemente disfrutaba de días de paz, todos creían esto; pero la paz era engañosa y no podían solo vivir sin reparar en lo que sea que pudiera suceder en el futuro, menos cuando este era tan incierto. El Imperio contaba con los hijos del Sultan Sasuke—los Príncipes Daisuke y Shisui—como herederos directos del Imperio si—Kami no lo quisiera—el Sultan fallecía en algún momento, y de sucederle algo a alguno de los Príncipes es que los hijos del Príncipe Daisuke—los Príncipes Baru y Kagami—eran elegibles para el trono en caso de una emergencia teniendo como regentes a la Sultana Sakura y la Sultana Aratani como Gran Madre Sultana y Pequeña Madre Sultana, respectivamente. Estos títulos jamás habían existido en el Imperio, pero los Ulemas, Visires y Pashas habían planteado su creación al Sultan que acababa de aprobarlos. El Imperio continuaba su indiscutible auge, así como cambio, y por lo mismo es que debían existir cambios al interior de la política y jerarquía.
Sentado sobre el trono Imperial y portando la soberbia corona Imperial de los Uchiha; el Sultan Sasuke ostentaba un elegante Kaftan bermellón rojizo, de cuello alto y abierto bajo el abdomen, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros que escasamente y exponían las ajustadas mangas de la túnica negra que usaba bajo este, rebelando de igual manera las pesadas botas de cuero que complementaban el atuendo. Un broche de oro que representaba el emblema Imperial cerraba el Kaftan a su cuello, realzando el borde hecho en piel color negro, precediendo a la seguidilla de botones de plata enlazados por márgenes de seda color negro hasta la altura del abdomen donde un fajín de seda color negro ajustaba el Kaftan a su cuerpo, realzado por un pesado broche de oro.
-Pashas, Beys, Visires, gracias a Kami hemos podido disfrutar de una breve paz a lo largo de estos años, pero no por eso podemos confiarnos- manifestó el Sultan con un tono de voz tanto estricto como irrefutable, apropiándose de toda la atención; como siempre, -Kisame Hoshigaki Pasha tal vez ya no esté vivo, pero nuestras fuentes nos han informado que la orden de los jesuitas sigue sus planes e ideales, razón de más para no tolerar cualquier amenaza- advirtió Sasuke, desviando momentáneamente su mirada hacia Daisuke que le sostuvo la mirada, no co osadía sino con respeto, como prueba de que estaba pendiente de sus palabras, -si se han mantenido a raya durante todo este tiempo es porque pretender hacer algo- dedujo el Sultan tanto para si como para los nobles individuos presentes.
-En conformidad con su majestad- secundo Daisuke, recibiendo un asentimiento de parte de su padre, -no podemos considerar que su ausencia de actividad sea algo bueno, todo lo contrario, con toda seguridad ha de tratarse de un subterfugio con que engañarnos y darnos una falsa sensación de seguridad- considero el Uchiha, dirigiendo su mirada hacia los Pashas presentes y que asintieron con conformidad.
De pie, a la derecha del trono Imperial y mucho más importante que el Gran Visir Kakashi Hatake; a su lado, se encontraba el Príncipe Daisuke que como siempre era quien representaba la sucesión del Imperio ante la ausencia de su hermano Shisui que no hacía nada por participar en la política, ni por agradar a su padre. Para nadie era una sorpresa que, si el Príncipe Shisui se volvía Sultan, la Sultana Sakura habría de ejercer como regente; y es más, la idea satisfacía a todos ya que no existía nadie más capaz que gobernar digna e irreprochablemente el Imperio. Si bien el Imperio había cambiado, el Príncipe Daisuke—con ya veintisiete años—permanecía tan atemporal como su hermosa madre, casi como si el tiempo no pasara sobre ninguno de los dos. Gallardo y vigoroso, el Príncipe destacaba involuntariamente por su altura, su temple de gobernante y su indiscutible atractivo, como siempre; portaba un Kaftan marrón brillante—por sobre la usual túnica marrón, a juego, de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—de aspecto metálico, de cuello alto y mangas hasta poco más arriba de los codos, un patrón de escamas de plata enmarcaba los codos, los hombros y el cuello antes de formar una línea vertical—a la par de nueve pequeños botones de plata que iban desde el cuello hasta el abdomen—hasta la altura del abdomen donde se dividía en dos siguiendo el dobladillo de la tela, permitiendo así parte de la visibilidad de las botas de cuero marrón oscuro que usaba.
-Kami mediante, alteza, Majestad, saldremos indemnes de toda amenaza- oro Kakashi bajo la aprobación del Sultan y el Príncipe Heredero, pero esencialmente de alguien más que se hallaba en la habitación.
-Pero hasta entonces todo nosotros desplegaremos a hombres de nuestra absoluta confianza que patrullen incansablemente por toda la capital- declaro Boruto lealmente, a la par de Mitsuki que secundo su declaración.
-Seguramente han de estar escondiéndose en las provincias aledañas, como las ratas que son- dedujo Sasuke evidentemente, con veneno.
El pasar de los años y la continua influencia de su madre sobre su persona habían hecho que Daisuke comprendiera realmente las intenciones de los individuos políticos, y los jesuitas no eran un caso diferente por más que se ocultaran bajo unas aparentemente honestas intenciones en pro de su religión, no, los católicos creaban guerras por simple disidencia, no se conformaban con que le permitieran ejercer su credo sin restricción alguna, lo que ellos querían era el poder absoluto y no podían permitirlo. La tolerancia solo abarcaba ciertos extremos de la vida y Daisuke confiaba en que su madre opinara igual.
De la forma más disimulada posible y sin ser percibido por su padre, Daisuke levanto la mirada hacia el enrejado que comunicaba la sala contigua con la sala del Consejo, y hubo contemplado el sereno rostro de su madre que le sonrió en cuanto sus miradas se encontraron, ambos forzados a romper el contacto visual por las meras apariencias ya que Sasuke no sabía que Sakura se hallaba presente. Escuchando en silencio la reunión, la Sultana portaba unas rigurosas pero elegantes galas de seda color negro ribeteadas en encaje en el corpiño y la falda, de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos pero que se volvían holgadas hasta casi cubrir las manos, calzadas en su totalidad a su indiscutible belleza, favoreciéndola todavía más, por sobre estas galas o más bien pegadas a ellas se hallaba una chaqueta de satín gris grafito que enmarcaba los lados del corpiño, de mangas ajustadas y cortas hasta los codos y que igualmente pegada al vestido formaba una falda superior que no se cerraba sino que enmarcaba los lados de las galas inferiores. Sencilla, a decir verdad. Alrededor de su largo cuello se hallaba una fina cadena de plata compuesta por una serie de siete pequeñas cunas ovaladas de diamante con una piedra de ónix en el centro, del dije central pendía uno más pequeño igualmente de diamante solo que en forma de lagrima y con una piedra de ónix homologa en su centro a juego con un de par de pendientes de diamante en forma de lagrima y una piedra de ónix en su centro. Su larga melena de rizos rosados caía libremente tras su espalda, adornada por una hermosa corona de plata en forma de espinas y pequeños capullo de rosa, con incrustaciones de diamantes y piedras de ónix así como cristales color negro que en conjunto con el resto de su apariencia, incluyendo una corta capa negra cerrada al cuello que obstruía parte de su vestido, la hacían ver aún más poderosa y hermosa de lo que ya era.
Anteriormente y de estar en la misma situación es que Sakura le habría comunicado a Sasuke su intención de participar de la reunión de forma indirecta, pero ahora no podía confiar en él, no como antes y es por ello que a sus espaldas había comenzado a interferir en las decisiones que él tomaba y que antes de ser realmente aprobadas habían de pasar por ella. No permitiría que otro acontecimiento como el que había sido la muerte de Rai volviese a tener lugar, de ser así; Sakura se atrevía a plantearse a sí misma la posibilidad de deponer a Sasuke como Sultan y en su lugar poner a Daisuke en el trono de forma legítima. O Sasuke o sus hijos, así de sencillo, pero uno no podía reinar mientras el otro viviera, era una cuestión de vida o muerte.
No se trataba de ningún juego.
El Harem siempre era un lugar feliz gracias a la administración de la Sultana Sakura, y aún más con la presencia de tres Príncipes y tres Sultanas jugando allí bajo la atenta mirada de sus madres; los hijos del Príncipe Daisuke, los pequeños Príncipes Baru y Kagami de tres años y su hermana Sumiye, el Príncipe Izuna-hijo de la Sultana Sarada-con casi diez años, su hermana de tres años, la Sultan Naomi, y finalmente la menor de todos ellos, la Sultana Kohana, hija de la Sultan Izumi. Las tres hermosas Sultanas, sentadas sobre los divanes del área privada del Harem, contemplaron felizmente la entretención de sus hijos, igual de alegres que las concubinas y sirvientas presentes y que no apartaban sus ojos de los adorables infantes. La Sultana Sarada por su parte, observaba sonriente a su hija Naomi, agradecida día a día con la providencia por haberle brindado la hija que tanto había deseado tener, comprendiendo las muestras de amor que su propia madre le había dado. El fruto del primer embarazo e la Sultana Izumi igualmente había sido una niña; Konoha, apenas unos meses menor sus primas y primos más pequeños, pero mucho menor que Izumi.
-Sultanas, altezas- se retiró una de las sirvientas, dejando la bandeja sobre la mesa.
En la compleja sociedad cortesana, no destacar y hacerse notar de forma individual era u error y ratania afortunadamente había comenzado a ser consciente de esto al poco tiempo después del nacimiento de sus hijos ya que, en la actualidad, sin lugar a dudas representaba todo lo que se esperase que fuera la Sultana Haseki del Príncipe Heredero: belleza, encanto, recato y dignidad, por no decir poder ya que esto era gracias a la Sultana Sakura a quien permanecía siendo indiscutiblemente leal. Disfrutando de las festividades es que la Sultana Aratani, se encontraba doblemente hermosa, ataviada en unas sencillas pero muy halagadoras galas marrón brillante, de aspecto metálico al estar bordada en hilo cobrizo para emular un patrón inentendible pero tremendamente atrayente, el escote era cuadrado y calzado a su femenina figura, de mangas ajustadas hasta los codos pero que se volvían holgadas hasta casi cubrir las manos que la Sultana mantenía cruzadas sobre su regazo—exponiendo así su sortija de matrimonio—y una elegante falda que se dividía en dos capas, una inferior y una superior, ambas igualmente notorias. Su largo cabello castaño, plagado de rizos, se hallaba elegantemente recogido tras su nuca, dejando caer un rizo rebelde en el costado derecho de su rostro, resaltando así tanto sus dulce facciones como la guirnalda de oro y de la que pendían diamantes y cristales en forma de lagrima juego con un par de pendientes de oro y cristales en forma de lagrima. Finalmente y sobre su largo cabello se hallaba una hermosa corona de oro en forma de ondas que como emblema central y de mayor tamaño representaba una orquídea igualmente ribeteada de diamante y cristales ambarinos como el resto de la estructura. Hermosa a tal grado que muchos y muchas se quedaran absortos contemplándola. Era correcto decir que era—después de la Sultana Sakura—la mujer más bella del Palacio sin pertenecer sanguíneamente a la dinastía de los Uchiha.
Luego de la Sultana Sakura, si había una persona que destacara en el imperio a cusa de su belleza esa ilustre persona sin duda alguna era la Sultana Sarada que se veía inigualablemente favorecida del resto de sus hermanas ante su indiscutible parecido con su progenitora, la Sultana Sakura y todo lo decían; de no ser por el color del cabello y ojos, y uno que otro rasgos heredado del Sultan Sasuke, la Sultana Sarada bien podría haber sido un reflejo de la Sultan Sakura e el pasado, o inclusive su hermana gemela. Un encantador vestido malva realzaba su delgada, tentadora y cadenciosa figura de proporciones perfectas y dignas de comparar con las de una diosa griega o romana; Selene o Artemisa. El malva casi parecía blanco haciéndola lucir aún más inocente, el escote era alto y cuadrado pero rebelaba un pequeño escote bastante sugerente a la imaginación de cualquier hombre, adornado en los bordes y el centro del corpiño con encaje violeta claro que estaba además adornado con pequeños diamantes que brillaban con el movimiento, patrón que se repetía en los bordes de la falda del vestido que igualmente conformaba una falda inferior. Las mangas eran ajustadas hasta los codos a partir de donde se abrían frontalmente en lizos de gasa y tul que exponían los brazos. Su largo cabello azabache se encontraba impecablemente peinado en una cascada de hermosos rizos que caían tras su espalda, adornado por una pequeña y suave diadema de oro y amatistas casi malvas que se ubicaba sostenida bajo dos mechones que sujetaban los extremos en un regido sencillo trenza mariposa. Unos pequeños pendientes de oro con una amatista en el centro oscilaban entre sus rizos, destellando contra la luz, dándole una imagen totalmente angelical e inocente.
La juventud se apreciaba muy bien en el Imperio, y por ello es que la Sultana Izumi; de ahora dieciocho años, relucía como el lucero del alba que jamás parecía desaparecer del cielo y cuya atrapante belleza imposibilitaba apartar la mirada de ella tal y como sucedía con las Sultanas Sakura, Mikoto, Shina y Sarada. En menos de cuatro años había sido madre en dos ocasiones, en ambos casos Sultanas que reflejaban la indiscutible belleza del Imperio que—Kami mediante—habría de continuar hasta los fines de la historia humana. Su esbelta figura era ataviada por un sencillo vestido morado-índigo de escote en V, con sei botones cobrizos que iban desde el escote hasta la altura del vientre, sin mangas pero que gracias a la elegante caída de la tela de la falda—diseñada para ello—se bastaba solo para encantar a la vista. Por sobre el vestido o pegada a él se hallaba una chaqueta superior ligeramente más clara, de escote redondo y mangas ajustadas pero que, al permanecer abierta, dividía el centro del corpiño de los laterales creando una corta falda que llegaba hasta la altura de los muslos, la tela estaba plagada de bordados cobrizos que se centraban en el borde del escote, la chaqueta y el dobladillo de la falda así como en las muñecas. Su largo cabello castaño caía sobre su hombros derecho en una cascada de rizos que ocultaba parcialmente la guirnalda de oro y dijes de diamantes en forma de púas que yacía alrededor de su cuello, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima, además y sobre su cabello descansaba una sencilla diadema de oro en forma de sencillo, decorada por diminuto diamantes y que parecía un arcoíris ante el reflejo que creaban los vitrales por los cuales se filtraba la luz.
-Sumiye, cariño- llamo Aratani a su hija que correteaba en compañía de sus primas Naomi y Kohana.
Como si de una orden se tratase, aunque no lo fuera, las pequeñas Sultanas e sujetaron las faldas de sus pequeños vestidos, antes de acudir junto a sus madres, sentándose en sus regazos, mientras que los dos pequeños Príncipes, acompañados por su primo Izuna, hubieron regresado a la mesa con mucha más calma, sentándose frente a la mesa, atraídos por los dulces que allí había. El Príncipe Izuna por su parte, y con el debido formalismo, se sentó en el diván junto a su madre que envolvió su brazo alrededor de sus hombros con un gesto cariñoso. Esa paz era maravillosa, pero preocupante de igual modo porque Sarada mejor que nadie recordaba lo fácil que podía desaparecer…así había sucedido durante las muertes de sus hermanos Itachi y Baru, solo que su madre cada vez se volvía más precavida, y se distanciaba del Sultan así como ellas mismas; en la medida de lo correcto, claro.
-Disfruta de estos días felices, Aratani- animo Sarada, abrazando a su hija Naomi que aprovecho la ocasión para tomar uno de los dulces de la mesa, -ninguno de nosotros puede afirmar cuanto duraran- menciono la Uchiha tristemente para sí misma.
-Eso intento, Sultana, pero es difícil- declaro Aratani en un tono controlado para no preocupar a sus hijos, -se rumorea que los jesuitas son una amenaza- murmuro la Sultana lo bastante alto para que la Sultana Sarada la escuchar.
-En efecto, pero no es correcto hablar más de lo que se puede masticar- tranquilizo Izumi, sin dejarse abatir.
-¿Quién mastica?- pregunto la pequeña Kohana al haber escuchado las palabras de su madre.
Una risa no pudo evitar salir de los labios de las tres madres ante esta inocente pregunta, recordando que tenían testigos, y solo uno de ellos precia comprender de que hablaban, y ese era Izuna quien en solo unos cuantos años tendría la edad suficiente para participar en política, mientras que los demás infantes—por otro lado—eran ajenos a las preocupaciones que llenaban la mente de todos en el Palacio. Esa inocencia tan perfecta y encantadora debía preservarse, y ellas como madres no deseaba que sus hijas aun fueran participes de lo complejo que era el mundo…todavía no.
-Nadie Kohana, es solo una expresión- rio Izumi, besando la corinilla e su hija.
-No entiendo- la pequeña Sultan hizo un infantil puchero a modo de respuesta.
-Tampoco, yo, mamá- secundo Naomi, en el regazo de su madre.
-Ya aprenderás, Naomi- postergo Sarada, no deseando que su hija creciera tan rápidamente.
-Yo si entiendo- claro Sumiye, sentada junto a su madre.
Si bien esta respuesta fue motivo de risa, no fue con malas intenciones sino que todo lo contrario. Daisuke privilegiaba a Sumiye por encima de sus hijos, porque ella se parecía mucho a él, y si había alguien mejor preparada para el mundo de la política pese a seguir siendo ingenua, ellas no la conocían. Una alegría y quietud así no se veía seguido en el Harem, no bajo la anarquía que usualmente tenía lugar de forma omnisciente, así que Aratani se decidido a seguir los conejos de las Sultanas Sarada e Izumi; disfrutar de la paz, mientras existiera. Sumiye bajo de su regazo, acercándose voluntariamente a sus primas para explicarles en qué consistía este "dicho", ocasión que sus hermanos Baru y Kagami no perdieron para ocupar su lugar el diván, junto a su madre que los abrazo cariñosamente, haciéndolos reír.
-Mis Príncipes- arrullo Aratani.
La paz debía disfrutarse, al menos mientras durara lo que tuviera que durar.
-Sultana- reverencio el Uzumaki respetuosamente.
Las reuniones del Consejo siempre eran motivo de aburrimiento, o eso es lo que Sakura bien podía pensar en algunas ocasiones ante os temas de carácter casi bélico que tenían lugar y que pese a contar con su participación no eran de su agrado; aborrecía la guerra, aborrecía el sufrimiento de la gente, pero si la única forma de evitar un derramamiento de sangre mayor por cuenta de civiles, es que se debía luchar con espada en mano, ella tristemente tenía que permitirlo y aceptar esas muertes, porque una Sultana no gobernaba, no como lo hacía un Sultan, y su propio poder si bien era mayor que el de Sasuke…eso no significaba en lo absoluto que siempre pudiera hacer aquello que deseaba, ese no era un punto concreto del cual confiarse. Pero, si bien había un momento libre del cual disfrutarse ese era paseando por el jardín, rodeada del aroma de las flores que tanto amenizaban su tiempo, y la llegada de Naruto era un motivo extra por el cual sentirse feliz ya que ´él siempre era capaz de acompañarla cuando más lo necesitaba.
-Naruto- sonrió Sakura, encantada con su presencia, -aprecio que hayas tenido un momento para venir- admitió la Haseki, más que conocedora de la labor del Uzumaki al ser el Hasoda Basi.
-Sultana, detendría el mundo si usted me lo pidiera- declaro Naruto sinceramente, como si de un caballero del medievo se tratase.
-Estoy próxima a pedirte ese favor- bromeo Sakura, dándole el insuperable privilegio de escucharla reír muy brevemente.
Los años pasados los habían vuelto íntimamente cercanos, muy amigos y unidos entre sí, pero obviamente conscientes de que nunca podría existir nada entre ambos; Naruto amaba a Sakura, pero ella no podía corresponderle ni porque deseara ni porque le estaba permitido, era la Haseki del Sultan a quien—pese a sus decisiones—seguía amando, pero no iba a negar que Naruto poco a poco estaba ganándose un lugar más y más especial en su vida, casi la hacía considerar llegar a sentir algo por él, aunque Naruto insistía en ser feliz con solo ser importante para ella, lo cual ya era claramente obvio; pero, se debía tener cuidado. Mucha gente podía pensar lo contrario a la realidad existente, podían suponer que había algo romántico o prohibido entre ambos, así que como medio de respaldo es que Sakura siempre le pedía a Tenten que estuviera presente, o alguna de sus hijas, para que nadie pudiera pensar algo que no existía.
-Un pajarito me contó que el Sultan te propuso a una mujer como esposa- comento Sakura, divagando naturalmente, pero mostrando el debido interés.
-Si, Sultana, pero me he negado esta mañana- confeso Naruto, un tanto incomodo por tener que aludir un tema así siendo que solo tenía ojos para ella, -disfruto de mi viudez, además creo que a mi edad no es tan importante tener una esposa, Boruto ya es mayor y no anhelo tener más hijos si esa es la cuestión- justifico el Uzumaki con raciocinio.
Por obra de sus aliados—Shikamaru, más específicamente—es que nada podía permanecer como secreto para ella, tarde o temprano ella siempre sabía que es lo que sucedía en el Imperio, y aún más prontamente en el Palacio que ella administraba tanto dormida como despierta ya que todos cumplían perpetuamente con sus órdenes. Así que, enterarse de la posibilidad que Sasuke le había planteado a Naruto no era algo sorprendente para nadie, ella siempre conseguía saber lo que sucedía a su alrededor; no volaba ni una sola hoja en el jardín Imperial sin que ella lo supiera, no llegaba una nueva concubina sin que ella lo permitiera y no se aprobaba ninguna ley sin que antes ella misma decidiera si era correcto o no. Ella era la auténtica autoridad del Imperio y del Palacio, ella era el Imperio.
-Has sido absolutamente leal a este Imperio por años, Naruto, creo que no es egoísta desear algo para ti mismo- opino Sakura, no considerando negativa la oportunidad de que el Uzumaki fuese feliz, -mereces ser feliz- añadió la Sultana, tranquilizando las inquietudes que Naruto pudiera sentir, temiendo ofenderla; lo sabía.
-No niego desear serlo, Sultana- sosegó Naruto, sin apartar su mirada de los orbes esmeralda de la Haseki, -pero no puedo pensar en mi felicidad cuando mi corazón ya tiene dueña, y late desesperado cada vez que esta ante su bendita presencia- declaro el Uzumaki con ineludible sinceridad.
La inocente sonrisa de la Sultana no disminuyo ante las declaraciones del Uzumaki, de hecho solo se ensancho ante la gratitud que sentía por ser la musa de esas palabras románticas, incapaz de comprender como es que un hombre podía sentir tanto mor si tener la acertada instancia de ser correspondido. Once años, once años viviendo un amor que incluso había sido negado por ella en sus inicios, y aun así Naruto estaba a su lado cuando más lo necesitaba, él la protegía y ayudaba a cada instante posible, ejercía un rol para con ella que Sasuke había rechazado desde hace tiempo; el serle sincero a toda costa, eso era lo que Sakura más valoraba de las personas, la sinceridad y que eran tan nula de encontrar en un Palacio como aquel, e infinitamente valorada por lo mismo.
-Sé que usted no me corresponde, Sultana, pero con saber que me considera, podría morir tranquilo en este preciso momento- prometió Naruto, sin exigir ser correspondido en lo absoluto.
-Por razones obvias, corresponderte estaría mal, en todos los sentidos- recordó Sakura, no como reproche sino que simple abstención, -pero sabes que tienes un lugar en mi corazón, Naruto- garantizo la Haseki, levantando una de sus manos y situándola sobre el brazo del Uzumaki. -Eres el único que ha sido plenamente sincero conmigo a pesar de todo- añadió la Sultana, alejando su mano del rubio que siguió todos su actos con su atenta mirada zafiro.
-¿Y su Majestad?- se aventuró a cuestionar el Uzumaki, entre confundido e inquieto.
-Las cosas entre el Sultan y yo han cambiado- respondió Sakura de forma inmediata, no dando lugar a sus confusos pensamientos, -él ha cambiado y no puedo reconocerlo, no puedo predecir lo que hará, no puedo despegar mi vista de él, temo que la próxima vez Daisuke o Shisui sean los implicados en una conspiración- admitió la Haseki, manifestando así la continua preocupación que sentía. -Sasuke se ha convertido en un peligro- determino Sakura con una calma inquietante, pero no tanto como la fiereza que trasmitían sus declaraciones.
-No tiene por qué temer, Sultana, le prometo arriesgar mi vida para proteger a los Príncipes- tranquilizo el Uzumaki, como si de un juramento se tratara, y lo era; sus sentimientos por la Haseki eran tales, que estaba dispuesto a cometer traición contra el propio Sultan, aun cuando fuera su Hasoda Basi.
Los peligros—pese al pasar de los años—seguían allí por más que la realidad pareciese pacifica, y Naruto no era ajen en lo absoluto de las preocupaciones de la Sultana sobre los Príncipes Daisuke y Shisui…el miedo ante la posibilidad de que murieran a causas de las órdenes del Sultan; igual que el Príncipe Rai, un hecho tan triste y que la Sultana Haseki era incapaz de olvidar y por lo que Naruto velaba por resguardar a os Príncipes y Sultanas como si fueran sus propios hijos. Expresar los sentimiento era un error en el imperio, entre más lejano de otros se estuviera, más invulnerable se podía ser; era una analogía sencilla pero fundamental, más aun así Sakura confiaba en las palabras de Naruto porque lo había demostrado desde la muerte de su hijo Itachi, dando todo de si con tal de proteger a sus Príncipes, y se mantenía junto a ella como solo podían hacerlo aquellos cercanos a ella y a quienes consideraba su familia…pero Naruto tenía un lugar especial e inigualable.
-Lo sé, confió en ti, Naruto- sonrió Sakura.
Muchos de los Príncipes o Sultanes que formaban parte del Imperio elegían no ser muy demostrativos de afecto, porque era evidente que si alguien sabia de esto, podían utilizarlo como una estrategia para llegar a él del modo que fuera, pero esos estándares de comportamiento dinástico habían desaparecido desde que el Sultan Sasuke había ascendido al trono y desde que su Haseki—la Sultana Sakura—había alumbrado a cada uno de sus hijos, formando alrededor de ellos una imagen de poderío incuestionable, dignidad, pero también amor en ese vínculo familiar y único que los mantenía unidos y que habían sabido transmitirles a sus hijos; como era el caso de la Sultana Mikoto que estaba embarazada después de quine años de su primer embarazo, la Sultana Shina que parecía mostrar síntomas de embarazo y alegría sin confirmar nada, o la Sultana Sarada que continuaba engrandeciendo a su familia, y la Sultana Izumi que además de su hija Kohana, tenía una hija un año menor; la Sultana Hana.
Daisuke por su parte—y eso Aratani lo sabía muy bien—había tenido una vida familiar propia antes de conocerla a ella, gracia a la difunta Sultana Midoriko que le había dado dos hijos; el Príncipe Sasuke y la Sultana Mikoto, así que una prácticamente recurrente como padre era estar ahí para sus hijos siempre que lo necesitaran, aunque igualmente distante por ser el Príncipe de mayor edad, y sucesor casi directo del Sultanato de su padre en cualquier caso. Pero esta "rutina" era diferente hoy más que nunca, por así decirlo…desde el nacimiento de sus hijos es que Daisuke sierpe se mantenía muy pendiente de ella, no permitiéndole pasar ninguna noche sola, eso y por no hablar de que los aposentos de sus hijos estaban prácticamente pegados a los suyos, siempre estaba ahí, siempre estaban juntos como la familia que era. Aratani no sabía si erraba en su conclusión, pero sentía que Daisuke temía volver a perder aquello que amaba, porque el amor que se tenían era absolutamente sincero.
-Confió en que la celebración haya sido provechosa- se interesó Daisuke genuinamente.
-Mucho- aseguró Aratani con una radiante sonrisa en su rostro, -estos pequeños rateros de corazones acaparan las miradas- acuso la Sultana, bajando su mirada a sus pequeños hijos que se observaron entre sí, confundidos por la acusación.
-Sí, no me miran a mí- se quejó Sumiye, cruzando los brazos sobre su pecho de forma increíblemente tierna e inflando sus mofletes.
El cuadro en cuestión era muy enternecedor de contemplar, desde luego: el Príncipe Daisuke y la Sultana Aratani sentados sobre el diván junto a la ventana, con la tierna Sultana Sumiye de tres años sentada en el regazo de su padre—evidentemente recalcando el hecho de que era su favorita—y los dos pequeños Príncipes Baru y Kagami, de igualmente tres años, sentados a los pies de su madre jugando con unos pequeños caballos de juguete, fingiéndose conquistadores de una tierra imaginaria. De hecho, y contraria a sus dos hermanos aun infantes mentalmente es que Sumiye—pese a ser solo una niña—era mucho más madura, casi nacida y preparada para ser una Sultana poderosa algún día, poderosa e influente ya que siempre quería ayudar a su padre con los documentos a su alcance, aprendiendo de él, y de su abuela la Sultana Sakura.
-Yo solo tengo ojos para ti, Sumiye- tranquilizo Daisuke, besando la mejilla de su hija que rio, dejando atrás el escaso momento de disgusto, -para ti, y para tu madre- especifico, levantando la mirada hacia Aratani que fingió arrogancia, riendo ante sus románticos elogios.
Muchas mujeres ne el Palacio—ya sea favoritas o Sultanas por alumbrar Príncipes—vivían con el permanente temor de ser desplazadas, pero Aratani no, ella sabía el lugar que ocupaba e la vid de Daisuke—sin ser arrogante u orgullosa, claro—y que quizá solo tenía comparación con el lugar que tenía la Sultana Sakura en la vida, corazón y mente del Sultan Sasuke, ¿la razón? Daisuke no llamaba a ninguna mujer a sus aposentos salvo a ella, ni miraba a nadie más, las pruebas eran más que contundentes y obvias. Con semejante idilio, ¿se podía ser más feliz? Junto a quien más se amaba, sí. El sumamente cómodo instante de silencio se vio interrumpido cundo, de manera repentina, resonaron una serie de respetuosos golpes contra la puerta de la habitación.
-Adelante- indico el Príncipe.
Las puertas de la habitación se abrieron antes de que una tierna y pequeña figura entrara en la habitación, acompañada por una de las doncellas de la Sultana Aratani que, con una reverencia, se retiró respetuosamente, dejando a la pequeña Sultanita de dos años cuya aparición aumento la felicidad de sus padres e hizo que su madre se levantara del diván, acercándose a ella solo para abrazarla. Na de las muchas pruebas que Aratani tenia para ser penamente feliz eran sus cuatro hijos, si, cuatro; apenas unas semanas después del regreso de Daisuke de Persia hacia tres años atrás es que había vuelto a embarazarse, y nueve meses después no había sido una sorpresa para nadie el nacimiento de una segunda Sultana, especialmente bien recibida por el Príncipe Daisuke y la Sultan Sakura, siendo ella misma quien había nombrado a la pequeña como Risa; que significaba "nacimiento de flores en el hogar" un sinónimo muy claro de que las Sultanas nacidas en el Imperio eran una seguidilla de flores en un jardín sin comparación alguna, cada una más bella que la anterior en todos los sentidos.
-Risa, mi Sultana- arrullo Aratani, cargando sin problemas a su hija en sus brazos.
-Mami- saludo la pequeña Sultanita.
Los cabellos de su hijos eran una especie de amalgama múltiples; Baru con cabello castaño muy oscuro, Kagami de un matiz levemente más claro, y Sumiye—como ella misma—tenía un largo cabello castaño, pero risa por su parte era una especie de representación femenina de las misma características de su padre, mismos iris ónix brillantes y vivaces, y mismo tono de piel semejante al alabastro y un largo cabello azabache cuyos rizos se arremolinaban a la altura de sus hombros. Con su hija menor en brazos, no fue problema alguno para Aratani regresar al diván, con Daisuke y todos sus hijos, sentando a la pequeña Risa en su regazo y quien se contentó con ser mimada por su madre. Admirado por este mismo halo de dulzura y amor incondicional—solo semejante a parte de la imagen de su madre—es que Daisuke fue incapaz de apartar sus ojos de Aratani, que levanto la mirada confundida y alagada por esto.
-Gracias de nuevo- declaro Daisuke, infinitamente dichoso.
-¿Por qué?- no comprendió Aratani, confundida por su repentino agradecimiento.
-Por darme todo esto- respondió el Uchiha con simpleza.
Lo único que Aratani pudo hacer ante este—a su entender—desmedido elogio, fue sonreír, agradecida y feliz por causa de él, por causa de ese amor que había surgido muy tardíamente desde la primera vez que se habían visto sin ser del todo consientes de quienes eran respectivamente, pero un amor que ante su auténtico primer encuentro formal había nacido con una sola mirada, una atracción sin precedentes y que seguía allí. Amaba a Aratani, esta declaración era absolutamente sincera, y de igual modo no podía olvidar todo cuanto había perdido por causa de una inútil y actualmente incomprensible atracción por Koyuki y que había cobrado un precio enorme, algo que jamás recuperaría, pero; gracias a Aratani, había surgido la posibilidad de ejercer borrón y cuenta nueva, gracias a Aratani había recuperado todo cuanto había creído perdido.
Aratani había conseguido volver a hacerlo feliz.
Los aposentos del Sultan era un lugar de encuentro muy común para él y su Haseki, con quien a pesar de sus obvias discrepancias seguía profundamente unido, igual de prendado y enamorado de ella que el primer día…no, más, mucho más que ese primer día y eso continuaría aumentando inevitablemente por más que ella siguiera empeñada en mantener vivo el recuerdo del pasado, incapaz de perdonarlo, lo cual era obvio para Sasuke desde el primer día en que había regresado al Palacio tras la ejecución de Rai. Cenando juntos, sentados uno frente al otro y sin embargo sin dirigirse la palabra, así es como se encontraban el Sultan y su Haseki esa noche, luego de que todo el ajetreo cortesano hubiera hecho que—con facilidad—el día sucediese de forma veloz, culminando en la predecible caída de la noche. Algo permanecía ocupando la mente de Sakura, y si bien hasta ahora Sasuke había guardado silencio; el seguir viéndola ajena a él no resultaba tolerable, ya lo había vivido una vez y no quería que volviera a ocurrir.
-¿Hay algo que te moleste?- inquirió Sasuke.
-¿Más allá de lo obvio?- contesto Sakura, sin brindarle la respuesta que, sabia, él quería, -Sasuke, ¿En que estabas pensando? Naruto ha servido a este Imperio y a la dinastía desde siempre, aun cuando ordenaste que ejecutaran a Menma Uzumaki, Naruto olvido todo eso y permaneció leal y sé que lo hará de igual modo en el futuro- reprocho la Haseki que si bien hasta ahora había fingido ignorancia con respeto a ese asunto, ya no pensaba hacerlo más, -merece decidir qué hacer sobre su vida- sentencio Sakura, brindando su propia y honesta opinión.
El paso de los años no había solucionado los problemas entre ambos ni siquiera un ápice, y si bien mantenían un trato cordial entre sí en todos los sentidos sin llegar a instalar en la mente de la corte la idea de que la relación entre ambos no era lo que había sido una vez, las discusiones eran más que comunes y solían tener lugar regularmente en sus vidas por más que pareciera ser una pareja como cualquier otra que acallaba su propia enemistad, fundamentalmente ella, desde luego. Sakura elogiaba comúnmente a muchos miembros de la corte y el Palacio, así que para Sasuke era común escuchar recomendaciones de nombramientos y demás asuntos de estado, pero no alcanzaba a comprender como es una persona antes insignificante para Sakura ahora merecía tanta atención de su parte, ¿Qué tenía Naruto de especial?, ¿Por qué Sakura parecía preocuparse tanto por él?
-Me sorprende que hables tan bien de él- comento Sasuke con sarcasmo, cosa que no le hizo la más mínima gracia a Sakura. -Pero no viene al caso, es un súbdito del Imperio y como tal considero que merece un honor así- justifico el Uchiha con simpleza, no considerando la situación como un asunto tan importante, o más delegando indirectamente la cuestión a la jurisdicción o intervención de su Haseki.
-Sasuke, jamás me entrometo en asuntos del estado, y si bien administro la corte y el Harem, no haré nada esta vez, Naruto merece decidir- se opuso Sakura rotundamente, negándose a tomar decisiones que no consideraba propias de ella. -Sinceramente creo que deberíamos ocuparnos de asuntos más importantes- comento la Haseki, deseando cambiar de tema lo más pronto posible.
Naruto era importante para ella, desde luego, porque era un aliado con quien siempre podía contar…no, incluso más que eso, era más que un ánimo, era alguien que tenía un lugar ganado a pulso en su corazón, un lugar que Sasuke perdía más y más cada día; pero eso no significaba que ella pudiera hacerlo tan evidente, todo comentario demasiado halagador podría crear ideas erróneas, no solo en la mente de los miembros de la corte, sino que también en Sasuke que aparentemente había comenzado a darse cuenta del favoritismo que ella le brindaba al Uzumaki. Debía ser muy cuidadosa, porque en un Palacio como aquel; se caía cuando no se pensaba que caería y se moría cuando no se pensaba que se podía morir.
-¿Cómo cuáles?- indago Sasuke, igualmente no deseando discutir con ella.
-El compromiso de Naori, por ejemplo- comento Sakura, aludiendo el tema, cambiando así el foco de la conversación, -sé que no te lo había mencionado pero he elegido a Abaza Tekka Pasha como novio, y Mikoto ha aceptado- añadió la Haseki antes de beber de su copa.
-Creí que habíamos acordado que quien merecía tal honor no era sino a Hikaku Pasha- protesto Sasuke, confundido por su cambio en una decisión que habían tomado hacía meses atrás.
-Cambie de parecer, creo que Abaza Tekka Pasha resultaría un candidato más que idóneo- justifico Sakura con simpleza, ya que como Haseki y administradora del Harem y la corte todas aquellas decisiones solo le competían a ella, -y acorde un encuentro entre él y Naori, con Mikoto y yo presentes por supuesto, si es que no te opones a ello- consulto la Sultana de forma indirecta.
No estaba mintiendo, claro que había cambiado de idea, decidiendo así que Abaza Tekka Pasha era un mejor candidato por su juventud e indiscutible lealtad hacia ella, pero eso no era todo; sabía que ahora sus decisiones tenían más peso que nunca, Sasuke no podía decidir o hacer nada sin ella, de hacerlo la perdería para siempre, esa era la idea que Sakura sabía que Sasuke tenía en mente, el temor de perderla, eso era lo que evitaba que él pudiera hacer todo cuanto le placía, porque ella tenía un lugar simplemente irremplazable en su vida y que ahora Sakura ocupaba a su antojo. Su miedo era real, Sakura era lo más importante que tenía en el mundo, lo único puro e inocente que seguía existiendo en el mundo, alguien incorruptible; por todo ello y el inmenso amor que sentía por ella es que estaba dispuesto a permitir todo cuanto ella considerara oportuno, porque no estaba dispuesto a perderla por culpa de sus propios errores.
-Tienes mi consentimiento- acepto el Uchiha.
-Gracias- agradeció Sakura únicamente, volviendo a guardar silencio.
Un nuevo día se alzaba glorioso en la capital del Imperio Uchiha; Konoha. Como no había sucedido anteriormente, los habitantes habían recibido un comunicado por miembros el ejecito jenízaro, el reunirse en el centro de la ciudad, orden que no habían tardado en cumplir, encontrando allí—para su sorpresa—un grupo considerable se sirvientes y sirvientas del Palacio que habían establecido una organización tal para entregar oro y comida a todos, así como ropa. Normalmente quien ejercía un rol así ante la gente era la Sultana Sakura, pero esta vez ella no se encontraba presente, provocando que lo presentes no supieran quien era el responsable de aquel acontecimiento.
-Gracias- gratifico una mujer.
-Provecho- animo el sirviente.
-¿El Sultan ordeno todo esto?- inquirió uno de los hombres
-No Celebi, la Sultana Sakura- contesto una de las sirvientas.
Esta respuesta les fue otorgada a todos los hombres, mujeres, niños y ancianos presentes y que se regocijaron al saber que pese a no poder estar ante ellos, por el motivo que fuera; la Sultana seguía pensando en ellos en todo momento, siempre era así: cada día de cada semana, de cada mes y año, siempre tenía un instante en que pensar en ellos, siempre les manifestaba el amor que jamás habían recibido de ninguna otra Sultana. La alegría de los presentes fue tal que nadie salvo los sirvientes designado hubo notado la aparición de un soldado del ejército jenízaro que, sin anunciarse, se situó en la entrada de la plaza principal, bastando solo un par de segundos para que se volviera el centro de atención.
-Escuche todo el mundo- llamo el jenízaro, cumpliendo las ordenes entregadas por la Sultana Sakura sobre el anuncio que debía hacer, -sabemos que la Sultana Sakura ha planeado un compromiso entre Abaza Tekka Pasha y la Sultana Naori, todos estos presentes solo vaticinan mayor alegría, una alegría que la Sultana nos brinda dándonos dinero para comer y subsistir de su propio tesoro- manifestó el soldado brindando de igual manera su propia opinión que iba en consonancia con los pensamientos de la gente que lo escuchaba atentamente. -La Sultana Sakura, vive por nosotros, ella es la única que nos ha mostrado amor genuino- declaro el jenízaro que era claramente leal a la Haseki del Sultan, -ella es más que una mujer, es más que una Sultana, ella es nuestra esperanza, ella es nuestra Regente y Gobernante, nuestro ángel- enumero el soldado, causando los murmullos de los presentes y que solo conseguían ratificar sus palabras, porque eran el testimonio de la gente, de sus pensamientos. Solo gracias a ella tenemos paz- concluyo el jenízaro.
-¡Larga vida a la Sultana Sakura!
-¡Viva la Sultana Magnifica!
-¡Larga vida a la Haseki del Sultan!
-¡Viva la Madre Noble!
-¡Larga vida a la voz del Estado!
-¡Viva la Sultana de Sultanas!
Los vítores de la gente era una prueba concluyente de quien era quien gobernaba realmente el Imperio, quien por pedio de obras de caridad y declaraciones de amor filial había pasado a ocupar un lugar semejante y que ningún otro Sultan o Sultana en la historia del Imperio había conseguido ocupar. Un nuevo matrimonio de un miembro de la dinastía solo significaba más celebración, ciertamente, pero esa entrega emocional y material siempre tenía lugar, solo que ahora en mayor cantidad; sabían que pueblos de soberanos europeos padecían hambre y penurias, pero ellos…ellos podían dormir tranquilos con un techo y comida que agradecer poseer, todo por una mujer que habiendo llegado en calidad de esclava y extranjera se había vuelto más miembro e la dinastía Uchiha que nadie que hubiera nacido en ella, se había vuelto el ángel y la esperanza que el pueblo tanto necesitaba.
La Sultana Sakura era quien realmente gobernaba el Imperio.
Había una regla indeleble y no escrita en el Imperio. La Sultana Kaede, esposa del Sultan Hashirama; la había forjado desde su ascenso al poder tras el nacimiento de sus hijos. Una Sultana siempre era un modelo a envidiar y seguir, por ello su imagen debía de ser—en algún modo—extravagante, esplendida, maravillosa, así cualquiera que estuviese ante ella y la viera podía decir: "vaya…". En sí se trataba de expresar el carácter mediante la vestimenta y acciones, y una de las mayores exponentes de tal conducta antes que Sakura no había sido otra que la Sultana Mei, así como la Sultana Mito. Pero contraria a aquellas reglas, Sakura no se esmeraba tanto en ser arrogante, había aprendido de sencillez de la mano de su difunta suegra, la Madre Sultana Mikoto, y comprendía que en ocasiones la simplicidad era algo aún más acertado que la arrogancia, más no significaba que no emplease ni una ni otra. Por ello, —sentada sobre el diván, tras el conservador enrejado que dividía la habitación—y luciendo simplemente perfecta en su naturaleza inocente y empática es que la Sultana Sakura acaparaba la atención de quien sea que la viese.
Portaba un sencillo vestido de seda cian-turquesa, de escote bajo en forma de corazón, ajustado bajo el busto y calzado minuciosamente a su figura, cerrado por una seguidilla de cinco botones que iniciaban bajo el busto y llegaban hasta la altura del vientre, las mangas eran ajustadas hasta los codos y abiertas frontalmente como lienzos de gasa que exponían los brazos. Alrededor de su cuelo se hallaba un collar de oro en forma de V del cual pendía un dije que emulaba el emblema Imperial de los Uchiha, a juego con un par de pronunciados pendientes de escama de oro en forma de lagrima. Su largo cabello rosado se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, exponiendo con facilidad su cuello, y realzando aún más la espectacular corona Imperial de los Uchiha sobre su cabeza, aquella que representaba su Sultanato y matrimonio, hecha sobre una base de oro y conformada por gasa dorada con múltiples joyas incrustadas, y que sostenía un largo velo turquesa que caía tras su espalda y a medias sobre sus hombros.
-Abaza Tekka Pasha, espero que no haya sido una molestia venir- sonrió Sakura, tratando con aquella inequívoca familiaridad y empatía a quien era tan cercano a ella.
-En lo absoluto, Sultana, siempre estoy a sus órdenes- garantizo Tekka, sonriendo ligeramente ante el honor que significaba estar frente a tres Sultanas, dos de ella a quienes ya conocía desde hace años. -Sultana Mikoto, es un placer volver a verla- reverencio el Pasha, con el debido respeto ante la presencia de los sirvientes de las Sultanas en la habitación.
-Pasha- saludo Mikoto, igualmente feliz de volver a ver a un viejo amigo.
Sentada a su derecha e igualmente encantadora—siendo su primogénita—se encontraba la Sultana Mikoto que permanecía incólume y leal a su madre como debía de ser, siendo la segunda mujer más poderosa del Imperio tas su progenitora, y además madre de la futura "novia Imperial" que era su hija y cuyo compromiso deseaba efectuar siendo consiente de cada suceso que tuviera lugar y madre lo comprendía. No había dolor más egoísta para una madre que ver alejarse a su hijos, y Mikoto sufría inevitablemente ya que Naori era su única hija; claro, ella y Kakashi aguardaban el inminente nacimiento de otra hija o hijo en el futuro a causa de su recientemente confirmado embarazo, pero eso no quitaba el amor que Mikoto siempre le dedicaría a su hija primogénita, al fruto del amor que sentía por su esposo, el Gran Visir.
Su perfecta figura era ataviada por un sencillo pero muy femenino vestido de seda esmeralda; de escote corazón—obviamente—con seis botones de oro en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, de mangas ajustada hasta la muñecas y calzado detalladamente a su figura para crear una falda que se acentuaba a la silueta de sus muslos. Sobre el vestido se hallaba un chal de encaje que caía tras su espalda y sobre sus hombros, enmarcándose a los costados del vestido, y ligeramente bordado en plata, aportando una imagen aún más halagadora. Su largo cabello rosado impecablemente plagado de rizos caía libremente tras su espalda y un mechón sobre su hombro izquierdo, adornado en su cima por una diadema de oro, compleja, pero hermosa de tipo broche que hacia caer una esmeralda en forma de lagrima sobre su frente, además complementada por una serie de pequeñas piezas de oro que como broche adornaban su cabello y hacían destacar un par de pendientes de oro que emulaba una cuna en forma de flor de cerezo con una esmeralda ovalada en su centro.
-Centrándonos en el asunto importante, te presento a mi nieta, la Sultana Naori- delego Sakura, cambiando el enfoque de su mirada hacia su nieta Naori que era la ofrenda de compromiso en cuestión.
Finalmente y sentada a la izquierda de la Sultana Sakura se hallaba aquella Sultana que—a sus quince años ya cumplidos—era la ofrenda en matrimonio que cada político y hombre de estado deseaba por esposa: la Sultana Naori, nieta mayor de la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke, así como hija primogénita de la Sultan Mikoto y el Gran Visir Kakashi Hatake.
Su belleza ciertamente aún era muy inocente y juvenil, pero ello solo contribuía a hacerla aún más tentadora gracias al aspecto que le brindaban las sencillas pero favorecedoras galas verde-amarillo que portaba; de escote redondo con un cuelo falso ligeramente en V, de mangas ajustadas hasta los codos pero que se volvían holgadas y transparentes hasta casi cubrir las manos, por sobre el vestido se hallaba un chaqueta oliva oscuro escasamente cerrada a la altura del vientre por un cinturón de cadena de oro con diamantes incrustados, y de mangas holgadas y abiertas desde los hombros, plagada de bordados color mantequilla y cuyos contornos estaban enmarcados en hilo de oro Alrededor de su cuello y casi enmarcando se hallaba una cadena de diminutas perlas de dos vueltas alrededor de él, y por sobre este una fina cadena de oro de la cual pendía un dije que representaba el emblema de los Uchiha, con una esmeralda en forma de lagrima colgando de el a juego con un par de pendientes homólogos. Su largo cabello rosado caía como una cascada de rizos tras su espalda, únicamente enmarcando su rostro se hallaba un par de rizos rebeldes que solo parecían resaltar más por obra de un broche de oro en forma de mariposa que decoraba su cabello y que tenía sobre si diminutos diamantes incrustados que parecían destellar con los colores el arcoíris ante la luz del sol que se filtraba por las ventanas.
-Es un honor conocerla finalmente, Sultana- saludo Tekka respetuosamente, pero incapaz de apartar sus ojos de la dulce faz de la Sultana ante él, -mucho se dice de usted, pero Kami es testigo de que su belleza supera todo lo imaginado- declaro el Pasha sinceramente fascinado por su belleza.
-Pasha- sonrió Naori, halagada por sus elogios y nada decepcionada; sino que animada, con respeto al atractivo de su "futuro esposo".
La Sultana Naori contaba quince años recién cumplidos, y Tekka por su parte tenia caso dieciocho, él ciertamente era un Pasha joven e igualmente inexperto en muchas materias, pero poseía todos los elementos que habrían de hacerlo un político muy valorado en el futuro; era inteligente, lea, sincero y con una fe inquebrantable en el Sultanato que tenía lugar, aún más enfáticamente en la Sultana Sakura a quien conocía muy bien, pero pese a ello, Tekka nunca pudo haberse sentido menos preparado al estar delante de la que considero la mujer más bella sobre la tierra. Los rumores siempre existían, siempre se decía que existían mujeres más bellas, la Sultana Sakura era un ejemplo al ser más hermosa en ese sentido, pero al contemplar a la Sultana Naori y viceversa…ambos sintieron como si con esa sola mirada hubieran contemplado la razón de su existencia, ahí delante de ellos y pidiéndoles aceptar el matrimonio ante el cual no tenían negativa alguna.
-Seré franca contigo, Tekka, el Imperio ya no es lo que fue hace décadas, se teme que la estirpe de los Uchiha desaparezca por obra de quien gobierna este Imperio- se explicó Sakura con la debida diplomacia, conociendo perfectamente a Tekka como para poner confiar ciegamente en él y sin ninguna duda, -y en estos tiempos de necesidad, hemos de tener a nuestros aliados cerca de nosotros y viceversa- añadió la Haseki, justificando así parcialmente el motivo por el cual había solicitado su presencia.
-No es un secreto que el Sultan Sasuke duda de todo a su alrededor, y como medida de precaución, necesitamos que nuestros aliados respalden la posibilidad de que el Príncipe Daisuke ascienda legítimamente al trono, como Sultan, cuando la ocasión lo amerite- declaro Mikoto, respaldando la opinión de su madre y justificando así la estrategia que se tenía.
Por más que hubieran pasado tres años, por más que existiera un aparente grado de paz, nada garantizaba que eso fuera a durar, el problema con la paz es que pese a ser apreciaba jamás duraba en realidad, solo era un tiempo indefinido de cese al fuego; tiempo para pensar y planear, tiempo con que preparar una estrategia aún más contundente, y pese a ser la hija del Sultan, Mikoto estaba igualmente dispuesta a tener que enfrentar a su propio padre con tal de proteger a sus hermanos, porque ellos, sus hermanas y su madre así como sus hijos eran lo que más le importaba y no existía ningún precio que pagar y la crueldad que pudiera ejercer estaba justificada.
-Te conozco desde niño, Tekka, yo te saque del mercado de esclavos, ¿Recuerdas?- rememoro Sakura una sutil sonrisa en su rostro, recordando a la perfección al niño de ocho años que había visto como un esclavo a tan tierna edad. -Te vi y supe que estabas destinado a escribir tu propia suerte, no a que la escribieran otros, si se te propone esta unión es porque eres merecedor de ella, estamos más que seguras de ello- se expresó la Haseki con ese tono de voz tan maternal y cariñoso en ella, y que siempre obtenía adeptos.
-Sultana, mi vida es suya, mi destino es el suyo- respondió Tekka, indisolublemente leal a la mujer que había abierto un camino nuevo para él que en aquel entonces no había tenido ni sido absolutamente nada, -y si bien le he sido, soy y seré leal hasta mi muerte, acepto esto por mi voluntad, y porque no anhelo nada más que tener la gloriosa oportunidad de hacer feliz a la Sultana Naori- confeso el Pasha, exponiendo sin reparo alguno sus sentimientos.
Sakura contemplo de sola sayo la expresión de enamorada en los ojos de su nieta que prácticamente hizo todo esfuerzo posible para evitar suspirar como si de una soñadora se tratase, captura por una especie amor y atracción irrefutable que había sufrido desde el primer encuentro entre su mirada de la de Tekka, cosa que le agradaba en demasía. Se avecinaban tiempos verdaderamente difícil, y Sakura deseaba que todos sus secanos; nietos, nietas, hijos e hijas, estuvieran a salvo de los enemigos más repugnantes que pudieran existir, los miembros de la política que bien podían o no estar de su lado, fingir y tender trampas que ella ya conocía muy bien, porque las había soportado en los días de Mito, Mei y Rin. Sufrir, por su parte, no le importa, pero no estaba dispuesta a presenciar el sufrimiento de quienes más amaba.
-Superas mis expectativas, como siempre, Tekka- felicito Sakura.
-Es lo único que anhelo hacer- justifico el Pasha, sabiendo que podía retirarse tas haber aprobado sinceramente la decisión de la Haseki del Sultan, -Sultana Sakura, Sultana Mikoto. Sultana Naori- se despidió Tekka.
-Pasha- sonrió Naori.
Muchas cosas habrían de suceder de ahora en más; la planeación de la boda, su vigilada interacción durante el tiempo que durase el compromiso, y que dentro de un par de meses culminaría en una boda que, con solo observarse, ya desean que tuviera lugar. La felicidad era imposible en ese Palacio; eso era cierto, pero eso no significaba que el amor no pudiera tener lugar, y que la razón de todo ello en el caso de ambos no fuese más que una simple mirada que los había envuelto en un velo irrompible.
El amor si existía…
Para que un Imperio como el de los Uchiha se mantuviera fuerte, se debían tomar medidas y Sakura llevaba años tomándolas; desde la muerte de Rai es que secretamente le había declarado una especie de acta de guerra a Sasuke, siendo tanto su aliada como su enemiga, porque no podía ni odiarlo ni amarlo como antes, ni mucho menos estar dispuesta a anteponer la vida de él por sobre sus hijos, no podía hacer ni una ni otra cosa, era simplemente imposible; por causa de ello es que la alianza que representaba el matrimonio entre Abaza Tekka Pasha y Naori era imperdible, no se podía cometer error alguno porque debían obtener más aliados, debían anteponer su seguridad a cualquier cambio que pudiera remecer los cimientos del Imperio y salir indemnes de todo y continuar adelante. La noche había caído hacía ya un par de horas, más aun así Sakura había considerado pertinente aquella instancia para reunirse con sus hijos Daisuke y Shisui en sus aposentos, a solas.
Vestía unas sencillas pero igualmente elegantes galas de seda verde malaquita perfectamente calzadas a su figura, —como siempre—de escote cuadrado, ligeramente redondeado, con una serie de nueve diminutos botones de igual color que iban desde el escote hasta la altura del vientre, de mangas ajustadas hasta los codos pero que se volvían holgadas hasta cubrir las manos, salvo que la Sultana las mantenía cruzadas sobre su regazo, acariciando con una especie de tic la sortija de las Sultanas en el dedo anular de su mano derecha, y además la falda detallaba con sutileza pero indudable encanto el contorno de sus muslos bajo el vestido, dejando en claro su belleza tanto visible como oculta a ojos de todos por su riguroso pero igualmente favorecedor modo de vestir. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, exponiendo fácilmente su cuello y la fina cadena de oro de la cual pendía el dije que emulaba el emblema de los Uchiha del cual colgaba un cristal jade en forma de lagrima a juego con un par de pendiente de cuna de oro en forma de lagrima con un cristal jade homólogo en su centro. Sobre su cabello se encontraba una sencilla corona de oro, diamante pieza de oro y esmeralda que conformaban una estructura en forma de estimas y capullos de rosa.
Sentado junto a su madre y con un aspecto sombrío, riguroso y maduro se encontraba el príncipe Heredero, Daisuke, que si bien siempre estaba de acuerdo con su madre, no era ajeno a los peligros que eso igualmente podía traer; Daisuke mentiría al decir que no sentía miedo hacia su padre, claro que lo tenía, peor sabia ocultarlo perfectamente lo cual era distinto. Su prioridad eran su madre, hermano, esposa e hijos, y presentía que quien más corría peligro era Shisui porque su volubilidad podía jugarle en contra y hacer que el Sultan lo considerase su enemigo. Sumido en sus propias divagaciones y en conjunto con su propia apariencia es que Daisuke parecía más reflexivo que de costumbre, tendiendo a la introspección. Vestía un Kaftan de seda color negro—por sobre la habitual túnica de cuello alto y mangas ajustadas hasta los muñecas—de mangas ajustadas y cuya tela estaba plagada de una serie de diminutas representaciones del emblema de los Uchiha hechos de hilo de plata, con hombreras, cuello y una pechera que se extendía hasta el abdomen hecho de cuero, con una serie de sei botone de plata que iban desde el cuello hasta el abdomen, y con un fajín de seda que cerraba el Kaftan a su cuerpo por obra de un pequeño boche de plata y ónix que replicaba el emblema de los Uchiha, además, la caída de la tela permitía la visibilidad de las tradicionales botas de cuero color negro, bajo el Kaftan.
-¿Hablaste con Abaza Tekka Pasha, madre?- más bien afirmó Daisuke luego de haber escuchado la explicación de su progenitora, -¿No crees que es peligroso?- cuestiono el Uchiha, no oponiéndose en lo absoluto a los planes que tuviera su madre, pero si temiendo que ella corriera un riesgo innecesario por solo conspirar para protegerlos a él y a Shisui.
-Peligroso seria quedarnos sin hacer nada- defendió Sakura, sosteniendo las manos de su hijo entre las suyas, sin apartar su mirada de la de él, -una vez te lo mencione, Daisuke, no podemos permitir que nos destruyan, solo moriremos tras haberlo dado todo- recordó la Haseki, con su carácter aun latente, con la fuerza necesaria para aplastar a cualquier enemigo.
Si bien usualmente elegía mantenerse al margen de toda planeación o actividad que su madre tuviera a bien ejercer por su seguridad, esta vez Shisui había elegido participar y declarar indirectamente a su madre que estaba de su lado en todo cuanto decidiese, y que pasara lo que pasara siempre depositaria su confianza en ella y en todo cuanto considerase correcto. No sabía si lo que se especulaba de é era totalmente cierto, eso sobre que estaba loco; quizá fuese verdad, peor le importaba poco porque la presencia de su madre siempre lo devolvía a la cordura, siempre conseguía alejar las pesadillas, sus miedos…junto a ella Shisui se sentía a salvo, sentía que no tenía nada a lo que temerle. El joven Príncipe de ya dieciocho años vestía—obre la habitual túnica malva de cuello alto y mangas ajustadas hasta la muñecas—un riguroso Kaftan malva en su mayoría, de cuello alto y mangas hasta los codos; de cuello alto, pechera—decorada por cinco botones e oro entrelazados por cadenas de oro, de manera horizontal—y fajín granate que cerraba el Kaftan sobre su cuerpo y que producía tal caída en la tela para exponer la botas de cuero marrón oscuro bajo el Kaftan cuya la tela estaba plagada de diminutas representaciones del emblema de los Uchiha sobre sí. Brindándole un aspecto ligeramente más informar es que el cuello del Kaftan permanecía abierto, a la par con sus rebeldes cabellos azabaches y su nerviosa mirada ónix que iba a de su madre a su hermano mayor.
-Nuestra madre tiene razón- justifico Shisui para sorpresa de Daisuke que no supo que decir ante sus palabras, -no estoy del todo en mis cabales, pero sé que no podemos permitir que nuestro padre haga lo que le plazca- razono el Príncipe, observando a su madre que le sonrió a modo de respuesta.
-Exactamente, los peligros están presentes en cada esquina, o sobrevivimos o somos asesinados- ratifico Sakura, posando una de sus manos sobre el hombro de cada uno de sus hijos. -Daisuke, Shisui, los amo a ambos, son mis trozos de cielo- adulo la Sultan sinceramente a sus hijos, dirigiendo como siempre su amor esencialmente a Daisuke, -mi sol- arrullo Sakura, acariciando la mejilla de su hijo que le sonrió como respuesta, -y mi tesoro- susurro la Haseki, esta vez centrando su mirada en Shisui que desde hace ya tiempo atrás había depositado u competa confianza en su madre, -estoy dispuesta a ir al infierno por ustedes, pero para que podamos sobrevivir y pelear otro día, necesitan confiar en mí, deben saber que daré todo para garantizar la felicidad de ustedes- prometió Sakura sin quebranto alguno en su ánimo, determinada a proteger a sus hijos.
-Confiamos madre- sereno Shisui, sosteniendo la mano de su madre entre las suyas.
-Si, confiamos, pero debes entender, madre, no podremos ocultar estas intenciones- alego Daisuke, igualmente sin dejar de preocuparse por el ser más importante en su vida.
-Llevo tres años ocultándolas de su padre, podremos- tranquilizo Sakura, esperando así -sosegar los pensamientos de sus dos hijos. Un breve y repentino silencio de apenas unos segundos se forjo entre ellos, dando así paso a la despedida que tenía lugar, al menos por esa noche. -Ya es tarde, regresen a sus aposentos y descansen, hablaremos de esto en otro momento- termino la Sultana con su voz maternalmente dulce e insuperable para ambos.
Sus hijos tenían vidas separadas entre sí y responsabilidades propias. Shisui seguía oponiéndose a participar de la política, tanto por desdén y temor a su padre omo a la política en sí, mientras que Daisuke por otro lado se ocupaba de los asuntos de estado propios de su rango como Príncipe Heredero; la imagen que el pueblo ya tenía del siguiente Sultanato, ya que se previa obviamente que Daisuke sucediera a su padre, y por ende su peso era aún más grande e importante de cargar, no se podían cometer errores. Aunque…francamente, Sakura dudaba que su hijo pudiera cometer errores, jamás la había decepcionado, y Sakura estaba segura de que jamás lo haría. Era un Sultan a sus ojos. N pro de esta "despedida" es que los tres se hubieron puesto de pie, no tanto por la ceremonia en cuestión, sino porque siempre le dedicaban tanto tiempo a su madre como les fuese posible.
-Buenas noches madre- se despidió Shisui, tomándose el egoísta placer de abrazar a su madre y disfrutar de ello, como siempre.
-Descansa, Shisui- pidió Sakura antes de romper el abrazo, acunando el rostro de su hijo en sus manos. -Recuerda que todo estará bien, yo hare que lo esté- tranquilizo la Haseki cual promesa indisoluble, y eso era.
-Lo sé, madre- sonrió Shisui.
Una última mirada fue más que suficiente para Shisui que hizo abandono de la habitación. El pasar de los años y la continua presencia de su madre habían conseguido sosegarlo, su aparente locura o neurastenia sin duda seguía allí, pero con la calma transmitida por su madre era imposible pensar en ello, aún más cuando sus hermanas y hermano estaban ahí para él cada vez que los necesitaba. Shisui era más voluble, cambiante de opinión durante la mañana de la que decía tener en la noche, y eso Daisuke lo sabía bien, así que siempre intentaba reemplazar a su hermano en cuanto a influencia política, esperando que su hermano pudiera vivir tranquilo mientras él se ocupaba de todo, porque al igual que su madre sabía que solo vivirían en paz cuanto esa especie de guerra familiar hubiera terminado y él fuese Sultan.
-Buenas noches, madre- se despidió el Uchiha, entrelazando sus manos con las de su madre.
-Daisuke, mi león, mi sol- adulo Sakura, sonriéndole de aquella forma tan inocente y perfecta a su vez, renovando los ánimos de su hijo, -descansa, todo estará bien- prometió la Haseki.
-Descansa, madre- pidió Daisuke de igual modo, esperando que pudiera dormir bien, como no sucedía en muchas ocasiones.
Como si de un caballero el medievo se tratar y manifestando el inmenso amor y devoción que le profesaba a es que Daisuke se inclinó y beso la mano de su madre, regalándole una última mirada antes de retirarse, siendo observado por su madre hasta haber partido. Un sutil suspiro abandono los labios e la Sultan que se dirigió hacia las escaleras que se encontraban prácticamente pegadas al pared junto a la puerta, siendo seguida por Tenten que se mantuvo casi pegada a ella hasta recibir una mira de la Sultana, permitiéndole retirarse a dormir, lo mismo que la Haseki pensaba a hacer. Ya a solas, la Haseki abrió por su cuenta las puertas de su habitación siendo reverenciada por los jenízaros que las flanqueaban, obsequiándole una sutil sonrisa antes de ingresar en solitario. Las puerta se cerraron tras de sí, permitiéndole encontrarse a solas con sus pensamientos, preguntándose con en tantas ocasiones si es que aquella noche podría dormir o no. Bueno…esta cuestión siempre tenía lugar así que sería lo que tuviera que pasar
Las puertas se abrieron antes de que Sakura pensase en sentarse frente a su tocador y quitarse las joyas, había sido un día muy largo y ajetreado, y deseaba dormir, pero al parecer alguien pretendía imponerse por sobre sus planes, y ese alguien—en cuanto Sakura volteo hacia la puerta—no era otra personita que su hija Hanan que ingreso en la habitación de su madre—que ambas compartían—sin soltar la mano de Kin que era su niñera. La pequeña Sultana de cinco años vestía unas sencillas e inocentes galas malva de cuello alto y mangas gitanas ajustadas a las muñecas, por sobre estas una chaqueta violeta-rosáceo de aspecto metálico y bordada en hilo de plata, de escote redondo y abierta bajo el vientre, con una seguidilla de escamas de plata a modo decorativo en los contornos del escote y el dobladillo de la falda, sus rizos rosas caían hasta la altura de los hombros, únicamente adornados por una diadema de plata y amatistas de tipo cintillo que la hacía parecer aún más tierna de lo que ya de por si era. Una mini copia de su madre ante la tierna edad que tenía.
-Hanan, ¿Dónde estabas?- curioseo Sakura,
-Estaba aburrida- contesto la pequeña Sultana, encogiéndose de hombros despreocupadamente, recibiendo una mirada reprobatoria de su madre l expresarse.
-La Sultana Hanan me pidió que la llevara a ver al Sultan- se explicó Kin.
-En ese caso todo está bien- permitió la Haseki, -gracias, Kin- despidió Sakura, permitiéndole a su amiga retirarse a dormir.
-Sultana, si me lo permite, me retirare- se despidió la pelinegra.
Sakura sintio únicamente, brindándole a Kin el bien merecido descanso que deseaba tener en tanto se retiró, —sin darle la espalda a las Sultanas—cerrando las puertas tras de si, y provocando que la Sultana Sakura observara a Hanan con fingido reproche. Conociendo muy bien el carácter de su hija menor es que Sakura le había pedido a Kin ejercer como institutriz de Hanan. Kin no solo era amable y cariñosa, sino que manejaba muchos temas e idiomas, casi tantos como ella misma y era lo bastante estricta y determinada como para hacer que Hanan comprendiera todo cuanto debía ser y lo que se esperaba de una Sultana.
-Ven aquí, descansemos- indico Sakura, cargando en brazos a su hija antes de proceder a sentarse sobre la cama, -nos espera un largo día por delante- recordó la Sultana, quitándose la corona y el resto de sus joyas, dejándolas sobre el velador
-Mamá- llamo la pequeña Sultana, obteniendo la atención de su madre, -¿Podemos ir a visitar la tumba de mi hermano Rai?- consulto Hanan, esperando que su petición no entristeciera a su madre
-Si Hanan, iremos mañana, juntas- permitió Sakura, igualmente deseando poder dedicarle algo de tiempo a aquellos que amaba y que, terrenalmente, ya no estaba ahí para ella y viceversa.
No recordaba mucho sobre su hermano Rai, porque al momento de su muerte había sido muy pequeña, pero Hanan aun vislumbraba en su mente fragmentos de quien había sido su hermano y a quien extrañaba pese a sentir continuamente el amo r de sus hermanos Daisuke y Shisui, comprendiendo parte del dolor con que su madre cargaba, deseando evitar que fuera infeliz. Acomodándose mejor sobre la cama, Sakura abrazo a su hija contra su pecho, acariciando sus rizos rosados, y meditando sobre su petición y lo que significaba para sí misma. No iba a negar que—al igual que sobre Baru, Itachi y Kagami—había intentado olvidar la muerte de Rai para no sufrir por ello, pero era imposible, cuando se amaba a alguien y se le perdía de aquella forma…cuando se sufría así, olvidar era absolutamente imposible.
-Lo extraño mucho, mamá- murmuro Hanan.
-Lo sé, yo también lo extraño- confeso Sakura con su voz quebrada por la tristeza.
El dolor jamás desaparecía…
PD: hola a todos, había prometido actualizar este fin de semana y no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" durante esta semana ya que me liberare de muchos trabajos :3), a Adrit126 (nuevamente pidiendo paciencia con respecto a su fic: "El Emperador Sasuke", ya que es una historia más compleja y difícil de desarrollar :3)y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción. Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o peliculas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
