IN FRAGANTI

Por: Tita Calderón

CAPITULO XXXVI

Sus ojos se perdieron en la distancia, mirando sin mirar el desdibujado derredor. Su mente, su corazón y su alma estaban al otro lado de esa puerta, esa bendita puerta que lo separaba de lo que más amaba en esta vida.

Miró con más intensidad hacia la puerta esperando ver algo, pero permanecía cerrada. Dio un par de pasos y estos sonaron más fuertes en el silencio absoluto que rodeaba la estancia. Miró hacia abajo y vio que aun llevaba las botas con las que había salido a cabalgar en la madrugada, estaban manchadas de lodo seco.

Sin darle importancia a su vestimenta se acercó a la ventana, colocó la mano en el cristal tratando de apaciguar sus miedos más profundos, miró al cielo buscando entre las nubes el valor para no desmoronarse si pasaba lo peor…

¿Pero que podía ser lo peor?

Perderla…

Perderlo…

Perderlos…

¡NO!

Apoyó la frente en el cristal mientras cerraba los ojos para hacer una oración al Altísimo y en su desesperación también rogó a su madre, a su padre, a su hermana y a su sobrino, pidiéndoles que intercedieran allá en el cielo por los que más amaba aquí en la tierra. Que mediaran por la dueña total de su corazón y por ese ser pequeñito al que ni siquiera había visto y que amaba con cada latido de su corazón. Si algo les llegaba a pasar a cualquiera de los dos, moriría algo dentro de él, así de simple.

Su mente se perdió tiempo atrás cuando un león intentó atacar a Candy, él se había interpuesto sin dudar entre el león y ella, y pese al zarpazo que recibió en el hombro no se retiró, ni flaqueó en su decisión. Habría dado la vida por ella y ahora se sentía tan impotente…

Con cada respiro, transcurría lentamente el tiempo y sabía que estaba a punto de desgarrarse algo dentro de él si esa puerta no se habría de una vez.

Luego de que pareciera fueron años, al fin salió el médico que había venido a revisar a Candy con urgencia.

-Pase señor Andrew, me gustaría hablar con los dos – dijo desde el umbral de la puerta.

Albert se apresuró a entrar y fijó su mirada azul llena de preocupación en Candy, que estaba recostada en la cama, en cuanto sus ojos se encontraron respiró aliviado al verla… Le habían pasado tantas cosas por la cabeza que por un momento se sintió como si estuviera en otra dimensión.

En sus ojos verdes ya no había lágrimas como cuando salió y dejó que el médico la examinara.

Al verlo vacilar unos instantes en el umbral, Candy estiró su mano en su dirección para que se acercara. Se lo veía tan abatido, por unos instantes le recordó cuando lo encontró perdido y sin memoria, desolado mirando por la ventana aquella vez en el hospital, hace ya tanto tiempo. El corazón le latió afligido.

Albert se encaminó a su lado y luego de darle un suave beso en la frente le tomó la mano, mientras se sentaba a su costado y entrelazaban los dedos.

-¿Cómo te sientes? – le preguntó con infinita ternura.

-Bien…creo - dijo Candy fijando sus ojos un momento en los preocupados ojos de Albert y luego mirando al doctor que estaba parado frente a la cama.

Albert también miró al galeno tratando de recuperar su característico temple.

-Las pérdidas de sangre al principio del embarazo suelen ocurrir con bastante frecuencia. – empezó explicándoles el doctor - Hay varias razones por las que esto sucede – les aclaró a ambos – La señora puede sangrar uno o dos días, muy levemente…

-¿Es normal? – preguntó Albert con la tensión marcada en su entrecejo pero sonando tranquilo a los oídos de Candy.

-Si, se lo cataloga como normal, algunos estudios sugieren que en la fase inicial del embarazo, cuando el óvulo fertilizado se implanta en el útero, puede presentarse este tipo de sangrado.

-Entiendo – dijo Albert mientras Candy recordaba sus clases de biología en la escuela de enfermería. ¡Qué vergüenza! Seguramente esa clase se la saltó. Bajó la mirada compungida.

-En el caso de la señora – miró a Candy - es un pérdida leve, normalmente esto no es motivo de preocupación, pero si tiene un sangrado más intenso o de un color rojo vivo podría ser un aborto espontáneo – les explicó mientras Candy apretaba la mano de Albert – Por el momento sólo le recomendaré reposo absoluto por unos días y sugeriría que no viajaran. Su esposa me dijo que tienen que regresar a Londres y luego a América.

-Así es, pero el viaje se puede postergar – aseguró Albert sin dudar.

-Les sugiero que el viaje se retrase al menos hasta que pase el primer trimestre del embarazo, la señora Andrew tiene ocho semanas y lo más indicado sería que esperaran como mínimo hasta las doce semanas y si pueden un poco más, mejor.

-No hay ningún problema. – afirmó Albert.

-Pero Albert…

Albert sólo la miró con infinito amor.

-¿Cree que es mejor que el bebé nazca aquí? – preguntó Albert.

-No es para tanto, pero me gustaría que al menos hasta completar las doce semanas de gestación eviten los viajes – los miró unos instantes antes de cerrar su maletín - Quiero que tenga una dieta balanceada y sobre todo que se tranquilice, recuerde que todo lo que siente lo transmite al bebé – le sugirió a Candy.

Candy hizo varios asentimientos con la cabeza afirmando que acataría al pie de la letra cada indicación del médico.

-Sería bueno que tomaran un té de valeriana o de tila, porque de seguro se llevaron un buen susto – dijo al ver como poco a poco les volvía el color a ambos.

-Así es – admitió Albert con un asentimiento de cabeza.

-Cualquier cosa, avísenme enseguida. De todas maneras vendré mañana para ver cómo sigue.

-Gracias doctor.

Albert le dio un beso en la mejilla a Candy y acompañó al doctor hasta la puerta.

-Doctor, en realidad, ¿están bien? – preguntó Albert cuando ya estaban afuera de la casa.

-No se preocupe señor Andrew. Todo está bien. – lo tranquilizó – el sangrado que tiene es mínimo. Con reposo estará bien.

-Gracias doctor – Albert respiró visiblemente aliviado.

Esperó a que el doctor se fuera, se pasó una mano por el pelo, miró al cielo y agradeció en silencio antes de entrar a la casa.

-Bien señora mía – dijo Albert entrando al dormitorio principal – creo que disfrutaremos de unas merecidas vacaciones en Escocia.

-Albert…- dijo Candy preocupada - ¿Y tus negocios?

-Manejaré todo desde aquí, George y Archie pueden ayudarme desde Chicago, además envié a Ben – dijo refiriéndose al mayordomo - para que me trajera todos los papeles que dejé en Londres.

-No lo sé Albert…

-Antes ya manejaron todo sin mí, lo pueden volver hacer.

Candy lo miró apenada.

-No quiero que te preocupes por nada. ¿Entendido? – le pidió Albert con firme ternura.

-Entendido – sonrió Candy – Parece que al bebé le gustó Escocia – bromeó Candy mientras se acariciaba el vientre con suavidad.

-Así parece…- corroboró Albert uniéndose a la caricia de Candy colocando su mano encima de la de ella.

Ahora su vientre estaba un poquito más abultado, pero incluso así, apenas se notaba.

-Vas a estar bien – le dijo Candy al bebé en su vientre, luego miró a Albert y acarició su rostro con delicadeza - me asusté tanto – admitió Candy respirando aliviada con grandes bocanadas de aire – Si algo le hubiera pasado…me moriría – admitió sacándose todos los miedos que tenía dentro.

Albert se recostó levemente y apoyó la cabeza un poco más abajo del vientre de Candy con suavidad y la miró desde allí, tenía tanto dinero, tanto poder en sus manos, pero nada de eso fue suficiente por unos instantes cuando sintió la impotencia de no poder hacer nada por ellos.

Alargó su mano y acarició con mucha ternura el rostro de Candy.

-Por un momento me sentí perdido – admitió con voz suave – tú y este pequeñito o pequeñita – quitó su mano del rostro de Candy y lo llevó al vientre – son toda mi vida. Los amo con todo mi corazón.

-Y nosotros te amamos a ti. – dijo Candy enredando sus dedos en los cabellos de Albert. – Vamos a estar bien. – le aseguró al ver la angustia filtrarse por los ojos de Albert.

Candy acarició los cabellos de Albert durante unos instantes hasta que su mano fue perdiendo fuerza a medida que el sueño la iba venciendo poco a poco, había pasado por un gran susto y tal vez por eso el sueño la venció tan rápido, Albert miró sus ojos cerrarse sin moverse ni un centímetro de donde estaba. Velaría su sueño…

Cuando Dalia golpeó la puerta llevando el desayuno y el té que el señor le había pedido que subiera, nadie respondió. Tomó una respiración antes de entrar luego de golpear nuevamente. Entonces sonrió. Se habían quedado dormidos. Él acurrucado cerca de su vientre y ella con sus dedos enredados en los cabellos de él.

Con mucho cuidado, salió cerrando la puerta, no sin antes, soltar un sonoro suspiro.

.

Albert envió dos telegramas unos días después a Chicago, el uno para la tía Elroy y el otro para George, donde les informaba que Candy se encontraba un poco delicada de salud por lo que no regresarían como estaba planificado.

Habían decidido que la noticia del embarazo le darían a su familia una vez que pasaran los tres primeros meses, aunque no era del todo un secreto, sus parientes escoceses se habían enterado al cabo de unos días. Bien dicen por ahí: "en pueblo chico, infierno grande".

Albert agitó la cabeza resignadamente cuando empezaron a desfilar por su casa todos sus conocidos para saber el estado de salud de Candy. Pero en el fondo fue bueno, Candy apenas tuvo tiempo de aburrirse los días que pasó en cama, que no fueron muchos. Y cuando se quedaban solos Albert solía tocarle la Gaita.

-No sé cómo pude decir que la gaita sonaba como caracoles – dijo Candy cuándo Albert terminó de tocarle una hermosa canción escocesa.

Albert sonrió recordando aquello.

-¿Y ahora cómo suena? – le preguntó mirándola con intensidad mientras dejaba la gaita a un lado y se encaminaba hacia ella que estaba recostada sobre la cama.

-Mmmm – vaciló un poco antes de contestar esperando que él se sentara a su lado. Por un momento perdió el hilo de sus pensamientos, bueno, cada que él la miraba así, se olvidaba hasta del nombre – Ahora me suena a amor…- lo miró embelesada – ahora todo lo que escucho, como y respiro me sabe a amor…- le acarició el rostro con ambas manos – todo lo que toco es amor, porque todo lo que siento es amor…amor por ti, por nuestro bebe, amor por este lugar…amor por ti.

La sonrisa de Albert se dulcificó y la atrajo a sus labios para besarla con devoción.

-Tú eres el amor, mi, amor – respondió él antes de acomodarse a su lado y devorarla a besos porque ahora solo podía conformarse con eso, con besos y nada más.

En las noches le gustaba mirarla dormir, así podía velar sus sueños e imaginar cómo sería el hijo que crecía en sus entrañas. Muy sutilmente acariciaba su vientre mientras le robaba en silencio un beso y enredaba con cuidado los dedos en los rizos desparramados en la almohada, sin cansarse de recorrer una y otra vez su perfil con la mirada.

Esperaba tanto de la vida y temía que de pronto, todo le fuera arrebatado de un soplido, entonces cerraba los ojos y la aferraba con cuidado a su pecho tratando de retenerla para siempre a su lado.

Fueron noches largas en los que el sueño le abandonó por completo y lo dejó a merced de sus miedos más profundos, hasta el día que el médico autorizó a Candy a bajar las escaleras y dar pequeños paseos alrededor de la casa.

-Por lo visto ya está bien implantado el embrión en el útero, no se ha vuelto a presentar ningún sangrado desde hace cinco días, por lo que no veo razón para que siga guardando reposo. – dijo el médico haciendo que el rostro de Candy se iluminara de alivio.

Fue entonces, solo entonces, que Albert respiró totalmente tranquilo y pudo dormir relativamente sereno.

.

Varias cartas y telegramas llegaron y salieron de Escocia, pero en ninguna hablaron del embarazo de Candy.

-Me está dando un poco de cargo de conciencia por no contarles la verdad - comentó Candy con una media sonrisa divertida, mientras terminaba de leer la carta del Hogar de Pony sentada en un cómodo diván en el porche de la casa, mientras miraba el hermoso paisaje escocés.

Aunque, para ser sinceros, más que mirar el paisaje, miraba de reojo el perfecto perfil de Albert. Era tan guapo que sin querer suspiraba para sus adentros.

-Escríbeles contándoles la verdad – le sugirió Albert levantando la mirada de la carta de la tía Elroy en la que cuestionaba la enfermedad de Candy.

-Mmm no lo creo – dudó Candy – además ya quedamos que les diríamos a nuestro regreso, a no ser que no regresemos - levantó una ceja.

Ambos se miraron, la idea que el bebé naciera en Escocia no era tan mala.

-¿Qué te dice la tía Elroy? – le preguntó Candy.

-Que ya debería haber buscado una segunda y hasta una tercera opinión sobre tu enfermedad o si simplemente es una excusa para no asistir a la fiesta de compromiso de Elisa.

Se volvieron a mirar y sonrieron. A Candy le dio un vuelco el corazón cuando miró la sonrisa de Albert.

-Creo que la tía no quiere que nos perdamos tan magno evento – bromeó Albert con un guiño sabiendo de sobra que lo menos que quería Candy, era asistir al compromiso de Elisa.

Candy le sacó la lengua y sonrió feliz, le gustaba ver a Albert más relajado, más tranquilo, los días que guardó reposo notó, con un poco de esfuerzo, lo preocupado que estaba Albert por los dos. Más de una vez lo encontró velándole el sueño o mirándola en la distancia con intensidad mientras leía. Así que trató de sonreír más y de cumplir al pie de la letra las indicaciones del médico.

-Sospecho que deben estar debatiéndose en posponer el anuncio del compromiso.

-No lo creo – dudó Candy.

Pero Albert no se equivocaba, en realidad los Legan habían pensado seriamente posponer una semana el anuncio del compromiso, no por Candy, sino por él, por William, querían que el representante de la familia Andrew estuviera presente para darle más distinción al compromiso.

-Lo que me inquieta es que los Fischer – dijo refiriéndose a la familia del novio de Elisa - creen que con este matrimonio pueden conseguir una alianza con los Andrew, y están equivocados – aseguró Albert con tranquilidad.

-¿Y por qué no?

-No me gusta como manejan la empresa, ni el trato a sus empleados.

-Bueno, los Legan tampoco tratan tan bien a sus empleados que digamos – dijo Candy recordando el tiempo que vivió con ellos.

Albert se puso serio, recordando que Candy había dormido en el establo cuando vivió con los Legan. Tragó con algo de dificultad ante aquel desgarrador recuerdo.

-¿Crees que uno de los motivos para pedirle matrimonio a Elisa haya sido la esperanza de una alianza? – preguntó Candy preocupada.

-No quiero pensar eso, pero hay una enorme posibilidad. Antes que se enteraran que los Legan tenían relación directa con nosotros, Fischer ni siquiera miraba a Elisa, pero luego de nuestro matrimonio casi se le pegó como si fuera su sombra.

Un recuerdo lejano pasó a la velocidad de un rayo por la mente de Albert, cuando Fischer se enteró que había una Andrew soltera y disponible, enseguida hizo llegar una invitación a la mansión.

"…

-¿Qué hay en ese sobre? – preguntó Albert, al ver que un sobre quedaba rezagado en la bandeja.

-Es para la señorita Candy – aseguró solemne el mayordomo.

-Déjame ver.

Un aire frío le corrió por la espina dorsal al ver que la invitación iba dirigida a Candy y era de los Fischer. Ellos querían una alianza a como diera lugar. Y Candy era un buen anzuelo para conseguir lo que querían.

Cuando Candy llegó más tarde del hospital, Albert le entregó el sobre.

-¿Quiénes serán los Fischer? De seguro son conocidos de la tía abuela. – murmuró Candy mientras leía la invitación.

-¿Irás? – le preguntó Albert precavidamente, si ella aceptaba le contaría las sospechas que tenía sobre la insólita invitación. Pero igual la dejaría decidir, total en aquel tiempo solo eran amigos.

-No, no sé ni quiénes son – aseguró sin vacilar - además ya quedamos que si no trabajabas podríamos salir a dar una vuelta. ¿Lo recuerdas? – Candy sonrió y se deshizo del sobre en su presencia.

-Lo tengo muy presente, y no se me olvida. Sólo que pensé que a lo mejor me cambiarías por esa invitación.

-Jamás – contestó Candy con firmeza.

…"

Algo en aquel recuerdo le contrajo las vísceras. Pensar que alguien había querido utilizar a Candy solo por interés le revolvía el estómago. Pero el alivio al recordar su respuesta, "que jamás lo cambiaría por nada", era un claro indicio que ella ya sentía algo por él en aquel entonces…

-Pobre Elisa – dijo Candy tocándose el corazón, cortando los pensamientos de Albert.

-Yo no tendría pena por Elisa, sino por Donald, no sabe dónde se está metiendo – meditó Albert en voz alta.

-No seas tan duro con ella. Nadie se merece que le hagan algo así – comentó Candy apenada.

-No te preocupes princesa – Albert sonrió mientras la miraba con amor, ella siempre se preocupaba por los demás, incluyendo Elisa – Le pedí a George que les dejara bien claro a los Fischer que no teníamos ningún interés en unirnos en una alianza. Y que la unión con Elisa, no significaba una alianza comercial con nuestras empresas.

-¿Así de claro?

-Así de directo y claro – aseguró - Pero no te preocupes, que la tía Elroy también está advertida sobre eso y Elisa no es ninguna ingenua – la tranquilizó Albert.

-Tienes razón, creo que mejor voy a leer la carta de Patty. – dijo Candy luego de un suspiro.

-Y yo la de George.- añadió Albert.

Albert abrió el sobre de Patty y se lo pasó.

-¡Se reconciliaron! – dijo con un grito Candy – ¡Stear la fue a buscar para decirle que nunca la dejó de amar! - añadió emocionada.

Albert sonrió y dejó su carta a un lado mientras Candy le leía con euforia la carta de Patty.

-Estoy tan feliz por ellos – dijo Candy al final de leer la carta.

-Qué bueno que Stear recapacitó y fue capaz de hablar con ella – comentó Albert también contento por ellos.

-Sí, es un milagro, creo que todo está volviendo a tomar su cauce – comentó aliviada.

-Cuando el amor es verdadero encuentra el rumbo para unir a las personas – dijo mirándola fijamente.

-Tienes razón.

En ese momento les trajeron un poco de limonada y Candy se acomodó un poco en el cómodo diván.

-¿Qué te dice George? – preguntó Candy luego de tomar unos bocaditos de su limonada.

-Me explica sobre algunas reuniones en la empresa, y de documentos que firmó, tuvo que ajustar algunos plazos y que la nueva secretaria es un poco lenta.

-Jajajajaja – rió Candy al imaginarse al eficiente George lidiando con la nueva secretaria – dile que le pida a Margarita que vuelva – le sugirió sacándole la lengua.

-Jajajaja - rió Albert – No lo creo – la miró unos instantes antes de preguntarle - ¿Y ahora que carta vas a leer?

-La de Annie ¿y tú?

-La de Stear.

-¿Stear te escribió?

-Así parece.

Albert leyó con atención la carta de Stear

-Stear dice que quiere que le haga un préstamo, para abrir un taller… - comentó Albert cuando terminó de leer la carta.

-¿Un taller?

-Quiere ensamblar cajitas de música pero que su padre quiere que estudie y por eso recurre a mí. Quiere tener algo que ofrecerle a Patty.

-¿Y qué vas hacer? – preguntó Candy emocionada.

-Le enviaré un telegrama a George para que le ayude, pero le escribiré a él sugiriéndole que estudie, pues así podría darle un mejor futuro a Patty.

Candy sonrió emocionada.

-Veamos qué me dice Annie en su carta, a lo mejor Archie ya le pidió matrimonio – murmuró contenta mientras abría la carta.

Albert la miró y sonrió, ella siempre andaba de casamentera con ese par.

-Annie está muy preocupada por mi salud – comenzó a decir en cuanto leyó la carta - dice que todos han bombardeado de preguntas a Archie y Stear pensando que ellos sabían algo sobre mi enfermedad y que ellos solo dicen que estaba con un poco de indigestión, así que me pregunta si es un pretexto para tener una segunda luna de miel – comentó Candy entre risitas - dice que Archie casi no se separa de Stear y que espera que cuando Patty vaya a Chicago a estudiar en la sinfónica esto cambie – volvió a soltar risillas - También dice que Archie va a visitarla todas las tardes luego de salir de la empresa – comentó Candy.

Annie, por supuesto, había omitido, que cada visita de Archie significaba besos a escondidas, que últimamente lo que menos hacían era hablar. Incluso había tenido la intención de preguntarle a Candy si cuando eran novios con Albert se la pasaban de beso en beso cuando nadie les veía.

-No sé qué espera Archie para pedirle matrimonio – Candy movió la cabeza negativamente.

Albert sonrió.

-Dice que Elisa está más insoportable que nunca con el compromiso. Y termina la carta pidiéndome que me cuide mucho y que a lo mejor una vuelta en canoa por el lago me puede ayudar a sentirme mejor – puso a un lado la carta de Annie – El lago – murmuró Candy recordando aquel verano lejano.

-¿Quieres ir a dar un paseo por el lago? – le preguntó Albert.

-Me encantaría. Pero está un poco lejos – meditó Candy mientras se acariciaba el vientre.

-Iremos en coche.

-Vamos entonces. – dijo emocionada.

-Al llegar al lago, Albert le ayudó a salir del auto con delicadeza.

Candy miró el lago, estaban al otro lado de donde Elisa había caído de la canoa. El brillo ahora era distinto era más nítido que sus recuerdos de aquel entonces.

Recordó a Terry saltando para salvar a Elisa.

Albert tomó su mano y Candy entrelazó sus dedos con los de él. Miró con detalle el paisaje que les rodeaba y a la distancia recordó su primer beso…ese único beso que la tomó desprevenida aquel día y luego la bofetada que dio y recibió. Por un momento sintió la fuerza del golpe en su mejilla.

Albert la atrajo con delicadeza hacia él y la abrazó antes de darle un delicado beso en la mejilla, justo donde instantes antes había sentido el recuerdo de una bofetada.

-Te amo – le dijo sin ninguna razón – Aquí, en este lugar – continuó Albert luego de permanecer un momento rozando la mejilla de Candy con sus labios – mi padre le propuso matrimonio a mi madre.

-¿Cierto? ¿Justo aquí?

-No sé si fue en este preciso lugar – Albert rió – pero sé que fue frente al lago.

-Que romántico – dijo Candy en medio de un suspiro.

-Candy, cuando nos casamos aun nuestros sentimientos no estaban claros como ahora – dijo Albert mientras Candy hacía un asentimiento de cabeza recordando aquellos días lejanos – Pero hoy este amor lo abarca todo, absolutamente todo dentro de mí. Simplemente te adoro – le confesó mirándola con profundidad.

Candy sintió que flotaba incluso con su vientre que ahora pesaba un poquito más. Flotaba.

-Yo también te adoro – corroboró Candy.

-He estado pensando – dijo Albert acomodándole unos bucles de oro que le caían por la ceja - ¿te gustaría que naciera aquí nuestro hijo?

Continuará…


Notas de la autora:

Y luego de casi un año de no actualizar vuelvo con esta actualización. Tuve unos días, mejor dicho meses...digámosles de temple de acero, de trabajo estresante...pero como todo lo bueno y lo malo a la final pasa...también ese tiempo pasó. Y como siempre hay que encontrarle el lado bueno a las cosas, creo que son momentos como estos los que también forjan el carácter...Yo que estaba tan encarrilada en la actualización de IF pero a veces la vida real es así...te desequilibra un poco y hasta volver a encarrilarte lleva un poco de tiempo.

Les agradezco con todo mi corazón por esos hermosos correos y reviews que me han dejado a lo largo de todo este tiempo y muchos de los cuales no pude contestar como debería pero los he leído...

Y aquí estoy para decirles ¡Gracias!

Gracias por el reviewton creado por la iniciativa de Elisa y apoyado por Karen, Chilenita y Marla. Gracias chicas, para mí significa muchísimo este gesto.

Gracias a Cecy, mi querida Cecy por volver a comentar cada capítulo con su gato y debo contarles que Cecy hizo unos fanarts bellísimos para esta historia, si los quieren ver, están en mi perfil de Facebook.

Les cuento que éste era el último capítulo, y terminaba con las palabras de Candy diciéndole a Albert: Yo también te adoro, pero pienso que no era justo luego de tanta demora terminarlo allí. Así que lo alargué un par de capítulos más con los que terminaré esta historia.

No se olviden de comentarme sobre el capítulo.

Gracias por leer y por su infinita paciencia.

Tita Calderón