33. El ojo del huracán

- Ay, Conejito… Te juro que quisiera llenarte de besos. Hacer el amor, incluso; pero... Tengo miedo de que nos lastimemos, corazón.

Lincoln asintió. Después del día espantoso que habían pasado, todo lo que quería era unos momentos a solas con su Florecita. Le hubiera encantado comérsela a besos, pero Lisa fue muy enfática cuando les entregó los analgésicos.

- Son analgésicos muy, muy potentes. Les van a quitar casi todo el dolor. Ustedes van a sentir que están bien, pero en realidad no lo están. No hagan movimientos bruscos, porque pueden lastimarse más. Sobre todo, tienen que cuidar la herida de Linka en la nariz, ¿entendieron?

Linka tenía lastimaduras de consideración. La más importante era la de su nariz. Su tabique nasal requirió alineación, y estuvo cerca de fracturarse. Afortunadamente, con una férula fue suficiente. La herida de la cabeza era considerable, pero pudo ser cerrada con vendoletes, sin necesidad de suturarla. El labio superior se partió en dos lugares, y tenía varios golpes y cardenales en el tórax y los costados.

Lincoln salió un poco mejor librado. Al menos, no tenía ninguna herida abierta; pero quedó con un hematoma y moretones en las costillas, en los brazos, las piernas y la cadera izquierda.

A los dos los atendieron rápidamente en el hospital local y, cuando al fin regresaron a casa, Lisa los revisó y les dio pomadas y analgésicos. Les aseguró que los moretones y las heridas desaparecerían en una semana.

- Lo sé, Florecita. - respondió Lincoln-. Yo tampoco quiero que nos lastimemos más. Solo te pregunto, ¿puedo besar tu cara?

- Claro que sí, mi vida -contestó la niña con una media sonrisa.

Lincoln se acercó, y la besó suavemente en los sitios de su cara que no estaban lastimados. Linka tuvo cierto temor al principio, pero enseguida comenzó a disfrutar del suave contacto de los labios de su amado sobre su piel. Era el contacto más dulce que había recibido aquel día.

- Linky... Ahh... -suspiró la niña.

- ¿Te duele, corazón? -se detuvo Lincoln, preocupado.

- No. Sigue, mi amor. No te detengas...

Lincoln entendió y siguió besando a su amada, solazando sus labios con el exquisito tacto de su sedosa piel.

Besos y caricias. Eso era lo que necesitaban después de recibir tantos golpes y sufrir tantas angustias.


Los policías que los encontraron los trataron con respeto y delicadeza. Posiblemente no los hubieran tratado tan bien, si no fuera porque los encontraron heridos. Al menos eso pensaron ellos cuando vieron que levantaban a su atacante sin mayores consideraciones, sin esperar a que se repusiera del todo. Lo esposaron y lo metieron a la patrulla, sin contemplación alguna.

Uno de los policías, el de mayor edad, revisó la herida de Linka; mientras el otro llamaba al hospital. Cuando lograron controlar la hemorragia, los llevaron de inmediato. Solamente les preguntaron por los nombres, la dirección y el teléfono de sus padres; y no los importunaron en ninguna otra forma. Ya no supieron lo que ocurrió con Paige.

Rita llegó mientras recibían atención médica. Ella los abrazó, los besó, y les pidió explicaciones. Todo pudo haber quedado allí, pero como estaba involucrada una persona que tenía antecedentes penales, los policías insistieron en llevar a los niños a la comisaría para tomarles declaración.

Hasta ese momento todo fue relativamente sencillo; pero las cosas se complicaron cuando el padre de Paige se presentó en la delegación para poner una querella contra quien resultara responsable por las heridas que sufrió su hija. Llegó vociferando y gritando que su hijita había sido atacada por un par de vándalos, y en ese momento estaba siendo sometida a una cirugía para intentar salvarle el brazo.

Eso puso muy nerviosos a Lincoln y Linka. Los policías notaron su inquietud, y los instaron a que hablasen. Pero Rita intervino, y dijo que los niños no harán más declaraciones si no era en presencia de su abogado. Así que lo llamó, y el interrogatorio tuvo que ser suspendido hasta que el abogado se presentara.

Fueron horas tensas y angustiantes para los dos. Estaban cansados, asustados y muy adoloridos, pues ni el paracetamol ni el diclofenaco fueron suficientes para aliviar sus dolores. Rita, prudentemente, evitó preguntarles nada enfrente de los policías. Se limitó a acariciarlos, confortarlos y sujetarles las manos.

Cuando el abogado llegó, insistió en invocar la Quinta Enmienda de la Constitución, y en tener una charla privada con los chicos. Ya ahí, los niños tuvieron que explicar detalladamente todo lo que ocurrió, la manera en que se vieron obligados a defenderse de sus agresores, y lo que Linka le había hecho al brazo de Paige.

El abogado y Rita escucharon con atención, completamente estupefactos. A los dos les costó mucho trabajo concebir, o siquiera imaginarse lo que ocurrió. Tras una breve consulta a sus bases de datos, el litigante decidió que los niños no tenían por qué declarar sobre el asunto, y diseñó una estrategia legal para protegerlos en caso de que hubiese una querella contra ellos.

Al fin, después de casi seis horas, Lincoln y Linka pudieron regresar a casa; y obtener el confort y descanso que tanto necesitaban.


Los muchachitos continuaron amándose con cuidado. Se besaron con precaución en los rostros febriles, y sus respiraciones se agitaron.

Pronto, sus cuerpos clamaron por mayor cercanía; por tener un contacto mucho más estrecho. Se abrazaron con mucho cuidado, evitando tocar las zonas lastimadas de sus cuerpos. Pronto quedaron frente a frente, estrechándose en un cálido abrazo. Linka extendió su mano y acarició con cuidado los blancos cabellos del muchachito, mientras él deslizaba las yemas de sus dedos por las mejillas de la niña.

Lincoln la contempló con admiración y preocupación a la vez. Era espantoso volver a verla tan herida, con esa horrible férula en su nariz. Y tendría que llevarla puesta por lo menos durante una semana.

- ¿Te sientes bien mi vida? -dijo en un susurro-. ¿No te duele?

Linka sonrió. Se veía encantadora aun con el aparatoso vendaje.

- No, Conejito. Los analgésicos de Lisa funcionan muy bien. Me muevo lentamente porque quiero quitarme esta cosa tan pronto como pueda. No tengo ganas de lastimarme más.

Lincoln la miró con mayor ternura, si cabe.

- Ay, corazón... y te lastimaron por mi culpa...

Ella no lo dejó terminar la frase. Le tomó el rostro con las dos manos e hizo que la mirara.

- ¡Shhh! ¡Ni se te ocurra repetir eso, mi vida! Lo volvería a hacer mil veces, si fuera necesario. ¡No iba a dejar que ese maldito troglodita te siguiera lastimando!

- Gracias -dijo Lincoln, apenado-. Eso fue genial. Por un momento me pareció como si estuvieras dispuesta a matarlo...

- Estaba dispuesta a matarlo -dijo ella, mirándolo con completa seriedad-. ¡Nadie va a lastimar a mi Conejito y quedar impune!

Lincoln estaba sorprendido por el cambio tan radical que Linka había experimentado. No parecía quedar casi nada de la niña que fue víctima casi fatal de los maltratos de su propia familia. Estaba al tanto de que Lynn le enseñaba artes marciales para practicarlas con ella, pero nunca imaginó que hubiera aprendido tanto.

- Estuviste increíble, mi vida... ¡Increíble! Lynn de verdad te ha enseñado muy bien.

- Sí... -dijo ella, y se detuvo-. Pero, si te digo la verdad, nunca esperé que tuviera que meterme en una pelea real. Tampoco me imaginé que podría hacerlo. Vamos, ¡si me daban tanto miedo estas cosas! Tú sabes, amor; con todo lo que me hicieron...

Linka se estremeció en los brazos del chico. Él percibió su nerviosismo, y la abrazó con un poco más de fuerza.

- No sé. No estoy segura de qué me pasó. Cuando Paige me atacó, hubo un momento en que sentí mucho dolor y miedo. Fue la misma sensación que tenía cuando alguno de mis hermanos me pegaba. Pero también me enojé mucho, y gracias a eso pude utilizar todo lo que Lynn me enseñó. Fue como sí... Como si mi cuerpo y mi mente protestaran. No estaba dispuesta a que me siguieran maltratando. ¡Ya no! Sobre todo después de que tú me rescataste, Conejito. Después de que me enseñaste y me has dado tantas cosas buenas...

Lincoln sonrió, y sintió que sus ojos se humedecían. ¡Estaba tan conmovido!

- No había manera de que no lo hiciera, Florecita. ¡Eres maravillosa!

Linka sonrió, y le dio un beso suave en la punta de la nariz.

- Sí. Eso sentí cuando vi que te estaban golpeando, corazón. ¿Cómo no ayudarte? ¡Te amo tanto! Si se meten contigo, se meten conmigo también.

- Lo sé, pero... Bueno, esto es un poco vergonzoso para mí.

Lincoln bajó la mirada y se puso un poco rojo. La niña se sintió un poco desconcertada por esa reacción.

- ¿Qué quieres decir, corazón?

- Quiero decir que no pude hacer nada por defenderme. Y por culpa de eso, tú tienes esa herida en la nariz, mi amor.

Lincoln se sintió todavía peor. Era cierto. Su novia tuvo que defenderlo de la agresión. ¿Acaso no era él quien la había rescatado y quien tenía la obligación de protegerla? ¡Y qué bien lo había hecho, vaya!

Aquello no era bueno para él. No ayudaba en nada a su autoestima.

- Mi amor, no tienes que sentirte así. Ya era hora de que yo hiciera algo por mí... Por nosotros. ¿No crees?

El chico ya no dijo nada. Se limitó a mirarla con cara de perrito regañado. Linka se sintió tan conmovida, que por un momento olvidó sus precauciones. Lo atrajo contra su rostro, y se las arregló para besarlo en los labios.

- Mi vida... Te entiendo. Pero no quiero que te preocupes, ni te avergüences más. En vez de eso, ¿por qué no le decimos a Lynn que nos entrene a los dos? Te aseguro que ella estará encantada de tener dos sparrings para sus prácticas.

LIncoln sonrió, y había un dejo de ironía en su sonrisa. Aquello era asombroso; irónico. Se había pasado toda su vida rehuyendo los entrenamientos brutales de su hermana, aceptando practicar a regañadientes. Y ahora, se sentía casi como si fuera a suplicarle que lo hiciera partícipe de sus exhibiciones de salvajismo.

Pero claro, jamás antes tuvo alguien a quien amar y proteger.

- Sé cómo te sientes y lo que estás pensando, amor -dijo Linka-. Pero no pasa nada. Te aseguro que Lynn lo entenderá; estará encantada y no te dirá nada desagradable cuando se lo pidamos. ¿Ya se te olvidó su cara cuando nos vio, y cuando escuchó todo lo que nos pasó?

Lincoln suspiró. Era imposible olvidarlo. Su hermana se puso de todos colores cuando los vio llegar en ese estado, y su primera reacción fue salir a buscar de inmediato a quien se había atrevido a lastimar a sus hermanitos. Pero la detuvieron, y le contaron el relato detallado de todo lo que ocurrió. Al final, una sonrisa de orgullo le iluminaba el rostro.

- ¡Eso es fantástico, Linka! -gritó, y apenas se contuvo para no hacerle el abrazo del oso-. Saliste lastimada; pero, ¿te imaginas lo que pudo pasarles si no hubieras aprendido aunque sea un poco de defensa personal? ¡Tenemos que enseñarte más, porque esos dos trogloditas no son los únicos que te vas a encontrar en la vida!

Por una vez, prácticamente toda la familia estuvo de acuerdo. Algunos, como Lynn sr. y Lola, tuvieron sus reservas. Sin embargo Rita, con todo y haber perdido la mayor parte del día, estuvo de acuerdo con lo que hizo Linka. Preveían que podía venir una tormenta legal, si los padres de Paige la acusaban formalmente. Pero gracias al consejo del abogado, estaría listos para enfrentar esa eventualidad.

Todavía en ese momento, Lincoln pensaba que quizá no era la mejor idea. Pero ahora que estaba acostado con su Florecita y mucho más tranquilo, tenía que concederle la razón. Más valía estar preparados para cualquier cosa que el futuro trajera consigo.

Era una verdadera lástima que tanto él como su amada hubieran tenido que salir heridos para que lo entendiera.

- Me parece bien, corazón. En cuanto nos repongamos, lo haremos. Estaré encantado de practicar contigo para defendernos el uno al otro.

Linka sonrió, y comenzó a acercar su rostro lentamente hacia el de Lincoln.

La vio acercarse, y decidió que las palabras estaban de más. Capturó el labio inferior de Linka entre los suyos, y comenzó a acariciarlo y succionarlo con mucha delicadeza. Linka pasó su lengüecita humedecida por los labios del muchacho, y se deleitaron en un tierno y apasionado intercambio de caricias con las partes sanas de sus bocas.

Muy pronto el contacto de sus lenguas sustituyó por completo al de sus labios. Las dos se movían con agilidad, haciéndose caricias que en otras circunstancias difícilmente se hubieran animado a experimentar.

Aquello fue casi una sorpresa, un descubrimiento maravilloso para los dos. ¡Había tantas maneras de demostrarse su amor y deseo! Lo único que necesitaban, era dejar a un lado sus inhibiciones y animarse a experimentar juntos. Después de todo, se amaban y confiaban el uno en el otro. Y ahora, con mayor razón.

No hablaron más. No se pusieron de acuerdo, porque no hubo necesidad. Sus lenguas y sus manos estaban perfectamente sanas; y pronto descendieron por los cuellos, por los pechos, y por todos aquellos lugares a los que eran capaces de llegar. Una caricia, un apretón en alguna parte del cuerpo fue más que suficiente para inflamar sus pasiones. Muy pronto idearon la forma de consumar aquello que habían estado deseando desde la mañana.

Eran afines, afines por completo. Dos almas gemelas que no tenían por qué haberse conocido. Dos criaturas destinadas a nunca encontrarse; a vivir vidas paralelas sin que sus realidades se tocaran jamás. Pero ahora que lo habían hecho, era imposible saciarse de esa felicidad. No importaba su estado físico. No importaba nada más. Sus manos supieron dónde buscar, Encontraron fácilmente dónde explorar y estimular. Sitios firmes y húmedos a los que nadie más tendría acceso mientras estuvieran vivos.

Y al final, la gloria de la humedad; las caricias y la exquisita culminación. Deseada y merecida después de las vivencias de uno de los peores días de su vida.


El asunto causó gran sensación en la primaria de Royal Woods, pero tuvo menos repercusiones de las que cualquiera hubiera imaginado.

El lunes siguiente, Lincoln y Linka fueron llamados a las oficinas del director. El buen señor les explicó que, debido a que todo había ocurrido afuera de la escuela, ellos no podían ni tenían intenciones de tomar cartas en el asunto. Sin embargo, esperaba que entendieran que las autoridades escolares no deseaban que promovieran desorden o pelea alguna en la escuela; pues de lo contrario serían sancionados con rigor. Lincoln y Linka se fueron, pero no sin antes decirle al director que consideraban injusto ser puestos en observación especial, solo porque se defendieron como pudieron del ataque de dos personas muy peligrosas

Aquél día, todos los observaban como si fueran fenómenos de circo. La maestra Johnson les preguntó si realmente estaban a en condiciones de tomar clases, y Lincoln le entregó la prescripción médica. El facultativo aseveraba que podían participa con normalidad en todas las actividades académicas, excepto en aquellas que implicaran alguna clase de esfuerzo físico.

Durante el receso sus verdaderos amigos se acercaron, ansiosos por saber los detalles de lo que había pasado. Los niños se mostraron precavidos y no revelaron demasiado. Recordaban perfectamente los consejos del abogado, y no dijeron nada sobre las heridas de Paige y la manera en que Linka se defendió de ella.

De cualquier modo no hizo falta. Todos eran unánimes al reconocer que Paige recibió su merecido. Las historias de sus perversidades eran un secreto a voces entre los alumnos. Y si bien antes no hablaban mucho de ello por temor a represalias, ahora lo hicieron hasta que se cansaron. La conclusión final de todos fue que padecía algún tipo de locura. Por supuesto, contribuyó mucho el hecho de que ella no se presentara a la escuela aquel día, ni nunca más.

La querella de los padres de Paige tampoco prosperó. Ni siquiera hizo falta que Lincoln y Linka se presentaran en el juzgado para hacer algún tipo de declaración. Cuando los padres de Paige se enfrentaron al abogado de la familia Loud, bastó con que él les hiciera notar la pésima reputación que tenía su hija. Les recordó las querellas que pudieron presentar contra ella los padres de otros niños a los que había lastimado, la ausencia de testigos reales y las evidencias indirectas y circunstanciales de que se había aliado con un individuo que tenía antecedentes penales, y que estaba a punto de ser sometido a proceso por reincidencia.

Tenían todas las de perder, y ellos lo sabían muy bien. De manera que decidieron sacar a su hija de la primaria de Royal Woods y trasladarla a Hazeltucky, para que no fuera tan sencillo rastrear sus antecedentes.

Con el transcurso de los días, las aguas se fueron calmando. Lincoln y Linka se convirtieron casi en las celebridades en la escuela. Pero como ellos no hacían uso de su popularidad y preferían convivir y permanecer juntos todo el tiempo, las aguas terminaron por regresar a su cauce. Siguieron frecuentando a todos sus amigos, haciendo tareas y trabajos, y conviviendo más que nunca.

Una semana después del incidente retiraron la férula de la nariz de Linka. El médico comprobó que todo estaba muy bien. La niña ya no sentía nada de dolor, y ambos dejaron por completo los analgésicos. Casi todos sus moretones habían desaparecido, y podían hacer cualquier tipo de actividad física sin limitaciones. Incluso empezaban a planear cómo iban a coordinarse con Lynn para tener sus prácticas de artes marciales.

Por supuesto, incluso en esos días, no detuvieron sus actividades amorosas. Solamente tenían más cuidado al hacerlas, y no podían permitirse consumar el acto. Tan pronto como se retiraron todos los vendajes, se sintieron libres nuevamente para darse placer a manos llenas. Sus noches volvieron a ser apasionadas, y procuraban aprovechar cualquier espacio de tiempo para entregarse al amor.

A pesar de su desenfreno amoroso, pronto se hicieron bien conscientes de que no podrían seguir amándose sin limitaciones todo el tiempo. Linka crecería y maduraría; pronto tendría las condiciones biológicas para ser madre. De hecho, ambos tenían la impresión de que su cuerpo había madurado y se había redondeado en aquellas pocas semanas. Seguramente, su primer periodo ya estaba cerca; y eso quería decir que tenían que ser responsables y cuidarse.

Con la estrategia simple que Lincoln había urdido, ya no les fue difícil hacerse de preservativos. Luego, todo fue cuestión de acostumbrarse. No fue sencillo al principio, pero el saber que se estaban cuidando aumentaba mucho el placer y la sensación. Un poco de responsabilidad los hacía sentirse seguros y protegidos. Tampoco les fue difícil idear una estrategia apropiada para deshacerse de las "evidencias".

Y así, tras un par de semanas y media, todo parecía estar completamente olvidado. Las nubes de tormenta habían desaparecido, y por fin estaban viviendo su pequeño idilio tal y como lo soñaban.

O al menos, eso creían.


- Tía Mei, ¿ya estás lista? ¿Ya terminaste de empacar?

La mujer esbozó una sonrisa tímida, afirmó levemente con la cabeza.

La muchacha suspiró y contempló a su tía. Conocía esa mirada: no estaba contenta con el viaje. Pero las dos se habían quedado prácticamente solas en el mundo. Y ahora, le había surgido aquella magnífica oportunidad de trabajo. Era una oferta que no se podía rechazar, y a pesar de que le costó muchísimo trabajo, logró convencer a su tía de que partiera con ella. No la iba a dejar sola en Shanghái por nada del mundo.

La joven se acercó y abrazó a su tía. Le dio un beso en la frente y contempló ese rostro delgado; con algunas arrugas, pero todavía lozano y muy hermoso. Su porte y dignidad habían permanecido intactos desde siempre. Bien arreglada, la tía Mei Ling podía aparentar fácilmente veinte años menos.

- Tía... Yo sé que no quieres ir. Pero ya no queda nadie. No tuviste hijos, mi hermano vive al otro lado del mundo con su esposa y sus hijos. No tienes nada acá. ¡Nunca lo tuviste en realidad! ¿Por qué aferrarte a esta tierra? Sabes que no puedes engañarme. No puedes decirme que has sido muy feliz aquí.

La mujer bajó la cabeza. Su sobrina era la única persona en el mundo que la conocía de verdad. Habían sido íntimas durante toda la infancia y la adolescencia de la muchacha. Solo ella estaba bien al tanto de toda la historia de su vida.

- Myrna. Puede ser que no haya sido feliz; pero he vivido en esta tierra y en esta casa desde hace 38 años. Es un lugar lleno de recuerdos. De vivencias. No puedes pedirme que lo abandone todo así de contenta y satisfecha.

Myrna se acercó a su tía y la miró a los ojos. Otra vez, Mei Ling desvió la mirada. La joven, criada a los modos y usanzas occidentales, era sumamente enérgica y perspicaz.

- ¡Vamos, tía! Como si no me conocieras. ¿De verdad crees que yo te creo? Llegaste a este país contra tu voluntad, aceptaste un matrimonio arreglado con un buen hombre al que jamás amaste. No tuviste hijos. Mi abuelo, gracias a dios, ya está muerto...

- ¡Myrna! -interrumpió Mei Ling, un poco escandalizada por el tono vehemente de su sobrina.

- ¡Ay, sí, tía! ¡Vamos a hablar claro de una buena vez! -exclamó la muchacha-. El abuelo fue un desgraciado al que solo le interesaban el dinero y la posición. Por eso papá lo mandó al demonio en cuanto llegaron aquí. ¡Bueno estuvo que muriera de cáncer de colon! O qué, ¿ya se te olvidó lo que pretendió hacerle a papá? ¿O lo que te hizo a ti y a Albert?

Mei Ling suspiró. Aquello todavía le dolía. Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir. Mucho más de lo que le demostró a su esposo, mientras estuvo vivo.

La joven miró a su tía, y se dio cuenta de que había encajado el golpe. Conocía sus emociones como ninguna persona. La tomó de las manos y le habló con vehemencia

- Tía... Perdóname, por favor. No quise lastimarte... ¡En serio! Pero me gustaría que te dieras esta oportunidad. Este sitio está lleno de recuerdos tristes y de decepciones. Esta casa tiene fantasmas y desgracias. ¿Por qué no los dejas atrás? Todavía vas a vivir muchos años. ¿Por qué no buscar la tranquilidad en otro lado? Tú misma me has dicho muchas veces que te gustaba mucho Estados Unidos.

- Me encantaba, cariño. En especial, porque...

La mujer se interrumpió y se cubrió los ojos con la mano. En parte, porque comenzó a evocar recuerdos muy dulces; y en parte por la vergüenza que esos mismos recuerdos le producían.

Myrna no tuvo necesidad de que le explicara nada. Volvió a abrazar a su tía, y ella comenzó a llorar. Estuvieron abrazadas durante un rato, hasta que la anciana se tranquilizó.

- Es por eso, ¿verdad tía? No has dejado de pensarlo. Ni a los sitios en donde viviste, ni tampoco a él.

- No, cariño. Qué dios me perdone, pero no he dejado de pensar en él ni un solo día. Ni siquiera en los años que viví con tu tío.

Mei Ling había tenido 43 años para arrepentirse de su cobardía. Aun recordaba cuando Albert se arrojó al mar, en un intento desesperado por alcanzar la embarcación. Ella miró la cara de satisfacción malsana de su padre, y sintió asco y desprecio por él. Luego, se puso a mirar hacia todos lados en busca de una lancha, algún tipo de embarcación, o hasta un salvavidas que le permitiera escapar de sus padres.

No encontró ninguna, y Albert no tardó mucho en perderse de vista. Ella se echó a llorar, mientras su madre la abrazaba y la conminaba a calmarse para no encender la ira de su padre.

Desde ese día se reprochó su cobardía, su falta de determinación. ¡Debió arrojarse al agua en ese momento! Era cierto que apenas sabía nadar; que lo más probable era que se ahogara. Pero, ¿no hubiera sido eso preferible a lo que sucedió después? Las miles de noches de llanto inconsolable, los reproches internos, la tiranía de su padre que alcanzó su punto culminante con aquel matrimonio arreglado y nunca consentido.

Cierto, su vida había tenido momentos dulces. SU esposo resultó ser un buen hombre al que no le importó que ella ya no fuera virgen. Le tuvo infinita paciencia, hasta que ella por fin se sintió lista para consumar el matrimonio. También aceptó que él era el responsable de la esterilidad que les impidió tener hijos, y se mostró solícito y amable con ella durante todo el tiempo que estuvo con vida.

Su sobrina vino a ocupar el vacío que le produjo la falta de hijos. Pero nada de ello bastó para hacerla olvidar a Albert. Muchas, muchas noches se soñó junto a él. Su verdadero amado. Con su cuerpo portentoso, sus suaves cabellos blancos; su fuerza de carácter, y su ternura y pasión desbordantes.

¡Se había preguntado mil veces lo que sería de él! Estaba casi segura de que había muerto. Lo conocía muy bien, y sabía que no había dejado de nadar; aunque supiera que sería imposible alcanzarlos. De seguro nadó hasta que le fallaron las fuerzas, y su vida se extinguió entre las aguas del mar.

Pero, ¿Y si no hubiera muerto? ¿Y si hubiera sobrevivido por algún milagro?

¿Cómo sería ahora, después de 43 años de vida? ¿Podría haber cumplido su sueño de ser marinero?

No lo sabía. Pero sí que estaba segura de una cosa: si su amado Albert vivía todavía, seguramente tenía esposa e hijos. Era demasiado guapo; demasiado apasionado, fuerte, y lleno de vitalidad. Seguramente había hecho muy feliz a otra mujer. O a otras mujeres, tal vez. Seguramente era un abuelo todavía vigoroso; pero también dulce, cariñoso. Lleno de preciosos nietos, y quizá hasta de bisnietos...

La voz de su sobrina la sacó de sus pensamientos. La muchacha empezó a hablar y se detuvo unos momentos, sopesando cuidadosamente sus palabras.

- Tía... Yo lo sé. Ya no hemos platicado, y no te diré nada más. Solo quiero que recuerdes que vamos a Detroit, en Michigan. Muy lejos del sitio donde estuvieron juntos. No te preocupes ni tengas miedo. Las probabilidades de que lo encuentres...

- ... Si es que todavía está vivo...

- ... Son casi inexistentes.

- Lo sé, cariño. Lo sé, y no sé si eso me alivia, o me da terror.

La joven estrechó el abrazo, besó a su abuela y le dijo con optimismo.

- Detroit es una ciudad muy grande, que está en pleno proceso de reconstrucción. En muchos sentidos, se parece a Shanghái. No sé por qué, tía. Pero estoy segura de que allá te sentirás como en casa. Incluso sabes hablar inglés, no te será tan difícil hacer amistades.

La anciana sonrió, y acarició la mejilla de su sobrina.

- Ya te sientes mejor, ¿verdad? -dijo la muchacha, contenta de ver al fin una sonrisa en aquel rostro tan amado.

- Sí, corazón. Ya me siento mejor.

- Ven, tía. Terminaremos de hacer tus maletas y las mandaremos al aeropuerto. Solo tenemos dos días para terminar de arreglar todo, y volar hacia una nueva vida.

Mei Ling volvió a sonreír, y comenzó a doblar la ropa que le quedaba.


- ¡Maldita puta! ¡Entonces, eso es lo que ella ha estado haciendo con nuestro hermano! ¿Ya viste, Luan? ¡¿Ya te diste cuenta?!

Luan escondía la cabeza entre las manos. Su rostro y sus brazos estaban completamente rojos. Se sentía tan afectada que apenas pudo responder asintiendo.

Lola tomó su tiara, y la arrojó contra el piso con tal violencia que se partió en pedazos.

- ¡Ggrrr! ¡Ya verá esa prostituta! ¡Yo me voy a encargar de ella! ¡Yo misma lo voy a hacer!

La pequeña princesa volvió a mirar hacia la pantalla. Allí estaban los dos, comiéndose a besos y llenándose el cuerpo de caricias. Su desnudez y sus movimientos no dejaban lugar a dudas.

Lola se puso roja. Estaba tan iracunda que se sentía a punto del colapso.

Luan levantó la mirada. Se llenó de vergüenza cuando vio que su hermana no despegaba los ojos de la pantalla. Debió haber pensado en eso mucho antes.

- ¡Deja de ver eso! -gritó, y apagó el monitor de la computadora-. No se supone que debas ver esas cosas, Lola. Ni siquiera yo debería verlas -concluyó en voz muy baja.

- Esto lo tienen que saber mamá y papá. ¡Y esa maldita puta debe de largarse de aquí!

- ¡Lola! -gritó Luan, escandalizada por el lenguaje de su hermana menor-. ¿Qué modales son esos, señorita? ¿Eso es lo que aprendes en los concursos de belleza?

- ¡No me fastidies, Luan! ¿O qué? ¿Mes vas a negar que esa tal Linka es una cualquiera?

Luan suspiró de contrariedad. No podía negar que Lola tenía bastante razón esta vez.

Lola supo interpretar el silencio de Luan.

- Bueno, tú y yo lo sabemos. ¡Es hora de que lo sepa toda la familia! ¡Tan pronto como llegue mamá, vamos a decirle todo y a enseñarle el video!

Luan reaccionó de inmediato.

- ¡No, señorita! Tú te vas a calmar, y yo voy a decidir lo que tenemos que hacer. Ese era el trato, ¿recuerdas? Los videos son míos, y yo decido lo que haremos con ellos. ¿O qué, quieres que castiguen a Lincoln también?

- A lo mejor se lo merece, ¿no? Por ir a revolcarse con una...

- ¡Alto ahí, jovencita! -dijo Luan, notando que comenzaba a alterarse de verdad-. Dije que yo lo voy a manejar, y no se dirá una sola palabra sobre este asunto hasta que lo hayamos pensado muy bien. ¿Entendiste?

Lola apretó los labios y los puños. Parecía decidida a seguir discutiendo; pero súbitamente pareció calmarse y asintió con la cabeza.

- Así lo espero. Ahora, vete a tu cuarto y trata de tranquilizarte. Mamá no debe tardar en llegar.

La pequeña princesa salió y se metió a su cuarto. Cerró la puerta con seguro, fue hasta un costado de su ropero, y extrajo una memoria USB que estaba conectada a un cable que bajaba por el ducto de ventilación. Luego, fue por la flamante tablet que ganó en su último concurso de belleza. Con rabia contenida la encendió, y en menos de un minuto estaba viendo el video en el que aquella advenediza y su hermano tenían intimidad.

- Ya verás, maldita puerca -pensó, mientras sentía hervir su sangre-. Muy pronto saldrás para siempre de esta casa. ¡Ya lo verás!


Dicen que después de la tempestad viene la calma. Eso tuvimos en el capítulo de hoy. Lo que no se suele decir, es que después de la calma suele venir una tormenta peor…

La "Amenaza Rosa" acaba de descubrir sus cartas. Prepárense: hasta ahora, no ha ocurrido nada verdaderamente grave contra nuestra hermosa pareja de enamorados. Lo peor, lo más duro está por venir.

Paso a responder las reviews del capítulo anterior.

Sergex. Ni te apenes, amigo. Claro que no tuvieron madre.

Linka se recuperará, y luego… un nuevo problema, mucho peor que los anteriores. Ya no estamos muy lejos del final de esta historia.

Czar Joseph. Adelante, amigo. De hecho, tengo en proyecto la secuela, y allí sabríamos más sobre ellos.

Andrew579. ¿Qué no saben? Dile eso al asaltante que cometió mi hermana, hace unos años.

No estoy seguro de si vendrán más escenas explícitas. Lo que si vendrá, es un conflicto de proporciones épicas. A partir del siguiente capítulo sabrás lo que quiero decir.

Espero que te estés acomodando rápido a la vida en tu nuevo país. Saludos, y nos leemos por acá.

t10507. Qué bien que te prepares, amigo. Uno nunca sabe lo que le puede deparar el futuro. En este momento de mi vida, digamos que mi preparación formal ya terminó cuando obtuve el grado de Doctor. Ahora me toca a mí producir nuevo conocimiento. Pero siempre hay manera de aprender más.

Me alegra que te haya gustado el capítulo anterior. Ahora tuvimos un breve remanso antes de que empiece la verdadera tempestad.

¡Saludos, y suerte por el camino!

eltioRob95. Y bien loca. Ya verás cómo termina esa mujercita.

Pues sí, Linka debió hacerles eso a sus hermanos. Pero para su desgracia, en ese momento no sabía de artes marciales. Eso sí, en la cárcel te aseguro que los están haciendo pagar por cada cosa que le hicieron. Ya verás más en el epílogo de esta historia.

Por ahora, muy pronto tendremos el inicio del verdadero conflicto. Espero que te agrade.

Linkassault. Y vaya que viene candela pura. La parte más dura de esta historia.

Yo ni sé cómo falsificar fotos. Dicen que se aprende más o menos rápido. Pero como no he tenido esa necesidad, pues hasta ahora no lo he hecho. De todos modos, si llego a necesitar hacerlo, ya sé de qué herramientas me puedo valer ;-)

Nos vemos por aquí y allá, amigo. Muchos saludos.

Marati2011. Así mismo lo creo yo también, pero… Tendrán que ser mucho más valientes para afrontar lo que sigue. Este capítulo es solamente un pequeño descanso. Está a punto de caerles la verdadera tempestad.