Capítulo XXXIV:
Los guerreros se levantan:
Dorian extendió el brazo, frenando la salida de Seka, quién lo fulminó con la mirada.
-¿Se puede saber qué estás haciendo?
-Déjalos, van a estar bien.
El escepticismo que luchaba por ocultar la rabia en el rostro del príncipe estaba perdiendo la partida.
-¡Hace casi una hora que se fueron!
-No va a hacerle nada –insistió el caballero con tranquilidad, consciente de su preocupación por la chica.
-No puedes estar seguro de eso.
-No hay que ser un genio para estar seguro de eso.
-Tiene razón, chico –concedió Bloodtooth.
El príncipe lo observó, estupefacto.
Antes de que tuviera tiempo de seguir replicando, se oyeron pasos en el claustro de piedra.
Jane y Peter entraron al establo, pasando por delante de los tres. Aun en silencio, volvieron a colocarse uno frente al otro, recogiendo las espadas del suelo.
A su lado, el príncipe frunció el ceño. La muchacha esquivó su mirada, clavándola en el suelo con timidez. Parecía culpable de algo, y sólo miraba a Peter de reojo, quién asintió con la cabeza, serio, y dirigió la mirada hacia Dorian.
-¿Dónde estábamos?
…
Simon parpadeó, preguntándose si era posible que siguiera soñando todavía.
Ladeó la cabeza hacia la derecha, y como si se encontrara frente a un espejo, ella giró la cabeza en la misma dirección. Al girarla a la izquierda ocurrió lo mismo. Se inclinó hacia adelante, y ella inclinó también la cabeza, a escasos centímetros de su rostro.
Extendió la mano hacia ella…
-¿Qué haces? –la voz aguda lo sobresaltó, y retrocedió otra vez, apoyando las manos en el suelo para apoyarse.
-¿Q-quién eres? –balbuceó en voz baja. No había descartado del todo la posibilidad de un sueño, de modo que no se trataba de no querer despertar a sus amigos: La oscuridad de afuera, impenetrable y espesa, le traía muy mal augurio.
Había tenido suficientes pesadillas para saber qué clase de monstruos podía despertar.
-¿No me recuerdas? –parecía dolida y confundida, y Simon frunció más el ceño.
Recordaba un capítulo de sus aventuras de fantasía, uno donde una diminuta chica alada había sido su compañera en la lucha contra un ejército de monstruos que tenían cuchillas oxidadas por manos y sombreros de plumas sobre sus cabezas deformes…
Ahora que lo pensaba, esa no era la única aventura en la que lo había acompañado, pero...
Eran sólo sueños. Todo producto de la imaginación de un niño solitario.
¿Verdad?
Ella seguía mirándolo, cada vez más triste. La luz dorada que iluminaba la celda se tiñó de un apagado azul, y fue la culpa la que lo hizo confesar.
-He soñado contigo. O creo que eras tú, pe—
-¡Lo sabía! ¡Sabía que no me olvidarías! –el chillido le perforó los tímpanos, y se sorprendió de que nadie se hubiera despertado.
Supuso que tras tantos días en el barco, se habían acostumbrado ya a los ruidos que venían con él (como los pasos de los piratas por encima de ellos, sus gritos y el trinar de una que otra ave desconocida).
Enmudeció de golpe cuando la chica se acercó a su rostro, deteniéndose a centímetros de su nariz, y ladeó la cabeza, confundida.
- Has cambiado bastante –comentó, algo decepcionada, mas volvió a sonreír momentos después, radiante de alegría- ¡Pero puedes verme, y eso ya es un avance!
-Baja la voz –susurró, haciendo un ademán con la mano y mirando de un lado a otro como si eso fuera a servir de algo- ¿Y qué quieres decir con "pero puedes verme"?
Ella negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
-A tu edad, no deberías poder verme ni oírme… Pero es una larga historia, y no tenemos tiempo –voló en círculos alrededor de la celda, desprendiendo pequeñas chispas doradas a su paso- ¡Tenemos que escapar!
-¿Escapar?
-No pensarás quedarte aquí para siempre –frunció el ceño, divertida- ¡Rápido, no tenemos tiempo que perder!
Estoy alucinando, el muchacho bajó la mirada, abatido, aunque no le sorprendía para nada. Se había preguntado cuánto tardaría en perder la cordura.
-¿Qué ocurre? –preguntó ella, al ver que no se contagiaba de su alegría.
-Ya lo intenté, nada funciona –musitó, incapaz de negarse a hablarle a su alucinación, y alzó la mano encadenada, cubierta de sangre seca y mal cicatrizada.
La chica negó con la cabeza, sonriendo otra vez.
-Eso es porque eres demasiado grande, Simon. Déjanoslo a nosotras.
¿Nosotras? Antes de que Simon pudiera preguntar, otra voz aguda susurró en la oscuridad.
-¡Layla!
La chica de ojos violetas giró la mirada hacia los barrotes. A la distancia, dos lucecitas amarillas volaban hacia ellos en zigzag, como si subieran y bajaran colinas invisibles.
A su paso, desprendían un ligero ruido metálico.
-¿La tienen?
-¡La tenemos!
Frente a él, Layla brincó de alegría.
-¿Y los piratas?
Las luces tomaron también forma de aladas chicas diminutas: Una tenía el cabello negro, como Layla, y la otra de un brillante rosa chicle. Cada una sostenía un extremo de un pequeño aro negro…
Un llavero.
-Dormidos, pero Nowe dice que su hechizo no durará mucho, o los del barco grande se darían cuenta.
Layla negó con la cabeza.
-Hay que darnos prisa, entonces.
Eran cinco llaves, todas idénticas, de aproximadamente la altura de las mujeres y cuarteada pintura negra. Layla se detuvo frente al candado a modo de linterna, mientras las otras dos probaban las llaves una a una.
Las primeras dos veces no ocurrió nada.
Al introducir la tercera llave se escuchó un ligero clic, y Layla volvió a sonreír, triunfante. El candado se abría.
-¿Listas? –preguntó, y las otras dos asintieron. La chica de ojos violetas miró a Simon, sonriendo, y sin darle tiempo para prepararse, gritó- ¡Atrapa!
De lo siguiente de lo que fue consciente era que las llaves volaban por los aires, y extendió la mano para sostenerlas mientras las tres mujeres tiraban de la reja, que con un estrepitoso y oxidado chirrido comenzó a abrirse.
Sus alucinaciones lo estaban liberando.
O bueno, quizás soñaba que lo hacían…
-¡Espera! –lo detuvo Layla, cuando hizo ademán de levantarse. Señaló el llavero con la cabeza- Una tiene que abrir esa cosa.
Bajó la mirada al grillete, y asintió, probando con todas las llaves.
No fue hasta la última que escuchó el sonido, acompañado con una presión que desaparecía de su mano y una repentina sensación de frío. Las mujeres lo esperaban, atentas, y Simon sonrió, levantando la mano e ignorando el dolor que vino con eso. Tendría que tener cuidado de no moverla demasiado.
-¡Rápido! –lo instó Layla, tirando de la manga de su camisa para que se pusiera en pie- ¡Ya escuchaste, van a despertar en cualquier momento!
Quizás no era un sueño después de todo, ni un delirio producto de la locura. Quizás en serio estaba ocurriendo, quizás esos seres diminutos con alas y magia no eran producto de su imaginación, sino que existían más allá del túnel de estrellas que había recorrido el barco al volar por encima de Londres.
O quizás no, y todo estaba en su cabeza.
Pero… ¿Qué caso tenía preguntárselo? Si no era real, despertaría en cualquier momento.
O quizás no lo haría. Quizás seguir la alucinación era rendirse para siempre ante la locura, pero poco importaba ya.
De cualquier manera, Simon se puso en pie, inclinando la cabeza para evitar golpearse con el bajo techo de su celda. Sus piernas protestaron por un momento, como si se negaran a aguantar su peso tras tantos días tirado en el suelo, pero consiguió salir, irguiéndose de nuevo cuando el techo alcanzó toda su altura.
Por primera vez, pudo ver las otras dos celdas, donde Paul y Marlene dormían, al igual que todos los piratas en el barco.
Y se dio cuenta que en serio estaban haciéndolo. Iban a escapar.
-¡Simon, date prisa! –lo apuró Layla, trayéndolo de vuelta a la realidad.
Se acercó a la celda de la derecha, y volvió a repetir todas las llaves en el candado.
Esta vez fue la segunda. Giró la cabeza hacia la chica de ojos violetas mientras abría la reja.
-Layla…
-¿Sí?
-No te ofendas, pero… ¿Qué son ustedes, exactamente?
La aludida sonrió. Detrás de ella, sus compañeras soltaron una risita.
-Hadas, por supuesto.
-Por supuesto –musitó, sonriendo con ironía para sus adentros.
¡Hadas! Estoy completamente loco.
Entró en la celda rápidamente, aproximándose en dos pasos al hombre alto y moreno que estaba dormido en la otra esquina.
-¡Arthur, despierta! –susurró luego de abrir su grillete, sacudiéndolo por los hombros. El hombre gruñó, apartándolo con un ademán de la mano.
Simon puso los ojos en blanco.
-¡Despierta, idiota, no hay tiempo que perder! –masculló, parafraseando las palabras de Layla.
-Vete de aquí, Simon… -gruñó el aludido, intentando apartarlo de nuevo.
Simon permaneció de pie frente a él, esperando.
Tres, dos, uno…
De golpe, los ojos de Arthur se abrieron, y adormilado, recorrió la celda con la mirada, deteniéndose en el chico, sorprendido.
-¡Simon! ¿Qué estás haciendo aquí?
-Salvando tu trasero, por supuesto –replicó, enarcando una ceja. Arthur sacudió la cabeza con incredulidad.
-Pero… ¿Cómo…?
-No puedo explicártelo ahora –dijo, extendiendo la mano para ayudarlo a levantarse- ¿Listo para darle una lección a esos piratas?
El hombre pasó la mirada de su mano a él. Divertido, Simon se encogió de hombros.
-A menos, claro, que quieras quedarte aquí.
-Ni loco –tomó la mano del muchacho, poniéndose en pie de un salto.
-Eso pensé.
-¡Rápido, Simon! –chilló Layla, mientras ambos salían a toda prisa de la celda, rumbo a la siguiente- ¡Van a despertar!
Demonios.
Comenzó a probar las llaves a toda prisa, el tintineo rebotando en todo el barco mientras lo hacía.
-¿Dónde conseguiste eso? –preguntó Arthur.
-Layla.
-¿Quién?
-El hada detrás de ti.
-¿Quién?
Dentro, escuchó que Marlene se despertaba.
No era la única.
-¡Simon, los piratas! –chilló Layla, aterrada, cuando un gruñido en la oscuridad retumbó por encima de las llaves.
-¡Eso intento! –replicó él, que iba por la segunda vuelta.
-¿Con quién hablas? –preguntó Arthur, confundido.
-¿Simon? –preguntó Marlene, ahogando su réplica- ¿Arthur? ¿Son ustedes?
Levantó la mirada hacia la celda. La muchacha se había puesto en pie, y caminaba hacia ellos, confundida.
-¿Cómo llegaron hasta aquí?
-¿Cuántas llaves te faltan? –Arthur miraba por encima del hombro, hacia los gruñidos que cada vez se hacían más fuertes.
-¡Ninguna es! –masculló, y giró la cabeza hacia las hadas- ¿No vieron ninguna otra?
Las compañeras de Layla negaron con la cabeza, extendiendo los brazos en expresión de impotencia.
-¿Simon? –Arthur parecía dudar de su cordura.
"A tu edad, no deberías poder verme ni oírme…"
-Las llaves no funcionan –masculló, consciente de que no valía la pena explicarle algo que ni siquiera él entendía del todo.
-Déjame intentarlo yo –pidió su compañero, extendiendo la mano para tomar las llaves.
Miró a Marlene, aterrada y resignada, como si supiera que iban a dejarla atrás, y tendió el llavero a Arthur sin dejar de observarla.
-Vamos a sacarte de allí –aseguró.
Ella no pareció muy convencida.
-Una de estas tiene que ser –decía Arthur, mientras una a una, introducía las llaves en el candado- Una de estas…
-Chicos…
La voz de Marlene le hizo desviar la mirada. Una luz tenue se aproxima en la oscuridad, y supo que no se trataba de un hada.
-¿Quién anda allí? –gruñó una voz adormilada y grave, sacudiendo la luz de un lado a otro.
Oh, no.
-¡Se despiertan! –murmuró Layla, aterrada.
-¡Date prisa! –murmuró él a Arthur, que negaba con la cabeza.
-¡Eso hago, pero…! –desesperado, empujó la reja con el hombro.
Nada.
-¿Eh? ¿Northwind, eres tú?
-¡Tienen que irse! –Marlene sujetó las rejas con ambas manos, acercándose todo lo que podía a ellos- ¡Los encerrarán otra vez!
-¡No vamos a dejarte atrás!
-¡Tú! –el pirata estaba ahora cerca de ellos, y lo miró con ojos desorbitados- ¿Cómo te…? –reparó entonces en Arthur, que se había dado la vuelta, y en las hadas que flotaban a su alrededor- ¿Pero qué demo…
El puño de Arthur crujió sonoramente al encajarse con su mandíbula, y el pirata retrocedió con una maldición, llevándose una mano al rostro.
-¡Maldito seas!
-¡Yo me encargo de él! –gritó a Simon- ¡Tú ve a buscar la otra llave!
Se lanzó sobre el pirata, sin darle tiempo de que desenvainara su espada. Mientras ambos forcejeaban, Simon giró la cabeza hacia Marlene.
La muchacha asintió, decidida.
-Estaré bien, ¡Corre!
-¡Vete, Simon! –gritaba Arthur, para hacerse oír por encima de la pelea.
-¡Yo iré con él, ustedes quédense con ellos! –gritó Layla a sus compañeras- ¡En caso de que vengan más!
El muchacho echó a correr en la oscuridad, con el hada de ojos violetas volando a su lado, iluminando su camino.
-Encontraron las llaves en el camarote de afuera –le decía a toda prisa- Si hay otra, está allí también.
Subió las escaleras como una exhalación, parpadeando un poco al encontrarse con el cielo gris de afuera. Incluso esa poca iluminación era cegadora tras pasar cinco días en la oscuridad.
Se encontraba en la cubierta del barco. Bajo este, las aguas eran de un gris más oscuro que el cielo, completamente quietas, y reflejaban la luz moribunda de una luna enorme medio oculta por las nubes de lluvia.
Cercana, distinguió una isla de aspecto abandonado, pero que se le hacía ligeramente conocida…
-¡Por aquí! –dijo Layla, señalando un camino a la derecha. Le pareció ver unas escaleras que llevaban a un pasillo de varias puertas.
La voz de la chica hizo que un hombre acostado cerca de la barandilla del barco girara la cabeza hacia ellos, mirándolos soñoliento. Sin pensar, Simon sujetó al hada y la escondió en el bolsillo de su chaqueta, extinguiendo ligeramente la luz que emanaba.
Aun dormido, el pirata escudriñó la oscuridad, sin reparar en ellos, y volvió a acostarse. Simon suspiró para sus adentros.
Luego echó a correr.
Había tenido razón: A unos metros de distancia, las escaleras que había visto llevaban al pasillo de los camarotes.
-La segunda puerta a la izquierda –indicó Layla, asomando la cabeza por encima de su chaqueta.
-Entendido.
Bajó los escalones de dos en dos, y se detuvo frente a la puerta, tirando del picaporte con fuerza.
Nada.
Me lleva el…
A lo lejos, escuchó un grito gutural que le puso la piel de gallina.
Era el pirata que estaba peleando con Arthur.
-¡Los prisioneros se escapan!
Forcejeó desesperadamente con el picaporte, consciente de que era sólo cuestión de segundos antes de que el resto de la tripulación despertara.
Y así fue. Retrocedió de un salto cuando la manilla cedió, y la puerta giró hacia adentro.
Era consciente de que él no la había abierto.
De ella salieron dos piratas, con cara de pocos amigos.
Instantes después, las puertas a su alrededor se abrieron también.
…
Jane retrocedió para esquivar la estocada, manteniendo la espada en alto para bloquear el impacto. Las armas chocaron con un estruendo metálico que rebotó en todo su brazo, uno al que había llegado a acostumbrarse luego de varias horas entrenando.
Prediciendo el movimiento de Peter, apartó la espada rápidamente, preparándose para esquivar otro ataque dirigido a su estómago.
El rostro del chico no denotaba ninguna emoción desde que le había dicho la verdad. Toda la historia esta vez, ya que no quería olvidar ningún detalle que pudiera ser importante.
No quería que pensara que era un asesino.
Él había palidecido, y guardado silencio por lo que pareció una eternidad…
Y luego había asentido con la cabeza, adquiriendo una total y aterradora falta de expresión. Sólo había dicho una cosa, una que ciertamente no se había esperado:
Vamos, deben de estar esperándonos.
Salió de su ensimismamiento cuando, distraída, casi se gana otro corte en el brazo. Negó con la cabeza luego de retroceder, y volvió a concentrarse en el combate.
Quizás eso era lo que hacía Peter, lo que se supone que debería estar haciendo ella: Concentrarse e intentar sobrevivir.
Y salvar a los demás.
Pensó en sus amigos mientras se lanzaba a la carga. Tenía que ayudarlos, tenía que encontrar la manera de sacarlos de allí. Ellos necesitaban que sobreviviera…
Bloqueó el ataque de Peter, y pensó en su tío. Su tío enfermo, moribundo, yéndose antes de tiempo gracias a Odette…
Odette.
Pensó en la bruja, en su sonrisa burlona, en sus ojos despectivos, en su voz que pretendía engatusarte para luego arrancarte la piel. Odette, que se reía mientras destruía a su familia…
La rabia hizo que le hirviera la sangre, y al fin comprendió qué se sentía ser un hada.
De golpe, su visión se tiñó de rojo, y apenas fue consciente de que sus ataques eran más fuertes ahora.
Kase podía haber acabado sin querer con la familia de Peter, pero Odette había asesinado a la suya deliberadamente.
Todo por un medallón.
Todo por un hombre.
Estaba completamente seguro de que madre había intervenido en el matrimonio de Dorian, y lo confirmé al enterarme que la novia era la hija de un marqués acaudalado que ni siquiera vivía en la región y que era, además, gran amigo de la reina…
La sorpresa se llevó su ira, mientras las palabras de Seka retumbaban en su cabeza como campanas.
Campanas que despertaban algo en su mente.
Algo que había sospechado antes, pero de lo que sólo había sido consciente en ese momento.
Ofreció a los felices novios su castillo para la boda...
Y todo tuvo sentido.
El castillo… El portal… Odette…
Se detuvo cuando el estrépito de una espada al caer al suelo retumbó en el establo una vez más. Aunque apenas y fue consciente de eso. Sus pensamientos iban a toda prisa todavía, uniendo los hilos de su nuevo descubrimiento.
Tenía que ser aquí, no fue casualidad…
Dejó sus pensamientos de lado cuando se dio cuenta de lo que ocurría: Peter la observaba, jadeante, y la expresión seria había desaparecido, reemplazada por muda sorpresa.
No es la primera vez que se me cae la espada, pensó, algo incómoda.
Sin embargo, al desviar la mirada, vio que Bloodtooth, Dorian y Seka también la observaban. El príncipe y el pelirrojo parecían sorprendidos, y Dorian…
Dorian sonreía.
Confundida, Jane estaba a punto de preguntarles qué ocurría… Cuando reparó en el peso que seguía en su mano derecha.
Bajó la mirada y contempló la espada, boquiabierta. Luego a Peter.
Peter iba desarmado. Era su espada la que había caído al suelo.
Lo había conseguido.
-Ya están listos –anunció Dorian.
