- Fantasma -


A los siete años se volvió invisible, su madre murió de una extraña enfermedad y todo el mundo se olvidó de que ella existía.

Recordaba el día del funeral, su vestido negro, la expresión vacía de su padre sentado en el sofá mientras algunos de sus vecinos desfilaban dándole el pésame. Recordaba la soledad del cementerio, el frío que hacía y el nombre de su madre grabado en la piedra. Recordaba haber cogido la mano de su padre al volver a casa y que él fue incapaz de devolverle el gesto.

Que al llegar se encerró en el despacho y ella sin saber que hacer se sentó frente a su puerta esperando a que saliese y solucionase todo. Porque su padre podía, porque era alquimista, durante su infancia le había visto estudiando durante horas sin tener tiempo para jugar con ella, así que él sabría arreglarlo.

Que equivocada estaba, pasó dos días sin comer hasta que se dio cuenta que nadie volvería a cocinar para ella. El primer año fue duro pero fue capaz de salir adelante, aprendió a coser, a cocinar a vivir por ella misma. Iba al colegio y volvía a casa, preparaba una bandeja con comida para su padre, se la llevaba y volvía a sus tareas.

Si su padre intercambiaba alguna palabra con ella era para pedirle algo o mandarla a algún recado, a comprar libros, ingredientes, cualquier cosa que necesitase. La alquimia ocupaba todos los rincones de su casa, como si su padre tratase de llenar el vació de su madre con libros y anotaciones.

Y ella pasaba su vida de fantasma leyendo las viejas novelas de su madre.

Se acostumbró al silencio hasta que su padre descubrió lo que buscaba y por un momento fue feliz y volvió a hablar y a sonreír y a sentarse a comer con ella, pero todo cambió y se dio cuenta de lo que había descubierto, de lo que había creado y le pidió a ella que custodiara su secreto. Confió en ella para guardar lo que mas le importaba y ella obedeció sin dudar porque si ella guardaba ese secreto tal vez... tal vez... dejaría de ser invisible.

Se convirtió en un lienzo, un cuaderno de notas, valioso quizá, pero al final, el dolor y las noches sin poder siquiera recostarse no valieron para nada, volvió a ser un fantasma.

Recordaba la llegada de el aprendiz, un muchacho de ciudad, tímido y curioso, lleno de pasión por la alquimia y con unas ganas increíbles de aprender. Recordaba lo feliz que estaba de estar allí, lo mucho que admiraba a su padre.

Recordaba la primera mañana que pasó en su casa y que cuando ella llegó del colegio le vio sentado en la cocina con siete u ocho libros abiertos mientras tomaba apuntes, recordaba su sonrisa al preguntarle como había sido su día y como ella había sido incapaz de contestar porque hacía tanto tiempo que nadie se lo preguntaba que ni siquiera lo sabía.

Y el aprendiz se convirtió en su compañero, en su amigo, en Roy, alguien con quien pasar las horas, alguien que la hacía reír. Algo cambió en su casa, su padre se entregó en cuerpo y alma a enseñarle, quizá él no lo apreciaba, pero enseñarle alquimia le devolvía la vida.

Pasaron los años y Roy quería a saber mas y su padre decía que no estaba preparado, pero se esforzaba, hacía lo posible por conseguir completar sus estudios.

Ella había dejado de ser un fantasma, hasta ahora, hasta hoy. El muchacho soñaba a lo grande, quería ayudar a todo el mundo, protegerlo, construir un país mejor para todos, así que decidió unirse al ejercito y su padre no lo pudo soportar., discutieron, se iba y está vez no iba a volver.

Así que allí estaba, esperando a que su tren llegase y sin fuerzas para despedirse de él. Escuchándole sin inmutarse, manteniendo la fachada. Odiaba la alquimia con todo su corazón, le había quitado todo. Y no paraba de hablar de que si su padre no quería seguir enseñándole no tenia sentido seguir allí, de acuerdo eso había dolido, pero después de tantos años había aprendido que llorar no servía de nada que nadie estaría allí para secar sus lagrimas.

¿Si le contaba lo que había en su espalda se quedaría? Era una estupidez, porque una vez mas lo único que le ataría a ella sería la alquimia.

— ¿ Me entiendes? — preguntó con preocupación a ver que ella no decía nada.

— Si

Estás aquí por la alquimia si no hay, nada te ata.

— ¿ Me escribirás? Te escribiré siempre que pueda...

— Si

De acuerdo márchate, déjalo ya, coge el maldito tren y desaparece.

— ¿ Riza? ¿ Estás enfadada?

No quería ni mirarle a los ojos, el maldito tren no iba a llegar nunca. No podía esperar allí a verlo alejarse de ella para siempre.

— Tengo que volver — dijo tragándose las lagrimas mientras se daba la vuelta. No estaba llorando, le daba igual que se fuera, ella no estaba llorando, llorar no servía de nada.

La agarró del brazo dándole la vuelta y volvió a decir algo pero ya no lo escuchó, le dolía el corazón, tenía una bola en la garganta que apenas la dejaba respirar, había pensado que él era su amigo, que le importaba algo mas que la alquimia, pero no, se acabó la alquimia, se acabó Roy.

— No sabes lo mucho que te voy a echar de menos.

— ¿ En serio? — preguntó confundida levantando la cabeza para mirarle.

— ¡ Claro! — dijo observándola extrañado como si no pudiera creer que le hiciese aquella pregunta. — Eres mi persona favorita en el mundo, mi mejor amiga, aunque no hubiese aprendido nada en estos últimos tres años habría valido la pena solo por conocerte.

Un sollozó ahogado escapó de su garganta y rompió a llorar, las lagrimas quemaban en su mejillas y se cubrió la cara avergonzada.

— Riza... ¿ Qué te pasa?

No quería volver a quedarse sola en aquella casa, no quería ser invisible, no quería ser un fantasma.

El sonido del tren entrando en la estación la hizo consciente de donde estaba, de lo que significa... no iba a volver a verle.

— Vas a perder el tren — susurró entre sollozos. — Date prisa.

Roy dio un paso hacía ella y la rodeó con los brazos.

— Tú también tienes sueños Riza, no te quedes en esa casa...— la abrazó con fuerza contra él. — Si me necesitas escríbeme, llámame, lo que sea, volveré a ayudarte sin dudarlo.

— Gracias — susurró agarrándose a él — Gracias por todo.

El pitido del tren anunciando su partida les hizo separase, se quedaron en silencio, Roy sonrió con timidez y levantó la mano despidiéndose de ella mientras entraba en el vagón.

— Nos veremos pronto, lo prometo.

— Si...

Pero no estaba segura, no sabia si volvería a verlo, así que le agarró de la solapa de la chaqueta y le estampó un beso en los labios. Roy rojo como un tomate trató de agarrarla, pero el tren estaba apunto de salir y antes de que él dijese nada se giró y salió corriendo de la estación sin mirar atrás.