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.•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 33 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.

Él no llegó a tocarla. Emily tenía la mirada clavada en la horrible expresión del borracho, cuando vio de repente la ancha espalda de Charlie. Había aparecido como por arte de magia, y aunque ella no tenía la menor idea de cómo se las había arreglado para ponerse delante sin hacer ruido, se alegró tanto de verlo que le dio unas palmaditas en la espalda.

Al fin y al cabo, las posibilidades habían mejorado considerablemente. Emily se puso a su lado justo a tiempo para ver cómo le daba un puñetazo a Carter debajo de la barbilla. Le pegó con tal fuerza que le hizo salir despedido por la puerta, romper la mosquitera, y caer de espaldas en el césped con las piernas sobre la mantequera de Millie.

Charlie deseaba volver a golpearle; estaba tan enfadado que no podía contenerse. En el momento en el que Jack le avisó de que en la cocina había dos hombres amenazando a Emily, además de asustarse, aumentó su furia. Corrió hacia la casa con el corazón a punto de estallar, y al ver a aquel hijo de puta agitando el cuchillo contra la cara de Emily, se salió de sus casillas y deseó de pronto destrozar al agresor, arrancándole brazos y piernas.

Aquella idea seguía tentándole. Durante un largo minuto observó atentamente al hombre a quien había golpeado y dejado sin sentido, deseando que se levantara para darle otro puñetazo, pero el borracho no colaboró. Estaba fuera de combate, por lo que al final Charlie hubo de resignarse a no sacudirle de lo lindo.

Se volvió, colocó las manos sobre los hombros de Emily y le pidió que lo mirara.

—¿Estás bien? —Su voz era un grave suspiro—. No te ha hecho daño, ¿verdad?

—No, no me ha hecho daño —respondió, sorprendida de lo débil que le salió la voz.

Entonces él reparó en la sartén que tenía en la mano, se la cogió y la dejó en la encimera.

De pronto Emily tuvo necesidad de sentarse. Ahora que el peligro había pasado, llegaba la reacción de verdad. Se le aflojaron las piernas y comenzó a temblar de frío. Le dio la espalda a Charlie, cogió una silla y se dejó caer en ella.

John entró corriendo en la cocina. Primero miró a su mujer, vio que estaba bien, y se volvió a contemplar los destrozos. Su mirada pasó de los restos de la mosquitera de su puerta, al hombre que estaba durmiendo con los brazos y piernas extendidos en el suelo de su cocina.

Emily le vio mover la cabeza cuando estrechó a su mujer entre sus brazos y la atrajo hacia sí, y deseó que Charlie también la rodeara con los suyos, la apretara con fuerza y la consolara como John a Millie. ¿Sabían los Perkins lo afortunados que eran de tenerse el uno al otro?

John besó a Millie en la frente antes de mirar otra vez al hombre inconsciente despatarrado en el suelo de su casa.

—¿Qué le ha pasado?

Antes de responderle, Millie se acercó a la mesa donde estaba Emily. Se sentó lanzando un fuerte suspiro de agotamiento y dijo:

—Ella es lo que ha pasado. —Señaló a Emily para mayor énfasis—. John, no sé lo que le ha pasado. Por un momento parecía que quisiera fundirse con la pared, y al siguiente le ha golpeado en la cabeza con mi mejor sartén. Supongo que ha saltado por algo que le ha dicho.

Charlie se apoyó contra la encimera, se cruzó de brazos y miró a Emily, quien con un ligero rubor en las mejillas bajó la mirada.

No entendía a qué venía aquella timidez.

—Emily, ¿de qué te avergüenzas?

La muchacha respondió con un afectado encogimiento de hombros: él no tuvo la menor idea de lo que significaba aquel gesto. Hacía un momento, había actuado como una gata salvaje, dispuesta a hacer todo el daño posible con la sartén, y aunque Charlie había visto al borracho que la amenazaba con el cuchillo, también había advertido la determinación en los ojos de ella cuando él se le puso delante.

Ahora parecía que fuera a desvanecerse en cualquier momento.

John apoyó la mano en el hombro de Millie y le dio un cariñoso apretón.

—Antes de acostarme pondré un buen cerrojo en la puerta. No sé lo que hubiera hecho si te hubiera pasado algo.

—No estoy avergonzada, sino apenada. Yo les he provocado a propósito.

Charlie fue el único que oyó el susurro de Emily.

—¿Cómo les has provocado?

—Perdiendo los estribos. Pero no debería haberlo hecho, porque he puesto a Millie en peligro.

—¿Y cómo ha sido? —preguntó John.

—John, no ha sido ella —dijo Millie.

—He sido yo. Les he incitado —la contradijo Emily—. He hecho que se pongan como locos a propósito, diciéndoles lo horribles que era.

Charlie se agachó junto a ella y le cogió las manos.

—Mírame —le pidió.

Ella alzó los ojos.

—Debí haber intentado que se calmaran, pero me han puesto tan nerviosa... Uno me ha llamado vaquilla.

Él esbozó una sonrisa.

—¿Vaquilla?

—Eso le ha dicho, sí —intervino Millie—. Se le ha puesto esa mirada mala en cuanto el tal Carter la ha llamado "monada de vaquilla".

Emily se irguió de hombros.

—A ninguna mujer le gusta que la llamen vaca —sentenció con su tono más altivo.

Charlie y John se esforzaron por ocultar sus sonrisillas. Millie negó con la cabeza.

—Yo creo que te estaba echando un piropo, aunque a su vil modo.

Emily, no te ha llamado vaca, sino "monada de vaquilla" —le recordó.

—Charlie, corrígeme si me equivoco, pero ¿acaso eso no es lo mismo? Me parece que no he dicho nada gracioso. ¿De qué te ríes?

—De tu indignación —respondió.

John insistió en que le explicaran todos los detalles, y Millie se alegró de poder hacerlo. Charlie escuchó mientras arrastraba a Smiley por la cocina y por el césped, para dejarlo junto a su amigo. Seguía atento a Emily, y cuando terminó la tarea se apoyó contra el marco de la puerta y la miró con descaro.

Poco antes ella estaba temblando, pero al sentir su mirada escrutadora se sintió más sofocada que nunca. Incluso le costaba respirar hondo.

John llamó la atención de Emily al coger una silla para sentarse al lado de su mujer. Observó cómo ponía la mano sobre la de Millie, y esa tontería, esta pequeña muestra de afecto, fue su perdición.

De pronto sintió tal ternura y deseo de Charlie que le entraron ganas de echarse a llorar. No comprendía lo que le estaba pasando. Nunca había tenido pensamientos lujuriosos ni carnales, pero era evidente que ahora los tenía. ¿Cómo podía ser? ¿Por qué anhelaba algo que nunca había experimentado?

Emily cometió el error de mirar al hombre responsable de su sufrimiento, pero como su imagen intensificó sus pensamientos eróticos, apartó la mirada con rapidez.

Sin embargo, no fue lo bastante rápida. Tener deseos de él ya era malo, pero aún era peor estar segura de que él lo sabía. Se dio cuenta al ver la expresión de sus ojos.

Se levantó de un salto, y a punto estuvo de volcar la silla con sus prisas. Necesitaba ocuparse de algo, pensó, algo para apartar sus pensamientos de aquellas escandalosas ensoñaciones. Decidió arreglar el desorden de la cocina, pero Millie interrumpió su narración para insistirle en que se sentara.

Como se sentía demasiada agitada para hacerlo, permaneció de pie junto a la entrada del comedor. Intentó distanciarse de Charlie tanto como pudo, y, como no se atrevía volver a mirarle, fingió prestar gran interés en las palabras de Millie.

Encima, hacía muchísimo calor en la cocina.

—John, ¿por qué habéis tardado tanto? —preguntó Millie.

—Estábamos muy ocupados; por eso hemos tardado—respondió—. Corrigan dijo que cinco hombres se dirigían hacia aquí, pero se equivocó con el número. Ahí fuera había ocho hombres intentando entrar, y todos excepto dos estaban como una cuba. No sabíamos que otro par se había escurrido hacia la puerta trasera. Millie, te aseguro que me han dado ganas de dispararles.

—¿Y qué te ha retenido? —preguntó ella.

—Cuatro de ellos se lanzaron sobre Charlie, los cuatro a la vez. Le rodearon por todos lados, obligándole a ser el centro de la pelea.

A Emily se le agrandaron los ojos y no pudo evitar mirar a Charlie.

—¿Así que te han atacado? No tienes ninguna herida.

—Debe de tener los puños resentidos —intervino John—. Yo he tenido que apuntar con la escopeta al resto de esa gentuza para que no se les ocurriera hacer lo mismo conmigo. Ha sido una buena reyerta, y el único que se lo ha pasado bien ha sido Jack el Tuerto. Parecía que disfrutaba de lo lindo, observándolo todo desde la escalera de la entrada, hasta que de pronto ha recordado haber visto a dos de ellos dirigirse a la parte trasera de la casa, tal como lo oyes. Hubiéramos venido antes si Jack no hubiera estado tan pendiente de la pelea.

A Emily le gustó oír la narración de boca de John. Imaginó a Jack riendo a carcajada limpia, golpeándose al rodilla mientras observaba la pelea, y estuvo a punto de echarse a reír. Ese montañero malhumorado era totalmente distinto a los hombres que había conocido.

—Me alegro de que al final se acordara —dijo ella.

—John, ¿no me oíste llamarte a gritos?

—Millie, con todo el lío que se ha armado ahí delante, ¿cómo iba a oírte?

—Si no hubiéramos venido, no sé lo que hubiera pasado —afirmó Emily.

—Os estabais defendiendo bien —dijo Charlie.

—Millie, siento mucho haberte asustado.

—No me has asustado, pero te aseguro que me has sorprendido. Me había olvidado por completo de la sartén hasta que le has golpeado en la cabeza.

—Lo mejor es que la instalemos en la buhardilla, ¿no te parece, Charlie? —dijo John—. Por esa ventana no puede entrar nadie, y supongo que si alguien baja por el pasillo, lo oirás. No creo que ese par que están durmiendo la mona en mi jardín, se atrevan a volver por Emily cuando estén sobrios, pero no deberíamos arriesgarnos.

—¿Vas a dejar que los hombres de Murphy duerman en la casa esta noche? —preguntó Emily.

—Sólo los dos que no están borrachos —explicó John—. Pero no te preocupes, los instalaré en otra parte de la casa. Charlie dormirá en la habitación contigua a la tuya.

La última observación de John no le sirvió de consuelo a Emily. Le parecía que tener a Charlie tan cerca, en la habitación de al lado, era tan peligroso como tener a Smiley cerca. Charlie no le haría ningún daño, por supuesto, ni tampoco la molestaría. Sólo pensar en estar a solas con él le aceleraba el corazón, incluso oía campanas de alarma resonando con fuerza en su cabeza.

Charlie se apartó de la puerta.

—Le enseñaré su habitación —sentenció, ignorando por completo a Emily, que movía la cabeza en señal de negativa.

La cogió de la mano y siguió hacia el comedor. Ella intentó soltarse, pero él se la apretó más fuerte para hacerle saber que no la dejaría.

Jack estaba rondando cerca de la entrada de la casa, a la espera de Emily.

—Ahora me voy —anunció él.

Emily sonrió.

—Jack, gracias otra vez por seguirme el juego.

—Me gustaría darte la mano antes de irme —murmuró—. White, suéltala un segundo. No te la voy a robar.

Charlie le dejó hacer. Observó cómo se daban la mano y no pudo evitar fijarse en la expresión sorprendida de Emily.

Jack se inclinó hacia ella, le susurró algo al oído y se apartó.

—Puede que volvamos a encontrarnos muy pronto —pronosticó él. Se puso el sombrero, se volvió y salió de la casa a grandes zancadas.

Emily se apresuró a esquivar a Charlie antes de que este volviera a cogerla. Se inclinó para recogerse la falda y se dirigió escaleras arriba.

Charlie siguió tras ella.

—¿Qué te ha dicho?

Cuando llegó al rellano, se volvió y extendió la mano.

Al ver los cinco dólares Charlie se echó a reír.

—Ya sabía que le gustabas a Jack, pero nunca hubiera imaginado que te devolvería el dinero.

—Es un hombre encantador.

Él montó en cólera.

—No lo es. Es un viejo verde cascarrabias, que además apesta como tal. Pero no cabe duda de que le gustas.

—Y a mí me gusta él —afirmó ella.

Como Charlie se hallaba un escalón más abajo que ella, estaban frente a frente. Emily sólo pudo pensar en estar en sus brazos y besarle. De pronto, se dio cuenta de que le estaba mirando los labios. Santo Dios, tarde o temprano sabría lo que estaba pensando. Decidió que todo era por culpa de él. Si no fuera un granuja tan atractivo, seguro que ahora ella no pensaría imposibles.

—Esta noche estoy muy cansada —farfulló.

—Es normal. Has tenido mucho trabajo con esos borrachos en la cocina.

—Estaba asustada.

—No hay nada malo en asustarse. Has usado tu ingenio.

Dónde demonios estaba ahora su ingenio, se preguntó desesperada. Charlie la convertía en una boba nerviosa, y si no se daba prisa en irse, sólo Dios sabía lo que iba a hacer.

Se volvió con rapidez.

—No hace falta que me acompañes hasta mi habitación. Ya la encontraré.

Si él percibió el temblor en la voz de ella, no lo manifestó. Le cogió la mano y la guió por el oscuro pasillo hasta la puerta del fondo.

Cuando se inclinó para abrirle la puerta, sus brazos se rozaron.

—Seguramente tus maletas están dentro.

—Sí, seguramente —respondió ella por carecer de algo mejor que decir.

Charlie echó un vistazo al interior y asintió con la cabeza.

—Están en el rincón, junto a la ventana.

—Tus maletas —explicó cuando ella le miró con desconcierto.

La muchacha sacudió la cabeza para salir del estupor y al poco entró. Charlie se quedó en el umbral. Sabía que ahora debía cerrar la puerta e irse, pero no pudo hacerlo y, ¡cielo santo!, tampoco pudo dejar de mirarla.

Estaba de pie, demasiado cerca de la cama, y a él se le ocurrieron enseguida toda clase de posibilidades.

Se le quebró la voz hasta convertirse en un susurro.

—Cualquier cosa que necesites, dímelo.

—Gracias.

—Buenas noches, Emily.

—Buenas noches, Charlie. —respondió ella por lo bajo.

Y aún así, él permaneció allí. La muchacha avanzó un paso hacia él.

—Hace calor aquí, ¿verdad?

—¿Tienes calor?

—Sí.

—Yo también.

—¿Y tú dónde duermes?

—Aquí al lado —respondió él—. Si me llamas, te oiré.

—Intentaré no molestar.

—Pero si me necesitas...

—Me oirás.

—Sí.

—Procuraré no inquietarte.

La sonrisa de él le pareció muy atractiva.

—Ya estoy inquieto, Emily, y por tu forma de mirar, diría que tú también estás inquieta.

La muchacha no fingió ignorar de qué le hablaba. En cuanto Charlie subió un escalón, también se acercó a él. Y de pronto se encontró en sus brazos, besándole con toda la pasión que guardaba en su interior.

Un beso no fue suficiente. En un desesperado intento de acercarse lo más posible, le rodeó el cuello con los brazos, y mientras él la besaba con fuerza desmedida, ella le acarició el pelo con los dedos.

Charlie aún no estaba saciado. La levantó y la abrazó con fuerza, pero la sensación que perseguía quedaba mitigada por la ropa.

La frustración le hizo jadear y empezó a quitarle el vestido sin apartar sus labios de los de ella, que estaba ardiente y anhelante, aunque a él le pareció maravillosa. Le desabrochó la blusa, desató los cierres y luego hizo deslizar por sus hombros las tiras del sujetador. Introdujo la mano debajo de la tela y empezó a acariciarle el pecho.

La suavidad de la piel de la muchacha, en contraste con la aspereza de sus manos, le hizo perder el control. Estaba tan excitado que apenas podía pensar. La deseó como nunca había deseado a ninguna mujer.

Golpeó la puerta con el pie para cerrarla, hizo un esfuerzo por separarse de la muchacha y le comunicó, con claridad, lo que deseaba hacerle.

Cuando acabó de decírselo, la volvió a estrechar con fuerza entre sus brazos.

—Emily, ¿sí o no?

Ella no quiso tomar la decisión. La obligaba a que fuera responsable de sus actos, cuando ella hubiera preferido dejarse llevar.

Reconocer la verdad le ayudó a recobrar el sentido común. Se apartó de él y negó con la cabeza.

—No, no podemos. Charlie yo quiero, pero no estaría bien.

Ahora Emily jadeaba y tenía dificultades para respirar. En una clara muestra de frustración, se mesó el cabello.

La misma frustración expresó él con tono de enfado:

—¿Es por O'Toole?

—¿Quién?

Él apretó la mandíbula con fuerza.

—El hombre con el que te vas a casar.

Ella se dio cuenta de que llevaba la blusa abierta y se apresuró a abrochársela.

—Charlie, antes de conocerte yo tenía sentido ético y cierta moral. No sé lo que me ha pasado.

—El deseo es lo que te ha pasado. Eso ha sido, Emily.

—No te enfades conmigo.

—No estoy enfadado. No debería haber dejado que esto llegara tan lejos.—Empezó a abrir la puerta, y entonces se volvió hacia ella—. Me deseas, ¿verdad?

—Sabes que sí.

Vio lágrimas en sus ojos, pero no se inmutó.

—¿Sabes qué pienso? Que cuando estés en la cama con O'Toole, pesarás en mí.

Tras esa sentencia, cerró la puerta de golpe.

CONTINUARA