Capítulo 37
El ceñidor de Hipólita (Segunda Parte)
-1-
Las llamas se avivaban con el viento. La cortina de fuego crecía y crecía, alimentándose de todo lo que encontraba a su paso, dejando nada más que cenizas tras de sí. Ni la humedad, ni las pocas gotas de lluvia que habían comenzado a caer de nuevo contenían el brillante fulgor de las flamas. Lentamente, la silueta del palacete se había perdido en la cortina de humo que emanaba de aquel pequeño infierno.
El retumbar de un derrumbe cimbró la tranquilidad de la noche mientras los relinches cargados de terror de los caballos se escucharon cuando las bestias rompieron las puertas de su establo para correr por el jardín en busca de un lugar seguro. En su pánico, apenas esquivaron una delgada figura que observaba desde lejos a la casa envuelta en llamas.
Aretha estaba ahí, de pie, con la mirada perdida en el espectáculo de colores amarillos y naranjas. Lágrimas que se negaban a correr habían nublado sus ojos azules, su piel había palidecido y sus labios se movían nerviosamente. En sus manos sostenía una daga de hoja ensangrentada, la misma con la que, unos minutos antes, asesinara a una amazona que venía de regreso a apoyar a las otras dos milicianas a cargo de los mensajeros troyanos.
Todo había sucedido muy rápido.
Se suponía que el lugar y misión de la ninfa eran otros, pero por acciones del destino, había permanecido en el palacete por un rato más. Ni ella misma imaginaba que su intuición terminaría metiéndola en más aprietos de los que entonces cuando escuchó los cascos de la montura acercándose y deteniéndose frente a la casa de piedra. La ninfa, escondida como estaba, permaneció quieta en espera de cualquier movimiento por parte de la otra joven. Cuando la vio adentrarse en los pasillos, supo que tendría que siguió sigilosamente, atenta de cada paso y esperando no tener que llegar a las acciones extremas. Desafortunadamente, no le quedó más opció el instante en que la amazona puso un pie dentro del cuarto donde yacían las otras dos vigías asesinadas, la pelirroja supo que no podía permitirle salir con vida de ahí.
El rostro de la amazona se descompuso al descubrir los cadáveres de sus compañeras. Su primer instinto fue correr hacia la salida para tocar la campana de alerta y poner sobre aviso a su gente, pero antes de que avanzara lo suficiente, Aretha se materializó, tomó una de las armas de las guerreras caídas y, a pesar del temblor que los nervios lanzaban por todo su cuerpo, se armó de valor para asentar un golpe. Cerró los ojos mientras seguía con los embates, hasta que por fin, dejó de sentir algún tipo de resistencia por parte de su oponente.
Cuando se atrevió a verla, el resultado de su hazaña le asqueó. Perdió la respiración. Todo lo que alcanzaba a mirar era el rojo carmesí de la sangre impregnada sobre las paredes de piedra y el cuerpo inerte que descansaba a sus pies. La naturaleza de sus propios actos le espantó. Se repetía una y otra vez que había sido necesario y, al mismo tiempo, buscaba en su mente por una solución que limpiara el desastre que dejaba detrás de sus pasos. Fue así como el único plan que se le ocurrió fue incendiar todo.
Por más complicado que fuera, hacer que el lugar se consumiera en llamas no solo serviría de distracción, lo cual era una de sus asignaciones, sino que también podría explicar la ausencia de los mensajeros troyanos restantes y terminaría regalándoles unos cuantos minutos más en su misión. Un accidente de esas magnitudes no dejaría lugar para supervivientes, por lo que, al presumirlos muertos, nadie se molestaría en buscar por ellos. Lo que Aretha también sabía era que, si hacía algo mal, aún si fuera un detalle minúsculo, las amazonas lo notarían; y cometer semejante a error, podría costar la vida de los santos.
Hubiese deseado tener más tiempo para pensar, pero la realidad era que estaba justa. Así que hizo lo mejor que pudo.
Lo primero era trabar la puerta y hacer que tal acción pareciera accidental. Observó el marco interior de la vieja puerta. El tiempo lo había corroído. Con ello, pensó que el fuego terminaría tirándolo, sirviendo de explicación al hecho de que nadie abandonara el refugio: las víctimas hubiesen quedado atrapadas en ese lugar y el incendio terminaría matándoles.
No lo pensó más. Esparció un poco de aceite sobre el piso, los cuerpos y cualquier objeto que pudiera prender con facilidad. Después, usó el fuego de las antorchas para que corriera por todo el lugar.
Al principio, las llamas ardieron tímidamente. El humo hizo su aparición de manera gradual. Sin embargo, cuando la ninfa se transformó en aire, el fuego se avivó. En cuestión de segundos, las flamas ardían sin control alguno. La nube de tonalidades rojizas y negras se filtró por las rendijas del palacete, alzándose en una columna que amenazaba con alcanzar el cielo. Desde ese momento, no había podido alejarse de ese lugar.
Únicamente el sonido vacío de la campana de alarma la despertó del letargo en el que había caído. La guardia llegaría en el instante menos pensado y ella tendría que huir.
Aún así, quedaba en su corazón el temor de que sus acciones hubieran afectado de algún modo a los santos. Con las campanas sonando, la atención de las amazonas se dispararía, corriéndose el riesgo de que pillaran a los guerreros de Athena desprevenidos. Pero, cualquiera que fuese su preocupación, a esas alturas estaba de más pensar en ello, puesto que no habrían ninguna solución.
A la distancia, oyó el eco de los cascos de los caballos que se aproximaban a donde estaba. No podía esperar. Como siempre lo hacía, desapareció en medio en el aire.
-2-
Kanon observó, sin moverse un solo centímetro, la reacción de Hipólita. Dentro de él, un monólogo lleno de interrogantes se llevaba a cabo; la mayor parte de él giraba alrededor del motivo que hacía sonar la campana. ¿Saga? ¿Aioros? ¿Cuál de los dos había sido lo suficientemente torpe como para dejarse pillar nada más iniciado el plan?
— ¡Señora! — la puerta de la habitación se abrió bruscamente, permitiendo el paso de una mujer que Kanon reconoció como una de las dos guardias que vigilaban afuera. — ¡El palacio de huéspedes se incendia!
La primera acción de Hipólita, lejos de preocuparse por el suceso, fue clavar su mirada en Kanon con todo el disimulo que pudo. Había algo inquietante en aquel hombre que hacía a sus instintos convulsionarse, pero la reina aún desconocía el motivo de sus inquietudes. No podía confiar, eso era seguro; así que el incidente venía a ella como un golpe de buena suerte que le permitiría medir las reacciones del mensajero.
Para su suerte, Kanon no pudo ocultar su sorpresa, aunque las razones de su sobresalto eran por demás diferentes a las que Hipólita imaginaba.
Lo que de verdad ocupaba su mente era el porque del repentino incendio. No terminaba de comprender lo que fuera que ideaban su hermano y Aioros… si es que eso era parte de sus planes. Como fuera, al menos encontraba un poco de tranquilidad en el hecho de que la campana anunciara el fuego y no la caída de los otros dos. Por el momento, el antiguo general marino también sabía que las apariencias deberían ser guardadas y apreciaba el hecho de que, delante de la reina, el protocolo dictaba que debía mantener la compostura al máximo. Curiosamente, notó que mantenía los apretados y la mandíbula tensa; sin duda esa reacción suya era el remanente del primer susto que trajese el solitario repicar en medio de la noche. Llevó sus ojos verdes hasta Hipólita quien respondió de la misma manera: posando sobre él su mirada castaña.
— Vayan por información. — la reina ordenó a su subordinada. — Averigüen que sucedió y el estado en que se encuentran los heraldos troyanos. — volteó de nueva cuenta hacia Kanon, buscando en sus ojos algún tipo de agradecimiento que no encontró, así que esperó hasta quedar a solas para continuar con lo que habían dejado pendiente. — Entonces… ¿Periandro ha mandado alguna instrucción adicional a este mensaje?
Kanon meneó la cabeza.
— Ninguna, señora.
La castaña chasqueó la lengua antes de darle la espalda y caminar de regreso hacia la columna en donde se encontraba apoyada cuando Kanon llegó ahí. Sin moverse, el gemelo siguió cada uno de sus movimientos. Prestó especial atención al cinto de oro y a la espada que pendía de él. Si esperaba la oportunidad idónea para atacar, definitivamente era esa, ahora que la guardia se había marchado y estaba en relativa soledad con la reina.
Pero se contuvo de hacerlo con una impetuosidad que pudiera terminar pagando con creces. Primero se aseguraría de que Hipólita estuviera lo suficientemente distraída, fuera por sus pensamientos o por la columna de fuego que veía a la distancia desde el mirador de la habitación, y entonces, atacaría.
Así esperó unos pocos segundos que transcurrieron con una lentitud extraordinaria, hasta que algo dentro de él le gritó que no podía dejar pasar más tiempo. Esta vez, Kanon hizo caso a su corazonada y atacó.
Corrió hacia la amazona con nada más en la mente que la voluntad de apoderarse primero del arma. Si tenía éxito, podría controlar la situación a su antojo, pero si fracasaba, probablemente tendría que llevar el combate a un territorio en el que sabía tenía todas la de perder.
Sus movimientos fueron tan rápidos, que casi tomaron por sorpresa a la guerrera; sin embargo, necesitaría más que eso para conseguir su objetivo. Bastó una hábil maniobra por parte de Hipólita para evitar el ataque frontal del gemelo, no así para librarse por completo de él. Para cuando la mano de la reina amazona se posó sobre la empuñadura de su arma, sintió la de Kanon rodeándola de inmediato. Por más que ella se esforzó en desenvainar la espada, el santo simplemente se lo impidió. Forcejearon. Se batieron el uno contra el otro, empujándose, aferrándose con toda la fuerza que poseían a la empuñadura de la espada.
— ¡¿Qué demonios haces, estúpido? — exclamó ella, furiosa.
— Necesito tu espada. — Kanon sonrió con malicia. — ¡Y vas a prestármela!
Sin soltar la empuñadura, se apoyó en ella para impulsar a Hipólita contra la pared, haciendo que su cuerpo golpeara contra la piedra con la mayor fuerza posible. La amazona gimió ante el fuerte golpe, pero lejos de dejarse vencer, se recuperó para contraatacar. Lanzó una patada justo al pecho del santo que retrocedió con la fuerza del impacto, sin embargo nunca abandonó la espada. La misma inercia del golpe y el contrapeso de Kanon terminaron por hacer que el arma se arrancara de la cintura de la amazona.
El general marino sonrió al ver que él mantenía el control, sin embargo su dicha no duraría demasiado. Mientras él todavía retrocedía, su cuerpo luchaba por recobrar la estabilidad que el ataque de Hipólita le robase, situación que la reina amazona no pensaba desaprovechar para volver a hacerse con el arma de la que había sido despojada. Cogió lo primero que encontró a mano para lanzarlo contra él, esperando que el instinto hiciera que el gemelo blandiera la espada como defensa ante el jarrón de barro que volaba en su dirección. Cuando así lo hizo, Hipólita se abalanzó y se colgó de las manos de Kanon. Forcejearon una vez más. Él intentando golpearla con la espada y ella tratando de arrebatársela. Al principio, el gemelo pensó que tendría las de ganar en cuestión de fuerza física, pero se encontró rápidamente sorprendido por la potencia con que la guerrera se le plantaba.
Para liberarse de ella, el peliazul jaló su cuerpo hacia la izquierda. Aunque Hipólita quiso seguirle el movimiento, no pudo, sino que fue arrastrada por el gemelo quien, al ver como una de sus manos se separaba de él, le asestó un golpe en el estómago. La reina se vio forzada a soltarlo para cubrirse el torso y, en ese pestañeo, Kanon volvió a hacerse con la posición ofensiva del combate.
El general marino era consciente de que sus habilidades con la espada estaban muy por debajo de cualquier experiencia que la hija de Ares pudiera tener, así que las oportunidades que se presentasen en el camino tenían que ser aprovechadas sin ningún titubeo. Tal, era una de esas.
Levantó la espada por encima de su cabeza, hasta el punto más álgido que le fue posible. La reina estaba frente a él, encogida a causa de su último embate. Un solo golpe. Eso era todo lo que necesitaba.
Con la misma fuerza con que había levantado la daga, la bajó para atacar, pero Hipólita no estaba lista para dejarse vencer. Había peleado demasiadas guerras como para caer bajo la espada de un simple heraldo. Era una reina, una semidiosa que, si habría de morir, lo haría bajo sus propios términos.
La castaña reaccionó justo a tiempo, siendo ella quien, en esta ocasión alcanzó a asestar un golpe en el estomago desprotegido del santo. Éste, detuvo su ataque.
De inmediato, la amazona repitió la dosis. Un par de golpes más fueron suficientes para que, cuando ella se le abalanzó encima, él cayera de espaldas con ella encima. El gemelo estiró el brazo para mantener el arma lejos de Hipólita, quien luchaba para mantenerlo sometido y, a la vez, despojarlo de la espada. La frustración del hombre que no se dejaba vencer comenzaba a hartarla, así que lo golpeó en la cara, haciendo que de sus labios se escurriera un hilo de sangre.
— Perra. — siseó el otro en medio de un escupitajo de sangre.
No sabía como, pero no iba a permitirle tener el control. De alguna manera, la fuerza que esa mujer poseía le había resultado mucho mayor de lo esperado y ese pequeño error de cálculo lo estaba pagando con creces.
Entonces, su primer pensamiento voló al cinturón. Esa tenía que ser la fuente de su poder.
— ¡Llámame así una vez más, y voy a arrancarte la lengua, maldito! — un golpe más en el rostro lo sacó de sus divagaciones e inyectó en él la rabia de haberle permitido llegar tan lejos. Ofuscado, puso manos a la obra.
En una maniobra que Hipólita no esperaba, Kanon dejó ir la espada, lanzándola lo más lejos que le permitió su brazo; más tarde se preocuparía por recuperarla. Ahora mismo tenía que encargarse de la molestia que estaba montada encima de él. La reina, al ver la espada salir volando, se dispuso a ir tras ella, pero las manos del peliazul se cerraron sobre sus tobillos, impidiéndole levantarse. Ella lo golpeó otra vez. En esa ocasión, el santo le devolvió la afrenta. Dejó ir uno de sus tobillos y le dio un manotazo con todo lo que pudo. Sabiéndola fuera de balance, la tomó de la cintura para quitársela de encima y arrojarla contra el piso. Si su principal obstáculo era el ceñidor, se encargaría de arrancarlo del cuerpo de la amazona.
Los papeles habían cambiado. En ese momento, era Hipólita la que, tendida en el suelo, pataleaba desesperada debajo del cuerpo del santo que la mantenía prácticamente inmóvil. Tenía sus manos sujetas por encima de la cabeza.
— ¡Suéltame! — exigió la reina.
— No pienso hacer tal cosa. — Kanon apretó el agarre.
El brillo de determinación que Hipólita encontró en su mirada, la dejó pasmada. Ese no era un hombre como lo otros y, ciertamente, no podía ser un simple vasallo de Periandro. Había algo en él , algo que ella había divisado desde el primero momento, pero que se negaba a aceptar.
— Vine hasta aquí por ti, para hacerte pagar todo lo que has hecho mal en este mundo. ¡Voy a detenerte a como dé lugar! — exclamó el santo.
Fueron esas palabras las que despertaron la mente de la reina. Sus ojos se abrieron con desmedida incredulidad mientras sus labios temblaron al expresar los pensamientos que guardaba en su cabeza.
— ¿Quién… eres? — susurró.
La sonrisa pretenciosa de Kanon se ensanchó mientras sus ojos verdes centellaron con infinita satisfacción al contemplar la confusión en el rostro de Hipólita.
— Kanon de Géminis, santo de Athena.
-3-
Pocas veces Aioros se habría imaginado que sus habilidades para esconderse entre las largas cortinas del templo Patriarcal tendrían algún tipo de valor substancial en su vida. Sin embargo, como en demasiadas ocasiones, el destino se encargaba de demostrarle que, lo único que tenía seguro, es que no existía certeza alguna en el mundo en que vivía. Porque, ahí estaba, con regresiones infinitas a la época de su niñez cada vez que se veía en la necesidad de buscar refugio en los largos y pesados pendones carmesí que adornaban el palacio de Hipólita.
Desde que la campana repicara, el santo de Sagitario no había tenido descanso alguno y tampoco había podido avanzar tanto como le hubiese gustado. El ir y venir de guardias era agobiante, obligándolo a detenerse en más ocasiones de las que tenía planeado.
No tenía la menor idea de cuanto tiempo más sería capaz de resistir en medio del caos, pero sí era plenamente consciente de que a ese ritmo jamás encontraría a la mujer que Periandro había requerido a cambio de su ayuda. Lo que era peor, si bien la campana no le había puesto al descubierto, ahora sus nervios eran un desastre más con el cual lidiar a cada paso del camino. Poco le importaba él, porque a pesar de sonar engreído, Aioros sentía que tenía todas las posibilidades de mantenerse escondido por un largo rato. Pero era la imagen de Saga la que se dibujaba una y otra vez en su cabeza, llenándole de incertidumbre acerca del paradero de su amigo y de aquellos a los que debía rescatar de los calabozos de Temiscira.
Llevaba varios minutos completamente absorto en su rutina de pensar, correr y esconderse que, en el instante en que se dio cuenta que la exagerada actividad parecía haber pasado, apenas y podía creerlo.
Asomó la cabeza entre las telas rojas, procurando mirar a ambos lados del pasillo en busca de posibles captoras. Al no ver ningún peligro, siguió avanzando. De pronto, un poco más allá de donde estaba, escuchar el repicar de unos pasos presurosos que corrían en su dirección. Se detuvo un momento a analizar aquel sonido, hasta descubrir que el enemigo que se aproximaba iba solo.
Una idea cruzó por su mente.
Antes de que ser pillado por la miliciana, Aioros se apresuró a abrir una de las puertas cercanas a él. Se introdujo en la habitación y permaneció ahí, quieto y expectante, mientras avistaba por una rendija cada acción de la otra involucrada.
Del otro lado del pasillo, avanzando lo más rápido que las piernas le permitían, la amazona iba en busca de las escaleras que guiaban a la primera planta del palacio. La voz del incendio había corrido como un reguero de pólvora entre ellas, especialmente porque los mensajeros troyanos se habían visto inmiscuidos en todo el problema de alguna manera. Fuera de eso, nadie sabía nada al respecto.
De pronto, escuchó detrás de ella lo ecos de otro par de sandalias. Por un momento se sintió sorprendida. No sabía que nadie le seguía. Sin detenerse, miró para atrás.
— Te tengo. — Aioros sonrió y se abalanzó contra ella.
La mujer apenas tuvo tiempo de reaccionar. Así que no representó ningún problema para el santo cogerla de la túnica y aventarla contra la pared, donde la acorraló apoyando su brazo contra el pecho de ella para inmovilizarla y dejando que el filo de su espada acariciara el cuello de la amazona.
— ¡Ustedes…!
— No te muevas, ni intentes nada. — Aioros le apretó el cuello.
— Se supone que estaban en la casa de invitados. ¡¿Por qué le prendieron fuego? — la reacción de la soldado lo dijo todo al arquero. Dedujo de inmediato que esa era la razón de la campana.
— Eso no es asunto tuyo…
— Se han metido con mi pueblo y engañado a mis hermanas. ¡Es mi asunto!
— Te dije que guardaras silencio. — el filo de la daga dibujó un hilo de sangre en el cuello de la mujer. — ¿Dónde está la pitonisa?
— ¿Quién?
— La mujer de las visiones. Hipólita la tiene cautiva aquí. — pero lo único que consiguió fue la amazona apartara la mirada de él. No iba a hablar.
Aioros bufó. Su plan para obtener información había fallado vilmente. Sacudió con sutileza la cabeza, mientras su mirada se ausentaba y otros pensamientos tomaban lugar en su mente. Miró una vez más a la amazona que todavía tenía en su poder; no podía dejarla ir.
— Lo lamento. — suspiró. — Pero te has metido en una guerra que no puedo permitir que ustedes ganen.
— ¿Qué piensan hacer? — siseó la guerrera.
Pero esta vez no tendría respuesta del castaño. Aioros la llevó a rastras hasta de una de las habitaciones que estaba vacía. Ahí se desharía de ella. Si no quería ser descubierto, tenía que evitar dejar un rastro de muerte detrás de sus pasos y, aunque le pesara, su única opción para conseguir tal hazaña, era ocultar el resultado de sus acciones.
En una guerra, la muerte no era algo que pudiera evitarse.
-4-
Lo único que traía cierta tranquilidad a Saga era que la campana había sonado lo suficientemente lejos de los calabozos como para pensar que le habían descubierto. Ignoraba si el causante era alguno de sus otros dos compañeros, pero se esforzaba por repetirse una y otra vez, que lo primero en su mente tenían que ser los otros. Tanto Kanon como Aioros, así lo habrían querido.
Justo en ese momento, su pie resbaló sobre la piedra húmeda del piso, recordándole que, si bien, no había amazonas como obstáculo por el momento, sus enemigos eran otros. La oscuridad de los túneles que conformaban las prisiones era casi absoluta. Saga apenas podía creer que se encontraba en las misiones exteriores y no en los subterráneos del palacio. Desde ese punto de vista, no quería ni siquiera imaginarse lo que eran las celdas de ese otro lugar. Pero, justo cuando comenzaba a perder la paciencia, distinguió el resplandor amarillento de una luz que proyectaba sombras deformes sobres los muros.
Entonces, aminoró la marcha y extremó precauciones. Sigilosamente se fue acercando, al mismo tiempo que desenfundó su espada, preparándose para un eventual ataque.
Se acurrucó junto a la pared de piedra y acechó. Más allá, a unos pocos metros de donde estaba escondido, una guardia permanecía apoyada contra la pared con la mirada clavada en la celda frente a ella. Por lo que Saga pudo deducir, la mujer no había reparado en su presencia.
— Maldito arquero. — masculló.
La realidad era que, desde donde estaba, en esos momentos le sería mucho más útil un arco que una espada. Así que, el hecho de que Aioros no le hubiese enseñado a manejar uno, ahora le resultaba chocante.
Pero Saga hizo a un lado todas sus ideas y se avocó a su misión. Trató de ver más allá, a de la celda, pero la oscuridad de dentro, le impidió todo tipo de visibilidad. Sin embargo, fuese lo que fuese, si quería continuar su camino, tendría que deshacerse de esa amazona. Así, pensó por un segundo lo que haría después.
De inmediato se trazó un plan.
-5-
Karia se sentía terriblemente ansiosa con el sonido de las campanas. Si algo detestaba era la incertidumbre y, para mal de ella, ahí, en los túneles de las prisiones, era lo único que poseía. Desconocía el motivo por el cual la alerta había sido lanzada sobre toda Temiscira, así que solo le quedaba especular. Se suponía que alguna de sus dos compañeras encargadas de la vigilancia externa deberían de avisarle en caso de emergencia pero, hasta ese momento, ninguna de las dos se había molestado en aparecer. Peor aún, Karia sabía que no podía abandonar su puesto, aunque su trabajo consistiera en vigilar a un montón de moribundos que tuvieron la mala fortuna de caer en sus manos unos días antes.
Sin embargo, de manera inesperada, el sonido del metal golpeando la piedra de la pared atrajo su atención. De inmediato atribuyó dicho descuido a la presencia de su compañera que llegaba a rendir informes, pero cuando nadie apareció tras unos pocos segundo, se sintió intrigada.
El chirrido del metal volvió a oírse y, en esa ocasión, no pudo pasarlo por alto ni tampoco ocultar su curiosidad. Desenvainó su espada en silencio y echó una última mirada a los prisioneros que yacían inertes en el frío suelo de la celda. Entonces, procedió a acercarse. Lo hizo con el mayor sigilo del que era capaz. Sus pasos no la traicionarían. De esa manera se acercó hasta el punto en que el muro formaba un ángulo que le impedía ver más allá.
Justo cuando asomó la cabeza, tuvo que hacer uso de toda su velocidad para retirarla antes de que la espada de Saga amenazara con separarla de su cuello. El arma pasó tan cerca de ella que la cinta de cuero que le recogía el cabello fue cortada en dos partes. Karia retrocedió un par de pasos, tambaleante. Alzó la vista y la clavo en el hombre peliazul que la miraba con una intensidad que pocas veces había visto.
— ¡Tu nombre! — demandó. El santo solo la miró, desatando con su indiferencia un arranque de rabia en la amazona. — ¡Tu nombre! ¡No seas cobarde!
— No es cobardía. — la comisura de los labios del gemelo se curvo, revelando una tenue sonrisa. Su voz sonaba ajena y distante. — Es solo que no tiene caso decir mi nombre a un muerto. Pero dada tu insistencia, te lo diré: mi nombre es Saga.
Karia tenía muchas preguntas más, pero lo primero era detener al intruso. Con eso en la cabeza, no esperó más antes de iniciar el combate. Intercambiaron ataques, haciendo rechinar sus espadas cada vez que se encontraban. Saga consiguió detener cada embate de la amazona. Después, giró su espada, atrapando la de ella, con la fuerza de la propio. Entonces, viendo que la había conseguido romper su defensa, jaló el arma para abrirle un rayón desde la parte superior del torso hasta la cintura.
Herida, Karia retrocedió. Su respiración se agitó, víctima del dolor que se disparó por todo su cuerpo. A pesar de eso, no soltó la empuñadura de su espada. Si habría de morir, lo habría bajo las normas que dictaban el honor de una guerrera amazona. Se aventó sobre Saga quien no tuvo problemas en dominarla dada la gravedad de sus heridas. Su agonía tampoco fue prolongada, puesto que, con un golpe más, el geminiano cesó todo latido de su corazón.
— Te dije que estarías muerta. — negó suavemente.
Echó un vistazo al interior de la celda. No lo había notado hasta ese momento, pero la peste de la podredumbre que salía de ese lugar, esa casi insoportable.
Dentro observó los cuerpos inconscientes de varios hombres de edades diferentes. Algunos estaba ya muertos y comenzaba a deformarse con el paso de las horas. Otros, sobrevivían a duras penas. Sus respiraciones era tan disminuidas que, de no ser por algún espasmo ocasional, el gemelo podía jurar que habían fallecido.
— Maldición. — susurró mientras reemprendía la marcha.
Hubiese querido ayudarles, pero no podía hacerlo sin traicionar su propia misión. Su único consuelo era que, de cualquier forma, esos hombres no tardarían en morir. Sus heridas eran lo suficientemente graves para matarles y, si no, las infecciones que tenían seguramente ya había envenenado su sangre.
Pero, de pronto, la idea de que sus compañeros pudieran encontrarse en semejantes condiciones surcó su mente. No habían considerado esa opción.
Aquella idea borró todo rastro de calma que le quedaba, lo cual empeoró al hallarse, de nueva cuenta, en la más profunda de las oscuridades. Se preguntó a si mismo si la decisión de no llevar consigo una antorcha había sido la mejor, sin embargo tuvo que admitir que, por más tiempo que las tinieblas le robasen, la ventaja de una ataque sorpresa simplemente superaba aquel detalle con creces.
Tras varios traspiés y un sinnúmero de maldiciones, los ojos de Saga apreciaron el resplandor de otra tea a lo lejos. ¿Podría ser esa la ubicación de la celda que necesitaba?
-6-
Aretha apareció sobre el tejado de uno de los múltiples palacetes que decoraban el corazón de la ciudad. Su rostro todavía mantenía las facciones severas que ocasionara su incidente de antes, pero internamente había encontrado un poco de paz en medio de la tormenta emocional por la que atravesaba. El resplandor rojizo del incendio se apreciaba a lo lejos, rodeado de una humareda sumamente densa de color grisáceo que el viento movía a su antojo.
Mientras se trasladaba hacia su nuevo punto de acción, el sonido de los gritos de las amazonas había llegado a sus oídos. La confusión era latente entre ellas, así como el desconocimiento de la suerte que habían sufrido sus compañeras y los mensajeros troyanos. A pesar de todo, al ver semejante desconcierto, la ninfa estaba complacida. Estaba cumpliendo su objetivo y comprando minutos preciosos para los protegidos de Athena.
Su mirada viajó a los dos puntos que eran de vital interés para la misión: el palacio de Hipólita y las prisiones. En silencio, rezó porque ninguno de los jóvenes guerreros estuviera herido, porque las cosas funcionaran de buena forma para ellos. En ese momento, la brisa fría le acarició el rostro, haciéndola despertar de sus pensamientos; todavía quedaba mucho que hacer. Si bien había conseguido enrarecer el ambiente, aún tenía que revolverlo más, hasta el punto en que la confusión se apoderase por completo de Temiscira y sus habitantes.
Con esa determinación, paseó la mirada por la ciudad, en busca de sus siguiente blancos. Tenía que ser cuidadosa en sus elecciones. Si, por accidente, era muy obvia, entonces todo lo ganado podría perderse y las cabezas comenzarían a rodar.
Del lado opuesto al incendio, a los pies del palacio, las caballerizas atraparon su atención. Eran enormes, repletas con monturas de las más hermosa,s que rivalizaban solamente con los exquisitos caballos de Troya. Animales como pocos; grandes, pesados, rápidos y, sobre todo, imparables. Así, una idea se le vino a la mente. Presta, se disolvió de nuevo en el aire, regresando a su forma humana en la parte trasera de los establos. Tuvo el cuidado de no ser vista por nadie. Suerte para ella que no existía una guardia fija en esa parte de la ciudad. Así, se asomó por la ventana y oteó el interior. Adentro, a pesar del desbarajuste que se había formado afuera, las bestias permanecía en relativa calma. De vez en vez, alguno de los animales bufaba o soltaba un relinche aislado. Sus colas, inquietas, se mecían con pereza y en ocasiones, sus cascos golpeaban el suelo.
— Quieto. — susurró a un corcel que se movió nerviosamente cuando ella pasó cerca.
El animal pareció entender y dejó que la pelirroja le acariciara las crines antes de dejarle libre el paso hacia el resto de sus compañeros. Así, Aretha se escabulló entre ellos muy despacio. Un movimiento demasiado brusco terminaría espantándolos. De entre sus ropas sacó un pequeño cuchillo con el que fue cortando, uno a uno, los lazos de los corceles, dejándoles en una libertad que ellos mismos no habían apreciado. Entonces, cuando hubo terminado de desatarlos, se aseguró que las puertas del establo estuvieran abiertas.
Era el momento de sembrar el pánico entre los animales.
La ninfa se convirtió en una ráfaga de viento que azotó con toda su potencia la madera de las caballerizas. Las vigas crujieron y el heno voló en todas direcciones. Sumado a ello, el aullido del aire terminó por desquiciar a los caballos.
Los corceles comenzaron a correr dominados por el pánico. Chocaba entre ellos y con las paredes del establo, atropellaban y tiraban todo lo que había a su paso, hasta que, por fin, encontraron las salidas y las atravesaron, en una marcha desbocada hacia la libertad. Rápidamente, los establos se vaciaron.
En soledad, parada en medio del desastre, Aretha observó el lugar vacío. La numerosa manada se encargaría de distraer a sus dueñas por un rato más. Pero ella todavía necesitaba algo más antes de alcanzar a Aioros en el palacio de la reina.
-7-
Ge ciñó la túnica de tela semitransparente a su cuerpo desnudo mientras se dirigía a la baranda del balcón del palacete destinado a los miembros de su Hermandad. Sus ojos, de un gris cercano al negro, sondearon los alrededores para presenciar la desmedida actividad que había en su ciudad a esas horas de la noche. A lo lejos, la casa de huéspedes ardía; y la amazona no pudo sino preguntarse el porque no llovía justamente en esos momentos. Habían pasado días bajo el agua, pero cuando más las necesitaban, las nubes se habían alejado de Temiscira.
— ¿Crees que consigan apagarlo? — Ge se dejó guiar por la voz a sus espaldas y volteó.
— No esta noche.
Hemera apareció detrás de ella. A diferencia de la morena, la desnudez no era algo que le preocupara. La amazona retiró los mechones que caían sobre su rostro sonrosado. El sudor que corría por su cuerpo y su respiración agitada delataban los actos carnales que ocupaban el tiempo de las dos guerreras antes de la interrupción.
— Los mensajeros troyanos estaban hospedados ahí, ¿no? — preguntó la rubia, apoyando los brazos en la repisa.
— Sí.
— ¿Por qué tan seria? — miró a la otra, de reojo. — ¿Es culpa de la interrupción? Porque de ser así, podemos reanudar donde quedamos. — Hemera se alejó del balcón y se recargó sobre el hombro de Ge.
Sin embargo, la pelinegra retrocedió, no sin obsequiarle una sonrisa insípida. El momento había pasado y, ahora, otros asuntos ocupaban su mente inquieta.
Hemera chasqueó la lengua al enterarse del rechazo de su amante. No le molestaba, porque la relación que mantenían no tenía como propósito más que la satisfacción y búsqueda del placer para ambas. Sin embargo, con el tiempo había aprendido a conocerla demasiado bien; tanto, que sus mentes a veces funcionaban como una sola.
— Es una buena oportunidad… — soltó al verla marcharse. Cuando supo que había capturado su atención, continuó después de hacer una pausa. — …para liberar a los santos de Athena. — la mirada de Ge se clavó en ella. — ¿Qué? No me mires así. Tú estabas pensando exactamente en lo mismo. ¿Me equivoco?
— Nunca lo haces.
— Eso significa que…
— Debemos movernos ahora. — ordenó.
— Tranquila, tranquila. Las prisas van a matarte, Ge. Tenemos tiempo. — la aludida contempló el rostro de su compañera por un segundo. Después, se puso en la misión de enfundarse en su atuendo de pelea.
— Muévete, Hemera. — sus labios se curvaron en una sonrisa imperceptible. — Mientras más pronto los saquemos de aquí, más pronto podremos volver a lo que dejamos inconcluso. — la vio de reojo.
Hemera devolvió la sonrisa que, aunque sincera, se tiñó de un aire de superioridad propio de su rango. Había algo en su objetivo que la excitaba. No sabía si era el peligro al que enfrentaban o el hecho de que, en sí, sus planes eran una afrenta directa a Hipólita; lo que fuese, sin duda sería divertido.
— ¿Qué esperamos? — soltó, mientras se disponía a vestir su ropa de combate una vez más.
-8-
Aretha miró en todas las direcciones. Fuego por un lado, y caballos desbocados por el otro; su plan estaba funcionando. Contempló, entonces, hacia el oeste, específicamente hasta la sección en la que residían la mayoría de las amazonas que no poseían rangos de importancia. Había una pequeña muralla que dividía el área de residencias de las grandes casas que rodeaban al palacio. Un poco más allá estaban los grandes sembradíos que abastecían a la ciudad de los víveres básicos que no podían conseguirse a través del comercio con los aliados. Algunas bodegas se veían cerca, mientras que la casa de esclavos la flanqueaba en la forma de una gran nave construida de adobe.
De los campos, llamó especialmente su atención las grandes extensiones de forraje que se cultivaban para servir de alimentos a los caballos. Si conseguía hacerlas prender, de la misma forma en que había ardido el palacio de huéspedes, las llamas se expandirían con rapidez por todo el campo.
Se decidió. Ese sería el siguiente punto de ataque.
-9-
Desde la oscuridad, el gemelo contempló con paciencia a la siguiente amazona que se le cruzaba en el camino. Lo hacía en completo silencio, como el león que acecha a su víctima.
Zea soltó un bostezo. A diferencia de sus compañeras, la alarma que se había lanzado sobre la ciudad le era simplemente indiferente. No importaba lo que estuviese pasando afuera porque no existía forma en que ella terminara participando en semejante jaleo. Su lugar era ahí, guardando la celda de los santos de Athena y, por esa misma razón, tenía la orden de no moverse bajo ninguna circunstancia.
Aunque la joven amazona siempre se había quejado de su labor como celadora en las prisiones externas, en esa noche se sentía optimista al respecto. Para empezar, había tenido la fortuna de evitar cuidar al montón de cadáveres vivientes de la celda anterior. El olor putrefacto de esos desdichados era algo a lo que jamás se acostumbraría. Al menos, con los elegidos de la diosa de la sapiencia no tenía que soportar ese tormento. Además, no podía sacarse de la cabeza que, dadas las circunstancias, el hecho de Dareia le hubiese ungido con tal función quería decir que comenzaba a apreciar su trabajo y a poner mayor responsabilidad en sus jóvenes hombros.
Su única queja era el extremo aburrimiento al que era sometida. Después del breve intercambio de palabras con Dohko al principio de su turno, no había escuchado una sola palabra más de ellos, lo cual, siendo sincera, le desilusionaba. Pensó que se la pasaría más a gusto picándoles el orgullo y llevándoles hasta la ira con sus comentarios, pero la verdad era que había fracasado.
Sin importar lo que dijese, ellos no seguían el juego que ella intentaba montar. Fastidiada de intentar, se había resignado a mirar desde lejos, dedicando sus únicas palabras a sus compañeras que se encargaron de llevar las hogazas de pan y el agua a los guerreros. De ahí en adelante, nada.
—Bah, para ser santos de Athena son de lo más aburridos. — se quejó, sin recibir respuesta. — Si no fueran tan ariscos, seguramente el tiempo se nos pasaría más rápido.
Solo recibió varias miradas repletas de indiferencia pura por parte de los santos. Ninguno tenía la intención de entablar conversación con una chica que ni siquiera sabía de lo que hablaba, mucho menos cuando era tan molesta como lo era Zea.
Mientras tanto, Saga la recorrió con la mirada. A diferencia de la anterior, esta amazona estaba mejor armada. Llevaba una lanza larga que, si no tenía cuidado, podría atravesarle al primer ataque sin que alcanzara a tocarla. También estaba la espada que pendía de su cintura y la daga que tenía sujeta a la pierna izquierda. Otro detalle no le pasó desapercibido: en su cinturón, del lado opuesto de donde llevaba la espada, atado con un hilo de cuero, colgaba el juego de llaves que seguramente abría la celda que mantenía prisiones a sus compañeros.
Ahora, tenía que extremar precauciones y ser muy preciso con lo que el plan que se había trazado. Un error, aún diminuto, terminaría con sus aspiraciones.
Entonces, Saga retuvo el aliento por un segundo; necesitaba calmarse, no tenía tiempo para los nervios. Igual que la vez anterior, luchó por convencerse que, por sobre todo, él era un guerrero consumado, curtido de experiencia y capaz de lograr lo que se propusiera. La que tenía enfrente era una niña y, si algo sabía Saga de Géminis, era como jugar con aquellos que no estaban a su altura.
Apretó la empuñadura de su arma. De la misma forma en que alguna vez dependiese de su armadura, ahora su confianza radicaba en su espada; a falta de cualquier apoyo, su fe recaía en ella y su habilidad para saber usarla. Así que no tenía caso esperar más. Iba por sus compañeros y los sacaría de las prisiones de la mejor forma que pudiera.
Zea abrió sus enormes ojos marrones al observar a intruso que corría en su dirección con la espada desenvainada. Su entrenamiento en las artes de la guerra la llevó a tomar una posición combativa de inmediato, plegando la lanza hacia adelante y preparándose para dar caza al intruso antes de que pudiera acercar demasiado a ella. Lo siguió con la vista, hasta el punto en que pensó que podría atacarle y, en ese momento, extendió su brazo para que la lanza lo atravesara.
Entonces, todo cambió para la amazona. Sin saber como, Saga se había escabullido de su ataque y su espada, lejos de intentar rozarla a ella, se clavó con furia en el brazo de la lanza, atorándose en la madera y dando tiempo al santo de inutilizar la primera arma de su oponente. Con la espada, empujó la lanza hacia abajo, la apresó con su pie y liberó su espada. Lo más rápido que pudo, giró, estirando su brazo armado hacia su oponente. Zea dejó escapar la lanza, pero era demasiado tarde para alcanzar su propia espada.
El arma de Saga cortó su brazo, abriendo una herida que iba desde su muñeca hasta la flexión del codo. De reojo, el gemelo vio su propia herida y pensó que, inevitablemente, una amazona se la había hecho y una amazona se la pagaría; aunque no fuese la misma. La sangre despedida formó rápidamente un pequeño charco sobre la piedra del piso.
Saga centró su mirada en ella. La tenía en donde quería.
— ¡Saga! — oyó la voz de Milo, y solo se atrevió a mirarle por el rabillo del ojos, antes tenía que deshacerse de la amazona.
Ella provechó el aparente descuido del santo para aventarse en su contra con todo lo que le quedaba. El brazo herido le ardía, sin embargo aquella no era una excusa para que una Hija de Ares no terminara un combate. A decir verdad, la reacción de la mujer y su determinación a seguir de pie en su contra, sorprendieron al gemelo. Por una parte, respetaba su actitud. Por la otra, le irritaba su insistencia.
La molestia del brazo inutilizado afectaba a su movilidad. Conforme pasaban los segundos y el número de golpes aumentaba, la fuerza de la mujer se esfumaba. Saga sabía que podía seguir el juego hasta dejarla fuera exhausta; el tiempo, en ese caso era su aliado. Sin embargo, no estaba dispuesto a esperar tanto. Atajó el siguiente golpe que la amazona le asestó y, sin que ella pudiera usar su otra mano para defenderse, fue él quien se decidió a terminar todo de una vez por todas. Clavó su espada en medio del pecho de Zea de un solo golpe. Con la misma facilidad con que el arma entró en el cuerpo de la guerrera, salió; liberando con su salida un borbotón de sangre.
Saga la miró, impávido. Se agachó al lado de ella para despojarla de las llaves que necesitaba cuando, de pronto, la espada de la mujer rozó peligrosamente su cuello. De no haber sido por un atinado reflejo, su yugular hubiera terminado abierta por ese último suspiro de fuerza de Zea. Ese atrevimiento, le hizo enojar.
— Ya no tengo ganas de jugar. — solo fue necesario un golpe más para que Saga terminara el trabajo que había iniciado.
Una fracción de instante después, el cuerpo de la amazona caía a sus pies sin rastro de vida en él.
-10-
Disfrazándose entre las penumbras de la noche, Aretha se había asegurado de que las puertas de los grandes galerones en que permanecían recluidos los esclavos estuvieran abiertas para un eventual escape. Si pensaba prender fuego a los campos de cultivo y de forraje, la posibilidad de que las llamas alcanzaras esa parte de la ciudad eran altas y la ninfa no estaba dispuesta a que fueran ellos quienes pagaran los pecados de Hipólita y sus vasallas.
Habiendo cumplido con las medidas de seguridad que consideraba pertinentes para evitar daño a inocentes, la pelirroja prosiguió.
Se situó en medio de los pastizales e hizo arder una pequeña flama que ella misma se encargó de cultivar con su habilidad de manejar al viento. Con su toque, la chispa prendió, afianzándose a las fuertes hojas del pasto y saltando de planta en planta hasta abarcar un área lo suficientemente grande como para sobrevivir sin la ayuda de Aretha. Toda vez que el fuego había sido iniciado, la voz de alerta se desató con velocidad entre la patrulla de guerreras encargadas de ese sector. Una segunda campana resonó eso noche.
Aretha se disolvió con la brisa de nuevo. Batió la fuerza de su naturaleza contra el fuego, incitándolo a arder y arrastrando pequeñas chispas en todas direcciones.
Los dioses estaban siendo generosos con ellos en esa noche puesto que, a pesar de la humedad, el fuego no tenía grandes dificultades para abrirse paso entre los sembradíos. Observó con cierta tranquilidad como los esclavos parecían haber descubierto la forma de escapar. Sin embargo, el corazón de la pelirroja se turbó al ver que, a pesar de que ella intentó ayudarles, las amazonas no les permitirían recobrar su libertad. A punta de espada, de arcos y flechas, la cacería dio inicio.
La sangre de los siervos corrió a cada paso que daban. Si alguna vez habrían de dejar Temiscira, lo harían solo para visitar el Infierno; de ninguna otra manera. Aretha observó todo desde las alturas. Sin importar lo mucho que se esforzase, en ese momento, no habría forma de mantener a nadie completamente a salvo.
La última de sus acciones estaría dirigida a ellos. Hizo arreciar la fuerza de los aires sobre los campos para arrastrar el fuego hasta las casas de adobe, donde los tejados de paja seca fueron consumidos casi de inmediato por las llamas.
Ese era su último esfuerzo por ayudarles. De ahí, no habría vuelta atrás.
No necesitaba atormentarse más con esas imágenes. El fuego barría con todo a su paso, dejando nada más que desolación detrás de sí. Mujeres y niñas corrían despavoridas en busca de un refugio que probablemente nunca encontrarían. Las amazonas se debatían entre seguirlas o encargarse de detener el infierno que se había desatado en sus tierras. Los gritos se incrementaban mientras los rostros aterrorizados se grababan en su memoria y calaban en su conciencia. Porque Aretha lo sabía. No habría forma de huir ni lugar al cual correr.
En Temiscira, por esa noche, no habría lugar seguro.
-11-
El incesante sonido de las campanas había trastornado la usual calma que se apoderaba de la casa de sanación por las noches. Desde su habitación, Shura podía escuchar el ir y venir de las soldados, junto con los pasos torpes de las viejas curanderas que intentaban no hacer tropezar a las más jóvenes. Incluso él, en un par de ocasiones, se había puesto de pie y caminado hacia la puerta para pegar el oído tratando de comprender lo que sucedía afuera sin ningún resultado.
De hecho, el santo de Capricornio esperaba que, en algún momento, la puerta se abriera y Tarsila entrara por ella para informarle de los acontecimientos que tenían trastornada a la ciudad completa. Pero no sabía nada de su vieja cuidadora.
Entonces, la última conversación que tuviera con las amazonas de la Hermandad de la Lanza revivió en su mente. No supo si creer en que aquella era una situación creada por ellas o si solamente se había producido por casualidad. De cualquier forma, tenía que estar atento. Con semejante caos reinando por doquier, no sería extraño que las amazonas decidieran cumplir su palabra y expulsarlos de Temiscira; y, si así era, él no se haría del rogar. Quería salir pronto de ahí, necesitaba recobrar su libertad.
— ¡Oye! — golpeó la puerta en busca de la atención de alguna de las guardias. — ¡¿Qué sucede ahí fuera?
Pero no hubo respuesta. Resignado, se sentó en su cama y cruzó los brazos. No resistió más de un par de minutos en quietud, así que se puso de pie con un brinco para caminar de uno a otro lado de su diminuta habitación.
Por fin, se resignó a que nadie le diría nada, así que, si quería averiguar algo, tendría que hacerlo por cuenta propia.
Muy a pesar de lo que Tarsila pensase, Shura jaló su cama hasta por debajo de la ventana. Se trepó encima e intento mirar hacia el jardín interior. Igual que la primera vez, no encontró nada. En los pasillos que rodeaban el claro, vio pasar a varias amazonas a toda prisa. Algunas se detenían, intercambiaban palabras y seguían su camino sin más miramientos. Pero el santo de Capricornio seguía sin entender lo que sucedía… hasta ese momento.
Sucedió que las respuestas que buscaba no estaban en la tierra, sino arriba, en los cielos. Ante la falta de techo sobre el jardín, Shura pudo ver sin ningún problema el aura naranja que resplandecía en la bóveda estelar oscura. Entonces, reparó en el sutil olor del humo que flotaba en el ambiente.
Se sopló los flecos. Ojalá la Hermandad cumpliera su palabra pronto y se apresurará a sacarle de ahí.
-12-
Habiendo eliminado el peligro que representaba la amazona, Aioros se aseguró de que nadie le viera salir de la habitación. Asomó la cabeza por la puerta y miró hacia ambos lados del corredor encontrándose con una calma poco usual, dadas las circunstancias. Al fin, se aventuró a seguir su expedición por el palacio de Hipólita. Sabía que las demás amazonas, al igual que ellos, habían sido arrastradas a una guerra que ninguno de los bandos deseaba y que las consecuencias era algo que tendrían que pagar con su propia sangre.
En algún punto, todo se había reducido a matar para sobrevivir, así que aunque no le gustase, era una necesidad imperante que usara su espada para abrirse camino hasta la sacerdotisa.
Entre un mar de pensamientos, había seguido avanzando por los pasillos. La campana del principio ya no estaba sola, sino que el repicar de otras tres o cuatro se habían unido a su inquietante sinfonía de peligro. Curiosamente, tal situación ya no preocupaba al arquero dorado.
Tenía que ser Aretha. No había otra explicación.
A esas alturas, la ninfa seguramente ya había puesto en marcha su parte del plan, sembrando la confusión por todos los frentes que le fueran posibles en Temiscira. Por ello, la única preocupación de su parte, debía ser encontrar a Phineas y salir de ahí lo más rápido lo posible; y no es que el santo creyera que semejante hazaña fuera algo tan simple como sonaba.
Aioros no era ingenuo; todo lo contrario. Era consciente de que entrar al palacio había sido una misión mucho más sencilla que salir de él. Sin embargo, no era el momento de preocuparse de ello. Primero, debía encontrar a la chica para después ingeniárselas en sacarlos a ambos vivos de ahí.
Justo en ese instante, dio la vuelta en una esquina, encontrándose con tres guerreras que venían directo hacia él y cuyas expresiones dejaron al descubierto la sorpresa que la presencia del intruso causó en ellas. Aioros no dudó, ni desperdició un solo segundo. Con gran maestría sacó una flecha del carcaj, la encajó en el arco y la liberó. Un golpe seco del arma derribó a una de las amazonas. Dos flechas más siguieron a la primera. Ninguna de ellas falló a su blanco.
Presto, el castaño corrió hacia ellas. Se aseguró de rematarlas con su espada y sacó las flechas que antes había lanzado. Las limpió por encima y procedió a guardarlas de nuevo en al aljaba. Iba a necesitarlas más adelante.
Su primer instinto fue deshacerse de los cuerpos, pero descubrió que no había sentido alguno en esconderlos cuando el rastro de sangre que dejaría atrás sería tan obvio. Por esa razón, desechando sus ideas, siguió el camino. Si se encontraba con más amazonas, la mejor estrategia para que ninguna de ellas le descubriese, sería matarlas al igual que a las otras.
Con arco en mano, corrió por el pasillo en busca de su obstáculos que encontró fueron minúsculos, nada fuera de lo común que el santo no pudiera controlar. Por lo general, su principal preocupación consistió en amazonas rezagadas o aquellas que quedaban como única guardia a un palacio relativamente seguro. Y, sin embargo, Aioros iba dejándolas una a una en el olvido.
Básicamente, su estrategia consistía en, o tomarlas por sorpresa, o atacar de frente. Cualquiera que fuese su decisión, el resultado era el mismo: la muerte. No quedaba una sola flecha limpia en su carcaj. Todas ellas se habían teñido con la sangre de aquellas que habían caído.
Por enésima vez, Aioros encajó una sagita en el arco. Se ocultó detrás del ángulo de la pared de piedra y acechó en completo silencio a una amazona que estaba a pocos metros de él, por el corredor. Era de resaltar el hecho de que ella, al igual que él, cargaba un arco y flechas; situación que le comprometía a actuar más rápido que la guerrera. Rápido y preciso. No había margen de error.
Entonces, trató de calmarse. Respiró profundo. Podía hacerlo.
Dejó de esconderse y se plantó a mitad del pasillo. Apuntó al pecho de la mujer, soltó la cuerda y la flecha surcó el aire. Para cuando exhaló, tenía un problema menos en el cual pensar. De la misma forma que antes, corrió hacia ella para recuperar la sagita que usase.
Pero, en el preciso instante en que se agachó a desprenderla de la amazona, vio ceñirse una sombra sobre él. El intruso estaba justamente en su espalda y parecía no haber reparado en que él sabía de su presencia. En fracción de segundos su cerebro analizó la situación en busca de una solución. Conforme la sombra se agrandaba, Aioros sabía la cercanía del enemigo, pero aún así, no hizo ningún movimiento. Esperó con paciencia, siempre mirando de reojo la posición del extraño, hasta que supo que lo tenía lo suficientemente cerca como para atacarlo antes de que él tomara la iniciativa.
Con toda la discreción que pudo, resbaló su manos hasta la daga corta que guardaba en la pierna, cerrando sus dedos sobre la empuñadura. De improviso, giró a toda velocidad y extendió el arma en contra del intruso. La sorpresa que le invadió cuando sus ojos azules se posaron en ese rostro conocido fue mayúscula.
— ¡Por los dioses, Aretha! ¡No hagas eso! ¡Pude hacerte daño! — reclamó, sintiendo los latidos de su corazón retumbándole en el oído.
La ninfa había retrocedido por puro instinto de supervivencia. No había gritado porque la voz no salió de su garganta ante la inesperada reacción del arquero y sus ojos estaban abiertos a más no poder. Se llevó las manos al pecho, tratando de controlar el ritmo desbocado de su respiración.
— Lo lamento. No quería asustarte. — musitó.
— No pensé que te aparecieras tan pronto, mucho menos por la espalda.
— De verdad, lo siento.
— Esta bien. Deja de disculparte. — Aioros sacudió la cabeza un poco, buscando tranquilizarse. Sin embargo, fue al fijarse en ella que notó las manchas de sangre en su peplo de un suave color amarillo. Se preocupó. — ¿Te pasó algo? ¿Estás herida?
— No, la sangre no es mía. — Aretha le sonrió. Una sonrisa a medias.
Aioros comprendió: Aretha no era como ellos. No estaba hecha para la guerra, ni para matar ni destruir. Pedirle que se involucrara en esa batalla había sido exponerla a crueldades y acciones que, hasta ese momento, la ninfa desconocía.
El santo la atrajo contra sí, la acercó a su pecho y depositó un beso fugaz sobre sus cabellos.
— Siento mucho haberte metido en esto. — dijo.
Pero ella lo apartó con un movimiento suave para mirarlo directamente a los ojos. Le regaló una sonrisa triste que no logró convencer al santo.
— Vine a ayudarles y haré todo lo que esté en mis manos para que salgan de esto bien. No tienes nada de que lamentarte. Estoy aquí porque así lo quiero. — posó su dedo sobre la punta de la nariz del santo con delicadeza y travesura; y después giró para alejarse de él. — Vamos. Tenemos una sacerdotisa que encontrar.
A sus espaldas, Aioros permaneció una fracción de instante observándola mientras se retiraba. Agradecía infinitamente que ella estuviera ahí, sin embargo sus preocupaciones no terminaban de desvanecerse. Ahora más que nunca, sentía el compromiso de escapar de Temiscira con la ninfa y la pitonisa a salvo, y se esforzaría por conseguirlo.
-13-
Saga respiró. Eso había estado endemoniadamente cerca.
Si la amazona hubiera acertado a ese último golpe, probablemente él estaría muerto junto a ella. Pero sus reflejos le habían salvado una vez más. Viendo el resultado de la batalla no pudo sino pensar que, después de todo, su carencia de entrenamiento en el uso de armas no había sido una desventaja tan grande como pensó al principio.
— ¡Saga! — el llamado hizo que volteará hacia sus compañeros.
La última vez que había cruzado miradas con ellos, su mente todavía estaba bajo el influjo del poder de Ares sobre él. Ahora, las cosas eran diferentes. El dios de la guerra se había mantenido alejado y poco a poco una brisa de paz había alcanzado al gemelo. ¿Cuánto duraría? Lo desconocía. Sin embargo, por el momento esa situación estaba lejos de sus pensamientos.
— Les sacaré en un segundo. — dijo, mientras se las arreglaba para destrabar el manojo de llaves del cinturón de la amazona.
Tan pronto las hubo conseguido, corrió hasta la celda para probar todas y cada una de las llaves, hasta dar con la correcta. Cuando escuchó la puerta crujir al abrirse, una momentánea calma le invadió.
— ¡Sabíamos que vendrían! — lo primero con lo que el santo de Géminis se encontró fue con la enorme sonrisa de Milo. Tan pronto el santo de Escorpio estuvo libre, abrazó a su amigo, palmeándole la espalda. — ¿Dónde están Aioros y Kanon? — el peliazul más joven llevó su mirada hacia el principio del pasillo, con la esperanza de que sus otros dos compañeros aparecieran de entre la oscuridad en cualquier momento.
— Tienen otros asuntos a su cargo. Nos reuniremos con ellos a las afueras de la ciudad. — Saga realmente deseaba que sus palabras terminaran siendo ciertas. — Por el momento, tenemos que irnos. No hay mucho tiempo. Maestro. — inclinó ligeramente el rostro como saludo al santo de Libra. Éste no tardó en corresponderle.
— No tienes idea del alivio que significa tenerles aquí, Saga. — sonrió.
— Sí, bueno… hubiésemos querido llegar antes.
Un profundo silencio se apoderó del grupo. La mención de Afrodita no era necesaria para saber que estaba en las mentes de todos.
— No deberías preocuparte por algo en lo que no tienes culpa alguna. — Dohko retomó la palabra. Tampoco lo diría, pero era él quien estaba encargado de cuidarles y había fallado en la peor de las formas. — ¿Hay algún plan?
— Más o menos. Pero la parte que nos concierne es solamente salir de aquí. — Géminis hizo una pausa. — Maldita sea. — susurró al pasar la mirada por ello y no encontrar el rostro del santo de Capricornio. — Esperaba que Shura ya estuviera con ustedes.
— No sabemos nada de él. — argumentó Dohko.
— Debe estar en la casa de sanación. Aretha dijo que las amazonas habían intentado curarle la vista, pero no tenemos suficiente información sobre él. — Saga chasqueó la lengua. — Maestro, ¿cree poder guiarlos hasta las afueras de Temiscira sin mi? — el silencio se apoderó del grupo, hasta que Dohko asintió. — Bien. Entonces, se lo confío. Yo tengo que ir por Shura. Les alcanzaremos tan pronto sea posible. No esperen por nosotros, sino que diríjanse hacia el sur, hasta Troya. Si no llegamos, vayan hasta la bahía y pregunten por Ganimedes.
— Saga…
— Maestro, vinimos hasta aquí sólo por ustedes y no pensamos irnos sin haber conseguido sacarles aquí. Conseguiremos unas pocas armas de las amazonas a las que hemos vencido. Tal vez no sea suficiente, pero pueden ayudarse con eso.
— Bien.
— Voy contigo. — la voz de Milo, con entusiasmo renovado, atrajo las miradas hacia el escorpión. — Tengo unos asuntos pendientes que resolver antes de irme.
— No, Milo. Tú te vas con el resto mientras veo como sacar a Shura de la casa de sanación.
— También iré con ustedes. — intervino Mu.
Saga bufó. Eso era lo único que le faltaba. Moverse en Temiscira ya era lo suficientemente difícil como para tener que hacerlo con Mu y Milo como acompañantes. Además, estaba ahí para salvarles, no para sacarlos de una prisión y ponerlos a riesgo de morir asesinados por alguna amazona que se cruzase en el camino.
Desde donde estaba, Dohko solo observaba. Aquella sería la primera vez que tendría la oportunidad de observar en plenitud a los chicos de Shion en acción. Recordaba sus largas conversaciones con el viejo lemuriano acerca de los dones con que sus jóvenes aprendices habían sido bendecidos, pero a él nunca antes se le había presentado la oportunidad de atestiguarlo con sus propios ojos; y ahí estaba, sabría el porque tenía frente a sí a uno de los dos candidatos para ocupar el puesto de Patriarca de la Orden. Sabía también que el otro aspirante rondaba por la ciudad ocupando su mente en algo más y, si tenían un plan, pensaba respetarlo. Nada diseñado por ese par y Kanon, el hombre que manipuló a un dios, estaba creado para fallar.
— No, no, no. Ninguno vendrá conmigo. Todos se irán con el Maestro. — Saga se aseguró de mirar a cada uno directo a los ojos.
— ¡Saga! Hice una promesa y no pienso irme de aquí sin cumplirla. — espetó el de Escorpio. Saga le ignoró, revisó de nueva cuenta el cuerpo de la amazona que yacía junto a ellos en busca de armas y emprendió el camino en dirección a la salida. Tendió la espada que había obtenido al Dohko y se aseguró de que todos le siguieran. — ¡Géminis! ¡¿Me estás escuchando?
— Yo y toda Temiscira podemos escucharte, Milo. Cállate.
— Hay alguien más a quien debemos ayudar. — en un tono mucho más tranquilo que Milo, Mu se acercó al gemelo quien, al oírlo, se detuvo repentinamente.
— Lo lamento, pero no vinimos a rescatar a todos los prisioneros de Hipólita.
— Me temo que Mu tiene cierta razón. — Dohko le miró de soslayo. — Préstale atención.
— No entiendo. ¿De qué hablan?
— Aparentemente existe una mujer que ha asegurado que Aioria y Máscara de Muerte están vivos. — Saga permaneció estático al oír a Camus. El de Acuario, lejos de inmutarse, prosiguió con la explicación que había iniciado. — Según sabemos, ha prometido ayudarnos si, a cambio, nosotros la liberamos de Hipólita.
— ¿Quién es y cómo la conocieron?
— Pues… — Mu se aclaró la garganta, — En un sueño. — el desencajo en la cara de Saga, en otro momento, les hubiese resultado gracioso; no bajo las circunstancias de esa noche. Al verlo, el santo de Aries se apresuró a continuar. — Sé como suena, sin embargo, te aseguro que es una realidad.
— Mi amigo, Talos, al que le hice la promesa de ayudarle, me confirmó su existencia. La chica es una especie de vidente.
— Si hay una mínima oportunidad de recobrar a Aioria y Máscara de Muerte, creo que hablo por todos al decir que queremos ayudar, sin importar el precio a pagar. — expresó Shaka.
La idea de ponerlos en la línea de acción no terminaba de convencer al geminiano. Era consciente de que, al igual que él, ellos eran santos de Athena, guerreros listos para entregar su vida cambio de la de otros, pero si ellos caían, entonces todos sus esfuerzos, los de Kanon y de Aioros, habrían servido para nada. Curiosamente, tampoco podía sacarse de la cabeza el hecho de que las posibilidades de que Aioros estuviera salvando a la susodicha justo en ese momento eran muy altas, puesto que no existían las coincidencias en su mundo.
— Esta chica, ¿tiene nombre? — preguntó.
— Phineas. — se apresuró a confirmar Milo y, ante la mención, una tenue sonrisa se dibujó en los labios del gemelo.
— En tal caso no hay motivo para preocuparse. — reanudó la marcha. — Aioros está en su búsqueda justo ahora.
Se aseguró de mirarles de soslayo para ver las expresiones en sus rostros. Sabía que los pillaba por sorpresa.
— ¿Cómo…?
— El mundo es un pañuelo. Durante nuestra travesía hasta aquí, hicimos un trato con el rey de Troya a cambio de su ayuda para escabullirnos en la ciudad. La chica es el trato.
— ¿Aioros está solo? — Saga asintió a la pregunta de Mu.
En ese momento, se dieron cuenta que habían llegado al punto en que Saga se encontró con la primera amazona. De inmediato, Saga y Dohko se hicieron a la misión de despojarla de cualquier arma que portara y que pudiera serles de ayuda.
— Aioros va a necesitar toda la ayuda que pueda tener. — Milo contraatacó.
— Quizás. Pero no necesita quien le estorbe. — Saga torció la boca.
— Queremos ayudar.
El peliazul se giró y, una vez más, los recorrió con la mirada.
— ¿Se han visto? — les dijo. — Son un desastre. En especial tú, bicho. Te han usado de alfiletero y ya es un milagro que puedas moverte sin que las heridas se te abran.
— Eso no significa que no pueda pelear. — sopló sus flecos.
— Dije que no.
— ¿Dejarás que me vaya solo? Bueno, que rapte al carnero y nos vayamos solo. — Saga suspiró. En el fondo, sabía que Milo terminaría cumpliendo sus amenazas. Sin saber que más hacer, llevó su mirada verde hasta el antiguo maestro en busca de consejo.
— No sé que tienes planeado, muchacho. — el santo de Libra se dirigió a él. — Sólo sé decirte que necesitarás ayuda para llegar hasta la casa de sanación. — Dohko declaró, sin más. — Sería bueno que dejarás que alguno de los dos te acompañara.
Saga dejó caer los hombros al oírlo.
— Milo, tú vienes. — masculló. — Mu, necesito que apoyes al Maestro y al resto.
La verdad era que temía que el escorpión metiera en líos a los otros. Teniéndole cerca, Saga creía que podía vigilarlo y protegerlo de sí mismo.
A su lado, Milo sonrió gracias a su inminente victoria mientras Mu solamente suspiró. Siguieron el camino en silencio. Conforme se acercaban más y más a la salida, el sonido de las campanas llegó a sus oídos.
Saga afiló los sentidos, preparándose para cualquier tipo de bienvenida que esperase por ellos afuera. No quería sorpresas.
-14-
Sus largas sombras se escabulleron en la habitación gracias al rayo de luz que se filtró detrás de ellos. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la completa penumbra del lugar, pero eso no les disuadió de intentar otear hasta el último rincón del cuarto. De repente, de manera inesperada, algo se movió en el rincón más alejado del lugar. Ambos se pusieron en alerta.
— Mantente atrás. — murmuró Aioros a su acompañante mientras sacaba lentamente la espada de su cinturón.
Aretha hizo tal como el santo le ordenó y se mantuvo a sus espaldas todo el tiempo. Los dos fueron acercándose lentamente hacia aquel bulto que, por momentos, se mantenía tan quieto, que desaparecía entre las sombras. Pero todo rastro de recelo desapareció cuando, bajo un ínfimo rayo de luz, la delicada figura de una mujer quedó al descubierto. Estaba encogida sobre sí misma. Recogía las piernas contra el pecho al mismo tiempo que escondía el rostro entre ellas. Llevaba un sucio manto de tela que la cubría. Sin embargo, aunque estaba cubierta de pies a cabeza, las constante convulsiones de su cuerpo dejaban entrever que no era del frío de lo que se protegía. En un susurro ahogado, el sonido casi extinto de su voz llegó a los oídos de Aioros y Aretha. Las palabras que de sus labios surgían fueron incomprensibles para ellos.
— ¿Phineas? — el santo de Sagitario le preguntó con la mayor delicadeza que pudo. Ante la falta de respuesta, decidió insistir. — Somos aliados de Troya. Hemos venido hasta aquí por ti, para rescatarte.
La mujer no solo volvió a ignorarle, sino que el vaivén de sus movimientos nerviosos se incrementó al igual que el palabrerío que murmuraba desde su llegada. Completamente desconcertados con la actitud de la peliplateada, santo y ninfa retrocedieron.
— Phineas, ¿nos escuchas? — Aioros trató una vez más. El tiempo era precioso a esas alturas y no podía seguir desperdiciándolo. Si ella no cooperaba, iba a sacarla de ahí incluso por la fuerza.
— Déjame intentar. — la mano de Aretha se posó sobre su hombro, pidiéndole retroceder. El santo accedió y se hizo para atrás, permitiendo que fuera la pelirroja quien se aproximara a la sacerdotisa. Aretha se agachó a su lado, trató de buscarle el rostro, pero la joven seguía escondiéndolo entre sus rodillas. — Phineas, necesitamos que vengas con nosotros. No vamos a hacerte daño, sino todo lo contrario. Venimos a ayudarte.
Después, pasó con delicadeza la mano sobre los cabellos despeinados de la pitonisa. Dicho toque hizo que todo movimiento cesara y, por ese breve instante, la atención de Aioros y Aretha se centró únicamente en ella.
— El momento ha llegado. — dijo con la suficiente fuerza como para ser escuchada. — El gigante caerá esta noche.
Sus aseveraciones dejaron confundidos a la pareja. En gestos parecidos, fruncieron el ceño al desconocer si dichas palabras provenían de su don o eran el resultado de una alucinación. Sin embargo, en el instante que Phineas alzó la cabeza, todo pensamiento se borró de sus mentes.
La escena que observaron, boquiabiertos, les revolvió el estómago y les erizó la piel. Al levantas la cabeza, descubrieron que un trozo de tela bañado en sangre le cubría los ojos. Por debajo de la venda, su piel amoratada se dejaba entrever. Lo que era peor, incluso a través de la tela, las marcas dibujadas con la sangre de sus cuencas vacías eran perceptibles. Sobrepasada por lo que veía, Aretha apartó la mirada por un segundo, buscando dentro de sí el coraje para continuar.
Aioros, en cambio, no separó su vista de la sacerdotisa herida. Apretó los dientes con furia y masculló una maldición. Pocas veces había sentido tanta rabia con en ese momento. Apenas la conocía, pero la crueldad con que había sido lastimada le enfermaba. Podía ser muy radical, sin embargo no podía evitar pensar que, quizás, no existía una pizca de bondad en toda Temiscira.
— Escucha… — se inclinó frente a ella. — … tenemos la encomienda de Periandro de sacarte de aquí y eso vamos a hacer. Desafortunadamente, no disponemos de mucho tiempo. Sé que estás herida y débil, pero no podemos esperar. Tendrás que venir con nosotros y confiar en lo que hagamos, ¿de acuerdo? — Phineas se tomó un momento en responder, pero al final, asintió levemente. — Perfecto. Vamos. — Aioros sonrió a pesar de que ella no podía verle. — Aretha, ayúdala a subirse a mi espalda.
— Sí.
Con cuidado, la ninfa hizo como le dijo Aioros. Sin embargo, en el momento en que la mano de la pitonisa rozó con la piel de Aioros, ésta retrocedió con el miedo pintado en el rostro.
— Tú... — a pesar de que las vendas ensangrentadas cubrían sus ojos, Aioros pudo notar la expresión de confusión de la joven al voltear a verla. — Tú no deberías estar aquí.
En un desconcierto casi tan grande como el de la propia Phineas, el santo y Aretha intercambiaron miradas. Aretha la tomó del brazo para ayudarla de nuevo, pero fue rechazada de inmediato.
— Phineas, tenemos que irnos de aquí. — le dijo.
— Él no debería estar aquí. — la pitonisa apuntó hacia donde sabía que estaba el santo. — Los otros…ninguno de los dos podrá manejarlo. — balbuceó.
— ¿De qué hablas?
— De tus compañeros, del ceñidor. Es demasiado tentador para cualquiera de ellos. — Phineas repitió torpemente.
— ¿Qué? — Aioros sintió a su corazón acelerarse.
— El cinturón de Hipólita no es solo una fuente inagotable de poder, es también un medio de control. — explicó, bajo la mirada atenta de los otros dos. — Seduce, embriaga y enloquece a todo aquel que cree engañosamente ser su dueño. Nadie le posee, sino todo lo contrario. Es él quien elige a su portador. — Aioros escuchó cada palabra mientras sus ojos cerúleos se abrían desmedidamente. — Tus compañeros no podrán resistirlo. El más ínfimo deseo de poder es aumentado a niveles insospechados por el cinturón. — ante sus palabras, Aioros bajó la cabeza.
— Pues está hecho. Yo estoy aquí y Kanon allá. — dijo.
— ¡No entiendes! Debes estar con Hipólita, así se supone que debería ser.
— ¿Debería? ¿De acuerdo a quien? — Aioros, entonces, hizo una pausa. — Es a mí a quien tienes aquí y seré yo quien te saque. Por favor, no insistas más.
— Lo devorará. El ceñidor le arrancará la cordura…
— ¡Basta! Vienes conmigo y, del resto, Kanon sabrá encargarse. — sentenció el santo.
Con ayuda de Aretha, Aioros logró subir a Phineas en la espalda. Si entrar había sido difícil, salir sería aún peor. Ahora, limitado como estaba, cualquier posibilidad de atacar se veía complicada. No le quedaba más remedio que escabullirse y rezar por encontrarse los menos obstáculos posibles.
Estaba de más decir que las revelaciones de Phineas lo habían dejado preocupado. De ser verdad, no sabía las consecuencias que podría tener para Kanon, pero no le quedaba más opción que confiar en que las cosas saldrían de acuerdo a lo que habían planeado.
-15-
— Aquí nos separamos.
Todas las miradas se posaron en el gemelo. Éste, no prestó atención a al escrutinio de sus miradas, sino que se concentró en rebuscar el trozo de piel de ternera que les servía como mapa. Cuando lo hizo, lo zafó de su cinturón para entregárselo a Dohko. Ellos iban a necesitarlo más que él.
— ¿Y esto? — el chino tomó el rollo, con cierto recelo.
— Un mapa. Lo necesitarán para salir de Temiscira solos. Supongo que las amazonas no les han dado un paseo gratuito para enseñarles la ciudad.
— ¿Qué hay de ustedes? — insistió el castaño.
— Tengo todo lo que necesito aquí, maestro. — Saga se tocó la cabeza. Podría no tener el mapa físicamente, pero poseía una réplica perfecta de él en su memoria. — El lugar de reunión esta marcado. Si no estamos ahí para el amanecer, ya saben que hacer.
— Pierde cuidado.
Había algo en la sonrisa de Dohko que inspiraba una confianza ciega en el mayor de los gemelos. Al verlo, le quedaba en claro que cumpliría su palabra, que no debía temer por el destino de sus compañeros. Por ello, asintió.
Por último, miró hacia el resto de los santos.
— Volveremos a vernos. — dijo a manera de despedida. Solo esperaba cumplir con sus palabras.
Un poco más allá, Camus detuvo del brazo al santo de Escorpio. Se aseguró de mirarle directamente a los ojos mientras le hablaba. Se aseguraría de que Milo no olvidase nada de lo que estaba a punto de decirle.
— Asegúrate de regresar vivo, Milo. — habló. — No hagas nada estúpido. Ahora, ten en cuenta que lo único importante aquí son ustedes.
— No tienes de que preocuparte.
La sonrisa del peliazul no le engañó. Conocía lo suficiente a Milo como para saber que no dejaría la ciudad sin su amigo. La palabra del Escorpión era inviolable, un garantía para cualquiera que obtuviese una promesa de su parte. Pero Camus no iba a presionarle más. Solo le quedaba esperar porque su amigo encontrase la fuerza para cumplir su promesa a Talos y para hallar el camino de regreso a casa. Además de eso, no tenía más.
-16-
Hipólita se retorció bajo el peso de Kanon. Intentó liberar sus manos, pero por más que jaló, le resultó imposible conseguir que le soltara. Odiaba el hecho de que, un hombre como ese, la hubiese engañado de semejante forma y, para colmo, que pudiera llevarla al punto en que su posición era una de sumisión total ante él.
— ¡Suéltame! — le ordenó, solo por reflejo, puesto que sabía que no obtendría ninguna obediencia de él.
La amplia sonrisa, burlona y de triunfo, que esbozó el gemelo terminó de irritarla. Jaló los brazos y lo único que consiguió fue que él apretara más, tanto que tuvo que esforzarse por tragarse un gemido de dolor.
— ¿Qué quieres? — Hipólita siseó.
— De ti, nada. Pero tampoco puedo dejarte ir. — las palabras del gemelo le enervaron todavía más. — Tú sabes porque vinimos, Hipólita. Tú fuiste quien declaró la guerra en nuestra contra, así que serás tú quien pague las consecuencias.
Ella arrugó el ceño. Cada palabra que escupía el gemelo resonaba en ella con el eco de la voz de Phineas. La maldita había predicho semejante verdad y, aunque se negase a creerlo, la reina amazona temía al poder de las profecías de la joven pitonisa.
Se sintió asqueada de sí misma. Ella, Hipólita, reina de las amazonas e hija de Ares, jamás hubiese considerado rendirse ante el destino, pero las cosas habían cambiando mucho con el paso de los años. Desde que consultase a un oráculo por primera vez y éste predijera el imperio que nacería de ella, nada había sido igual. Lentamente, incluso sin darse cuenta, habían caído en el incesante deseo de conocer el futuro y aferrarse a él con uñas y dientes. Pues bien, ahora necesitaba luchar contra el sello de su porvenir, incluso se tenía que levantarse en contra de los dioses. Irónica vida.
— No voy a permitirlo. — apretó los ojos, sintiendo la rabia corriendo en cada poro de su cuerpo. — ¡No vas a ganar!
El grito desesperado de la reina caída en desgracia disparó una ola de energía que golpeó al gemelo, aventándolo contra una mesa de mármol cercano a donde estaban.
De repente, Kanon se sentía confundido. El cuarto entero le giraba y enfocaba la vista con dificultad. Un punzante dolor proveniente de su nuca se dejó sentir al cabo de unos segundos, por lo que de manera instintiva llevó su mano hacia esa parte de su cabeza. Cuando sintió la humedad de un líquido empapando sus dedos, no tuvo la menor duda de que se trataba sangre.
Ciertamente no contaba con que la reina amazona fuera capaz de invocar su cosmos. Porque eso era. Kanon no necesitaba su propia energía para confirmar lo que sus ojos habían visto y su cuerpo había sentido. Después de todo, Hipólita era hija de Ares y, como tal, tenía perfecto sentido que poseyera semejante don. De ser así, Kanon no tenía tiempo que perder. Mientras más tiempo le tomara finiquitar el combate, más vulnerable se volvía al poder la reina.
Fue entonces cuando el peliazul se dio cuenta que no había recibido otro ataque después de aquel que casi le noqueó. Entre tanta confusión, no había reparado sobre el estado de su oponente.
Cuando así lo hizo, la encontró frente a él, arrodillada sobre el piso, con la cabeza gacha y el cuerpo en completo abandono. Su respiración era pesada y se notaba en su semblante pálido el gran esfuerzo al que había sido sometida. Ella, al igual que él, estaba visiblemente confundida, aturdida incluso por un ataque que Kanon inmediatamente reconoció como fuera del control de la amazona. Dejó escapar una ligera carcajada al caer en cuenta de error que acababa de cometer. Había pensado que Hipólita poseía un manejo del cosmos que realmente no tenía. Aquel último ataque, más que otra cosa, fue solamente un golpe de suerte, un brillo de desesperación.
De lo que sí estaba seguro el gemelo era que la energía de la reina estaría disminuida por un tiempo y de que tal oportunidad no era una que pudiera dejar pasar. Por eso mismo, no le importó cuando al levantarse, sintió el piso moverse bajo sus pies. Trastabillando, caminó hasta donde estaba la espada. Incluso cuando pasó junto a la amazona, ésta no hizo el menor intento de moverse en su contra.
— Te odio. — la oyó musitar al pasar a su lado.
Sus palabras no le hirieron, es más, ni siquiera las tomó en cuenta. Prestó oídos sordos a la mujer y no se detuvo hasta que tuvo el arma en sus manos. El metal de la hoja brilló bajo un reflejo de las antorchas que iluminaban la habitación cuando Kanon la alzó, dispuesto a terminar con la situación de una vez por todas. Pero entonces, lo inesperado sucedió.
"No puedes matarla mientras tenga el ceñidor."
Aquella era su propia voz, resonando en sus oídos.
"Tómalo… ahora."
-Continuará.-
NdA: Maldita sea, qué difícil es sacar a estos muchachos de Temiscira ¬¬'Espero que todo haya quedado medianamente claro, porque el hecho de que muchas cosas pasan simultáneamente me ha representado un rompedero de cabeza, sobretodo para elegir el orden de las escenas. Como fuera, espero dar por finiquitado todo este asunto con las amazonas en el siguiente capítulo. Eso si no queda demasiado largo u_U Pues nada, déseenles suerte a los chicos dorados porque las cosas se ven complicadas para los pobres. Malvadas mujeres que los atormentan u_U
Como siempre, agradecerles a todos aquellos lectores que se toman unos minutitos de su tiempo para dejarme sus comentarios: Damis, angel de acuario, art1sta,Sagitariusgirl, blerak-princess, kirstty, RIAADVD, ELI251, marinlucero chiba, Koko, kumikoson, lena-de-piscis, tales of ithiria, Alfa, Tisbe, Leonis-Alterf, LadyDeath, DiCrO, Alynne Hale y -La guida spirituale Botan-. ¡Miles de gracias!
Esta es mi última actualización de Las Doce Tareas en este año. ¡Cómo se ha ido el tiempo! Por eso mismo, quisiera desearles que la pasen excelente en estas fiestas de fin de año. Sin importar en lo crean, disfruten del ambiente, de la familia y de todas las personitas a las que queremos, que estos son días como pocos. Brindemos también porque el año que se viene este repleto de bendiciones y que los días venideros sean los mejores de nuestras vidas.
Felicidades a todos. Desde el fondo de mi corazón, les deseo lo mejor. ¡Felices Fiestas!
Sunrise Spirit
