CAPÍTULO 37 – CACERÍA DE BRUJAS
-NARRA LIZ-
Apenas había pasado un rato y al parecer las cosas no se animaban. Sí, Joe volvía a tener problemas con su antes hiperactivo Big Joe.
-Yo-yo no sé qué es lo que pasa, Liz –murmuró apartándose de mí, al parecer dándose por vencido.
-No pasa nada, Joe –le dije, intentando tranquilizarlo. ¿Por qué de repente lo suyo no funcionaba?
-Pero, es que nunca me había pasado –explicó él, completamente frustrado. Intenté contenerme la risa, porque sabía que eso sólo empeoraría las cosas.
Por suerte, mi móvil empezó a sonar. Con cuidado, me alejé un poco de él y alcancé a ver la pantalla: April. ¿A esa hora no tendría que estar ocupada con Nick?
-Es April, tengo que contestar, Joe –le dije. Él asintió, como dándome permiso. Luego, alcanzó sus calzoncillos y se tapó las vergüenzas.
Me levanté del sofá en el que estábamos tirados y me puse a dar vueltas nerviosa por todo el estudio.
-¿April? –pregunté al descolgar –¿qué pasa?
Se oyó como se sorbía la nariz. ¿Estaba llorando?
-El muy imbécil se ha ido a buscar a Maya y me ha dejado sola en su habitación del hotel –murmuró ella, casi sollozando. Me quedé parada.
-¿Cómo? –espeté, totalmente perdida –creía que Maya estaba ya ahí con vosotros.
A continuación, April me contó cómo se había presentado allí y había hecho que Nick se diera cuenta de que Maya seguía mintiendo para conseguir alejarlos, y que después de una cena con Denise, Nick había desaparecido para ir a buscar a Maya, que había escapado a algún sitio. Procesé la información, mientras que Joe me traía mi ropa; me di cuenta de que seguía desnuda por ahí.
-Te vas a enfriar –me susurró al oído, haciendo que me riera. Luego, me cogió el móvil –le atiende el secretario de la señorita Galleta. Tiene que vestirse, así que yo estoy aquí para lo que desee. ¿Cómo está el señorito Presidente?
No me dio tiempo a hacerle un gesto para que se callara, porque él no sabía nada de todo el lío. Su cara cambió de color.
-¿Qué? –espetó. Imaginé que April acababa de contarle todo sobre su hermanito –pero, ¿no te ha dicho nada?
-Pon el altavoz –le susurré a Joe mientras que me volvía a poner los pantalones. Él me hizo caso, acercándose un poco para que oyera a April.
-Me ha dejado una nota diciéndome que él era el único que sabía dónde estaba ella –explicó mi amiga desde el otro lado del teléfono.
-No sólo él… yo también lo sé –dijo Joe, mordiéndose el labio, distraído. Le miré asombrada.
-¿Lo sabes? –pregunté. Él asintió.
-Chicago, universidad de North Western –anunció. Oí un pequeño ruido por la otra parte de la línea.
-¿April? –murmuré, un poco asustada –¿qué haces?
-Me voy a mi habitación –nos dijo. Joe y yo nos miramos algo confundidos.
-¿Dónde estabas? –preguntó él.
-En la de tu hermano –contestó amargamente –. Voy a entrar en el ascensor, así que si se corta, lo siento.
-¿Cuáles son tus planes? –insistí yo, sospechándome lo peor –¿Le has llamado ya?
-¿A Nicholas? –dijo April –no. Y no pienso llamarle, de momento. Estoy harta de tener que ser yo la que va detrás de él como una tonta.
-Pe-pero April, por lo menos te ha dejado una nota –murmuré. Joe me lanzó una mirada irónica.
-Una nota, qué gran consuelo –exclamó mi amiga. Me di cuenta de que ambos tenían razón: una nota era una mierda.
-¿Te vas a quedar en Washington? ¿Quieres que vayamos allí contigo? –le dijo Joe, preocupado.
-Eh… no, no hace falta. Me voy al aeropuerto –nos dijo April. Empezaba a sonar entrecortada.
-¿Vuelves a Los Ángeles? –pregunté.
Pero no oí la respuesta, porque la llamada se cortó. Joe y yo nos miramos preocupados, ya completamente vestidos, por supuesto.
De repente, Joe se puso a arreglar los sofás, al parecer demasiado ocupado dejándolo todo normal. Entró en un estado hiperactivo no demasiado raro en él, pero que me preocupaba de todas formas. Luego, se dirigió hacia la puerta, haciéndome un gesto para que le siguiera. Fruncí el ceño, algo desconcertada.
-¿Adónde vamos? –pregunté.
-A evitar que estos dos sigan metiendo la pata –dijo, tendiéndome la mano para que le acompañara.
Rápidamente, salimos del edificio y montamos en su coche. Volví a intentar llamar a April, pero no me cogía el móvil.
-Prueba a llamar a Maya –me dijo Joe, esquivando a unos coches. Supuse que íbamos a su casa.
-Joseph, yo no tengo el móvil de esa –le dije algo asqueada.
-Coge mi Blackberry –señaló con su cabeza su móvil.
Aún algo reacia a tener que hablar con ella, le hice caso a mi novio y busqué en la agenda su nombre.
-¿Quién es Maggie? –pregunté, celosa de repente. Joe se rió ligeramente.
-Es la editora de una de las revistas más importantes para adolescentes –contestó, mirándome un segundo. Alcé la ceja.
-¿Edad? ¿Es guapa o fea? ¿Habláis mucho? –insistí. Sus carcajadas alcanzaron niveles alarmantes.
-Tiene 40 años –contestó quedamente, como dejando el asunto terminado.
Respirando algo más tranquila, pronto llegué a Maya. Contuve mis impulsos de ponerme a revisar todos los nombres, pero lo cierto era que tenía muchísimos nombres de chicas. Y sí, no podía evitar que los celos aparecieran.
En cuanto pulsé la tecla de llamada, sabía que no contestaría. Si era la reina del drama que yo me imaginaba que era, le gustaría hacerse la desaparecida durante un tiempo, así que se negaría a hablar con ninguno de ellos (excepto con Nicholas). Casi podía visualizar la conversación "Es que yo te quiero demasiado, Nick… y verte ir con ella, que sólo quiere utilizarte…"
Intenté apartar eso de mi mente, porque iba a ponerme a golpear algo muy pronto. Que Maya quisiera fastidiar a mi amiga hacía que me pusiera de los nervios.
-No coge el teléfono –le dije a Joe. Él puso los ojos en blanco.
-Lo sabía –murmuró justo cuando llegamos a la puerta de su casa. Como siempre, los fotógrafos nos recibieron con una calurosa ola de flashes.
-¿Cuáles son tus planes? –pregunté. Él sonrió maliciosamente.
-Veremos si también se niega a hablar con Kevin –murmuró, aparcando con facilidad, ya dentro de la casa.
Salimos del coche enseguida y casi corrimos hacia dentro. El primero en aparecer fue Frankie, que vino al vestíbulo a recibirnos.
-He oído que los fotógrafos se ponían a gritar, así que sabía que había llegado alguien –dijo, mirándonos fijamente.
-Hola, Frankie –saludé sonriendo. Él me sonrió de vuelta.
-¿Sabes algo de Kevin? –le preguntó Joe.
-Ha llegado hace un rato con Anne y han subido a su habitación. Están allí encerrados desde entonces –nos dijo. Joe y yo intercambiamos una mirada extrañada.
-¿Y papá? –insistió mi novio. Justo entonces, el señor Jonas apareció por la puerta de la cocina, llevando un delantal.
-Hola, Joseph –saludó a su hijo. Me puse recta, intentando causar buena impresión –Liz, no sabía que vendrías… ¿te quedas a cenar?
-Sí se queda, papá –habló Joe por mí. Asentí ligeramente. Al parecer tenía prisa, porque rápidamente añadió: – Vamos a hablar con Kevin, ¿vale?
Sin poder hacer nada más, me cogió de la mano y tiró de mi mano escaleras arriba, dejando a su padre y a su hermano allí abajo, mirándonos como si estuviéramos locos.
-Gracias por la invitación, señor Jonas –dije, girándome un momento. Habría sido muy maleducado por mi parte no decirle nada.
Cuando llegamos a la puerta de Kev, Joe parecía algo reacio a llamar. Me miró con su cara de duda.
-¿Y si están… ocupados? –me dijo. Sabía a qué se refería.
-No creo, Joseph. Tu padre y tu hermano pequeño están en casa, ¿cómo crees que iba a hacer algo así? –murmuré.
Convencido por mi razonamiento, llamó dos veces a la puerta. Oímos unas risitas, seguidas de unos pasos.
-¿Ya está la cena, papá? –preguntó Kev, abriendo la puerta hasta dar con nosotros. Sonrió contagiosamente –ah, sois vosotros. ¡Pasad!
Se apartó del camino, dejando a la vista a Anne, que estaba sentada cómodamente en la cama del mayor, completamente vestida por supuesto. Cuando nos vio, se apresuró a colocarse más o menos bien.
-¡Hola! –nos saludó, sonriente. ¿Estábamos en Sonrisalandia?
-¿Qué hacíais? –preguntó Joe, sospechoso. Kevin soltó una carcajada y le dio un golpecito a su hermano. Luego, nos señaló dos sofás.
-Sentaos un rato –nos dijo –. Tenemos algo que contaros.
Joe y yo nos miramos preocupados.
-Lo cierto es… que nosotros también tenemos algo que contaros a vosotros –murmuró el mediano –. Bueno, más bien algo que pedirte, Kev.
-Está bien. Cuenta –nos dijo, sentándose al lado de Anne en la cama, cogiéndola de la mano cariñosamente.
Joe empezó a contarle a Kevin todo el lío creado con Maya, pero yo no pude apartar mi mirada de un pedrusco gigante en forma de diamante en el dedo anular de la mano de Anne. Intentaba con todas mis fuerzas averiguar si eso era lo que yo creía que era. ¿Se habían comprometido?
Al darse cuenta de mi examen, Anne me miró y sonrió pletórica. Abrí los ojos como platos y di un salto del sofá.
-¡Felicidades! –exclamé como loca, interrumpiendo a Joe. Todos se me quedaron mirando alarmados, mientras que Anne empezaba a reírse. Kevin la imitó al darse cuenta del porqué me había puesto a gritar.
-¿Felicidades? –murmuró Joe –¿qué me estoy perdiendo?
Anne levantó su mano izquierda, sonriendo. Kevin la miraba con los ojos centelleantes, como si fuera el ser más perfecto sobre la faz de la Tierra. Corrí para ir a abrazar a la feliz pareja.
-No sabéis lo mucho que me alegro –dije, aún algo acelerada, envolviendo entre mis brazos a Kevin primero. Luego a Anne, que seguía riéndose ligeramente.
A Joe le costó reaccionar, pero cuando lo hizo, se deshizo en sonrisas.
-¿Os habéis comprometido? –preguntó, como si no fuera obvio. Kevin asintió, mirando a su hermano algo preocupado.
-Pero papá y mamá no lo saben aún. Estoy esperando a que mamá vuelva de Washington para decírselo a los dos a la vez –nos explicó el mayor.
Ambos asentimos, mientras veíamos cómo Anne se quitaba el anillo y se lo guardaba en el bolsillo para ir a cenar.
Cuando los ánimos se calmaron un poco, decidí volver al tema de April y Nick.
-Kevin, ¿qué podemos hacer con todo el lío de Maya? –pregunté mientras salíamos de su habitación. Él frunció el ceño, pensando.
-Después de cenar, nos iremos a Chicago. Todos –anunció.
Por mi perfecto. Se preparaba una cacería de brujas y yo ya sabía a por quién iba a ir primero.
-NARRA NICK-
Con cada paso que daba, más seguro estaba de equivocarme en mi elección. Pero, April tendría que entender que debía arreglar las cosas con Maya antes de centrarme en nuestra relación por completo.
El viaje hasta Chicago no fue demasiado fácil, porque se me hizo imposible dormir en el avión y cuando llegué, me di cuenta de que iba a ser duro manejarme por mi cuenta. Eran pocas las veces que Big Rob no venía conmigo, y eso se notaba. Aún así, conseguí habitación en el hotel de siempre, y un coche que me llevó allí desde el aeropuerto. ¿Cómo se habían enterado las fans de que estaba en la ciudad? Un grupo de chicas emocionadas me esperaban en la puerta.
-Le seguirían al fin del mundo, ¿verdad, señor Jonas? –me dijo el conductor cuando subí al coche. Suspiré sonoramente. Era muy tarde y apenas había dormido.
Cuando llegué al hotel, llamé por milésima vez a April, pero su móvil seguía apagado. Se había enfadado, y no podía reprochárselo. La había dejado plantada en mi habitación, dándole la vaga explicación en una nota. ¿Podía ser más cobarde? La inspiración para escribir una canción me llegó de repente, cuando estaba a punto de dormirme, así que tuve que levantarme de nuevo y coger mi pequeña libreta.
Al parecer, me quedé dormido en el sofá, porque me desperté unas cuantas horas más tarde debido al escándalo de mi móvil.
-¿Di-diga? –pregunté, algo desubicado.
-¿Nick? –exclamó una voz que me sonaba conocida –¿Has venido a buscarme?
¿Había ido a buscar a quién? De pronto caí: estaba hablando con Maya.
-¡Maya! –dije –¿dónde estás? Voy a buscarte.
-¿Has venido desde Washington… solo? –preguntó. Sabía a quién se refería.
-Sí, estoy solo –contesté quedamente.
-¿Y qué pasa con April? –insistió ella. Intenté ser diplomático.
-¿Por qué no te lo cuento mientras desayunamos? –dije. Ella se rió ligeramente.
-Ya es la hora de comer, Nicholas –me dijo. Miré la hora, dándome cuenta de que tenía razón –¿Estás en el hotel de siempre?
-Sí… nos vemos en el restaurante dentro de una hora –le dije, deseando poder meterme en la ducha.
-Vale… gracias por venir, Nick –dijo ella, antes de colgar.
"De nada" murmuré, a nadie en particular.
Me dirigí hacia el baño para dejar que el agua se fuera calentando, y revisé en el espejo mi aspecto. Después de todo, no estaba tan mal. Tiré la ropa sucia sobre la cama, para luego volver al baño.
Cuando iba a meterme en la ducha, llamaron a la puerta insistentemente. No podía ir desnudo, así que me enrollé una toalla a la cintura. ¿Quién podía ser?
-¿Sí? –pregunté, aún sin abrir.
-Servicio de habitaciones –anunció una voz desde fuera. Fruncí el ceño.
-No he pedido nada –murmuré.
-¡Abre ya, imbécil! –exclamó. No tardé en darme cuenta de que era Joe.
-¿Qué-qué haces aquí? –pregunté abriéndole la puerta. No iba sólo: Kevin, Anne y Liz le acompañaban.
Lo primero que hizo al verme, fue darme un puñetazo en el brazo, como saludo de buenos días.
-¿Te has vuelto loco? –espeté, apartándome mientras que toda la tropa entraba en mi habitación.
-No; la pregunta es: ¿te has vuelto loco tú? –me dijo Kev. Todos me miraban con expresión seria. ¿Qué hacían todos allí?
-¿Qué pasa? –pregunté, aún sin saber nada de lo que estaba pasando. ¿Estaba soñando?
-¿Quién te crees que eres para dejar plantado a April en tu habitación? –intervino Liz, cabreada.
-¿Cómo lo sabes? –murmuré. Ella puso los ojos en blanco.
Estaba claro cómo lo sabía: April la habría llamado por teléfono para contarle todo el lío que había organizado. Seguramente ella estaba en casa ya, haciéndome vudú. Quizá eso explicaba mi dolor de cuello…
-La cuestión es, ¿es más importante Maya que April para ti? –preguntó Kevin. Siempre acababa siendo el sabio del bosque, hiciera lo que hiciera.
-Eh, no –contesté firmemente. Todos me miraron incrédulos. Nervioso, me puse a mirar a cualquier parte menos a sus ojos, dando con un pequeño resplandor en la mano de Anne. Contuve el aliento –¿eso… eso es un anillo de compromiso?
-Sí, lo es –respondió ella, quedamente – ¿Voy a tener que quedarme sin dama de honor por tu culpa?
Supuse que se refería a April.
Un momento, ¿mi hermano mayor se iba a casar? Sonreí pletórico.
-Felicidades, Kevin –exclamé, intentando acercarme para darme un abrazo. Sin embargo, él se apartó manteniendo su expresión seria.
-No hace falta que me felicites hasta que acabes todo esto –me dijo.
-¿Eso que se oye es el grifo? –preguntó de repente Liz. Di un salto, acordándome de que había dejado la ducha abierta, así que corrí a apagarlo.
Desde el baño, oí un pequeño ajetreo, seguido de un portazo. ¿Se habían ido? Volví al dormitorio, para confirmar mis sospechas: no había nadie.
-Quédate ahí dentro un rato y piensa sobre lo que has hecho –me gritó Joe desde fuera de la habitación. Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.
-¿Qué es todo esto? –exclamé, algo acelerado.
-Piensa, Nicholas –añadió Kevin.
Con la oreja pegada a la puerta, oí como todos salían de allí a tropel. Me acababan de encerrar en mi propia habitación, dejándome simplemente el móvil y la Blackberry. Busqué debajo de la cama mi maleta, pero tampoco estaba. Encerrado y sin ropa.
Esto no puede estar pasándome a mí. Intenté pellizcarme para ver si estaba soñando, pero no era así. Intenté calmarme, confiando en que se les pasaría el enfado pronto y volverían a abrirme, así que me metí en la ducha e intenté pensar tal y como me habían dicho mis hermanos.
Habían aparecido allí como la pandilla justiciera y me obligaban a pensar. ¿Pensar el qué? Todo estaba muy claro: para ellos era como si hubiera abandonado a April para venir a hablar con Maya, como si de repente me hubiera dado cuenta de que mi destino era estar con ella, mi casi hermana. ¿Se habían vuelto locos? Si había venido hasta Chicago era para pedirle a Maya que dejara de obligarme a elegir entre ellas dos, porque la próxima vez mi elección sería muy clara: April.
Estaba enamorado de ella, la quería con toda mi alma y nada de lo que hiciera iba a cambiar eso. No sabía en qué momento Maya había creído que yo podía corresponderla, pero nunca la había querido de esa forma. Para mí era una hermana, nada más.
Salí de la ducha, más que dispuesto a coger el teléfono y decirle todo eso, ya que no podía salir de mi habitación.
Pero ella no cogió el teléfono.
-NARRA APRIL-
Sí, el viaje había sido raro y largo. De Los Ángeles a Washington había tenido que sumar horas, pero de Washington a Chicago tuve que restar una. Y lo mismo pasaba con mis horas de sueño: iban completamente desarregladas.
Nada más poner los pies en Chicago, me encargué de hacer memoria como fan de Jonas que era, intentando recordar el hotel en el que siempre se alojaban ellos allí. Inmediatamente, me planté en la recepción y pregunté por Nick Jonas.
-Ese tipo de información no se la podemos facilitar, señorita –me dijo el empleado.
Ahora era cuando tenía que poner a prueba mis habilidades como fan… y como actriz. Empecé a llorar discretamente.
-Es que… he venido desde Los Ángeles… simplemente quiero saber si él está aquí… -murmuré, sorbiéndome la nariz. El recepcionista me miró con ojos tristes.
Supuse que la hora influyó mucho, porque dudaba que muchas fans locas fueran al hotel de sus ídolos a las 4 de la madrugada. El hombre me miró por encima de sus gafas y esbozó una sonrisa cómplice.
-Sólo le puedo decir que sí, que el señor Jonas está aquí –me dijo quedamente –. Ahora, le pido que se vaya a dormir y que pruebe a buscarle mañana por la mañana.
Dándole las gracias, salí de allí lo antes posible, dirigiéndome a mi hotel, que no quedaba muy lejos de ese. Ahora que ya sabía que Nick estaba en la ciudad, lo único que tenía que hacer era esperar.
A la mañana siguiente, me planté en el Starbucks de enfrente del hotel, esperando pacientemente a que llegara ella, Maya. No fue hasta medio día que la vi entrar.
No quería hablar con Nicholas, sino con ella. El problema empezaba con ella y tenía que acabar con ella también, así que cuando vi que se dirigía hacia dentro del hotel, me apresuré a cruzar la calle y entré en el hotel.
Con cuidado de no ser descubierta, la seguí hasta el restaurante del hotel, y me las arreglé para que me dejaran entrar. Maya se sentó en una mesa de dos, así que supuse que iba a comer con Nick. Sin embargo, antes de que él apareciera, fui a sentarme con ella.
-Hola, Maya –saludé, sentándome enfrente suya y cogiendo la carta de menús despreocupadamente. Ella me miró fijamente.
-¡April! –exclamó –pero… Nick me había dicho que tú no habías venido.
-Ah, claro… no te habrá contado que me dejó plantada en el hotel de Washington, ¿verdad? –le dije, sonriendo e intentando parecer impasible. Ella pareció ponerse nerviosa.
-No… no me lo ha dicho –murmuró –. No hemos hablado casi.
-Qué raro, ¿no? –añadí como quien no quiere la cosa –. Creía que vosotros dos os lo contabais todo.
-Bueno, desde hace bastante que no –me dijo. Alcé la ceja, como interesada en su comentario.
-Así que crees que soy yo la causante de que Nick ya no hable contigo, ¿verdad? –le dije. Ella se quedó callada –. Sé sincera, por favor. No me he hecho tantas horas de vuelo detrás de vosotros para nada.
Maya tomó aire. ¿Se estaría preparando para por fin explicármelo todo de una vez? Su móvil empezó a sonar, pero tras mirar la pantallita, se limitó a colgar.
-Sí, creo que es por tu culpa, April –me dijo, tomando un sorbo de su vaso de agua.
Sonreí tímidamente, porque ya sabía que esa iba a ser su respuesta.
-Te has dado mucha prisa en odiarme –le dije. Maya me mantuvo la mirada –. Ni si quiera me conoces para juzgarme.
-No lo necesito. Sé que sólo quieres a Nick para hacerte famosa –se atrevió a decirme.
Tenía dos opciones: ponerme de los nervios y gritarle como loca o seguir con mi actitud de no me importa lo que creas. Opté con la segunda, así que me reí irónicamente.
-Sin embargo, a ti te da igual ser famosa gracias a él –le dije. Ella me miró confundida.
-Es algo inevitable. He crecido con Nick –me dijo –. Siempre me han visto a su lado…
-… como una hermana –acabé su frase. Ella alzó la cabeza, mientras que yo seguía mirándola fríamente.
-A mí me importa él –se defendió.
-Si te importa, ¿por qué sigues haciéndole elegir entre tú y yo? –dije.
-Yo-yo no hago eso.
-¿Ah, no? Entonces, ¿por qué ha tenido que venir aquí apresuradamente para poder hablar contigo? –pregunté.
-Pues, porque se preocupa por mí –me dijo.
-Exacto. Se preocupa por ti. Se preocupa tanto por ti, que hasta que tú no des tu visto bueno para nuestra relación, él no va a parar de debatirse entre tú o yo. Siempre va a tener que estar pendiente de tu opinión, porque te quiere… y me quiere. Nos quiere a ambas, pero en aspectos diferentes –le expliqué.
-Pero… yo creía que tú… -balbuceó ella, algo fuera de combate.
-Sí, ya lo sé. Creías que yo era una loca que iba detrás de él sólo por su dinero y su fama. Ante todo, soy fan y sé que yo también lo habría pensado si alguna víbora se hubiera acercado a él de repente –le dije –. Pero al menos, me habría tomado mi tiempo para conocer "a esa víbora".
La miré por última vez y me levanté de la mesa sin hacer ruido.
-Gracias por tu tiempo, Maya –me despedí, saliendo de allí con paso más o menos veloz.
Ella se quedó allí sentada, sin ni siquiera atreverse a seguirme. Confiaba con haberla impresionado tanto que se limitaría a decirle a Nick cuando le viera que corriera detrás de mí, indicándole incluso hacia dónde me había ido. Pero eso era confiar demasiado.
Después de pasar por mi hotel y de recoger mis cosas, decidí volver a casa. Era viernes y el lunes tendría que estar en el estudio, grabando esa película que parecía no empezar nunca.
Sin embargo, cuando llegué al aeropuerto, otro destino me llamó más la atención.
-NARRA NICK-
Al cabo de un rato de mi encierro, decidí llamar a Joe, para ver si por fin podía dejarme salir de allí. Empezaba a agobiarme.
-¿Ya lo has pensado? –preguntó él nada más descolgar.
-Me habría resultado más cómodo pensar con algo de ropa encima –me quejé. Oí un carcajeo general, dándome cuenta de que tenía el móvil en altavoz.
-En algunos sitios, se reúnen todos desnudos para pensar y orar a los dioses –añadió Liz de fondo.
Intenté ignorar su comentario.
-¿Estáis todos juntos? –pregunté, curioso.
-Estamos en la habitación de Kevin. Hemos pedido algo de comida, y simplemente estábamos esperando a que te decidieras –me dijo Joe.
-Pues ya me he decidido, ¿puedes traerme mi ropa y abrirme la puerta? –espeté.
-Sólo si estoy seguro de que la decisión es la adecuada –insistió. Gruñí por lo bajo.
-April, elijo a April. Siempre la he elegido a ella, así que haz el favor de abrirme –casi grité.
-Está bien, está bien… señorito gruñón –me dijo. Oí unos pasos, seguidos de una puerta cerrándose. A los pocos segundos, la puerta de mi habitación se abrió, apareciendo Joe con mi maleta y el teléfono en la oreja.
-Imbécil –gruñí, empujándole fuera de allí, pero quedándome con mi llave y mis cosas.
-De nada, hermanito –me dijo él por teléfono, justo antes de que colgara.
Apresuradamente, me vestí y corrí hacia el restaurante del hotel. Sí, mi decisión estaba muy clara, pero tenía que hablar con Maya para dejar claras las cosas.
Cuando llegué allí, la encontré sentada en una mesa de dos, paralizada y con la mirada perdida en la nada. Me senté en frente suya, intentando recuperar el aliento.
-Siento llegar tarde, he tenido un pequeño… percance –murmuré. Ella sonrió, no pletórica, sino como… ¿melancólica? –¿pasa algo?
Una lágrima empezó a caerle por la mejilla, haciendo que me preocupara.
-Siento mucho haberte hecho venir –murmuró, mordiéndose el labio, culpable. Negué con la cabeza.
-No pasa nada… eres mi hermana –respondí. Ella asintió ligeramente, sorbiéndose la nariz.
-Exacto, soy tu hermana… aunque haya estado intentando ser algo más –me dijo. Me quedé un poco parado, porque aunque ya lo sospechaba, que me lo soltara así de repente, impresionaba.
-Maya, todo está bien –le dije, intentando calmarla.
-No, no está bien. Por mi culpa, tú ahora tienes problemas con April –me dijo.
-¿Cómo sabes que…? –pregunté extrañado.
-Simplemente lo sé –dijo –he sido una egoísta. Lo siento mucho, Nick… tú estás enamorado de alguien y yo no me he molestado ni siquiera en darle una oportunidad.
-Bueno, eso es cierto… -dije, encogiéndome de hombros.
-Las cosas van a cambiar a partir de ahora, ¿vale? –insistió, algo más animada.
-Claro que sí –corroboré, sonriendo. ¿Era posible que por fin todo se calmara?
-Entonces… vete –me dijo, casi imperativamente.
-¿Que me vaya dónde? –pregunté, algo perdido.
-Vete a buscar a April –dijo, señalándome la puerta. Entrecerré los ojos, intentando concentrarme en el olor del ambiente.
No podía ser… ¿me estaba volviendo loco? Olía su perfume flotando en el aire, algo casi imposible teniendo en cuenta que ella estaba en Washington. O quizá ya en Los Ángeles. Miré de nuevo a Maya, haciéndole una pregunta muda, simplemente con los ojos. Ella sonrió y asintió con la cabeza.
Luego, me hizo un gesto para que me levantara y saliera de allí cuanto antes.
No hizo falta que lo hiciera dos veces.
Ahora sí. Creo que el asunto Maya-April-Nick va a darse por finalizado! Pero, ¿podrá April perdonar que Nick la dejara tirada en la habitación? ¿Adónde se habrá ido ahora esta cabeza loca? ¿Y qué pasa con el levantamiento de bandera de Joe? el pobre anda un poco decaído últimamente... ¿Habrá boda entre Kevin y Anne?
Espero que os haya gustado, siento mucho haber tardado en subir capítulo nuevo. Este es más largo :)
-Vicky.
