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Tuve que poner mucho esfuerzo en enfocar mi vista bien. No podía creer que estuviera viendo a TK… ¿era TK? ¡Dios, me iba a volver loca! Necesitaba ir…
— Ven, cariño —Adara, la esposa del sargento Mills, me tomó de la mano y me llevó con ella hacia la salida. Adam me había pedido que fuese amable y les siguiera la corriente a estas personas, después de todo, eran sus jefes, pero la curiosidad por saber si había o no visto a mi novio estaba matándome.
Finalmente el joven rubio se perdió de mi vista entre un montón de soldados y yo me sentía muy cansada y sin ánimos como para ir. Probablemente con todo lo que había sucedido recientemente, era de esperarse que estuviera alucinando, no había manera de que TK estuviera ahora en Londres, posiblemente sus papás lo tenían encerrado en su enorme casa de París o… de pronto un pensamiento me hizo estremecer de horror: ¿y si había ido a buscarme? ¿Y si lo había intentado y ahora yo estaba acá? Tuve ganas de llorar ahí mismo pero sabía que eso sólo haría que confesara la verdad y no podía, por ningún motivo, delatar a Adam, quien arriesgó su trabajo con tal de ayudarme.
— ¿Todo bien, Kari? —preguntó mi esposo ayudándome a sentar en una hermosa mesa rectangular con mantel blanco. Habíamos entrado a otro salón que estaba reservado únicamente para nosotros, y otro par de comandantes de alto rango, con sus familias.
— Sí —sonreí. Adam me dio un beso en la cabeza y se sentó a mi lado izquierdo.
La cena estuvo aburrida. Los hombres no dejaban de hablar de política, guerra y cómo la economía mundial se había visto afectada en todo esto. No es que no me interesara, de hecho mi objetivo establecido era poder incursionar en el periodismo político, razón por la cual acepté ir a Nueva York, pero había tanto enojo, tanta desesperación, tristeza e impotencia acumulados en mí que el solo escuchar el tema me hacía querer cortarme las venas, pues había sido la razón que me separó de mi amado arruinando el curso de la humanidad junto a todos mis planes, sueños y anhelos.
Ahora lo que me preguntaba era ¿cómo diablos haría para ir a Italia? Ahora que estaba tan cerca de él me parecía un poco más difícil poder viajar para verlo. El cuartel en donde vivíamos estaba custodiado por soldados todo el tiempo, teníamos que reportar nuestra entrada y salida, y por si fuera poco: había toque de queda.
Tras dos largas horas fingiendo sonrisas y hablando de mi trabajo en Nueva York, volvimos a casa. En el camino le pedí a Adam que nos quedáramos un poco afuera dando un paseo, después de todo aún no era tan tarde, teníamos al menos una hora más antes de entrar a nuestros respectivos «hogares». Él sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno. Hacía tanto tiempo que no fumaba que en el instante en que di el primer toque hubo flashbacks de tiempos en donde después de haber tenido una cansada jornada de sexo con mi novio, ambos nos sentábamos en la cama a fumar como si eso nos devolviera fuerza para seguir disfrutándonos en el eterno placer carnal que, para nosotros, nos llevaba a un pequeño rincón del cielo.
— ¿En qué piensas? —preguntó mi esposo. Estábamos sentados en una fuente al centro del jardín principal. Había varios soldados caminando, otros fumando, incluso me percaté de un grupo de hombres jugando fútbol en el patio trasero. Por un momento sentí como si no estuviera metida en medio de una guerra.
— Adara es una mujer agradable. Me cayó bien. Quizás pueda pasar tiempo con ella en las tardes mientras tú trabajas —Adam asintió, y por su semblante, supe que se había alegrado. Después de todo debía jugar el rol de esposa durante un tiempo—. ¿Te han dicho si nos quedaremos aquí o te enviarán a algún lado?
— Nos quedaremos aquí hasta nuevo aviso. Toda las otras bases están cubiertas.
— Mmm…
— Créeme que pedí que nos transfirieran a Francia pero a todos los de allá los enviaron a Múnich y aquí. Lo siento mucho, amor, no es tan sencillo…
— ¿Cómo me llamaste? —las mejillas de Adam se pusieron rojas y tomó una porte tímida que lo hizo ver como un niño.
— Lo siento, Kari.
— Está bien —sonreí.
No era que me gustara que me hiciera cumplidos, propiamente, pero hacía mucho tiempo que no me llamaban así y por alguna razón se sentía tan bien. Adam se acercó a mí sin desviar su mirada de la mía y pronto la distancia entre los dos se redujo a escasos centímetros. Me acarició una mejilla, su piel era calientita y despacio, se inclinó hasta besarme en los labios. Rodee su cuello con mis brazos y me paré de puntitas para poder besarlo mejor.
Y supe en ese momento que me gustaba besar a Adam.
Una ráfaga de viento alborotó el rubio cabello de TK, quien se estremeció al sentir un escalofrío. Dominic y él habían pasado a una sala que los militares acondicionaron con una mesa de villar, una rockola y un mini bar para sus ratos libres. Estaban bebiendo una cerveza y jugando cartas con otros cuatro que habían conocido durante la cena y a quienes enviarían a la misma base que a ellos.
— Escuché que en Clyde hay enfermeras guapísimas —dijo Robert, un hombre treintón de barba crecida y cabello oscuro. Tenía un tatuaje de la cara de un león en su pecho y lograba notarse a través de su playera interior blanca.
— ¡Al fin! —exclamó Dominic—. Llevo tanto tiempo sin tener sexo que ya no sé si mi herramienta funcione —dijo apuntando a su entrepierna y demás sonrieron.
— Creo que la última vez que yo tuve sexo fue el año pasado —comentó Amstel, un joven veinteañero nacido en Rusia y criado en Liverpool.
— La maldita guerra nos jodió a todos, ¿eh? —murmuró Dominic—. Espero que ésta porquería termine pronto —se formó un silencio un tanto incómodo en el que cada uno fue sumergido por los recuerdos de su vida pasada, que cargaban el ambiente de melancolía y rabia frustrada.
— ¿Qué hay de ti, muchacho? —le preguntó Alfred, un escocés cincuentón canoso a TK—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con alguien? —el rubio lo miró deseando poder recordar cuándo había sido la última vez que estuvo con Kari o con alguien más pero aquella pared de ladrillos que le impedía ver lo que había sido de su vida pasada aún estaba presente y firme. Takeru se encogió de hombros y le dio una calada a su cigarrillo.
— No lo recuerdo —atinó a decir pero notó que los demás esperaban que continuara hablando—. Mi hermano me contó que tenía novia pero lo cierto es que no lo recuerdo.
— ¿Cómo es eso? —inquirió Robert dejando sus cartas sobre la mesa.
— Cuando vivía en Italia hubo un incidente en un centro comercial y perdí la memoria —y entonces se formó el silencio más incómodo de la noche. Todos miraba a TK con algo de pena y curiosidad. Para algunos no era la primera persona que conocían en esa condición pero eso no quitaba el hecho de que fuese difícil imaginarse una vida sin recuerdos, que al final del día eran lo que mantenían con energía y algo de optimismo a muchos.
— No te preocupes, muchacho. Ya conocerás a alguien más después. Aún te queda mucho por vivir —dijo Alfred. El rubio asintió simplemente y como por acuerdo mutuo no volvieron a tocar el tema.
Media hora más tarde salieron de ahí encaminándose cada uno a su respectivo cuartel. Hacía rato que había dejado de llover y el cielo estaba despejado y lleno de estrellas. Ya casi no había soldados afuera pues pronto se daría el toque de queda y debían estar dormidos o alistándose para partir en la madrugada a Clyde. El ambiente se sentía relajado. TK y Dominic se quedaron sentados fumando en el pórtico de un edificio junto a su cuartel. Mientras el rubio disfrutaba del sabor a clavo de su cigarro se dijo a sí mismo que haber tomado la repentina decisión de enlistarse en el ejército había sido lo mejor que había hecho para sí mismo en mucho tiempo.
— ¿Puedo preguntar algo? —inquirió Dominic, temiendo perturbar aquella tranquilidad con su curiosidad.
— Adelante.
— Tu novia, ella, ¿vivía en París? ¿Tu familia te dijo algo sobre ella? —Takeru sonrió y le dio el último toque a su cigarrillo.
— No. A decir verdad fue la razón por la que decidí venir acá —exhaló el humo por la boca—. Mi hermano fue quien me contó sobre ella. Tras perder la memoria mis padres se encargaron de borrar toda evidencia de su existencia.
— ¡Pero qué desgraciados! ¿Por qué harían eso? —el rubio volteó hacia su colega y esbozó una media sonrisa.
Sólo sé que no la querían y que para ellos el hecho de haber perdido la memoria no fue una tragedia sino una bendición —en ese momento el rubio enfocó su mirada a lo lejos, en la siguiente colonia de edificios divisó a la chica de vestido verde y cabello castaño besando a su esposo. Sintió una punzada en el corazón, como si aquella imagen lo lastimara, y la misma sensación desagradable que cuando los vio en el comedor. Sin duda alguna era una mujer muy guapa y había algo en ella que le causaba curiosidad, aunque posiblemente nunca sabría por qué.
Everybody needs some time...
