XXXV

GINNY

Quedaban cinco días para la boda.

El vestido de Hermione lo había terminado hacía una semana. Mi amiga engordó de caderas pero por suerte la moldura se adaptaba perfectamente al crecimiento de su barriga.

No podía olvidar su expresión de asombro cuando lo tuvo finalmente en sus manos, así como la de Luna. Las dos estaban anonadadas.
Modestia aparte, el vestido me había quedado bellísimo y Luna ya estaba comenzando a buscar ideas para su propio vestido, cuya boda sería a mediados de diciembre. Quería una boda nevada y navideña.

Esa última semana Hermione y Ron se fueron a Gales a revisar los últimos detalles del hotel donde sería la fiesta y de la capilla donde se casarían. Mis padres y los de ella se habían ido juntos, así que no tendría que preocuparme por rendirle cuentas a mi madre hasta después de la boda.

El tema de Saoirse seguía en mi mente, tendría que aclararlo con ella en algún momento y mis hermanos tendrían que saberlo también. Papá quería dejarlo para después de la boda, lo que consideré lógico. ¿Para qué arruinar un día tan feliz con un tema tan triste?

Preferí esperar, al menos hasta que Ron y Hermione volvieran de la luna de miel. El secreto había estado en la familia por veintiséis años, ¿qué más daba esperar un par de semanas?

Terminé de arreglar la espalda de mi vestido. Estaba prácticamente listo y no aguantaba a que Harry lo viera. Me sonrojé solo de recordarlo.
Después de aquella revelación en París andaba riendo como idiota todo el día, y si bien él no era muy expresivo, sí andaba más cariñoso de lo habitual.
Lo que más me gustaba era aquel brillo que había en sus ojos y que nunca había visto en él. Los días siguientes en Paris fueron animados y cada vez que Neville recomendaba separarnos, nosotros lo hacíamos con gusto.

Su sonrisa era diferente a lo que conocía, estaba feliz, contento. Cuando fuimos al Louvre pasamos horas recorriendo pasillos, hasta que llegamos al sector de las momias, era tan poco romántico que Harry creyó que era el lugar indicado para robarme un beso detrás de un sarcófago. Claro, si el beso solo hubiese sido eso y no caricias robadas bajo la ropa.
No podía evitarlo, me sonrojé y reí como idiota.
Ese fin de semana desordenamos ambas camas y aprendimos a que podíamos ser sigilosos en lugares públicos si nos poníamos cariñosos.
Al volver a Londres sin embargo, si bien las caricias y los besos furtivos seguían, habían ido disminuyendo. Harry había vuelto a su trabajo en el bar y yo a los últimos retoques del vestido, por lo que se hacía difícil encontrar un momento para estar juntos como en Paris.

A cinco días de la boda las cosas se habían ido apaciguando. Súbitamente comencé a extrañar nuestras noches juntos y los besos robados. Harry había viajado durante la última semana a casa de sus padres a petición de James, temía que tuviera algo que ver con el viaje a Hong Kong, un tema que poco a poco me ponía más nerviosa.
Había tenido finalmente mi entrevista con Nicolai y la directora de Bazar. Querían arreglar todo para mi llegada, pero yo aún no les daba un "sí" definitivo. Intenté convencerlos que tenía demasiado trabajo, pero era solo porque estaba intentando encontrar una brecha por dónde poder colarme a China. Solo que tampoco lo había hablado con Harry, y si él no había tomado una decisión aún, yo tenía que tomar pronto la mía.

Lo único seguro era que no quería separarme de él. No, si realmente existía una posibilidad entre nosotros. Una posibilidad que jamás vi antes.
Si al principio sentía que con él estaba pisando aire, los últimos días era como si finalmente hubiese encontrado la tierra. Tenía Fe. Tenía confianza en lo nuestro. Fuera lo que fuera, con o sin nombre, algo estaba funcionando finalmente.

Terminé de coser la última costura. Observé mi vestido de lejos. Estaba listo.

Me llevé las manos a las mejillas, emocionada.

¡Dios, era buena!

Lo que me llevaba a pensar de nuevo en Milán. En que algún día un vestido como aquel, hecho por mí, deslumbraría en las mejores pasarelas del mundo.
Pero aquello significa renunciar a Harry.

Me pasé las manos por la cara.

¿Estaba dispuesta a renunciar a él por Milán?
Me mordí el labio y quedé con la mirada fija sobre el vestido.

Me imaginé entrando a la recepción de la boda al lado de Harry, ataviado con su smoking, o lo que fuera a usar.

El corazón me latió con rapidez.

Cerré los ojos. Lo quería, lo quería y se lo había dicho. Cada vez que lo veía deseaba abrazarlo y cobijarme a su lado…

—Oh no…—susurré comprendiéndolo de repente—.No me enamoré de él, ¿cierto?

El susurro sonó como un eco en la nada. No era como si el vestido fuera a responderme. Me sorprendí de que mi propio corazón respondiera. La sensación era cálida, adrenalínica, algo totalmente diferente a cualquier cosa que pudiera haber sentido en un principio.
Cerré los ojos para disfrutarlo.
Por Michael había sentido cariño antes de enterarme de que era un cerdo sicópata. Había sentido algo por él y me alegraba verlo al llegar a casa. Pero ese calor, esa sensación de mariposas constantes que poco a poco se transformaba en una ola de bienestar… eso solo, solo lo causaba Harry.
Me llevé una mano al pecho. Temía dejar que esa sensación se hiciera más grande. Aunque había comenzado a creer que podíamos tener finalmente la posibilidad de un futuro, eso no quería decir que quisiera confiarme. Realmente tenía miedo de enamorarme y viendo que realmente aquello había ocurrido, ¿qué pasaría después? ¿Y si él no quería dar un paso más?

Decidí callar mis sentimientos y dejar que las cosas fluyeran como lo habían hecho. Sabía que tenía que ser cuidadosa, porque si seguía alimentando a mi corazón no quería darme de bruces contra el suelo y salir más herida de lo que podría imaginar.

Esa semana vi muy poco a Harry. Se veía distraído, extraño. Asumí que era porque a Robert se le había ocurrido expandir el bar y lo tenía trabajando más que horas extras. Todas las semanas llegaba con planos y despotricaba contra los arquitectos diciendo que no servían para nada. Había decidido dejarlo tranquilo, pero necesitábamos organizarnos para viajar a Gales el jueves en la mañana. La boda sería el sábado a las seis de la tarde, pero se realizaría una cena de ensayo el viernes por la noche y el jueves había que llegar a instalarse al hotel. Ya el domingo volveríamos de regreso a Londres por la mañana.
Resoplé mientras guardaba mi vestido dentro de su estuche para que no se arrugara. Harry había estado tan ocupado con los arreglos del bar que no habíamos tenido tiempo de hablar del tema.

Cada vez que le decía algo sobre el viaje me pedía tiempo para conversarlo más tarde, pero el tiempo se había reducido, y estando a cinco días de la boda todavía no teníamos nada listo.

Me pasé las manos por la cara. No había almorzado aún. Así que llamé a Luna y nos reunimos en una cafetería cercana a mi casa.

—¿Y? ¿Cómo van los preparativos? ¿Has sabido algo de Hermione?

Achiqué un ojo.

—No mucho. Solo que tuvieron la degustación de la cena y que Ron se comió todo, para variar. Y al parecer a ella se le revolvió el estómago con un pastel de crema. Lo descartaron para el postre.

—Espero que se haya acordado de nosotras —dijo alzando una ceja —. ¿No nos darán estofado de cerdo, cierto?

Reí mientras bebía mi café.

—Habrá lasaña de verduras —dije sonriente—. Ron se preocupó especialmente de eso.

Le mostré una fotografía en el celular que mi hermano había mandado. El mensaje que lo acompañaba decía "Esto elegimos para las come árboles".

Luna amplió su sonrisa.

—Debería haber enviado la fotografía sin Hermione de fondo —apuntó. Yo reí. En la imagen, tras de Ron, Hermione salía embutiéndose algo gigante a la boca. Se parecía a las ardillas cuando se llenaban la boca de nueces.

Luna se quedó con el teléfono y comenzó a mirar mis fotografías, de repente emitió un gritito casi levantándose de la silla. La miré curiosa y luego abrí los ojos con susto encaramándome sobre la mesa para quitarle el aparato.

—¡Suelta! —grité. La gente nos miró con curiosidad. Luna gritó aún más agudo cuando le arrebaté el teléfono. Sentí mis mejillas arder.

—¡Le sacaste una foto desnudo!

—¡Baja la voz, idiota! —espeté sintiendo la cara caliente.

—Por Dios, no sabía que tenías esa faceta…

—No es lo que piensas —dije guardando el teléfono con rapidez. Luna bufó.

—Entonces explícame —dijo sonriendo con picardía. Me pasé una mano por la cabeza despeinando mi cabello.

—Fue fortuito —murmuré mirando mi plato de ensalada—. No fue intencional.

Luna hizo un puchero y apoyó la barbilla en la mano.

—¿Entonces el teléfono se disparó solo? —dijo haciendo una mueca ladeada. Agité la cabeza.

Miré hacia todos lados, como si alguien pudiera oírnos, me pasé una mano por el cuello y apoyé el codo en la mesa. Sonreí sin poder evitarlo.

—Fue en Paris…

Luna apretó los labios.

—¡Lo sabía! —exclamó bajito—. ¡Sabía que no se iban a poder controlar!

Miré hacia la mesa vacía de al lado.

—Simplemente pasó…—susurré sonriente—. Me desperté temprano ese domingo por la mañana y lo vi dormir…—pausé y puse mi atención en mi taza de café mientras jugaba con la cucharita—. Jamás me creí capaz de hacer algo así, pero… se veía tan…

—¿Sexualmente antinatural?

—¡Luna! —exclamé. Le lancé una hoja de lechuga—. No… se veía tan…. Él. Sin máscaras, sin actitud de cabrón al acecho, se veía apacible… lindo. No pude evitarlo. Le saqué la fotografía porque fue como una garantía para recordarme que tiene esa faceta. Que esa parte de él existe.

Luna se quedó mirándome en silencio por un momento. Su mueca sardónica había desaparecido.

—¿Y por qué necesitas una fotografía de él semi desnudo y dormido para asegurarte de que es realmente así? —preguntó frunciendo el ceño—. Sabes que soy la primera en incitar a que mis amigas tengan sexo con frecuencia y más si es con un tipo como él, pero, Ginny… lo de ustedes… ¿cómo lo digo?... lo de ustedes ya no es una cosa casual. Dios es cosa de verte la cara. Tienes sentimientos por él y peor aún, tienes terror de encontrarte con un monstruo detrás de la cortina. ¿Si te enamoraste de la bestia por qué esperas a que se comporte como el príncipe?

Luna tenía ese don de encontrar las apalabras exactas para describir una situación. Y también tenía la desgraciada habilidad de leer a las personas como si fueran libros abiertos y expuestos al sol.

—No quiero que cambie Luna, por el contrario. Siempre me ha gustado tal y como es —respondí. No había caso de negarle lo obvio—. Solo que siento que a veces la fachada es justamente esa personalidad bruta que utiliza con todo el mundo, no al revés. Cuando está conmigo íntimamente, o cuando me mira a los ojos sin ponerse una berrera de hielo, es… es tan distinto… es simplemente él. Y así es cuando duerme. Solo quería tener una imagen que me recordara que el verdadero Harry existe. No es para engañarme, mucho menos para crearme una imagen falsa de él. Es solo una forma de asegurarme que el hombre del que me he enamorado es ése que está durmiendo y no el bruto que se jacta de beber cinco tequilas al hilo —puntualicé. Noté mi respiración agitada—. Y para poder mirarlo cuando quiera... —mascullé apretando los labios.

Luna lanzó una carcajada acompañada de un grito.

—Gracias a Dios finalmente confesaste que tienes un lado depravado—se burló—. Pero ¿te diste cuenta de lo que acabas de decir?

Asentí.

—Cada palabra.

La sonrisa de amiga se tornó en una un poco más humana y menos mordaz.

—¿Y cuándo le dirás?

La miré y sorbí un poco de mi café. No quería entrar en los detalles de la confesión en París, quería que eso fuera algo íntimo y nuestro. O al menos para mí. Quería conservar aquel momento como algo sagrado.

—Cuando esté segura de que él siente lo mismo —dije levantando los hombros—. No soy idiota. Los hombres le tienen terror a los sentimientos y Harry es como un ermitaño.

Noté algo en la mirada de mi amiga, pero no insistió.

—Yo creo que debes pensar menos y actuar más—opinó seriamente—. Pero tienes razón, es mejor estar atenta a cómo cambian sus sentimientos o si efectivamente cambian. Antes que tú salgas dañada.

—No sucederá Luna.

En realidad era a lo que más temía.

Levantó sus hombros.

—Hacen una linda pareja —dijo mirándome intensamente, sus ojos me causaron un escalofrío. Si la vistiera con túnicas podría pasar por una bruja—. Me encantaría que funcionara.

Sonreí con ternura y tristeza.

—A mí también —confesé.

Esa tarde volví al departamento después de haber recorrido con Luna por el centro de la ciudad. Aproveché de comprarme un par de zapatos para el vestido —los cuales no estaban cubiertos en mis planes y por suerte Luna tuvo el tino de recordarme comprarlos—. Así que regresé a casa con un par de comparas extras bajo el brazo.

Por suerte Harry estaba en la sala, hablaba por celular. Me guiñó un ojo cuando entré y le sonreí.

—Sí, lo sé…—murmuró al teléfono—. Entiendo… dame estos días para… ¡Lo sé! —me miró y apretó los labios en una línea recta. Se fue hacia su habitación—. ¡Entiendo que lo necesitas ahora, pero…!

Cerró la puerta a su espalda y me quedé un segundo mirando la estela invisible que había dejado su sombra. Estaba molesto.

Dejé las bolsas en mi habitación y las que tenían algunas cosas para comer sobre el mesón de la cocina.

Me hice una trenza para preparar unos muffins.
Harry no salió de la habitación hasta entrada la noche. Ni siquiera me había saludado. De repente lo escuchaba gritar, como si peleara con alguien.
Dejé los muffins sobre la mesa para que se enfriaran y me serví uno con un tazón de chocolate caliente.

Quise distraerme viendo una película en mi laptop, pero Harry seguía en mi cabeza. Luna tenía razón en una cosa, si seguía así podría salir muy dañada. Pero entonces ¿por qué quería seguir insistiendo? ¿Es que acaso era tan estúpida como para creer que había una esperanza?

Me había dicho que me quería ¿no?
Y Harry no quería a cualquiera.

Miré el muffin sobre mi plato y fui a buscar uno a la cocina. Lo espolvoreé con azúcar y me acerque a la habitación de Harry. Golpeé un par de veces.

—Pasa —masculló.

Al abrirla lo descubrí con la cabeza apoyada en su mano y la otra sosteniendo unos papeles. Se veía agotado. Tenía la nariz fruncida, los ojos semi cerrados y un montón de planos, papeles y facturas desparramados por el escritorio, la cama y el suelo.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté mirando el desorden.

—Solo si sabes de contaduría —se desperezó y se pasó las manos por la cara. Me miró con la cabeza inclinada hacia atrás mientras apoyaba la espalda en la silla.

—Lo siento, no te serviría de mucho —sonreí con empatía—. Pero te traje un muffin.

Sus ojos brillaron y se reincorporó. Me acerqué y dejé el plato sobre la mesa. Observé los papeles desde arriba.

—Huele bien —dijo cogiéndolo. Le dio un mordisco y cerró los ojos —. Mmm… ¿zanahoria?

Asentí.

—No tenía muchos ingredientes —sonreí. Incliné la cabeza hacia un lado—. Harry, escucha… pasado mañana tenemos que ir a Gales y…

—¿Qué? —exclamó—. ¿Es pasado mañana?

—Sí —arqueé una ceja—. ¿No lo recuerdas? Este sábado es la boda.

Se llevó las manos a la cabeza y miró a su alrededor.

—Mierda Ginny… ni si quiera he tenido tiempo de pensar en eso.

Me encogí de hombros.

—Tenemos que partir el jueves —le recordé—. Y aún no hemos planeado cómo nos vamos a ir, y hay que llamar al hotel para reservar la habitación, y…

—Espera, espera…—dijo levemente alterado y estiró sus brazos señalando al rededor—. Rayos… No tengo tiempo y cabeza para pensar en eso ahora.

Fruncí el ceño.

—Hace dos semanas que me vienes diciendo lo mismo —espeté enojada—. Sé que estás con exceso de trabajo y que Robert te dejó a cargo de toda la parte comercial pero…

—Pero es mi trabajo y tengo una obligación como socio del bar, Ginny —dijo molesto—. Sabías que estaban en proceso de remodelación.

—¡Claro que lo sabía! Pero lo de la boda lo sabes hace meses y…

—¡Pero a la boda voy contigo como un favor! ¡Para que tu familia no te joda con la mierda del acompañante! ¡No tiene nada que ver conmigo! ¡Si fuera por mí no iría a esa estupidez!

Nos quedamos en silencio un instante. Ese muro de hielo que se elevaba y derretía según nuestras emociones acababa de elevarse diez metros por encima de mi cabeza. Crucé los brazos sobre mi pecho.

Él tenía razón. Al principio iría a la boda conmigo como un favor, pero jamás pensé que lo siguiera considerando así. De hecho, estaba segura que iría conmigo porque quería acompañarme, compartir con mi familia y mis amigos.
De inmediato se dio cuenta de lo que había dicho.

—Podrías haberme dicho eso desde el principio —puntualicé con fría calma—. No habría perdido el tiempo esperando a que organizáramos la salida si podía hacerlo yo desde mucho antes.

Me giré para salir de la habitación pero su mano agarró mi codo antes que la mía agarrara el pomo de la puerta.

—Espera —susurró. Me volteé. Se rascó los ojos bajo los lentes. Tenía las ojeras marcadas y la mirada cansada—. Lo lamento, no quise decir…

—Descuida —me solté con frialdad, el muro cada vez se hacía más alto. ¿Dónde habían quedado los besos y las confesiones en Paris?—… Tienes razón, era un favor. No tienes la obligación de acompañarme si no quieres —lamentablemente, eso era cierto.

—No Ginny, yo…

—Hablaremos mañana, cuando estés más tranquilo —Dije sonriéndole con cansancio—. Me alegro que te haya gustado el Muffin. Hay más en la cocina.

Salí cerrando la puerta y me apresuré a mi habitación. El corazón me latía frenético, me dolía el pecho y la acides emergió desde mi estómago.

Me arrojé sobre la cama y agarré mi teléfono buscando la fotografía donde él salía durmiendo. Estaba de espalda, con la luz del sol bañándole la piel del pecho y la sábana cubriendo sus caderas. Dormía apacible, en calma. Sonreí con tristeza.

Me llevé la mano a los labios cuando recordé sus besos robados por los rincones de Paris, era como se hubiese vivido en una dimensión paralela. Sus caricias furtivas, despertar juntos, sus besos en la espalda…
Jadeé angustiada.

¿Dónde estaba todo eso?

No quería aceptarlo, pero tal vez para la advertencia de Luna ya era demasiado tarde. Porque poco a poco aquella indiferencia comenzaba a doler.

Unos golpes sonaron en la puerta.

Me incorporé lentamente.

—Pasa.

Lo vi asomarse y quedarse de pie bajo el umbral. Me miró fijamente, dejé el teléfono a un lado.

—Lo lamento —dijo sin parpadear. Parecía como si aquellas palabras le pesaran toneladas.

Intenté sonreír como si aquello no fuera importante, pero sabía que mi mueca de dolor me había traicionado.

—Está bien, tienes razón en todo lo que dijiste —acepté. Finalmente era cierto, la ilusa había sido yo—. No tienes que ir por compromiso. Honestamente, si fuera por mí, tampoco iría. No estoy dispuesta a soportar todo el fin de semana los ojos críticos de mi madre a la más mínima oportunidad —suspiré y me coloqué un mechón tras la oreja—. Pero es mi hermano, y mi mejor amiga. Quiero ir por ellos. Porque sé que es importante para ellos.

Asintió. Miró alrededor como si estuviera buscando alguna excusa. Reí amargamente, pero él no lo notó.

—Yo prometí ir contigo donde tu madre fuera —dijo con la voz áspera—. Pero tengo que solucionar el tema del bar o me volveré loco.

Asentí sonriendo.

—Entiendo —dije honestamente—. Solo hubiera sido más amable de tu parte si me hubieras avisado con más tiempo que no querías ir. Ahora tengo que organizar un viaje sola a Gales en menos de veinticuatro horas.

Movió la cabeza con incomodidad y se rascó los ojos bajo los lentes.

—No tienes que hacerlo, porque iré contigo —aceptó—. Te lo prometí. Lo que te dije hace un momento no es…

—No es necesario —le pedí—. Harry, no quiero que vayas a la boda conmigo por obligación.

—¡No es una obligación! —dio tres pasos y quedó al lado de la cama, se acuclilló a mi lado—. Lo dije sin pensar, estoy cansado, tengo demasiados problemas en la cabeza y tú…

—¿Yo qué? ¿Soy un problema también? —espeté sin pensar. Me mordí la lengua, los ojos de Harry me miraron sorprendidos. Apoyó los brazos en la cama y se acercó hasta que su nariz chocó con la mía.

—No —jadeó—. Tú no sales de mi cabeza. Estás día y noche en mi cabeza Ginny, y no sé qué mierda hacer con eso. No lo aguanto…

Suspiré sintiendo sus labios a un centímetro de los míos. No sabía qué pensar de aquello.

—¿Y eso es malo? —me aventuré. Sus pupilas temblaron y se movieron por encima de mis ojos, de uno a otro.
Sentí su respiración errática. Negó con la cabeza.

—No lo sé…—susurró.

Sentí que parte del muro de hielo se incrustaba en mi pecho. Yo era un problema para él. Acababa de confesar que me tenía en su cabeza todo el tiempo, pero ¿acaso no estaba seguro si eso era bueno o malo para su existencia?
¿Significaba aquello que sentía algo más por mí pero que no quería aceptarlo? ¿Acaso todos esos sentimientos eran una estupidez? ¿Algo que por ningún motivo era bueno sentir?

—Es tarde…—susurré sintiendo el frío expandirse por mi cuerpo—. Mañana tengo que levantarme temprano para organizar el viaje.

Intenté hacerme a un lado, pero él no se movió.

—Ginny —susurró, se acercó más y me vi forzada a retroceder—… deja de mirarme así.

Fruncí el ceño.

—¿Así cómo?

—Como si te hubiera decepcionado.

Retrocedí hasta toparme con el respaldo de la cama. Él ya se había subido y había dejado sus brazos a cada lado de mi cuerpo.

Tragué saliva.

—Simplemente estoy cansada —intenté controlar mi voz, pero fracasé olímpicamente. Su aliento estaba cada vez más cerca de mis labios, cerré los ojos—. Harry…

Me cogió por la cintura y me arrastró con fuerza hasta quedar bajo él. Sus ojos destilaban fuego bajo la luz de la lámpara de noche.

—Siempre creí que sería fácil obviar lo que pasaba entre nosotros, pero cada vez me es más difícil…—susurró.

Alcé la barbilla.

—Deja de batallar entonces…

Rió amargamente.

—No puedo.

—¿Por qué? ¿Por lo de Cho? —pregunté fríamente. Su nariz arrojó aire como los toros.

—Sabes que me es difícil confiar…

—¡Pero soy yo! —exclamé bajito. Sus labios se curvaron en una sonrisa dulce que acompañó un brillo especial en sus ojos.

—Y por eso no aguanto…—me apresó entre su cuerpo y el colchón—. No sé qué mierda me hiciste, pero si no te puedo sacar de mi cabeza tengo que buscar un método para calmar mis pensamientos… o no podré trabajar tranquilo.

Y me besó con fuerza. Una fuerza desmedida y frenética. En algún momento me mordió el labio causándome una punzada de dolor, pero no me quejé.
Él estaba batallando, ¿por qué batallaba? ¿No podía simplemente sentir? Jadeé bajo sus labios cuando sentí el rose de su cuerpo contra el mío, entonces sonó un celular a lo lejos.

—¡Hijo de puta! —exclamó colérico.

Se detuvo y nos miramos respirando agitados.

—Ve —le dije riendo divertida—. Debe ser importante.

Hubiera preferido que se negara a la llamada, pero sabía que no podría dejarla pasar. Respiró sobre mis labios mientras el aparato seguía sonando desde su habitación.

—Mañana veremos lo del viaje —susurró—. Te lo prometo —dijo con una sonrisa especial. Me besó con suavidad, acariciando mis labios y se levantó de un salto de la cama yendo a su habitación. Lo escuché contestar—: ¿Qué quieres Finnigan?... ¡Pero esa mierda te la entregué…!

Y cerró la puerta.

Me quedé de espalda sobre mi colchón. Sintiendo sus labios y su calor aún sin tenerlo ahí. Me descubrí sonriendo. No por la extraña conversación que habíamos tenido, sino, por el beso que me había dado antes de marcharse.

Un beso espontaneo, carente de sensualidad y sin embargo, de todos los que nos habíamos dado, era el que albergaba más promesas que ninguno.

La mañana siguiente me desperté más temprano de lo habitual. Comencé a armar el bolso que llevaría a Gales, incluyendo el vestido para la cena y el de la boda.
Escuché a Harry moverse por la sala de un lado a otro. Me mordí el labio. Si no veíamos ese día el tema del traslado y de la reserva del hotel nos tendríamos que hospedar en otro lugar, y no pensaba despreciar el cincuenta por ciento que Ron había conseguido para los invitados a la boda.

Salí a la sala y vi a Harry hablando nuevamente por celular. Yo cogí el mío en una mano y la invitación a la boda en la otra —que habían entregado apenas llegamos de París—, y me dispuse a esperar a que Harry terminara su perorata de insultos a Robert para poder organizar de inmediato el tema del viaje.
Me serví un café mientras esperaba.

—Escucha pedazo de idiota, me estoy matando a palos por reducir el presupuesto pero si sigues comprando esa mierda que nadie bebe y que cuesta una fortuna ¿de dónde mierda quieres que saque el dinero? —pausó—. ¡No me interesa! ¡Los días de mujeres gratis no funcionan si ellas no beben esa mierda de licor! ¿Quieres atraer clientas con dinero? ¡Compra espumante imbécil!

Fruncí el ceño. Nunca había visto a Harry negociar, solo trabajar como barman. Lo observé disimuladamente mientras se movía de un lado a otro. Cuando estiraba los brazos para expresarse los músculos de su espalda se tensaban. Tragué saliva.

—¿Hoy? ¡Hoy es el evento en el bar! —otra pausa—. ¿Cómo que quién puso el horario? ¡Tú lo hiciste! Estamos hace meses planeando el lanzamiento de la hamburguesa, ¡tengo todo organiza…! ¡NO! —gritó irritado— ¡Manda al pendejo de tu hijo a la puta reunión con esos babosos! ¡Yo tengo cubierto el evento desde hace meses!... ¡Me importa una mierda! ¡Llama a Neville si quieres, o a Draco! ¡No me interesa quién se junte con esos idiotas! ¡A mí no me mueves del bar!

Un par de gritos más y cuando se hubo acompasado apagó el aparato lanzándolo sobre el sofá. Se llevó la mano a la cabeza. Alcé una ceja mientras bebía un sorbo de café.

—¿Buenos días? —saludé. Se giró sobresaltado y rodó los ojos.

—Ojalá lo fueran —gruñó.

—¿Muchos problemas? ¿Quieres un café?

Asintió.

—Robert quiere que vaya a una reunión con los arquitectos esta tarde, pero a partir de las cinco comienza el evento por la hamburguesa de Whiskey. Johnnie Walker va a auspiciar. No puedo dejar a cargo a cualquier idiota —se sentó frente a mí mientras le servía el café—. No es que no confíe en Seamus, pero él es el cerebro y tiene la labia para los arquitectos, yo…

—Los mandarías a la mierda —reí dejando la taza de café frente a él.

Asintió riendo.

—Exactamente… —suspiró y bebió.

Lo miré un segundo. Sopesé las probabilidades de recibir una confesión amarga como la de la noche anterior. Pero… él lo había prometido.

—Harry, no quiero ser molesta, pero… —le mostré la invitación. Su ceño se frunció mientras dejaba la taza en la mesa—… Hay que ver lo del viaje, tenemos que irnos mañana.

Miró la invitación con todas las indicaciones. Cerró los ojos y se estiró hacia atrás pasándose las manos por la cara.

—No puedo ahora, Ginny…

—Pero…

—Ya sé que te dije que lo veríamos pero…

—Es mañana —jadeé.

—¿No puedes verlo tú? —preguntó hosco. Apreté los labios y apoyé las manos en la mesa.

—Sí, pero quiero saber qué quieres tú, esa es la idea de organizar un viaje juntos —puntualicé.

Su ceño se frunció aún más.

—Pero si el hotel es solo para dormir, haz tú la reservación y compra un pasaje de tren de esos económicos.

Me mordí una mejilla.

—¿Y la hora de salida? ¿Y la de llegada? ¿Has hecho tu equipaje siquiera? —sabía que había sonado impertinente, pero me estaba empezando a fastidiar—. ¿Y si mañana estás trabajando? ¿Y si tienes que contestar una llamada justo cuando estemos en la ceremonia? ¡Harry! Necesito que organices tu trabajo antes de irnos. No se trata solo de la boda, tienes que estar disponible.

Noté un halo de furia en su expresión y el muro creció aún más.

—¡Y una mierda! —gritó. Abrí los ojos con sorpresa—. No voy a organizar mi tiempo y cambiar mi horario de trabajo por ti, Ginny. Te estoy pidiendo que hagas tú toda la organización, confío en ti. De mis cosas me ocupo yo. Y si tengo que trabajar estando allá, lo haré igual. Porque esta boda no me incumbe. Ya te lo dije. Iré contigo porque te lo prometí, pero si tengo que trabajar, lo voy a hacer de todos modos. Porque se lo debo a Robert ¿está claro?

Asentí y respiré profundamente.

—Bien —dije levantándome de la silla—. Pediré un taxi para las diez de mañana que nos llevará a la estación de tren. Espero que hayas solucionado tu trabajo para entonces.

Fui a buscar el laptop a mi habitación y me instalé en el sofá de la sala sintiéndome una completa idiota. Justo en ese instante volvió a sonar su celular. Lo cogió del sofá sin mirarme y lo escuché discutir otra vez mientras se dirigía a su cuarto.

Reservé un taxi a través de una página web e hice las reservaciones en el hotel. Por suerte aún quedaban habitaciones. Mi corazón dio un salto cuando descubrí que apenas quedaban tres disponibles y dos eran suites matrimoniales. Elegí la única que quedaba con dos camas… separadas por un muro. Tal vez era mejor así.

Estaba viendo los pasajes de tren cuando Harry apareció en el umbral vestido con su chaqueta y un maletín que no combinaba para nada con él.

—Ginny —llamó. No lo miré, simplemente contesté con un "uhmm". Lo sentí acercarse. Se sentó a mí lado—. Disculpa, no pretendía decir esas cosas...

Lo miré de soslayo.

—Explotas con facilidad ¿eh? —espeté. Algo que había descubierto de él las últimas horas.

—Lo siento…—suspiró—. Estoy muy, muy, muy estresado —se quejó agobiado—. Quiero golpear a Robert y me desquité con la única persona que no se lo merecía.

Intenté sonreír, pero no sentía realmente las ganas de hacerlo.

—Reservé una habitación doble con una pared, así que cada uno tendrá su propio cuarto… no quedaban más —mentí. Asintió—. El taxi estará a las diez y el tren… estoy en eso.

Tenía la página con los trenes abiertos pero en realidad no miraba ninguno. Sentí el brazo de Harry pasar por mis hombros apoyándose en el respaldo del sofá.

—¿Qué tal ese? —dijo con suavidad indicando uno que partía al medio día.

—Se ve bien…—dije mecánicamente.

Nos quedamos en silencio mientras hacía la compra de los pasajes. El celular de Harry volvió a sonar.

—Diablos…—masculló enojado.

—Ve, te deben estar esperando —dije mirándolo. Volví a sonreír, pero sabía que mi mueca no era muy convincente.

Para mi sorpresa, cortó la llamada.

—Al menos tengo un minuto para despedirme —dijo. Y me besó. Un beso superficial, pero sin dudas, cálido. Se quedó un segundo con sus labios sobre los míos y cuando se separó una mueca extraña cruzó por su semblante—. Volveré tarde.

—Lo sé…

Se levantó y se fue hacia la puerta. Sonrió con la boca apretada y salió.
Sentía una presión en mi pecho y no sabía cómo describirla. Me llevé la mano al corazón y acaricié esa zona. El frío no se iba. A pesar de todo, de su ternura y de su gesto, el frio no se iba. Y era totalmente angustiante.

Esperaba que en el transcurso del día el frío desapareciera, pero solo había logrado ocasionarme una molesta sensación en el estomago. No tenía apetito, ni siquiera tenía ganas de dibujar o de diseñar algo.
Sabía que me estaba comportando como una tonta. Como aquellas mujeres arrastradas que se dejaban engañar por hombres como Harry.
Pero sabía que había algo más sucediendo entre nosotros. Y no era idiota. Harry estaba haciendo lo posible por no caer ante esos sentimientos, él no quería aceptar lo que estaba sucediendo y eso solo me irritaba más.

¿Por qué no quería dar un paso adelante? Nadie decía "Te quiero" sin realmente sentirlo. Aunque mi consciencia me recordaba a cada instante que Harry tal vez sí podía ser de aquellos.
Agitaba la cabeza cada vez que esa idea pasaba por mi mente intentando convencerme de que él no era de esos. Inmaduro sí, era su mayor defecto, pero nunca sería tan desgraciado como para jugar con mis emociones después de haberle confesado lo que sentía.

Estaba totalmente desanimada y desconcentrada. No tenía ánimos de absolutamente nada y esperar hasta que él regresara no era una opción.

Los dedos me picaron y llamé a Luna. Como siempre, era la única capaz de hacerme olvidar mis problemas por un rato.

Pedimos sushi y nos pusimos a ver un capítulo de Breaking Bad. Luna no podía vivir sin ver un solo capítulo diario, y yo siempre quedaba al margen de la historia cuando la acompañaba.

Mi cabeza divagó en otras cosas y realmente no puse atención en lo que estábamos viendo, ni siquiera cuando Luna lanzó un grito emocionado al terminar el capítulo.

—¿Entonces? —preguntó cruzando las piernas sobre el sofá. Apoyó el codo en el respaldo y sostuvo su cabeza rubia con la mano—. Tierra llamando a Júpiter.

Solté una risa y apoyé la cabeza en el respaldo, hundiéndome.

—¿Entonces?... —repetí—. Nada… no se me ocurre qué más podemos hacer —miré el techo, aburrida—. ¿Cómo vas con eso de la feria?

Se sopló el flequillo.

—Meh… —levantó un hombro—. No va a ser tan emocionante como el año pasado. Muchos auspiciadores se bajaron y tendremos una charla en lugar de tres —me miró de reojo y sonrió—. No creo que te interese ir esta vez ¿o sí?

Reí y solté aire por la nariz.

—Gracias por considerarme, pero… no lo creo —fruncí la nariz y Luna me empujó por el hombro.

Nos reímos y quedamos en silencio. El atardecer había caído sobre nosotras, mi maleta aguardaba a un costado del sofá y el estuche con el vestido colgaba de un estante de la cocina.

Miré las cosas y respiré profundamente. Recién eran las ocho, Harry llegaría entrada la madrugada y no tenía cómo asegurarme si el idiota estaría suficientemente lúcido para salir temprano por la mañana.

—¿Por qué te atormentas tanto? —preguntó Luna, la miré—. Harry se exaltó, es obvio. El idiota está peleando con sí mismo. Cada vez que comienza a sentir algo hace cualquier cosa para quitarse la sensación de encima.

Fruncí el ceño.

—Es un inmaduro —espeté.

Luna rió.

—Es hombre, ¿qué esperabas?

Sonreí a medias.

—Pero aún así el tuyo te pidió matrimonio.

Lo solté sin pensar y de inmediato me llevé una mano a la boca. A Luna se le desencajó la mandíbula, aunque un brillo travieso cruzó por sus ojos.

—Pero si Neville es un cavernícola —dijo sacudiendo su cabello—. ¿Recuerdas lo que me costó que diera el primer paso? Yo andaba loca por él y el idiota no me prestaba la más mínima atención. Tuve que robarle un beso en plena calle y arriesgarme a su rechazo o a su respuesta. Y ya ves lo que sucedió.

Riesgo.

¿Me había arriesgado lo suficiente por Harry?

Lo nuestro siempre eran indirectas, miradas, guiños, roces, besos y sexo que terminaba en un amanecer donde nos mirábamos en silencio sin saber qué decir.

El único riesgo que había corrido había sido confesarle que lo quería. Y él me había respondido.

Repentinamente como si todo hubiese encajado me puse de pie y miré a Luna. Ésta parpadeó confundida.

—Vamos al bar —le dije.

—¿Lo dices en serio?

Moví los brazos entusiasmada

—Lo que dijiste me abrió los ojos —dije pasándome las manos por el cuello—. Yo… quiero ver a Harry, quiero decirle todo.

—¿Todo?

—¡Todo! —exclamé. Y corrí hacia mi habitación. Luna me siguió.

—¿Estás segura? ¿Qué sucedió con eso de esperar a ver si sus sentimientos cambian? ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

Me metí al armario y busqué una falda larga hasta el suelo y un crop que dejaba el ombligo expuesto.

—El riesgo. No quiero más incertidumbre, quiero saber qué está sucediendo entre nosotros. Le diré lo que siento. Hoy se acaba esto Luna —puntualicé desvistiéndome—. Para bien o para mal, esta noche sabré si tengo un futuro con él.

Luna emitió un grito y se metió al armario conmigo para buscar algo que ponerse.

—¿Cómo es que nunca fuimos al bar en días de lanzamiento? ¡Neville siempre va cuando está Harry! ¡Somos unas idiotas! —exclamó mientras se cambiaba unos pantalones. Reí mientras me acomodaba la falda—. ¡Y hoy las mujeres entramos gratis!

Reí mientras terminaba de cambiarme. Me maquillé un poco y me peiné hacia el costado. Cuando estuve lista di una vuelta frente a Luna.

—¿Y?

—Linda como siempre, querida —frunció el ceño—. ¿Cómo mierda haces para tener la cintura tan finita? Ni con un millón de abdominales yo quedo así.

Me encogí de hombros.

—No cuento calorías, eso hago —bromeé.

Nos encaminamos hacia la salida mientras escuchaba a Luna tras de mí golpeando el suelo con unos tacones que jamás había usado.

—Y sexo frecuente, ¿no?

Cerré la puerta tras de nosotras mientras nos reíamos.
Estaba eufórica. Necesitaba ver a Harry, quería darle la sorpresa. No más silencios ni emociones contenidas.
Esa noche, él sabría todo lo que sentía por él.

El bar tenía una enorme fila de personas que nunca había visto. Debía ser, como bien comentaba Luna, porque jamás habíamos ido en días de lanzamiento.
Unas luces espectaculares brillaban hacia el cielo moviéndose de un lado a otro. Cambiaban de colores y hacían figuras en las paredes de los edificios más altos.
En la entrada había un grupo de modelos masculinos y femeninos vestidos con atuendos rojos de charol representando a Johnnie Walker. Las mujeres tenían unas falditas cortas y botas largas, mientras que los hombres llevaban el pecho al descubierto vestidos a duras penas con unos suspensores rojos que sostenían la pretina de los pantalones.

Luna ronroneó cuando miró a uno de los sujetos. Pero yo estaba pendiente de la cantidad de gente delante de nosotras. Miré hacia los costados y tuve suerte. Seamus acababa de salir junto con Dean.
Después del ataque busqué todas las formas para compensar a Dean por lo que había hecho por mí, así que estuve prácticamente toda una semana invitándolo a almorzar, aunque él pagó en varias oportunidades.
Las cosas habían cambiado entre nosotros notoriamente, Dean se había transformado en un verdadero amigo y Harry lo había agregado a su lista de personas de confianza a los que llamar en caso de emergencia.

Agarré a Luna por la muñeca y corrimos hacia ellos.

—¡Dean, Seamus! —los llamé.

Ambos se giraron, Dean sonrió ampliamente cuando lo abracé, pero Seamus parecía como si hubiese visto un fantasma.

—Ginny, qué… ¿qué haces aquí?

Sonreí.

—Quisimos venir al lanzamiento —miré la decoración que rodeaba el bar y quedé impresionada con la producción—. Harry se esmeró muchísimo.

—Eso mismo le comenté a Seam —rió Dean—. ¿Van a entrar?

—Solo si nos hacen pasar como clientas exclusivas, porque ni locas hacemos esa fila kilométrica —dijo Luna señalando a toda la gente.

Seamus estaba pálido.

—No creo que…

—¡Claro que sí! ¡Vengan conmigo! Las pasaré por invitadas VIP.

Seguimos a Dean hasta la entrada, le dijo algo al guardia y éste nos miró. Asintió y quitó el seguro de una cadena para dejarnos pasar. Seamus se cruzó en nuestro camino con rapidez.

—¿No prefieren ir a la barra? —dijo estirando los brazos—. Tenemos un nuevo espumante, las mujeres lo aman.

—Nah, prefiero una cerveza —dijo Luna mirando alrededor y elevó la voz para hacerse oír—. ¿Dónde está Neville?

—¿Neville Longbottom? —preguntó Dean. Estaba demasiado animado. Una modelo pasó por su lado con una bandeja y le arrebató un vaso de whiskey—. Lo vi en el salón de billar.

—Genial —Dijo Luna. Me miró e hizo un gesto cruzando los dedos delante de su cara—. Voy a buscar a mi novio —me dio un sonoro beso en la mejilla— ¡Suerte!

Desapareció entre la gente con rapidez. Miré a Dean y me puse de puntillas, él notó el movimiento y bajó la cabeza.

—¿Has visto a Harry? —grité. Asintió.

—¡Lo vi en las mesas de al fondo! —exclamó.

—¡Genial! —di dos pasos y sentí la mano de Seamus agarrar mi muñeca.

—¡Harry está trabajando! —dijo, su mano estaba fría—. ¿No quieres que vaya por ti? ¡Le avisaré que estás aquí!

Me solté del agarre y sonreí.

—¡Quiero darle una sorpresa! —grité y me alejé de él con rapidez.

Sabía que me había comenzado a seguir, pero no entendía por qué. Tal vez le preocupaba que interrumpiera a Harry en medio del evento, y es que todo parecía funcionar perfectamente. La música, las pistas, la comida.

Harry era realmente bueno en lo que hacía.

Cuando llegué a las mesas del fondo, un sector que se usaba para jugar Poker, escuché a Seamus gritar mi nombre, o al menos eso creí. Di un par de pasos más, haciéndome espacio entre la multitud. Entonces… lo vi.

El tiempo se puso más lento, la música se apagó, la gente dejó de existir. Y dentro de mí… una punzada similar a la de un cuchillo hirviendo atravesó mi pecho hasta alcanzar mi garganta.
Pero no grité. Me quedé de pie, sin poder reaccionar.

Las mesas estaban situadas en un sector oscuro, y Harry estaba ahí, sí. Pero no estaba solo. Estaba besando desesperadamente a una chica de cabello rubio que llevaba unos pantalones oscuros. La tenía pegada a la pared, las piernas de ellas rodeaban su cintura y él movía las manos que se ocultaban bajo la tela de la blusa desabotonada. Su boca recorría el cuello de ella casi con hambre desmedida.

—Ginny…—escuché a Seamus. Su mano tocó mi hombro, pero lo aparté bruscamente. Algo quería salir por mi boca, tenía nauseas, el estómago se me había revuelto.

De repente respiré. Había aguantado el aire sin darme cuenta. Comencé a retroceder y fue cuando sus ojos se elevaron por un momento.
Se separó de la chica bruscamente, la miró como si no la conociera y la soltó como si fuera un trapo sucio dejándola caer sin cuidado al suelo. Se miró las manos como si súbitamente hubiese descubierto lo que acababa de hacer.
Nos vimos un segundo, congelando el tiempo. Nada más. Y luego, corrí.

Me di vuelta y salí de ahí, peleando contra un montón de cuerpos sudados y con modelos que arrojaban los vasos al suelo por culpa de mis empujones.
Vi las luces del exterior y sentí el aire que ingresaba por la puerta.

Idiota, estúpida, ingenua.

Corrí hacia la salida sin poner atención al grito de Dean, cuando me agarraron por el brazo. Me volteé rápidamente.
Sus ojos verdes temblaban. Su rostro reflejaba el más puro terror.

—Ginny…—solo dijo.

Estúpida.

Mis dedos se crisparon. Sin mediar la impotencia y bajo el control de la adrenalina elevé la mano y golpeé su mejilla con fuerza.

—Suéltame…—solo pude decir.

Me zafé y corrí al primer taxi que vi, me subí quitándoles el lugar a unas chicas que iban a meterse al mismo vehículo. Le grité al chofer y lo apremié a acelerar justo cuando Harry gritaba mi nombre y golpeaba la ventana como si quisiera detener el vehículo.
Me alejé de ahí sin mirar por la ventana. Los golpes siguieron varios metros hasta que el taxista cobró velocidad. Dejándolo atrás.

Solo entonces las lágrimas comenzaron a caer. Nunca había sentido tal dolor. Ni cuando Michael me había atacado, ni con el odio de mi madre.

Ni si quiera la historia de Saoirse me dolía tanto como haber descubierto que todo lo que había vivido con Harry no era más que una mentira.

Él no podría quererme jamás. Yo lo sabía. Era un ser libre que no quería compromisos. Quise intentarlo, pero me había dado un buen golpe contra la realidad tal y como siempre me habían advertido.

Esa anoche tomé una decisión. Me iría a Italia. Los planes de acompañar a Harry a Hong Kong se desvanecieron como el agua. Iría a la boda de mi hermano y arreglaría todo a la vuelta para marcharme lo antes posible. Para empezar de cero, lejos de mi familia, de mis amigos… de él.

Emití un quejido. Sería la última vez que lloraría por alguien de esa forma. Dejé que el dolor saliera en hipidos secos y en gritos contenidos. Mierda qué dolía… tanto. Tanto. Ni el engaño de Michael había sido tan doloroso como aquello.

Me había enamorado como una idiota de mi mejor amigo. Un amigo que no tenía planes para el futuro más que para sí mismo.

Me sequé las mejillas con fuerza. Necesitaba alejarme de él, y él también debía marcharse.

No quería perder su amistad, pero después de lo ocurrido era obvio que, pasara lo que pasara, nada volvería a ser lo mismo.

¿Cuántas veces hice el papel de idiota? ¿Cuántas veces se tiró a una chica en el bar cuando decía que llegaría tarde? ¿Y sus amigos lo sabían? ¡Seamus trató de evitar que lo encontrara!
Nunca fuimos exclusivos. Yo nunca fui exclusiva. Había sido otra más para él.
Lo había perdido… ahora solo quedaba juntar lo poco que quedaba de mí, pedazos de mis sentimientos esparcidos por la ciudad…pisoteados y humillados.
Solo una cosa podía hacer para reestructurar mi vida de a poco y era enfrentar la realidad y salir adelante como siempre lo hacía, incluso podía intentar rescatar lo que quedaba de nuestra amistad, pero eso implicaba no volver a verlo de nuevo.

Me llevé la mano a la boca y opaqué un gemido doloroso. Esa noche sería larga.


NOTAS

¡No me odien, no me odien!
Del romance pasamos al drama. Pero ya les había dicho que la historia se complicaría.
Y sí, pueden decirle lo que quieran a Harry. ¿Por qué ese comportamiento?

Bueno, en el siguiente viene su POV y sabrán lo que pasó por su cabeza desde la confesión en Paris.
Harry es un personaje complicado y necesita que pasen ciertas cosas para que se dé cuenta que lo que siente es intenso e importante.

¿Pero hasta que punto tendrán que llegar las cosas para que eso suceda?

Gracias como siempre por ser tan adorables y por el apoyo que me dan con esta historia.
Pronto tendrán novedades sobre este fic en otro aspecto, atentos a las redes sociales.
Agradezco infinitamente sus reviews, sus favoritos y los comentarios que me dejan en facebook.
¡Recuerden compartir esta historia si les gusta!
¡Quedan 6 capítulos para el final! ¡Ya estoy ansiosa!

¡Nos leemos!

Kate.-