- Cla-claro – articulé, apañándomelas para hacerme entender a pesar del nudo de mi garganta.

Ella me hizo un gesto de agradecimiento, e iba a sentarse en el sillón cuando el timbre de la puerta nos sobresaltó. La miré fijamente, viendo como ella me devolvía la mirada, confusa.

- ¿Esperas algo? – preguntó.

- No. ¿Tú?

Beckett negó con la cabeza, encogiendo los hombros ligeramente. Miré el reloj que adornaba una de las paredes de la cocina, y vi que aún eran las 9.30. No era tarde para alguna entrega a domicilio, pero la cuestión era, ¿qué venían a traer si ninguno había pedido nada? Con cautela, me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Las imágenes de cientos de películas y libros en los que la persona que miraba se encontraba con el cañón de una pistola apuntándole y le volaban los sesos, se reprodujeron con bastante nitidez en mi cabeza, inquietándome.

Quien estuviera al otro lado de la puerta se impacientó y volvió a timbrar, pero yo no me moví. Seguía montándome una película a base de otras, aterrorizándome a mí mismo. ¿¡Dónde se había visto eso antes?! Beckett resopló, molesta.

- No te van a comer, ¿eh? – dijo, empujándome con un hombro para sacarme de en medio.

Me apoyé contra la pared y la vi fruncir el ceño mientras miraba por la mirilla para ver quién era. Dato importante: nadie disparó, lógicamente. Me regañé a mí mismo mentalmente, llamándome estúpido y otro tipo de insultos, mi estupenda imaginación, tan útil para algunas cosas, me había jugado una mala pasada esta vez…

La detective abrió la puerta, saludando cordialmente al que esperaba al otro lado. Yo no podía ver nada ya que estaba encajado entre la pared y la puerta, y si miraba por la mirilla, lo único que podía ver era a Beckett distorsionada. Aunque era una imagen bastante interesante, prefería saber quién estaba haciéndola sonreír.

- Perdona, estaba atendiendo la comida – mintió la detective, excusándose por la tardanza. Noté que podía contarte una mentira con bastante desenvoltura y lograr que no dudaras de su palabra.

- Más vale tarde que nunca, ¿no? – dijo una voz masculina al otro lado. Sacudí la cabeza, molesto. ¿Por qué todos los repartidores tenían que ser hombres? Iba a presentar una reclamación…

- Exactamente. ¿En qué puedo ayudarte?

- Traigo un paquete para… - supuse que estaba leyendo algo porque tardo un rato en contestar – Katherine Houghton Beckett.

Se me escapó una risita y recibí como compensación un golpe con la puerta por parte de Beckett. Contuve un gemido de dolor, y me froté la frente, dolorido. Aunque seguía haciéndome gracia el segundo nombre de la detective.

- Soy yo – dijo ella, haciendo lo que podría denominarse porno con un movimiento de su pelo. Carraspeé, buscando centrarme y dejar de mirarla.

- Vale… Una firmita aquí y aquí y todo listo.

- Peeeeerfecto – contestó Beckett, alargando la palabra mientras firmaba el recibo. Vi cómo se mordía el labio inferior, concentrada en no perforar el papel o firmar mal por culpa de las irregularidades del paquete que estaba usando de apoyo.

- ¿Me…? ¿Puedo? – preguntó el repartidor, entrando en mi campo de visión, o más bien el de la mirilla, cuando se giró para ofrecerle la espalda a Kate de forma que le fuera más fácil firmar. Ella sonrió, agradecida, y se apoyó en él.

Le examiné con ojo crítico, fijándome bien en él. Debo decir que el ojo de pez de la mirilla no le favorecía nada, pero aun así, pude apreciar que el chaval era bastante atractivo. Era alto, moreno, con pelo castaño clarito corto, ojos verdes y sonrisa deslumbrante. Me crucé de brazos, enfurruñado, queriendo golpear la puerta para que le diera al repartidor y le borrara aquella sonrisita de superioridad de la cara.

- Muchas gracias – dijo él, cogiendo el recibo y volviendo a desaparecer de mi vista.

- A ti – contestó Beckett, sonriendo. ¿Estaba ligando? ¡Estaba ligando! ¡Conmigo delante! "Será…" pensé, molesto.

- Nada, siempre un placer.

Me harté de estar ahí de sujeta velas, porque era eso lo que estaba haciendo, la verdad. Empujé ligeramente la puerta, lo suficiente como para permitirme escurrirme por el hueco que dejó libre, y me apoyé en ella, mi pecho casi tocando la espalda de Beckett. Sonreí, con falsedad, ignorando la cara de sorpresa y molestia de la detective.

- Hasta luego – le despedí, borrando la sonrisa de mi cara en cuanto Kate dejó de mirarme.

- Adiós – contestó el chaval, algo descolocado por mi repentina aparición.

Le vi subirse a una furgoneta blanca con las letras negras estampadas en un lateral, para que se leyera claramente "FedEx".

- Espero que no use eso para recoger a sus citas… - comenté despectivamente.

Beckett se giró hacia mí, cabreada, con los brazos en jarras.

- ¿Y a ti que más te da?

- Oh, nada, nada. Solo que tú parecías la siguiente.

- Sigue siendo mi problema, no el tuyo.

- Eres mi compañera, todo lo que te afecta me afecta a mí.

- ¡Arg! – gruñó, exasperada con la lógica de mi argumento.

Me empujó al pasar, dejándome claro que estaba enfadada conmigo, pero en esos momentos me sentía satisfecho. La seguí, con curiosidad por saber qué era lo que llevaba la caja que le habían traído. Ella se sentó en el sillón, tirando el envoltorio de FedEx al suelo. Me asomé sobre su hombro, apoyándome en el respaldo, y cotilleé un poco. Pude ver una caja marrón, más grande que una de zapatos, más parecida a las de los…

- ¿Eso son archivos policiales? – pregunté, la curiosidad desvaneciéndose para dar paso a la preocupación y el miedo.

La tapa quedó sobre la mesa, el escudo del NYPD bien claro, pintado en negro contra el marrón de la caja, la luz de la lámpara cayendo sobre ella. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

- Sí, les pedí algunas cosas a mis compañeros. – Contestó Beckett – No lo esperaba tan pronto, pero debieron de mandarlo por urgente.

- Ah – fue lo único que logré articular en esos momentos.

¿Tendría ahí el caso de Alexis? ¿Iba a investigar su muerte? ¿Se enteraría de que había sido mi culpa? ¿Dejaría de trabajar conmigo después? ¿Me culparía ella también de lo que pasó?

- Castle – me llamó Beckett, chasqueando los dedos frente a mi perdida mirada.

- ¿Sí? – contesté a duras penas.

- ¿Estás bien?

"Por supuesto" pensé en decir, mintiendo y guardándomelo todo como siempre hacía. Pero entonces aquello no funcionaría, no con tantos secretos por ambas partes.

- No.

- Val… ¿Qué? – se interrumpió la detective, pensando que le iba a decir que iba todo bien. Me miró, la preocupación luchando con la distancia que ella había impuesto.

- No estoy bien. Estoy preocupado.

- ¿De qué?

- La pregunta correcta sería porqué, y la respuesta correcta es que tengo miedo de que hayas pedido el caso de Alexis.

Beckett se quedó mirándome fijamente, muda. Rehuí su mirada, temeroso de su reacción. ¿Y si no lo había pedido y ahora se sentía molesta por mi falta de confianza? Pero ella bajó la cabeza, e inspiró aire varias veces, buscando las palabras. Sentí que algo dentro de mí se desmoronaba, y me apoyé más en el sillón para no caerme. Lo había hecho. Había pedido el expediente…

- Mira, Castle… - empezó a decir ella.

- No, no hacen falta explicaciones – la corté con un gesto de la mano.

Me di la vuelta, no sabía a donde quería ir, solo quería irme. Necesitaba aire y espacio. No quería estar allí cuando ella comenzara a leer aquel reporte policial que yo ya me sabía de memoria. No quería ver su mirada acusadora. No quería…

Pero me agarró del brazo, parándome.

- ¡Castle! ¡Escúchame!

Me quedé quieto, aun sin volverme, simplemente esperando a que hablara.

- No pensaba leerlo hasta que tú no me dejaras. De hecho, te lo iba a dar a ti, para que lo guardaras y cuando te sintieras preparado, me lo contaras todo. Soy policía, ¿recuerdas? Me sé todos los trapicheos y los trapos sucios de mis compañeros, no me fío de los expedientes hasta que no tengo las versiones de las víctimas. Oídas por mí.

Tragué saliva, recuperando la capacidad del habla, del pensamiento, del remordimiento… Despacio, me giré para encontrarme con ella, parada tras de mí con la indecisión marcada en su rostro.

Sonreí de lado, aunque no sé si quedó como una mueca al final.

- Lo siento… No quería dudar de ti.

- No pasa nada, lo entiendo.

Beckett se dio la vuelta y fue a la mesa. Se recogió el pelo tras una oreja para poder ver mientras pasaba carpetas hasta que encontró la que buscaba. Sin abrirla, ni tan siquiera mirarla, volvió a donde yo seguía parado y me la ofreció. Mi mirada, reticente, se paseó por la cubierta marrón con el escudo en negro del NYPD, como la caja. Bajo el escudo había unas líneas negras, y en ellas escritas, con letra curvada y apretada, se podía leer claramente "Alexis Castle".

Mi corazón dio un brinco en mi pecho, y fue como si volviera a encontrarme tirado en el suelo de madera de mi casa, abrazando el cuerpo inerte y demasiado pequeño para estar muerto de mi hija. Noté las lágrimas picándome en los ojos y los cerré con fuerza, luchando contra los recuerdos.

- Gracias – susurré con un hilo de voz.

- Lo siento, Castle. No pensé en cómo te afectaría – se disculpó ella, el muro que había establecido entre ambos derrumbado por un momento. Beckett bajó la cabeza, recogiéndose otra vez el pelo tras la oreja. Sentí unas ganas inmensas de abrazarla y de dejarle claro que todo estaba bien, pero sabía que no sería lo correcto. Ella quería su espacio y yo el mío. Debíamos respetarlos.

- No pasa nada. Estoy bien.

Y, en cierto modo, era verdad.