La ira del artista.


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Menos de cinco minutos pasan desde que Sasori abandona su puesto de trabajo para dirigirse a la morgue del hospital. De repente, un estruendo se hace eco a través de todos los pasillos de la instalación. Seguido al violento sonido, toda la segunda planta tiembla.

El temblor lo hace sujetarse a la baranda de las escaleras que descienden al primer piso. ¿Qué diantres pasó para que su compañera amenazara con echar abajo el hospital con su fuerza sobrehumana?

Por fortuna para el resto del personal, que debe de encontrarse desorientado y paralizado por el pánico, el caos no dura más de un instante.

"¿Qué demonios sucedió?"

Sin pensárselo dos veces, el marionetista retorna sobre sus propios pasos y asciende una vez más por los escalones. Ahora con un nuevo objetivo en mente, deja que su prisa lo conduzca al laboratorio que dejó a cago de Sakura.

Al avanzar a través de un delgado pasillo cada vez más lleno de sonidos de pisadas extra, hace todo el esfuerzo de no presuponer nada de antemano. Por más mal que la situación le huela en este momento, ser pesimista es un lujo que no se quiere dar.

Pero nada puede prepararlo para la imagen con la que sus ojos se topan ni bien pone un pie de regreso en su área de trabajo.

La mezcla que había dejado sobre la llama está ahora derramada en el suelo, emanando un vapor que se densifica al hacer contacto con el frío aire circundante. Otros objetos alrededor de ésta, como recipientes e incluso mesas aledañas, también ocupan un lugar en el piso ya sea derramados, de cabeza, o simplemente desordenados. Por otro lado, el evidente responsable del estruendo se encuentra al fondo del recinto, ensangrentado, sin vida y clavado a la fracturada pared.

El sitio es un desorden… más que un sitio de investigación, le recuerda a la cueva en la que había perdido su primer batalla contra Sakura…

"Sakura…"

Sus ojos contemplan finalmente a la kunoichi. Ella está desplomada en el suelo, no muy lejos del cadáver, tosiendo y vomitando casi hasta sus propias entrañas.

De un momento para el otro, la realidad parece fluir a cámara lenta para el marionetista. Tanto es así, que cuando su cuerpo finalmente consigue recuperarse un poco del shock, aunque sea para intentar ir en ayuda de su compañera, es sobrepasado por una avalancha de humanos que aparece por detrás de él. Inmediatamente después, la impactante visión de Sakura queda tapada por las espaldas de todos los doctores y enfermeros que se suman a la escena.

Los profesionales la mueven de posición para evitar que se ahogase con su propio vómito. Luego la palpan, la revisan, y finalmente eligen a uno de ellos para que vaya a buscar una camilla en donde poder trasladarla a la sala de emergencias.

El elegido para el encargo se levanta y abandona el laboratorio con prisa, pasando nuevamente al lado de Sasori. Él sólo permanece de pie en medio de la puerta, ajeno, estático y con la mirada perdida en cualquier sitio.

No es hasta que uno de los presentes se dirige a él, que siente a un golpe inmisericorde de realidad devolverlo una vez más al mundo... Unas palabras que le hacen recordar cómo se siente el miedo:

—Atacaron a la doctora. Está exhibiendo síntomas del vene-

Antes de que el hombre termine la oración, el renegado toma cartas en el asunto. Aparta al médico en frente suyo, y se acerca a los otros tres que están levantando a Sakura del suelo.

—Sigan las instrucciones escritas por ella. Manténganla con vida hasta que yo encuentre una cura—pronuncia en un tono que no consigue esconder por completo su actual alteración mental.

Todos asienten a sus instrucciones sin decir palabra. Mientras tanto, se procede a sacar a Sakura de la escena del crimen, recostándola sobre la camilla recién traída desde fuera del laboratorio.

—Alguien debió haber visto algo. ¿¡Qué demonios pasó aquí!?—les grita a los que se quedan allí adentro, perdiendo la compostura como no lo hizo en mucho tiempo.

Sasori se abre paso a través del desorden de vidrios, manchas, charcos y mesas caídas, y escudriña de cerca cómo el cadáver del espía es movido y empaquetado dentro de su respectiva funda mortuoria negra. Ve además la gran grieta dejada en la pared, y el resultado que el intento de combate dejó.

— ¡Vuelvan el cadáver a su lugar! ¡Exactamente a como estaba!—vuelve a demandar, con una actitud incluso más déspota que antes.

El personal, impactado por el súbito cambio en el impasible hombre que todo este tiempo estuvo ayudando a desarrollar una cura, le obedece casi sin rechistar. Sin embargo, Sasori sólo procede a ignorarlos a todos de nuevo, enfocándose en tratar de reconstruir la escena que ocurrió hace unos minutos.

— ¿Dónde fue inyectada? —pregunta con el ceño fruncido, analizando con atención cada detalle del cuerpo bañado en sangre.

— ¿Q-qué? —musita uno de los médicos, sin tener idea de la magnitud real de la situación.

— ¡Sak…! ¡La doctora! ¡Sólo háganse a un lado! —bufa con la mayor impaciencia que jamás experimentó en situación alguna.

Con un movimiento de su brazo, el ex Akatsuki les indica que retrocedan. De este modo, puede conseguir acceso a un mejor ángulo de la escena, uno que recrea la dirección en la que Sakura debió de estar en el momento que mandó al espía a estrellarse contra la pared.

—Esta es una escena del crimen…—señala arrugando la nariz—. No toquen nada en ella.

Se había equivocado. Creyó que había un solo espía en el hospital. Pero Sakura destruyó el brazo hábil de su atacante, así que no hay manera de que haya sido envenenada por la mano de esa sucia rata. Lo único que tiene sentido para explicar este desastre, es la teoría de que siempre existió un segundo espía… Uno que él no consideró.

"Un segundo espía… En este maldito pueblo había un segundo espía." Piensa observando al vacío frente a sí.

Ahora se echa la culpa por haber convencido a Sakura de que se estaban enfrentando a un único oponente.

"Pero toda esa mierda ya no importa. Ya no hay tiempo para pensamientos tan inútiles."

Incluso en una situación límite como esta, no todo está perdido. El marionetista todavía tiene dos sospechosos más: los otros dos hombres que llegaron al hospital desde afuera del pueblo.

Uno trabaja en el turno nocturno, y el otro...

El otro está a punto de recibir un interrogatorio muy agitado.

Habiendo dejado atrás la escena del crimen, vuelve a descender a la primera planta. Abriéndose paso a través del tumulto de los pasillos, planea dirigirse a donde sabe que este segundo sospechoso trabaja.

Una vez que lo único que lo separa del pescuezo de su objetivo es una simple puerta, aparta el objeto de su camino con una patada nada discreta.

El empleado en el interior del cubículo se aparta de su escritorio, y de las vacunas que estaba testeando. Luego, retrocede por inercia al presenciar el aura cuasi asesina del inesperado intruso dentro de la habitación.

El ninja renegado avanza implacable, y sin intimidarse en lo más mínimo ante el hombre ataviado de anbo y barbijo, que por poco y le saca dos cabezas de altura. Sin previo aviso, lo empuja contra la pared a sus espaldas, y pone su mano sobre su cuello.

—Si no puedes explicarme dónde estabas hace cinco minutos, y de una manera mínimamente convincente… Cosas muy malas van a pasarte—amenaza Sasori teniendo que forzarse a controlar cada hilo de chakra fluyendo dentro de su mano, para no presionar de más la garganta de su cautivo.

Un colega del sospechoso se asoma a mirar a través del umbral del área de su compañero, tras haber escuchado el estruendo de la puerta al abrirse.

—¿Qué está pasando aquí?—pregunta el tercero en escena, parpadeando perplejo.

— ¡DILE QUE ESTABA AQUÍ CONTIGO!—pide el hombre con pánico, y sin poder zafarse del agarre del pelirrojo.

— ¡S-SÍ! ¡E-estaba conmigo! —tartamudea el recién llegado.

Sasori se separa de su sospechoso con un movimiento seco, y se explica sin preámbulos, ni disculpa alguna por su arrebato violento:

—Alguien dentro del hospital atacó a la doctora Haruno. Y si averiguo quién fue… Voy a extraer la cura de su maldita médula si es necesario—demanda con una mirada que roza lo psicótico— ¡Ya no tengo tiempo que perder!

Frustrado, impotente y considerando, cada vez con más seriedad, el torturar a todo el personal del hospital para conseguir pistas, termina abandonando otra escena antes de acabar explotando en dónde no debe.

Ahora se marcha de nuevo rumbo a las escaleras. No obstante, en esta ocasión planea dirigirse al ala de cuidados intensivos, para conocer por sí mismo el estado de su compañera.

En medio de su camino por la segunda planta, Sasori se vuelve a topar con la puerta abierta del laboratorio. Es claro que el personal, encargado de restaurar el orden allí dentro, siguió sus instrucciones al pie de la letra.

Ahora, todo el interior dicha área está siendo revestido por lonas de plástico, para así poder evitar que las pistas de la escena del crimen se borrasen o alterasen. Y todo esto mientras aguardan por la llegada de las pocas fuerzas policiales que le quedan al poblado, para que investiguen el reciente atentado un poco más a fondo. Aún así, nota que algunas manchas y recipientes rotos tuvieron que ser retirados, debido a la alta toxicidad que representan para el ambiente del hospital. Sin embargo, logra vislumbrar la marca que deja la mezcla de químicos, esa con la que él estuvo trabajando hasta poco antes del desastre, sobre la cerámica de los azulejos.

Sin importar que el líquido fuese limpiado, la solución reaccionó de un modo tardío al contacto con las baldosas. De este modo, le es posible vislumbrar a través de la lámina transparente una pequeña porción del suelo adquiriendo poco a poco el color bordó del óxido.

Sin planes de volver a detenerse, prosigue con su trayecto hasta alcanzar unas amplias puertas corredizas a un par de pasillos más adelante. Dichas puertas descansan debajo del característico cartel rojo que reza "Ala de cuidados intensivos". Una vez que estas puertas se abren ante él, el ajetreo y el pánico que se respira allí dentro casi consiguen volver a arrastrar su cabeza al caos.

Al verlo aparecer dentro del vestíbulo de la sala, una enfermera se le acerca y le advierte que no podrá entrar de momento a la habitación en la que están estabilizando a Sakura.

Sasori, sin humor para lidiar con esto, le pregunta si la doctora Haruno morirá ante la presencia de un humano más en su cercanía. Y la respuesta es no. Por supuesto que la respuesta es no.

—Entonces, hazte un lado. Doctora o no, un infectado reciente representa pistas para encontrar una cura—dice cortante.

La mujer, sorprendida por verlo perder la compostura de esa manera, acaba dejando pasar al colaborador ad honorem del hospital, limitándose sólo a indicarle la habitación en donde encontraría a Sakura.

Con un semblante apático que ni él mismo sabe cómo logra hacer regresar a su rostro, sigue las indicaciones de la enfermera y termina topándose, tras un vasto tramo, con la habitación que busca.

Con algo de dubitación en su andar, se acerca a la puerta de madera y se queda con la espalda recargada sobre la pared. Ni siquiera le hace falta estar dentro para escuchar algo de todo el movimiento que se está dando allí dentro.

De repente, el ex-Akatsuki cambia de opinión. No quiere verla en ese estado. No quiere verla inconsciente, pálida, con la piel seca y agrietada y en un sufrimiento tan lamentable como el de los demás pacientes.

"¿Cómo pudo pasar esto?"

Ella había logrado neutralizar a su primer asaltante sin ningún problema. Por lo que ya es un hecho que fue atacada por sorpresa.

"Sakura es una ninja con la suficiente velocidad mental como para haber ganado el combate… si no hubiese sido sorprendida por la presencia de un segundo espía, quizás incluso más hábil y experimentado que el primero."

Primera inconsistencia que nota en su modelo de los sucesos: ¿Cómo se acercó tanto el primer asaltante? Genjutsu es la única respuesta coherente.

Esta posibilidad sólo hace más impresionante el que Sakura haya derrotado al primer enemigo… pero si pudo acabar con el primero, teniéndolo tan cerca de ella... Entonces, debería haber sido capaz de derrotar al segundo oponente de igual modo.

Esto solamente puede significar que fue atacada a distancia, probablemente desde la puerta del laboratorio. Pero si esto es así ¿Por qué Sakura atacó las mesas que estaban a más de dos metros de distancia de ella?

No tiene sentido. Sakura conoce el veneno, y debió saber que intentar atacar al maldito que la envenenó sería imposible con la toxina en sus venas. Sabía que caería al suelo antes de poder alcanzarlo. ¿Por qué se arriesgaría a respirar los reactivos del laboratorio que se derramarían producto de sus golpes? ¿Por qué le haría más fácil el trabajo de terminar con su vida?

Finalmente, el pelirrojo recuerda la manera en la que los reactivos derramados en la batalla habían comenzado a decolorar, con efecto tardío, el suelo del laboratorio. Ajeno al paso del tiempo en la vida real, de repente siente como la puerta de la habitación conjunta a la de Sakura se abre, dejando entrever el perfil de una doctora que habla con otro del otro lado de la puerta.

Sin prestar atención al tema de la conversación que se lleva a cabo a unos pasos de distancia de él, Sasori lleva su mirada al talón de la mujer. Más específicamente, clava sus ojos sobre la llamativa suela de su zapato negro de plataforma.

La prenda está teñida del mismo matiz óxido que las baldosas del laboratorio. Apenas es visible desde aquel ángulo, pero la luz del pasillo revela un claro destello de corrosión bordó...

El rompecabezas se termina de formar en su cabeza. El último movimiento consciente de Sakura no fue un arranque de violencia desesperado: fue una jugada para marcar al segundo espía. Y ahora tiene a este segundo espía a tan sólo unos pasos de él.

La sospechosa de pelo castaño claro y largo, y recogido en una coleta baja, se despide del otro sujeto no mucho después. Cuando por fin se da la vuelta, deja su identidad expuesta al completo ante la penetrante mirada depredadora del único allí presente.

Sasori no piensa desaprovechar esta nueva oportunidad. Alzando la vista hasta el pecho de su guardapolvo blanco, ve una placa pegada a él que informa al mundo sobre cuál es su profesión dentro de este ámbito. Además, el accesorio le facilita el nombre de la fugitiva: "Dra. Murasaki Sunako"

Con la última pieza acomodada dentro de su mente, el ex Akatsuki tarda un instante más en decidir su siguiente acción. Ni siquiera había sospechado de ella. No había reparado en su existencia, más allá de los segundos que dedicó a leer su ficha de empleada junto a de los demás.

— ¿Necesita algo? —pregunta la mujer al ver al silencioso muchacho acercársele sin pronunciar palabra.

No obstante, nada llega a sospechar ella de que el inocuo joven, con una mano resguardada dentro del bolsillo de su guardapolvo, tiene la intención de introducirle un senbon paralizante a la altura del muslo.

El mismo doctor que previamente había despedido esta mujer en el pasillo, alcanza a escuchar el gemido seco que Sunako emite antes de sucumbir a la droga. Alarmado, abre la puerta de nuevo, sólo para quedar congelado ante el secuestro de su compañera de trabajo a manos del joven voluntario prodigio.

Por su parte, Sasori mantiene sujeta a su presa por el cuello. De más está aclarar que no se inmuta ante la atónita mirada del doctor.

—Esta maldita es responsable de envenenar a la doctora Haruno—musita al tercero en escena, con una mirada que consigue dejar implícito lo que haría con su sospechosa más tarde—. Mantén los ojos abiertos, y revisa a todos los pacientes que hayan tenido contacto con Sunako Murasaki. Le quitaré la cura por la fuerza si es necesario.

El hombre escucha al pelirrojo, y a causa del miedo que le provoca su tono y la expresión sombría de su rostro, se deshace de su incredulidad y asiente con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra.

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El sol desciende su posición un par de grados para el momento en el que Sunako despierta de su letargo.

Al volver a la realidad, la doctora se encuentra perdida en un bosque que reconoce, atada de manos y pies, y con la espalda apoyada contra el tronco de un árbol.

Parpadea aturdida ante el brusco cambio de ambiente. Cuando finalmente recobra la sobriedad de sus sentidos, su mirada se clava en la llamativa presencia que está ocupando gran parte del nuevo panorama.

Su inequívoco captor se encuentra frente a ella, observándola desde arriba con una expresión de pocos amigos. También, nota que el muchacho pelirrojo blande un kunai con un filo tan reluciente que casi le ciega la vista al mirarlo.

—¿Tú me trajiste aquí? ¿Qué es lo que planeas?—demanda saber sin permitirse estar intimidada un sólo instante— ¿Y qué rayos me metiste en el cuerpo?

La condenada mujer finge inocencia, pero Sasori no está de humor para seguir sus juegos.

—Tú no decides de qué hablamos—la interrumpe con los dientes apretados ante el desprecio que siente hacia ella—. Yo tengo un problema. Por lo tanto, la solución requiere de algo que tú tienes... Y tú tienes otro problema: yo aún no tengo lo que necesito.

Sasori se acerca más, hasta agacharse prácticamente sobre ella. La toma de la barbilla con una de sus manos enguantadas, con el objetivo de mirarla directo a los ojos.

—Voy a obtener lo que estoy buscando de ti, y me lo darás por las buenas, o por las malas.

—¿Pero de qué carajos me estás hablando?—se enfurece la mujer, moviendo la cabeza con brusquedad para intentar zafarse del agarre—¡Libérame ahora, o llamaré a las autoridades!

Cansado de ser tomado por estúpido, el renegado de la Arena aumenta la gravedad de la situación antes de lo que la interrogación requiere.

—Deja de fingir—ordena agarrándola del cuello—. No tengo tiempo para esto. De no ser porque aún no eres capaz de sentir dolor, tendrías una navaja retorciéndose dentro de tu rodilla. Trabajas para la Serpiente, y yo quiero la cura, o una dirección en donde pueda conseguirla. En unos minutos, recuperarás tu sentido del tacto, y, si aún continúas esta farsa, lo lamentarás. Aprovecha que todavía tienes mi paciencia y algo con lo que negociar.

La doctora lo mira en silencio, desconfiada, y con la respiración algo agitada por el la presión del forcejeo.

Ella intenta tomarse el tiempo de definir cuáles son las opciones que tiene a su disposición, pero Sasori está impaciente y sin humor para más basura. Así que lleva la empuñadura en su mano libre a la axila de la mujer.

—¡Empieza a hablar!—le grita perdiendo la compostura.

Sunako frunce el ceño ante la nueva medida que toma su agresor.

—¿Por qué debería decirte nada?—escupe llevando sus manos atadas a su cuello, para intentar torpemente apartar la mano de su captor—.Si no te ayudo para que salves a la pelo chicle, me matarás. Pero si traiciono a la Serpiente, igual terminaré muerta. No gano nada en ninguna de las dos situaciones...

No obstante, tras otros segundos perdidos en inútil forcejeo que ya comienza a dejarla sin aire para continuar despierta, el ánimo de la espía vuelve cambiar de forma súbita.

—Bueno...—musita con voz ronca, esbozando una sonrisa resignada—Al menos, si me matas tú, ya no tendré que volver a poner un pie en ese asqueroso nido de ratas que tengo por hogar.

—Perfecto, ahora comenzamos a entendernos—responde Sasori con gesto un poco menos amenazante.

Acto seguido, aleja el filo del kunai del hombro de su cautiva, premiando el que haya dejado de tomarle el pelo, y por último suelta también el agarre de su cuello.

—Quieres ganar algo—le propone de un modo un poco más impersonal, pero no menos firme—. Te ofrezco lo mismo que a tu compañero: la Serpiente va a desaparecer. Si no quieres desaparecer con ella, colabora.

— ¿Eso es todo? —pregunta Sunako entre toses— ¿Esa es tu gran estrategia para convencerme de colaborar contigo? ¿Cómo sé que no vas a matarme luego de que traicione a mis empleadores? Tienes que estar de puta broma, si crees que voy a confiar en ti así de fácil.

Frustrado ante las nuevas dificultades, el pelirrojo se esfuerza por conservar un tono de voz calmo.

—Sé que eres nueva en esto del espionaje, pero en algún momento tienes que confiar. Si me das lo que quiero, existe una chance de que yo te esté diciendo la verdad, y consigas salir de esto viva. Incluso si te mato, al menos te daré una muerte mucho más rápida que la que encontrarías a manos de la Serpiente. Si no me ayudas, todos tus posibles futuros a partir de ese momento serán muy desagradables.

La mujer vuelve a quedar sin palabras.

—¿No está lo suficientemente clara tu posición ahora? Elije ¿Qué destino quieres correr?—comanda el renegado, cada vez más impaciente.

—No eres precisamente bueno conversando con chicas ¿Lo sabías?—responde con una sonrisa burlona, pero sin dejar de contemplarlo con desconfianza.

Sasori también sonríe por un segundo, para luego alternar su porte a uno más propio de la reputación que reunió a lo largo de todos estos años.

—En verdad no tengo tiempo para esta mierda. Dame la cura, o el sitio dónde encontrarla. Dime dónde, o comenzaré a torturarte hasta que hables... o mueras.

Acorralada, y sin ver otra salida cercana, ni modo alguno de seguir retrasando lo inevitable, la mujer se ve obligada a ceder a la propuesta, antes que el hombre frente a ella se decidiese a cumplir con sus amenazas.

—No tengo una cura, pero sé donde podrías encontrarla—suspira con resignación—. La base de operaciones está a unas horas, al noroeste del pueblo. Si me dices en qué posición estamos ahora, quizá pueda llevarte.

—Estamos a treinta kilómetros al norte del pueblo. Si tú me llevas ahí, ya podrás considerarte libre—promete con un aire casi conciliador—.Y permíteme apelar a tu inteligencia una vez más: no intentes nada extraño, a menos que quieras arrepentirte. ¿De acuerdo?

La mujer asiente con la cabeza, más por ausencia de una mejor opción, que por confiar en él.

—Al menos desátame los pies, así puedo guiarte—pide en medio de un resoplido de frustración.

—¿Ves? No es necesario que utilicemos la violencia—contesta Sasori sarcástico, antes de cortar sus ataduras con el mismo kunai que su mano estuvo empuñando todo este tiempo—. Andando.

En principio, su cautiva se limita a guiarlo más cerca del pueblo, al menos hasta reconocer con exactitud en qué punto exacto del mapa se encuentran.

Para sorpresa del titiritero, la mujer, aún atada de manos, no está intentando zafarse de la correa con la que él la lleva. Por el contrario, parece ser honesta y lúcida en sus direcciones. Lógicamente, sigue manteniéndola bajo sospecha. No cree que le esté haciendo perder el tiempo, porque eso en sí mismo sólo conseguiría retrasar su muerte. Pero existe la posibilidad de que en realidad lo esté guiando a una emboscada de la Serpiente.

Sin embargo, esa idea no le molesta demasiado. Si lo lleva a más miembros de la Serpiente, estos se convertirían en más gente que interrogar, en más posibilidades de encontrar una base, y por ende, en una oportunidad casi segura de hallar una cura.

Como Sunako ya le había advertido con anterioridad, el viaje entero les toma unas horas. Horas en las que el ex Akatsuki se mantiene alerta ante alguna posible jugada sorpresa en su contra. Horas en las que se impacienta cada vez más al recordar que la prisionera sigue portando un cuerpo compuesto por carne, hueso y fluidos que se cansa y deshidrata al menos una vez cada cuarenta minutos. Horas en las que intenta no pensar en su compañera, agonizando a kilómetros y kilómetros de allí.

Y por último, horas en las que el sol se va alejando paulatinamente sobre el horizonte, dejando al corazón del bosque cada vez más teñido en tonalidades rojizas y anaranjadas.

Cuando recién comienza a anochecer, la extenuada espía le pide que se detenga a los pies de una ladera, y señala una enorme roca frente a ellos. El gran mineral de la naturaleza se halla disimulado por la roca madre que conforma el accidente, cubierta de moho y hierbas. Además, un gran árbol caído cruza sobre ella, ocultándola parcialmente del panorama silvestre.

—Allí está la base—informa casi sin aliento, luego del riguroso trayecto al que fue sometida por el impaciente extranjero.

—Abre la puerta.

—¿Acaso estás loco? Me vale un bledo tu vida, ¡Pero si mueres allí, irán detrás de mí! ¿Qué no vas a esperar por refuerzos?—espeta oponiéndose a la voluntad suicida del pelirrojo.

—Ella no puede esperar más tiempo, y yo tampoco.

—¡Al cuerno con esa mocosa, y con los sentimientos que tengas por ella!—exclama agitando la soga que sostiene sus manos en señal de protesta—¡Eres un estúpido si crees que tienes chances! ¡Y un imbécil si crees que voy a abrirle a un maldito suicida como tú!

—Abre la maldita puerta—sentencia empujándola hacia la piedra.

Sunako duda un momento, pero termina emitiendo otro suspiro de resignación.

—Necesito sacarme un poco de sangre para abrir la puerta. ¿Te importaría desatar mis manos, y pasarme alguna de tus armas para poder cortarme un dedo, por favor?—pide la mujer esforzándose por encontrar una salida favorable a la situación.

El renegado mete la mano en sus ropajes, y saca un kunai de ellos. Acto seguido, toma las dos manos de Sunako sin tacto alguno de por medio, y corta la soga que las envuelve con un único tajo vertical de la hoja.

No es raro que ciertas técnicas de camuflaje se revelen con símbolos escritos en sangre, pero, como todavía desconfía de ella, se toma la libertad de volver a utilizar el filo de la daga para realizarle un corte en el dedo índice en la mano derecha.

Su prisionera, sin molestarse en disimular su desagrado ante el corte realizado sin su consentimiento, sigue con el plan de su captor sin emitir más objeción. Utiliza su dedo herido para dibujar con su sangre un kanji de apertura sobre la superficie de la gran roca. Inmediatamente después, junta ambas manos en un sello.

De repente, el kanji se torna de un rojo fosforescente, y poco a poco va desvaneciéndose junto con la roca, como si fuera una ilusión, hasta finalmente revelar lo que se esconde del otro lado: unos peldaños que descienden a la oscuridad.

—No seas imbécil—susurra Sunako volteándose a su captor—. Morirás allí adentro, y tu noviecita y yo moriremos también. Aún estás a tiempo de echarte atrás.

Ni bien termina de pronunciar esta oración, Sasori se abalanza sobre ella y la empuja contra una de las paredes de piedra del escondite, poniendo su antebrazo sobre la piel tierna de la garganta.

—Vienes conmigo—indica el marionetista sin darle tiempo a reaccionar a su agresión. Ya sea esto una trampa o no, no encuentra un verdadero motivo para dejarla libre.

Sunako pone sus manos sobre el brazo opresor, sin poder librarse de él. Al reconocer que su secuestrador no tiene intenciones de soltarla, la espía racionaliza que lo único que puede hacer para salvar su pellejo, es matar al químico aquí mismo, y luego rogar porque la Serpiente perdone su vida.

Se lleva la mano a un bolsillo interno del sucio guardapolvo, y, con un movimiento rápido, saca un puñal oculto. No tuvo la oportunidad de usarlo hasta ahora, pero su captor ya cometió el error de acercarse demasiado. Sin darle tiempo a reaccionar a su contra jugada, clava el arma entre las costillas del artista.

Sin embargo, y contra cualquier pronóstico, su ataque no obtiene ninguna reacción... Como si se tratase de un fantasma o criatura aterradora salida del infierno. El hombre que debería haber caído ante su puñal, sigue erguido y mirándola a los ojos con intenciones poco amistosas.

La mujer desentierra su hoja, sólo para encontrarla vacía… carente de sangre alguna. Aprieta los dientes, volviendo a clavar el puñal repetidas veces. Pero lo único que logra escuchar, en todas esas ocasiones, es al sonido de la cerámica rayándose y agrietándose ante el tacto de la hoja, mientras las manos de su verdugo se cierran en torno a su cuello.

—¡Intruso!—grita comprendiendo la inminencia de su muerte, con toda la intención de que su voz haga caer sobre su asesino una última vendetta.

Sin darle más oportunidad de seguir dañando su tórax, Sasori le quita el puñal de la mano.

"Ahora ella sabe demasiado, y puede deducir mi verdadera identidad."

De un modo más limpio y elegante que el de la joven espía, la apuñala múltiples veces en el estómago, deteniéndose sólo cuando Sunako comienza a regurgitar su propia sangre. Luego de haberse permitido este pequeño lujo de darle a la espía una cucharada de su propia medicina, Sasori se enfoca en su siguiente tarea. Se deshace de los guantes y el guardapolvo, ahora manchados de sangre, y se prepara para dar caza a quienes lo aguardan en aquella base secreta.

Sunako agoniza sobre el frío suelo pedregoso, con la última imagen del torso mecánico y antinatural de su asesino clavada en su mente. La imagen del terror.

En un último momento de lucidez, recuerda los rumores que oyó al unirse a la Serpiente. No había creído en ellos... Y ahora, acaba de comprobarlos por sí misma de la peor forma posible.

—Espero…—comienza a pronunciar con todo el esfuerzo que le requiere el tomar su último aliento, y sobreponerse a la sangre que sube por su garganta y la ahoga—…que tu amada sufra… una muerte horrible…

El ninja renegado ignora a la muerta a sus pies, y comienza a descender por los peldaños de piedra, preparando sus hilos con todos los filos que guarda en su interior.

Ahora, sin más motivos que lo distraigan o retrasen, se aventura dentro de la guarida con un solo objetivo gobernando su mente: exterminio. De un momento para otro, una multitud de armas cortantes salen desplegadas de cada compartimento interno de su torso, empezando a levitar frente a él en perfecta formación. Serán una excelente arma ofensiva.

Sin embargo, es poco lo que avanza hasta que percibe los ecos de al menos dos voces resonando a al final de las escaleras. Con la frialdad y calma propia de su oficio, baja su mirada a su propio tórax. Las marcas de las puñaladas son amplias y profundas, y comienzan a amenazar con extenderse aun más.

"No estoy en condiciones de recibir más daño."

Pensando en una opción defensiva extra, los ojos de Sasori regresan a posarse sobre el cadáver que yace peldaños arriba, y un plan se hace presente en su mente.

"Eso tendría que alcanzar." Razona de inmediato, extendiendo sus hilos de chakra para atraer hacia él a su futuro escudo de carne.

Con la vista nuevamente puesta hacia adelante, avanza hasta el final de las escaleras con el cadáver de la mujer levitando frente a sí mismo, preparado para enfrentar a los guardias que vienen a inspeccionar la fuente del reciente alboroto. Aunado a este movimiento, rompe las dos lámparas en las paredes que lo reciben en el pasillo. De este modo, al pegarse a sí mismo contra la la piedra fría, logra que su presencia detrás de la marioneta pueda camuflarse en la oscuridad de la incipiente noche.

En efecto, unos dos guardias se acercan corriendo con ballestas en mano, alarmados ante el reciente estallido de las luces. Sin embargo, ambos se frenan de golpe antes de acercarse demasiado a la oscuridad habitada por los intrusos. Horrorizados y perplejos, ven como ante la mira de sus armas sólo aparece la mujer caminando hacia ellos con los ojos cerrados, y con unas enormes manchas de sangre en su estómago y boca.

La improvisada marioneta consigue proporcionar una distracción suficiente como para que, desde su espalda cadavérica, un enjambre de cuchillas brote para sesgar las vidas de los dos hombres.

Los dos cadáveres que quedan tras este primer enfrentamiento se alzan de nuevo como espantosos títeres de carne.

Tras agregar estos dos nuevos modelos a su arsenal, el pelirrojo se decide a dotarlos de armas, como a las marionetas que antaño solía manejar. Haciendo levitar ambos cuerpos frente a sí, les hace algunos cortes en las palmas de las manos, y en los brazos, con el fin de encastrar dentro de su carne y entre los huesos una serie de filos para otorgarles capacidad ofensiva.

Ahora, los tres cadáveres más el improvisado nigromante se abren paso a través del alargado vestíbulo, deteniéndose junto a la primera puerta que las luces revelan.

Rápidamente, el cuerpo de Sunako es arrojado contra la puerta, abriéndola de par en par. Los tres hombres dentro de la habitación no tienen el tiempo para siquiera preguntarse lo que ocurre, porque los otros dos cuerpos se lanzan sobre ellos, y les rebanan el cuello de un sólo latigazo de sus brazos.

Ahora, un escuadrón de seis marionetas de carne y hueso avanza hasta la siguiente escena de pelea. Las nuevas víctimas intentan hacerle frente al horror que invade la base por sorpresa, pero tampoco hay caso. Todo humano que habita en la nueva habitación también cae ante sus grotescas marionetas, sin importar cuántos de ellos fueran o no soldados capaces de enfrentarlo.

Conforme va arrasando con las fuerzas de la base, el marionetista decide cambiar de estrategia, pasando a juntar algunos cadáveres desarmados en torno a su cuerpo para utilizarlos como escudo personal.

De este modo, prosigue implacable y cortando todo lo que ve con su nube de filos, o con las marionetas que destinó y modificó para ser ofensivas. Cada nuevo cadáver del ala principal se levanta en contra de sus camaradas, y se une al macabro espectáculo de su asesino. El nada insignificante ruido proveniente de la masacre no tarda en alertar al resto de la base. Múltiples puertas se abren en las antesalas que siguen, y todos los humanos que de ellas salen terminan dirigiéndose a la puerta de turno de la que los gritos provienen.

Todos en esta subterránea base deben morir, ya que ahora todos y cada uno de ellos saben que él sigue vivo. Todos en la base merecen morir después de lo que hicieron, y todos en esta mugrosa base morirían para que, finalmente, él pueda robar la cura del mismo modo que les viene arrebatando sus fuerzas.

Sin esperar a que la muchedumbre de enemigos entrase por alguna de las dos puertas del nuevo salón que acaba de tomar, una marejada de cuerpos sin vida sale apiñada de la habitación, y comienza a avasallar a sus oponentes a través del pasillo.

Las fuerzas de la Serpiente intentan defender la instalación en cada nueva oportunidad, pero nada logra atravesar el escudo de tejidos muertos que se ciñe sobre tan acotado espacio. Escudo que sólo consigue incrementar su tamaño en cada ocasión que las fuerzas defensoras disminuyen.

Mientras la masacre se desplaza al interior de otro brazo de la instalación mucho más adelante, y, posteriormente, al interior de las habitaciones contiguas y más profundas, Sasori se encuentra cada vez más consumido por la batalla.

Su mente está enfocada en su totalidad en obtener la cura, y en matar a todo aquel que se entrometa entre él y su objetivo.

"Sakura peligra."

Poco a poco, el combate se vuelve una cuestión casi metódica. La mayoría de los cuerpos lo defienden de las fuerzas que ahora están tratando de flanquearlo desde el interior de las puertas que rodean al vestíbulo fantasma, desde el cual Sasori comanda sus marionetas. No importa con qué le atacasen, los proyectiles siempre se detienen en los huesos de los cadáveres. Las técnicas de fuego calcinan la carne, y las técnicas de impacto son absorbidas por su escudo humano.

Y cada puerta que se abre para que broten más soldados en su camino, sólo le proporciona cuerpos sanos que reemplazan aquellos que ya estén demasiado mutilados para ser de utilidad.

"Sakura peligra."

El avance, aunque constante, se le está haciendo demasiado lento.

"Sakura está en peligro."

La preocupación se le acumula en la mente, y apenas logra mantenerla en línea, atinando a descargarla en el fragor de la batalla.

El olor a sangre y carne quemada comienza a inundar todo el ambiente circundante, mientras él sigue avanzando, implacable, llegando cada vez más y más profundo en la morada subterránea.

"Sakura está muriendo."

El último recinto que toma prueba ser clave en el transcurso de los eventos: la armería. A partir de entonces, el combate realmente pasa a considerarse una masacre en toda regla.

Una estampida de cadáveres y elementos cortantes se abre paso primero que él de manera descarriada. Y, cada vez con mayor velocidad, los gritos de los hombres dejan de intentar organizar una defensa, para simplemente clamar por piedad. El ambiente cambia. Ahora es distinto. Ya nadie está intentando defender el sitio o frenar su avance. Esta vez, cada hombre parece ir por su cuenta.

"Sakura peligra."

El humo se esparce en el aire a medida que el marionetista se acerca a las habitaciones finales, entre las que, sospecha, se encuentra el laboratorio que guarda todo tipo de información relacionada al veneno. Sin embargo, la toxicidad creciente del ambiente no parece ser producto de un jutsu de fuego. Y lo que se está quemando no es carne, ni tampoco ropa.

Desafortunadamente, es el mismo laboratorio el que está sumido en llamas.

Al caer en cuenta de esto, Sasori se abre paso a la fuerza hasta alcanzar la puerta de hierro de la cual el humo está saliendo. Sin embargo, sólo acaba encontrándose con una escena que lo hace paralizarse por completo, tanto que termina abandonando el control sobre todas sus marionetas.

Un hombre viejo, encorvado y con calvicie avanzada se encuentra en medio de las llamas. Con una máscara antigás cubriéndole el rostro, el anciano arroja combustible al fuego, destruyendo cada recipiente y cada esperanza de recuperar una muestra del veneno o cura.

El hombre observa al monstruo que destruyó la base, y, sin dudarlo, comienza a arrojar todos los papeles que tiene a mano para alimentar aún más el incendio del laboratorio.

—No le daré mi creación a un monstruo—afirma el hombre decrépito, un segundo antes de quitarse la máscara y saltar a las llamas— ¡Me llevaré su secreto a la tumba!

Pero Sasori ya no está escuchándolo.

"Sakura está muerta."

Es el último pensamiento que cruza por su mente, mientras permanece estático en medio del laboratorio en llamas, con la mirada perdida en algún punto del suelo y sin la capacidad de intoxicarse por el humo que se aglutina entre las paredes.

Con la base muerta por completo, lo único que interrumpe el silencio son las reacciones del fuego al entrar en contacto con los químicos, que sólo lo atizan más y más.

"Sakura… murió." Se dice a sí mismo, mientras la ira se acumula en su cuerpo de cerámica al punto que siente que va a estallar.

De repente, como si hubiese recuperado un atisbo de su vieja humanidad, siente a sus piernas flaquear demasiado como para poder sostener el resto de su peso. Como si realmente sintiese tener de regreso a los músculos dentro de sus extremidades, doliendo por el cansancio de toda una vida de lucha y supervivencia, el marionetista cae de rodillas al suelo, teñido de rojo por el color de la única fuente de iluminación que queda en la escena.

El laboratorio… en llamas. Todo el conocimiento… los datos… la cura. Todo está perdido.

Sus dientes se tensan, su ceño se frunce, sus párpados aprietan sus cuencas, sus dedos tiemblan… De repente, siente algo escocer dentro de su núcleo, algo que sube a presión por su garganta, pero que, al final de su trayecto, es incapaz de encontrar los órganos necesarios para expresarse en su rostro.

No obstante, una voz termina interrumpiendo el devastador momento para Sasori. Un último miembro de la serpiente que queda vivo dentro de la base.

La marioneta gira su cuerpo en dirección a esta nueva puerta. Discreta y oculta a un costado de la entrada al laboratorio, escondida entre las sombras, ni siquiera había reparado en su existencia al llegar a escena. Pero ahora el sonido de un portazo proviene de allí, alertándolo de vida en su interior.

Con una brutalidad jamás vista en él, sale del recinto en llamas y la abre de par en par. Pero sólo se encuentra con una insulsa bodega, y en medio de ella, con la silueta de un patético hombre que tiembla y susurra incoherencias.

"Por culpa de él, y de todos los que con él trabajaron, Sakura está muerta." Piensa con el último resquicio de su alma destrozado, mientras la nube de filos se realza, y comienza a rodear a este último superviviente.

El hombre, aterrorizado, se encoge en el suelo, quedándose en posición fetal. Incapaz de moverse, sólo se queda paralizado durante el momento previo a que mil navajas descendieran sobre él.

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