Bueeno ^^U pues dos meses más tarde de lo que prometí aquí estoy de nuevo!
Pensaba que a la historia le faltaban 2 capítulos pero como siempre me enrollo se van a convertir en 3 xD
Linnetask: Te contesté en su día prometiéndote continuarlo pronto ^^U siento que no haya sido así. A veces creo que me paso un poco con Thranduil, que en el fondo no es tan cabroncete xD pero es que cuando me pongo a escribir me sale solo ... ya siento que lo odies por mi culpa xDDD
Midgardian girl: "¿Donde está Gandalf?" gritaban los enanos lastimeros... jajajaja xD parece que sin el mago no son capaces de nada, pues de momento en mi historia tendrán que apañarse sin él, pues todavía se encuentra lejos, ocupado con asuntos del Concilio. Sí, se dará la Batalla de los Cinco Ejércitos pero no será como en el libro... ¬¬ yo no soy tan cruel como nuestro amigo Tolkien. Estamos en uno de los momentos mas conflictivos de la historia, como bien dices Thorin ya no es el mismo, el mal del dragón le ha afectado de forma casi incontrolable y demasiados contratiempos han aparecido en su contra. Es cierto que lo he puesto complicado para los amantes, pero no es el verdadero amor el que supera todas las dificultades? ^^ (modo ñoño on xD). Sigue leyendo para descubrirlo :P
Erinia Aelia: Sí, evidentemente la última frase era un spoiler xD sabía que la cazarías al vuelo jajaja.Más o menos ya te contesté a tus comentarios en privado xD pero ha pasado tantísimo tiempo que voy a explayarme de nuevo. Hombre con tantísimas páginas no me extraña que te lo leyeras por partes xDDD si hasta yo me asusté cuando subí el capítulo! Si que es verdad que con Thranduil se me va el teclado xDDD espero compensarlo un poco en los posteriores y que vuelva al canon original. Se supone que cuando la condena es cuando se da cuenta de que puede mentirle sin pestañear. Piensa que si en algo tan simple puede engañarle, puede hacerlo con cualquier cosa y se le va la pinza. Puede que no supiera reflejarlo bien. Yo también creo que no deberían acusarla de traición porque no es legitimamente uno de los suyos, pero sí que es verdad que firmó el contrato de Thorin y que se supone que ha sido uno de ellos durante todo el camino, así que para ellos pertenece a su pueblo y la pueden juzgar como tal XD pero, a ojos del resto sigue sin ser enana con lo que el enlace... estaría mal visto. Como fuere, me apunto tu argumento y si Iriel tiene que declarar ante un tribunal te aseguró que lo utilizaré para reclamar su inocencia :P
El futuro se augura negro como dices, en un mundo que se tambalea por momentos, espero poder reflejarlo todas las batallas que llevo en mi cabeza y que todo concluya antes de que el universo se destruya xD y espero poder convencerte de que todo eso pase realmente en la Tierra Media (manos a la obra!). No mandarías a Thorin a la mierda... y lo sabes... XD le echarías cuatro gritos pero en cuanto te mirara con sus ojillos azules le dirías "tómame aquí y ahora" XDDDDDDDDDDD no mientasss jajajaja.
Bueno te dejo con el capítulo ^^ a ver si mañana sacas un ratín, y si no pues cuando sea :P Un besazo!
VictoriaMoon: Bienvenida! :D Me alegro que te haya gustado y te animo a que sigas leyendo y compartiendo tu opinión ^^
Arieel: bienvenida! ya se terminó la espera! He comentado en varias ocasiones que odio los finales tristes, así que no temas ^^ quiero demasiado a mis protagonistas para permitir que acaben mal. Tenía que retratar a Thorin como un auténtico hijo de... xD porque es la parte en la que la gema trastorna su personalidad.
likarian: bienvenida! me alegro de que te esté gustando y siento ser mala persona y dejar siempre los capítulos en el punto más interesante xDDD pero así os engancho jajaja
Lynlia: jajaja muchas gracias por la fidelidad! :D siento el retraso, se me han juntado varias cosillas, pero ya está terminado! ^^
Nuan: ya está! XD siento el retraso... espero que la larga espera haya merecido la pena.
Y aquí está la continuación ^^ espero que os guste.
*~~~~~* CAPÍTULO 37: LA LLAMADA DE UNA GUERRA *~~~~~*
Recorrió aquellos corredores de piedra sin apenas aliento, siendo perseguido por quienes había llamado amigos. Bilbo sabía bien dónde debía dirigirse: a la entrada secreta. Descendería por la montaña para pedir ayuda a los hombres. Puede que Thranduil ignorara su petición, pero sabía que Bardo no dejaría que Iriel sufriera ningún daño. Se sentía miserable por haberla dejado allí, capturada por los enanos por un crimen que habían cometido juntos, pero también era consciente que no le habría servido de ninguna ayuda quedándose junto a ella. Al menos pidiendo ayuda tendría una oportunidad para rescatarla. Las monedas rodaron empujadas por sus pies invisibles, había despistado a los enanos y había alcanzado por fin la Sala del Tesoro. Trepó por aquel túnel estrecho hasta llegar al otro lado, donde el silvestre aroma de la montaña le recibió. Se concedió unos segundos para imbuirse de su frescor, y al ver que aquel descenso rocoso estaba desierto, se quitó el anillo y descendió, pues aquella nebulosa realidad turbaba sus sentidos.
Cuidó sus pasos durante el descenso y atisbó la silueta de un par de soldados ataviados con las armaduras de Ciudad del Lago junto a un risco. Pensó en acercarse para pedir que le llevaran ante Bardo. Al alcanzar el lugar vio un charco sangriento abriéndose paso entre las rocas y la macabra escena le revolvió el estómago. Dos cadáveres yacían ante él, degollados, con numerosas marcas de garras en su cuerpo que habían propiciado el desangramiento. Se cubrió la boca para contener las náuseas y el pánico se apoderó de sus sentidos. No tuvo tiempo para nada más, pues los autores del crimen se encontraban cerca y advirtieron su presencia.
Un huargo y dos orcos feroces aparecieron tras el risco y se abalanzaron sobre él. El mediano apenas tuvo tiempo de reaccionar, tan sólo acertó a contrarrestar el ataque con un puñal, interponiéndolo frente a su cuello, frenando la hoja del hacha putrefacta que iba directa a seccionar su yugular. Temiendo su muerte, Bilbo golpeó el estómago del orco y lo derribó, iniciando una breve carrera que fue cortada por el otro orco a lomos del huargo. El animal mostró sus feroces colmillos frente a él, dispuesto a arrancarle el rostro de un mordisco. Antes de que lo hiciera, el orco que había sido derribado por Bilbo gritó en lengua negra.
- ¡Espera! Huele como la escoria de los enanos. No podemos matarle.
El orco a lomos del huargo gruñó, el orco a pie continuó.
- ¿Quieres desobedecer al amo Bolgo? Ordenó que lleváramos ante él cualquier información sobre Escudo de Roble. – El huargo volvió a rugir, y con él su jinete. – Agg, tú haz lo que quieras, pero yo no pienso acabar como Svunt, sus tripas todavía llenan nuestros pucheros.
El otro orco rió despiadadamente.
- Aquel estúpido ni siquiera sabía bien.
Bilbo, sin comprender lo que estaba sucediendo, intentó buscar el anillo en sus bolsillos, pero al delatar en su rostro su intención de escapar fue golpeado por el orco, dejándolo sin sentido tras un golpe seco en el estómago. Bilbo cayó inconsciente y así fue llevado al pequeño campamento que los orcos habían ocultado en la parte trasera de la montaña, arrastrado dentro de las fauces del huargo.
No supo cuánto tardó en despertar, pero cuando lo hizo se encontró en una jaula hecha con hierros oxidados y huesos en los que aún permanecían algunos jirones de carne. El miedo le hizo contener las náuseas. Se encontraba prisionero en un asentamiento orco, sin armas a su alcance, con las manos atadas a su espalda, muy lejos del bolsillo donde guardaba el anillo que suponía una mínima ventaja. Y lo peor de todo es que nadie sabía que se encontraba allí.
Las horas pasaron y poco a poco los orcos se olvidaron de su presa. Bolgo no se encontraba allí y ninguno de ellos tenía permiso para torturar al mediano, así que simplemente le ignoraron. Bilbo pronto se volvió ajeno a lo que sucedía, sin embargo, de vez en cuando, pequeños fragmentos de información llegaban a sus oídos, por lo que el hobbit agudizó el oído y poco a poco empezó a comprender lo que decían.
Al parecer alguna clase de ejército se preparaba en algún lugar no muy distante. Orcos y trasgos unidos contra un mismo objetivo. Se comentaba que Azog… ¿Azog? Al hobbit se le heló la sangre al escuchar ese nombre y el espeluznante recuerdo del pálido orco observándole ferozmente cuando se atrevió a desafiarle en las Montañas Nubladas le provocó un gélido escalofrío. Si lo que aquellos indeseables decían era cierto, la vida del mediano no era la única que corría un peligro inminente.
El tiempo pasaba pesado y angustioso tras conocer aquella amarga revelación. Sus días habían iniciado la cuenta atrás, ignorando la voluntad de su dueño. Sólo restaba esperar su inevitable final, mas ¿cómo hacerlo?, ¿cómo resignarse a perecer habiendo sorteado tan formidables enemigos? Creyó que era injusto que tras superar aquella inverosímil aventura la mala fortuna le obligara a morir allí solo, olvidado por el mundo y sus seres queridos. Aquel torbellino de emociones sumado a la impotencia que le envolvía le hicieron perder la razón por un instante y gritar sin control, con tal mala fortuna que aquel acontecimiento provocó que varios orcos se acercaran hasta él, recordando que poseían un desdichado juguete que habían olvidado.
- Mirad cómo se retuerce. – Se relamió un orco enjuto al disfrutar de su sufrimiento.
- Podríamos darle un motivo para gritar de verdad – Dijo otro sonriendo sin piedad con sus dientes amarillentos.
- Pero el amo Bolgo… - Dijo otro asustado. El orco enjuto sacó su puñal retorcido y le amenazó, el orco entendió el mensaje. – Bueno, no tiene por qué enterarse…
Bilbo dejó de gritar al percibir el hedor de los orcos tan cerca de él. Al ver sus miradas aviesas proyectadas sobre él sintió que su cuerpo se ponía rígido y empezaba a temblar.
- Traedme las tenazas. El amo Bolgo no sabe cuántos dientes tenía su prisionero.
Una algarabía de burdas carcajadas llenó el campamento. Cuando volvieron a la jaula del mediano oyeron unos pasos. Los orcos miraron hacia arriba confirmando sus siniestras sospechas y aquella presencia les devolvió la mirada con un bramido feroz.
Mientras tanto una melodía se apagaba en las mazmorras de Érebor.
Iriel terminó su súplica sin apenas aliento, sintiendo como la esperanza se desvanecía a la par que su voz. La distancia entre ellos, nacida de aquella brecha en su confianza, era demasiado grande como para desaparecer a causa de una estúpida y sentimental melodía. Sus oscuros cabellos cubrieron sus ojos, intentando silenciar aquel torrente de lágrimas que no dejaba de manar. Sintió que sus rodillas flaqueaban, su fortaleza se había apagado a causa de su dolor.
Tan sumida estaba en su debilidad y su solitario porvenir que no escuchó los pasos del enano salvar la distancia que los separaba en apenas un segundo. Un abrupto e inesperado abrazo la envolvió sin previo aviso. Sus brazos rodearon su cuerpo, haciendo que el rostro de la chica se hundiera en el pecho del guerrero, humedeciendo su torso con sus lágrimas. Durante unos instantes, Iriel no supo cómo reaccionar ante aquel cambio en los acontecimientos, haciendo que sus lágrimas, y hasta su respiración, se congelaran. Sin embargo, la calidez de su pecho hizo que su juicio y su cuerpo asimilaran lo que estaba sucediendo, recuperando el control de sus sentidos para corresponderle en aquel tembloroso abrazo. Fue al escuchar el sensual y amargo sonido de su voz cuando se percató de la verdad. No era el cuerpo de la chica el que estaba temblando.
- ¿Por qué cuanto más sufro a tu lado más insoportable se me hace la idea de perderte? – Reconoció el guerrero con un nudo en la garganta - ¿Por qué, a pesar del lancinante dolor de tu traición, el vacío de tu ausencia me quema las entrañas?
Iriel no se atrevió a pronunciar palabra, pues tampoco hubiera sabido qué contestarle. El amor es un sentimiento difícil de comprender y de explicar a quien nunca lo ha conocido. Por ello permaneció en silencio, hundida en su pecho, respirando el aroma de su camisa azulada, aferrándose a su espalda para que nunca jamás la abandonara.
El guerrero sintió caer sus lágrimas, a pesar del notable esfuerzo que había hecho por contenerse y actuar como debía hacerlo el Rey Bajo la Montaña. Todos los años que había pasado enterrando sus sentimientos en lo más profundo de su ser para que nunca interfirieran en sus decisiones, acababan de venirse abajo. Nuevamente deshizo aquel silencio.
- ¿Sabes cuánto me ha costado tomar esta decisión? ¿Cuánto he luchado contra mis sentimientos para hacer lo que debiera como soberano de Érebor? Por ti he traicionado las leyes que juré obedecer, pues era incapaz de condenarte a muerte. Y a pesar de todos mis esfuerzos por decirte adiós, tú… tú… - Dijo estrechándola aún más entre tus brazos y su voz se quebró a causa de las lágrimas. – Me traicionaste con lo que más daño podía hacerme, y aun así una sola palabra tuya basta para doblegar mi voluntad. ¿Cómo es posible? ¿Cómo has podido cambiarme tanto?
Iriel recordó una frase que escuchó una vez de su padre, cuando el frío de la noche obligaba a acurrucarse junto a la chimenea y propiciaba conversaciones banales mezcladas con solemnidad.
"Nadie puede cambiar a una persona, pero puede ser el motivo de que una persona cambie"
Se atrevió a hablar.
- Durante toda tu vida has actuado anteponiendo tu posición y tu deber sobre cualquier cosa, reprimiendo tus verdaderos deseos, tragándote tu miedo y tu dolor, pues no era digno de un rey mostrar esa clase de debilidad. Creciste creyendo que tus sentimientos no tenían derecho a importarte y los arrinconaste en el lugar más profundo. Tarde o temprano tu corazón acabaría rebelándose contra eso. Sólo necesitaba un motivo.
Thorin comprendió que aquella mujer sabía más sobre él que él mismo.
La miró a los ojos y en ellos vio reflejado el brillo del Corazón de la Montaña. Su recuerdo le provocó un dolor punzante en el pecho. Apartó la mirada y se sostuvo la frente, intentando que aquel espejismo se desvaneciera.
- ¿Por qué tuviste que entregarla? Si la Piedra del Arca estuviese en mis manos todos nuestros problemas habrían desaparecido.
Iriel resopló con fastidio. De nuevo aquel maldito objeto perturbaba su armonía.
- Le concedes demasiado mérito a esa joya.
- Sigues sin entenderlo…
- ¿Que la veneres casi religiosamente? No, no lo entiendo y probablemente nunca lo haga. Sólo es una gema que encontrasteis en la montaña, pero tú la adoras como si se tratase de una divinidad.
Y así lo había sido para el anterior Rey Bajo la Montaña. La imagen de su abuelo regentando el trono bajo el penetrante brillo de la Piedra del Arca nubló de nuevo su entendimiento. Aquella luz le absorbía de forma casi dolorosa. El dolor de su cabeza se tornó pulsátil, incrementándose con cada uno de sus latidos como si una aguja le trepanara por dentro.
- No puedo ser rey sin ella.
- ¡Claro que puedes! Lo tienes todo a tu alcance, puedes utilizar todo el oro que quieras para hacer que Érebor resurja de sus escombros. El pueblo de los enanos te admira y te respeta, tu apellido y tu honor te preceden, no la necesitas para gobernar esta montaña ni para unir a los Siete Reinos.
El brillo de la gema comenzó a retorcerse cual prístino cristal fundiéndose en el ardiente magma de la forja. Thorin sintió aquella imagen engulléndole vertiginosamente mientras sus sienes clamaban liberarse del dolor. De pronto la atmósfera se sintió cargada y su respiración comenzó a agitarse. Aquel espejismo refulgente hacía crecer la obsesión sin que el dueño del delirio fuera capaz de controlarlo. El enano se rindió ante aquel tormento y finalmente confesó el mal que se había empeñado en negar, pues nunca creyó sucumbir a su presencia.
- ¡Iriel no puedo sacarla de mi cabeza! – Exclamó con la mirada de un maníaco que no puede escapar de su droga. – La veo en todas partes, su recuerdo me persigue incluso cuando no estoy consciente y su ausencia me hace sentir insignificante. – Se sujetó las sienes con ambas manos y su mirada y su voz cayeron en el delirio – No puedo sacarla de mi cabeza. La necesito… la necesito como respirar…
Iriel abrió los ojos de par en par. Vio la figura del rey, antes magnánima y poderosa, ahora lastimera y demente, consumida por su obsesión.
"La lacra de la demencia siempre ha asolado a esa familia"
Ella había refutado las palabras de Elrond relatadas por Bilbo, había negado lo evidente creyendo que la voluntad del enano era inmune a la fiebre del oro, que su mente era lo bastante fuerte para no sucumbir a aquel enfermizo deseo.
El enano cayó de rodillas mientras ocultaba su rostro con una mano y con la otra golpeaba el muro de roca.
- Sé lo que le sucedió a mi abuelo, de veras lo sé, vi cómo se consumía día tras día por su obsesión. Le veía en la distancia mientras veneraba sus tesoros. Nunca creí ser presa del mismo mal. ¡Por Durin! ¿Por qué su influencia me somete de este modo?
La fiebre del oro era un mal que padecía su linaje. Aquella debilidad estaba en su mente y no existe afección mayor que la que merma el juicio y el entendimiento. Aquella obsesión estaba en su interior, alimentándose de sus pensamientos cual parásito, consumiendo poco a poco sus energías hasta volverle loco.
Iriel se agachó a su lado y rodeó su cuello con los brazos. Se sintió como si arropara a un niño asustado. Se dio cuenta de que aquel demonio sería más difícil de vencer que la pesadilla que durante años forjó el dragón en la mente del enano, pues aquel enemigo invisible no podía perecer bajo el filo de una espada. Sintió temblar el cuerpo del guerrero mientras sus dientes rechinaban con exasperación. Ella silenció su inquietud siseando con sus labios y después acercó su voz a su oído, acariciando con ellos su piel temblorosa.
- No dejaré que la locura te lleve lejos de mí. Te ayudaré a escapar de tu maldición.
El enano abrió los ojos con intensidad y se giró hacia ella.
- Eso es, tú puedes acabar con mi agonía. – Algo en la voz y en la mirada del enano asustaron a la chica. – Tú puedes devolvérmela. Con ella bajo mi mando la locura se detendrá y podré descansar tranquilo.
- Thorin, yo… - dijo intentando escapar de aquellos ojos que relampagueaban con un brillo enajenado. El enano la sujetó por la muñeca, oprimiendo mayor fuerza de la necesaria, y con vesánica sonrisa prosiguió su deseo.
- Tú puedes infiltrarte en las huestes de los hombres sin provocar conflicto y recuperar con discreción aquello que les concediste. Puedes eximir tu crimen y liberarme de este tormento. Necesito que el Corazón de la Montaña esté en mis manos, de lo contrario me volveré loco.
Iriel temía que fuese más bien al contrario, que la influencia de la gema se volviera mayor si se encontraba en su palacio, que le convirtiera en un rey receloso, desconfiado, siempre ávido de sospechas, siempre vigilante, siempre desdichado.
El sonido de un cuerno interrumpió la escena.
- Un cuerno élfico. Una alerta de peligro. – Exclamó la chica al reconocer la señal.
Aquel eco despejó la tensión y la locura de la mente del enano, pues su cuerpo reaccionó instintivamente hacia el peligro, haciendo que la incesante visión de la piedra desapareciera durante un tiempo y su demonio volviera a dormirse en su interior, permitiéndole recuperar el control de sí mismo.
- ¿Van a iniciar la batalla? – Se preguntó el guerrero en voz alta y se levantó mirando hacia sus muros como si pudiera presentir lo que ocurría más allá de ellos. Si la ofensiva iba a dar comienzo, tenía que dirigir la defensa de su gente y su fortaleza.
Sin demora, el enano se levantó con la intención de dirigirse a la Torre del Vigía, el lugar más elevado de Érebor, aquella pequeña recámara que poseía una excelente vista de todo el valle. Iriel no dudó en seguirle, temiendo lo que pudiera encontrar, pues la batalla que se había empeñado en impedir amenazaba con dar comienzo. Poco sospechaban que el motivo que había promovido aquella señal de peligro era bien distinto, pues un enemigo común se acercaba inexorablemente hacia ellos.
Siguió al enano por los corredores de su castillo, atravesando atajos que sólo el rey conocía para llegar allí lo más rápido posible. Para fortuna de Iriel, no se toparon con nadie en el trayecto. Mientras ascendían por las escaleras de caracol escucharon de nuevo aquel sonido grave y vibrante.
- ¿Un cambio de formación? ¿Tan pronto? ¿Habrán divisado a los ejércitos de las Colinas de Hierro? – Auguró el rey esperanzado.
Apresuraron sus pasos y alcanzaron aquella estancia estratégicamente diseñada. Los dos divisaron la escena a la par a través de los amplios ventanales. Iriel ahogó un grito ante el espanto que presenció y dio un paso atrás instintivamente.
Una legión de orcos y trasgos avanzaba con rabia en las lindes del valle, haciendo que su número se perdiera en el horizonte. No era una horda de rufianes que había aparecido por casualidad, sino un batallón dirigido con la intención de aniquilarles. A pesar de la distancia, gracias al brillo metálico que les envolvía, intuyeron que portaban armaduras. Las primeras líneas parecían estar formadas por una avanzadilla de orcos y trasgos armados hasta los dientes, respaldados por otros montados en huargos. Era difícil cuantificar su número, pero su superioridad era sobrecogedora.
Thorin observó atónito la escena que se le presentaba. Hombres y elfos habían tomado posiciones de combate para hacerles frente, pero a pesar de su entrenamiento y destreza para el combate, la victoria parecía ardua de conseguir, pues la ingente cantidad de enemigos jugaba en su contra.
La distancia entre ambos ejércitos era magna. La colisión entre los bandos aún tardaría en producirse, pues el valle era amplio y el enemigo se encontraba lejos todavía.
Vio a los elfos adoptar una actitud ofensiva. Los arqueros se alinearon y tensaron sus arcos, dispuestos a causar numerosas bajas antes de que pudieran acercarse. Hombres y elfos armados con espadas ocuparon las primeras líneas, portando contundentes escudos. Algunos montaron en sus corceles y se aprovisionaron de todo tipo de lanzas y espadas. Entre la multitud, distinguió a Thranduil sobre su esbelto venado y a Bardo junto a las líneas de los arqueros, tensando también su arco. Le pareció ver el brillo de la Piedra del Arca en el campo de batalla y de nuevo un atisbo de delirio ocupó sus pensamientos, haciéndole sentir una rabia irracional. Recordó la sonrisa maliciosa del elfo sosteniendo el Corazón de la Montaña y deseó verle sufrir. Un pensamiento vil e impropio de él que no pudo acallar.
- Por una vez la suerte está de nuestro lado. Parece que alguien va a hacer nuestro trabajo.
Iriel puso los ojos en blanco y se giró hacia el enano.
- ¿Qué acabas de decir?
- Vinieron aquí con la intención de librar una guerra, los dioses les han concedido su deseo.
- ¿Pero qué dices? Los atacantes son orcos y trasgos. Son nuestros enemigos.
- ¿Acaso los hombres y los elfos no lo son? Ellos decidieron iniciar una guerra contra nosotros acusándonos por un delito ajeno a nuestro control. No olvides que las armas que ahora sostienen contra los orcos fueron pensadas para nosotros. - Thorin volvió a mirar al campo de batalla sopesando el desenlace - Cuando la batalla termine y hombres y elfos se alcen con la victoria, sus fuerzas serán tan escasas que no podrán volver a amenazarnos.
- Mira a lo que se enfrentan. ¿De verdad crees que pueden salir victoriosos?
- No es asunto nuestro.
- ¿Y cuándo lo será entonces? ¿Cuando sus cadáveres se extiendan por doquier? ¿Cuando los orcos nos señalen como su próximo objetivo? – Hizo una pausa, intentando provocar el orgullo del enano - ¿Cuando Azog se jacte de su cruel victoria frente a las puertas de tu reino?
Aquella mención hizo que sus músculos se tensaran. El enano se quedó en silencio y volvió a mirar por aquellos ventanales, buscando en la multitud el cuerpo del pálido orco. Unos pasos apresurados se escucharon en las escaleras. Los jóvenes príncipes también habían escuchado la señal de alarma y habían acudido allí con la intención de contemplar mejor la situación. Lo que no esperaban es que Thorin se les hubiera adelantado y menos con la compañía de su prisionera.
- ¡Tío! – Llamó Kíli al verle y a continuación sus ojos se posaron sobre Iriel, que desvió la mirada. El enano quedó atónito al verla allí, a pesar de que su hermano ya le había hablado del encuentro en las mazmorras.
De nuevo el sonido del cuerno rompió el silencio que acababa de producirse entre los cuatro, y esta vez fue Fíli quien se asomó rápidamente por los ventanales.
- ¡Orcos! – Aquella atroz información hizo que su hermano también se acercara para mirar.
- ¡Son muchísimos! ¿De dónde ha salido un ejército semejante?
- Tenemos que avisar a los demás de inmediato y prepararnos para la batalla.
Los jóvenes príncipes se dirigieron raudos a las escaleras, pero antes de descenderlas el pie de Fíli se detuvo sobre el peldaño de piedra, pues percibió un detalle que le inquietó. Las pisadas de Thorin no le seguían. Se giró de nuevo para ver el rostro imperturbable del Rey Bajo la Montaña oteando el horizonte, mientras su cuerpo permanecía rígido e impasible.
- ¿Tío? – Preguntó con temor.
El silencio seguía vigente en la sala, empañado por la respiración expectante de la chica y los jóvenes enanos. Iriel miró con preocupación al rey mientras su cuerpo se tensaba, incitándola a salir a pelear para defender todo lo que amaba. ¿De nuevo tendría que contradecir la decisión de Thorin para seguir lo que dictaba su corazón?
Fuera, el sol resplandecía sobre el valle, antes próspero y fértil, ahora cubierto por un pardo velo tejido por el ocaso del otoño. El enano admiró lo que quedaba del lugar donde se había criado, que pronto se tornaría rojo y desolador, mezclado con la amarga estela del dolor y la muerte. Pudo ver a los orcos arrasando sus parajes, tiñendo de sangre las flores con las que su hermana Dís decoraba su habitación cuando eran infantes. Presenció la feroz mirada del pálido orco montado sobre su huargo blanco, su total falta de compasión, su insaciable sed de venganza.
Finalmente aquel espejismo se deshizo y el rey enano cerró los ojos y suspiró. Los orcos habían sido sus enemigos durante toda su vida, le habían arrebatado a su pueblo uno de sus territorios más importantes, habían asesinado a su familia ante sus ojos y hasta se habían atrevido a ponerle precio a su cabeza. No podía huir de aquella batalla, aun cuando quedarse al margen le beneficiara sobremanera. No podía quedarse mirando tras sus muros mientras Azog se mofaba de su cobardía. Apretó los puños y abrió los ojos. Cuando lo hizo los demás apreciaron que el brillo de su mirada había cambiado. La determinación del guerrero y sus dotes de liderazgo habían vuelto a imbuirle, tal y como los presentes los recordaban, pues su deber como soberano era proteger aquella montaña bajo cualquier circunstancia.
- Convocad a todos en la Armería. Les haremos frente con lo mejor que tengamos. Érebor se unirá a la batalla.
Iriel suspiró aliviada y su corazón latió agradecido. Kíli y Fíli asintieron sonriendo y desaparecieron rápidamente por las escaleras. Tan sólo un segundo antes pudo apreciar una sutil mirada de complicidad de Fíli hacia su presencia, dándole de nuevo la bienvenida.
Thorin abandonó también la habitación en silencio, seguido por la joven. Una vez abajo, los pasos de Iriel se encaminaron a la Armería, pero el enano la detuvo aferrándola por la muñeca. Iriel se giró contrariada.
- ¿Qué pasa? No puedes impedir que me una a la batalla, no pienso quedarme aquí esperan…
- No contaba siquiera con intentarlo. – La cortó el enano - Sígueme, las armas del linaje real se encuentran en otro lugar.
Iriel se ruborizó ante su respuesta y sin réplica se dejó guiar por el Rey Bajo La Montaña. La mano del enano era cálida y fuerte. Volvió a sentirse como la primera vez bajo su presencia, envuelta por aquella protección que tanto añoraba.
La sala real les recibió incólume, sin estragos de la furia del dragón. Aquel lugar guardaba una ingente cantidad de armas y armaduras. Iriel contempló las piezas que arropaban las estatuas de los guerreros, todas ellas perfectamente colocadas, algunas intactas, otras con vestigios de batallas pasadas. En las paredes se encontraban, triunfantes y soberbias, espadas y hachas forjadas con esmero, cuyas hojas portaban grabados con runas enanas. Cada pieza era una obra de arte y, a pesar de no poder rivalizar con el refinado trabajo de los elfos, la calidad de su acero era legendaria.
Thorin paseó por aquella estancia, intentando reprimir los recuerdos que le evocaba aquella visión, las batallas que había librado junto a los suyos, las veces que había admirado a su abuelo y su padre con aquellas vestiduras, y también, todas las batallas que se había visto obligado a librar con las manos desnudas, despojado de todo lo que le pertenecía por derecho.
Se detuvo frente a una armadura dorada cuyo fulgor rivalizaba con el astro solar, forjada con mimo por sus antepasados como símbolo de la infinita riqueza de sus canteras. Se acercó para tomar las piezas y ataviarse con ellas. Iriel le miró con escepticismo.
- ¿Vas a ponerte eso?
Thorin se giró y la miró ofendido.
- Eso es la armadura del Rey, mi abuelo hizo buen uso de ella en cuantiosas batallas, su metal siempre resistió el acero de sus enemigos. Es un privilegio acorazarse con ella.
- No dudo de su fortaleza, pero no me parece apropiada para esta batalla, es demasiado... llamativa…
Thorin arqueó una ceja.
- A no ser que al Rey Bajo la Montaña no le importe ser el blanco de toda la ofensiva enemiga, sobresaliendo entre el caos de la contienda, donde la distancia y la confusión pueden enmascarar la identidad de cada guerrero.
Thorin suspiró. A la chica no le faltaba razón, portar aquel metal era algo imprudente, pues era cierto que el dorado delataría fácilmente su posición y no le convenía cuando el jefe de los orcos había puesto precio a su cabeza con un fervor tan intenso que rozaba la locura.
Se acercó al resto de las reliquias de su familia. Reparó en una armadura de hierro negro que había sido forjada por su padre. La nostalgia se apoderó de él y decidió escogerla como tributo a su patriarca. Iriel le ayudó a vestirse con ella.
- Ahora escoge una.
- ¿Qué? Yo no voy a ponerme nada.
El enano la miró con severidad.
- Iriel, ahí fuera no hay una refriega de orcos y trasgos. Es un ejército. No irás a la guerra sin protección. - Y sin darle tiempo a responder repitió - Escoge una.
Iriel se mordió el labio inferior. No pudo replicar la cordura de sus palabras pues cualquier protección era poca cuando uno sale a lidiar con la muerte. Era imprudente salir a cuerpo descubierto mas ella no estaba acostumbrada a moverme con aquellas vestimentas. Finalmente decidió confesar su debilidad.
- Vuestras armaduras pesan demasiado. Coartarían mis movimientos.
Thorin la miró dubitativo.
- Cuando te uniste a mi Compañía ocultando tu verdadera identidad portabas una armadura.
- Tan sólo una cota de malla, un yelmo y brazales. Gandalf eligió un material liviano. No era una verdadera armadura, sólo un disfraz.
Thorin la observó pensativo. Finalmente replicó.
- Como fuere, no saldrás al campo de batalla desprotegida, al menos portarás una cota de malla.
Iriel suspiró. Pensó en la cota de mithril que Bilbo se había llevado consigo. Cuánto le habría servido aquella pieza en ese momento. Thorin rebuscó entre las piezas de menor culto. Encontró unos brazales de una aleación de cobre pobre en hierro. Al menos la defenderían de las estocadas que fueran dirigidas a seccionar su radial.
Iriel encontró un cofre entre lanzas y hachas de plata. En el fondo del arcón halló una cota de malla que le pareció adecuada. No era de mithril pero su malla trenzada parecía liviana y resistente. Tenía un ribeteado esmeralda alrededor del cuello con un nombre grabado que no reconoció. Se acercó a Thorin para que le diera su aprobación. Durante unos instantes vio que el guerrero enmudecía y un atisbo de tristeza se dibujaba en sus ojos. Después borró aquella expresión y asintió con la cabeza. La chica se quitó la camisa y se colocó la cota de malla, ocultándola bajo su prenda de lino.
Sólo restaban las armas. El enano no tardó es escoger su espada predilecta, la que había empleado durante su juventud siempre que había tenido oportunidad. Acarició su frío acero y escuchó su sonido rasgando el aire, un eco que le transportó a tiempos lejanos. A continuación tomó un gran escudo de hierro negro con el emblema de su familia esculpido en la superficie. Antes de que su compañera empezara a rebuscar entre las espadas más pequeñas le señaló una caja de madera. Iriel sonrió al descubrir su contenido. La vara afilada que había forjado para ella se encontraba guardada en su aterciopelado interior. La colocó en su cinturón y se aprovisionó con un par de dagas a su alrededor.
Iban a salir cuando el enano se detuvo frente a ella.
- ¿Estás segura de querer seguirme? – Iriel se turbó por aquella repentina cuestión – Has luchado fielmente a mi lado y conozco tu destreza y tu valía. Sé que eres digna guerrera, pero nunca has combatido en una guerra. No has visto morir a los tuyos mientras tus fuerzas se consumían. No has tenido que mirar hacia otro lado tragándote tu dolor para evitar ser la próxima víctima. No has tenido que controlar tus náuseas debido al hedor a sangre, vísceras y cuerpos corrompidos. No has tenido que controlar tu cordura cuando el caos se adueña de tu mundo. – Iriel hizo ademán de interrumpirle pero el enano prosiguió mirándola con total sinceridad, traspasándola con aquellos profundos ojos azules. - Vas a ver morir a los tuyos sin que tengas tiempo para llorarles, vas a tener que ver sus cadáveres pisoteados mientras prosigues. El caos mermará tu mente y desearás escapar de ese infierno, mas una vez iniciada la batalla, no hay lugar para esconderse. No sé lo que conoces de la guerra, pero te aseguro que no hay gloria en ella. – Suspiró. – Si tu deseo es acompañarme no me opondré, sólo quiero estar seguro de que sabes lo que estás haciendo, que estás preparada para afrontarlo.
Durante unos segundos no respondió. Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Había reflexionado realmente lo que suponía unirse al ejército de los enanos? Era una aventurera, una cazarrecompensas que había tenido que luchar para proteger su vida y a menudo la de sus compañeros, pero no era un soldado. Thorin tenía razón. ¿Qué sabía ella de la guerra? Las páginas de sus viejos libros aparecieron ante sus ojos. Las grandes de gestas del mundo que conocía. La Guerra de la Última Alianza fue la primera que ocupó sus pensamientos, la batalla en la que hombres y elfos se alzaron para luchar contra la oscuridad, contra la criatura más abyecta engendrada en la Tierra Media, Sauron. Recordó los poemas de los héroes caídos y los de muchos otros valientes que no fueron recordados. A continuación unos polvorientos pergaminos la llevaron hasta la Batalla de Fornost, cuando el Rey Brujo y su ejército tuvieron que rendir cuentas ante los ejércitos de Gondor y Rivendel, pues su pecado había sido arrasar las sagradas tierras de los Dunedáin. Las ilustraciones de las batallas representaban con virtud y nobleza a sus combatientes, pero la verdad no se contaba en ellas. Historias disfrazadas de grandeza y heroísmo ignorando la cruel realidad. ¿Qué sabía ella de todos aquellos infelices que habían dado su vida por un noble propósito? Sólo una ilusión vivida a través de efímeros relatos sobre hazañas pasadas que distaban de su tangible realidad.
Su cuerpo empezó a temblar y el miedo se apoderó de ella. Miró al guerrero. Su esplendorosa porte bajo aquella armadura. Su fortaleza, su tenacidad, su honor. Le imaginó defendiendo sus portones mientras las llamas le robaban lo que era suyo, combatiendo contra huestes de orcos frente a las puertas de Moria, dirigiendo en la adversidad a su pueblo en las Montañas Azules. Y de pronto aquella visión gloriosa y legendaria se empañó por una más cercana, más terrenal, más a su alcance. Vio su silueta cansada haciendo guardia en el camino, le vio sentado sobre una roca con el torso desnudo teñido de heridas sangrantes, sus ojos perdidos en el vacío de la derrota, su serena respiración cuando dormía rodeándola con sus cálidos brazos. Así le recordó, como cualquier ser humano. Comprendió que los héroes no eran más que personas corrientes, soñadores que entregaron sus fuerzas por la esperanza de un mañana mejor. Sonrió. Eso también podía hacerlo ella.
- No creo que nadie esté nunca preparado para la guerra, y aun así todos acuden cuando son llamados a filas. No sé lo que pasará ahí fuera, ni si seré capaz de soportarlo, sólo sé que es lo me dicta mi espíritu.
El enano la estrechó entre sus brazos. Sintió el aroma del metal y su frío tacto sobre su rostro.
- No te separes de mí. Te protegeré hasta mi último aliento.
Iriel sintió sus ojos humedecerse, pero se prohibió llorar. El enano acarició su espalda sintiendo la textura de la cota de malla y su voz se volvió amarga.
- El metal de los enanos te protegerá como lo hizo antaño con su anterior poseedor. Lástima no haber podido disponer de él frente a las puertas de Moria. Tal vez la historia hubiese sido diferente, tal vez no hubiera encontrado la muerte tan joven, o tal vez su vida estaba destinada a abandonar este mundo de todos modos, quién sabe…
El enano se separó de ella y caminó en silencio. Iriel no estaba segura de si debía preguntar, pero quería conocer al guerrero que había compartido la pieza que ahora cubría su piel. Con voz temblorosa preguntó.
- ¿A quién perteneció?
Había hablado demasiado, haciendo que la llaga que llevaba años cerrada volviera a abrirse. Ése era el precio de volver a Érebor, recuperar todos sus recuerdos, todas sus pérdidas. Antes de desaparecer por el lugar por donde habían entrado, respondió entre las sombras.
- Se llamaba Frerin. – Hizo una pausa - Era mi hermano.
El resto de los enanos esperaba fuera, ataviados con corazas y yelmos, con sus armas recién afiladas, impacientes por empezar la batalla, por rebanar orcos y aplastar trasgos.
- Por fin un poco de entretenimiento. Mis huesos se estaban oxidando encerrado en esta fortaleza. – Declaró Dwalin calentando los ánimos de sus compañeros, pues era de los pocos que disfrutaba de las batallas aunque supusieran tamaña ventaja.
Cuando el rey apareció los enanos vitorearon agitando sus armas, pero al vislumbrar la silueta de la chica enmudecieron y algunos dieron la voz de alarma. Thorin extendió su brazo frente a su compañera, formando una barrera entre ella y su Compañía.
- Necesitamos todos los guerreros de los que dispongamos para librar esta batalla. Demoraré su juicio hasta que alcancemos la victoria.
Iriel ocultó su turbación. ¿Qué juicio? ¿Es que no se atrevía a confesar a sus compañeros que la había perdonado? Resopló, solventaría aquel asunto más adelante, ahora tenía otras cosas en las que concentrarse. Sin embargo, Glóin no pareció convencido con la explicación.
- ¿Te fías de combatir con ella? ¿Cómo sabes que no te traicionará en el campo de batalla?
Glóin no supo qué mirada le penetró con mayor odio y dureza, si la de Thorin o la de Iriel, pero un escalofrío recorrió su cuerpo y se arrepintió de haberlo preguntado. Bofur dejó escapar una risotada y levantó el pulgar hacia la fémina del grupo. Thorin inició la marcha tras haber dado las instrucciones pertinentes, otorgando un cometido a cada uno de sus guerreros. Las puertas de Érebor se abrieron para dejar salir a sus guerreros.
Thranduil miraba el valle infestado de enemigos. A pesar del orgullo de su raza y la excelente destreza de sus guerreros, un escalofrío le recorrió la espalda, pues tenía un mal presentimiento. Bardo instó a sus hombres a ocupar posiciones defensivas para recibir la primera oleada de enemigos. Se posicionó junto a los arqueros, que ya tensaban sus arcos preparados para disparar a los enemigos más cercanos. Thranduil dio la señal y la primera oleada de flechas salió surcando el cielo, dibujando una parábola mortal que atravesó los gaznates de aquellas bestias. Cuando iban a cargar por segunda vez escucharon abrirse las puertas de piedra. Thranduil se giró sorprendido, pues había creído que los enanos observarían la escena a cubierto mientras se reían de su desgracia. ¿Acaso eran tan ruines como para atacarles ahora que se encontraban en desventaja, acorralados por ambos frentes?
La silueta de los enanos emergió solemne y poderosa. Caminaban erguidos, con la mirada hacia el horizonte y en sus ojos se dibujaba el fervor inquebrantable de la guerra. Los hombres y elfos que se encontraban en la retaguardia enfilaron sus espadas para defenderse, pero el Rey Bajo la Montaña elevó su mano en señal de paz. Thranduil y Bardo aplacaron los ánimos de sus hombres mientras ordenaban la segunda oleada de flechas. El enemigo se encontraba próximo ya, así que guardaron los arcos y desenvainaron las espadas. Antes de colisionar con el enemigo, los líderes de los tres ejércitos se miraron entre sí, aunando una alianza silenciosa.
Thorin elevó su espada al cielo y con un grito de guerra lideró a sus compañeros contra el enemigo.
- Baruk Khazâd! Khazâd ai-mênu!
Y así dio comienzo la Batalla de los Cinco Ejércitos.
