Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.


Epílogo

Ocho meses después…

Me desperté cuando percibí a lo lejos el sonido de unos lloros que ya me resultaban más que familiares y, cerrando los ojos con fuerza, rodé por la cama hasta que me topé con el cuerpo de Jasper, que también se removió.

-Tus hijos están llorando –murmuré, bostezando, abrazándome a él y enredando mis piernas con las suyas.

-También son hijos tuyos –me contestó con la voz pastosa, rodeándome con uno de sus brazos.

-Son míos cuando se portan bien y son adorables. Son tuyos cuando berrean y gritan.

Mi futuro marido sonrió, se levantó lentamente, estirándose como un gato y dándome unas suaves palmaditas en el trasero para molestarme.

-Nuestros hijos tienen hambre –me informó, enfatizando el "nuestros", y yo abrí un ojo para sacarle la lengua.

Me coloqué boca abajo y después murmuré algo ininteligible entre dientes, para ponerme en pie como una zombie y seguir a Jasper hasta la habitación en la que dormían, o mejor dicho, en la que no dormían los peques. Me froté los ojos y estiré mis miembros por el camino. Cuando entré en la habitación, que había pintado un año antes de color lila, me encontré al padre de mis hijos sosteniendo a Adam y haciéndole carantoñas. Supuse que aquella vez me tocaba ocuparme de Sadie, la más llorona de los dos. Me la encontré despierta en la cuna, intentando morderse el pie derecho mientras me miraba atentamente. Soltó su piececito y sonrió ampliamente, a pesar de que tenía los mofletes mojados por las lágrimas, y alzó los brazos hacia mí, pidiéndome en silencio que le prestara atención. Sonreí dulcemente cuando la cogí en brazos y le di una sarta de besos por todo el rostro.

-¿Qué les pasa a estos dos gruñones? –pregunté, mientras me acercaba a Jasper para hacer lo mismo con Adam, que intentaba cogerle la nariz a su padre.

-Vuelven a tener hambre. Y creo que tendremos que cambiarle el pañal a alguno de los dos.

-Pues ya sabes. Tú cambias los pañales mientras yo preparo los biberones –lo fastidié, sacándole de nuevo la lengua, y recibí por parte de Jasper una sonrisita nada divertida.

-Qué simpática.

Ambos salimos de la habitación y nos dirigimos a la cocina. Le entregué la niña a Jasper, que los sostuvo a los dos a la vez y se los llevó para cambiarlos mientras yo les preparaba los biberones. Aquello ya se había convertido en una rutina. Normalmente, los padres que sólo tenían un hijo se turnaban para levantarse por las noches. Nosotros no podíamos hacer eso, pues teníamos que atenderlos a los dos, pero no nos molestaba. Al principio nos costó acostumbrarnos, pero a medida que lo fuimos haciendo cada noche, se convirtió en algo normal para nosotros.

Unos cuantos minutos después, tuve los biberones preparados, justo cuando Jasper volvió a la cocina con los dos niños en brazos. Me encantaba esa escena. Verle cuidar a nuestros hijos con tanto empeño se me hacía demasiado tierno, y no podía evitar sentirme afortunada por tenerle a mi lado. Otro hombre no habría querido saber nada de mí si me hubiese quedado embarazada en nuestras circunstancias, pero él se quedó conmigo y me demostró de todas las formas posibles que continuaba enamorado de mí y que quería estar con nosotros porque éramos su familia. Incluso, tres meses antes me había pedido que me casara con él, y no lo había dudado ni un solo momento, por lo que le dije que sí al instante, sin tener ni siquiera que pensármelo. A mi hermano no le gustó demasiado la idea, y por ese motivo hablé con él seriamente, dejándole claro que, a pesar de todo, amaba a Jasper y me iba a casar con él le gustara o no. Poco a poco había empezado a coger confianza con su futuro cuñado, y ya se podía decir que se llevaban bien. Más o menos.

Todavía faltaba mucho para nuestra boda, pues habíamos decidido casarnos al año siguiente, cuando nuestros hijos fuesen más grandes e hiciera mejor tiempo, ya que no habríamos podido organizarlo todo en pocos meses. Yo quería que mi boda fuese especial, y para conseguirlo, necesitaba bastante tiempo. Por otra parte, había vuelto a la tienda con Maggie, que siempre acababa regalándome cualquier tontería para los mellizos, que ya la querían como si fuese su propia tía. Jasper había recuperado su empleo en el cuerpo de policía, a pesar de que le habían asegurado que aquella era la última oportunidad que le daban para hacerlo bien, y yo sabía que se estaba esforzando por nosotros, para que su familia estuviese bien. Pero no estaba en absoluto preocupada. Era completamente consciente de que aquella vez no iba a fallar de nuevo, porque su vida era otra y se había convertido en un hombre responsable que velaba por los demás antes que por él mismo. Y por aquel motivo estaba tan loca por él.

Mis padres nos visitaban cada semana, pues estaban totalmente enamorados de sus nietos, tanto de nuestros hijos como de Renesmee, que ya era todo un bicho. Mi hermano y Bella debían tener mil ojos puestos en ella, porque ya había empezado a gatear y la perdían de vista a la mínima ocasión. Por otra parte, Scott ya había cumplido los dos años y se pasaba los días hablando por los descosidos. Emmett se había encargado de enseñarle algunas palabras bastante vulgares para que las dijera un niño pequeño, pero Rosalie lo había metido en cintura dejándole claro que no volvería a tocarla hasta que hiciera que Scott olvidara esas guarradas. Y en eso estaba mi futuro cuñado.

Nosotros ya teníamos bastante con lo que teníamos en casa, pues cuidar a dos niños a la vez no era para nada fácil, pero lo llevábamos bastante bien para ser novatos. Nuestros hijos eran muy buenos, pero en cuanto comenzaba a llorar uno, el otro lo seguía, y así era siempre. Había leído que los mellizos y los gemelos tenían una especie de conexión mental muy especial, y Jasper me había dicho que así era. Claro, no podía no creerle, pues él y Rosalie también eran mellizos y siempre se habían llevado genial.

Me acerqué a Jasper, cogí a Adam para darle el biberón y le entregué a mi futuro marido el biberón para que se lo diera a Sadie, que observaba a su padre atentamente. Me senté en el sofá y comencé a alimentar a mi hijo tranquilamente, observándolo con detenimiento. Tanto él como Sadie eran rubios como su padre, pero tenían el cabello lacio como yo, y habían heredado mis ojos y la nariz de Jasper. Por eso, cada vez que los miraba, me recreaba la vista pensando que eran los niños más bonitos del mundo, y a pesar de que eso era lo que pensaban todas las madres, yo sabía que era cierto.

Un buen rato después, ya los habíamos alimentado a los dos y nos encontrábamos paseándonos por todo el salón, intentando hacerles dormir. Yo ya tenía práctica en eso, pues desde que había dormido a Scott por primera vez hacía ya más de un año, me sentía más confiada. Y a nuestros hijos no les costaba mucho dormirse, sólo era necesario mecerlos un poco y cantarles alguna nana para que cayeran en un profundo sueño.

En cuanto los tuvimos a los dos dormidos como troncos, los llevamos a su habitación y los colocamos en las cunas, arropándolos muy poco porque hacía bastante calor, aunque aquel agosto no estaba resultando tan bochornoso como los demás. Después de habernos despedido de cada uno con un beso, Jasper y yo volvimos a nuestra habitación, ya más que despejados. Cuando me tumbé, miré el reloj y me di cuenta de que sólo eran las cuatro y media de la madrugada, por lo que nos esperaba una larga noche de desvelo.

-Acuérdate de que dijimos que mañana iríamos a la playa con Rosalie, con Emmett, con Bella, con Edward y con los niños –me informó mi futuro marido abrazándome por la espalda, pero a pesar de que tenía calor, no le pedí que se apartara.

-Sí, pues no sabes las ganas que tengo de ir –farfullé, resoplando.

-Supongo que las mismas que yo.

Suspiré y cerré los ojos, pero no me vino el sueño.

-Además, mañana estaremos rendidos porque hoy dudo que vayamos a dormir algo. ¿No podemos decirles que vayan ellos, y que nosotros ya iremos otro día? –me quejé, dándome la vuelta para quedar cara a cara con Jasper.

-Podemos, pero seguro que a los peques les va a gustar ir a la playa.

Bufé, resignada, y volví a cerrar los ojos mientras abrazaba al padre de mis hijos.

-Seguro. Pero no tengo sueño.

-Ni yo. Aunque bueno… –murmuró con una sonrisa seductora, acariciándome el cuello con la nariz sugerentemente. –Existen muchas maneras para cansarnos.

-¿Ah, sí? –me hice la desentendida.

-Claro. Puedo enseñarte alguna, si te interesa –me colocó bajo su cuerpo y comenzó a besarme el cuello mientras a mí me entraba la risa tonta.

-Me encantaría.

Lo abracé con fuerza, buscando sus labios con los míos, dispuesta a dejar que me enseñara todo lo que le diera la gana.

Desde que habían nacido nuestros hijos, me había dicho a mí misma que tenía que vivir en el presente y dejar de recordar los malos momentos del pasado. Ni Jasper ni yo podíamos borrar todos nuestros errores, pero ya habíamos comenzado a crear un futuro juntos, mientras vivíamos plenamente el presente.


:) Seguro que esos bebés son los más bonitos del mundo ^_^ Me encantan los finales felices...

Espero no ponerme dramática, pero esto va a ser una despedida algo larga, pues ahora no tengo ninguna otra historia escrita y necesito centrarme en la universidad. No os voy a engañar, porque tengo un millón de ideas en mi cabeza, y os aseguro que a la mínima ocasión me tendréis por aquí otra vez aunque sea con un one-shot, pero de momento, sólo vendré por aquí como lectora.

Espero que os haya gustado muchísimo la historia y que la hayáis disfrutado tanto como la disfruté yo escribiéndola. Y, por supuesto, no puedo marcharme sin daros un millón de gracias por vuestro apoyo y por vuestros ánimos. De verdad que sois las mejores ;)

¡Ojalá nos leamos pronto!

XoXo