Capítulo 36
-Vorondil supe que estás buscando a la hija del Embajador del Valle.- apuntó Imloth examinando el rostro del elfo.
-Sí, así es. ¿Tú sabes algo?- preguntó nervioso el centinela y descendió de su caballo.
-Estaba en el bosque recolectando algunas hierbas medicinales y vi pasar al Embajador Belhtil, su hija y un guardia; cabalgaban con dirección al sur. Es todo lo que sé.- comunicó la elfa, aun sabiendo la restricción que había sobre el asunto.
Vorondil salió a todo galope hacia el sur, viajaría sin descanso hasta encontrarla y saber qué es lo que estaba pasando. Quería deshacerse de ese vacío que le producía la incertidumbre de su ausencia.
-Atto, alassë' undómë. (Padre, buenas tardes)- saludó Lothíriel al encontrar a su padre en el pasillo de la Sala de Consejo.
-Lothíriel ¿dónde has estado?, ¿por qué te vas sin decir nada?- preguntó el Consejero gravemente, examinando a su hija.
-Discúlpame atto (papá), fue algo improvisado, cabalgué con Aran Thranduil hacia las montañas… nada ha pasado- explicaba la elfa cuando fue interrumpida.
-Espero que así haya sido. No estoy complacido con tu comportamiento.- levantó la voz Isilion.
-Atto, nan mara. (Padre, estoy bien). Lo que hago no ha sido con el objeto de ofenderte o desafiarte, me disculpo, si te he importunado.- dijo Lothíriel sinceramente, acercándose a su padre cariñosamente.
-Lothíriel no aceptaré este círculo de faltas y disculpas. Necesito que le pongas solución. ¡Ya basta de exponerte!- repitió duramente el Consejero Real, mirándola.
-Así será, atto (padre). Por favor, confía en la educación que ammë (madre) y tú me han dado.- expresó la elfa de ojos grises.
Isilion suspiró intentando apaciguar su enojo. -¿Querías decirme algo?- averiguó el Consejero, mientras entregaba un pergamino a un elfo que se había acercado.
-Ná, atto (Sí, papá). Aran Thranduil desea hablar con nosotros, la reunión será hoy por la noche.- avisó Lothíriel, un tanto nerviosa.
La extrañeza provocó que Isilion se tensara. -¿Hablar con nosotros?, ¿sobre algún asunto en particular?- indagó confundido.
-Atto (Padre) esperemos hasta que ammë (madre), tú y yo, nos reunamos con él.- dijo Lothíriel, intentando ocultar su exaltación.
El Consejero Real se mostró aún más embrollado, pues había pensado que se trataría de una charla relacionada con los asuntos del reino. Aunque muy en el fondo se negaba a creer lo que estaba sospechando.
Antes de que su padre pudiera decir algo, Lothíriel le dio un beso en la mejilla, le sonrió y se retiró rumbo al campamento del Pueblo del Valle.
-Seregon, le informo que Vorondil salió a toda prisa rumbo al sur del bosque.- dijo un guardia.
El excapitán tuvo un mal presentimiento al respecto. –Da la orden para que lo detengan de inmediato.- demandó Seregon y se dirigió en busca del Rey Thranduil. El guardia volvió a internarse en el bosque hizo sonar su cuerno para que atendieran la orden. A los pocos minutos, el aviso había llegado a oídos del propio Vorondil que se tensó y apresuró la marcha aguzando sus sentidos. De pronto, el caballo se detuvo, dio un fuerte relinchó y se paró sobre sus patas traseras proyectando a su jinete sobre la nieve.
Vorondil se levantó de prisa, se encontraba aturdido por el golpe, sacó su espada y miró a tres elfos que lo rodeaban; uno de ellos había agarrado las riendas de su caballo mientras los otros dos tenían sus manos sobre la empuñadura de sus espadas.
-Vorondil, se nos ha ordenado detenerte.- advirtió uno de los soldados.
-Lo siento, pero hay algo que debo hacer. No abandonaré el reino, si ese es el problema, sólo quiero dar alcance al grupo del Embajador.- avisó Vorondil bajando su espada, sin dejar de prestar atención al más mínimo movimiento de los centinelas.
-No es negociable, tenemos la orden de llevarte de vuelta. Vamos.- dijo otro de los guardias, acercándose poco a poco.
Vorondil iba a abalanzarse sobre los centinelas, cuando uno de ellos le propinó un fuerte golpe en la nuca que lo dejó inconsciente. Rápidamente lo subieron a su caballo y lo trasladaron de vuelta al corazón del reino.
En el Pueblo del Valle, Elmoth llevaba un par de días en aquél lugar. El sitio estaba en ruinas, los restos de las viviendas estaban esparcidos por todos lados, el olor a quemado aún podía percibirse, los cimientos eran lo único que había quedado allí. El sitio era silencioso, la corriente del río era lo único que se escuchaba. De inmediato, se dio a la tarea de remover los escombros ayudándose con los caballos y la carreta, los apiló a las afueras del pueblo.
Como lo hubieron dispuesto con Lothíriel y el resto de los encargados, primero se rehabilitarían los pozos y se inspeccionarían las tierras de cultivo. Elmoth recorrió los lugares aledaños, inspeccionó la tierra y el agua del río; todo parecía normal. Incluso el río le pareció más puro que de costumbre. Una noche se sumergió en aquellas aguas, fue como si el afluente hubiera borrado viejas cicatrices, su mano sanó completamente y al cerrar los ojos pudo sentir la presencia de su amada elfa noldor acompañándole. Pronto una rabia incontenible lo invadió, salió como perseguido por el fuego, tomó un mazo y fuera de sí comenzó a golpear los escombros, hasta que cayó de rodillas exhausto. El sudor escurría por su frente, sus manos estaban amoratadas, corrió hasta la fogata que mantenía prendida desde que arribara al pueblo y arrojó una antorcha a la basura que había apilado, aquello comenzó a arder.
-¿Selman mana Lothíriel? (¿Por qué Lothíriel?)- se cuestionaba el elfo desesperado. Al presentir que la elfa cada día se alejaba más y más de su vida. Se negaba a la posibilidad de que ella se comprometiera con alguien más que no fuera él. Se quedó mirando las brasas y recordó aquella ocasión en la que visitara a Lothíriel cuando ésta vivía en Imladris. Elmoth había viajado durante algún tiempo recolectando piedras preciosas y buscando perfeccionar sus técnicas como orfebre, incluso relacionándose con algunos de los enanos del norte.
En Imladris conoció a Lord Elrond, le pareció un elfo sabio pero arrogante. El valle era hermoso, tranquilo y relajante, demasiado para su espíritu guerrero. Los elfos de aquél lugar parecían mirarlo con recelo y curiosidad a la vez, no obstante, no le apeteció relacionarse con ninguno de ellos. Cuando le permitieron ingresar al lugar, se encontró con Lothíriel sentada sobre el césped verde, cerca de una pequeña cascada, leía atentamente un voluminoso libro, estaba realmente hermosa, ataviada en un delicado vestido plateado. Cuando el elfo había decidido acercarse, un par de elfos altos, uno de cabello castaño y otro pelirrojo, se aproximaron a Lothíriel, se sentaron junto a ella, conversaban sobre algún tema que parecía divertirlos, la elfa les dedicaba encantadoras sonrisas.
Elmoth se ocultó detrás de un árbol a observar la escena, los celos le carcomía. Después de unos instantes, el elfo castaño se despidió dando un gentil beso en la mano de la elfa. Lothíriel y el elfo pelirrojo se encaminaron a un jardín alejado de la cascada, era un área abierta y había todo tipo de herramientas de entrenamiento. El elfo entregó a la noldor un arco y aljaba, ambos se preparaban para disparar a diferentes blancos y así lo hicieron, el pelirrojo era verdaderamente hábil, la elfa acertó a los blancos, no obstante, había algo en su postura que le restaba velocidad a sus movimientos, el mismo Elmoth pudo notarlo. Así que, el elfo se colocó detrás de Lothíriel, la rodeó con los brazos y corrigió su postura al sostener su arco y flecha, mientras le decía algo al oído.
Elmoth salió de su escondite; Lothíriel y el pelirrojo se dieron media vuelta sorprendidos. La elfa le sonrió emocionada y lo saludó cálidamente. No obstante, el orfebre observaba amenazadoramente al elfo que le devolvía la misma mirada. La hermosa noldor se percató de la tensión y propuso a Elmoth ir a otro lugar a conversar. Así lo hicieron, el elfo de ojos azules platicó de sus experiencias a lo largo de su último viaje y le obsequió un camafeo elaborado en oro, con incrustaciones de diminutos diamantes que formaban el nombre de Lothíriel en aquella bella caligrafía del pueblo eldar.
Elmoth quiso mostrarle personalmente a Lothíriel todo aquello que había conocido, los increíbles lugares que había encontrado y los extraños personajes con los que se había cruzado. En aquella ocasión le propuso irse con él y aventurarse más allá del mundo de los eldar. No obstante, la noldor se negó, pero durante el tiempo que permaneció el orfebre en aquél sitio, ella le mostró el Valle de Imladris y sus maravillas. Le habló sobre historias que desconocía, le mostró las memorias de aquél pueblo y lo presentó con los más habilidosos orfebres del sitio. Elmoth parecía estar disfrutando de su estancia, había aprendido mucho sobre el trabajo con metales, sin embargo, sus celos lo enfermaban. Lothíriel era una elfa de gran belleza y ésta no pasaba desapercibida por los elfos de Rivendel, constantemente era cortejada, rodeada con obsequios de todo tipo y rara vez se hallaba sola.
El elfo pelirrojo de penetrante mirada esmeralda, siempre se hallaba pendiente de la elfa y había desarrollado una perceptible animadversión por Elmoth. En una ocasión, el elfo de Imladris invitó al orfebre a una cabalgata cuyo destino eran las montañas, allí había unas cuevas famosas por su increíble riqueza en piedras preciosas. El elfo del bosque aceptó, no sin cierta desconfianza. Cuando la caravana de varios elfos llegó hasta las montañas se encontraron con un escarpado terreno cuyo suelo estaba formado por resbaladiza gravilla y los escurrimientos de agua le daban una consistencia pantanosa.
Las cuevas se hallaban en las partes más altas, así que debían escalar. El elfo pelirrojo se mantenía próximo al orfebre como acechándole, cuando estuvieron en una zona repleta de rocas, Elmoth vio la oportunidad de deshacerse del elfo, así que, en un movimiento estiró el brazo hasta sujetar una roca, precariamente dispuesta sobre la superficie de la montaña, tiró discretamente de ésta y se proyectó hacia la cabeza del elfo de Imladris, el cual, cayó varios metros por la ladera de la montaña. Elmoth alcanzó a escuchar lo que el elfo dijo, "nunca te amará". Finalmente el pelirrojo quedó tendido, con el cuello roto, al borde de una saliente de afiladas rocas. El evento fue considerado como un desafortunado accidente, dado el peligroso ascenso y la falta de testigos oculares.
Elmoth y el resto de los elfos volvieron a Imladris con el cuerpo del elfo. Al encontrarse con Lothíriel algo diferente había en ella pues estaba distante y melancólica, aún incluso antes de que se enterara del fallecimiento del elfo. En las exequias, Lothíriel pidió a Elmoth que se marchara, ella había vuelto a tener problemas con las visiones y no deseaba ver a nadie que le resultase familiar. El orfebre reemprendió un nuevo viaje pero su corazón nunca lo seguía, siempre permanecía con ella.
El sonido de los cascos de caballos en la lejanía sacó a Elmoth de su ensoñación. Trepó al techo de una de las construcciones que aún quedaban en pie y observó la amplia compañía de jinetes que se acercaban al Pueblo del Valle.
Después de haber tomado un baño, de escuchar los últimos reportes de las respectivas guardias y de despachar los asuntos más urgentes; Thranduil se hallaba reunido con los miembros del Consejo. Isilion se encontraba distraído evaluando la actitud del Rey Sinda.
-Isilion ¿algo que desees agregar?- cuestionó Thranduil advirtiendo la actitud del Consejero.
-Á Tari meletyalda (Oh Majestad)… el asunto con los hombres del Valle está siendo prudentemente atendido por Lothíriel, se están afinando los planos para la reconstrucción y están a la espera de los galadhrim.- apuntó el Consejero Real, reacomodándose en su asiento.
-Ese asunto lo trataré personalmente con los responsables.- respondió Thranduil, evaluando la inquietud del elfo noldor.
-Aran Thranduil, nuestra gente ha sido provista equitativamente con las provisiones que recibimos y recabamos, las raciones son modestas, pero puedo asegurarle que no han pasado hambre. Los sanadores y Radagast están listos ante cualquier posible eventualidad…- explicaba el Consejero Lenwë cuando se escuchó que llamaban desde el portón de la Sala de Consejo.
-Adelante- autorizó el Rey Elfo.
-Amin hiraetha hîr vuin (Lo siento mi señor), Seregon solicita hablar con usted dice que es urgente.- advirtió Anardil.
-Está bien que pasé.- ordenó el soberano.
-Aranya Thranduil (Mi Rey Thranduil), mis señores.- saludó educadamente el excapitán. Se aproximó al monarca. –Hîr vuin (Mi señor), Vorondil cabalgó sin autorización hacia el sur del bosque, di la orden de detenerlo y los guardias lo han hecho, pronto llegarán.- avisó Seregon.
Thranduil respiró profundo, sabía cuáles eran las intenciones de Vorondil y se molestó ante el desafío de su autoridad. Pero, sobre todo, ante la posibilidad de que dicha acción pudiera interferir con los planes de los hombres y desembocar en altercados que involucraran a su gente. –Cuando estén de vuelta lo quiero encerrado en los sótanos. Averigua cuáles eran sus intenciones y quién ha hablado con él.- dijo implacable el monarca. –Elfo u hombre que desatienda las reglas de este reino deberá someterse a castigos severos.- declaró para todos los presentes.
-Como ordene Aran Thranduil.- asintieron los miembros del Consejo y el excapitán.
Lothíriel estaba reunida con los elfos de la guardia, los galadhrim y los hombres. Acotaban los últimos detalles de los planes y el itinerario que seguirían para la reconstrucción. De acuerdo con ello, el pueblo estaría habitable a principios de la primavera, aunque no del todo concluido, no obstante, la gente podría desplazarse hasta el Valle para ultimar lo que hiciera falta. Hombres y elfos parecían satisfechos con la estrategia, pero para cumplirla debían trabajar arduamente y contar con la ayuda que habían prometido los Hombre del Bosque.
Lothíriel volvió de golpe a la realidad cuando recordó a Ivorwen y el destino que le deparaba en aquél lugar. Volvió a sentir culpa y muchas preguntas se abalanzaron sobre su mente. ¿Qué pasaría si Thranduil llagara a enfrentarse ante la disyuntiva de decidir entre ella y su pueblo? Se entristeció al reconocer la respuesta más probable… quizá después de todo el Rey Elfo tendría razón ¿por qué habría de ser la vida de alguien más valiosa que la de un pueblo? La noldor debía aceptar que al enlazarse con el sinda la vida no sería fácil; habría situaciones desafiantes, decisiones difíciles, ineludibles responsabilidades e inamovibles prioridades. En muchas ocasiones, debía ser consciente, ella no sería lo más importante en la vida del monarca.
¿Por qué de pronto sentía tal ambición de ser lo más significativo en la vida de alguien? Finalmente en la existencia de cualquier ser, las historias, vínculos, aficiones, educación, responsabilidades, ética, aspiraciones, etcétera; lo hacían ser tal cual era, y si de verdad ella lo amaba incondicionalmente. ¿Por qué debía ansiar cambiar sus raíces para satisfacer su deseo?
Quizá su idea del amor era una construcción inmadura e infantil. En su corazón no había duda de lo que sentía por Thranduil, en su corazón el temor era al vínculo emocional, uno que exigía ser valorado, aceptando, respetado y construido día a día para que fuera fructífero y duradero. Probablemente debía comprender las cosas desde un punto de vista diferente, tal vez no sería siempre lo más importante en la vida de su amado, pero quería procurarle y procurarse la felicidad y el crecimiento como pareja. Quería construir momentos inolvidables, quería ser capaz de compartir alegrías y tristezas, placeres y sinsabores…
-¿Lothíriel se encuentra bien?- preguntó uno de los guardias al notar la mirada ausente de la elfa.
-Disculpen, me distraje.- respondió Lothíriel, volviendo toda su atención a sus compañeros.
-¿Está usted de acuerdo que esperemos al resto de los galadhrim para empezar con las maniobras?- preguntó el centinela.
-¿Cuánto tiempo estima que tardarán sus coterráneos en llegar?- preguntó Lothíriel al elfo de Lothlórien.
-Un par de días más, Mi Lady.- dijo el elfo observando atentamente a la elfa.
-Bien, creo que podemos esperar, no obstante, si no llegan en el tiempo deseable proseguiremos con el plan.- opinó Lothíriel.
-Estamos de acuerdo.- asintieron sus interlocutores.
Después de que concluyera la reunión, fue acompañada por los elfos a realizar la correspondiente inspección del campamento. Hablaba con sus habitantes, escuchaba sus preocupaciones, solucionaba los problemas que en sus manos estaba hacerlo, se aseguraba que la comida y la bebida estuvieran disponibles, enviaba a los sanadores a evaluar a aquellos que así lo requerían y, en muchas de las ocasiones, compartía la cena con el pueblo del Valle. Los habitantes le habían tomado un cariño especial a la elfa, confiaban y disfrutaban de su agradable compañía. Lothíriel, por su parte, había aprendido mucho de las costumbres de los hombres. Le gustaba escuchar sus historias, sus puntos de vista sobre los acontecimientos, sus temores, sus hazañas y, sobre todo, su manera de vivir ante su impertérrita mortalidad.
-Mi Lady ¿me permite?- dijo el galadhrim de cabello castaño, vivos ojos verdes y piel pálida. El elfo le entregó una llamativa flor roja.
-Hannon le (Gracias)- dijo Lothíriel sorprendida. -¿A qué debo su halago?- averiguó.
-Es usted la flor más hermosa que mis ojos han visto o que volverán a ver jamás.- declaró el elfo viéndola con intensidad.
Lothíriel se sonrojó poniéndose nerviosa.
-Discúlpeme, no es mi intención, incomodarla.- manifestó el elfo de ojos verdes. -¿Me permitiría acompañarla durante la cena con las personas del Valle?- indagó cortésmente.
-Es muy gentil, pero debo negarme. Esta noche no podré compartir la cena con el pueblo. Si me disculpa me retiro.- respondió educadamente la elfa de cabellos oscuros, dirigiéndole una cálida sonrisa.
-Mi Lady ¿no se quedará a cenar?- preguntó una mujer rubia, regordeta y de mejillas encendidas.
-Lo siento, en esta ocasión no puedo, pero hágame saber si necesitan algo.- dijo Lothíriel retirándose del lugar.
Caminó sosegadamente hasta su hogar, los nervios le oprimían el pecho y su cabeza era un remolino de pensamientos. No se dio cuenta que había llegado a su casa hasta que chocó con su madre.
-¿Man-ie Lothíriel?, ¿manen natye? (¿Qué pasa Lothíriel?, ¿cómo estás?)- averiguó Ilmen sonriéndole a su hija.
-Amin hiraetha ammë (Lo siento mamá), sólo estoy algo nerviosa.- dijo Lothíriel.
-Es normal veleth nin (cariño) hoy es un día muy especial. Áva sorya (No te preocupes), todo saldrá bien, ya lo verás.- señaló su madre dándole un beso cariñoso en la frente. -A tulë asenyë (Ven conmigo) te he preparado un baño relajante.-
Lothíriel entró a su hogar; era cálido y acogedor como de costumbre. Cuando ingresó a su habitación, había sobre la cama un vaporoso vestido color púrpura, de cuello de ojal, mangas largas y amplias, ceñido en la parte superior y una falda larga bellamente bordada con hilos de plata y cuyo movimiento era exquisito.
-Veleth nin (Cariño) este vestido lo usé cuando me comprometí con tu atto (papá). Si te gusta, y así lo deseas, puedes usarlo esta noche.- explicó la distinguida elfa noldor.
-Es hermoso ammë (mamá), será un honor. Hannon le (Gracias).- mencionó Lothíriel emocionada, pasando las puntas de sus dedos sobre la suave tela.
-A lelyalmë, yelya (Vamos hija).- indicó Ilmen a su hija para que esta se metiera en la pila con agua caliente con esencias aromáticas.
Ilmen fue a su habitación a prepararse para el evento que tendría lugar esa noche. Estaba feliz por su hija, pero sabía que sería duro para Isilion. Siempre había sido un padre sobreprotector, cariñoso y estricto. Ahora debía confiar en que su hija tomara la mejor decisión para su futuro.
-¡Meleth nin (Mi amor), una estrella ha descendido a mi hogar!, ¡Vanimelda! (¡Hermosa!)- señaló Isilion provocando el sobresalto de su esposa, que concentrada en sus pensamientos no le había escuchado llegar.
-Hannon le indonya (Gracias, mi corazón).- respondió Ilmen besando a su esposo. La elfa llevaba un vestido largo, suave, de elegantes acabados en color azul marino que resaltaba sus hermosos ojos. –Lothíriel se está preparando, ¿estás listo meleth nin (mi amor)?- preguntó acariciando el atractivo rostro de su esposo.
-Hace algunos instantes concluyó la reunión del Consejo, Aran Thranduil no me mencionó nada sobre la cita de esta noche. Pero estoy seguro que estará satisfecho con el trabajo que ha hecho Lothíriel con el Pueblo del Valle.- opinó el Consejero tomando asiento. Parecía cabizbajo.
Ilmen sonrió delicadamente a su esposo, se sentó a su lado tomando su mano. –No creo que ese sea el tema que nos reunirá el día de hoy.- expresó suavemente.
El Consejero posó sus intensos ojos grises en su esposa, la miró por unos instantes en silencio hasta que se puso de pie, y comenzó a recorrer la estancia, pensativo. Pudieron escuchar el dulce canto de su hija provenir de su habitación, estaba feliz.
