Capítulo 37
Bella entró en la sala del tribunal. No se detuvo ni a observar la antigua sala ni a la concurrencia. Iba acompañada de un abogado que el señor Jeferson había sugerido y que únicamente estaba allí para cumplir los formalismos legales. Como corresponde a una mujer que hace infeliz a un hombre de prestigio, le ofende y desacredita públicamente, iba vestida de forma provocativa, marcando sus curvas y pintada como para ir a un baile de disfraces. Si bien cuando se vio en el espejo se asustó, después comprendió que, como buena actriz, debía utilizar el maquillaje y el vestuario adecuados para representar la función. Por supuesto Alice había colaborado con la elección del atuendo. Theresa se había llevado las manos a la cabeza y expresado su desaprobación con vehemencia, además de criticar abiertamente a su patrón por lo que estaba ocurriendo. Bella se limitó a aguantar estoicamente, ya que cuanto menos gente conociera aquella charada; más posibilidades de llevarla a cabo habría. Esperó pacientemente a que el juez se sentara y ordenara al resto de la sala que hiciera lo mismo. Sabía que en un lateral estaba su padre, irradiando su furia, y eso le daba fuerzas para seguir. No quiso mirar a su derecha, donde se encontraba Edward con su abogado, el señor Jeferson. A sus espaldas, a modo de respaldo, estaba Alice, que le apretó la mano por debajo en señal de apoyo incondicional. El primero en exponer el caso fue el señor Jeferson. Bella no entendía cómo alguien tan joven estaba tan curtido en esto de la justicia, pero era el único abogado que supo dar con la solución. Aunque fuera dolorosa. Ella escuchó los motivos por los cuales se solicitaba el divorcio sin inmutarse, a pesar de que muchos curiosos reunidos en la sala la miraban como si no pudieran creerlo. Estaba claro, si del populacho se tratara, ella saldría de allí condenada a morir por lapidación. Después, y manteniéndose impasible, oyó a Edward mentir ante el juez. Siguió sin mirarle, pues temía desconcentrarle durante su declaración si sus miradas llegaban a cruzarse. Declaró con tranquilidad, manteniendo la calma y como si de un hombre resignado se tratase. Si no estuviera al cien por cien segura de que él lo hacía por ella, oírle decir tales barbaridades supondría un gran varapalo. A sus oídos llegaron los murmullos desaprobadores por su inadecuada conducta, una mujer casada y, además de su posición, hacía tales barbaridades. Bella siguió impertérrita, pues ella había oído cosas peores de muchas damas y caballeros que se pavoneaban por los salones de sociedad; claro que un baño de hipocresía parecía arreglar todo. Su abogado se limitó, una vez concluida la exposición de Abel Jeferson, a murmurar que no ponían objeción y a que se fijara la cantidad que recibiría Bella en señal de compensación. Cosa que también estaba pactada de antemano, así que... ¿para qué prestar atención?
—Ya falta menos —murmuró Alice a su espalda infundiendo ánimos.
—Señora Cullen. —El juez se dirigió a ella—. ¿Está conforme con los términos aquí expresados? —preguntó el juez. Por su tono estaba claro que Bella debería estar, como poco, en un convento de clausura y sin posibilidad de salir de allí.
—Señorita Cherterfield —le corrigió altiva, ganándose otro murmullo de desaprobación por parte de la concurrencia y una reprimenda por parte del magistrado. Negaba en público su condición de casada recuperando el apellido paterno, aunque eso también era para atragantarse.
—Hasta que yo no haya dictado sentencia, usted es la señora Cullen. —El juez reorganizó sus papeles enfadado con la respuesta de ella—. Bien es conocida mi aversión a un proceso de divorcio, diga lo que diga la ley. En todos los años de ejercicio he procurado que los cónyuges se lo piensen y se reconcilien, pero visto su caso...—Levantó un dedo acusador—. Debo modificar mi anterior postura. —Tosió haciendo esperar más a la sala y a Bella, que quería salir pitando de allí—. Bien, aunque no comparto la decisión de su todavía marido de dejarle semejantes bienes...— En ese momento Bella miró de reojo a Edward y eso casi le hace flaquear. Ella le había recalcado, por activa y por pasiva, que se iba a casa de su hermano y que por tanto no era necesario estipular ninguna cantidad.
—¿Qué... qué bienes? —preguntó con timidez. Pero el misógino del juez no lo vio así.
—Señora Cullen, con esa pregunta deja bien claras cuáles son sus prioridades. —Carraspeó de nuevo antes de proseguir. Edward estaba a punto de saltar sobre ese energúmeno y partirle la cara. ¿Cómo se atrevía? Bella estaba allí, a menos de tres metros, sentada esperando la sentencia y aguantando estoicamente. La única parte positiva era ver a su suegro chirriar enrojecido por la que se avecinaba. Puede que fuera un necio sin sentimientos, pero no era tan tonto como para no darse cuenta de lo que se jugaba en este proceso. —Bien, la relación de propiedades que le deja su marido le será explicada convenientemente por su letrado en su momento. Solo debo añadir que si de mí dependiera, usted no recibiría ni los buenos días. Su comportamiento ha sido deplorable, indigno e impropio de una mujer de su clase—. Otro maldito carraspeo—. Por todo lo expuesto, si las partes están de acuerdo y en cumplimiento de la ley... —Y el juez expuso los artículos de la ley que daba vía libre al divorcio. Ella le preguntó a su abogado-títere en voz baja de qué bienes hablaba el juez y este se limitó a responder que era mejor no entrar en detalles en ese instante, pues solo complicaría las cosas y que se dilatara el proceso innecesariamente. Obedeció sin replicar deseando acabar cuanto antes. En cuando oyó que se levanta la sesión, Bella salió sin mirar atrás, dispuesta a esconderse del mundo. A tal efecto estaba un trasporte discreto esperándola a la salida. Iba a refugiarse a casa de su hermano, rechazando la oferta de Alice para instalarse con ellos, pues Bella sabía que podía perjudicarles. Ahora todos, al ser conocedores de su mal comportamiento, podían criticarla con base legal. La promesa de emborracharse para superarlo no se podía cumplir si un amigo metomentodo se empeñaba en hacerte compañía.
—Deja de tocarme los cojones —saltó Edward exasperado. Tener a Jasper vigilándole era lo que menos deseaba. Su amigo metomentodo arqueó una ceja y pasó por alto, con su típica actitud aristocrática, el comentario tan impropio de Edward. Si bien estaba en su derecho de enojarse, Jasper no quería ver a su compañero de fatigas hundirse en lo que podía haber sido y no fue.
—Somos amigos, ¿no es cierto? —Jasper se acercó a la licorera, no con intención de servirse una copa, pues eso solo haría que su amigo pidiese más, sino para evitar partirle la cara a Edward y espabilarle ya de paso—. Tu servicio doméstico deja mucho que desear —dijo señalando las copas vacías sobre el aparador.
—¡No toques eso!— Jasper levantó las manos en señal de paz.
—Como quieras, pero no me des esos sustos. —Le miró y se dio cuenta de que debía ser algo realmente serio—. No soy nadie para juzgar los fetiches de los demás.
—Jasper, maldita sea, ¿no puedes, aunque solo sea por una vez, tomarte las cosas en serio?
—Podría intentarlo, pero no prometo nada.— Edward suspiró resignado. Vaya día que llevaba, o mejor dicho, qué semanita. Tras obtener vía libre en el juzgado para su divorcio, había intentado sobrellevar, si eso era posible, la separación de Bella refugiándose en su casa. No había aparecido por su despacho. Pero, pese a sus intentos de reclusión, hay quien se obstinaba en interrumpirle. Jasper, faltaría más, era el más persistente. Aunque su padre también lo intentaba. Por primera vez había discutido seriamente con su progenitor. Este no podía entender las acciones de su hijo, y Edward no podía revelar todo el trasfondo sin dejar en entredicho a Bella. Además, cuanta menos gente supiera que había mentido humillando públicamente a su esposa para obtener el divorcio, mejor. Cuando golpearon a la puerta con los nudillos fue Jasper quien abrió la puerta.
—El señor tiene una visita —anunció el mayordomo.
—Me temo que no es buen momento —dijo Jasper adelantándose a los deseos de su amigo.
—¿Quién es? —preguntó Edward enfadado. Ya estaba bien, su casa últimamente parecía un lugar de peregrinación con tantas visitas.
—¡Hijo de puta! ¡Da la cara! — Los gritos provenían del recibidor. Edward se levantó e hizo señas a su mayordomo para que se retirara. Lo mismo hizo con Jasper.
—Ah, no, de ninguna manera, esto no me lo pierdo yo por nada del mundo.— Siguió a Edward hasta la entrada donde Peter Chesterfield vociferaba. Nada más verles aparecer volvió a la carga.
—¡Taimado, rastrero hijo de la gran puta! —Edward se fijó en que el hombre estaba a punto de sufrir un colapso o algo peor. Resollaba cada vez que intentaba hablar y lo que menos quería en este momento es que sufriera un ataque en su casa.
—Tranquilícese —intervino Jasper—, así no llegaremos a ninguna parte.
—¡No se ponga de su lado! ¡Usted pertenece, como yo, a otra clase! ¡Debería vigilar más con quién se relaciona!
—Sí que está alterado, sí —murmuró Jasper con ironía. Se cruzó de brazos como el que va a disfrutar de un espectáculo.
—¿Qué busca? —preguntó Edward.
—A ti, desgraciado. Te rodeas de gente importante, pero... ¿sabes qué? Jamás, jamás serás uno de nosotros. —Señaló a Jasper y a sí mismo.
—Bien mirado —dijo Jasper adoptando su estudiada pose de aristócrata condescendiente y observando sus cuidadas uñas—, siempre hay ovejas negras entre nosotros. ¿No está de acuerdo, Lord Chesterfield?
—¡Basta ya! —interrumpió Edward enfadado—. Se lo advertí una vez, no quiero verle por esta casa. Aquí no es bienvenido.
—No vas a salirte con la tuya, desgraciado, nos veremos en los tribunales y voy a ganarte. Te humillaré públicamente como has hecho con mi hija. ¡Bastardo! Ella no se merecía ese trato.
—Hablando de humillaciones... a usted se le da muy bien humillarse solo. —El comentario de Jasper estaba fuera de lugar, pero se quedó bien a gusto tras soltarlo.
—No me hable de su hija. —Edward debía aguantar las ganas de cogerle del cuello y echarle personalmente—. Para usted no ha sido más que una moneda de cambio. ¡Ahora no me venga con que se preocupa por ella!
—¡Es mi hija! —exclamó como si eso explicara todo—. Estoy seguro de que no le quedó otro remedio que comportarse así después de estar contigo.
—He dicho que no hable de ella. —Edward estaba al límite de su paciencia.
—Puedo hacerlo si quiero, por su culpa no podrá volver a aparecer en público. Todo el mundo la marginará.
—Y no podrá volver a venderla. —El ácido, pero acertado, comentario de Jasper, hizo que se pusiera aún más furioso.
—¡Ya he tenido suficiente! —Edward se situó frente al hombre amenazadoramente—. No vuelva por aquí, no mencione de nuevo el nombre de mi esposa, no se atreva a intentar joderme porque no quiero arrastrarlo hasta el fango, y créame, estoy deseando poder hacerlo. ¿Me ha entendido?
—Aún puedo defenderme de tus amenazas, aún puedo incluso dar la cara si fuera necesario, cabrón, pero prefiero ver cómo un juez te desafía públicamente y cómo tienes que reconocer tu derrota ante todos. Hasta con el nombre equivocado, no eres uno de nosotros.
—Se repite, buen hombre. —Otra vez Jasper aguijoneando—. Me aburre soberanamente.
—¡Cabrón! Puede que también le haya comprado. —Ahora la embistió contra Jasper.
—A diferencia de usted —Ahora Jasper ya no era educado—, en mi mundo no vendemos ni compramos seres humanos, y Edward es mi amigo ¡Así que váyase a tomar por el culo!
—Se acabó. —Edward le señaló la puerta—. Largo de aquí. ¿O desea que mi criado le saque a patadas?
—Como buen hijo de puta no quieres ensuciarte las manos, ¿eh?
—Usted lo ha dicho. Está lleno de mierda. —Abrió la puerta invitándole a salir. —Esto no ha acabado aquí. ¡Me oyes!— Bam. Un portazo y el vestíbulo se quedó en silencio.
—Debo decir —Jasper se examinó sus uñas perfectamente cuidadas— que ese hijo de puta los tiene bien puestos.
—Está desesperado. Le van a embargar hasta la camisa. —Edward lo sabía muy bien.
—En fin, está de más decir que él se lo ha buscado, ¿no?— En vez de responder se dio la vuelta.
—¿Dónde vas? —preguntó Edward al ver que su amigo se alejaba en dirección a la biblioteca.
—A intentar convencerte de que dejes de dar por el culo y hagas algo para variar.
Edward, resignado a aguantar la compañía de su amigo, le siguió. Como si fuera su casa, ordenó que les sirvieran café y algo de comer. Así que sin otro remedio se vio en el despacho, sin ganas de con ganas de compañía. ¿Por qué la gente se empeñaba en intentar acompañarle? ¿Pensaban que iba a hacer alguna tontería? ¿No se daban cuenta de que a veces uno está mejor lamiéndose las heridas en soledad? Probó algo de la comida y masticó sin ganas. Puede que fuera un manjar pero en esos momentos le daba igual.
—Una vez saciado nuestro apetito —Jasper se limpió educadamente— de comida —se apresuró a aclarar—, hablaremos largo y tendido...
—No me apetece hablar y menos contigo.
—De tu inestimable esfuerzo por ser un gilipollas.— Edward arqueó una ceja ante ese comentario directo.
—Te he advertido, por activa y por pasiva, que quiero estar solo.
—Lo cual me lleva a la segunda cuestión del día. —Jasper hizo una pausa para crear expectación—. Puedes sentirte satisfecho. Lo has logrado.
—Tu retorcido sentido del humor normalmente me aburre, pero hoy más que nunca.— Como si no le hubiera oído, Jasper siguió a lo suyo, intentando no perder la paciencia con un amigo tan obtuso.
—Tal y como yo veo las cosas...
—A ti no te han apartado de Alice, así que no puedes opinar.
—Tal y como yo veo las cosas —Jasper comenzó de nuevo—, tienes dos opciones.
—A saber...—murmuró Edward con cinismo, sin ganas de seguir escuchando lo que no quería oír y pensando en alguna forma de quitarse a Jasper de encima.
—Primero, seguir siendo un estúpido, quedarte aislado en casa, comenzar a beber como un cosaco y dentro de un año presentarte ante tu esposa hecho un guiñapo, oliendo peor que una destilería, demacrado y con el carácter más agrio que de costumbre.
—Gracias —dijo Edward entre dientes.
—Si optas por ese camino, además de lo obvio —otra de esas pausas expectantes—, tu evidente degradación física —no hacía falta mencionarlo pero a Jasper le encantaba dar discursos y cuanto más te empeñabas en que los acortase, más circunloquios utilizaba—, debes tener en cuenta el deterioro de tu imagen pública y sobre todo de tu puesto como director. ¿Quién va a respetar a un jefe que se tambalea en las contadas ocasiones en las que aparece por la oficina?— A Edward le estaba gustando muy poco la charla de su amigo.
—Joder, tú lo ves muy fácil.
—Deja de quejarte y escucha. La gente se compadece de ti porque tu mujer ha sido una perra fría y calculadora, te ha sacado buenos cuartos, por lo cual tú debes seguir el guión.
—Ya. —Edward sonaba escéptico. —Traducido, para que tu mente lo entienda: aprovecharte de las circunstancias. Esa es la segunda opción, y bajo mi humilde opinión —Jasper jamás era humilde—, la más acertada.
Edward se paró un instante, reflexionando...Joder, qué hijo de puta, Jasper era más listo que él cuando se lo proponía. Muchos inversores, conocedores de su "calvario" personal, se mostrarían algo menos reacios a sus exigencias. Y ante la sociedad en general, y la masculina en particular, siempre sería él el bueno. Aunque ello conllevara la caída aún más en desgracia de Bella, pero...después...
—Veo que vas cogiendo la idea. —Jasper sonrió.
—Y, cómo no, tú estarás a mi lado apoyándome como buen amigo.
—Y sacando un buen porcentaje, amigo mío, no olvides que yo sí conozco la verdadera historia.— Dicho así, podía sonar a chantaje pero Edward no dudaba ni por un segundo de la lealtad de Jasper.
—Aun así, estar separado de ella...imagínate tú en mi lugar. —Jasper sintió un escalofrío de solo imaginarlo.
—Ni lo menciones. Ahora, dediquémonos a lo importante. La semana que viene visitaré a tu mujer. Como supongo que no quieres decirme en voz alta el mensaje, escríbele una carta.
—No. Alguien podría encontrarla.
—¿No te fías de mí?
—No seas estúpido. Confío en ti, simplemente me preocupa que algún criado cotilla o a saber quién vea por casualidad esa carta y todo se vaya al garete.
—Entendido. Entonces tendré que ponerme tierno con tu mujer y decirle al oído cuánto la quieres, lo mucho que la echas de menos y...— Edward entrecerró los ojos. —Y lo guapa que estará de negro cuando asistamos a tu funeral.
Aquí nuevo cap.. y una disculpa por no actualizar antes, pero los exámenes y trabajos finales de la universidad me traían vuelta loca y a eso súmenle problema familiares... pero ya regrese hahaha mas que dispuesta a terminar todo lo que tengo pendiente por acá..
Besos Lady Zukara Cullen Grey
