Los ladrillos de la realidad

Le habían dicho que buscase algo de ropa para la ninja, pero ni sabía cuál era su talla, ni sabría identificarla aunque se la dieran. No por ser mujer iba a tener que saber necesariamente de ropa. Y Effie era más varonil que muchos hombres. Aunque… últimamente… no estaba en su salsa.

Ahora vagaba por los pasillos del hospital, meditando dónde podría encontrar un conjunto para la hoshidana. ¿Estaría cualquier cosa bien, o se negaría a vestir algo nohrio? Ella no solía ser muy tiquismiquis con aquella disputa entre naciones, pero comprendía que había diferentes opiniones.

La suya, por ejemplo, era que todo el conflicto era una absurda pérdida de tiempo. Son vecinos, ¿por qué no podían solventar sus pequeñas riñas? Sin embargo, velar por su amiga y señora la había hecho aprender unas tristes verdades. Corrupción, avaricia, deseo de sentirse superior, gozar del mal ajeno… no podía dejar a Elise sola en aquel pozo de miseria que el castillo Krakenburg.

Effie no estaba teniendo una buena racha. Llevaba horas hambrienta, le dolía el hombro y todavía tenía que solventar el problema en su corazón. No se permitiría seguir siendo vasalla de su mejor amiga si no era capaz de sacrificarse en cuerpo y alma por ella. Sencillamente desafiaba la propia definición de 'vasallo'. Por ello, debía encontrar a Arthur y decirle que no sentía nada por él. Quizás así pueda engañarse a sí misma y sobrevivir un día más.

"¡Hola, Effie! ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?" Dijo de pronto una voz, sacándola de sus pensamientos en el poco transitado pasillo del hospital. Como invocado con su mención, el salvador de los inocentes, y el hombre de sus pensamientos, apareció ante ella.

No llevaba la parte superior de su conjunto justiciero, pues le habían vendado los hombros por donde le alcanzaron. La habilidad de su señora era tan inmensa que ni siquiera quedarían cicatrices, lo cual también tenía que ver con el tiempo que transcurrió desde que le hirieron hasta que le sanaron.

Effie se quedó algo aturdida al verle el torso desnudo, recordando la anterior vez que le observó de aquel modo. Aunque luchó por permanecer neutra, un tono rojo invadió su cara. Arthur alzó una ceja al notar a su compañera diferente, haciendo una mueca con la boca. Se había fijado en ella las suficientes veces como para saber cuándo le pasaba algo.

"¿Estás bien? No tienes buena cara. ¿Te sientes mal?" Se preocupó el rubio, acercándose y poniéndole la palma de la mano en la frente de la peliblanca. Aguardó de aquel modo durante unos segundos, intentando deliberar si aquella temperatura era normal en su clara piel.

"Estoy bien, Arthur. No te preocupes." Desvió la mujer, apartando su mano antes de que se alterara por el mero contacto. "¿Sabes dónde puedo encontrar ropa de repuesto para una mujer… eh…?" Se paseó las manos por delante del torso, encontrando dificultad para expresar sus exagerados rasgos.

"Claro. Vengo de allí. Me querían haber dado una camisa blanca, pero otra persona la necesitaba más, y el resto no me estaban bien." Se rió Arthur, con las manos en la cintura. Effie no pudo evitar sonrojarse otro poco, descontrolando sus ojos y deleitándose con el trabajado cuerpo de su compañero. Otra vez.

"P-por favor." Pidió Effie, acercándose a él, sintiendo su garganta atascarse un poco. Había dejado su armadura rosa en el taller, pues necesitaría que reparasen la grieta que le hizo la marioneta. Por ello, se había puesto ropa cómoda de estiramientos: pantalón verde oscuro corto y camisa blanca de tirantes.

Arthur la guió hacia el almacén donde había visto el guardarropa. Aunque normalmente no le habría llevado ni cinco minutos llegar, es Arthur de quien estamos hablando. Un gato rubio se había vuelto a colar por la ventana de una de las habitaciones, creando un escándalo al ser alérgicos sus pacientes. Arthur intentó apresarlo sin hacerle daño, pero antes se llevó unos cuantos zarpazos en el rostro. Sin embargo, el héroe no se molestó con el gato. Sabía que estaba asustado, y que había entrado porque quería comida. Por ello, le dejó libre sin ninguna clase de castigo, salvándole de los molestos enfermeros.

Effie se acercó a él, preocupado de sus arañazos, tocándole la mejilla con delicadeza, sin saber realmente si hacía aquello por el zarpazo o por… sus cristalinos ojos. La peliblanca sacudió la cabeza, espantando aquella molesta tontería de su cabeza. Terminaron su camino hasta el almacén, donde, sin delicadeza ninguna, echó alcohol sobre la herida del rubio, todavía agitada por sus propios pensamientos.

El héroe se habría resentido, pero tenía varias razones por las que aguantarse el picor. Frente a su inestimable amiga, debía siempre mostrar su más amplia sonrisa. Mientras le hacía la curación, Effie se percató de que la estancia en la que estaban era bastante silenciosa, por no hablar del hecho de que estaban solos… y cercanos en un espacio reducido, mermado por las estanterías de medicamentos y soluciones.

Cuando la peliblanca estuvo por reunir el suficiente valor para sacar aquel tema de su pecho, Arthur se levantó para enseñarle donde estaba la ropa que necesitaba. A diferencia de los hospitales en las ciudades capital, la ropa de repuesto no eran batas blancas. En su lugar, eran conjuntos simples de personas que los habían desechado porque no les quedaban bien. Reciclaje y reutilización. Que estuvieran desgastadas solo hacía a las prendas más cómodas.

"Arthur, yo…" Llamó Effie, intentando insistir en lo que quería decir, acercándose con la cabeza baja.

"Y dime, ¿de qué tamaño es más o menos la ropa que necesitas?" Preguntó el rubio, rebuscando en un montón sobre un tablón horizontal. Al mover inoportunamente un puñado de ropa, ésta se desmoronó sobre él. No habría sido la gran cosa, pero de algún modo el resto de la ropa comenzó a caerse también, amenazando con sepultarlos.

En una situación normal, Effie se habría limitado a sacarles de ahí, pero no era tal situación. Por ello, se aferró a él, rodeándolo entre sus brazos mientras les llovía la ropa limpia de colores desteñidos. Segundos después, solo el silencio les acompañó.

"¿Estás bien, Effie?" Preguntó el desgraciado héroe, intentando moverse. Sí que debía haberse amontonado ropa sobre ellos, pues aunque lo intentaba no podía moverse. Lo que no sabía era que no podía moverse porque unos delgados brazos le apresaban.

"Arthur…" Repitió la peliblanca, sintiendo sus emociones martillearle el pecho, tanto que se temía que el rubio se daría cuenta en su abrazo. Había un sentimiento que bullía en su interior, pero nunca antes se habría imaginado que pasaría por una situación similar: no estaba preparada mentalmente. Jamás había dicho esas palabras que muchas niñas de su generación quisieron un día decirle a un hombre que las amase.

"¿Puedes moverte? Yo debo estar bien atrapado, porque-

"Siento algo por ti, Arthur." Interrumpió la peliblanca, apretando sus brazos entorno al musculado hombre. Éste se quedó paralizado, víctima de la sorpresa. Al bajar la cabeza, se dio cuenta de que su compañera le estaba mirando a los ojos, apoyando la barbilla en su pecho, sin ropa de repuesto que obstaculizara. Los tonos verdes de sus ojos bastaron para borrarle cualquier pensamiento secundario a Arthur. ¿Había escuchado bien?

"¿S-sientes algo?" Repitió Arthur, demasiado impresionado como para preparar una respuesta mejor. Effie apretó los labios, bajando la vista y respirando con pesadez. Entonces volvió a mirarle, con renovado y rosado rubor.

"C-creo que… te quiero…" Murmuró, temblorosa. El rubio se puso colorado de golpe, encontrando extraña aquella escena. Había pensado larga y tendidamente sobre cómo podría confesarse a Effie en los días venideros, pero… ¿se le acababa de adelantar? ¿Qué?

Los segundos se hicieron minutos entre ellos, y en la ausencia de sonido, sus corazones creaban un compás alterado y caótico, solo para ellos oír. El rubio no tardó mucho en decidir su respuesta. Le había golpeado con la verdad, y contestaría del mismo modo.

"Effie… quiero que sepas que yo me siento igual contigo." Respondió Arthur, con un esfuerzo extra en que no se le trabara la voz en aquel momento. La emoción le había mordido el cuello, y no le iba a dejar hablar con normalidad. Effie se sonrojó intensamente, para después apretar los labios.

"Pero eso es terrible." Replicó la peliblanca, enterrando su cara en el pecho de su compañero. Arthur apartó la mirada, entendiendo a la perfección a lo que se refería: Elise. Si había alguna clase de prohibición de relaciones entre compañeros, 'vasallo' es sin duda el empleo que priorizaba aquella norma. ¿Cómo iba uno a proteger a su señora cuando el corazón le pide otra cosa? Sencillo: no puede.

"¿Qué… qué vamos a hacer?" Preguntó Effie, aflojando su abrazo mientras el temblor la sacudía. El rubio se aprovechó de aquello para rodearla hacia sí, sorprendiéndose nuevamente de lo pequeña que era pese a ser tan fuerte. Había deseado estrecharla entre sus brazos durante tanto tiempo… que la emoción hizo presa de él.

"Debemos decírselo." Decidió el debilitado héroe, aireando lo que los dos ya sabían. El problema radicaba en '¿qué harían después?'. Siendo su señora como era, no podría alegrarse más por ellos dos, pero no entendería lo que eso suponía… para su rol de guardianes.

Arthur sintió que, llegado el momento, debía ser él quien se retirase del servicio. Podéis pensar que lo haría porque le importaba menos Elise, pero no podríais equivocaros más. Sabed una cosa de los héroes: cuando se enfrentan a un mal cuyas soluciones son aversivas para todos, eligen sacrificarse a sí mismos. Y no podría pedirle a Effie que dejase a su mejor amiga de lado, pues la quería demasiado como forzarla a sacrificarse por él.

"Quiero que cuides bien de Elise." Dijeron a la vez, sin esperarse ninguno la intervención del otro. Se miraron perplejos durante un segundo que se hizo jugosamente eterno. O tal vez fueron varios segundos. Effie estiró las puntas de sus pies, y Arthur se agachó un poco.

Bajo el montón de ropa ocurrió la tragedia que sentenció su destino. El mismo que liberó a sus corazones. Tras el cálido beso, se miraron durante unos dramáticos segundos, afligidos por la dificultad de su relación. Volvieron a intensificar su abrazo, apoyándose mutuamente para el aterrador futuro que les esperaba, y su inevitable conversación con Elise.

-O-O-O-

No sabéis lo que me alegró ver a Felicia recibirnos poco después de cruzar el portal. Las vasallas de Camilla se empeñaron en que habláramos los cuatro, y mira que Beruka no es de las que suelan hablar. Aprecié su gesto, pero opuse algo de resistencia: tenía miedo de que al intercambiar palabras con Camilla, me dijera algo que reafirmara mi teoría. … Sería tan bonito que todo esto hubiera sido un malentendido… ¿eh? *Mirada distraída*

"¡Tierra a Miles! ¿Estás ahí?" Me llamó la sirvienta, ayudándome a caminar al sujetarme del hombro con delicadeza y consideración por mis heridas. ¿Ves, Gunter? Así se trata a un enfermito. *Indignación*

"Sí, perdón. Estaba algo distraído. Tengo muchas cosas en la cabeza últimamente, y no van a parar de aumentar." Sonreí, desesperado ante mi destino cruel.

Era divertido enfrentar una situación tan bizarra, simplemente por el hecho de su naturaleza: no todos los días eres un cerdo con la primera mujer de la que te enamoras, eres rechazado por todos los que aprecias, y aun así decides enfrentar las dificultades a su lado. Puesto así… parece que soy alguien impresionante, pero no os equivoquéis… si lo fuera, no la habría cagado tanto, ¿no?

Felicia soltó un suspiro, mirando al camino de piedra que guiaba nuestros pasos hacia el hospital. Vino en busca de más heridos que tratar, pero en cuanto me vio con la princesa y sus seguidoras identificó mi brazo contorsionista. Por ello me raptó para llevarme al hospital, licenciando a las demás.

"Oye, Miles… ¿puedes ayudarme con algo?" Me pidió lentamente, con una marcada duda en su voz. Tal vez me hubiera negado, colmado a cosas que considerar, pero siempre tendría tiempo para ayudar a aquella patosa sirvienta de braguitas rayadas. ¿O eran de otra forma? … ¿Por qué estoy pensando en sus bragas? Mente mía, céntrate.

"C-claro." Asentí, derivando mis pensamientos a ciertas bragas negras de líneas amarillas, de una cadera que ahora tenía prohibido observar.

La pelirrosa miró a su alrededor con nerviosismo, asegurándose de que estuviéramos solos. Verla así hizo que mis delirios de narración interna se minimizaran, intrigado por sus intenciones.

"¿Es… es posible enamorarse de otra persona?" Me preguntó, con un evidente rubor en su cara. Se llevó una mano al rostro, intentando bajarse la temperatura con su magia, sin mucho éxito.

"¿Supongo?" Contesté con una voz de pitufo, extrañado como nunca. "¿Es que ya no te gusta Corrin?" 'O, más bien, ¿ya no te gusta tanto?' Añadí en voz alta. Y yo que a los veintitrés años pensé que ya había escuchado de todo. Ay…

"¡¿Qué?!" Se alteró la sirvienta, soltándome para mirarme ofendida. "¡Claro que no!" Añadió con furia. Parpadeé un par de veces, sin procesar muy bien a dónde me quería llevar. Felicia agachó la cabeza un poco, mirando a las salpicadas baldosas con confusión. Había llovido en el plano astral hace poco. Se olía en el aire, y había charcos ocasionales.

"Es que… he descubierto en mí unos sentimientos casi tan intensos… y no sé si eso es posible, porque…" Felicia no pudo proseguir hablando, pues interpretar la abstracción de las emociones era difícil para todos, yo incluido. Al menos su cuerpo se expresaba por ella. Estaba reprimida, temblaba un poco y vestía rubor. Cielos, de verdad se sentía atraída por esa persona… … … ¿Quién era?

"… Es la primera vez que oigo algo parecido." Mencioné, aturdido. Me llevé la mano sana a la barbilla, meditando rápidamente unos razonamientos sobre su racionalidad, moralidad y previsibilidad.

El término 'pareja' viene del hecho de ser dos. Uno complementa al otro, y viceversa. Pero, ¿tres? Eso es nuevo. ¿Un trío? Suena mal, ¿eh? Pero que no os deje intimidar la palabra. Fuera del contexto sexual es idéntica a 'pareja'. Así que, ¿por qué iba a ser menos válida?

Lo normal en las relaciones es que haya una especie de ranking sobre quien nos gusta más y quien menos. Que Felicia me plantee la posibilidad de haber conocido a otra persona que quiere casi tanto como a Corrin… buf, es inesperado. ¿Es siquiera posible? … Supongo que tengo la respuesta delante de mis ojos: si me estuviera mintiendo, no podría actuar tan bien su angustia.

"¿Está… mal… que me sienta así? ¿Estoy siendo infiel?" Me preguntó Felicia, agarrando los bordes de su falda con tensión, esperando el juicio del experto sobre la materia. Uf… ¿qué le digo yo a ésta niña? Normalmente se considera que las relaciones impuras de muchos entre muchos, al estilo harem, son malas, pero, aunque difícil, no es del todo imposible concebir la idea de una relación sana de tres. Bah, soy psicólogo, no moralista.

Cada uno elige su forma de pensar, y la mía es muy abierta. No es particularmente buena, pero tampoco es mala. Aquí no hay ranking. … No mientras no impongas la tuya… la cual sería clasificada como 'mala' simplemente por el hecho de ser impuesta. Un dictador no es muy querido, pero una persona igual de 'malvada' que usara una máscara y piel de cordero sería tan querida que sus súbditos irían hasta el mismo infierno por él. ¿La diferencia? La estrategia para presentar tus ideas. Cuidado con las apariencias…

"No." Le contesté finalmente, sintiendo la sangre acudir a mi cabeza. Aquel asunto era frágil, y si quería que aquella planta, fuera la que fuera, sobreviviera, debía asegurarme de darle el agua que necesitase. "¿Qué es lo que quieres, Felicia?" Le pregunté, buscando obtener de ella la cantidad de agua necesaria. La pelirrosa se llevó las manos a la cabeza, perdida.

"No lo sé… no…" Murmuró, obviamente mintiendo. Lo sabía, pero le daba vergüenza. Y un miedo tan horrible que le estaba haciendo daño. ¿Cómo reconocer que…?

"Los quieres a los dos." Dije por ella, alzando la vista al nubloso cielo. Mis palabras alteraron notablemente a Felicia. "Entonces haz eso. Es lo que te haría feliz, ¿verdad?" Le sugerí, alzando una ceja que entendía que no era tan fácil decirlo como hacerlo.

"Pero… ¿cómo…?" Aunque la pelirrosa hablaba sin terminar sus palabras, mi reciente interés por leer pensamientos me llevaba a aventurarme en odiseas exploratorias.

"Tienes dos formas de proceder: o se lo dices primero a Corrin y esperas su respuesta, o se lo dices a esa otra persona. Sea lo que sea, aunque les quieras a los dos, depende realmente de ellos que acabéis juntos. Podrías perderlos a ambos, perder a uno y quedarte con el otro… o conseguirlos a los dos… Luego estaría el problema de cara al público. Pero no dejes que eso te ate las manos." Sonreí, aclarándome la garganta para empezar a pegar alaridos mientras alzaba la mano al cielo.

"¡¿Qué es la moral?! ¡¿Qué es el bien y el mal?! ¡¿Debí abrir primero el ojo izquierdo, el derecho, o los dos a la vez, al despertar?! ¡Si solo alguien me diera la respuesta definitiva…!" Y entonces bajé la mirada para dirigirla a la aturdida sirvienta. "…la vida no sería emocionante." Terminé, dando una pequeña visión de que sufrir de ansiedad ante lo que traiga el futuro, es parte de lo que hace a la vida, la vida.

"Estás como una cabra, ¿lo sabías?" Se rió la pelirrosa, forzada por mis exageradas payasadas. Le sonreí de vuelta, alzando un pulgar con potencia.

"¡Y a mucha honra!" Tras años deliberando cómo quería ser, cuando era un majara que hablaba sin pensar mucho fui de lo más feliz. Pobres de aquellos que no intenten vivir su vida como quieran… por eso iba a ayudar a Xander… aunque todavía no sepa cómo.

Felicia volvió a recogerme, retomando el paso que llevábamos hacia el edificio cada vez más cercano. Aunque se quedó silenciosa, no dije nada. Debía estar interiorizando mis palabras, y no le vendría mal. Seguía asustada, pero aquello era normal. Mira que enamorarse de dos personas… no os hacéis idea de lo, primero, difícil que es que algo así ocurra, y, segundo, que algo así acabe bien. Debía ser alguien parecido a Corrin, y alguien así solo podía ser… uh… espera… … bah, ya lo confirmaré luego.

En cuanto a mí… ¡Ánimo, Felicia! ¡Demuestra a los incompetentes de mis profesores que estaban equivocados! … Realmente le deseaba lo mejor. El corazón no atiende a razones en éstos asuntos, pero, ¿os imagináis cómo sería para ella satisfacer sus deseos? … … ...

"Por cierto, me he peleado con Camilla." Dije al rato, sorprendiendo a Felicia. Pensar en 'deseos' me llevó a examinar los míos.

"¡¿Qué?! ¿Qué has hecho? ¿Es que le has visto la ropa interior?" Me preguntó, recordando lo mucho que se enfadó conmigo cuando me ocurrió lo mismo con ella. Un breve silencio se instauró entre nosotros, dándole a entender que no es como si Camilla ocultara sus bonitas bragas negras, para empezar. ¡Hurra por la rara moda nohria! *Risas*

"Es verdad que hice una cerdada, pero no me pareció que fuera tan importante entre nosotros. Además, me dijo una cosa que me gustó un montón…" Ay… 'Por ti' *risa boba, interrumpida por depresión*… si tan solo las cosas hubieran seguido por ahí… Felicia se quedó mirándome con ojos perforantes, molesta con mis actos pervertidos. Se detuvo en cuanto recordó si deseo de ver cierto cuerpo desnudo de cierta persona.

"¿Entonces?" Me preguntó, dejando de lado aquel hecho menor que era nuestra perversión. ¿Qué era eso cuando había dicho que me había peleado con quien proclamé poseedora de mi destino?

"No lo sé. Si simplemente me odiara… podría intentar que me perdonase, pero tras darme el puñetazo, su voz no pudo ser más fría y distante, como si estuviera muerto para ella." Narré, notando el dolor de mi cuerpo empeorar con la sola mención de mis heridas sentimentales. La sirvienta apretó los labios, tragando saliva ante aquel horrible escenario que le planteé.

"¿Qué le hiciste?" La pelirrosa sabía que no era algo relacionado con mi perversión. A Camilla no le gustaban los pervertidos, pero Miles se esforzaba mucho en ocultarlo, y eso era evidente porque casi nadie lo sabía.

"Si solo lo supiera…" Suspiré, sacudiendo la cabeza. Felicia se paró un momento, agarrándome de los hombros y mirándome seriamente.

"Sea como sea, siempre podrás contar con mi apoyo, Miles." Me prometió con una mirada decidida. … No sabéis lo mucho que me aligeró el pecho saber aquello. Aunque no me estuviera prometiendo arreglar las cosas… saber que no estaba solo… reconforta.

"Gracias, Felicia." Le contesté, levantando una sonrisa un poco cansada, pero honesta en el fondo. Entonces recordé la curiosidad que sentía por saber quién era la nueva persona en sus pensamientos.

Un repentino abrazo me embistió de pronto, pillándome desprevenido. Menos mal que había crecido… no lo sabéis bien. Si hubiera sido tan baja como cuando la conocí, al rodearme con sus brazos me habría aplastado el codo herido. … ¿Y qué era ese bulto que tenía en su pecho? Estos estirones repentinos… ¿es que quería pillar a su hermana o qué?

"¡Miles! ¿Ya estás de vuelta? ¿Qué tal te ha ido todo?" Me bombardeó Elise, tan radiante como siempre. Si el apoyo de Felicia me sacó del pozo oscuro que eran mis pensamientos, Elise era el sol que apartó a las nubes para saludarme.

"Algún que otro problemilla aquí y allá, pero estoy bien. Aunque una visitilla al hospital sería de agradecer." Indiqué, intentando despegármela. ¿Había sido siempre tan cariñosa? Y… ¿qué fue lo que le pasó la última vez que hablamos? … ¿Se le había pasado ya, fuera lo que fuera? Aún necesitaba muchas respuestas sobre aquel asunto.

"¿Eh? ¿Estás herido?" Se preocupó de inmediato, comenzando a buscar mis heridas, palpándome el cuerpo. Si no fuera porque tenía unas costillas rotas, me hubiera reído por las cosquillas que me hizo.

"Ya me ocupo yo de tratarle, señorita Elise. Debéis estar exhausta tras cubrir la primera ronda de sanación." Intervino Felicia, salvándome de tropezar con un desnivel de piedras. Me sorprendió que no se cayera conmigo, pues aquel hubiera sido el porvenir esperable.

La rubia torció los labios, mirándome con unos ojos que no pude descifrar. ¿Desde cuándo era tan misteriosa ésta princesa? Normalmente soy capaz de hacerme una imagen de lo que piensan los demás, pero Elise había blindado su mente. Me intrigaba hasta el punto de rozar lo irrazonable, pues no debería sentirme tan alterado por ello. Entonces sacudió la cabeza suavemente y volvió a sonreír.

"¡Está bien! ¿Habéis visto a mi hermana? La llevo buscando un rato, pero no la encuentro." Nos preguntó Elise llevándose un índice a los labios, inclinándose alrededor nuestra, por si la escondíamos tras la espalda.

"Creo que se fue a-"

"Selena y Beruka la escoltan a su cuarto. Dijo que quería descansar un poco." Me interrumpió Felicia, sonriendo a la siempre amigable princesa.

"¡Gracias! ¡Mejórate, Miles!" Se despidió la rubia, corriendo hacia la fortaleza en la distancia. Me hizo algo de gracia ver sus coletas perseguirla al viento. ¿Qué extraña física manejaba sus cabellos? Ésta Elise… no me imagino qué pudo apagar su sonrisa antes, pero me alegraba muchísimo ver que estaba bien. Y había actuado genuina en su bienestar. Qué cándida. *Mirada contenta*

-O-O-O-

Beruka había dejado a Olber jugando con Ace, ya que era el único más pequeño que él. Era la más temprana incorporación en el grupo de wyverns, y entre el imponente dragón negro de Camilla, Darius, y el pequeño y afilado de Beruka, había estado en buenas manos.

Ahora las tres caminaban hacia el cuarto de la princesa, donde seguramente les daría un explicación sobre Miles. Nunca antes se había sentido tan ilusionada por poder contar con la confianza de su señora, y no estaba nada mal el sentimiento.

"Beruka, querida, ¿podrías hacerme un favor importante?" Pidió de pronto Camilla, apenando el rostro. La peliazul atendió presta a sus órdenes.

"Por supuesto. Sois mi señora." Contestó Beruka, preparada para obedecer.

"¿Podrías ir a vigilar a los hoshidanos?" Mandó la princesa, agarrándola de los brazos, buscando su mirada con cariño. La asesina parpadeó un par de veces, aturdida. No era lo que se hubo esperado. Por alguna razón, pensó que le pediría algo más personal, y ahora se sentía… apagada, dolida. Del disgusto, llegó a pensar que no la querían a su lado.

"Alguien debería echarles un ojo, y no se me ocurre nadie mejor que tú para ello. Mandaré que alguien te sustituya, y cuando termines, ven a mi lado tan rápido como puedas." Instruyó la pelimorada, arropando entre sus brazos a su preciada vasalla.

Selena se cruzó de brazos, fastidiada de ser dejada fuera. Infló las mejillas y desvió la mirada, celosa. Beruka entonces entendió que era todo lo contrario. Porque confiaba en ella, le pedía algo así. El sentimiento de angustia desapareció de ella, dejando tras de sí una agradable sensación de ser querida.

"Como ordenéis, mi señora." Asintió Beruka, algo achantada por ser aprisionada entre sus rasgos de mujer. La pelimorada despidió a su adorada vasalla, segura de que cumpliría el encargo al pie de la letra. En cuanto llegara al castillo enviaría alguien a sustituirla.

Al volverse, vio a su otra atesorada vasalla, hinchando los mofletes y cruzando los brazos. La invadió la risa al verla de aquella manera, sorprendiendo a la sensible Selena. Camilla la estrujó entre sus brazos, correspondiendo a la pelirroja. Si era por amor, tenía para dar de sobra, y si era por sus confiables amigas, siempre.

-O-O-O-

Ésta asesina regresó corriendo al hospital, dispuesta a vigilar a los hoshidanos por su señora. Cuando llegó a la habitación del peliverde malherido, se encontró a su hermano con él. Saizo alzó la vista para mirarla, guardando silencio mientras Beruka entraba en el cuarto para sentarse en una silla y esperar pacientemente, con las manos sobre las rodillas y al borde del asiento.

El pelirrojo se quedó observándola, intuyendo su propósito con facilidad. Pocas personas eran capaces de conversar con las miradas, pero aquella chica era sin duda una de ellas. Antes, en las mazmorras, dialogaron sin decir ni palabra. Saizo mostró su rendición, lo cual al principio le costó creer a Beruka, pero no tardó en darse cuenta de que era verdad.

Tras un rato de tranquilo silencio, el par de asesinos se levantaron. Kaze, perplejo, observó como mantenían un duelo de miradas. De vez en cuando alguno hacía un movimiento extraño, echando un codo hacia atrás y flexionando una pierna. Aunque parecían estar posando uno en frente del otro, estaban manteniendo un duelo amistoso sobre primeros impactos: en función de la posición del otro, traduciendo la mirada que tenía su contrincante debían predecir cómo les atacarían con un cuchillo corto. Al ver un cambio en los cambios de su oponente debían responder tanto defensiva como ofensivamente.

Kaze tuvo dificultades para contener la risa, no porque fuera particularmente divertido, pues para él estaba siendo todo un espectáculo, y, de hecho, lo era, pero el pensar que tal vez no hubiera vivido lo suficiente como para ver a su hermano hacer aquello con una nohria… se sentía bien seguir vivo. Aún no le había podido expresar su gratitud a Corrin lo suficiente, pero se aseguraría de hacerlo la próxima vez que le viera.

No pasó mucho tiempo hasta que trajeron a un rubio herido en el torso y en el brazo, ayudado por una sirvienta pelirrosa. Antes de entrar, ambos dudaron en dar un paso al frente, pues lo que estaban viendo, además de ser harto confuso, era inquietante. ¿Se iban a pelear los asesinos? Sus miradas decían eso.

La sirvienta acomodó al hombre alto y flacucho en la cama vecina del ninja, y en el más tímido silencio comenzó a tratarle las heridas. Kaze decidió apiadarse de ellos, rompiendo el hielo al entablar una amistosa conversación sobre el cielo de aquel sitio y lo raro que eran ver nubes así de oscuras en Hoshido. Una vez cada varias lunas llenas, les contó. Aún faltaba bastante para la próxima. Tanto el rubio como la chica se alegraron enormemente de poder abrir la boca y hablar, protagonizando lo que ocurría en aquel cuarto y dejando a los combatientes un poco de lado, en su propio mundo.

En la habitación contigua estaba un molesto mayordomo limpiando el suelo y cambiando las sábanas. Nyx se vio obligada a taparle los ojos cuando le arrebató las mantas a Kagero, pues todavía no había llegado la ropa, y Orochi se lanzó encima de su amiga para cubrirla la mejor que pudo.

Aunque Jacob se resistió, la pequeña Nyx había tratado con suficientes déspotas como para dejarse intimidar por aquel. Con una mirada lo suficientemente poderosa como para asustar a un mamut, el joven orgulloso salió del cuarto, donde la pequeña maga le explicó lo que había hecho mal. Antes de salir, señaló a la augur el libro que había dejado sobre la mesita, ordenándole entregarle el regalo por ella.

Jacob le discutió que no tenía ningún interés en el cuerpo de la hoshidana, a lo que Nyx contestó con una bofetada. No le permitiría actuar así cuando casi la violan. Ese mequetrefe no sabía… no sabía el miedo que se sentía. El mayordomo soltó un par de gruñidos, antes de dejar escapar una disculpa. Se marchó poco después, dejando sola a la pequeña bruja. Tenía una montaña de tareas que atender, así que no podía quedarse todo el día a mostrar su arrepentimiento.

La baja morena se quedó en el pasillo a solas, guardando silencio. No se sentía con ganas de hablar con nadie. Recordar lo que casi le pasó… la forma en la que fue tratada por los mokushujin… la hacía temblar. Sus largos años de experiencia no la habían preparado para algo así, y jamás había llegado a compartir su cuerpo con nadie… no tenía intención de hacerlo.

Un descuidado chocó con ella por accidente. Nyx se dio cuenta principalmente porque la luz a su alrededor se apagó. Al volverse, vio al gigante silencioso con el que compartió algunos de sus libros. Benny asomó la cabeza sobre las cajas que cargaba. Quería ayudar en lo que pudiera en el hospital, y transportar cajas pesadas era su especialidad.

"Perdona, no estaba viendo por dónde caminaba. Lo siento mucho, Nyx." Se disculpó el rubio, dejando los cajones a un lado. La morena desvió la vista, echando un vistazo a su cargamento. Botellas llenas de medicamentos… seguramente provenientes de la despensa de Kotaro. Ella sabía mejor que nadie lo pesadas que eran las botellas rellenas, y Benny había estado llevando tres de golpe.

Nyx no llegó a contestar, soltando un desanimado suspiro en su lugar. Benny se agachó un poco hacia ella, examinándole el rostro tras su velo.

"Tienes mala cara. ¿Estás bien? ¿Puedo hacer algo por ti?" Se preocupó el gigantón, apenando las cejas. No sabía lo que le había pasado, pero no era normal que una mujer tan madura tuviera aquella expresión. Ya sabía lo de su edad.

La maga no se había llegado a dar cuenta, pero bajo su velo había estado mordiéndose el labio, y apretaba los puños con nerviosismo. Le temblaba el pulso, y cada vez que cerraba los ojos veía al pedófilo que quiso aprovecharse de su reducido cuerpo… para… actos… sexuales…

"¿Quién ha sido?" Preguntó entonces Benny, cargado de furia, azotando su expresión de violencia. Una enfermara al final del pasillo le vio la cara y se desmayó, provocando que varios compañeros fueran a ayudarla.

No obstante, Nyx no se dejó achantar. Si se sorprendió fue por otra cosa. Apenas había intercambiado cinco palabras con aquel hombre, y ahí estaba, preguntándole a quién tenía que matar para que se tranquilizara. Aquella actitud en sí fue el bálsamo para su inquietud.

"Gracias." Contestó sencillamente la morena, agachando la cabeza y mirando a las piernas del hombre. Se preguntaba si habría sido tan alta de haber seguido creciendo. Toda su familia llegó a medir metro ochenta, por lo que estaba segura de que así habría sido.

Una lágrima prófuga se escapó de su ojo, brillando con el reflejo de la luz. Benny se quedó paralizado, inseguro de cómo proceder. Quería ayudarla, y era evidente que necesitaba consuelo, pero cuando él intentaba hacer aquello, solía ser contraproducente.

Nyx se agachó para coger una de las cajas de medicamentos, usando todas sus fuerzas para levantarla. Aunque no tenía el músculo para mantenerla en alto, tenía la técnica necesaria para suplir su carencia de fuerzas al encajar sus brazos entre sí.

La chica comenzó a caminar por el pasillo, conociendo el destino de aquellas sustancias que transportaba Benny. El rubio cogió las otras dos cajas en silencio y fue tras ella, en parte preocupado de que se le cayera la mercancía, pero principalmente preocupado porque lo hiciera y se hiciera daño.

De vuelta en el cuarto de las hoshidanas, Orochi le sacó nuevas mantas a su amiga. Antes de entregárselas, fue a la puerta, cerrando el pestillo. Entonces se lanzó sobre Kagero, abrazándola y haciéndole cosquillas. La morena intentó resistirse y aparentar que no hacía efecto, pero la augur sabía muy bien que sí. Unas cartas se lo dijeron.

Tras su pequeño juego, la pelimorada se quedó reposando sobre la ninja, dedicando unos últimos pensamientos a la angustia que sintió por ella, reflejándose en el afecto de su abrazo lo mucho que le importaba su amiga. Kagero le acarició la cabeza, extrañada de no encontrar su peinado recogido en un doble lazo tras la cabeza, ajustado por el peine y los ornamentos dorados.

"¿Por qué nos rescatasteis?" Preguntó de pronto Kagero, con la voz extrañada. Orochi se incorporó un poco, lo suficiente para mirarle a los ojos. "Sé que Saizo y tú lo habríais hecho, pero, ¿por qué los nohrios? ¿Qué ganan con hacernos prisioneros? Si piensan hacernos hablar-

"Nada." Interrumpió la pelimorada, feliz de poder decir aquellas palabras. Le llegó a preguntar al príncipe Xander antes, por si acaso, y disolvió sus temores. Hubo un momento en el que pensó estar hablando con Ryoma.

"No piensan haceros nada, y aquí estáis seguros de los hombres del rey: es el escondrijo en el que me ocultaron para salvarme la vida, después de ser derrotada en Cheve. Déjame decirte que… Nohr está dividido en dos bandos. Los que son leales a Garon y no conocen la vergüenza… y los verdaderos nohrios, como los príncipes y sus seguidores. Parte de mí quiere ayudarles a liberar su nación del malhechor que es su rey, pero no se me ocurre cómo proponer esa idea a los príncipes: pensarían que pretendo traicionarles, pero solo quiero ayudarles." Contó en la silenciosa habitación, encontrando la oportunidad para soltar lo que se había cocido en su pecho todo aquel tiempo. Si había alguien ante quien quería explicarse, esa era Kagero.

La ninja guardó silencio reflexivo, distraída por aquella historia.

"Algo similar está pasando en Hoshido también." Contestó finalmente, preocupando a la augur. "Tras la muerte de la reina Mikoto… ha surgido un grupo de insurgentes radicalistas que quieren destruir a todos los nohrios. Ven esas esperanzas reflejadas en el príncipe Takumi, tan cambiado que ni tú le reconocerías, y por culpa de sus actos vandálicos no podemos organizar a nuestro ejército." Informó la ninja, poniendo al día a su amiga.

"Que mal…" Murmuró Orochi, frustrando los labios, apenada de que todo sean malas noticias. Estuvieron unos minutos en silencio, todavía sin cubrir a Kagero por las mantas. "Si tan solo pudiéramos convencer a los príncipes…"

"No debes." Intervino la morena. "Estás en una delicada posición, y si lo haces, podrías correr peligro." Se justificó la ninja, igual de irritada con todo el mal que había en el mundo.

La pelimorada se levantó, sentándose en la silla de madera que había traído para sentarse a su lado. Entonces le entregó el libro que se dejó Nyx en la mesita de noche. Se llamaba 'Crónicas de un corazón roto'. El título le llamó la atención inmediatamente a Kagero, pues parecía ser de su género favorito: romance y tragedia. Comenzó a gustarle poco después de romper con Saizo.

"Nyx era demasiado tímida para dártelo, pero desea que te recuperes cuanto antes." Le sonrió Orochi, cambiando el tema para no ahogarse en su irresolubilidad. Además, sabía que no era la única preocupada por todo aquello, por lo que encontrarían la solución de algún modo u otro.

"Creía que me odiaba…" Se sorprendió Kagero, recordando a la morena de la que tanto le llegó a hablar su amiga cuando cayeron borrachas. La augur se rió ante aquella asunción, jugando con sus cabellos.

"Es que no es muy abierta, pero creo que os llevaríais bien. Las dos sois un tanto deprimentes, y tenéis una visión de la vida algo tétrica." Se rió la hoshidana, esperando encontrar una reacción divertida en su amiga. Kagero le dedicó una mirada entre molesta por cómo lo dijo, y orgullosa. Al final acabó riéndose con la pelimorada, contagiada por su risa. Había echado de menos reírse así con ella.

"Por cierto, tuve razón. Kaze que sintió algo por ti. Te lo dije. Mis adivinaciones nunca fallan, ni siquiera con ese esquivo gato callejero. ¡Myau!" Presumió Orochi, cogiendo un puñado de pergaminos y abanicándose con ellos. Se acercó a la puerta y quitó el pestillo, para después abrir la ventana y que corriera algo de aire. Mientras tanto, una confusa y desnuda Kagero se arropó con las sábanas.

"¿En serio? ¿Y por qué nunca me dijo nada?" Se extrañó la morena, ajustándose la manta alrededor de su torso, a la vez que Orochi deshacía su peinado para que ondeara con el viento entrante.

"Mis cartas no son capaces de decir tanto, me temo, pero una pequeña excursión por los árboles con mi buen amigo Jacob me ha permitido averiguarlo." Sonrió la augur guiñando el ojo, abrochándose un botón de su reveladora blusa para afrontar el frío. ¿Que si no pasaría frío en la barriga? Estaba acostumbrada. Siempre le había gustado lucir su barriga…

"¿Ese era tu amigo?" Preguntó Kagero, sorprendida de que le llamara de aquella forma. Lo único que le faltó al mayordomo fue vomitar serpientes y culebras. La augur le aseguró que así era, risueña como nunca.

"Al parecer Kaze se dio cuenta de que Saizo y tú…" Orochi dejó ahí la insinuación, estudiando la respuesta de su amiga. La ninja entonces entendió muchas cosas. Por qué la animó a decírselo a su hermano, por qué la sustituyó en algunas tareas para que pudieran pasar tiempo juntos… ese maldito cupido… ese maldito cupido se merecía encontrar a alguien que le quiera tanto como se pudiera amar en el mundo. Y ella estaría ahí para ayudarle cuando necesite consejo.

"¿Y bien? ¿Vais a volver a ser pareja?" Preguntó de pronto Orochi, siempre divertida de meterse en la vida privada de los demás, especialmente si era la de Kagero. Ésta se cerró como una flor, tímida ante la idea de confesar que eso deseaba. No obstante, no hacía falta ser augur para traducir lo que su cuerpo y expresión gritaban.

Tras meterse con ella un rato, Kagero le aplicó una llave inmovilizadora, coincidiendo desgraciadamente cuando entró una montaña andante de ropa, seguida de la peliblanca que se fue a por el cambio. Arthur no llegó a ver nada, pero la ninja estaba en una posición particularmente reveladora al someter a Orochi contra el suelo.

De un salto, la ninja regresó a la cama, ocultándose entre sus sábanas mientras los incomodos y distraídos vasallos de Elise le daba a elegir la ropa que más le gustase. Se lanzaban miradas furtivas entre sí, y la augur pudo oler el romance con un mero vistazo.

Mientras su amiga elegía un sencillo conjunto que le apretaba algo el pecho, Orochi se quedó pensativa mirando por la ventana. Sentía curiosidad por ver la clase de vida amorosa que estaría llevando Kaze, y si había algo poderoso en ella, era su alma de cotilla. Al fin y al cabo, Kaze siempre acababa rodeado de mujeres. Apostaría un desayuno a que en aquel mismo momento le estaba atendiendo una joven enfermera que se sentía atraída por él.

-O-O-O-

"Sigo sin decidirme, querida. ¿El vestido rojo que combina con tus cabellos, o el mono vestido de volantes?" Dudó Camilla, alzando los conjuntos cuando se refería a ellos. Una semidesnuda Selena dejó escapar un suspiro.

"Ya os he dicho que no es necesario que me regaléis nada, señorita Camilla." Le repitió por enésima vez, intentando encontrar la ropa que le quitó la princesa y que esturreó por su desordenado cuarto, lleno de bellas prendas y piezas a medio coser.

"Pero es que quiero que Beruka y tú podáis lucir todavía más vuestra belleza, y no sabes lo feliz que me hace ver que lleváis cosas que os regalo." Sonrió la pelimorada, acercándose a Selena para comprobar cuál le sentaría mejor.

La pelirroja soltó otro suspiro, pero diferente al anterior, pues fue matizado con una media sonrisa. De hecho, estaba llevando la lencería que le regaló hace unas semanas. Había dedicado una sección de su cuarto a las prendas que le daba, pues al ser especiales, se merecían un espacio particular en su armario.

"Nunca dejará de sorprenderme vuestra amabilidad. Jamás pensé que me llegaríais a tener en tanta estima." Comentó Selena, algo incómoda al no estar vestida. ¿Por qué siempre que iba al cuarto de su señora acababa así?

"Pero, Selena, tesoro, sabes que lo difícil hubiera sido no quererte." Se rió Camilla, dándole un repentino abrazo. Aquel gesto le gustó a la eventualmente tímida pelirroja, pero también la mosqueó un poco. Siempre que la abrazaba le recordaba la cruel diferencia entre sus cuerpos. Ella también quería tener un cuerpo sexy…

Al notar a su vasalla sonrojarse como un tomate, la princesa la estrujó otro poco más entre sus brazos. Si ser de noble familia tenía algo bueno, era poder conocer a tantas personas. Selena acabó rodeándola también entre sus brazos, recordando los problemas que tuvo para ganarse su confianza cuando se conocieron.

"Sois una buena persona, señorita Camilla. Podréis contar conmigo siempre que me necesitéis." Murmuró Selena, colorada como nunca, siendo esa versión honesta que tanto le gustaba a Odin. Se sintió bien.

Camilla acabó soltándola tras un dramático silencio. No pudo mirarla a los ojos, y toda su expresión corporal gritaba desánimo.

"Sabes que eso no es cierto. Ya te conté lo que tuve que hacer de pequeña, e independientemente de mi madre, soy un monstruo por obedecerla." Murmuró la pelimorada, agarrándose el brazo con debilidad. La pelirroja entró en furia, embistiendo a su señora para caer en un blando montón de prendas que Camilla descartó de no realzar lo suficiente la belleza de Selena.

"¡Eso no es cierto!" Le rugió molesta, agarrándola de los hombros al estar sobre ella. "¡Yo también he hecho cientos de cosas de las que me arrepiento, pero aun así hay tantas personas que me aceptan tal y como soy! …" Camilla se quedó sorprendida al ver que hablaba con más sentimiento del que se hubo esperado.

"Si digo que sois una buena persona, ¡es que lo sois, maldita sea!" Siguió la vasalla, golpeando a su señora con sus palabras. "No digáis eso… porque veros así… nos hace daño a los que os queremos…" Terminó la pelirroja, debilitando su agarre sobre Camilla.

Ésta se quedó muda, sin saber cómo reaccionar. Sabía del explosivo temperamento de su seguidora, pero nunca creyó que fuera a usarlo contra ella. Antes se habría molestado con ella, remarcando los límites de su relación, pero cuando Selena se los había saltado con el fin de ayudarla a un nivel personal, ¿cómo podía regañarla?

"¿Ves? Es por esto que siempre seréis mis atesoradas amigas." Sonrió Camilla más cariñosa de lo habitual, pasando sus brazos alrededor de la ahora temblorosa Selena y acercándosela para volver a abrazarla. "Tranquila…" La intentó consolar, sorprendida de ver lo muy alterada que se sintió. Debía estar asustada… no era extraño, después de las amenazas que le dijo en caso de que llegase a marcharse. No hablaba en serio, pero no sabía cómo decírselo… Al igual que con Miles… era un desastre para pedir perdón.

Como por una iluminación del cielo, supo cuál de los dos le pegaba más. El vestido rojo podría intentar resaltar más su belleza corporal, pero Selena no era bella solo por fuera, por lo que el de los volantes la haría lucir muy linda, dando a pie a su encanto personal.

"¿Se puede?" Dijo una voz desde la puerta, tras llamar un par de veces. Selena intentó levantarse, para no ser vista de aquella embarazosa forma, pero su señora no la liberó de entre sus brazos.

"Adelante." Concedió Camilla, incorporándose sin dejar escapar a su tierna pelirroja. Elise asomó la cabeza, entrando de golpe al ver que estaban haciendo una de sus fiestas de ropa.

"¡Hola, Selena!" Saludó al ver a la arquera. Siempre le había gustado la fuerza y orgullo que se esforzaba por lucir. Ésta la saludó con la mano, atrapada por los brazos de Camilla, sin permitirle alcanzar su ropa para cubrirse.

"¿Qué puedo hacer por ti, hermanita?" Preguntó la princesa, cerrando los ojos con una sonrisa.

"¡Quiero mi propio dragón!" Soltó la rubia, acercándose a las mujeres y sentándose de rodillas frente a ellas. Camilla se quedó inmóvil, sin llegar a procesar todo lo bien que pudo aquellas palabras, mientras que Selena estalló en sorpresa.

"¡¿Qué?! ¿U-un wyvern? ¿Estáis segura de no haber ingerido alguna seta sospechosa?" Se preocupó la pelirroja, librándose de la férrea llave de su señora para acercarse a Elise.

"¿Una seta?" Se rió la rubia, encontrando graciosa la reacción de la mujer. "Hablo en serio, Selena. Quiero ser jinete wyvern. Estoy cansada de no poder defenderme sola, ¡y estoy segura de poder hacer grandes cosas con mi magia si me pongo unas metas más altas!" Bromeó guiñando el ojo al sentirse orgullosa de su ingenio, adoptando una de las poses guays que aprendió de Odin. Selena se volvió a su señora, buscando en ella su reacción.

"Veo que estás decidida." Comentó Camilla, más tranquila de lo que su vasalla había esperado. "¿Puedo al menos saber p-por qué lo haces?" Preguntó con una inquieta sonrisa, dejando escapar algo de la preocupación que sentía. Elise se llevó la mano a los labios, indecisa.

"H-hay muchas razones…" Mencionó la rubia, desviando la vista, incómoda.

"¿Y se puede saber cuáles son?" Insistió la pelimorada, acercándose a su hermanita para intimidarla con su presencia. Elise comenzó a temblar un poco, con dificultad para saber dónde posar la mirada.

Tras unos segundos de rubor, la rubia invocó la calma, evitando reaccionar demasiado. Estaba la pérdida de su leal caballo, Rudy, y también las heridas que tuvo que sanarles a sus guardianes. Sufría mucho cada vez que eran heridos, y no quería ser una carga para ellos. De hecho, no quería tener que depender de ellos mientras no fuera inevitable. No es que no confiara en ellos. Al contrario, quiere poder unirse a ellos en la batalla, no como una ayudante que les cura las heridas, sino como una camarada que les salva de los golpes.

"Quiero ser de más utilidad, y con un wyvern podré acudir rápidamente a distintos lugares de la batalla, ayudando en los combates desde el aire con mi magia y acudiendo a sanar a los heridos de gravedad." Se explicó Elise, técnica y precisa al describir el rol al que aspiraba.

"Entiendo…" Murmuró Camilla, sin saber qué más podría decirle a su hermanita.

Ella la había visto crecer mejor que nadie en el mundo, pero aquella era una nueva Elise. Había madurado, y con ello, ahora tenía otra clase de preocupaciones e intereses. Negar su petición y dejarla de lado solo le haría daño. Así que, lo único que podía hacer era estar a su lado, prestando su total apoyo en lo que necesitase.

"Entonces ve quitándote la ropa, pues tendremos que prepararte un conjunto algo más aerodinámico para que seas jinete." Sonrió la pelimorada, levantándose para rebuscar en su armario uno de sus muchos conjuntos de guerrera wyvern. Había uno que se le quedó pequeño, y seguramente le sentase bien a su hermana. Aunque… necesitaría unos arreglillos.

"¡Hurra! ¡Gracias, Camilla!" Celebró Elise, abrazando a su hermana mayor por la espalda, antes de que se escapara. Entonces comenzó a desabrocharse las correas que ajustaban la parte delgada de su vestido de placas. Selena se dispuso a ayudarla, sintiéndose algo más tranquila al no ser la única sin ropa allí.

Cuando se puso de pie a su lado, no pudo creerse que casi la hubiera alcanzado de altura. Llevaba por el miedo a ser superada, comenzó a examinar sus otros rasgos de mujer. Su orgullo descansó tranquilo al comprobar que aún tenía bastante por madurar… aunque ella misma ya había parado de crecer. …

Elise no pudo evitar reírse cuando Selena la forzó a salir de su ropa, fastidiada con aquellas hermanas. La dejaban en mal lugar como mujer, y quería ser la mejor para Odin. … Aunque ese tontorrón nunca se dejaba intimidar por esas cosas. Esa fue una de las razones por las que se sentía celosa de Noire cuando creció más que ella.

En vendetta, Elise acabó de desnudar a Selena, correteando con su ropa interior para que la pelirroja luchadora la persiguiera.

Camilla volvió con un unas perneras negras pálidas que se unían con un cinturón a la altura de la barriga baja. Acababan en unas rudimentarias botas metálicas. En el otro brazo llevaba una prenda de un tono oscuro adornado con espacios lineales más claras que rodeaban un rombo oscuro. Estaba hecho de tela delgada y flexible, la cual se ajustaba al cuerpo de su usuaria para mayor aerodinamismo.

Y como era una prenda de Camilla, tenía para lucir escote, por supuesto, pero eso ya lo solucionarían, pues no era como si fuera a permitir que su joven hermanita luciese tanta piel. Aunque… ella misma no era el mejor ejemplo fraternal que pudo darle a Elise.

Mientras Selena se probaba el vestido de falda corta, adornado de volantes negros y rojos, Camilla ayudó a ponerse el conjunto a su hermana. No se esperó que pudiera si quiera llenar la pequeña cavidad reservada para los pechos, pero sin duda fue una sorpresa de la que Elise se enorgullecía mucho.

"¡Seguí tu consejo! ¡Comer sano y dormir mis horas está dando sus frutos!" Celebró la rubia, mirándose al espejo con admiración, con las manos en la cintura. Verse cada vez más parecida a su tan idolatrado modelo a seguir era como un sueño hecho realidad.

"Déjame que te arregle el torso. Supongo que no te hará sentir muy cómoda ir mostrando tanta piel…" Pidió Camilla, deseando que fuese una buena niña y aceptase sin oponer mucha resistencia.

"¡No es problema! No tengo planeado parar de crecer, así que seguro que me adapto todavía mejor." Rechazó Elise, pegando brincos para probar su nueva ropa. Se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y aunque podía ser una sensación incómoda, se sentía bastante libre de movimiento. "¿Puedo poner lazos rosas alrededor de las perneras?" Pidió con ojos de cordero, abusando de su lado tierno para convencer a su hermana.

"Claro, p-pero, ¿y qué hay de tu broche rosa? Es tu favorito, y con ese espacio en la tela no podrás llevarlo…" Replicó Camilla, insistiendo en que le permitiera arreglar aquella prenda. No quería verla tan adulta todavía. Solo un poco más…

"Um… eso es cierto…" Murmuró Elise, apagándose un poco. "Pero no pasa nada, ya que es un regalo tuyo, siempre lo guardaré con cariño. Llevarlo conmigo a los aires sería arriesgado, y por nada del mundo querría perderlo, ¡así que solo me lo pondré cuando no vaya a luchar!." Se explicó la princesa, ingeniosa para encontrar soluciones.

Ante aquella eventualidad, la pelimorada no supo encontrar respuesta. Selena se dio cuenta de las intenciones de su señora, decidiendo intervenir por ella.

"Señorita Elise, ¿estáis segura de querer mostrar tanta piel? Los pervertidos se fijarían en vos con malos ojos. No me extrañaría tener que azotar a Niles por miraros lascivamente." Gruñó, intentando salvaguardar la inocencia de su princesa. Al ser sus nombres tan parecidos, Elise entendió 'Miles', el cual no era un nombre neutro para ella.

"No pasa nada. Las chicas debemos estar guapas para gustar a los chicos, ¿verdad, Camilla?" Preguntó Elise, buscando un apoyo que daba por sentado que obtendría de su hermana. Selena se volvió a su señora, esperando que diera su honesta opinión sobre aquel asunto.

"Yo..." Murmuró Camilla, incapaz de hallar las palabras. Elise detuvo su entusiasmo, examinando a su hermana mayor detenidamente. Quizás antes no se habría parado a pensar en lo que sentía ella, pero esa capaz de entenderla si se lo proponía.

"Pero tienes razón, Selena. Además, como voy a estar muy alto, pasaré bastante frío. ¡Y de todos modos aún me queda mucho por crecer!" Se rió la rubia, comenzando a quitarse el conjunto para entregárselo a la pelimorada. No se apresuraría con lo de ser mayor, pues sabía lo mucho que le entristecía a Camilla que se independizaran.

"¿Ah, sí? ¿Cuánto más os habéis propuesto crecer?" Desafió la pelirroja, ayudándola a desabrocharse las perneras, satisfecha al lograr su objetivo. Le guiñó un ojo a su señora, asegurándole que aquella solo sería una de las miles de veces que la iba a ayudar. Camilla dio una cabezada en respuesta, soltando un suspiro de alivio.

"No lo sé. ¿Como Camilla, quizás?" Se planteó Elise, llevándose un dedo a los labios y echando un vistazo a su hermana. Si acabase teniendo un cuerpo similar, sería increíble, pero aun así estaba dispuesta a quedarse como estaba. ¡Ya había conocido a una chica que no crecía por mucho que pasase el tiempo! Así que, ¿por qué no ella?

"¡Oh! Y me quiero cortar el pelo." Añadió Elise al entregarle el conjunto de tela flexible a Camilla.

"¡Eso sí que no!" Replicó con ímpetu la pelimorada, arrollando con su hermana para obligarla a desechar aquella idea a base de cosquillas que la sobornasen. Lo logró. Seguía siendo su hermana mayor, al fin y al cabo.

-O-O-O-

La inspiración se pasó a visitarme, y casi todo el capítulo lo escribí en un par de días. (Revisiones aparte) Y, ¡se reveló! Uno de los asuntos de los que hablaba. Y sí, hablo de Felicia y Azura. *Mirada entusiasmada* ¿Qué os parece? Jujuju, y todavía tengo más cartas bajo la manga. (Bueno, una, de hecho, pero es un as)

Uh… cuando describí el estado interno deprimido de Miles al ser rechazado, yo mismo fui afectado por su desánimo. Pero cuando escribí esa escena de Effie y Arthur, ese beso bajo el montón de ropa… uf… la emoción recargó la fuerza de mis dedos y éstos bailaron sobre el teclado… Son esa las clases de cosas que uno disfruta de escribir. ¿Son esa la clase de cosas que os gusta leer? A mí sí. *Sonrisa de oreja a oreja*

Oh, y no temáis. Lo de cortarle el pelo a Elise es una posibilidad. Tal vez. Podría simbolizar su gran cambio, pero he dejado esa decisión para más tarde. Si queréis visualizar en vuestra mente mejor la ropa que lleva de jinete wyvern, antes de promoverla a clase avanzada, cambiadla a jinete wyvern en vuestro juego. Es la misma ropa, de los colores que digo, y le pondrá esos lazos rosas característicos de ella. Y la parte del pecho, en vez de tener las líneas de sus pechos, estará cubierto con más tela ajustada, resaltando suavemente sus clavículas. No tendrá las hombreras y los protectores de brazos, pero no los necesitará particularmente, pues sería el equitativo de un 'mago aéreo veloz'. Raro, pero esa es la ventaja de no tener una plataforma limitante.

¡En fin! Se aprecian los reviews y tal, como siempre, y… *Guiño, guiño* *Codo, codo* Añado por aquí para decir que he comenzado a traducir la serie. 'A psicologist in the army' es su nombre. Por si os interesa. No seré capaz de traducir todo lo bien que se podría desear, pero me esfuerzo.