Algo muy cortito. Gracias por leer ^^
Capítulo 36
Al despertar inexplicablemente me siento bien. No me importa el dolor, aunque parezca que me he sentado sobre una estufa, ni la nostalgia, aunque tenga la risa de mi madre aún resonando en mi mente. Estoy tranquila. Relajada. Isis se despereza, se estira y se acerca a mí, reclamándome atenciones. La acaricio entre las orejas y en el cuello, el animal cierra los ojos y comienza a ronronear. Y así nos quedamos un rato, en la cama, en paz.
-Veo que os habéis hecho amigas.
Él se acerca y se sienta a mi lado. Enseguida la gata se aleja de mí y se hace un ovillo sobre su regazo. La envidio.
-Le gustan los mimos –comento.
-¿Y a ti? –pregunta. Me encojo de hombros, es curioso ver como las mismas manos que unas horas antes me azotaban con un cinturón ahora acarician a esa bola de pelo como si fuera una frágil escultura de cristal. También a mí me tranquiliza así cuando lo necesito. Es reconfortante.
-Todo el mundo necesita sentirse mimado alguna vez –respondo -. Seguro que tú también.
-Puede ser. Pero no soy yo el que ha pasado por un día horrible.
-Estoy bien –lo corto -. Lo de antes…me ayudó.
-¿Los azotes o la charla? –Sus ojos me traspasan y siento como si pudieran leer mi mente. Quiere que sea sincera y yo necesito serlo.
-Las dos cosas. Aunque al principio te odié cuando me empezaste a golpear con tanta fuerza… dolía.
-A veces el dolor nos ayuda a abstraernos. Tú necesitabas desahogar tu ira y lo hiciste con mi salón. Después necesitaste pensar en otra cosa y para ello querías dolor. Y eso te di. Otras veces el dolor nos limpia por dentro, en vez de romper cosas queremos que nos rompan a nosotros, por así decirlo.
-Sea lo que sea, me siento bien. Aunque siento haberte destrozado la casa, te pagaré los destrozos.
-No es necesario. Hoy te has abierto a mí, cariño, eso es mejor que cualquier pago.
La habitación se queda en silencio, sólo roto por el ronroneo del gato. Al pensar en mi castigo no puedo evitar recordar algo que me contó cuando fuimos de incognito a ese club BDSM. Y la curiosidad es más fuerte que mi delicadeza.
-Una vez me dijiste que habías castigado a tu novia porque ella te lo pidió.
Él se tensa, su rostro de endurece; lentamente asiente, evidentemente recordar aquello le duele.
-Lo siento.
-No importa, sigue.
-Fue algo… ¿parecido a esto?
-Más o menos. Ella había pasado por un mal momento y le gustaba el dolor. Me dijo que la castigase, que quería pensar en otra cosa.
-Como yo –murmuro.
-Sí, como tú.
-¿Qué fue diferente?
-Me pasé –dice con voz triste, culpable -. Ella estaba tan centrada en su enfado, tenía tantas ganas de sentir dolor que me pidió más y más y yo se lo di, hasta que sobrepasé el límite. El látigo le cortó la piel. Esa fue la primera y la última vez que hice sangrar a una mujer.
-Pero… no fue culpa tuya. Ella quería más.
-Como amo no debo dar lo que una mujer quiere, sino lo que necesita, estando pendiente tanto de su salud psíquica como física. Su piel estaba demasiado castigada, cometí un grave error y le hice daño. Todavía puedo escuchar su llanto y sus gritos. Nunca me había sentido tan miserable.
Sé que dice la verdad, le duele haber dañado a esa chica. Me siento a su lado, ignorando la quemazón del trasero y lo abrazo. Rick me mira sorprendido, obviamente poco acostumbrado a recibir consuelo, pero después me rodea con sus brazos, aceptándome. Unos minutos después un bufido nos hace mirar hacia abajo. Estamos aplastando a Isis. Él se aparta unos centímetros y me acaricia la mejilla.
-Gracias.
-Siempre.
