Capitulo 35
-¡Venga, vamos, corred, CORRED!
Había que darse prisa. Su umbreon estaba tiritando dentro de su pokéball, padeciendo del frío. Pudieron salir de la cueva, al fin. Mientras Gionna estaba plantándole cara al legendario, ellos lograron tumbar a los cuatro pokémon de zarpas y garras, a duras penas. Todos estaban heridos. Necesitaban atención médica. Pero lo suyo no era nada. Chris y Elena tenían varias laceraciones y quemaduras leves en las manos que sujetaban el capturador. Estas bestias pudieron destrozarlos sin la presencia de sus amos. Mas el único mal que tenían era el dolor que causaba y las heridas. Ellos no tenían una congelación parcial.
Al fin dejaron atrás la Gruta Helada. El suelo escarchado pasó a ser a madera húmeda, y luego, nieve que engullía hasta los tobillos. Eso los ralentizaba y daba más tiempo a las heridas para sangrar. Pese a las prisas y dificultades, la entrenadora miró contemplativa a los árboles adornados con aquel azúcar celestial. Los lugares nevados no dejaban de asombrarle con su blanquecina belleza. Aunque fuera la causa de su lentitud, no podía injuriar a estos paisajes. Siempre la maravillaban. Tanto que le hacía olvidar las penas y los malos momentos pasaba. Igual que ahora...
-¡Eh! ¿¡No tenías prisa!?
¡Y sin embargo, estúpido Soel! ¡Tan bien que estaba sin pensar en sus preocupaciones...! Pero era verdad. Tenía prisa. Si no espabilaba, podría perder a uno de sus compañeros. Tenía que avanzar.
Tras varios pisotones en el manto blanco y subir una pequeña ladera, llegaron por fin al pueblo que estaba situada la base ranger. Las chimeneas de las casas de pino humeaban en resultado a la quema de troncos que se producía en el interior. Era otro pueblo con pocas casas de apariencia rústica. Pero no había tiempo para embobarse de nuevo.
Todos se apresuraron a entrar. Fueron directos al botiquín para empaparse las palmas con yodo. Los entrenadores sacaron a sus camaradas heridos. Hacía suficiente calor para que el hielo se vaya derritiendo poco a poco. Pero eso no evitaba la hipotermia. Necesitaba acelerar el proceso.
-¿¡Dónde están las estufas!?- Tuvo que preguntar. Era la mejor solución que se le ocurría.
-¿Las estufas? ¿Para qué?- Dijo extrañada Elena.
-¡Mi umbreon! ¡Está congelado!
-¡Un momento! ¡Ya vengo yo!
Esperó a la jefa. Mientras, intentaba derretir el hielo soplándolo, en vano. Elena no tardó en acudir con un spray, cuyo recipiente rosado permitía ver el contenido líquido. Al fin algo que conocía.
-Mejor un antihielo, ¿no crees?
-¡Oh SÍ!- Rauda, y sin pedir ningún tipo de permiso, aplicó el anticongelante al cristal gélido. No tardó en hacerse aguas y liberar al umbreon de aquella opresión. El químico resultó eficaz. Ya no estaba en peligro. Ahora tenía que ocuparse de las heridas. Y de la parálisis de su toxicroack.
-Oye, no tendrás un antiparalizante, por casualidad...
-No.
-¿Un revivir?
-No me quedan.
-¿Y pociones?
-Todo se lo ha gastado tu compañero. Lo siento.
-¡Mecachis!- Masculló. Ahora no sabía como tratar a Google. Tenía que dejar que se recuperara solo. Al menos no urgía ningún tratamiento. Solo habría que hidratar las quemaduras leves que causó el electrocañón y estaría más o menos curado. Pero el caso de Kyumbreon no era tan sencillo. Sus heridas no sanaban más rápido con un poco de agua. La luz vespertina casi se había apagado. Muy pronto la luna resplandecería entre las estrellas...
Kyumbreon recuperó la consciencia. Se quejaba dolorido por las cicatrices aún abiertas de aquellas batallas que tuvo. Lo primero que hizo fue demandar el tenue fulgor de la misteriosa esfera. Su cuerpo lo necesitaba. No miró las musarañas esta vez. Gionna tomó prestado uno de los anoraks que habían en la perchera y cogió a Kyumbreon en brazos para exponerse al frío aire nocturno. Se podía ver a la luna ya en su recién llegada fase menguante, y una leve luz anaranjada que dejaba el sol en sus últimos minutos de estancia tras la sierra. En cuanto este último rastro lumínico desvaneció entre la oscuridad, las marcas de Kyumbreon se iluminaron con su color amarillo para luego tomar un color azul pálido. La cuchillada del lomo se iba cerrando a una velocidad de vértigo. Si esto hubiera tardado cicatrizar en tres días, ahora lo hizo en treinta segundos.
Menos mal. La luna era una bendición para ambos.
-Al fin... mis hendiduras sanadas por el regalo de Lunetah al mundo. ¿Quién necesita la ciencia cuando tienes a la luna?
-Jeje, Kyu, no todos podemos aprender luz lunar.- Le dijo, sonriente y aliviada. -Google va a tener que quedarse hasta que le pase la parálisis. Al menos un poco de aloe vera le ayudará a curarse.
-Pero al menos estará apto para la batalla, supongo.
-Sí, Kyu. Pero como le den un golpe-
-Eso es lo que importa. Que pueda luchar.
-Pero no lo dará todo...
-Mi señora, deje de preocuparse. Aún somos cuatro en plena salud.
Ahí estaba. Todavía podía arreglárselas. Aunque faltara Google, todavía podía contar con Honchpato, Akirosoku, él y Lol. Pero aún estaba preocupada. ¿Y si se encontraran con un pokémon que tuviera ventaja en dos de los suyos? De hecho, un galvantula podría barrer a los cuatro con dos movimientos de sus respectivos tipos. El único que podía mantenerlo a raya sería Google. Aunque Kyumbreon, aunque débil a aquellos ataques, podría resistir tres zumbidos gracias a su resistencia... ¿Pero por qué estaba pensando en galvantulas? El frío le alentaba a entrar.
-Bueno... ¿entramos? Me estoy helando, y encima huelo a chocolate.
-Las delicias humanas no me atañen ahora. Quizá más tarde.
-¿¡En serio!? ¡Pero si acabas de ser curado de una congelación! ¡Necesitas coger calor!
-Mi temperatura corporal es estable ahora. El frío ahora es solo una molestia que hay que soportar. Dejarme a solas con la luna no será nada perjudicial.
Se calló por un momento para luego soltar un vaho ligero que la tajante brisa arrastraba como arena. Al principio no estaba de acuerdo. Todavía estaba preocupada por él. Además, se iba a sentir sola. ¿Pero qué se le iba a hacer? A parte, ya tenía a Lol. Podría estar con ella un rato. Lo dejó al suelo al fin y entró a la base, no sin antes dirigirle una gentil sonrisa y recordarle que ya sabía por donde estaba. El pelo de Kyumbreon ondeaba con el viento invernal de las montañas del norte. El día siguiente será un gran día. Después de cumplir el cometido que ellos quieren, volverán a deambular sin camino fijado.
No obstante, por alguna razón, tenía un mal presentimiento. Se sentía inquieto por razones que no lograba entender. De hecho, nunca se sintió así. Pronto se irían a la base. Muchas cosas podrían salir mal. Mas confiaba que todo iría bien. Con su fuerza y la colaboración de todos, ¿qué podía fallar? Aunque aún no estaba seguro. Antes se enfrentaron a ellos en terreno llano. ¿Cómo sería en en su propia guarida? Ahí podrían coger todo su arsenal directamente. ¿Y si pudieran obtener al fin la caja de Pandora? Eso sería nefasto. Pero ellos eran capaces de esquivarlos... ¿por qué se sentía así?
-¡Hola!
Se puso en guardia y giró de un salto preparado para un enfrentamiento. De enseguida relajó su postura.
Era el ángel de la guarda de su señora.
-Ah, eres tú, Latias. Que grata sorpresa.
-¿Pero qué haces tú usando la ironía? ¿No te alegras de verme sana y salva?
-¿Por qué iría yo a tener alegría, si estoy privado de ella?- Le preguntó retóricamente. -Además, fuiste incauta mostrándote ante estos demonios. ¡Podrían haberte sometido a su yugo!
-Habló el que se enfrentó sin pensarlo dos veces a un legendario porque "el mesías lo puede todo".
-Soy más fuerte que cualquier legendario. ¡Podría haberlo vencido de no ser por la llegada de ellos!
-¡Por favor! ¡Si caíste antes de que abrieran la puerta!
El felino gruñó. Le echó en cara que era débil. Algo humillante para el enviado de Lunetah.
-Si os soy sincero, vuestras simples frases resultan urticantes para mi templanza.
-Pero es cierto. Me preocupas, Kyumbreon. Haces bien en aferrarte a tus cualidades, pero también estás ignorando tus defectos. Si no tomas consciencia de estas... todos lo acabaremos pagando. Puedo verlo.
-¿Cómo yo puedo ser tan influenciable en el destino del resto? ¿Qué son estas memeces? ¿¡A caso crees que no saldremos de ahí!? ¡Porque eso es lo que haremos! ¡Y luego partiremos de estas tierras lo más pronto que nos sea posible! ¡ESE es nuestro futuro! ¡Ninguna desgracia pasará, ni lo peor que pueda!
Latias suspiró. Era predecible que su comprensión no saliera de ahí.
-Esperaba que me entendieras. Pero por lo visto tendrás que aprenderlo por tu propia cuenta... Bueno, pues que así sea. No iba a ser algo que no se pudiera evitar, de todas formas.
La dragona esbozó una pequeña sonrisa de resignación.
-Bueno. Debo de partir. Nos vemos, Kyu.
Y así se dirigió hacia las montañas. Sus palabras no hicieron más que acentuar su nerviosismo. Pero no fue nada que tardara en dejarlo de lado para entrar al fin en la base. Ya estaba curado de todas formas.
El embriagador aroma del cacao invadía el caldeado interior de la base de Hiberna. La calefacción y el espeso brebaje dulzón era una gran recompensa por haber llegado hasta aquí. Hacía tiempo que Gionna no tomaba un chocolate tan bueno. Ni las cafeterías de su pueblo tenían comparación. Al menos la nostalgia le hacía olvidar su reciente trauma. Una vez servidos todos, Elena tenía que comentar algunos aspectos de la misión. Gionna, Emily y Soel irían allá para asaltarla directamente. La top ranger los guiaría por donde tienen que ir. Sin embargo, el chico rubio no estaba de acuerdo. Él se había retirado, ya se lo dijo a Carlos. Una vez más, la carencia de transporte hizo que tuviera que quedarse un tiempo más en la Unión. Extendió mapas, explicó la situación de las instalaciones, los patrones que seguían los sensores de la antesala... toda la información extraída de la anterior misión de espionaje. Sin embargo, omitió los archivos de revistas que se sacaron del ordenador. Se pensó que solo estaba para constatar el ya conocido objetivo.
Justo cuando Elena finalizó su exposición, se oyeron las puertas de doble cristal abrirse. Jadeos de cansancio y derrota destacaban entre el largo silencio. Todos se llevaron una horrible vista. El grovyle que acompañaba a la chica reposaba en sus brazos, dolorida por sus múltiples moratones. La ranger de flequillo azul también estaba algo desaliñada.
-Oh, no.- Elena se levantó de la silla rápido para ver cómo estaban las dos. No tenían heridas graves, afortunadamente. Pero el grovyle no podría caminar por unos días. -¿Pero qué os ha pasado?
La chica no podía mirarle a la cara. Tenía que comunicarle las malas nuevas con la vista al suelo.
-Hemos fracasado. Se han llevado a Regirock. Mi capturador no ha servido contra sus pokémon. Y Spyrox está... está...
-Ya lo veo. Ojalá pudiera darle algo, pero todas las pociones las gastó ese chico de ahí.- Señalaba a Soel con sus ojos fijados en él. Este sintió un escalofrío mientras iba acabándose su taza, como si se preguntara qué había hecho ya. Aunque la pregunta que se hacía en su mente era qué era lo que ella miraba. Marian lo había oído todo. Tenía una fruta moteada envuelta en papel de cocina. El chocolate le había llenado demasiado, y no quería comer más. Le dio otra función. Apuntó a la cabeza de Emily y la preparó para ser lanzada. Le dio un leve golpe en la sien, para luego caer al suelo por acto de la gravedad.
-¡La cabeza alta, chica! ¡¿Qué son esos modales?!- Le gritó.
-Marian. ¿Se puede saber qué haces?- Le preguntó su superiora, manteniendo aquella neutralidad, no sin dejar de ser severa. Emily se quedó mirando el fruto. ¿Qué significaba esto? Luego la reconoció.
-Es una baya zidra.- Dijo. Emily se agachó con cuidado y dejó a Spyrox en el suelo. Esta apretó sus pequeños dientes afilados para liberar un poco el dolor que sentía. Luego la top ranger le dio aquel regalo de la madre tierra a su gecko forestal. Fue mordisqueando la pulpa hasta dejarle solo las semillas. Ahora se sentía mejor. Los moratones habían sanado un poco. Ya podía levantarse. Acababa de acortar los días de descanso.
-¿Lo has hecho a posta?- Preguntó desconcertada. Marian asintió, sin una sonrisa.
-Hum. Perdone señora... em... ¿por casualidad no tendrá más bayas zidra?- Tenía que saber. Gionna también lo necesitaba.
-Mi marido tiene un huerto entero de esas bayas. Y me sobrarían si no fuera porque solo me he traído una.
No hubo suerte para la entrenadora. Después de que todos acabaran sus tazas, llegó al fin la hora de entrar en un profundo letargo. Desgraciadamente, le asignaron una habitación triple junto con Soel y Emily. Dormir nunca le había resultado tan costoso. Ya desde que entraron, mientras Emily indicaba dónde estaban las ropas de dormir, Soel empezó a vacilar. Gionna se enterró directa en las sábanas de la litera de abajo para no sufrir la vergüenza de la muda y protegerse sin resultado de aquellas discusiones. No cesaron de lanzarse pestes el uno al otro hasta tarde. Finalmente, lo único que quedó en aquel cálido lugar era el silencio, la oscuridad y el sopor que les daba el cansancio.
