El tiempo fue pasando en aquel día que aún no había dado lo más interesante de sí. Todo eso cambiaría una vez Lang entrara por la puerta… Cosa que acabó pasando unas horas después del mediodía.

-¡Shih-na! He llegado. No te molestes por la comida, ya he comido en el precinto. Así que, acércate. Tú y yo tenemos que hablar.

Shih-na no se hizo de rogar, y se deslizó silenciosamente por el lugar. Tan silenciosamente que Lang ni siquiera la oía andar a su espalda.

-¿Shih-na? ¿Qué…?

Se giró, dispuesto a volver a avisarla, y se la encontró con su precioso vestido negro de adornos rojos, algo fresco para el invierno, sus guantes a juego, la boa de pluma negra, las bailarinas y su corta melenita bien peinada. Parecía otra persona.

-… ¿Por qué te has vestido así?

-… Quería morir elegante. Ya que no estaré más por aquí, al menos no quiero irme con ropa de mercadillo barato.

-Así que ya sabes por dónde van los tiros, ¿Eh? Mejor, así me ahorraré lo de decirte que tu verdad está más cerca de mí de lo que te imaginas.

-…Conque sí…

-Primero, voy a darte la última oportunidad. ¿Por qué hiciste todo lo que hiciste? ¿Por qué me traicionaste? ¿Por qué estabas en esa red? Habla, te escucho.

Shih-na no dijo nada, simplemente no podía dejar de mirar a Lang.

-¿No piensas decirme nada?

Alzó la mirada, misteriosa.

-Quizás debería decirte "adiós".-concluyó.

Y nada más decirlo, se movió rápidamente hacia la puerta, en un intento desesperado por darse a la fuga, que la matara el frío o que la ejecutaran al instante.

-¡Shih-na, quieta!

Justo en el último momento, Lang se abalanzó sobre ella con un empujón, apartándola de la puerta.

-¡Maldita sea, deja de meterte en mi maldita vida, idiota!

-¡De eso nada, Shih-na! ¡Eso no te va a servir de nada! ¡Deja de huir y enfréntate a tu destino!-añadió Lang, con una gran sonrisa, reteniéndola.

-¡¿Es que quieres que te mate?!

Intentó darle un puñetazo, sin resultado. Acabó dándole en el suelo. Lang intentó responder con una llave, pero falló también.

-¡Shih-na, no hagas esto más difícil!

-¡Deja de llamarme "Shih-na"! ¡Ese no es mi nombre!

La pelea continuaba. Ahora estaban los dos de pie, esquivando golpes, patadas o llaves del contrario,algo parecido a algún arte marcial, quedando algo muy reñido.

-¡Ya lo sé, pero en el fondo sigues siendo Shih-na! ¡Mi subordinada! ¡Mi familia!

-¡Yo no soy nada, solo una espía contrabandista! ¡Una criminal, un despojo de la Tierra! ¡Soy peor que un fiscal!

-Es una pena que acabaras así sabiendo de dónde vienes, Shih-na.

-¡…!

-Es una pena que formaras parte de una red que hacía daño a tu tierra natal, ¡¿No es cierto, eh?! ¡Tú naciste aquí, en Zheng Fa!

-¡Cállate! ¡No tengo nada que hablar contigo, idiota!

-¡Conocías la variedad del chino de aquí! ¡No trates de negarlo! ¡Naciste y te criaste aquí! ¡¿No es cierto?!

A pesar de todo lo que estaba gritando, Lang no podía estar más sonriente.

-¡No sé de qué me estás hablando, agente idiota! ¡Métete en tus asuntos y déjame a mí resolver los míos, que no son pocos!

-¿No lo recuerdas? Muy bien, voy a refrescarte la memoria, ¿De acuerdo?

Lang buscó en su chaqueta. Shih-na se creyó que iba a sacar la pistola de la única bala para matarla o amenazarla, pero en su lugar, sacó un instrumento pequeño. Era la ocarina que Pia le había regalado a Shih-na.

-¡…!

-¿Sabes lo que es esto, verdad? Esto es una ocarina, el instrumento nacional de tu tierra. El sonido de la luna, ¿Recuerdas? Qué bello instrumento… Y a qué preciosidad complementa…

-¡…! ¡Quieto, Lang, no sigas!-le grtó Shih-na, furibunda.

-¿Sabes a quién le gustaban mucho las ocarinas de Zheng Fa? A Zhen Moon.

-¡Basta!

Lang ignoró la advertencia e improvisó una melodía con el instrumento. Cada nota hería a Shih-na, y con cada nota enfurecía más… Pero era rabia desesperada.

-¡Basta ya, basta! ¡Cállate de una maldita vez!

-¡Y te diré más! ¿Recuerdas esa foto que encontramos en el Hutong la noche que volviste a Zheng Fa? ¡El hombre que aparecía en ella era Zhen Moon, el propietario de aquellos anillos! ¡Anda, qué coincidencia!

Lang le tomó violentamente la mano a Shih-na y señaló el anillo que llevaba, esta vez encima del guante.

-¡Tú tienes uno de sus anillos!

-¡Suéltame, agente idiota, o te mato aquí mismo!

-He identificado a Zhen Moon en esta foto, y cuando he visto su cara, han sobrado las palabras.

-¡Lang! ¡No lo hagas!

-¡Mira!

Y antes de que Shih-na pudiese atacar de nuevo, el golpe de gracia: Lang le mostró la foto donde aparecía Zhen Moon, ya reconstruida, donde se mostraba la silueta del hombre ya al completo.

Zhen Moon resultó ser un hombre de mediana estatura, bien plantado y bastante guapo. Vestía con ropas azuladas con adornos granates debajo de las cuales llevaba una elegante corbata blanca unos buenos zapatos negros y uno de esos anillos en la mano izquierda. Ese pequeño broche que se distinguía era, en realidad, su brillante distintivo de abogado defensor, y bueno… Su cara hablaba por él, dado que una imagen vale más que mil palabras: cabellos láceos y azabaches, unos curiosos ojitos castaños y alegres, bajo los cuales se disponían desordenadas cantidad de pequeñas pecas, complementadas por su flamante sonrisa.

Ciertamente, se parecía mucho a alguien…

Shih-na, ante aquella imagen, se quedó inmóvil, muy dolida, dolor que le hizo bajar la mirada e iniciar un temblor.

-Es curioso, pero… Lo mire por donde lo mire, este abogado defensor me recuerda muchísimo a otra cierta abogada que ejercía en Estados Unidos. ¿Sabes quién te digo?

- …

-En la foto, además de él, también salía otra persona a la que no se ha podido identificar. De poca edad. Pero lo más curioso es que, detrás de ese pedacito de foto, había una huella dactilar.

-¡…!

-Esta mañana has tenido la amabilidad de atarme la chaqueta, dejando tus huellas en ella. Con un simple test de huellas, até cabos.

-…

-Basta ya. ¡Se acabaron los jueguecitos! ¿Lo dices tú…O lo digo yo…Shih-na? ¿O quizás debería decir…?

Ella empezó a temblar más intensamente, y su mirada se ensombreció.

-¿…Señorita Moon?

Nada más oír aquello, recibió un golpe muy difícil de asimilar. Su corazón se había terminado de partir en dos. Se desplomó en el suelo, tan débil como estaba, suspirando sin cesar.

-¿…?

Lang se agachó a su altura para ayudarla a enderezarse, y al cruzarse con su mirada, supo que algo en ella había cambiado. La frialdad de sus ojos se había esfumado. Ahora estaban húmedos, y expresaban perfectamente lo que sentían: el dolor.

-… Señorita Moon… Hacía tanto tiempo… Que no me llamaban por mi verdadero apellido…-confesó, con la voz quebrada.

-¡…! ¿Entonces…? ¿Es cierto?

-…Zhen Moon… Era mi padre.-reveló ella, mirando a Lang directamente a los ojos.

Mirada que a Lang le llegó al fondo de su alma. La Shih-na real estaba regresando. Aunque la Shih-na real no se llamase Shih-na.

-…Mi verdadero nombre es… Como bien has visto… Okarina Moon. Única hija de la Casa de Moon en Zheng Fa.

Ante este último dato, Lang calló, y la sonrisa en su rostro se esfumó. Resultaba duro enterarse de algo tan violento. La Shih-na que él había conocido, su subordinada, su familia… Se llamaba realmente Okarina Moon.

-Quizás Okarina Moon fue la niña más idiota del Universo. Pero supongo… Que, ya que la idiotez es contagiosa, la heredó de su buen padre.

-…¿Estás…? ¿Diciendo que tu padre era un idiota? ¿Por qué?

-De nuevo ese interrogante… "Por qué"… Supongo que… Ha llegado la hora de encararse a él… De encararse al destino… De una vez por todas…

La mujer sonrió levemente, pero se trataba de una sonrisa llenita de tristeza. Su máscara se había destruido definitivamente. Ya no tenía refugio… Y su verdadera yo quedó al descubierto.

-…Mi padre fue una de las mejores personas que ha vivido en este planeta. Pero, a la vez, una de las más idiotas. Se ganaba la vida en el mundillo de la abogacía, y no era un abogado bueno: era el mejor. Capaz de convencer a cualquier tribunal que una persona era inocente o era culpable. Sin embargo, usó ese talento justamente: siempre con el veredicto correcto. Aunque lo perjudicase…

-Se podía decir que tu padre… Era el mejor abogado de todo Zheng Fa.

-Así es. Y como tal, hizo todo lo que estuvo en su mano para desenmascarar al culpable detrás de muchos actos criminales que asolaban Zheng Fa por aquel entonces… Podría ser solo una casualidad… Pero se empeñó en demostrar toda la relación.

-La red de contrabando… Todavía no era internacional, sin embargo empezó mucho antes de lo que muchos creíamos.

-…Sí. Empezó dispersa, en distintos lugares del mundo, gracias a cabecillas a las órdenes de Alba. Y mi padre se empeñó en establecer una relación entre todos aquellos sucesos extraños que asolaban Zheng Fa. De verdad que me recuerda muchísimo a ti…-comentó Shih-na/Okarina, con una pincelada de felicidad.

-…Xie xie.-agradeció Lang, con una sencilla sonrisa por toda respuesta.

Esto le sentó bien, sin embargo su sonrisa no duró mucho tiempo. Lo que venía no era precisamente bueno.

-Y como tenía muchísimo talento, lo descubrió: descubrió a ese bastardo de Quercus Alba. Quiso tenderle una trampa… Sin darse cuenta de que ya había caído él en una trampa de Alba mucho tiempo antes.

-…Perdona, pero es que no te sigo…-la cortó Lang, con delicadeza, cruzando las manos.

-Cayó en esa trampa antes de nacer yo… Y si no hubiera caído en ella… Yo no hubiera nacido, ¿Me entiendes?

-¡…! ¡A-aiya! ¡¿Hablas de…?!

-Sí. Mi madre. El motivo por el cual mi padre era un idiota: se enamoró de la mujer equivocada. Y estaba dispuesto a arriesgar la vida por ella…

-¡¿Tu madre…?! ¡¿Era una secuaz de Alba?!

-…Era fiscal. De hecho, lo sigue siendo. Creo que la has conocido…-planteó, misteriosa.

-¡Aiya! ¡N-no hablarás en serio! ¿Estás hablando de…ella? ¡Claro, por eso tú…!

-La conocía, sí. La fiscal Afrodita Wake.

-¡¿Esa es tu madre?! ¡Esa fiscal que quiso matarte…!

-Y la que quiso acabar con la familia de Ziran y Migong. Ella fue esa sucia fiscal que les engañó. Todo por el contrabando.

-¡Ostras, ahora todo tiene sentido! ¡Por eso Migong te idolatraba! ¡Porque eres la hija del abogado que les salvó!-declaró Lang, atando cabos todavía.

-Fue por eso, sí. Le enseñé el anillo de mi padre que le quité cuando murió. Aunque supuse que, si te lo hubiera dicho en aquel momento, no me hubieras creído. Además, todavía hay más. Algo muchísimo peor. Algo que mi padre supo demasiado tarde.

-…¿A qué te refieres? Te escucho.-le prometió, con respeto y un punto de compasión.

-Yo no soy la única que ha vivido alguna vez con nombres falsos. Aunque sí que he heredado cosas de mis padres, de los dos. Con eso, quiero decir que "Afrodita Wake" es solo un alias.

-¿Ah, sí? Bueno, en realidad, si estaba bajo las órdenes de ese imbécil acabado, no me sorprende. Dime, ¿Cómo se llamaba en realidad?

-Mis padres se casaron muy jóvenes, así que mi madre enseguida pasó a llevar el apellido Moon. Pasó a llamarse "Calisto Moon".

-¡…! A-así que tu madre se llamaba "Calisto"… De ahí viene el nombre…

-Y mi padre nunca llegó a saber cómo se apellidaba, puesto que si lo hubiera sabido, la trampa hubiera quedado al descubierto. Se enteró muy tarde… De que su mujer se llamaba en realidad Calisto Alba.

-¡…! ¡¿Q-q-q-q-quéeeeee?! ¡A-aiya! ¡A-así que era hija de Alba…!

-…Correcto.-confirmó con mucho pesar, solemne.- La hija mayor de Quercus Alba.

-¡E-esa fiscal no me importa en este momento! ¡Shih-na! ¡Eso significa que tú eres…!

Aquello la llenó de vergüenza: su peor humillación.

-…Soy nieta de Quercus Alba.-confesó, con un hilo de voz llorosa.

Aquello sí que no se lo esperaba. Era algo demasiado complicado de asimilar. Lang se quedó de piedra.

-¡…! ¡N-no me lo puedo creer…!

-…Te dije que hay cosas que ni la familia es capaz de perdonar. Durante toda esta maldita extraditación, hemos estado rodeados de mi familia materna biológica: primero, mi abuelo, Quercus Alba. Después… Mi tío. Otro sucio fiscal, hermano de mi madre: Quentin Alba.

-¡¿Quentin Sunsette, quieres decir?! ¡Aiya! ¡Otro Alba del diablo!

-A continuación… Vino mi prima, hija de Quentin y nieta pequeña de Quercus Alba: Quercubine. Mi prima pequeña.

-No puede ser, esto es demasiado…-opinó Lang, claramente alterado… Y extremadamente dolido.

-Y por último… Llamémosla Calisto/Shih-na/Okarina Moon Alba… Para abreviar, claro… He tenido tantos nombres… Que casi no recordaba el mío…-dijo ella, volviendo a caerle la mirada al suelo.- La peor de todos los Alba, por el mero hecho de ir en contra de la familia y fracasar. Se podría decir que soy una fracasada…

-No.-aclaró Lang, decidido.- Tú no eres ninguna fracasada.

-Llámalo como quieras… Yo prefiero usar la palabra "idiota". Porque eso es lo que soy. Una estúpida llorona a la que le quitaron todo cuanto tenía y encima le echaron la culpa de ello.

-¡…! Shih-na, yo…

-¿Ves como eres idiota? Yo no soy Shih-na, ¿No lo entiendes? No soy Calisto Yew, una abogada, sino que soy Calisto Yew, la asesina. No soy Shih-na, la agente de la Interpol, soy Shih-na, la contrabandista y espía. No soy Okarina Moon, una niña alegre con una familia perfecta, soy Okarina Moon, una niña desgraciada a la que le arrebataron a su padre a manos de la familia más horrible que puede desear una chiquilla.

Lang se quedó sin palabras. No dijo que le había quitado las palabras porque no quiso que se considerara ofensivo. Lo último que quería en ese momento era hacerle más daño, aún no conociendo toda la historia.

-Es cierto, nací en Zheng Fa. Y como tal, el número cuatro es muy importante para mí. Mi vida se ha dividido en cuatro momentos clave: Uno, mi infancia, que acabó cuando me quitaron a mi padre. Dos, mi etapa de Calisto Yew, y como Yatagarasu, que acabó cuando Alba me quitó mi verdadero aspecto. Tres, mi etapa de Shih-na, agente de la Interpol, que empezó cuando te conocí y terminó cuando me conociste. Y cuatro, mi regreso a Zheng Fa… Qua aún no ha terminado… Y espero que termine pronto.