Disclaimer 1: fanfic escrito sin ánimos de lucro. The Loud House es creación de Chris Savino, propiedad intelectual y material de Nickelodeon Intl. y está bajo licencia de Viacom y Jam Filled Entertainment.
Disclaimer 2: Los materiales referidos y/o parodiados son propiedad intelectual y material de sus respectivos creadores.
Responsiva: ni Fanfiction ni el fsndom de TLH se hacen responsables por la protesta aquí emitida, no así de las quekas aquí vertidas. Yo, como persona legal, me haré responsable de las quejas aquí vertidas, no así de los insultos proferidos. Ello es responsabilidad de quien los emite.
A la memoria de Adriana-Valkyrie.
Un hogar robado
Pt. I Que la tormenta caiga
Palm Beach, Florida
24 de abril
1:30 hora local
Hoyo 17 del club campestre local.
Si diéramos a la comida, la alegría y las canciones más valor que al oro, este sería sin duda un mundo más feliz.
-John Ronald Reuel Tolkien, dramaturgo y lingüista británico.
Para muchas personas, el es un maldito cerdo fascista oligofrénico. Un empresario por demás taimado, racista y misógino que prefiere dejar que su negocio de bienes raíces sea operado por su yerno a permtirse tener un cliente afroamericano como propietario de una casa sencilla en el suburbio más conflictivo de una subsidiaria suya en California.
-¡Maldita bola! -gruñó el mandatario, viendo en las ondas de la charca del hoyo el último vestigio de la misma.
Un golpe... bastó un golpe a esa pelota para que fuera disparada hacia el cuerpo de agua. Y nada le ponía de peor hunor. Molesto, Ronald Gump fue directo hacia el carro, en el que estaba sentado su invitado y oponente, para dar un bocado a una doble con queso extra y pepinillos agrios que venía comiendo desde el hoyo quince junto a unas patatas y soda grandes.
El individuo con el que lleva las de ganar por mera cortesía (en realidad, concluyó Gump, es mal jugador) viste de forma modesta para un simple juego de golf. Polera rosada, chaleco de un tono acerado, pantalón caqui y una gorra inglesa. A sus ojos, se deja ver como un periodista franco, a diferencia de aquellas rémoras de los medios liberales que lo atacan de contínuo.
-¿Tiene idea de lo qu cuesta mantener un campo de golf así de hermoso?
-No me la puedo hacer, señor presidente -aquél hombre de calva incipiente y cabello pardo encanecido no dejó de alabar, de manera hipócrita, sus pensamientos en voz alta-. Dígame una cosa. ¿Por qué ha tolerado que algunos de sus hombres de confianza le han abandonado?
-Porque no tienen agallas -respondió el rubicundo mandatario-. Banner y Fletcher me abandonaron solo porque creen que mi administración hace oídos sordos a lo que mi gabinete en general propone.
Apenas responde, da otra mordida a su hamburguesa. No tiene duda: de poder, despediría a los cocineros de la Casa Blanca. Tiene la idea de que deberían ser mucho más rigurosos con los recursos humanos de la instalación. Siente que ninguno es capaz de preparar una hamburgesa como Dios manda.
-Piensan -continúa Gump- que la recaudación fiscal y mis políticas "no son tan flexibles ni paulatinas que deberían ser". ¡Como si esementecato hijo de puta Banner supiera cómo gobernar!
En el acto, el Presidente arrojó el palo más próximo que tenía (uno con cabeza de acero) hacia el lago, cosa de lo que ese periodista tomó nota y video sin que él se diera cuenta, antes de dar un bocado de hojas de endivia con un par de trocitos de jamón frío. No lo hacía por infamar, sino para usarlo después con cierta información que le llegó por un contacto en la zona oriental de Michigan.
No sabía mucho de ése contacto, en realidad. Lo único que pidió, de forma bastante directa, fueron algunas recomendaciones laborales y escolares, cien mil dólares al momento y otros ciento cincuenta mil en cuanto publique. Un precio menor, muy pequeño, en comparación a la ganancia que obtendría por ventas, regalías y posibles demandas. Y ello lo vale, pues eran nada menos que capturas y documentos varios de un sitio ruso.
-Uno supone que los nacionalismos no encajan en las injustas estructuras del comercio mundial. Uno se cree con la loca idea -Gump tomaun nuevo palo y una nueva pelota, buscando mejor acomodo- de que un tratado de libre comercio donde América no gane lo que de verdad corresponde es algo estupendo; se cree con la libertad de darles a los inmigrantes que vienen desde México y mantener onerosos sistemas de salud para ganar votos a costa del ciudadano honrado. ¿Qué tenemos, Wolfe?
-No, bueno... yo no sabría qué decirle, señor -dudó el periodista, conociendo la respuesta de antemano pero deseoso de escuchar.
-Tenemos vagos. Criminales. Violadores -dijo resuelto el rubicundo-. Tenemos todo eso, y viene desde México con drogas y crimen.
Al momento de terminar de hablar, Gump golpeó la pelota, misma que trazó un arco contra el sol y cayendo, de nuevo, en la charca. Nada complacido, el magnate se molestó de estae a un golpe de perder toda ventaja en su juego.
-En campaña se los dije a los ciudadanos -sentenció el mandatario-. Yo voy a terminar con eso.
El móvil del presidente sonó. A diferencia de muchas personas que conoce, él se conforma con uno de los tonos con los que están precargados, y no con alguna canción como cualquiera de sus hijos o sus nietos. Aquel estridente tono, como si de un teléfono viejo se tratase, era molesto.
Quien llamó, pudo apreciar apenas segundos antes de ver a su anfitrión tomar el aparato, era una tal "Sunny Daniels". No tu idea de quien sea, pero buscará una buena excusa para desentenderse del magnate que falseó hace poco su examen medico bimestral. El nombre... si es que era nombre real... solo puede ser de una persona que labore en Nueva Hampshire o California. Los únicos estados del país con luz verde a la pornografía.
-¿Me disculpa, Wolfe? La secretaria de Educación acaba de llamar -mintió descaradamente Gump-. Hola, hermosa...
-No se preocupe, señor. Tengo que estar en San Diego mañana en la noche.
-Perfecto... si, linda. Como acordaste con mi abogado...
Con eso, Joseph Wolfe pudo confirmar un par de cosas más que serían oro puro para su libro. El presidente, oficialmente, pasa más horas jugando al golf en alguna de sus propiedades. Y su salud se limita a una dieta de hamburguesas y posibles relaciones extramaritales.
"¿Dijo fuego y furia contra Norcorea y su dictador, señor presidente?"
Para cuando terminó su llamada, el rubicundo Jefe de Estado tomó de nueva cuenta el palo que dejó para acomodar una última pelota y, tomando un efecto bastante peculiar, la golpeó. A diferencia de las otras, ésta cayó justo en el hoyo.
-Ni Fletcher ni Banner tienen agllas para aceptar los hechos -retomó-. Esos dos quieren algo más lento. Pero eso solo les da el beneficio a los inmigrantes de aprovecharse de varios programas del gobierno sin dar un solo centavo. Eso se va a terminar.
Como si aquella sentencia no tuviera validez, el cuarto de hamburguesa que le quedaba en el plato, ya frío y sin más atractivo que un taco botado en un estadio, desapareció en su boca con tanta rapidez que los condimentos escurren por la comisura de sus labios, antes de tomar una servilleta y limpiar su cara, bebiendo un generoso trago de soda antes de subir al carro e ir al siguiente hoyo.
-Y... ¿seguro que escribe una biografía?
-Si, señor Presidente -mintió el periodista-. Una biografía muy buena sobre usted.
~o~
Primaria y secundaria Royal Woods, Michigan
En la Historia de la humanidad, los conflictos bélicos han sido una constante. No importa la causa, no importa el resultado, la trama es la misma. El primer insulto, la escalada de declaraciones, los reclamos, el primer disparo, el intercambio de golpes, la batalla decisiva.. el balance y el control de daños. Si hay armisticio, tratados de paz o un distanciamiento, es lo de menos. La conflagración, siempre inevitable, es el eje que regula las necesidades del ser humano.
Por errores, uno no encuentra por donde empezar. Ya sea la IX Legión romana en Teutoburgo, la caballería pesada en Agincourt, la imprudencia de Ambrose Burnside en la Guerra Civil o la Carga de la Brigada Ligera en Crimea, en algún momento una de las partes tiende a cometer un error fatal. Y ese error, en la Primaria y Secundaria de Royal Woods, había llegado en el peor momento posible a un chico en el baño.
-¿Tienes algo qué decir de mis hermanas?
La pregunta de Lincoln, expresada con el casual acento simpático de siempre, había sido rota por una sonrisa bastante siniestra como para asustar a un miembro del Club de Enterradores.
-Vamos, amigo -invita el peliblanco-. Quiero escucharlo todo.
-¡No fue nada, Larry! -si la petulante voz de Chandler no crispa al peliblanco, éste no sabía con qué se está metiendo en realidad- Todas tus hermanas son muy entregadas. ¿Crees que Lacey y Laurie salgan conmigo si les pago?
No lo odies. Prestarle atención es justo lo que menos debes hacer con toda persona que tenga algún problema contigo.
Por un segundo, las palabras más dolorosas de la carta de despedida de Carol acudieron a su mente como un latigazo en la espalda. No podía permitirse el lujo de perder el control, menos frente a alguien a quien antes trató de agradar, así lo provoque usando a sus hermanas en contra.
-¿Crees que Lacey me la deje barata solo porque se besuqueó con el mono marica? -seseó el pelirrojo, mofándose de Lucy y errando en el nombre.
-Es... Lucy... desgraciado -corrige Lincoln, apretando los dientes al punto de que las encías le dolieran, mientras salía al pasillo y veía a Penelope correr en dirección a la oficina del direcror Huggins-. Y no... llames... mono... a Clyde.
-Creo -remata Chandler- que tus hermanas te dejaron sin bolas, fenómeno de...
Sin mediar palabra, algo más se rompió esa tarde en la primaria de Royal Wood que llamó la atención de cuanto estudiante pasó por aquél corredor. A los pies de Tabby, quien salió última del salón donde se reune el Club de Música, saltaron varios dientes, seguidos por su pelirrojo dueño.
Sin darle tiempo de reaccionar, y viendo que Chandler miró por debajo de la falda de la punk sin querer, Lincoln empezó a golpearlo con inusitada violencia. Ya no le interesó que sus hermanas menores vieran cómo la imagen que tenían de él se fue directo al Infierno, que el director Huggins y la profesora Shrinivas se acercaran presurosos junto a varios docentes más o que sus amigos hacían lo posible para dispersar a la gente sin éxito.
Apenas los vio una chica del sexto grado, varios de los testigos los incitaban a pelear, algunos de ellos grabando la paliza que Chandler recibe en ése justo momento, con Lincoln sentado sobre su abdomen. El pelirrojo intentó dar un puñetazo en el pecho de Lincoln, pero éste lo detuvo. Grande fue la desesperación del elitista que, queriendo quitarse a su verdugo de encima, quiso usar sus piernas para intentar aplicar una tijera a su cuello, lo que no funcionó. Mucho menos le interesó a Lincoln que, aterradas, sus hermanas menores y Luan vieran el sangriento espectáculo.
Obviando cualquier palabra, cualquier protocolo existente, los profesores que habían salido en dirección a la sala de maestros tuvieron que hacer un intento por dispersar a los testigos, aún a quienes vieron todo desde el inicio. Solo el entrenador Pacowski, a pesar del temerario esfuerzo de Lincoln, se acercó a detenerle. El resto de los docentes, temeroso, decidió actuar con cautela. Todos... con la sola excepción de Howick, quien se encontró ausente.
-¡Suficiente, Loud! -llamó el grueso entrenador, al tiempo que detuvo los puños del peliblanco.
-¡Suélteme! -protesta Lincoln, aún alterado- ¡Voy a matar a ese malnacido!
-¡Ya tuviste demasiado de eso, Lincoln! -la profesora Johnson se sumó al castaño, conteniendole a duras penas con todo y su experiencia montando toros mecánicos.
-¡A mi oficina, señor Loud! -ordenó Huggins, fulminante su mirada hacia el chico, al tiempo que DiMartino le tomó el pulso a Chandler.
Soltándose del firme agarre del entrenador y su profesora, Lincoln no tuvo de otra que obedecer. Los pocos estudiantes que quedaban en el pasillo no dudaron en divulgar la noticia, entre conocidos y familiares, del demencial inicio de semana que tuvieron.
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En la oficina del director, Lincoln no solo rumiaba su rabia. Nunca, en toda su vida, había explotado con semejante brutalidad, más propia de Lynn en un juego de lacrosse o de hockey sobre hielo que de él mismo.
Le parecía raro tener que ver a la profesora Johnson con demasiado en mente. Furiosa, decepcionada, concentrada en las heridas que él mismo se produjo al golpear una y otra vez a Chandler. Sabe, de primera mano, que ella es la última persona en consentir un uso desmedido de la fuerza. Y ahora... él veia que ella no podía ocultar la vergüenza que siente de uno de sus pupilos.
La mujer, reacia a dirigirle la palabra, solo tiene que esperar a que el director Huggins le indique si puede retirarse. Por ahora, lo último que desea ver en mucho tiempo es al propio Lincoln. Ya no valdría la pena tratar de excusarlo, si es que hay una excusa posible que lo salve.
El peliblanco empezó a calmarse. Se dio cuenta del forzado mutismo reinante en la sala, siendo la secretaria la única persona que lo rompía con un veloz uso del teclado. Callado, decidió tratar de organizar mejor sus ideas para explicar, si la prerrogativa le era (y, considera muy seriamente, que le será negada) permitida.
-Ya se puede retirar, profesora -se dejó escuchar la voz del joven Schiller tras la docente.
-Esto no le concierne -suspira molesta Johnson-, mucho menos está bajo su responsabilidad.
-Lo es cuando sea pertinente que lo sea -el pasante está decidido a no ceder-. Ya puede irse.
-Voy a esperar hasta que el director Huggins me lo ordene, lo quiera o no.
-El señor Loud es mi... asunto, si lo quiere ver así, antes que su estudiante. Sus hermanas mayores ya me conocen. Además... -se inclinó un poco hacia su oído-... se bien en qué partes del condado hay buenos toros mecánicos.
-¿Cómo demonios sabe eso?
-Postura al andar, un gesto apenas hice la mención -responde el rubio-... he tratado con gente así en Québec, señora, y créame. Conocen mejor el tema que yo. Y, siendo franco, usted ama algo con lo que he tenido malos tiempos.
Frente a semejante -y absurdo- razonamiento, la profesora Johnson abandonó la sala, molesta y atraída por la idea a partes iguales, dejando a Julian y a Lincoln sin más compañía que Cheryl. La gruesa mujer, vale decir, terminó con el citatorio que Lincoln se había ganado esa tarde, por lo que dedicaría su tiempo a ordenar un arreglo floral para sí misma el día de la secretaria.
-Señorita, ¿puede dejarnos a solas, por favor?
-Lo siento, jovencito -se excusa la gruesa mujer-. Mucho me temo que el director no podrá recibirle hoy por... bueno, por lo del chico Loud.
-Odio tener que hacer uso de mis credenciales, pero supongo que vine a solicitar la vacante que habrá mañana -anuncia Julian, un poco prepotente.
-Si es que lo aceptan...
-Me aceptarán -dijo, con una sonrisa-. ¿Puede dejarnos solos?
Sin hacer caso de la secretaria, Julian sacó un cigarrillo electrónico y lo encendió, exhalando una bocanada de vapor de agua, tranquilo y relajado. Lincoln no pudo evitar sentir desprecio hacia él, a raíz de lo dicho por Luan una noche que estuvieron solos. La misma nariz, la misma frente... y hasta ahí la semejanza con aquella odiosa mujer. Con un maletín negro en la izquierda, tomó asiento junto al peliblanco.
-Vamos, Lincoln -dijo el joven Schiller, dando una nueva y profunda calada-. Ya que esperas el posible castigo, dime una cosa. ¿Que sientes... por haber golpeado al favorito de mi tía?
~o~
En toda la mañana se había sentido nervioso. No se culparía, de no ser por un par de detalles. La pen-drive que perdió si era conprometedora, y prácticamente ya no tiene sentido buscarla. La cereza del pastel, Shrinivas ya tiene una clara idea de lo que ha estado haciendo en su tiempo libre, el que no dedica a las reuniones eclesiásticas.
"Lo mismo que en Flagstaff", pensó. "Hay gente que hace cosas peores. ¿Por qué a mí? Hay terroristas, el presidente es un pecador bajo el santo que se dice... ¿Qué hice para llegar a esto?"
Recordó aquella noche en su natal Arizona. Su hora más oscura hasta ese momento... contando ya con quince años, Ellie lo llevó durante un servicio fúnebre. La mujer le hizo cometer actos impíos sobre el cuerpo de un profesor de ciencias de la preparatoria local. Por su mente, había llegado una asociación enfermiza que terminó por segar una vida y arrastrar un horrible legado. Sin embargo, aquella vez aprovechó una mudanza para desaparecer un tiempo. La señora Blaine pagó con su vida un fetiche años después, solo para atormentarlo desde su memoria.
Un tumulto en el pasillo lo sacó de sus pensamientos. Varios estudiantes, pudo ver, se arremolinaron en torno a un par de chicos que, apenas veía, yacen en el suelo. Los testigos los incitaron a seguir, más por tener algo interesante de qué hablar con sus padres en la cena o para subir sus videos a Internet que por otra cosa.
Ya tiene la excusa perfecta para abandonar Royal Woods. Un pleito estudiantil le dio una idea para irse impune. Dejaría cosas atrás, pero ya sabe cómo no dejar rastros en casa. Tendrá que deshacerse de una PC con material abundante, magnetizarla para una purga irreversible. El plan... solo era improvisar. Wasatch, Salt Lake, Anaheim, de nuevo Flagstaff y Royal Woods... al menos en Utah se abstuvo de crear material, y en Anaheim casi lo detienen.
Había sido en Wasatch donde se hizo una prueba psicométrica de la Asociación Nacional del Rifle. El resultado había sido desalentador para alguien demasiado tranquilo y -en apariencia- respetuoso de la ley.
Permiso denegado por enfermedad mental. Trastorno de personalidad asociado a sublimación represiva fallida.
Para cuando realizó la prueba de espera por tres días, esa tarde intentó comprar una Glock 9mm. El depediente le había negado cualquier arma de fuego. No era para menos. Los controles eran mucho más estrictos que ahora... justo cuando olvidó comprar un arma por completo.
Ya no podía darse el lujo de armarse. Considera el cianuro una forma cobarde, y colgarse no es una buena opción desde que escuchó de aquella estudiante de la preparatoria. De colgarse, dejaría sus bienes a escrutinio policial... y no desea eso.
Tampoco podría culpar a nadie ya. El conserje Van Dyke, por lo que supo, ya había sido internado y condenado a cadena perpetua en Beaverton. Y las oleadas criminales en un sitio pequeño son siempre una novedad muy bien recibida por la prensa.
Solo tiene dos salidas factibles. Fingir demencia o chantajear a Shrinivas y a Huggins. Ambas tan improbables como tener que entregarse, si es que deseaba hacerlo...
... y eso no entra en planes.
~o~
Calles de East Lansing
Nerviosa, temerosa... María sabe bien qué es tener eso en mente al despertar desde hace poco más de dos meses. Recordó lo que es temblar por algo en particular. El primer día de escuela, el primer día de prácticas en la Escuela de Enfermería, la primera noche como mujer casada... y ahora esto.
No solo no llegaron a tiempo. Se les negó el acceso por el simple hecho de ignorar que adelantaron el juicio de Roberto. Al parecer, un reo en proceso por homicidio en la penitenciaría estatal de Ingham que tendría su juicio antes tuvo necesidad de ahorrarse una cadena perpetua y fue hallado con espuma en la boca, derivado de una ingesta masiva de cianuro de potasio concentrado. Ello apareció en los diarios y, para apresurar las cosas, adelantó los juicios a cargo de Vynal.
La impaciencia la carcome, y ver a la ex-militar quitarse el saco y empezar a hacer flexiones para matar el tiempo no le ayudó en lo absoluto. Lo más que pudo escuchar poniendo un oído junto a la puerta fue una absoluta nada. Olvidó que la sala está aislada del ruido exterior. Nada entra, nada sale, más que nada por cuestiones de prensa. Si en el sonado juicio de Josh Nichols en plena gira de su hermanastro y representado la prensa rosa lo destrozó filtrando fotos del amorío de su prometida con su hermanastra, ahora, con todas las medidas de seguridad acústica tomadas es virtualmente imposible obtener algo si no es la declaración de inocencia o culpabilidad hecha por un juez.
Se supone que la lectura de sentencia sería a las doce, y las puertas estaban cerradas entonces. Lo más que sabían, por un mensaje que a la funcionaria le llegó, fue que adelantaron dicho proceso. Aunque el estómago le reclama la falta de atención desde la vispera, no desea comer nada. Ya tiene demasiado en mente y en juego como para atender un reclamo que era más que justo.
Una y cinco, nada todavía. Los pocos vigilantes del lugar, más aburridos por el ambiente reinante y enfocados en cualquier otra cosa, no tenían más información que ellas, revisan algún periódico o sus móviles, buscando cualquier cosa para matar el tiempo.
María consideró tener que abrir una cajetilla del paquete que compró para Roberto. Tener que volver un poco a sus días de disipada juventud y dar una calada como nunca desde que le dijeron que sería madre por primera vez. Solo una cajetilla de aquellos mentolados que consiguió, a falta de algo más del gusto de su marido...
Apenas abriendo el paquete, la puerta se abrió de par en par. Las personas que ejercieron de jurados se dispersaron, dando apenas oportunidad a la latina de alcanzar a una mujer rubia con mechones azules, rosas y morados que nacían en su nuca.
-¡Oiga! ¡Disculpe! -llamó ansiosa la enfermera- ¡Sabe algo del juicio de Roberto Santiago!
-Lo siento -dijo aquella mujer, hastiada de tener que estar en un lugar así-. ¿Tiene que ver con ese hombre?
-Soy su esposa.
-Entonces lo siento mucho, señora -aquella mujer se limitó a bajar la mirada y sujetarle un hombro-. Renunció al recurso familiar y... de veras lo siento.
El tono, bastante melancólico, no dejó duda alguna de lo que se vino. Una mano comprensiva sobre el hombro por la pena que ocasionó. Sumida en un vacío personal, María ignoró que a Gwendolyn le había llegado un par de oficios. Uno de parte de la oficina de recursos humanos del Estado, notificándole su despido, y una orden de presentación en dos semanas en esa misma corte.
Una cruel paradoja. Un día hermoso a pesar del frío, y para los Santiago fue el peor de todos.
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Para estar la primavera muy avanzada, el aire se siente frío. La sala de visitas está algo atestada, y para ella era preferible habese enterado de primera mano. En su lugar, tendría que soportar semejante noticia de su cónyuge.
-¿Deportado?
-Se nota que a ese juez le encanta el sonido de su propia voz -dijo Roberto, amargado por la resolución del juez-. ¿Cómo está Ronalda?
-Se quedó con un trabajador social -respondió sin más María-. Era eso o... tener que arrastrarme con papá.
-Era mejor eso que...
-¿Crees que no tengo pleito con él? -increpó ella- ¡Ya no puedo volver a Chicago! ¡Carlota salió con que Bobby está preso! ¡Por ella casi le rompo la madre a Carlos y a Frida! ¡Y no creas que no supe lo que hiciste en la mañama!
-¿Tienes una idea de por qué lo hice al menos?
-Roberto, te amo, pero eso no es lo mismo a que me quieras ver la cara.
-¿De verdad quieres saberlo? ¿O vas a...?
-Como digas -suspiró resignada la enfermera.
-Renuncié a apelar por familia para que no las estén jodiendo. Ni a ti ni a Ronnie -respondió con calma-. Ya tienen demasiado en mente con Roberto como para que terminen por chingarlas por mi culpa.
A María, el peso del mundo se le antoja demasiado ligero para algo así. Las únicas ayudas que tuvo en todo el proceso apenas y sirvieron de algo más aparte de ponerlos a ellos mismos en riesgo. Tuvo que considerar el costo total. Una funcionaria desempleada, un pasante que seguramente ya renunció a su puesto antes de ser despedido, su cónyuge deportado pese a tener ciudadanía por matrimonio y un hijo del que no hay rastro.
-Sé que no debería preguntar, pero... -María tragó un poco de saliva-... ¿Para cuando es?
-El cinco si puedo apelar-dijo sin remordimiento el jefe de familia-. Por estar cerca de la frontera con Canadá, el traslado es a Detroit, y el vuelo es directo a Ciudad de México.
Tras prometerle no llevar a Ronnie Anne antes de partir, darle algunas cajetillas con cigarrillos mentolados y una foto familiar reciente, ambos se despidieron. Ya no hay mucho por qué apelar sin interponer un recurso familiar, considera mientras abandona la sala de visitas.
Ciudad de México... la sola mención a semejante monstruo urbano le hace rabiar un poco. Un sitio demasiado grande, un monumento a una idea que se escapó hace siglos y sigue torturando a su alcalde. Por un lado, las autoridades locales pretenden venderla como una verdadera joya del Primer Mundo. Museos, restaurantes, corporativos, casas de Bolsa, tiendas y centros comerciales... lo que en la Embajada en DC y los Consulados no mencionan, empero, son los índices delictivos, corrupción, problemas de todo tipo y, en sí, el caos imperante.
Había leído en el sitio de la Embajada que había programas de manutención y apoyo a ciudadanos deportados. Pero... ¿de qué serviría? Con $900 pesos mexicanos, si las cuentas no le fallan, tendrá suerte si llega al fin de semana. Y el viaje de regreso a Tijuana, lo tiene claro, es demasiado costoso en avión desde la capital mexicana y muy tardado en autobús, por no decir inseguro.
Pensó un momento en cómo lo tomaría Ronnie Anne. Bien podría hacerse la mujer fuerte que se mantiene orgullosa ante la desgracia propia. Eso, fuera de las paredes de su hogar. Dentro, la cosa sería totalmente diferente. Odia verla miserable, pero con algo que se escapa de sus manos como un juicio de deportación, no hay cura posible sino compartir el dolor. Buscar un hogar en el exilio... y morir en vida mientras tanto. Ya ni hablar de los trámites y, si era posible, solicitar visado como trabajador, permisos de internación, los sobornos a las autoridades mexicanas si quiere agiliar trámites... y retomar vida marital de nuevo.
Afuera, Gwendolyn ya la esperaba con el ánimo bastante sombrío. No deseaba hablar en ese momento, pero, por la cara que tenía y los oficios que carga en sus brazos, tienen poco, largo y tendido de qué hablar.
~o~
Nunca se había dignado en visitar la enfermería. La enfermera Patty le resultó desagradable, pero un mal necesario era mejor que nada. Tanto más, considerando que ya tenía un par de años trabajando allí, y el hecho de que fuese de "familia vieja" en el país la hacía un poco más soportable.
Henrietta no dejó de pensar en qué llevó a un estudiante a golpear a otro con salvajismo. Chandler le agradaba, a pesar de que el chico tenga cierta manía con la aceptación de una idea de vida basada en la plusvalía.
Lo único que sabía de Lincoln en ese momento, con toda seguridad, es que sería expulsado. No solo eso, sino que ya podría despedirse de aquella escuela con un buen regalo. Un estudiante expulsado que, para variar, le es desagradable por sus cuestionables amistades con negros adoptados por "enfermos" y latinos a los que deberían arrojar a los glotones... ¿Lobos? Serían demasiado generosos, aún si tuvieran rabia y no hubiesen comido en días.
No dejaba de escuchar las sandeces de los estudiantes mientras vuelve a su despacho. Le daba lo mismo que dijeran que Loud se volvió loco porque le dijeran que vendía a sus hermanas por cómics, que Ronnie Anne le pagó para imitar a un sicario o si Chandler quiso propasarse con él. Lincoln será expulsado.
No la movía un afán de venganza contra Rita. El chico, piensa, se lo buscó solo. Ya tiene demasiados antecedentes como para no ser expulsado. Una guerra de comida, vandalismo, agresiones, faltas administrativas, conductas inapropiadas... lo mejor que puede hacer por el es dar la última palada de tierra a su tumba.
Esperaba encontrar a Rita y a Lincoln sentados afuera de su consulta, aunque se llevó una desagradable sorpresa, habiendo sonado ya el timbre para que los estudiantes volvieran a sus aulas.
Las últimas dos consultas del día... una de emergencia pedida por Mollie Nordberg, del quinto grado. La chica no le gustaba, más que nada porque era una blanda, una simple llorona. La otra consulta, y la definitiva, Chandler, toda vez que el pelirrojo se repuso lo mejor que pudo.
No dudó en dolerse del aspecto del chico. Varios dientes menos en su boca, ambos ojos morados, el labio inferior partido y la nariz desviada hacia la izquierda, a pesar del trabajo de la enfermera. La camisa, rasgada y con rastros de sangre, muda seña de la paliza recibida, a la vez que el cuerpo, lo poco que enseñaba, está lleno de moretones, cardenales y raspones.
Ambas consultas se dieron sin contratiempos, toda vez que ambos hablaron largo y tendido. La chica no dejaba de quejarse de la basura que fue su fin de semana, mientras que el asunto de Chandler fue mucho más difícil. Lo más que pudo asegurar fue apoyo moral si procede a demandar.
Toda vez que el pelirrojo se retiró al hospital con su permiso, buscó en su bolso un vaso desechable y una botella de brandy. Nada podía salir mal en lo que resta de la jornada, pues ya había solicitado, semaas atrás, que no la despidieran con un evento en el gimnasio de la escuela.
-Doctora Schiller -se oyó por el sistema de altavoces de la escuela la voz de la secretaria-, favor de reportarse a la oficina del director Huggins. Doctora Schiller, la esperan en la oficina del Director.
"Ya era hora", pensó para sí. De todas formas, el resto de la tarde se la pasaría supervisando que las cosas que no podía llevarse en un camión de mudanzas no fueran dañadas. Algunas cosas, las menos, ya las guardaría en casa y se ahorraría la molestia de tener que tirarlas. Lo que deba quedarse, como las repisas y el escritorio, eran ya propiedad de la escuela. Su muy merecido trago puede esperar, no así su bastón.
En el camino, apenas y se dignó a voltear a los Loud. La mayoría evitavan mirar a Lincoln, como si el chico ya estuviese condenado, mientras que Lynn Loud Sr. apenas y notó su presencia. El peliblanco... una lástima. Pudo servirle de algo mandarle algunos libros de Nietzsche. El sujeto, aunque estuviera bien muerto, le hubiera ayudado a ambas excusas de hombre a tener algo más de hombría.
Evitó mirar a los ojos a la secretaria del director Huggins. La mujer, al parecer, ya está fastidiada de tener que estar en esa oficina, y apenas era lunes. Algo inevitable, piensa Henrietta, mientras considera que el ciclo de la semana era justo eso. Una miserable rueda de hamster a la que pusieron un poco de comida para que el roedor, la sociedad, trate de darle alcance.
Apenas la puerta del director se abrió, la delgada figura de su sobrino salió de allí, campante como si se hubiera ganado la Lotería del estado. Sabía que ya estaban buscando un reemplazo, y no había casi ningún solicitante. Los únicos psicólogos que sabe disponibles en el área, uno ya se halla en Aruba de vacaciones, y la otra ya debía estar harta de tener que lidiar con patanes que terminaron presos. No podía considerar un día perfecto sin tener que ver la cara de alguien que odia ser rechazado. Sin embargo, ignora una cosa que a todos sucede.
No ha existido, jamás, una persona que tuviera el llamado "día perfecto".
-¿A qué demonios, en el nombre de la Creación, estuviste jugando, Henrietta? -preguntó furioso Huggins- ¿Sabe usted, grandísima idiota, qué fue lo que escuché cuando tuve aquí a Lincoln Loud?
Un gesto así, venga de quien venga, no es más que la prueba más convincente de semejante idea.
~o~
La idea que Lincoln tuviera sobre aquel rubio del que Luan hablara lo suficiente como para desconfiar de él se despedazó en cuanto empezó a hablar. Primero con una fuerte reticencia y luego con calma, a los veinte minutos ambos ya estaban calmados. Al chico le pareció que ese hombre no era precisamente alguien de quien fiarse a la primera. Al ludópata, por su lado,
-No eres muy hablador, ¿verdad? -el peliblanco gruñó- Supongo que tu afición por el tal Ace Savvy no tiene mucho que ver con un mazo de naipes. De todas formas, la reputación de la bruja me precede.
Sin respuesta, mientras Cheryl decidió limarse las uñas. El director primero había ido a ver a Chandler, antes de que pudiera hablar con quien sea que viniera por Lincoln.
-Así que dime. Ya, en serio. Golpeaste al estudiante favorito de mi tía. ¿Tienes idea de lo que me gustaría ver eso? -otro gruñido por respuesta. Julian da una nueva calada- Ok, no voy a insistir con eso de frente. Háblame de tu familia. Hasta hoy, te has negado a hablar conmigo. Fue Luan, ¿verdad?
La única respuesta a eso fue un chasquido por oir nudillos tronando.
-Me acerco. ¿Sabes como Lynn dijo que Luan me veía? Me ve como un pedante racista hipócrita. A ella le interesará saber que mi novia es judía, me van a hacer circuncisión antes de la boda y mi mejor amiga es una porrista con más cerebro que un conejo tonto -aún nada-. Quita esa cara, Lincoln. Tal vez otra hermana tuya tiene que ver. Créeme. Envidio tu suerte.
-¡¿Va a dejar de hablarme como si fuera un retrasado? -dijo Lincoln, hablando entre dientes.
-Nunca te he tratado como un retrasado, Loud -el joven Schiller dio una última calada a su cigarrillo, al que se le terminó la pila-. Si piensas eso de mí, entonces déjame aclarar esto: suelo hacer trampa en los juegos de cartas la mayor parte del tiempo, prefiero una noche en el casino que en casa, y prefiero tratar con niños porque no son tan amargados como un corredor de Wall Street. En lo que a mí concierne, eres solo un chico que toda su vida ha estado estresado por ver felices a sus hermanas, a sus padres y amigos. ¿A qué precio? Poder presumir una gran madurez, no disfrutar su infancia como debiera y en el fondo, muy en el fondo, sentirse miserable por apenas tener algo bueno qué contar a sus inexistentes hijos, a tener que decir "ojalá pudiera ser niño de nuevo y tener un momento, solo un momento, que pueda malgastar leyendo historietas o pasar tiempo con mis hermanas haciendo algo que me gusta, no tener que preguntar por qué y hacerlo de todas formas". ¡Gran revelación! ¡No me jodas con esa epifanía, vida!
-Si ya terminó de molestarse en decir sandeces, entonces déjeme en paz -dijo Lincoln, manejando su malestar lo mejor que puede.
-Si te presumes tan maduro, quiero pruebas. Vamos, quiero escuchar lo que tengas que decirme.
-¡¿Quiere escuchar?! ¡¿De verdad quiere escuchar?! ¡Intente ser bueno con un tarado que se siente con derecho a burlarse de todo mundo porque la planta de aguas residuales de su familia se lo permite! ¡Trate de serlo cuando ese cretino se toma lo que le pasó a Lori como si de verdad le cause gracia y se quiera aprovechar de eso! ¿Siente envidia de mí? ¡Intente sobrevivir prácticamente desde que amanece!
-No tenías que explotar así, pero si lo necesitabas, no puedo negarte eso -el apostador toma su maletín y lo abre, buscando algo.
Mientras busca, la puerta que da al pasillo se abrió de par en par. Tras el director Huggins, Lynn Sr. había entrado a la oficina. Lincoln ya solo tiene que esperar la, para él, ya dictada sentencia. Tendrá que vaciar su casillero, dejar varias notas a los chicos y a Jordan y esperar a que el castigo en casa fuera el peor que afronte en toda su vida.
Sin ganas de hablar realmente y con un agotamiento severo, Lincoln entró a la oficina del director. Ya nada le importa en lo absoluto, así fueran sus hermanas y lo que ellas pensaran de él ahora.
Sabe que su padre está molesto. Ni siquiera pasó una semana desde que terminó el juicio a sus dos hermanas mayores más inmediatas, y él ahora acarreó un asunto peor del que condujo a Lynn a tener que cumplir servicio comunitario. Sabe que, apenas llegue a casa, tendrá que limpiar su habitación hasta el más mínimo resquicio. Las pocas cosas que le dejarían quedarse, piensa, las dejará de lado. Si será esta su hora más oscura, mejor cara no puede plantar que la del condenado a muerte que suele desafiar al verdugo en su hora suprema.
-Estás consciente de lo que pasó en el almuerzo, ¿verdad? -cuestionó Wilbur, a quien le cuesta trabajo mantener una postura de verdad neutral- Las últimas cosas que pienso tolerar aquí son insultos raciales, peleas y acoso escolar.
-¿Acaso importa? -responde el chico, apagado, mientras recibe una severa mirada de su madre- Ya termine con esto y firme mi expulsión.
-Lo haría -dijo el funcionario, mesando su bigote-, si no fuera porque varios estudiantes fueron testigos. Cheryl -llamó por el intercomunicador-, necesito a algunos estudiantes. Pessin, McBride, y Adlon, por favor.
-En seguida, señor -respondió solícita la rolliza mujer.
Tragando saliva, el peliblanco se preguntó por qué demonios se tarda por algo que no le costará más de cinco minutos. Ya lo que ellos dijeran es una mera formalidad. Pensó que Clyde hablará en su favor. El resto... Tabby no podría decir bien lo que sucedió, pues había echado a correr en cuanto él empezó a golpear a Chandler. Penelope sigue un poco neutral, y Jordan... si tiene suerte, el ser vecinos de casillero le servirá un poco.
-Dudo que no hayas tenido un motivo claro, Loud, pero es el único beneficio que puedo darte, dadas las circunstancias -el director, impasible, buscó una carpeta en el archivero correspondiente al quinto grado-. Señor Loud... siento que el expediente de Lincoln sea tan pobre en cantidad, a dferencia de otros como Chandler mismo -sacó otra carpeta, gruesa como un cuaderno de cien hojas-, Pucelli -una más, no tan gruesa, con la foto de Giggles en la portada- o... la de su hija Luan -una carpeta tan gruesa como dos cuadernos de doscientas hojas fue sacada de uno de los cajones, destinado exclusivamente a las Loud que siguen en la instalación-. Contrario a eso, Lincoln debía, por lo menos, ser un mejor estudiante. Tiene un historial permanente tan exiguo que comparte carpeta con McBride, Miller, Pessin y Rosato. ¡Y el el más problemático de los cinco!
El calvo director dejó caer su cuerpo sobre su silla, al mismo tiempo que Lynn hizo lo propio al sentarse sobre el sillón. Lincoln, no queriendo ser descortés, imitó a su padre, quien le dirigió una mirada nada comprensiva.
-Eso, en cuanto a cantidad -continúa Huggins-. Sobre la calidad... no puedo dejar de compararlo con los desastres de sus gemelas, o el mural ilegal de Adlon en el gimnasio. La única diferencia con ellas es que no querían herir a nadie. Su hijo, por otro lado, es la primera vez, desde ése incidente -al calvo le molestó recordar la golpiza de Lynn Jr. al mismo chico pelirrojo, cruel ironía-, que un Loud golpea a otro estudiante. ¿Sabe lo que pudo orillar a eso?
-Si... es lo que creo que es, director, creo que sí -teoriza la madre de familia-. Verá, hace poco más de un mes...
-¿Tiene que ver alguna de sus hijas?
-L-Lori, pero...
-Chandler, el chico que su hijo golpeó, dijo que quería hablar de eso con Lincoln para ayudarle a hacerlo más llevadero, él se volvió loco y terminó por atacarlo con salvajismo. No puedo prometer que salga tan bien parado, pero lo último que pienso tolerar es que un estudiante agreda a otro, menos a ese grado y sin justificación alguna. ¿Tienes algo qué decir, hijo?-el calvo se puso un poco paternalista, poniendo una rodilla en tierra- Te recomiendo que lo hagas, si quieres hacerlo más fácil para ti.
-¿Por qué no se lo dice al payaso que quería verlo ahora? -resopla Lincoln.
-Lincoln... -increpó el oficinista, molesto con posibilidad de pasar a estar furioso.
-Él puede esperar.
-Director Huggins -llamó la secretaria-, los estudiantes que solicitó están esperando.
-Dígales que pasen.
-Enseguida, señor.
Los tres estudiantes solicitados por el director se vieron obligados a entrar. Penelope no podía estar más inconforme. Tabby, un poco repuesta del susto del almuerzo, había cerrado su chaqueta, y Clyde está por demás nevioso. Por muy amigo de Lincoln que fuera, se vería obligado a hablar con honestidad.
-Esperen fuera, Loud -indicó Wilbur, ya más tranquilo.
Para su malestar, el joven Schiller seguía presente. Había tomado un nuevo cigarrillo y, sin más, estaba preparando una serie de hojas con manchones deformas al parecer irregulares. Rita dejó escapar un bufido, a lo que el rubio solo respondió con una calada al aparato.
-¿No se cansa de fastidiar? -cuestiona Lynn.
-No había venido por ustedes -respondió Julian-, señor. Siento hacerle perder su tiempo.
-Da igual -el oficinista tomó asiento, suspirando y llevando sus manos a la cara.
-El chico está quebrado -dijo sin mediar el apostador-. ¿No se ha preguntado qué lo llevó a ese estado?
-¿Y a usted qué le importa? -soltó Lincoln.
-Deje que el chico se desahogue, hombre -el joven le quitó al calvo la palabra de la boca-. Será peor si no lo saca.
-No voy a...
-Silencio, jovencito -ordenó él-. Si vas a decirnos por qué golpeaste a ese chico, tómate lo que haga falta.
~o~
Hogar de los Casagrande, Chicago, Illinois.
Al mismo tiempo que Lincoln presentaba su trabajo de la Segunda Guerra Mundial, el teléfono había sonado en la sala de los Casagrande. Las únicas personas presentes entonces, la abuela Rosa y Carlitos, encerrado en su corralito. Carlota, pensó la matriarca, está en clases igual que Carlos y Carl. Héctor estaría en la bodega hasta las cinco y Frida con CJ no estarán hasta las cuatro por las clases del chico.
Le molesta pensar en María. Reconoce que su hija y su yerno la han pasado mal desde que Bobby y aquella chica que presentó como su novia no regresaran de la Universidad, pero piensa que eso no le da derecho a querer estrellar la cámara de su nuera en la cabeza de Carlos. Ahora, no puede tener a ambos en un mismo lugar.
Fuera de eso, nada había cambiado para ella. No se ha dado cuenta de que Carlota sale casi todos los dias como siempre y regresa hasta las siete, cansada y sin apenas apetito, o que Carl ha tenido problemas en la escuela desde que intentaron asaltar a su profesora cerca de su casa. Tampoco había tenido nuevas de Vito Filiponio hasta hace unos días, vuelto a casa en una silla de ruedas del hospital.
Un olor a quemado procedente de la cocina, la sacó de sus pensamientos mientras pretendía barrer su recámara. Tan rápido como podía ir, tuvo que correr y apagar la estufa antes de enviar una cacerola con frijoles al fregadero.
-¡Chingada madre con estos frijoles gringos! -maldijo la morena.
Detesta tirar comida. En los últimos días, las veces que Carlota no salía de casa se la pasaba tratando de estudiar un código penal, olvidando incluso que tiene ciertos quehaceres en casa, como cuidar que CJ y Carlitos no se metan en problemas, llevarle de comer a su abuelo o ir a la lavandería del sótano.
De verdad no le hallaba a esa chica.
No conforme con tener que soportar que los frijoles de quemaran, el teléfono de la sala empezó a sonar, como si no hubiese otra forma de molestar a una persona ya de por sí estresada.
-¿Diga?
-Buenos días, señora -saludó una voz varonil que, pensó, estaría en la mediana edad-. Disculpe, ¿aquí puedo localizar a la señora Frida Casagrande?
-No, mi nuera no se encuentra -responde Rosa. Regresa en la tarde, ¿quién le digo que la busca?
-Hablo de parte de la dirección de la preparatoria White River, señora -respondió la voz al otro lado de la línea-, para reportar que su hija, Carlota, no se ha presentado a clases por decimosexta vez en el mes, y oficialmente ya está en peligro de perder el año escolar por faltas.
-No, eso no es posible -dijo la latina-. Mi nieta si ha estado yendo a clases.
-Mire, señora, no le voy a mentir. Es su abuela, ¿verdad? -Rosa asiente- En las ocasiones que ha faltado a clases, se le ha visto descender del autobús escolar y tomar otro del servicio público de la línea que lleva al Loop.
-¿En serio?
-Si, señora. Le pido de favor que le comunique esto a su nuera apenas la vea. No dudo que esté metida en algo de pandillas o que tenga un empleo del que no haya dejado constancia reciente.
-¿Insinúa que mi Carlota dejó la escuela? -la voz de Rosa subió de tono en cuanto aquel hombre hizo dicha afirmación.
-No quise decir eso, pero ahora que lo menciona, le sugiero que hablen con ella. Cualquier cosa, estaremos a su disposición. ¿Quedó claro?
-Sí, señor.
-Que tenga un buen día -colgó aquel hombre.
La voz de ese tipo no le gustaba. Ya la había escuchado otras veces, y el número del identificador daba con la línea de la preparatoria a la que Carlota asiste. No es la alumna más constante, pero no había presentado problemas serios de inasistencia hasta ahora.
Sin pensarlo dos veces, fue a la habitación de su nieta. Si la encontraban, por si acaso usaría un ramillete de hierbas de olor y su veladora bajo la excusa de limpiar la casa de espíritus malignos. Sus verdaderas intenciones las tiene más que claras, pero más vale tener un pretexto.
Se la pasó buscando por media hora algo que la incrimine. Alcohol, tabaco, drogas... una vez había encontrado condones en la funda de su almohada a sus quince, y tuvo que gastarle la misma charla que empleara años atrás con María. ¿Sexo? "Después del casorio", había dicho entonces a su hija, cosa que no salió tan bien. Hasta que Carlos le explicó, con santo y seña, no fue que tuvo que mantener una prudente distancia con sus nietos en esos temas.
Lo más que encontró fueron varias carpetas vacías. Nada relevante, en realidad, como para que su nieta se tuviera que saltar clases.
De nuevo en el comedor, no lo pensó dos veces y dejó caer su persona sobre el sillón de su marido, a la vista de su nieto más joven. El bodoque, sin más qué hacer, imitó el gesto de su abuela contra un esquina de su virtual prisión.
-¿Cómo le digo esto a tu mami, m'ijito? -interrogó a su única compañía.
La única respuesta que obtuvo fue un bostezo.
.
Por una sola vez, Bobby ya se imagina que, dentro de poco, puede darse el lujo de dormir tranquilo como alguien libre puede hacerlo. No libre en el estricto sentido de la palabra, pues tenía algunas cosas qué recoger tanto de su celda como de la aduana. No era para menos, pues su juicio no se está resolviendo como él quisiera.
De mala gana, tuvo que aceptar que Carlota lo defendiera, aún cuando su caso fuese indefendible a priori, en vista de que rechazó defenderse en el proceso. Sin jurado, la sentencia sería mucho menos dilatada en cuanto a su emisión. Mejor tener que aceptar un asidero a tener que ir a la deriva, y su prima no es tan fácil de disuadir en nada.
Sin más testigos que la mujer a la que supuestamente robó, la propia Carlota y el fiscal de distrito, la sala está sola. Sin prensa, la expresión en la grasienta cara de esa rubia había perdido la confianza inicial tras la lectura dr cargos. La única ventaja de este tipo de procesos es la rapidez con que llega la sentencia.
-¿Cómo es que se declara el acusado? -preguntó el juez, un delgado hombre de color ya entrado en años.
-No culpable, Señoría -respondió el latino.
Lo poco de proceso penal que Carlota estudió le había llevado a una conclusión irrevocable. De declararse inocente, la presunción se volvería por completo en su contra. La culpabilidad era lo único que necesita aquella mujer para enterrar el caso en tres años de prisión, uno con buen comportamiento. La no culpabilidad, por el contrario, era lo más ventajoso. Bien, Bobby no saldrá del estado por tres a cinco años, pero al menos ya ganará el beneficio de una libertad condicional. Eso, si la chica podía oponer algo de resistencia.
-¿Tiene pruebas que ofrecer sobre su declaración?
-Solo puedo decir que yo... recibí el bolso de aquella mujer -titubeó el acusado, nervioso-. Me declaro no culpable por el hecho de no haber tenido relación alguna con aquél hombre del auto, a las afueras de la biblioteca de la universidad.
-¡Miente! -protesta la demandante- ¡Esos tres estaban coludidos!
-Explíquese, señora Ibanyes...
-Es "Ibáñez, Señoría -corrige-. Ese vago recibió mi bolso antes de que subiera a un auto su cómplice.
-¿Lo puede describir?
-Era alto, rubio y muy desmañado -responde altanera la afectada-. Como que se veía andrógino.
La discusión siguió buena parte de la tarde, teniendo que solicitar a la oficial Burgess y al detective Voight con el papeleo de ése día. La oficial había declarado que intuyó la presunción de un arma, motivo por el que creyó que se resistiría al arresto, mientras que su superior directo entregó la grabación del primer interrogatorio, testimonios recogidos del personal que labora en la Biblioteca de la Universidad y del psicólogo de la unidad penitenciaria.
A pesar de lo esgrimido, Carlota no tenía sino una vaga, muy vaga idea de lo que aquellos dos decían. Perfil, evidencia, triada psicopática... apenas prestaba atención a esos detalles cuando no era por CJ, y ahora se ve expuesta a ellos como si fuera un pez en el agua... un pez de río inmerso en el océano. Por más que un pez de agua dulce nade en el océano, no importa qué tanto oxígeno logre aspirar. Termina muriendo a menos que logre el camino de vuelta al mar, y esa es una carrera a contrarreloj.
Para cuando llegó el turno de Bobby para declarar, ya la no-culpabilidad estaba casi descartada. Dados los elementos brindados y la declaración del chico, el juez de verdad lo estaba considerando. Un jurado habría venido bien, en realidad... aunque fuese formado por latinos y afroamericanos en su mayoría.
-¿Puede decirme la hora a la que se registraron los hechos, señor Santiago?
-Ya empezaba a oscurecer -relató Bobby, intimidado por la sola presencia del juez-. Debían ser cinco o seis de la tarde cuado pasó todo.
-¿Tiene forma de probar su estadía?
-No aquí -señaló el chicano-, pero ¿puedo pedir el libro de visitas de la biblioteca?
-Señor Santiago, eso ya sería ridículo -estima el juez-. Según el detective Voight, el documento en cuestión pasa al archivo muerto de la administración, y es destruido cada seis meses. Se llama a un receso -el hombre golpea el estrado con su mazo y se levanta de su asiento- hasta el viernes.
"Solo unos días más", se dijo Bobby, mientras aquél detective lo veía como si lo estudiara. "De aquí al viernes". Carlota, por su lado, no sabe del problema que se acaba de ganar en casa.
~o~
Los minutos pasaron horriblemente lentos. Aunque no prestó atención a lo que su padre y el solicitante hablaban, pudo notar sus caras. En contraste, lo que pudo oir del otro lado de la puerta lo calmó un poco. Tabby no tuvo empacho en decir que Chandler merecía una verdadera paliza por lo de un incidente previo entre ambos. Penelope fue más lejos y dijo, con detalles, lo que vio y lo que le dijo antes de salir corriendo a la dirección de la escuela. Clyde, lo esperado. Ello terminó por obligarlo a subir la guardia en cuanto saliera Tabby al final.
Por un momento, antes de perderlo de vista, miró a los ojos a Clyde. Parecía que trató de infundir ánimos, lo que no sirvió de mucho. Penelope solo siguió su camino, apretando su hombro como si nada. Tabby, a su vez, solo palmeó su espalda.
-Puede pasar, Loud -ambos, padre e hijo, se levantaron, cosa que Huggins no pasó por alto-. Usted no, señor. Lincoln...
"No digas que nada puede empeorar", piensa al cruzar el umbral de la oficina. "Ya tenemos demasiado como para perder el año escolar".
-Esa pelea no pudo llegar en peor momento, Lincoln -señaló Huggins, frunciendo el ceño como nunca antes-. Solo puedo decir que le vendiste tiempo a un criminal...
Lincoln no podía sentirse peor. Que Chandler siguiera inconsciente en la enfermería es una cosa, pero lo que escuchó era demasiado grave. Apenas entendía bien lo pasado a Jordan, su vecino de cuadra, el mismo Jordan Koch que de vez en vez terminaba mofándose de él por el número de hermanas.
-Ya me dijeron qué fue lo que pasó, Loud -señaló el director, bastante calmado-. Ahora lo único que quiero es el porqué. ¿Puedo contar con eso?
-Ya conoce mi...
-No voy a jugar al "policía bueno, policía malo". Solo quiero terminar con esto.
Bien Huggins puede interpretar el mutismo de Lincoln. De ahí a sacarle algo sería como sacarle un poco de agua a una roca sedimentaria. Una muy dura y compacta en su estructura más básica.
-No voy a presionar -Wilbur, sin nada qué perder en un día que se fue al demonio, aflojó su corbata y el cuello de su camisa-. Si no tiene nada qué objetar por alguna de sus hermanas...
Un ligero chasquido, producto de nudillos tronando, fue su respuesta.
-Ya es un comienzo, Loud. ¿Puede decirme qué pasó para que atacara a un compañero suyo?
-Insultó a... -dijo el chico con nieve en el tejado tras cinco segundos de un incómodo silencio-... llamó "mono marica" a Clyde... cuando yo me estaba cambiando en el baño.
-¿Eso fue todo?
-T-también... se metió con mis hermanas -continuó el chico, entrecortando la voz por la rabia que volvía a sentir-. D-dijo que me pagaría por ellas. Por L... por Lori y Lucy.
-¿Tenía verdaderos motivos para golpearlo? -el chico asintió.
-Dijo varias... cosas... y y-y-yo solo... solo me dejé llevar -continúa Lincoln-. Me dejé llevar y... sentí que me liberaba de verdad, que estaba haciendo justicia.
-Nadie puede hacer nada en realidad para controlar sus impulsos cuando se desatan -declaró el funcionario, tomando asiento al lado de Lincoln-. Me he llegado a preguntar ¿qué rayos pasa por la mente de un chico para buscarse una golpiza?
En su mente, Wilbur llegó a una conclusión. Ambas partes faltaron, entre ambos, a dos reglas fundamentales, y Chandler se había ganado, con justa razón, su expulsión del plantel. Lincoln era un caso aparte. No había querido decirle que Lori estuvo en su casa antes de regresar, pero la magnitud de los golpes que le diera al pelirrojo... de no ser por lo recabado antes y el hecho de que, hasta cierto punto, tiene una deuda de honor a su favor, habría procedido a expulsarle de igual manera.
-Tal vez me arrepienta -habló por fin el administrador escolar-, pero pue...
-¿P-puedo decir algo más?
-Adelante.
No era un plan que Lincoln tuviera desarrollado de buenas a primeras, pero necesitaba sacar algo que está fuertemente incrustado en su sistema. Necesita sacar la rabia que siente hacia cierta psicóloga que parecía disfrutar con el dolor. La misma psicóloga... que el anterior director contrató solo para ahorrarse un gasto importante.
-Revise las grabaciones de los días que la doctora Schiller estuvo a cargo de las detenciones.
-¿Debo hacerlo? -Huggins solo arqueó una ceja.
-No sabe la bruja que es ella.
-Veré qué puedo hacer, pero no prometo nada si no hay un motivo -acto seguido, el director fue a la puerta y llamó a ambos hombres, bastante entretenidos (aunque en una personal Guerra Fría) con una partida de baccara-. Señor Loud... adelante.
El jefe de familia solo tenía una cosa en mente. Necesitará más que una simple charla de padre a hijo para que se tranquilice todo lo mejor que pueda y le diga Lincoln qué fue lo que realmente pasó. Si puede, lo hablará con Rita si ella ha tenido un buen día.
El director Huggins explicó, a detalle, lo poco que Lincoln confesó, junto a lo pasado con sus compañeros y algunas conclusiones un tanto apresuradas. Hizo énfasis en los aspectos que no está dispuesto a tolerar y en la correspondiente sanción que él juzgó pertinente, dada la gravedad de los golpes que el chico asestó. Para rematar, el castigo no era algo ejemplar para el resto como lo es para cualquiera que decidiera tomar justicia por su cuenta.
Tendrá que irse a casa suspendido, y el resto del año escolar en curso y la primera mitad del siguiente en detención. Vaya forma de gastarse el tiempo antes de llegar a casa. Simplemente no podía esperar a ver la cara de Luna, fastidiada y en la entrada a los terrenos de la escuela a las cinco todos los días, esperando por él y no haciendo otras cosas más importantes, como obtener su licencia e ir a algunos ensayos. Si enfrentarse a Lori en su momento era como el sujeto de los raptores del tráiler de aquella película que saldrá en el verano, la sola idea de confrontar a Luna sería, por mucho, si enfrentara a un ejército armado hasta los dientes.
Meditó ello antes de abandonar, junto a su padre, las instalaciones de la entonces, el resto de los estudiantes estaban listos para salir. En el camino, no prestaron atención a la confiada expresión en el rostro de la psicóloga escolar, que iba en sentido contrario. Ignoraron también al común del grupo de Lucy, desocupado y ya sin Howick para hacerse cargo.
.
-¿Quebrado?
-Usted lo dijo, señor Huggins -respondió Julian, apenas pasado un minuto de la salida de los Loud de la oficina-. Por lo que he oído trabajando como pasante, el chico ha soportado demasiado prácticamente desde febrero.
-¿Tiene pruebas de eso?
-He tenido oportunidad de preguntarle a sus hermanas menores y a Lynn. Ellas han pasado de lo suyo, y, bueno, ¿cómo decirlo? -se tomó un tiempo para ordenar rápido sus ideas- Desde febrero han tenido problemas que van más allá de lu usual para ellos.
-¿Qué clase de problemas?
-Está la fiesta en casa de una chica que prefirieron no nombrar -empezó a enlistar lo que sabía- , un par de pleitos caseros que se salieron de control, la desaparición de una de las chicas, detenciones arbitrarias aquí...
-Espere un momento... -Wilbur interrumpe a su interlocutor-... ¿Detenciones arbitrarias?
-¿Le suena el nombre de Jordan Koch? -Huggins asiente- Llevé su expediente antes de que él y su madre abandonaran Royal Woods, y el chico no dejaba de tener pesadillas sobre su... situación especial -evitó referirse directamente al ultraje del chico-. Amén de las veces que estuvo detenido y le tocó con la actual psicóloga.
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Lo mismo que me dijo Koch sobre esa mujer -respondió Schiller, omitiendo el parentesco- es lo que Loud pasó en detención con ella. ¿Sabe si hay videos?
Atrapado, el director no supo responder. Con los incidentes del agresor sexual se había olvidado por completo de las cámaras instaladas en los pasillos, el gimnasio, el laboratorio de ciencias, las áreas comunes del exterior, la cafetería y las instaladas en los sanitarios, justo fuera de las cabinas.
-Cheryl -llamó Huggins, nervioso-, necesito que me entregue las grabaciones de las fechas en que Henrietta estuvo a cargo de detención.
-No puedo, señor -contestó la secretaria.
-¿Tiene una excusa?
-Órdenes de la doctora.
-¡¿Y con qué autoridad lo hizo?! -el funcionario explotó en furia, estrellando una taza con café frío contra la pared.
-Dijo que con la suya, señor -gimoteó nerviosa la mujerona-. También me ordenó apagar la cámara de su consultorio desde principios de año.
-¡Sabe que las únicas personas que tenemos acceso somos la superintendente Malach y yo! ¡Llame de inmediato a esa excusa de psicóloga AHORA MISMO!
-Si, señor.
Furioso, Wilbur no hizo mas que sentarse. Ya tenía demasiado en la cabeza con el sucio secreto de Gareth Howick (caído al olvido), la paliza que Lincoln dio saliendo del baño, el incómodo citatorio de emergencia, la charla con ése joven... apenas es lunes, y ya quiere largarse a casa, darse un largo baño de tina y dormir una semana.
-Creo que mejor le dejo mi solicitud -consideró Julian en voz alta, un poco asustado por la situación previa.
-No será necesario que lo haga -sentencia Wilbur-. Puede empezar el próximo año escolar.
-Entonces...
-Lo veo entonces -despide el calvo-, antes de que cambie de opinión.
"Por lo menos -se dijo Huggins en silencio- es honesto... lo bastante como para tenerle la correa justa".
Seguía molesto. Buscando su taza, descubrió que la arrojó contra la pared, ciego por la ira que desencadenó su secretaria. Necesitaba dominar su actual temperamento para cuando trate de hablar con la -ahora ex- psicóloga escolar.
Apenas la vio entrar, la percibe confiada. Como si aspirase a tener el día más perfecto de toda su vida. El día perfecto... como si no fuera un verdadero día perfecto para el desastre. Ya se encargará de darle su "perfección".
-¿A qué demonios, en el nombre de la Creación, estuviste jugando, Henrietta? -preguntó furioso Huggins- ¿Sabe usted, grandísima idiota, qué fue lo que escuché cuando tuve aquí a Lincoln Loud?
-¿Puede explicarme a qué se refiere, director? -preguntó ella, confiada en tener en su mano las posibles respuestas a dicha cuestión.
-Más importante -Wilbur aumentó la gravedad de su voz- ¡¿Qué demonios hiciste a mis espaldas?!
-¿Insinúa que he hecho algo a sus espaldas?
-No estoy insinuando nada, Henrietta. ¡La estoy acusando!
La psicóloga, por un momento, se mantiene serena. Si la mañana auguraba un feliz retiro del servicio escolar, las nubes que pudieron entorpecer su día se volvieron una densa cortina de lluvia y granizo. Pétrea, decidió soportar orgullosa, si la expresión cae a una persona de ética demasiado cuestionable, el embate de la tempestad que se desató.
-Como se lo dije una vez, Wilbur, esos niños...
-No estamos en los años veinte del siglo pasado, doctora -repuso Huggins, deseoso de terminar con esto cuanto antes-, mucho menos en una escuela católica. ¿Cree que necesitan brutalidad?
-No confundas disciplina con tolerancia.
-¿Qué puede saber de toleracia cuando has tenido más quejas de tí -el calvo se acerca y empuja a la anciana con el mismo dedo con el que la señala- que de otros docentes desde que llegué aquí?.
Ya no queriendo seguir perdiendo tiempo con ella, fue a su escriorio y sacó una hoja de las que nadie, absolutamente nadie y a cualquier nivel, deseaba recibir. Sin dar tiempo a la anciana de ver lo que ponía en aquel papel, no dejó de sentirse furioso.
Nada como la sutileza de la naturaleza humana para recordarnos que puede ser tan implacable como un tejón mielero africano a la hora de comer, más brutal que un animal rabioso y tan piadosa como solo un ser humano puede serlo ante alguien que se ganó su odio a pulso, de la misma forma que uno puede acusar que se toman ciertas conductas más propias de animales.
-¿Qué es esto? -preguntó la anciana Schiller, empezando a sentirse nerviosa.
-Por mí, puede tomarse todos los días que le queden en este mundo -sin más, Huggins le arroja una hoja rosa, un viejo papel que ella solo recibiera un par de ocasiones-. Si tenía pensado venir mañana por una desabrida despedida, le siguiero que no se haga muchas ilusiones.
-¿Dije en algún momento que las tenía? -replicó la falsa castaña, disimulando su malestar.
-No considere esto su despido. Usted legalmente va a renunciar -mientras habla, el director no dejaba de sonreir, complacido por corregir un error de su predecesor- y va a irse lo suficientemente lejos de mi escuela. ¿Quiere agregar algo más?
-No voy a aceptar semejante trato de un niñito de cincuenta años que sigue obsesionado con un ludópata de mierda -escupió furiosa la doctora Schiller, alzando su bastón y dispuesta a golpear a su superior.
-Le sugiero que no lo haga.
-¿Qué me impide golpearlo?
-Que hay una cámara donde menos lo imagina. Y, si lo hace -el administrador solo dibujó una sonrisa poco menos perversa que un empresario de bienes raíces taimado que realizó una sensacional estafa-, puede imaginarse en una iglesia viviendo de la caridad de los vecinos.
La ira en la cara de Henrietta se deshizo en el más desolador reflejo de la desesperanza pura. De tener que pasar el resto de sus días dando consulta a no pocas parejas heterosexuales y "terapias de cura a la homosexualidad" que brindaría entre presbiterianos, testigos de Jehová y adventistas que lo soliciten pese a su rechazo a cualquier entidad divinizada, se visualiza (dadas las condiciones que Huggins estableció) en un asilo o en un albergue de la beneficencia, posiblemente pidiendo limosna en una esquina en un par de años, peleando migajas con las palomas o las sobras de los basureros con los gatos... cruel ironía. Pelear su sustento en la basura si termina en las calles con seres que le encantan pero a los que siempre ha sido alergica.
-Como iba diciendo -retoma Wilbur-, va a renunciar aquí y ahora a cualquier prestación que la institución le haya hecho merecedora. Nosotros vamos a negar cualquier relación, y si tiene suerte, ningún padre de familia le hará el favor de demandarle.
Frustrada, decidió tragsrse la dignidad que le queda. Cruel ironía, se retiraba, esperando hacerlo con honores, a unos días de su cumpleaños setenta y ocho. En cambio, aquella rebuncia absoluta le parece el más grande absurdo de su vida, como aquella jornada en que Alfred Jodl firmara en Reims la capitulación de la Alemania Nazi, días después del suicidio del Führer y la caída de Berlín a manos del Ejército Rojo.
-Ojalá sepas lo que haces, Wilbur -dijo Henrietta, abatida por las abrumadoras condiciones que le ofreciera el director.
-Debí hacer esto hace mucho tiempo -respondió el aludido, volviendo a un asunto que tenía pendiente desde antes del almuerzo, todavía antes de la interrupción de la maestra Shrinivas.
-Voy a darle un último consejo, Wilbur -dijo la ya desempleada-. ¿Dice que los estudiantes son unos indisciplinados? Puede hacer de esta una escuela militarizada, azotarlos y...
-Si ese es su consejo profesional, le sugiero que mejor se lo guarde -corta definitivamente Huggins-. Ahora, salga de mi escuela antes de que me arrepienta y llame a la superintendente.
Viendo cómo la doctora Schiller salía de su oficina, trató de recordar qué demonios dejó pendiente. Tenía que ver con alguien, pero...
Viendo a la ventana, no pudo sentir sino un ánimo bastante más ligero. No quiso echarle en cara a Lincoln Loud que mantuvo a su hermana unos días antes de que ella pudiera volver a casa, ni tener cargos de conciencia por los incidentes recientes con el personal.
Un día hermoso... y algo faltaba. Algo importante.
-Director Huggins -llamó Cheryl, alarmada-, una alumna que dice ser Lucy Loud dice que el profesor Howick no se ha presentado después del almuerzo.
La mente del funcionario se vació de súbito, como si una ventanilla de algún avión se rompiera y la despresurización se llevara cuanto y a cuantos pasajeros pudiera para dejar solo lo que la succión no arrastre.
~o~
Fue un mero golpe de suerte.
Podía dar gracias a aquellos dos estudiantes que pelearan en el pasillo por permitirle huir. Una rápida recogida de sus cosas del escritorio, una salida al patio y eso bastó para estar razonablemente lejos, cerca del departamento que ocupa en la salida a Huntington Oaks. La idea que tenía en mente era borrar huellas. Las pruebas de lo que había cometido y las fotos de no pocos estudiantes del grupo de Johnson que tenía en la mira deberían arder.
La lista era relativamente corta. Liam Miller, Zach Gurdle, Sadie Figueroa ("¿Y por qué una chica?" se preguntó), Chad Chandler, ¿? Loud... sus fotos serían un buen combustible. Si así debía terminar, prefiere que lo detuvieran por incendiario que por pedófilo, aunque ya está condenado de forma irrevocable ante la ley de Dios.
Las únicas posesiones que se lleva consigo, con toda la prisa que tiene, son su Biblia, una portátil, dos mudas de ropa y una foto del último niño al que vistiera con las ropas de la vieja señora Blaine. El resto, si no arde, por lo menos será el pago final del casero. Si el inquilino que ocupa el departamento es quisquilloso, el ya estará bien lejos y a salvo.
Desconfiando de un mapa satelital, buscó en la guantera un mapa del sistema de autopistas federal. Sus opciones pueden ser Chicago, cualquier lugar en Wisconsin o alguna zona rural en Iowa, Missouri o Arkansas. Por mucho, y si el dinero alcanza, Alabama. Sabe de funcionarios que están dispuestos a encubrir a quien les proporcione material de calidad, razón de más para no temer represalias si lo llegan a solicitar en una corte federal.
Nada más salir del edificio, buscó su automóvil con la mirada. Un Fung Parranda blanco no era problemático de hallar, menos con calcomanías con motivos cristianos en la parte trasera. Un par de cruces y una calcomanía con la frase "Si lees esto es que Dios te bendijo con una vista maravillosa y piensas enviarme a Su lado" eran todo el adorno que ostenta. Irónico modelo de auto para alguien que presume de santidad y no es más que un demonio en piel de cordero.
No le gustaba lo que veía. Una oficial de policía, robusta y de mal genio con cabello castaño oscuro peinado en cola de caballo y las mangas por encima del codo, lo está multando, al parecer, por ocupar una doble fila y estacionarse sobre la acera. Podía soportar que una mujer esté detrás de un escritorio en un cubículo o en una escuela dando clases, pero desde que Ellie empezó a abusar de él, sentía repugnancia por una mujer que ocupe un puesto de poder. Detesta eso por la simple relación entre una mujer y un cargo oficial que le brinda una verdadera sensación de poder.
-¿Qué se cree que hace? -preguntó Gareth, demasiado molesto y apretando su maleta con la mano izquierda.
-Es la primera vez que veo su auto en doble fila -detalla la oficial, molesta-. También debo darle una infracción por estacionar su auto sobre la acera y operar un móvil en pleno tráfico. ¿Quiere agregar un cargo más?
-¿Qué tal si hago esto? -sin temer represalias, el docente le soltó un pisotón al pie.
Aunque dicha acción le ganó tiempo, no fue el suficiente como para que pudiera arrancar el motor. Perdió preciosos segundos queriendo buscar su llave, lo que le costó soltar, por un segundo, le permitió a la oficial sujetarle de la camisa rosada y hacerle soltar parte de lo que tenía en su regazo al momento de abordar su auto.
De una carpeta vieja, cayeron varias fotos. Algunas eran de estudiantes sin más, todas copias o ampliaciones del anuario escolar. Otras, para su máxima desgracia, eran demasiado sugestivas, lo suficiente como para quela expresión de la representante de la ley se ensombreciera e inspirase el más hondo terror.
-¡Baje ahora mismo del auto, cerdo miserable! -ordenó la oficial, furiosa como nunca estuvo.
La foto de un niño rubio con un corte mohawk desnudo de la cintura para abajo, rodeado de escobas, baldes y trapeadores, fue la foto que la robusta mujer tomó antes de soltar su orden. Para ella, bien ello puede retribuir en alguna promoción o condecoración. Para Gareth, eran ya palabras mayores mientras era sacado y esposado contra su propio auto.
Subido a la patrulla, vio junto a su auto, el cual ya estaba siendo remolcado por una grúa, la familiar figura de Ellie. Irónica, aquél producto de su subconsciente dibujó una sonrisa en su rostro antes de que él pudiera entender lo que ella quiso decirle.
-Nunca terminaremos, Gareth... no mantuviste tu parte del trato, así que no digas ni una palabra.
La más fría realidad se abatió sobre él. Por un milagro evitó que la policía local lo detuviera en suelo escolar... y sin querer fue a dar con una oficial de tránsito que lo lleva a la comisaría. Mejor dicho, cayó del sartén al fuego. Y en prisión no hay misericordia para un violador serial. Mucho menos para un pedófilo.
~o~
Para Lynn, no había nada tan liberador como saber que la temporada de soccer del condado llame ya a los entrenamientos. Liberador, de no ser porque debe cumplir con el servicio comunitario. A pesar de las súplicas que hizo, se vio forzada a abandonar prácticamente los deportes que le quedaban y en los que está registrada, bajo la premisa que "si tiene tiempo para romper la ley, lo tiene para cumplir sentencia". En eso, las autoridades fueron severas, del mismo modo que lo fueron con Luan.
La comediante, al menos, tenía dos horas después del servicio para atender su negocio. Muy poco tiempo en realidad, pero era algo. Lynn, por el contrario, no podía atender ni una práctica. No hasta cumplir con su cuota.
Para cuando ella, Luna y Leni se enteraron de la causa de la suspensión de Lincoln, evitó ir directamente con él para reprochar su comportamiento de la tarde. La diseñadora no perdió tiempo en querer darle cierto consuelo a Lincoln, siendo rechazada apenas ella puso un pie en su habitación. En cuanto a Luna, tuvo el suficiente tiempo para explicarse. Ella no le reprochó tanto el no haberse contenido como el motivo de los insultos que tuvo que soportar. Habría querido quedarse a escuchar la charla entre ambos, pero un golpe al claxon de Vanzilla le indicó que tenía un servicio qué hacer junto a Luan.
Para cuando fue a tratar de hablar con él, ya había pasado la hora de cenar, y Lincoln no bajó. Extrañada, subió con un plato de espagueti a la boloñesa, mismo que ni siquiera fue aceptado.
Frustrada, no supo cómo manejarlo. Ni siquiera se tomaba la molestia de interesarse mucho en sus gustos como para que pudiera empatizar con él, en realidad. Si al inicio de la temporada de fútbol Lincoln se sumó, fue por un pequeño empujón (y bastante persuasión con sus compañeros) que él fue readmitido.
En cuanto llegó el martes, Lincoln empezó a cantar algo muy desagradable. No queriendo indagar, trató de mantenerse en lo suyo, antes de que Lucy le dejara una nota.
Pansy Creek, a las afueras del parque industrial
en cuanto termines tu servicio del domingo.
No llegues tarde.
.
Lucy.
Realmente, pensó, no tiene nada qué perder con ir. Si su compañera de habitación tiene algo qué decirle, no puede objetar nada. No mientras pueda escapar de una canción tan cargada de desprecio.
~o~
Los días de suspensión en casa fueron peores de lo que imaginó. Ciertamente no fue tanto un castigo que sus padres le impusieran, sino más bien un claustro voluntario del que, apenas el resto llegara a casa, todos se tendrían que habituar.
Ni siquiera Rita se dio tiempo de sermonear al chico. Apenas ella entró, toda su colección de historietas, películas, videojuegos y juguetes estaban en cajas. Las únicas excepciones eran Bun-bun, el móvil y la portátil. Y ni siquiera ello era consuelo para él.
Lynn había querido hablar con él. Sin embargo, ni ella podía entrar sin riesgo alguno de hallar a su hermano cantando para sí.
You suck my blood like a leech
You break the law and you preach
Screw my brain till it hurts
You've taken all my money and you want more,
-¿Te sintes bien? -preguntó Lynn, ignorando que Lincoln lleva unos audífonos puestos.
-No lo molestes, hermana -ordenó Luna, fastidiada en el tercer día de aquella sonora depresión-. Ya se cansará de esto.
Lo cierto es que eso está lejos de terminar.
Misguided old mule
With your pigheaded rules
With your narrow-minded cronies
Who are fools of the first division-
.
Death on two legs
You're tearing me apart,
Death on two legs
You never had a heart of your own
-¿Puedes callar esa cacofonía y bajar a desayunar? -solicitó Lisa en la tarde del mismo día, obteniendo la misma respuesta.
Kill joy, Bad guy,
Big talking, Small fry
You're just an old barrow - boy
Have you found a new toy to replace me,
Can you face me
.
But now you can kiss my ass goodbye
.
Feel good, are you satisfied
-¡Tus hermanas están escuchando demasiado esa canción, Lincoln! -reclamó Rita llegando el viernes- ¿Es mucho pedir que apagues eso?
-... besa mi tasedo -balbuceó Lily, haciendo coro.
Do you feel like suicide (I think you should)
Is your conscience all right
Does it plague you at night,
Do you feel good, feel good?
.
Talk like a big business tycoon,
You're just a hot air balloon,
So no one gives you a damn,
You're just an overgrown school boy
Let me tan your hide.
.
Dog with disease,
You're the king of the 'sleaze'
Put your money where your mouth is Mr. Know all,
Was the fin on your back part of the deal...(shark!)
El sábado y todo seguía igual. La casa está prácticamente sola, quedando solo Lincoln, Lori, Lynn y Lola. La princesita se había tomado un descanso forzado de la temporada de concursos de belleza infantiles de la región tras perder el concurso regional auspiciado por el hotel Weeping Willow a manos de Lindsey Sweetwater. Lori, por su parte, se quedó terminando otro cuaderno de tareas, condenada por su estado a ser estudiante de casa.
-¡Lincoln! -llamó Lola a su puerta, furiosa- ¡Deja esa porquería o tendré que llamar a Lana para que tire la maldita puerta!
Sin respuesta.
Death on two legs
Tearing me apart
Death on two legs
You never had a heart of your own,
(You never did, right from the start)
-¿Quieres saber cuantas horas de sueño de belleza me costó eso? -insiste la niña- ¿O cuantos... concursos... perdí?
Insane should be put inside,
You're a sewer rat decaying in a cesspool of pride
Should be made unemployed
Then make yourself null and void,
Make me feel good
I feel good.
-¿Al menos puedes salir? De seguro debe apestar ahí dentro -pidió Lola, sabiendo que perdía el tiempo enojándose.
Sin tener respuesta, y antes de que diera reinicio aquella melodía, la puerta se abrió.
-¡Exijo saber qué...! es lo que... tramas.
Contrario a sus más optimistas predicciones, ante sí se halla su hermano. No apestaba, sino que incluso está demasiado bien vestido. Algo que a Lola le preocupa es el visceral cambio que la habitación está inmaculada como nunca lo había estado en toda la vida de la pequeña. Dos bolsas de basura se alzan, imponentes, con la basura que tenía debajo de la cama, la cómoda y el cesto. Lo mismo el viejo Coronel Galleta que la primera guitarra de Luna y los suspensorios de Lynn, que varias cosas por demás inútiles como el visor VR que Lori pisó y el "reloj verde" que nunca regresó a la escuela por el tiempo que pasó y la pestilencia acumulada del periodo de uso, la propia suciedad de Lincoln y el tiempo de abandono.
En silencio, y sacando toda la basura, el peliblanco no tuvo de otra que sacarlo todo a los botes de la entrada.
-¿Lincoln? -llamó Lola, inquieta- ¿Linky?
Inútil esfuerzo, pues ninguna palabra salió de la boca de Lincoln. Lo único que podía leerse en ss labios, si alguien prestaba la debida atención, era parte de aquella canción que a todos ya tiene hartos, razón por la que casi todos salieran de casa. Así fueran Lynn y Luan para cumplir tanto como fuera posible de sus respectivos servicios comunitarios o Lisa, que buscó un pretexto para abandonar por aquella tarde, nadie aguantaba a Lincoln con esa canción.
Lola aprovechó para entrar a la habitación de su hermano. Más allá de lo limpia que estaba la pieza, le sorprendió que el cesto de la ropa sucia está demasiado abandonado, Bun-bun vestía una levita, un saco y corbata, y la portátil estaba apagada.
Apenas tenía algo de información. Lo único que sabía se limita a que un chico quiso burlarse del trabajo del peliblanco en clase, lo que dista de toda la verdad, cosa que no encajaba ni en lo mínimo con lo que es él. Ni siquiera Lana es de fiar en ese punto, y eso la deja impotente.
Una solitaria hoja era todo el desastre que quedaba en el suelo. Vio en su escritorio distintos bocetos que iban a ser para un concurso que, por desgracia, había terminado el mes pasado, mismo del que Lincoln no dijo nada. Los únicos bocetos terminados eran el suyo, el de Clyde y, curioso para ella, el de una chica muy parecida a Lori.
"Carta Más Alta", "As de Espadas", "Poker Dorado"... leyó con cierta dificultad los alias que se planteó, antes de llegar a una nota garabateada al margen. "Preguntar junto a Leni y Lily", reza dicha nota, misma que tuvo cuidado de devolver a su lugar en cuanto terminó su observación.
Sintiendo una mano sobre su cabecita, se asustó antes de voltear a ver a Lincoln. Aunque a primera vista pareciera que lleva castigo, se percató de que, en sus ojos, hay una verdadera aversión a sí mismo y una pena demasiado grande.
Un suave empujón convenció a la princesita de la familia de la inutilidad de su presencia. Ya no importaba que el siguiente concurso fuera en una semana. Por una vez, él necesitaba ayuda, ayuda que no debe escatimarse.
De nuevo, impotente y mudo testigo, Lori solo había ido a la cocina por un poco de agua. Ella, a diferencia del resto, cree saber el porqué del flagelo que el hombre del plan se había impuesto a sí mismo. Llegó a la misma conclusión que Lola, aunque tampoco tiene la más remota idea de cómo ayudarle sin recurrir a nadie más.
Por un segundo, sintió necesidad de proteger a alguien, a quien fuera que no supiera de su vergonzoso secreto en casa. Ya a estas alturas, era un hecho que media casa lo sabe. Lisa, Lynn, Lincoln... tal vez Lucy. Sus hermanas han sido una tumba hasta donde sabe, y algo así en manos de alguien que sienta una comezón irresistible en la lengua por eso.
A su mente volvió ese recuerdo de infancia, de los primeros días de Lucy. En su momento, Lincoln había temido por Bun-bun. Ahora, a punto de cumplir los dieciocho, la misma duda la tomó por asalto. Las cosas, empero, habían cambiado de lugar, y ahora es ella quien teme por su único hermano.
Dejó de pensar en ello cuando vio a Lola ser sacada con gentileza por Lincoln de su habitación. Desde su puerta, sintió ese impulso de nuevo. Ya no controlar ni someter. Quería proteger a toda costa a sus hermanos... y al nonato que se ve obligada a esperar.
"Tal vez mamá..."
~o~
Un poco de tabaco no le sentaría mal. Necesita calmarse, pues el recurso de apelación está puesto, aunque la fiscal no tiene muchas reservas con la hoja que le extiende.
-¿Qué se supone que sea esto? -pregunta Roberto Sr, ansioso por irse a dormir.
-Solo algo que le ahorraría muchos problemas a su mujer -la fiscal Gronkowsky se limita a sonreír, lupina, esperando convencer al inmigrante-. ¿No quiere ahorrarle problemas a su familia?
Al lugar, de por sí austero, luce como una tumba. Aunque su habla inglesa ya es bastante fluida, todavía tiene problemas con la escritura. Puede manejar facturas y comprobantes, pero los papeles legales ajenos al consulado son otro asunto, aún más si no está un abogado presente de su lado.
-No nos hagamos idiotas, Santiago -espeta la tinterilla-. Rechazó el recurso familiar y se aferra al médico. ¿No puede considerar ahorrarle a su familia un gasto menos? O... no se... ¿darle una nueva oportunidad a los suyos?
-Con mi...
-Tengo entendido que tiene una hija. Sería una pena -Gronkowsky no se tienta en usar un chantaje tan burdo y eficiente- que su hija no entre en una buena universidad. Beca al cien por ciento, sin esperas, un empleo estable en el gobierno a futuro y, de ser posible, podría darle a su mujer lo que necesita. Eso... si firma.
-Tentador, pero
-Solo firme sobre la línea...
~o~
El derecho de despedida, beneficio que muy pocos conocen, puede permiir una última reunión entre el deportado y sus familiares. En dicho lapso, mismo que no debe ser mayor a la semana (tengo entendido), se puede solicitar la apertura de un proceso de apelación.
Ok, luego del desastre con la microSD, diré que estoy en paz.
Bueno... no hay culpables esta vez. Solo diré que alguien dejó la escotilla del búnker abierta, me noquearon, me "dieron levantón", me torturaron, travistieron y botaron a descampado. ¿Responsables? Solo me dejaron una nota, así que...
Nos cansamos de esperar a que saliera y pisara una
trampa para osos. Disfrute el desierto.
xoxo
L. Loud
Puedo darme el lujo de suponer quienes fueron. Solo diré que... necesito mucho aloe. Va a ser asqueroso, va a doler... pinche madre. Me duelen mis peludas y peladas "nachas".
Fun facts:
-Death in two legs (dedicated to...), procedente de A Night at the Opera (Queen, 1976)... si quisiera una canción gloriosa y políticamente más incorrecta, ésta ocupa el sitio. Si se sienten estafados por alguien, ya saben...
-Primera vez que ocupo a un personaje de la tercera temporada. ¿Creen que le quede el parecido con MacArthur (The Ridonculous Race)? Digo... son muy parecidas (caso consulto, Emma (estirada estudiante de leyes del mismo sitio) y Kat.
-Sobre lo del pitillo de Julian Schiller... la prima de un Milhouse lo hizo XD.
-El despido de Hettie... me basé un poco en La Rosa Blanca, del alemán naturalizado mexicano Bruno Traven.
-El corte original incluiría un par de charlas. Un flashback con Lori y la original entre los Schiller (si, los dos) y Lincoln... lo gracioso de esto, es que ambas se salvaron de la "purga accidental". Benditas notas.
-Los apellidos de Liam y Sadie... cosa del Staff, por Lara Jill Miller (voz de Lisa y Liam) y Sadie Figueroa (colorista) al cierre. Zach... al cierre, se liberó su apellido (ignoro si el de Liam se quedó en incógnita) con la data transmedia del 4to. cómic.
-La mujer descrita del proceso a Roberto Sr. era Amy Reynolds, hasta hace poco supervisora de post-producción.
No... consideré que rebasara las 30 páginas planeadas, o que fuera un capítulo doble. Así que...
Esta historia continuará...
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... de inmediato.
