Luego de un pequeño intervalo (? continuamos con la historia.
Muchas gracias por sus reviews a Paladium, LilaSnape, un invitado, yoshiluvsHxM, HlNAGlkU, HerlaKing, AzuuMalfoy y yumari. Ya saben que me encanta saber lo que piensan de la historia ;)
Subiré los siguientes capítulos tan pronto como pueda (intentaré que sí sea pronto xD)
Sin más dilación, aquí está el capítulo. ¡Qué lo disfruten!
Capítulo 37: Una nota del Sr. Scervix.
Era el día más frío de diciembre y el departamento de Lily era como una heladera. Se acostaba en la cama (mejor dicho, en el colchón que usaba de cama) bajo una gruesa capa de mantas, pero aun así temblaba tanto que apenas podía concentrarse en el libro que estaba leyendo. Había intentado usar las pocas horas libres que tenía aquella tarde para terminar el libro de Morella Amaranta: La vida sin la muerte. La búsqueda de la inmortalidad a través de los años (una extensa historia sobre los numerosos intentos de la sociedad mágica por derrotar a la muerte), pero apenas había pasado del primer capítulo. La maldita temperatura le impedía concentrarse en nada que no fuera el hecho de sentir que la sangre en sus venas estaba por congelarse.
Sentir que había sido golpeada con una sartén en el rostro, ciertamente, no mejoraba las cosas. No había dormido bien en toda la semana, y la falta de sueño se manifestaba en un punzante dolor de cabeza que le hacía pensar seriamente que su cráneo estaba a punto de partirse. Había estado tan ocupada últimamente que apenas tenía tiempo de cambiarse la ropa y ponerse su pijama entre los asuntos urgentes que requerían su inmediata atención, ni hablar de dormir profundamente por la noche como una persona normal. Aun cuando tenía tiempo para descansar adecuadamente, solía ser incapaz de dormir debido a sus tumultuosos pensamientos, y terminaba pasando las noches contemplando el techo hasta el amanecer.
En las últimas semanas, la vida de Lily había atravesado por muchos cambios. Se había ido de la casa de Petunia y había rentado un departamento (un estudio en Londres infestado de ratas y que a duras penas podía pagar). Había dejado su trabajo en la librería muggle y había encontrado uno nuevo como correctora en la revista Bruja Semanal. Se había cortado el cabello, había perdido mucho peso y pasaba muchas horas practicando Oclumancia y contra-hechizos por su cuenta.
Se había puesto en contacto con la Orden del Fénix y se había quitado la máscara, revelando ser La Reina Cassandra, la extraordinaria vidente.
Se había sentido bastante rara desde la reunión de la Orden, como si hubiera subido hasta el tejado de un edificio muy alto y hubiera mirado hacia abajo por primera vez. Sentía algo así como vértigo; esa sensación de mareo que sentía cuando veía realmente la dimensión de los problemas en los que se estaba metiendo. Había estado moviendo las cuerdas a diestra y siniestra desde el ataque al Ministerio, pero la reunión con la Orden del Fénix hizo que todo se sintiera real por primera vez; realmente estaba haciendo eso, alterando el universo como si le perteneciera.
Desde febrero, Lily había tenido cuatro objetivos principales en su vida. En primer lugar, había tenido que conseguirle a Harry un lugar seguro donde pudiera vivir su infancia en paz. Ésa había sido su mayor prioridad y la había mantenido alejada del mundo mágico por ocho meses, si bien no le había impedido organizar y planear la mejor manera de lidiar con el resto de su lista de quehaceres.
En segundo lugar, había jurado salvar a cada una de las víctimas de asesinatos y ataques Mortífagos que conocía. Había escrito docenas y docenas de cartas a las víctimas potenciales de Voldemort y, en algunas ocasiones, también al diario El Profeta, sólo para que la gente supiera de su existencia. Temía que la gente no creyeras las advertencias de La Reina Cassandra si no tenía pruebas de su capacidad como vidente.
Allí la bitácora de Severus había resultado inmensamente útil. Si bien no tenía la bitácora con ella, había sido capaz de recrearla completamente a partir de sus recuerdos con la ayuda de un antiguo hechizo para recobrar los recuerdos que afortunadamente había encontrado. Memorandum era un antiguo hechizo que provocaba que la persona que lo llevaba a cabo cayera en un profundo trance durante el cual podía realizar un retrato exacto de cualquier recuerdo en el que se enfocara o, en el caso de Lily, reescribir algo que había leído. Gracias al hechizo, ahora poseía una réplica perfecta de la bitácora de Severus que ella misma había escrito. Contenía detalladas descripciones de todos los ataques de los Mortífagos, reuniones y asesinatos que Severus había conocido en aquel tiempo.
Era la mejor guía que podría haber pedido para atravesar la guerra, aun cuando, cada día, el futuro se alejaba un poco más de la serie de eventos que describía la bitácora de Severus. En cierto modo, tenían suerte que Voldemort planeara sus movimientos con meses de anticipación y que fuera reacio a hacer cambios de último momento en sus meticulosos planes. Aun cuando ya había cambiado drásticamente la historia, la mayoría de los ataques más importantes de Voldemort habían sido llevados a cabo como estaban planeados… Y habían fallado a último minuto gracias a las profecías de La Reina Cassandra.
Por supuesto, Lily no había sido capaz de ayudar a todos los que se había propuesto rescatar. Por ejemplo, había logrado evitar exitosamente el primer intento de asesinato contra Westley Thomas, un sangre pura que se había negado a unirse a Voldemort. Pero un mes después, el pobre hombre había sido asesinado de todas formas. Asimismo, estaba desconsolada ante la noticia de la muerte de su viejo y querido profesor Flitwick, quien, hasta donde Lily sabía, no tenía que ser atacado por Mortífagos hacia el final del verano.
Aquellos acontecimientos le habían servido como trágicos recordatorios de que conocer un futuro no le permitía verlo todo ni saberlo todo. La historia se estaba reescribiendo por sí misma, alejándose hacia territorios desconocidos con cada día que pasaba. Llegaría el día en que ni siquiera la bitácora de Severus le ayudaría a leer el futuro.
Aun así, el conocimiento le había otorgado algo importante que había sobrevivido incluso a los cambios de la historia, y era poder. Por mucha determinación y persistencia que Lily tuviera, difícilmente podía hacerle frente a Voldemort ella sola. No podía imaginarse a sí misma derrotando sin ayuda de nadie al mago más temido de su tiempo y a su ejército de fanáticos, incluso si fuera mejor duelista. También pensaba que, al estar dividido, su bando sólo contribuía a que el bando de Voldemort se volviera más fuerte.
Por muy reacia que estuviera a revelar sus cartas ante cualquier encarnación de Dumbledore, Lily había decidido regresar a la Orden porque necesitaba aliados y sus aliados la necesitaban a ella. Sin embargo, se negaba a volver y no ser escuchada, algo que seguramente hubiera pasado si no les hubiera dado un motivo para valorar sus opiniones. Y por eso, había tomado la arriesgada decisión de revelar (hasta cierto punto) lo que sabía, para cerciorarse de que sus visiones serían escuchadas y consideradas en la próxima reunión. Tenía grandes planes para la Orden.
Pero más tarde continuaremos con esto.
Al parecer, el riesgo había valido la pena. Sólo habían pasado tres días desde la reunión cuando recibió una carta de Dumbledore. Solamente decía que aceptaba su oferta de cooperación bajo todos los términos que le había expuesto y que esperaba ansiosamente que se pusiera en contacto con él.
El tercer asunto en la pequeña agenda de Lily era encontrar la manera de derrotar a Voldemort para toda la eternidad.
Todavía estaba trabajando en eso.
Aún no sabía exactamente cómo habían vencido a Voldemort en el futuro. Dumbledore no le había contado a Severus los detalles de su plan. Y Severus no había dicho prácticamente nada, incluso de las cosas que sabía; probablemente porque tenía la impresión de que dicho plan terminaría con la muerte de Harry. Todo lo que sabía era que tenía que ver con algunas reliquias (un anillo maldito y la espada de Godric Gryffindor, por ejemplo), pero no sabía qué tenían en común aquellos objetos o cómo se relacionaban con la inmortalidad de Voldemort. Ella había estado pendiente de las noticias tras la muerte de Voldemort, pero los periódicos nunca especificaban cómo Voldemort había logrado hacerse inmortal o cómo había vuelto a ser mortal. Quizás los únicos que sabían la verdad eran Harry y sus aliados más cercanos.
Había estado leyendo libros sobre la inmortalidad, reliquias mágicas y asuntos similares desde la primavera, pero todavía no había encontrado nada que resultara de utilidad. Aunque era conciente de que era muy poco probable que encontrara por casualidad el secreto de la vida eterna en un libro de texto ordinario, continuaba leyendo. Si el futuro le había enseñado algo, era que realmente había una manera de derrotar a Voldemort y estaba decidida a encontrarla. No importaba cuánto tiempo le llevara.
En el último lugar de la lista de cosas que debía atender, estaba encontrar a Severus.
Una vez que sus pensamientos fueron desviados una vez más hacia Severus, supo que no podría continuar leyendo aquella noche. Dejó el libro, decidió prepararse una taza de té y se sentó en la única silla que había en su departamento, escasamente amueblado; el cual continuaba pareciéndole más una mera base de operaciones que un hogar. Contempló fijamente a Psyche (su nueva lechuza) y se preguntó si debería intentar escribirle otra carta. No creía que tuviera mucho sentido, siendo que sus anteriores cartas no habían obtenido ninguna respuesta de su parte. Pero se sentía tan inútil cuando no hacía nada para intentar localizarlo.
Le había escrito la primera carta a Severus poco después de desempacar en la casa de los Dursley. El mensaje era muy breve: sólo le había pedido que se encontraran para discutir algo urgente, sin dar ningún detalle sobre su situación. Había esperado ansiosamente la respuesta, sólo para llevarse una gran desilusión cuando Psyche regresó con la carta sin abrir.
Pensando que Severus no le había contestado porque todavía estaba enfadado con ella, le escribió otra carta. Esta vez comenzó con una completa y sincera disculpa, y terminó pidiéndole verlo, insistiendo en la importancia del asunto del que quería hablarle. Esa carta (y las tres o cuatro cartas que le escribió persistentemente luego de ésta) tampoco recibió repuesta.
Lily tenía unas cuantas explicaciones, desagradables pero probables, entre las que elegir: o bien Severus realmente, realmente no quería verla (lo que era probable), o había hecho que fuera imposible localizarlo (también probable, teniendo en cuanta que James había intentando matarlo hacía poco tiempo), o sus restos mortales yacían en el fondo de una zanja en algún lugar de las salvajes tierras escocesas (lo que era terrible, pero desafortunadamente, también probable).
Todavía no sabía qué era lo que había pasado con él luego de que la sed de sangre de James le hiciera perder su trabajo a finales de febrero. Con cautela había preguntado sobre su repentina renuncia, sin querer atraer mucha atención sobre él ni sobre ella misma, pero su indagación había resultado infructuosa. Al parecer, en Hogwarts nadie sabía o le importaba dónde había ido tras su renuncia. Imaginaba que Dumbledore debía tener alguna idea, pero no iba a preguntar a él.
Luego, Lily había decidido visitar La Hilandera para tener una pequeña charla con Tobias Snape. Aquello había sucedido a principios de septiembre, cuando ya había dado a luz a Harry y había perdido gran parte del peso que le había dado el embarazo (lo suficiente como para no levantar sospechas, ya que cubría su cuerpo con gruesas capas de ropa). No había podido ir antes, porque para marzo su embarazo se había vuelto muy evidente, y se había negado a correr el riesgo de encontrarse con Severus mientras fuera tan evidente que estaba esperando un bebé. De todas formas, haberlo visitado antes ese año no hubiera resultado menos inútil, ya que Tobias Snape no había visto a su hijo en años.
El señor Snape (quien se parecía mucho a su hijo, a excepción de su espeso bigote), la dejó entrar a regañadientes luego de que ella se presentara y le preguntara cordialmente si podía hacerle algunas preguntas sobre Severus. Habían pasado una media hora hablando sobre Severus, lo cual había resultado reconfortante, pero no le había dado ninguna información, puesto que él no fue capaz de contarle nada que ella no supiera ya. Por lo que Lily podía deducir de lo poco que le había dicho, Severus había salido de su vida luego de una pelea particularmente fuerte alrededor de dos años y medio atrás, y desde entonces no había vuelto a oír de él.
Ella le había dejado su número (se había comprado un teléfono para las conversaciones semanales que mantenía con Petunia) y le había pedido amablemente que la llamara si Severus llegaba a presentarse por allí.
—Si lo encuentras —había refunfuñado el señor Snape—, dile que pase a tomar una taza de té, ¿de acuerdo?
Leyendo entre líneas, Lily comprendió que extrañaba tremendamente a su hijo.
Luego de ese día, se había quedado oficialmente sin ideas. Estaba decidida a encontrar a Severus, pero no sabía nada acerca de encontrar personas desaparecidas. Intentó localizarlo utilizando diferentes hechizos rastreadores, pero ninguno le fue de utilidad. Fue a fábricas de pociones, herboristerías y boticas (lugares en los que podría haber estado trabajando), pero fue en vano. Se había puesto en contacto con varios importantes Maestros de Pociones utilizando un nombre falso, preguntando si habían oído de un joven talento llamado Severus Snape, pero su fama en aquella industria no se extendía más allá de su breve estancia como el profesor de Pociones más joven que había tenido Hogwarts. Dondequiera que Severus estuviera, estaba manteniendo un perfil muy bajo.
Si aún se encontraba con vida.
Cada día que pasaba, la idea de que algo terrible le había ocurrido a Severus parecía más y más probable. Tenía que considerar la horrenda posibilidad de que estuviera yaciendo en una tumba sin nombre, asesinado brutalmente por cualquiera de las personas que deseaban su muerte. Era posible que hubiera caído en el campo de batalla y que simplemente no hubieran anunciado su muerte. Quizás James lo había encontrado primero y había terminado lo que había comenzado en Las Tres Escobas. Podía haber sido asesinado por algún compañero Mortífago o por el mismo Voldemort por alguna razón. O quizás había sido capturado y en ese momento se encontraba prisionero en algún cuartel secreto de los Aurores, siendo torturado para sacarle información. Cualquier cosa era posible.
Aquello era, a veces, el motivo por el cual no podía dormir por las noches. No era sencillo calmarse cuando aquellos horribles pensamientos de todas las cosas impensables que podrían haberle ocurrido a Severus daban vueltas por su cabeza. Intentaba cada día hacer algo para encontrarlo, pero resultaba muy difícil, puesto que ni siquiera sabía dónde buscar. La única forma segura de ponerse en contacto con él era aparecer en el lugar de un ataque Mortífago y gritar su nombre, pero ni siquiera ella era lo suficientemente audaz y estúpida como para pensar que ése era un buen plan. Hacer que los mataran a ambos en una batalla no era su idea de un perfecto reencuentro.
Bostezó y miró anhelante el colchón que hacía las veces de cama, preguntándose si debería irse a dormir temprano o terminar el libro que estaba leyendo antes de acostarse. Estaba tremendamente cansada, y aun así se sentía extrañamente culpable sólo de pensar en irse a dormir. Su conciencia la reprendía mentalmente cada vez que hacía algo que no tuviera que ver con luchar contra Voldemort, proteger a las potenciales víctimas de la guerra o intentar encontrar a Severus; incluso si ese algo era simplemente ocuparse de sus necesidades humanas básicas. Ser una asesora de medio tiempo de la Orden del Fénix, mientras intentaba también descubrir una manera de derrotar a Voldemort y mientras buscaba obsesivamente a Severus, realmente le estaba pasando factura ahora que además intentaba mantener un respetable día laboral. Presentía que no iba a durar mucho en Bruja Semanal si continuaba presentándose en la oficina tan cansada que apenas podía mantenerse erguida, mucho menos trabajar.
Finalmente decidió por una vez ignorar la culpa que sentía y descansar un poco para variar. Para asegurarse de que realmente dormiría esa vez, decidió pasar por el Callejón Diagon para conseguir una poción para dormir. Desafortunadamente, su casa, pequeña y con poca ventilación, no era lugar para preparar pociones caseras.
Menos de una hora después, se encontraba en la isla de Stirwell & hijo. Para ser un lugar tan pequeño, tenían una excelente colección de toda clase de pociones, con varias y diferentes opciones solamente en la sección de pociones para dormir. Se paró frente a la vitrina por un momento, sopesando sus opciones, cuando de repente algo que se encontraba justo frente a ella llamó su atención e hizo que se sobresaltara de tal manera que estuvo a punto de dejar caer las dos botellas que tenía en las manos.
Allí, justo a la altura de sus ojos, había un solitario recipiente de poción, con una etiqueta simple y escrita a mano. No era la poción para dormir en sí misma lo que llamó su atención como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago, sino la escritura en la etiqueta.
Esa letra. Para ella, era tan reconocible como el sonido de su voz.
Con una mano temblorosa tomó la poción e hizo todo lo que podía para evitar ponerse a gritar como una emocionada colegiala. Había leído suficientes cartas suyas para saber que aquella caligrafía prolija pero curvada que se encontraba en la botella era idéntica a la suya. Esa poción era definitivamente la pista que había estado esperando. Ahora todo lo que tenía que hacer era averiguar de dónde provenía.
Se tomó unos minutos para recuperar el aliento y preparar un plan apresuradamente, para sacarle alguna información al hombre que se encontraba detrás del mostrador sin revelar demasiado sus verdaderas intenciones. Y luego, lentamente caminó hacia el cajero, un hombre gordo de mediana edad que se veía tremendamente aburrido.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó con un tono de voz que indicaba cualquier cosa menos una actitud verdaderamente amable.
—Sí —dijo, imponiendo algo de fría furia a su temblorosa voz—. Me gustaría recibir un reembolso por la mala calidad de la poción que compré aquí a principios de mes.
Él le dirigió una mirada aburrida y desdeñosa.
—¿Y qué poción sería ésa, señorita? —preguntó, fingiendo amabilidad para enfatizar lo poco que le importaba su queja.
—Ésta de aquí —dijo, apoyando la poción en el mostrador—. Compré una botella de poción para dormir de esta marca y me dio un terrible dolor de cabeza. Funcionó bien al principio, pero luego me provocó un espantoso insomnio.
—¿Un espantoso insomnio? —preguntó él, impávido.
—Sí. Todo el mundo sabe que se debe añadir un puñado de lavanda molida y ortigas secas a la infusión antes de agregar los otros ingredientes. El imbécil que hizo esto claramente no lo sabía y ahora estoy pagando por su incompetencia. Exijo un completo reembolso y una disculpa personal de quien sea que haya hecho este líquido inservible.
—Muy bien, señorita. ¿Tiene el recibo?
—No. Fui lo suficientemente estúpida como para confiar en la calidad de sus productos.
—Entonces me temo que no hay nada que pueda hacer —dijo él alegremente.
—Sí lo hay. Lo menos que puede hacer es dejarme hablar con su supuesto Maestro de Pociones —insistió, cruzando los dedos secretamente tras la espalda.
El cajero suspiró y tomó la botella con su mano regordeta. Luego de estudiar la etiqueta por unos pocos segundos, volvió a depositar la botella en el mostrador con indiferencia y le dirigió otra de sus sonrisas con las que parecía mandarla al diablo.
—Ésta no es de nuestra fábrica —dijo—. Es de uno de nuestros proveedores independientes.
—Bien. Entonces deme el nombre del proveedor y yo lo arreglaré con él.
Aquel era el momento de la verdad. El hombre tenía que tomar una decisión. Lily estaba bastante segura que no era una política de la tienda delegar las quejas de los clientes a los proveedores individuales. Pero, por otro lado, Lily estaba siendo deliberadamente grosera y sería más sencillo para él sacársela de encima culpando a alguien más.
Hubo un momento de suspenso en el que la miró inexpresivamente, y luego volvió a suspirar con fastidio y tomó un pesado libro que se encontraba debajo del mostrador. Luego de hojear el libro por lentos minutos, encontró lo que estaba buscando, tomó un pedazo de pergamino y anotó algo en él.
—Aquí tiene. Vaya a molestar a esta persona en lugar de a mí.
Leyendo entre líneas, Lily sabía que también le había dicho que se fuera a la mierda y que no volviera. Y luego de ver el nombre que había garabateado en el pergamino, se sentía feliz de hacerlo por pura gratitud e incluso sería capaz de besarlo.
—Gracias —dijo, intentando mantener el tono frío de su voz, aunque estaba a punto de ponerse a gritar de felicidad—. Me alegra que haya alguien aquí que sabe hacer su trabajo. También me gustaría comprar esto, por favor.
El hombre levantó una ceja, mirando suspicazmente la misma botella de poción para dormir por la que se había estado quejando.
—Mujeres —refunfuñó, sacudiendo la cabeza con desagrado.
Lily intentó mantener la calma hasta salir de la tienda y doblar la esquina, pero no podía evitar dar saltitos de felicidad cuando volvió a mirar el nombre que le había dado, sólo para cerciorarse de que no lo había imaginado.
Sr. Sebastian Scervix, Maestro de Pociones.
Ahora bien, si ése no era el nom de guerre de alguien que conocía, se comería sus propias botas en la cena.
Esa noche, escribió otra carta. Esa vez dirigiéndose al señor Scervix en lugar de al señor Snape.
Como no podía estar realmente segura que Sebastian Scervix era el alias de Severus Snape (aunque parecía muy probable: Sebastian era el segundo nombre de Severus, la caligrafía era la suya, las iniciales eran una pista fundamental y el hecho de que hubiera cambiado de nombre explicaba por qué no había recibido sus cartas), escogió cuidadosamente sus palabras.
Luego de hacer muchos borradores, logró redactar una breve carta que sólo Severus podría decodificar.
Querido Sr. S,
Necesitamos hablar sobre el Príncipe Mestizo.
Atentamente,
L
Para estar segura que Severus sabría dónde encontrarla, cortó una página de la última copia de Bruja Semanal, donde se la mencionaba como parte del equipo editorial y la dobló prolijamente dentro del sobre. Luego se la entregó a Psyche, y le dio un beso de buena suerte antes de soltarla.
A la mañana siguiente fue a trabajar temprano, sintiéndose mucho más alegre que de costumbre. Saludó a sus compañeros con voz cantarina, e hizo todo lo que pudo para evitar ponerse literalmente a silbar mientras trabajaba.
Alrededor del mediodía salió para el almuerzo y regresó media hora después, todavía sintiéndose de maravilla. Psyche no había regresado aún, pero tenía confianza en que la carta llegaría al destinatario correcto.
Dentro de la oficina, su compañera Martina Mayfield (una chismosa reportera de Bruja Semanal) estaba descansando mientras almorzaba. Estaba bebiendo una taza de té y levantó las cejas significativamente ante Lily, mientras ella se quitaba la nieve de los hombros.
—¿Tuviste un buen almuerzo? —preguntó Martina con una sonrisa cómplice.
—¿A qué te refieres?
—Me preguntaba por qué estabas de tan buen humor hoy, pero supongo que aquel alto, morocho y misterioso de allí lo explica todo. ¿No vas a invitarlo a entrar? A mí no me molesta.
Desconcertada, Lily miró a través de la ventana congelada.
Y allí, cruzando la calle llena de gente, se encontraba alguien que en verdad era morocho, en verdad era alto, pero no era tan misterioso.
—¡Severus! —jadeó, su voz salió como un mero susurro.
No podía verlo bien porque la ventana estaba empañada y porque había mucha gente entre ellos, y un segundo después ya no pudo verlo más. Había desaparecido entre el mar de transeúntes.
—¡Espera! —gritó Lily.
Abrió la puerta bruscamente y corrió tras él. Corrió hasta la mitad de la calle y giró en redondo sobre sus talones, intentando desesperadamente vislumbrar su cabello negro entre el mar de extraños. Avanzó abriéndose paso a empujones entre la concentrada multitud hasta llegar al final de la calle, pero no estaba por ningún sitio. Luego luchó por volver a la otra punta de la calle y lo buscó, otra vez en vano.
—¡Sev! —gritó, sin importarle quién pudiera oírla.
Al demonio con ser discreta.
Gritó su nombre en todas direcciones, haciendo que la gente a su alrededor la mirara con extrañeza. Fue empujada por la multitud; una de esas veces con tanta fuerza que hubiera caído si la persona que se encontraba tras ella no la hubiera sostenido y puesto de pie. No tenía tiempo para agradecerle, siguió adelante, desesperada por encontrar a Severus antes de que fuera demasiado tarde.
Diez minutos después, tuvo que enfrentar el hecho de que, incluso si se había tratado de Severus (y en realidad no lo sabía; lo había visto allí sólo por un segundo y a lo lejos), a esa altura ya se encontraba lejos de allí.
Regresó a la oficina sintiéndose completamente abatida. Martina estaba impactada.
—¡Santo Dios, Lily! ¿Qué ocurrió?
—Creí haber visto a alguien que conocía. Me equivoqué —replicó Lily con total honestidad, continuando con el artículo en el que estaba trabajando.
—Lo siento —dijo Martina—. Te vi caminando por la calle y parecía como si ese hombre te estuviera siguiendo. Por algún motivo, tuve la loca idea de que ustedes habían salido a almorzar juntos en secreto. Quiero decir, has estado comportándote como una mujer enamorada todo la mañana, y supongo que simplemente me dejé llevar…
—Desafortunadamente, mi vida amorosa no es tan emocionante en estos momentos.
En las horas siguientes, Lily se convenció completamente que aquel hombre que estaba en la calle no era Severus. No era la primera vez que se lo confundía con alguien más. Tenía tantas ganas de encontrarlo que miraba dos veces prácticamente a todos los hombres altos y delgados, vestidos de negro, que encontraba por la calle. Quizás la expectativa que sentía por recibir una respuesta a su carta había hecho que viera cosas que en realidad no estaban allí.
No fue hasta más tarde, cuando ya estaba regresando a su casa, que sintió algo extraño en el bolsillo de su chaqueta. Sacó un pedazo de papel doblado, que sabía que no había puesto allí. La escritura le resultaba muy familiar, y el contenido de la breve carta la llenó de esperanza y desesperación al mismo tiempo. La diferencia que una simple frase podía hacer.
Deja de buscarme.
S
18/08/2013 10:50 p.m.
