Muchos días Octavia pensaba de sí misma que en realidad no era una personas, si no una decoración con oídos, porque si bien realizaba sus funciones con diligencia y rapidez, la mayoría del tiempo permanecía en un rincón, atenta a los deseos de sus amos. Lo que peor llevaba eran los días donde no pronunciaba una sola palabra salvo asentimientos a las órdenes que le daban y hoy parecía que iba a ser uno de ellos.
Clarke y Lexa habían pasado su primera noche juntas y pese a haber aceptado su nueva situación con su amiga dejó que fuera Raven la que llevara el desayuno a las estancias de la joven dómina, temiendo que sus ojos revelaran una envidia que no debería sentir. Porque quería a Clarke, más como amiga que como otra cosa y estaba descubriendo sus sentimientos por la hispana, pero añoraba el calor que los brazos de la rubia le proporcionaban, las largas noches de placer y confidencias...añoraba no sentirse sola.
Casi resultaba cómico que en el mundo tan hostil en el que vivía fuera la soledad lo que atenazara sus emociones más no podía evitarlo. Sin familia que pudiera arroparla, sin libertad para decidir por si misma y con la muerte rondándola si cometía el más mínimo error en sus obligaciones diarias estar con Clarke se había convertido en su lugar de paz, pero ahora era Lexa la que gozaba de tal lugar y no sabía lo que eso le provocaba exactamente...mejor permanecer alejada.
Siempre vigilante observó la interacción de Raven y Ontari desde las sombras, comprendiendo de inmediato que no debía intervenir. Tenía bastante claro lo que podía haber causado que la Escita se desmoronara de esa manera y era algo en lo que Raven podía ser de infinita más ayuda que ella.
Llevó el desayuno a Marcus que parecía de un buen humor aún más evidente que el que le acompañaba desde que gozaba de la compañía de Ontari y tuvo que contener un gesto de asco al comprender un motivo. Que este mal llamado hombre tuviera la misma sangre en las venas era algo que jamás dejaría de sorprenderla. Recordó con cariño a la antigua dómina mientras arreglaba el lecho: amable, justa e indeciblemente buena...de ahí sí que había salido Clarke.
-Prepara mi toga bermellón y avisa a mi esclavo de que preparen mi baño. Me reúno con el senador Graco en una hora. Y di en la cocina que preparen algo ligero pero de calidad-ordenó Marcus sacándola de sus pensamientos-
-Sí, domine-
Cumplió las órdenes con rapidez y fue a la cocina para ayudar con el servicio de las viandas. Portaba unas setas a la plancha con queso griego que la estaban haciendo salivar al atrio donde Dante y Marcus conversaban cuando escuchó algo que la obligó a servir el plato y a retirarse tras una cortina para seguir la conversación con preocupado interés.
-Finneus y Camila llevan prometidos más de dos años ya, mi buen Marcus. Tu situación está mejorando notablemente con esa Escita tan hábil que te has agenciado y el emperador te tiene en consideración como el mejor lanista de Roma. Creo que ha llegado el momento de que se oficie ese matrimonio-dijo Dante paladeando después un sorbo de vino-De Falerno...exquisito-
-Jaha es buen tratante más allá de los esclavos-afirmó Marcus escogiendo que bocado llevarse a la boca de todos los que había sobre la mesa, decidiéndose al final por un higo bañado en aceite de oliva y alcaparras-Sabes que si por mi fuera hubiera unido nuestras familias desde hace tiempo, pero fue el deseo de mi difunta esposa que Clarke no se casara demasiado joven y mi hija venera aún a su madre-
-Yo también soy viudo y lo comprendo bien, pero Finneus...bueno, digamos que debería casarse ya, antes de que se desvíe demasiado del camino que he fijado para él-
-Es un joven con energía y apetitos insaciables, no deberías disculparlo por ello. Cualquier padre se sentiría orgulloso-
-Y lo estoy, pero la esposa adecuada le ayudará a centrarse en la carrera al senado para la que lo he preparado y le hará olvidarse del ejército de esclavas a las que posee y de esa afición absurda a las carreras de cuadrigas-
-Tal vez tengas razón, mí querido Dante...pero entiende que no puedo acelerar esto demasiado-
-Había pensado darle un margen a tu hija, desde luego. ¿Qué te parece tras las Saturnales?-
-Cinco meses...sí, creo que podría ser adecuado. Tiempo de sobra para preparar la ceremonia y que se hagan los augurios-comentó Marcus mesándose la barba-
-A Maya le encantará prepararlo todo y que su buena amiga viva bajo nuestro techo. Y yo la amaré tanto como su padre lo hace-afirmó Dante chocando su copa con Marcus-
-Ahora mi buen senador, sobre la dote...-
Octavia decidió desaparecer en ese mismo momento ya que las discusiones sobre cuanto se pagaría por el derecho de posesión de su amiga le revolvían las tripas. Viendo que ambos hombres estaban bien atendidos y que Clarke permanecía encerrada en sus estancias aunque Lexa ya había bajado a la arena a entrenar decidió resguardarse en su cubículo para pensar.
Cinco meses...cinco meses hasta que entregaran a Clarke a aquel monstruo, cinco meses hasta que Raven y ella la acompañaran a aquella pesadilla...Se arrodilló frente al pequeño altar que había creado en su habitación y oró, oró a Venus para que el amor verdadero impidiera aquella atrocidad, a Júpiter Optimo Máximo para que lanzara un rayo desde los cielos y fulminara a Finneus y a Juno, madre de todos, para que las protegiera. Escuchó un ruido fuera y se asomó con cautela para ver a Ontari gritar a un guardia por golpear a Harper...tal vez debería rezar también a los dioses de los escitas.
El día estaba resultando de lo más extraño. Primero llevarles el desayuno a Clarke y Lexa la había impresionado del todo: no tuvieron gestos románticos entre ellas, ni besos ni caricias...pero la forma en la que se miraban era más expresiva que cualquier contacto. Como si hubieran pasado la vida entera mirándose a los ojos la una a la otra, con sus cuerpos en sintonía de forma que si una se movía el cuerpo de la otra se acomodaba para no alejarse de ella. Seguían siendo una dómina romana de buena familia y una fiera guerrera extranjera...pero eran Clarke y Lexa, las dos juntas formando un solo ente como si los dioses hubieran determinado el mismo día de su nacimiento que debían estar juntas.
Se alegraba por su amiga, se alegraba por la ojiverde...pero toda esa felicidad quedaba empañada por el conocimiento de que aquello era temporal, de que Clarke debería cumplir con su deber y casarse con un hombre al que detestaba...y también por el secreto deseo de verse así un día con Octavia. Pero si antes había sido lo que la joven esclava tenía con la rubia lo que la había detenido ahora era ella misma la que se prohibía acercarse más de la cuenta.
El día en el prado había servido para reafirmar que lo que sentía por ella era auténtico, pero cuando ambas escitas salieron a caballo con las dos rubias Octavia le había acariciado las caderas con dulzura en un abrazo y no había podido evitar dar un respingo y romper el contacto. Las espantosas manos de Sterling le vinieron a la cabeza, agarrándola con fuerza, haciéndole daño, forzándola a someterse...ya no era una mujer, solamente un juguete roto incapaz de disfrutar del roce de la mujer a la que amaba.
Ver después a Ontari en ese estado tras someterse a Marcus solo reafirmó su creencia en que debía hacer algo por esas mujeres que, como ella, habían sido maldecidas con la sumisión. Y esa idea se fue haciendo más y más fuerte en su cabeza con el paso de las horas hasta que impelida por un pensamiento se obligó a bajar al Ludus para hacer algo al respecto.
El hombre la miró sorprendido cuando el guardia abrió su celda y la dejó entras para momentos después marcharse.
-Raven, ¿Qué haces aquí? Te dispensaron de este tipo de visitas para que te recuperaras-dijo sorprendido incorporándose de su jergón-
-No puedo consentir que esto vuelva a sucederme, ni a ninguna mujer de este lugar. No quiero sentirme débil ni tener miedo de las caricias de Octavia. Eres mi amigo, un gran guerrero y el primer hombre que me tuvo y me trató con respeto. Enséñame a defenderme Wick, enséñame a no volver a ser una víctima-pidió la hispana sentándose junto al rubio-
El pareció meditarlo durante unos momentos mirando al suelo y con esa sonrisa arrogante de la que hacía gala constantemente desaparecida de su cara. Quería a Raven, le atraía como mujer y la amaba como amiga. Lo que esa bestia germana le había hecho le había dolido más que cualquier herida sufrida en la arena...pero lo que le proponía la morena era peligroso. Más mantenerla a salvo era más fuerte que el sentido común.
-Consigue un sitio donde no nos vean y yo robaré algunas armas de los entrenamientos. Nadie volverá a tocarte sin tu consentimiento, preciosa-dijo al fin pasando un brazo sobre sus hombros y acogiéndola en su fuerte pecho-
Jugarse la vida luchando con la lejana meta de lograr la libertad de pronto no parecía tan importante como proteger a aquella mujer.
Harper supo que algo malo había ocurrido en cuanto entró en los aposentos de Ontari. Estaba todo destrozado, cada regalo que el domine le había hecho, cada adorno, cada tela...Debió sospecharlo cuando su ama la alejó la noche anterior, pero su inercia en la obediencia era tal que no tuvo fuerzas para negarse. Pero ver ahora a Ontari sentada en el suelo con gesto triste y cabizbaja le rompió el corazón.
Sin decirle nada se puso a recoger aquel estropicio y más decidida que nunca a hacer lo más conveniente por alguien que no fueran sus amos se encaminó al almacén donde se guardaban sedas y adornos para reponer lo posible antes de que el domine descubriera lo ocurrido. Era un parche, pero podría valer un tiempo. Cuando salía de allí con un par de vasijas y unas cortinas nuevas un guardia se plantó frente a ella acusándola de ladrona. Se encogió a la primera bofetada, preparada para la siguiente cuando el hombre salió despedido contra la pared.
-No vuelvas a tocarla, perro. Ella es mía y yo de el señor de esta casa, no querrás que le hable de tu conducta...-dijo Ontari casi a voz en grito amedrentando al hombre-
-Disculpas-respondió el marchándose de allí a paso ligero-
-¿Qué haces aquí, Harper?-le preguntó girándose hacia ella con gesto cansado-
-Quería reponer algunas de las cosas de tus habitaciones. Así domine no se enfurecerá-
-¿Robas por mí?-
-Haría lo que fuera por ti, Ontari-contestó sonrojándose-Moriría para ver desaparecer el dolor que ahora mismo enturbia tus bellos ojos-
La escita solo asintió y la ayudó a cargar con todo de vuelta a la estancia para terminar de arreglarlo todo. Mientras la esclava terminaba de arreglar las cortinas que rodeaban el lecho Ontari se colocó a su espalda y la abrazó por la cintura, enterrando el rostro en su cuello y haciendo que Harper suspirara asombrada.
-No quiero que mueras, pero si sabes cómo borrar este dolor te pido de todo corazón que lo hagas, Harper. Porque sentir cómo me devora es más de lo que puedo soportar y sé que solamente tú o la sangre de ese monstruo me calmaran-susurró con tono de auténtica desesperación-
La esclava rubia se giró en sus brazos olvidando su timidez, su pasado y todas las vejaciones sufridas en su vida, para con un valor que desconocía que poseía tomar el rostro de la Escita entre sus manos con dulzura, mirarla a los pozos negros que eran sus ojos y besarla con toda la emoción que era capaz de reunir en su pequeño cuerpo.
Acarició los labios de la morena con los suyos tratando de borrar el sabor de la noche pasada, los lamió con su lengua haciéndole saber que no había nada más dulce que ese alimento para ella y cuando finalmente ambas lenguas se enredaron en un apasionado beso en el que ambas gimieron y la Escita la apretó aún más contra su cuerpo Harper supo que no solo estaba haciendo desaparecer el dolor de aquella mujer, sino también el suyo propio. Porque mucha gente la había tocado, pero nadie le había rozado el corazón como aquella supuestamente salvaje mujer.
Continuara...
