13 de marzo de 2072

Piso de Desmond Miles, Sevilla

Héctor Miles-Lynch abrió la puerta de la casa de su abuelo. Le encontró sentado en el sillón y leyendo una revista científica. Su pelo, una vez del mismo tono castaño que el suyo, brillaba plateado con la luz del amanecer. Había varias arrugas en su rostro, marcas de sus noventa y cuatro años. Usaba ropa negra, como hacía desde la muerte de Shaun dos años antes.

-¿Cómo estás abuelo?

Sus ojos avellana no habían perdido el brillo inteligente ni la sagacidad de un Asesino. Su sonrisa era amable.

-De maravilla, Héctor.

A Desmond aun le sorprendía la decisión de su nieto de entrar en el sacerdocio. Héctor había llegado a ser el conservador de los Museos Vaticanos con su doctorado en historia del arte y restauración.

-¿Estás leyendo el último artículo de Adrian?

-Su disertación sobre la evolución humana desde el punto de vista biológico aplicado a la psicología es fascinante. ¿Crees que le darán la subvención para su estudio de los nuevos medicamentos?

-Sin duda.

Adrian había seguido su sueño y se había convertido en uno de los médicos más influyentes del mundo. Se casó con su novio del instituto, David, y juntos habían adoptado a una niña, la alegría de Desmond en sus últimos años.

Héctor se inclinó para besar su mejilla.

-Feliz cumpleaños, abuelo.

-Gracias, Héctor. ¿Cómo le va a Ciara? Últimamente no he escuchado nada de ella.

-Está ocupada con su preparación para suceder a papá como Mentor, aunque vendrá a comer. Es la tradición de tu cumpleaños.

-Así que por eso has venido tú con todas esas bolsas.

Héctor miró las bolsas del supermercado en la cocina.

-Culpable. He traído más que suficiente para preparar lasaña. ¿Te apetece?

-Lo estoy deseando.

Héctor se metió en la cocina.

-¿Cuándo vas a enseñar el cuadro?

Se refería al enorme lienzo cubierto en una esquina del salón. Desmond sonrió ligeramente al mirarlo.

-Pronto. ¿Y Cristina?

-Sigue en Masyaf, estudiando tus libros. Dejaste cerca de un millar, ¿cómo has podido escribir tanto en solo veinte años?

-Ni yo lo sé. Estos últimos años también he estado escribiendo mucho.

Observó su mano izquierda. La alianza de bodas brillaba en lo que quedaba de su dedo anular. Hacía tiempo que le entregó a Elijah el sello del Lord Kenway.

El timbre sonó. Héctor abrió y quedó asombrado al ver a Cristina. La mujer de pelo negro y ojos avellana rió al verlo.

-¿Sorprendido, hermano? Ahora déjame pasar, hace mucho que no veo al abuelo-entró en el piso sonriente-. ¡Feliz cumpleaños, abuelo!

-Feliz cumpleaños, Cristina.

-Estás genial.

Hubo una mirada intercambiada entre ambos. Desmond asintió de forma casi imperceptible.

-Tú te has cortado el pelo.

Cristina le guiñó un ojo y sonrió.

-Me gusta más corto. ¿Qué te parece?

-Te queda de maravilla.

Cristina se sentó frente a su abuelo y empezó a hablarle en un veloz italiano. Héctor, con sus muchos años viviendo en Roma, no tuvo ningún problema en unirse a la ligera conversación sobre historia, un tema muy habitual en la familia.

Cuando la lasaña estuvo en el horno, Héctor se sentó junto a su hermana.

-Acabo de recordarlo... ¿cómo vas con Hamid?

-Es mi guardián, ¿tú qué crees?

Desmond sonrió.

-Malik y Altaïr empezaron igual y ya sabes cómo acabaron.

-Oh, tonterías. Hamid no es mi tipo.

-Cuidado, hermanita. El abuelo nunca se ha equivocado. Supo que yo no tendría hijos, del matrimonio de Adrian con David y de la casi eterna soltería de Ciara.

-Sea como sea, te aseguro que Hamid no es el elegido.

-Hay un motivo por el que Ares y Afrodita eran amantes, cariño. La guerra y el amor son emociones muy poderosas. No subestimes que bajo toda esa rivalidad entre vosotros existe algo mucho mayor.

Cristina bufó y se enfurruñó. Héctor rió.

-Pareces una niña, Cris.

-Solo eres cinco años mayor.

-Cinco años de más experiencia.

-Yo tengo la tercera hélice y el conocimiento de los Kantaisä. Lo mío con Hamid nunca terminará bien.

-Así que hay un Hamid y tú.

Cristina soltó una carcajada.

-Eres sacerdote, hermano, actúa como tal.

-Estoy fuera de servicio.

-Un sacerdote nunca está fuera de servicio.

Desmond observó con alegría la amigable discusión entre sus nietos más jóvenes. Una punzada en el hombro derecho le hizo sisear de dolor. Al instante Cristina y Héctor estuvieron sobre él.

-¿Otra vez el hombro?

-Me siento afortunado por haber pasado toda una vida en la Hermandad y conseguir solo un hombro dolorido y algunas cicatrices-se movió para descansar mejor el hombro-. Por cierto, Cris, en mi habitación hay una caja envuelta, sobre la cómoda. Tráemela, ¿quieres?

Cristina corrió y volvió con una caja en forma de cubo.

-¿Qué es?

-Tu regalo de cumpleaños, la única herencia que te pertenece por completo. Creo que es hora de que lo tengas.

Héctor observó cómo su hermana desenvolvía el regalo y abría la caja. Dentro estaba el Koh-i-Noor, el diamante maldito que solo podían utilizar las mujeres. Un Fragmento del Edén.

-Gracias, abuelo.

Cristina lo guardó en uno de los bolsillos de los pantalones del uniforme de Asesina, el único con cremallera.

Hablaron un poco más hasta que llegó Adrian, con expresión agotada y un fuerte olor a desinfectante.

-Feliz cumpleaños, abuelo.

-Gracias, Adrian. ¿Has pasado una noche larga?

Adrian no había cambiado demasiado. Los genes Miles estaba muy presentes en su aspecto, pero los ojos eran los de su madre.

-Los turnos nocturnos me matan. Desearía estar con David y Victoria. ¿Eso que huelo es lasaña, Héctor?

-Tu nariz nunca falla, hermano.

-Hace siglos que no cocinas. ¿Desde el año pasado? ¿Navidades?

-No, tuve que asistir a una misa en el Vaticano. En serio, Adri, deberías saber que no he estado en casa para las Navidades desde hace años.

-Intenta recordar todo lo que hago yo y hablamos.

Cristina dio una palmada.

-Caballeros, por favor, sin peleas hasta que llegue Ciara.

Hace muchísimos años, Desmond había deseado un hermano para tener una relación como la que tenían sus nietos.

Héctor volvió a la cocina, Cristina cogió un libro de la estantería y Adrian llamó a Ciara.

-Dice que ya viene de camino, papá la ha entretenido más de lo normal.

Diez minutos después Ciara entró. Tenía el pelo recogido en una cola y su sudadera blanca favorita. Besó a su abuelo en la mejilla.

-Feliz cumpleaños. Traigo la tarta. Bizcocho de vainilla con mermelada de frambuesa y cobertura de chocolate con leche.

Desmond sonrió.

-Mi favorita.

-Y por eso la traigo-luego abrazó a su hermana, a la que hacía tiempo que no veía-. Tú deberías venir más a menudo, mamá se preocupa.

-Mamá siempre está preocupada por todos nosotros. Al menos en Masyaf el único riesgo que puedo sufrir es cortarme con el papel.

Héctor sonrió mientras se levantaba.

-El abuelo ha predicho que acabará con Hamid. ¿Qué apostáis?

-Si lo dice el abuelo, acabará siendo verdad.

-Eso nunca pasará.

Pero a pesar de sus palabras, Cristina pensaba en el joven de ojos negros que la ponía de los nervios con su silencio casi eterno. Quizás su abuelo tuviera razón, nunca fallaba.

-¿Ponemos la mesa?

Entre los cuatro sacaron platos, vasos, cubiertos y servilletas. Héctor sacó la lasaña del horno con cuidado de no quemarse. También sacó una botella de vino del frigorifico.

Comieron con una agradable charla. Desmond se puso al día con las vidas de sus nietos y su hijo, que le llamó para desearle feliz cumpleaños y decirle que iría en unas horas.

Esa misma tarde, después de que sus nietos se despidieran de él, decidió tumbarse en la cama para descansar un poco. Antes de eso miró la fotografía de él mismo y Shaun en sus bodas de oro, apenas cinco años antes. Junto a esa estaba la de sus cuatro nietos con sus padres y una más de él, Shaun Callum y Sofía el día de la boda de Adrian y David.

Toda una vida.

Entre todas ellas había una que había conseguido rescatar de las memorias genéticas de sus nietos: la boda de Bill y Karla.

Suspiró y se dirigió a la cama.

Apenas un momento después de cerrar los ojos, los abrió de nuevo. Su padre estaba de pie junto a la cama.

-Te has tomado tu tiempo.

-Quería asegurarme que el futuro estuviera en buenas manos.

Se levantó de la cama con la agilidad que le había caracterizado cuando era más joven. Abrazó a su padre.

-Estoy orgulloso de ti, hijo.

-Más te vale.

Bill soltó una carcajada.

-¿Estás preparado?

-Sin duda, pero antes quiero ver a Elijah. Dijo que vendría.

Caminó hacia el salón a través de la pared justo a tiempo para ver a su hijo entrar por la puerta.

Elijah sabía algo iba mal en cuanto entró. Caminó en silencio hasta la habitación y solo necesitó un vistazo para saber el destino de su padre. Volvió al salón y destapó el cuadro.

En el lienzo estaba reflejada toda su familia. Bill y Karla. Su madre Katrina. Callum y Sofía. Helena y él mismo. Ciara, Adrian con David y Victoria, Héctor y Cristina junto a Amid y un bebé en brazos. Y justo en el centro Desmond y Shaun.

Bajo todos ellos había una banda sujeta en dos zarzas en las esquinas con todos los nombres de sus antepasados y una frase.

El único futuro que vale la pena.

Desmond miró a su hijo de frente, aunque este no le veía a él. Luego se dirigió a su padre.

-Vámonos.

Y simplemente desaparecieron.