La castaña tenia todavia en la cabeza la conversación acalorada que habia tenido con su prometido, aunque a estas alturas no sabía si éste seguiría en pie con todo lo que declaró en el vagón acerca de su relación extraña y pasional con Damon Salvatore. Suspiraba hondamente para adelantarse en el camino abriéndose paso por las ramas, pinos y algunas piedras que el viento había arrastrado sin piedad alguna. Los pasos de ambos se hacían sonar como si fuesen producidas por un animal gigante del espectral silencio que rondaba por el bosque.
El vampiro pelinegro solo la seguía mirando su cabello por detrás evitando a toda costa tocar el tema de lo relacionado por temor a que un arrebato de ira hiciese que la chica tomara una decisión equivocada; se limitaba a escuchar el crujido de la madera y la tierra por donde caminaba la castaña hecha toda una furia.
-Tiene que haber alguna carretera cercana- Indicaba la chica.
-Y si solo aparecemos en la casa de tu amigo Harry?.
-No.
-Por que no?
-Por que seguramente la sellaron para tener seguridad.
-Pero si somos nosotros no habrá problema.- En ese momento la castaña se giraba a el para mirarlo con determinación; el vampiro detuvo el paso para quedarse algo sorprendido.
-Algo que debes saber sobre los magos y brujas es que pueden utilizar magia llamada imperius, la poción multijugos o incluso crear cuerpos con nuestra apariencia solo para capturar a quienes estén dentro, asi que tendremos que hacerlo al estilo muggle- Indicaba la chica de nuevo caminando a paso agigantado hacia la vereda que aparecía frente a ellos.
La vegetación era abundante, humeda, el clima era templado y el sonido de algunas ardillas rondaba el lugar acompañado de las aves que anidaban en las copas de los pinos gigantes del gran bosque de Manchester. A decir verdad era un sonido relajante para ambos quienes con los parpados pesados comenzaban a bostezar en señal de cansancio, pues no tuvieron oportunidad de descansar en todo el trayecto.
-Deberiamos acampar Hermione- Dijo el vampiro colocándose al frente de la chica mientras que ella evitaba mirarlo, aún se sentía culpable por tener sus sentimientos divididos y por ende el observar a Damon significaba un dolor más a su latente corazón partido.
-No creo que sea conveniente, temo que los hibridos nos estén siguiendo y que quieran revisar esta área, recuerda que los Celtas pueden localizar las presencias con el solo hecho de tocar la tierra-
-Ellos piensan que iremos a Londres, a Grimmauld place , incluso puede que nos quieran buscar en Mystic Falls- Se acercaba un poco a la castaña mirándola con esos ojos aguamarina que ahora estaban igual de cansados. La chica comprendió al instante que no ganarían nada con adelantar el paso si no tenían fuerza alguna para ya sea caminar o combatir contra algún secuaz de Silas.
-Esta bien, acamparemos, pero nos iremos a primera hora Damon-
-Genial, yo traeré los malvaviscos y tu contaras historias de terror- El vampiro pelinegro esbozaba su típica sonrisa para animar a la castaña, pero ella tan solo le correspondía difícilmente asintiendo con la cabeza para comenzar a armar la tienda.
Hermione sacó su bolso extensible para poder obtener un par de mantas que guardaba siempre como emergencia para ese tipo de casos; los tiraba al piso junto con algunos trozos de madera realizando el encantamiento para construir la tienda.
Con un movimiento de varita los retazos de tela se armaron y ensamblaron de tal manera que el vampiro pelinegro solo la observaba detenidamente admirando el gran trabajo que realizaba diestramente; la tienda estaba frente a el con todo lo necesario, pero le extrañaba la pequeñez de la misma, asi que volteó con ella arqueando una ceja.
-Entra Damon- Indicaba la castaña con la mano derecha hacia la entrada.
-Dormiremos bastante apretados entonces- Con una sonrisa de satisfacción el vampiro se disponía a entrar para llevarse una gran sorpresa, pues solo por fuera se miraba diminuta mientras que el interior era totalmente lo opuesto; había cuatro compartimientos amplios, una cocina integral equipada con lo necesario, un cuarto de baño, dos camas individuales y separadas asi como también una mesa de madera en el centro que fungía como comedor.
-Wow, simplemente, wow, sabes que podríamos vivir aquí toda la vida?.
-Hay mucha gente que lo hace, sobre todo esas que viven huyendo o que tienen que viajar mucho y no disponen de dinero para un hotel, siempre es muy practico- La castaña se adentraba para poder dirigirse a la cocina y preparar algo de chocolate caliente, pues en verdad necesitaba despejarse un poco y quitarse aquellos ojos grises llenos de rencor, de ira, de decepción.
No pudo evitar soltar una lagrima y limpiarla algo agresiva con la manga del sueter que ahora llevaba puesto; ladeó su cabello lacio para que el vampiro pelinegro no la mirara en ese estado, no podía evitar sentirse triste por haber dejado a Draco de esa manera y sobre todo le sorprendía que ahora volviera a trabajar para el lado oscuro. En cambio Damon se acercaba poco a poco a su espalda para abrazarla por detrás y apretarla con fuerza.
-Damon… suéltame este no es un buen momento para tener nada…- Replicaba ella en susurro tratando de no gritar o descontrolarse, pues ahora estaba mas susceptible que nunca pareciendo una olla de presión a punto de explotar.
-No hablo de tener sexo.. aunque no lo creas, no siempre es necesario.- Indicaba él y la castaña soltaba una risotada entre lágrimas.
-No me digas que el gran Damon Salvatore se esta ablandando- Mordia su labio inferior mientras que el solo tomaba su mentón con suavidad mirando esos ojos caramelo que ahora estaban acuosos conteniendo el llanto ocasionado por la confusión, la impotencia y el odio hacia si misma.
-Seras feliz con él Hermione.
-Damon … por favor no empieces, tu me escuchaste, esto no es fácil para mi.- Ella intentaba soltarse de su brazo pero él no se lo permitía.
-Yo Hermine, he estado acostumbrado a tomar siempre lo que deseo- Hacía una pausa para después sentarse en una de las sillas que se encontraban en la cocina. Colocaba el asiento frente a si mismo para ponerse a horcajadas posicionando sus brazos encima del respaldo y mirarla con detenimiento. –Siempre busco victimas que me puedan complacer para despues torturarlas, utilizarlas para lo que yo deseo, y al final termino matándolas- Suspira sonriendo como era su costumbre pero al poco tiempo apretaba sus labios sintiendo por primera vez un cargo de conciencia.
-He visto como se miran Draco y tú- Damon continuaba intentando sonreir fingiendo que no ocurría nada, pero era evidente que todo aquello le dolía sobremanera. – Son… la pareja perfecta, casi como el patético de mi hermano y Elena, asi que yo creo que todo esto no será mas que una confusión, quizá solo estes deslumbrada, o sientes el filo del peligro conmigo, o probablemente yo solo…- Tragaba saliva para despues volverla a mirar, pues lo que estaba a punto de decir sería algo irreparable, algo que era necesario para que ella pudiese tener en claro sus sentimientos.
-Probablemente yo siga… amando a Elena.- El evitaba mirarla mientras que la castaña sintió una daga en el corazón tan profunda como un abismo interminable que necesitaba salir a respira aire puro antes de ahogarse con ese pensamiento.
-Entonces lo nuestro fue…
-No debió ser Hermione… no debió ser desde un principio. – El chico mentía con todas las fuerzas de su ser, pues su corazón ansiaba por retractarse de aquellas palabras tan hirientes pero sabía que eran necesarias para que ella pudiese estar mas tranquila y decidir continuar con su compromiso.
-Entiendo Damon…- Ella hacía un esfuerzo sobrehumano para no llorar a cantaros por esa declaración, sabía perfectamente que Damon Salvatore no era capaz de amar, entregarse por completo a una persona salvo que fuese como una fijación, asi que solo se sintió mas culpable, mas sucia, mas traidora con aquellas palabras, pero no deseaba matarlo, sin embargo necesitaba poner espacio entre los dos.
-Ire a colocar el encantamiento protector, tu cama es la de allá, y si tienes hambre solo abre la hielera, ahí encontrarás algo de sangre sintética que Neville me envió. – la chica salía a pasos agigantados mientras que el pelinegro seguía sin expresión alguna; aferraba su vista a la manija de la estufa para evitar llorar como un desconsolado, pues era hombre y los hombres jamás derramaban una sola lágrima. No, Damon era un vampiro desgraciado, no un hombre, no un humano común y corriente que se puede entregar a una chica sin contemplaciones, sin condiciones, pues ahora su naturaleza era diferente a las demás, pues el depredador jamás se encariña con su presa.
Hermione se dirigió limpiando sus lagrimas al exterior de la tienda para convocar el encantamiento protector que les brindaría camuflaje y evitar que tanto los celtas o los secuaces de Silas estuviesen siguiéndoles la pista; para ella era difícil concentrarse ya que todo requería de precisión, astucia y algo de Aritmancia por las dimensiones del perímetro colindante. Cerraba los ojos un momento para recordar las palabras que el vampiro le enunció hace unos instantes.
"Lo nuestro no debió ser"
La castaña cerraba los ojos para posteriormente continuar con el encantamiento y al terminarlo decidió quedarse un rato afuera de la tienda para observar las estrellas. Aún pensaba en la decepción de su ahora ex prometido, la forma en la que Damon la rechazaba argumentando estar enamorado de su antigua obsesión Elena Gilbert y sobre todo en la forma que sus sentimientos habían cambiado en tan poco tiempo. Era difícil decidir, pues eran polos exactamente iguales; carácter, forma de ser, personalidad, sonrisa, pero con técnicas diferentes de demostrar el afecto a las personas.
Pasó un tiempo razonable y ahora más tranquila se introducía en la tienda para poder descansar un poco aunque con toda la maraña que tenía en la cabeza le resultaba totalmente inútil; rogaba por que el pelinegro estuviese dormido y no encontrarse con su mirada, en realidad no le apetecía.
Dio un trago generoso a su chocolate caliente para despues dejarlo en el buró y recostarse del lado contario para evitar toparse con el vampiro que ahora rompía su corazón en mil pedazos ; apretaba sus labios para evitar sollozar para que el ojiazul no pudiese escucharla, se abrazaba a si misma para cerrar sus ojos y olvidar, desterrar aquellas palabras tan hirientes que la habían lastimado.
Damon la sintió llegar escuchando el sonido de la sabana al desdoblarse de la cama, miraba a otro lado con sus ojos llenos de lagrimas, sabía perfectamente que lo que tuvo que decir fue para que ella estuviera con Draco, pues por una parte comprendía al platinado a la perfección, se sentía identificado con él ya que le pasó lo mismo con Stefan su hermano y a pesar de que el Slytherin no fuese nada siquiera cercano prefirió dejar que la "feliz pareja fuera dichosa", el no tenía nada que hacer ahí.
La amaba, la amaba mas que nada en el mundo, la amó desde el instante que lo rescató precisamente en ese bosque, su corazón se encogía más de la cuenta al recordar que estaba situado en ese lugar donde comenzó todo. Se frotaba las manos constantemente no para evitar el frio o mitigarlo, sino para descargar de alguna manera su impotencia. Cerró sus ojos para olvidar, deseaba volver a cerrar sus sentimientos y ser el mismo cabrón y perro vampiro que solía ser en sus mejores días, pero era imposible… pues al siquiera imaginarlo el rostro de Hermione Granger lo desarmaba.
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Silas se encontraba como siempre esperando en aquella mansión vieja, descuidada y empolvada no preocupándole el hecho de quien hiciera la limpieza. Se paseaba de un lado a otro sosteniendo una copa de licor prestando atención a un prendedor que sostenía entre sus manos, sus ojos verdes miraban con detenimiento la pieza suspirando un poco para despues sentarse en el sillón y contemplar la luna.
-Regresaras, juro por mi vida que regresaras a mi lado.- Decía para si mismo cerrando sus ojos por un momento y al abrirlos proyectar un pasaje que había vivido hace muchos años, lo recordaba como si hubiese sido ayer.
Esa misma luna ahora adornaba un gran balcón de cantera, las rosas que lo ornamentaban se entrelazaban una a otra combinando los colores rojo, rosa y blanco de una manera tan estética como el gusto exquisito de aquella familia acaudalada. Un joven de cabello rubio cenizo y ojos verdes llegaba al lugar despues de burlar la seguridad que se tenía en los patios traseros de la gran finca.
No le importaba otra cosa mas que ver a su amada una vez mas y estar el mayor tiempo posible con ella. Observó a una mujer d cabello rizado, piel blanca y ojos color caramelo con unos labios pequeños y sensuales, su rostro de niña era lo que mas llamaba la atención no solo con los jóvenes aristócratas que conocían a la familia sino con todos los demás a los que se les consideraba inferiores o no dignos de mirarla siguiera. El hombre llegaba vestido con una camisa de manta holgada y pantalón untado a sus piernas de color café oscuro, sus botas de piel de ternera le ayudaban a fijar su pisada en los huecos de la cantera para asi reunirse con su amada.
-¡Silencio! ¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta, el sol! ¡Surge, esplendente sol, y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella, la has aventajado en hermosura! ¡No la sirvas, que es envidiosa! Su tocado de vestal es enfermizo y amarillento, y no son sino bufones los que lo usan, ¡Deséchalo! ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece!… Habla… más nada se escucha; pero, ¿qué importa? ¡Hablan sus ojos; les responderé!…Soy demasiado atrevido. No es a mi a quien habla. Do de las más resplandecientes estrellas de todo el cielo, teniendo algún quehacer ruegan a sus ojos que brillen en sus esferas hasta su retorno. ¿Y si los ojos de ella estuvieran en el firmamento y las estrellas en su rostro? ¡El fulgor de sus mejillas avergonzaría a esos astros, como la luz del día a la de una lámpara! ¡Sus ojos lanzarían desde la bóveda celestial unos rayos tan claros a través de la región etérea, que cantarían las aves creyendo llegada la aurora!… ¡Mirad cómo apoya en su mano la mejilla! ¡Oh! ¡Mirad cómo apoya en su mano la mejilla! ¡Oh! ¡Quién fuera guante de esa mano para poder tocar esa mejilla!- Enunciaba el mancebo postrando su mirada en la joven hermosa.
-¡Ay de mí!- Respondía ella algo afligida, pues llevaba algo de tiempo esperando a su amado.
- Habla. ¡Oh! ¡Habla otra vez ángel resplandeciente!… Porque esta noche apareces tan esplendorosa sobre mi cabeza como un alado mensajero celeste ante los ojos extáticos y maravillados de los mortales, que se inclinan hacia atrás para verle, cuando él cabalga sobre las tardas perezosas nubes y navega en el seno del aire.
- ¡Oh Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? Niega a tu padre y rehusa tu nombre; o, si no quieres, júrame tan sólo que me amas, y dejaré yo de ser una Capuleto.
- ¿Continuaré oyéndola, o le hablo ahora?- Respondía el sonriendo con devoción sentándose en el filo del balcón sin temor alguno de ser detectado por un guardia, ella entre tanto jugaba con sus manos engalanadas y enguantadas en encaje blanco mirándolo con algo de preocupación y tristeza.
- ¡Sólo tu nombre es mi enemigo! ¡Porque tú eres tú mismo, seas o no Montesco! ¿Qué es Montesco? No es ni mano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni parte alguna que pertenezca a un hombre. ¡Oh, sea otro nombre! ¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación! De igual modo Romeo, aunque Romeo no se llamara, conservaría sin este título las raras perfecciones que atesora. ¡Romeo, rechaza tu nombre; y a cambio de ese nombre, que no forma parte de ti, tómame a mi toda entera!
- Te tomo la palabra. Llámame sólo "amor mío" y seré nuevamente bautizado. ¡Desde ahora mismo dejaré de ser Romeo!
- ¿Quién eres tú, que así, envuelto en la noche, sorprendes de tal modo mis secretos?
- ¡No sé cómo expresarte con un nombre quien soy! Mi nombre, santa adorada, me es odioso, por ser para ti un enemigo. De tenerla escrita, rasgaría esa palabra.
- Todavía no he escuchado cien palabras de esa lengua, y conozco ya el acento. ¿No eres tú Romeo y Motesco?
- Ni uno ni otro, hermosa doncella, si los dos te desagradan.
- Y dime, ¿cómo has llegado hasta aquí y para qué? Las tapias del jardín son altas y difíciles de escalar, y el sitio, de muerte, considerando quién eres, si alguno de mis parientes te descubriera.
- Con ligeras alas de amor franquee estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor; y lo que el amor puede hacer, aquello el amor se atreve a intentar. Por tanto, tus parientes no me importan.
- ¡Te asesinarán si te encuentran!
- ¡Ay! ¡Más peligro hallo en tus ojos que en veinte espadas de ellos! Mírame tan sólo con agrado, y quedo a prueba de su enemistad.
- ¡Por cuanto vale el mundo, no quisiera que te viesen aquí!
- El manto de la noche me oculta a sus miradas; pero, si no me quieres, déjalos que me hallen aquí. ¡Es mejor que termine mi vida víctima de su odio, que se retrase mi muerte falto de tu amor.
- ¿Quién fue tu guía para descubrir este sitio?
- Amor, que fue el primero que me incitó a indagar; él me prestó consejo y yo le presté mis ojos. No soy piloto; sin embargo, aunque te hallaras tan lejos como la más extensa ribera que baña el más lejano mar, me aventuraría por mercancía semejante.
- Tú sabes que el velo de la noche cubre mi rostro; si así lo fuera, un rubor virginal verías teñir mis mejillas por lo que me oíste pronunciar esta noche. Gustosa quisiera guardar las formas, gustosa negar cuanto he hablado; pero, ¡adiós cumplimientos! ¿Me amas? Sé que dirás: sí, yo te creeré bajo tu palabra. Con todo, si lo jurases, podría resultar falso, y de los perjurios de los amantes dicen que se ríe Júpiter. ¡Oh gentil Romeo! Si de veras me quieres, decláralo con sinceridad; o, si piensas que soy demasiado ligera, me pondré desdeñosa y esquiva, y tanto mayor será tu empeño en galantearme. En verdad, arrogante Montesco, soy demasiado apasionada, y por ello tal vez tildes de liviana mi conducta; pero, créeme, hidalgo, daré pruebas de ser más sincera que las que tienen más destreza en disimular. Yo hubiera sido más reservada, lo confieso, de no haber tú sorprendido, sin que yo me apercibiese, mi verdadera pasión amorosa. ¡Perdóname, por tanto, y no atribuyas a liviano amor esta flaqueza mía, que de tal modo ha descubierto la oscura noche!
- Júrote, amada mía, por los rayos de la luna que platean la copa de los árboles…
- No jures por la luna, que es su rápida movimiento cambia de aspecto cada mes. No vayas a imitar su inconstancia.
- ¿Pues por quién juraré?
- No hagas ningún juramento. Si acaso, jura por ti mismo, por tu persona que es el dios que adoro y en quien he de creer.
- ¿Pues por quién juraré?
- No jures. Aunque me llene de alegría el verte, no quiero esta noche oír tales promesas que parecen violentas y demasiado rápidas. Son como el rayo que se extingue, apenas aparece. Aléjate ahora: quizá cuando vuelvas haya llegado abrirse, animado por las brisas del estío, el capullo de esta flor. Adiós, ¡ojalá caliente tu pecho en tan dulce clama como el mío!
- ¿Y no me das más consuelo que ése?
- ¿Y qué otro puedo darte esta noche?
- Tu fe por la mía.- Contestaba el joven devotamente al escuchar las palabras de su amada
- Antes de la di que tú acertaras a pedírmela. Lo que siento es no poder dártela otra vez.
- ¿Pues qué? ¿Otra vez quisieras quitármela?
- Sí, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que tengo ya. Pero mi afán de dártelo todo es tan profundo y tan sin límite como los abismos de la mar. ¡Cuando más te doy, más quisiera date!… Pero oigo ruido dentro. ¡Adiós no engañes mi esperanza… Ama, allá voy… Guárdame fidelidad, Montesco mío. Espera un instante, que vuelvo en seguida.
- ¡Noche, deliciosa noche! Sólo temo que, por ser de noche, no pase todo esto de un delicioso sueño- Poetizaba el joven de cabello rubio cenizo mirando a los ojos a su amada quien todavía era iluminada por los rayos de luna, y al mismo tiempo ella se asomaba a la ventana.
- Sólo te diré dos palabras. Si el fin de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al mensajero que te enviaré, de cómo y cuando quieres celebrar la sagrada ceremonia. Yo te sacrificaré mi vida e iré en pos de ti por el mundo.
En ese instante la dama de compañía que asistía a la joven la llamaba desde dentro de los aposentos haciendo que ambos se miraran fijamente para disfrutar aunque fuese unos segundos mas de su compañia
- ¡Julieta!
- Ya voy. Pero si son torcidas tus intenciones, suplícote que…
- ¡Julieta!
- Ya corro… Suplícote que desistas de tu empeño, y me dejes a solas con mi dolor. Mañana irá el mensajero…
- Por la gloria…- En ese momento el joven le tomaba la mano derecha para besar su dorso de manera devota, sublime y dedicada.
- Buenas noches.
- No. ¿Cómo han de ser buenas sin tus rayos? El amor va en busca del amor como el estudiante huyendo de sus libros, y el amor se aleja del amor como el niño que deja sus juegos para tornar al estudio.- El replicaba un poco para retenerla aunque fuese un instante
- (Otra vez a la ventana) ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos a los halcones¡ Si yo pudiera hablar a gritos, penetraría mi voz hasta en la gruta de la ninfa Eco, y llegaría a ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo.
- ¡Cuán grado suena el acento de mi amada en la apacible noche, protectora de los amantes! Más dulce es que la música en oído atento.
- ¡Romeo!
- ¡Alma mía!
- ¿A qué hora irá mi criado mañana?
- A las nueve.
- No faltará. Las horas se me harán siglos hasta que llegue. No sé para qué te he llamado.
- ¡Déjame quedar aquí hasta que lo pienses!
- Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que pensaba, recordando tu dulce compañía.
- Para que siga tu olvido no he de irme.
- Ya es de día. Vete… Pero no quisiera que te alejaras más que el breve trecho que consiente alejarse al pajarillo la niña que le tiene sujeto de una cuerda de seda, y que a veces le suelta de la mano, y luego le coge ansiosa, y le vuelve a soltar…
- ¡Ojalá fuera yo ese pajarillo!
- ¿Y qué quisiera yo sino que lo fueras? Aunque recelo que mis caricias habían de matarte. ¡Adiós, adiós! Triste es la ausencia y tan dulce la despedida, que no sé cómo arrancarme de los hierros de esta ventana.
En ese instante Silas salía de su ensoñación para observar la misma luna, aquella que ahora alumbraba tenuemente la habitación polvosa y descuidada donde se encontraba sentado en el sillón bebiendo de su copa de licor. De sus mejillas brotaban un par de lagrimas al recordar aquel pasaje que siempre tenía en lo más profundo de su corazón, pues a pesar de los años, los siglos todo parecía como si hubiese sido el dia anterior.
Se levantó completamente para después volver a dar un sorbo a su bebida y apretar sus labios.
- ¡Qué el sueño descanse en tus dulces ojos y la paz en tu alma! ¡Ojalá fuera yo el sueño, ojalá fuera yo la paz en que se duerme tu belleza.- Cerraba sus ojos por un momento recreando la imagen de su amada Juliette.
