La última esperanza
Capítulo 35
Ben estaba en Jakku. El sol abrasador y la sequedad del planeta le obligaron a taparse la cabeza con su capa. El viento de poniente resecó sus labios.
Caminó por entre el gentío del Puesto de Avanzada Niima, lugar imprescindible para reponer todo tipo de tecnología y mecánica. Por ello Jakku era conocida como un cementerio de naves.
—Ir de negro no es buena idea, señor —le dijo alguien que luego se echó a reír.
Ben lo ignoró y continuó buscando.
Escuchó a una chiquilla llorar desconsoladamente mientras dos adultos, que parecieron sus padres, hablaban con otro tipo de aspecto poco agradable.
Se acercó hasta allí y escuchó con disimulo.
—La niña no vale tanto.
—¡Venga! Está sana —dijo el que pareció el padre.
—Es una enclenque, apenas me servirá. Como mucho serviría para limpieza.
La madre no dijo nada, solo sujetó a la pequeña contra su cuerpo. En ella se vio una expresión de tristeza.
—100 créditos es una barbaridad. ¡Estáis locos por pedir semejante dineral!
—50 y es suya —bajó radicalmente de precio.
—5.
—¡Eso no es regatear! —se quejó el padre.
—Está bien, 20 créditos y esa caja de alcohol que querías cambiar por ella.
—¡Hecho! —dijo con entusiasmo—. Vamos, dásela.
La niña, que llevaba tres moños en la cabeza, sollozó y se agarró a las ropas harapientas de su madre.
—¡Mamá! —chilló al ser arrancada de sus brazos.
Pero la mujer estaba apática y nada hizo.
—Deja de llorar, Rey. Venga, camina.
La empujó contra el contrabandista, que la asió de un delgado bracito.
La transacción se dio sin mayor problema y los padres de Rey se marcharon con el dinero y un cargamento de bebidas, desapareciendo.
Ben se acercó a donde estaba el hombre con la niña. Esta se asustó al verlo; alto, de negro y con una cicatriz en el rostro.
—¿Está interesado, señor? Sería una buena esclava.
—Solo es una niña.
—¡Mejor! Son más dóciles.
Ben se puso de rodillas para hablar con Rey, que no se atrevió a mirarlo. Hizo pucheros y rompió a llorar de nuevo, desconsolada.
—¿Te llamas Rey? —esta asintió—. Es un bonito nombre. ¿Cuántos añitos tienes?
—Seis.
—Sé fuerte, Rey.
—¿Mis papás volverán?
Ben sintió que se rompía por dentro.
—No lo sé —mintió. Se vio incapaz de decirle la verdad—. Pero tú has de ser fuerte siempre —le repitió mientras le limpiaba las lágrimas de su carita preciosa.
—Bueno, ¿se la queda? 50 créditos y es suya.
Ben se los dio, pero no cogió a la niña. Solo le hizo una advertencia:
—Si me entero de que sufre, volveré y te mataré.
El contrabandista tragó saliva. Aquellos ojos oscuros no parecieron mentir.
Tuvo que dejar atrás a la niña, que siguió llorosa viéndole partir.
Buscó a sus padres que, no muy lejos de allí, se estaban bebiendo el cargamento de licores. El padre por puro alcoholismo y la madre de depresión.
Aprovechó que ella se apartaba, tambaleándose, y le cortó el paso.
—¿Cómo has podido vender a tu hija por alcohol? —fue a bocajarro.
Ella se le quedó mirando, confusa.
—Yo… No quería… —gimoteó.
—¿Te ha obligado él? —asintió en silencio—. Puedo volver a traerla…
—¡No! No debe estar con nosotros… Es mejor así.
—¿Por qué?
—Es especial… Él no lo sabe, pero ella es especial…
—Porque es sensible a la Fuerza… —concluyó Ben.
La mujer quedó confundida.
—¿Cómo lo sabe, señor?
—Yo también lo soy.
—Vengo de un largo linaje de Dathomir…
Ben entendió mejor todo.
El marido la llamó a gritos y la mujer volvió dando tumbos, ebria.
Ben se fue, sabiendo que, en algún momento de la noche, los asaltarían para robarles el cargamento y matarlos, dejándolos tirados en una fosa común.
Rey en realidad, tuvo suerte sin saberlo.
El día despuntó en Jakku.
Ben se despojó de la capa y la chaqueta. El calor, de buena mañana, ya era sofocante en las salinas.
Llegó a los restos de un AT—AT magullado que servía de hogar a Rey.
Entró directamente al saber que ella no estaba allí.
Observó el entorno: rústicos muebles, flores resecas del desierto, un catre sencillo con pinta de no ser muy cómodo, y otros utensilios para cocinar o comer.
En una pared, miles de muescas indicaban los días que Rey había estado esperando a sus padres.
—¡Quién eres!
La inconfundible voz de Rey, algo más aniñada, le hizo volverse.
Esta, una joven adolescente, le apuntaba con su lanza. Continuaba con sus moños recogiendo el delicado cabello.
—Ben Solo —le dijo, con el corazón a cien. Ya era preciosa.
—¡Y qué quieres! No tengo nada de valor, como puedes ver.
—Solo quiero agua.
Rey le miró de abajo arriba y dejó de apuntarle. Se sacó una redoma de la mochila y se la tendió.
Ben bebió cautelarmente, pues no deseaba dejarla sin el preciado líquido.
Se la devolvió.
—Tengo más, bebe si quieres.
—Es suficiente. Muchas gracias.
—No tienes pinta de chatarrero. El puesto Avanzada está…
—Lo sé. Me he perdido —mintió.
—Te puedo llevar allí. Tengo un deslizador… Aunque no va lo que se dice muy bien.
A pesar de no conocerlo, Rey fue amable con él sin perderlo de vista, por si las moscas.
—No tengo mucho de comer, pero puedo darte algo.
—Te lo agradecería —fue todo lo cortés que pudo.
Ben estaba sintiendo cosas muy fuertes. Puede que fuera más niña que mujer, pero estaba enamorado de ella.
—Siéntate —le indicó la joven, mientras cocinaba algo, lo poco que le quedaba para pasar el día. Pese a ello, Ben se sintió halagado de que lo compartiera con él.
—¿Cuántos años tienes? —indagó.
—Quince, o eso creo… He perdido un poco la cuenta… —Ella miró a la pared con las muescas.
—¿Vives sola?
—¿Tú que crees? Ahora estoy esperando a mis padres. No creo que tarden mucho en volver.
A Ben se le detuvo el corazón.
—¿Y tú? ¿Qué es de ti? ¿Estás solo también?
"Ya no". Pensó Ben.
—En este viaje sí. He venido a buscar unas piezas para mi nave; el Halcón Milenario.
Rey abrió mucho los ojos.
—¡Es la nave de Han Solo! —Le brillaron los ojos.
—Es mi padre.
—¿De verdad todo lo que cuenta de él es cierto?
—Supongo que sí… Para bien o para mal.
—¿Y tú también eres contrabandista?
—No, yo no lo soy. Soy… Un Jedi, como mi tío Luke Skywalker.
Rey había oído hablar de todos ellos y se la veía alucinada.
—Um… No me estarás engañando.
—No, mira…
Ben atrajo un plato hacia él con la Fuerza. Sencillo pero efectivo.
—¡Me encantaría poder hacerlo!
—Estoy seguro de que harás cosas más increíbles en unos años.
Rey enrojeció al mirarlo, pues Ben la miró a su vez, ensimismado.
—Solo soy una chatarrera… que está sola. Toda la vida… sola.
En aquellos momentos, junto a ella en su pequeño hogar, se sintió miserable. Su propia soledad era un espejismo al lado de la de la chica.
Él tuvo dos padres que, aunque no le dieron el cariño necesario cuando lo necesitó, estuvieron siempre presentes y vivos. No le faltó un hogar, ni una cama mullida. Mucho menos comida y atenciones médicas. Aunque fuese un incomprendido, la tremenda soledad de Rey le hizo ver que tuvo cuanto quiso, y que muchas veces lo rechazó por puro egocentrismo.
El príncipe y la chatarrera, allí sentados desayunando juntos.
—Estoy más que seguro de que, en unos años, dejarás de estarlo.
—¿Ves este peinado? Lo llevo siempre, para que mis padres me reconozcan cuando vuelvan.
—A veces la familia no es la que nos toca, sino la que creamos nosotros mismos. Lazos de amistad y amor, creando la nuestra propia.
—Solo soy una chica sola. No creo que tenga pronto mi propia familia y amigos.
—Cualquier hombre, con dos dedos de frente, se fijaría en ti.
Rey se levantó, nerviosa y recogió los platos para dejarlos en la pila.
—¿Te llevo a Niima?
—Me gustaría acompañarte durante todo el día antes de que me lleves.
—Bueno… —balbuceó—. Pero mi día a día es un completo aburrimiento: buscar piezas, seleccionarlas, arreglarlas, llevarlas allí y malvenderlas para poder sobrevivir.
—Puedo ayudarte. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte que me hayas acogido en tu hogar y ofrecido tus escasos víveres.
Rey sonrió de oreja a oreja y Ben se sintió morir.
Aquella era su mujer, más joven, pero su mujer.
Pasaron el día buscando chatarra. Ben la ayudó, a través de la Fuerza, para alcanzar piezas imposibles de recoger de forma normal.
El día terminó con un cargamento que le podría reportar a Rey muchos beneficios y más seguridad durante un tiempo.
Empezó a ponerse el sol y bajaron las temperaturas. Ben volvió a ponerse la chaqueta y la capa.
—Muchas gracias —Rey lo asió de las manos, con atrevimiento.
—Ha sido un placer conocerte, Rey.
—Lo mismo digo… Oye… ¿cómo te hiciste esa cicatriz?
—Es una larga historia. Pero la llevo con mucho orgullo, porque quien me la hizo es importante para mí.
Rey se quedó confusa.
Antes de llevarlo a Niima, Rey marcó otra muesca en la pared, pero la rodeó con un óvalo.
—¿Qué haces?
—Hoy es un día importante.
Ben enrojeció al comprender su significado. No había ninguna otra muesca así marcada.
Se subieron en el deslizador, que renqueó un poco al principio.
—Es por tu peso, Ben. Eres muy grande. Pero llegaremos.
El vehículo se deslizó por encima de las dunas y salinas, en dirección a Niima.
Dio algunos tumbos y Ben tuvo que agarrase a la estrecha cintura de Rey. La sintió temblar cuando la rodeó con sus fuertes brazos.
—¿Tienes frío? —le preguntó.
—Sí… —gimió ella. Pero Ben supo de inmediato que no era cierto, que temblaba por el estrecho contacto.
Para desgracia de ambos, llegaron a destino.
Ella pareció a punto de echarse a llorar.
Ben se acercó a su mejilla y la besó, susurrándole al oído:
—Eres fuerte, posees la Fuerza, eres especial.
Ella le miró, sonrojada, tal vez esperando algo más.
Ben quiso poder besarla en los labios, tal y como ella parecía desear, pero no era el momento ni el lugar.
—Volveremos a vernos, Rey.
Ben observó a la joven desaparecer en su deslizador.
Volvió a las dunas y se apoyó en una roca, para dormir, no sin antes observar la inmensidad de la Galaxia en el cielo nocturno y cuajado de estrellas.
Al despertar sintió el calor de una hoguera frente a él. Fue agradable, pues hacía una humedad fría.
Ya no se hallaba en Jakku, y delante de él estaba sentada la Rey adulta. Llevaba el cabello suelto y se tapaba con una manta, aunque sus delicados hombros estaban al descubierto.
Observó el entorno: una casita del poblado Jedi, ubicada en Ahch-To.
La primera vez no pudo ver el entorno, pero en aquel momento estaba realmente allí con Rey.
Esta le tendió su mano. Se quitó el guante y la acercó para tocar las yemas de sus dedos.
Fue electrizante, como la primera vez.
Se inclinaron ambos, lentamente, el uno hacia el otro, mirándose.
Ben quiso hablar, pero fue incapaz. Sintió que hacerlo estropearía el íntimo momento. Sin embargo, se acercó mucho más a ella y la cogió de la mano, entrelazando sus dedos, apretándolos para darle a entender lo que sentía por ella.
Rey respiró con agitación y también se le acercó más.
—Te he esperado mucho tiempo, Ben… —Rey rompió el silencio.
—Lo sé… Perdóname por tardar…
—¿Por qué te convertiste en Kylo Ren?
—Porque me sentía solo…
—Me podías haber venido a buscar a Jakku. Pero me obligaste a hacerte aquello en la cara…
—Te dije que estaba orgulloso de mi cicatriz.
—No lo entiendo…
—Esto es tu sueño, Rey, yo solo estoy dentro de él…
—¿Mi sueño?
Rey pareció no entender.
Luke apareció de pronto y los interrumpió, furibundo.
Pero sus manos no se soltaron, solo que ya no estaban en Ahch-To, sino en la Supremacía.
Snoke yacía partido en dos bajo su trono, y los Pretorianos muertos por toda la sala.
Ella había cogido su mano con fuerza y lo miraba.
—Elijo estar contigo —dijo ella—. Aunque sea en el Lado Oscuro. Aunque seas Kylo Ren…
—¡No! —Ben le apartó la mano y le tendió el arma láser que tenía en la otra—. Esta espada te pertenece, cógela y vete. ¡Ve hacia el lado luminoso de la Fuerza!
—¡He elegido!
—Y yo no te lo permitiré. Debes irte, lejos de mí. ¡Ahora!
Rey sollozó con amargura y cogió la empuñadura del arma, sin dejar de mirarlo.
Ben la asió del rostro y se unieron en un beso entre tierno y apasionado.
—Te dije que no eras nadie, que solo lo eras para mí… Pero no es así. Lo eres todo, para todos. Eres la Fuerza, la Oscura y la Luminosa. Y debes volver.
Rey reculó sin dejar de mirarlo, y asintió.
—Vete, ahora… chatarrera.
Ella corrió lejos.
Ben cerró los ojos y las lágrimas le cayeron por el rostro.
Una enorme explosión le rodeó. Primero llegó la Luz y luego la Oscuridad.
