CAPÍTULO 34
John y él agarraban cada uno un brazo de Sherlock, conteniéndole para que no se le echara encima al doctor. Greg jamás le había visto tan alterado como en ese momento, tenía que usar toda su fuerza para evitar que el hospital le pusiera una denuncia por un puñetazo malintencionado de Sherlock.
— ¡Le he dicho que aún no están los resultados! —gritó el doctor en la puerta de su despacho, imponiéndose—. ¡Estarán por la tarde, y si no se calma para entonces no vuelva!
El doctor se encerró en su despacho con un portazo y Sherlock se liberó de ellos dos con un movimiento brusco.
— ¡Tenga por seguro que me quedaré el tiempo que haga falta! —gritó Sherlock para que el doctor le oyera a través de la puerta, y acto seguido resopló.
—No te vas a quedar aquí, Sherlock—dijo Greg poniéndose entre él y la puerta del despacho.
—Tú no me das órdenes a mí, Lestrade—Sherlock alzó su barbilla, con esa actitud suya entre orgullo y arrogancia.
Greg pudo oír a través de la puerta al doctor llamando a la seguridad del hospital, así que debían darse prisa si no querían meterse en un lío.
—Sherlock…—Greg estaba perdiendo la paciencia.
—Aparta, voy a decirle un par de cosas a ese doctor…—quiso apartar a Greg, pero éste le paró para que no pasara.
—John, por favor, hazle entrar en razón—rogó, y John con un simple roce en el hombro de Sherlock hizo que parara.
—Sherlock, déjalo estar—dijo John con el tono más tranquilizador que Greg le había oído—. Así sólo conseguirás empeorar la situación de Mycroft.
—Su deber como médico es…
—Ya sé cuál es su deber, pero con tu enfado no lo estás facilitando.
Sherlock se calló unos segundos, alisó su abrigo y volvió al Sherlock de siempre.
—De acuerdo.
Greg contempló la escena: John con la mano apoyada en el hombro de Sherlock mientras los dos se miraban. Al igual que jamás había visto a un Sherlock tan alterado, jamás había visto a alguien capaz de tranquilizar a otro en cuestión de segundos. No sabía muy bien qué se traían entre manos esos dos y tampoco estaba seguro de querer saberlo en esos momentos, así que carraspeó para sacar a Sherlock y a John de esa conversación no verbal que estaban teniendo.
—Ahora que nos hemos tranquilizado—dijo Greg—, tenemos que pensar qué vais a hacer.
—No sé qué tienes pensado tú, pero yo me quedó aquí a esperar los resultados— sentenció Sherlock.
—Será mejor que yo me quede—objetó Greg—, no quiero que por tu culpa nos metamos en problemas con el hospital.
—Vamos, Lestrade—resopló Sherlock queriendo contestar, pero John apretó su hombro y se calló.
—Yo también creo que es lo mejor, Sherlock. Estás muy alterado.
—Serás más útil averiguando cosas sobre James Moriarty—dijo Greg cruzándose de brazos—. Necesitamos recopilar toda la información posible hasta que Mycroft despierte.
—Pero…—Sherlock estaba como perdido, sin saber qué hacer o decir. Desde que salieron de Baker Street estaba completamente descolocado, no actuaba como solía hacerlo. Y él lo sabía.
—Yo me quedaré aquí, no te preocupes. No tengo nada mejor que hacer, y tampoco puedo ayudar en mucho más.
—No digas eso, Greg—Greg vio al menor de los Holmes mirar cómo John bajaba su mano—. Tú has averiguado el nombre, eso es más de lo que Sherlock o Mycroft han podido hacer.
Para sorpresa de Greg, Sherlock no dijo nada. Empezaba a pensar que tenía fiebre. Y tampoco se sentía muy a gusto con lo que decía John, lo había encontrado de pura casualidad.
—Vosotros tenéis más oportunidades de saber sobre él—miró a Sherlock a los ojos y dijo lo más serio que pudo—: espero que a partir de ahora ayudes de verdad, no como hasta ahora.
Sherlock asintió con la cabeza.
—Vamos, John. Voy a necesitar estimulantes para este caso.
John y Sherlock se alejaron por el pasillo, hablando.
—No pienso decirte dónde están los cigarrillos.
—Sólo diez, el resto te los quedas.
—No.
—Siete.
—No.
—Cinco y quitaré los frascos de formol de la mesilla.
—Mm…
Escuchando el último retazo de la conversación y observándoles, Greg supo que algo se avecinaría tarde o temprano, pero no quería preocuparse de ello en ese momento. Llamó al despacho del doctor, que al ver que no había gritos abrió la puerta.
—Dígame, señor Lestrade.
— ¿Dijo que los resultados estarían para esta tarde?
—Así es, pero le aviso que no albergue muchas esperanzas.
—Suponía que diría eso—dijo Greg con una sonrisa resignada—. De todas formas estaré por el hospital todo el día para cuando los tenga.
—Le avisaré, no se preocupe. Por suerte no es un hospital muy grande, uno no se puede esconder en muchos sitios.
Greg se despidió del doctor y decidió dar una vuelta por el hospital. Tenía todo el día por delante y nada que hacer, excepto obsesionarse con Moriarty. Debía confiar en que Sherlock y John encontraran algo sobre él, pero no era eso lo que más le preocupaba.
Tenía que saber por qué antes del caso Schmidt, por qué antes de conocer a Sherlock, por qué antes de ser alguien importante en Scotland Yard, Moriarty le tenía en el punto de mira. Por más que pensara no se le ocurría que tuviera ninguna relación con nadie que se apellidara Moriarty, aunque después de lo que pasó con Diventare se esperaba cualquier cosa.
Mycroft le había hecho creer que fue de relativa casualidad que le escogiera a él de pareja para desenmascarar a Lindström, a Koval, ese malnacido… Sólo pensar en él le revolvía el estómago y le hacía querer echar toda la comida, así que fue a la cafetería a por un té que le asentara el estómago y se sentó en una de las muchas mesas vacías de la sala, pensando profundamente en el problema.
Aunque Mycroft le hubiera hecho creer eso, no era casualidad. Moriarty le había avisado años antes del caso Schmidt que él era una persona fundamental. Pero… ¿Fundamental para qué? ¿Acaso la mente brillante de Moriarty habría podido prever el caso Schmidt? En ese momento una idea aún peor se pasó por su mente: ¿y si fue Moriarty quien provocó todo aquello? Si eso fuera verdad se estarían enfrentando a un genio del mal, un Sherlock dedicado al crimen. Si fuera verdad, sería aterrador. Y cuanto más lo meditaba, más cierto le parecía. Sólo tenía que pensar en Diventare.
Moriarty la reclutó no sólo por su mente perversa, sino también por su obsesión hacia él. Alimentó esa obsesión, ese rencor, ese "amor" que ella tenía y la convirtió en una criminal que le salvó de otro criminal. ¿Y si estaba también detrás de Lindström? Había tantas posibilidades… Y cada una más temible que la anterior.
— ¿Lestrade? —una voz extrañamente familiar le sacó de sus pensamientos y alzó la cabeza del té para ver quién le llamaba. Era un hombre alto y robusto con un parche en la mejilla, facciones duras pero amables, una corbata roja mal abrochada, una gabardina verde… No sabía por qué le era tan familiar ese hombre—. ¡Vaya, amigo! ¿Qué haces aquí?
—Perdone, creo que no…
— ¡Oh! Perdona, es normal que no te acuerdes—dijo con una sonrisa y se sentó frente a él—. Soy Bannister—dijo en tono confidencial mientras abría discretamente su gabardina verde para dejar ver una placa policial—, antiguo colega de homicidios. ¿Se acuerda del caso del circo? ¿Ese del domador de leones?
Greg hizo memoria, pero no tuvo que rebuscar mucho.
— ¡Ah! ¡Ya me acuerdo! Usted fue el que encontró el cadáver, ¿no?
—Eso es, amigo—dijo con otra sonrisa contagiosa.
Policía Dick Bannister, alguien con pinta de tipo duro pero que en el fondo era un trozo de pan. Era bastante conocido en la división de homicidios, gracias a su apariencia más de un sospechoso confesó ser el autor del crimen, pero como profesional dejaba mucho que desear. A veces era demasiado inocente, demasiado incrédulo durante las investigaciones y con algunos sospechosos, pero sus colegas siempre se alegraban de que les sacara una sonrisa hasta en el peor de los momentos.
— ¿Qué tal te va todo, Bannister? ¿Sigues en narcotráfico?
—Sí, sí… aunque debería llamarme Inspector, ¿sabe?
— ¿De verdad? —preguntó Greg casi derramando el té por la mesa. Se extrañaba que le hubieran ascendido, era demasiado incompetente, por muy buena voluntad que tuviera.
—Ya, ya sé lo que está pensando…—se rascó detrás de la cabeza un poco avergonzado—. Mi superior tuvo un paro cardíaco y se fue para el otro mundo, ¿sabe? Y bueno, en ese momento no había muchas personas que estuvieran al tanto del caso que estaba llevando, excepto yo y otro más.
— ¿Se lo asignaron a usted?
—No, qué va—dijo Bannister con una risotada.
—Ah. ¿Entonces…?
—El otro también murió, una pena—cambió drásticamente su cara de felicidad a una de pena. Greg pensaba que le habría ido mucho mejor como payaso.
—Vaya, lo siento. Un puesto gafado, ¿eh?
—Un poco, pero para llevarme al otro barrio hace falta mucho más que eso.
Los dos se rieron, alterando la calma que se respiraba en la cafetería.
— ¿Y qué te trae por aquí?
—Una redada en un bar. El camello se metió todo lo que tuvo a mano para hacerlo desaparecer. No fue muy inteligente por su parte. Estoy esperando a que terminen el lavado de estómago para arrestarle. ¿Y tú?
—Oh, por un amigo—dijo sin más, no le apetecía explicar más de lo necesario.
—He seguido muy de cerca tu caso en la prensa, Lestrade. No podía creer que te acusaran de asesinato. Si te sirve de consuelo, yo jamás pensé que lo hiciste.
—Pues sí, es un alivio saberlo—aunque le habría gustado más saberlo cuando estaba en el calabozo.
—Menos mal que todos han entrado en uso de razón. Cualquiera que te conozca sabe que no podrías hacer algo así. Pero era un caso muy complicado ese de Schmidt… Me alegro que me cambiaran de departamento.
—Pues sí—dijo Greg encogiéndose de hombros.
—Sólo tú podrías haberlo solucionado, amigo—dijo con una sonrisa y consultó su reloj—. Lo siento, se termina mi turno de descanso. Si te aburres, pásate por la tercera planta, así nos pondremos al día.
—Veré si puedo hacerlo.
Se despidió de su antiguo colega y se terminó el té, mucho más tranquilo. Bannister parecía haber mejorado en su trabajo y menos mal que seguía inculcando esa tranquilidad suya, la presión que sentía de antes de la conversación había desaparecido.
Pasó un par de horas más dando vueltas por el hospital, perdiendo tiempo, hasta que salió a la puerta a fumar. Ni el aburrimiento ni el estrés eran buenos cuando se quiere dejar el tabaco. Cuando llevaba medio cigarrillo, notó una presencia a su lado.
— ¿Tienes fuego, amigo? —preguntó Bannister con un cigarrillo en los labios. Greg le acercó el mechero, tapándolo con la mano para que el aire no lo apagara—. Gracias—su antiguo colega dio una calada y soltó el humo lentamente.
— ¿Está siendo dura la vigilancia?
La sonrisa de Bannister se torció.
—En realidad no he estado haciendo guardia.
— ¿Ah, no?
—No, he estado vigilándote.
Esa vez fue el turno de Greg de aspirar el tabaco, haciendo tiempo para pensar.
— ¿Por qué?
—No pienses que es nada malo, es sólo que… Te vi esta mañana, pero como iba con prisa no fui a saludarte. Luego me enteré que me tendría que quedar, así que te busqué—Bannister frunció el ceño—. Y lo que vi no me gustó.
— ¿Qué viste? —dijo Greg un poco a la defensiva, pero curioso de ver qué se trataba.
—Alguien te está siguiendo.
Greg volvió a aspirar el cigarrillo, haciendo tiempo otra vez. No podía decir que le sorprendiera, pero tampoco que fuera algo muy normal.
—Será algún periodista buscando una exclusiva—miró de reojo a Bannister, quien estaba negando levemente ante su afirmación.
—Si algo he aprendido en narcotráfico, es a diferenciar a la gente. Ese hombre no era un periodista.
— ¿Entonces tienes idea de quién puede ser?
Volvió a echar otra calada.
—Alguien entrenado. Un militar, o algo por el estilo.
Esa tranquilidad que le había dado Bannister estaba desapareciendo con los segundos.
— ¿Con qué tipo de gente tenéis que lidiar en narco?
—Más de la que se pueda imaginar… Y te aseguro que ese hombre no tiene buenas intenciones, Lestrade—dijo su antiguo colega completamente serio, sin rastro de sonrisa.
— ¿Está por aquí?
—Sí, en el banco del parque de enfrente—Greg tuvo que contenerse para no mirar directamente, pero al mirar de reojo vio a un hombre sentado mirándoles con unas gafas de sol. Era demasiado sospechoso, ¿cómo no se había dado cuenta antes?
—Gracias, Bannister. Muchas gracias, de verdad, te debo una.
—No te preocupes, lo que sea por un viejo amigo.
Terminaron su cigarrillo cuando estaba anocheciendo, entraron juntos en el hospital y se pararon en la puerta del ascensor.
—Aun así…—dijo Bannister antes de que pasar al interior del ascensor—, lo del favor sigue en pie, ¿no? —preguntó esperanzado Bannister, y Greg no tuvo más remedio que acceder con una sonrisa sincera.
—Desde luego. Mi número sigue siendo el mismo de siempre.
—Hasta luego, entonces—se despidió Bannister mientras se cerraban las puertas de metal.
Justo en ese momento, apareció el doctor de Mycroft.
—Menos mal que le encuentro, estaba a punto de llamarle por megafonía.
— ¿Ya tiene los resultados? —el doctor asintió—. ¿Y bien?
—Está de enhorabuena, señor Lestrade. Contra todo pronóstico, el señor Holmes da señales de recuperación.
— ¿Eso significa que le va a sacar del coma? —preguntó esperanzado Greg aun a pesar de la cara del doctor.
—No, no. Aún es demasiado pronto. Pero si sigue recuperándose, en un par de días volverá a abrir los ojos.
Era tal la alegría y el alivio que sintió Greg en el pecho que sintió el impulso de abrazar al doctor, pero sabía que no era una buena idea.
—Mañana me pasaré por su casa para hacerle la última prueba, espero. Sólo tenga un poco más de paciencia.
Era fácil decirlo para el doctor, pero no merecía la pena enfadarse con él. Se despidió de él alegremente y salió del hospital para volver a la casa de Mycroft, pero decidió que antes llamaría a Sherlock. No contestaba. Probó con John, y al segundo timbre contestó. Le puso al corriente de las novedades con el doctor y preguntó por si habían descubierto algo, pero todavía nada.
Echó a andar calle abajo, haciendo como si estuviera absorto con el móvil en el oído mientras de reojo miraba al hombre que le había dicho su antiguo colega. Apenas había luz, aparte del de las farolas, pero era indudable que lo estaba siguiendo. Sopesó las posibilidades que tenía hasta que se decantó por una.
Colgó a John tras una breve despedida y giró en la primera calle que vio. Se escondió tras la columna en un pequeño soportal, apartado de la luz. Esperó y esperó hasta que el hombre sospechoso le adelantó. Se aseguró de que no había nadie alrededor y tiró al hombre al suelo para apresarle con todo el peso de su cuerpo. El hombre pareció aturdido al principio, pero después se revolvió. Pelearon unos minutos antes de que Greg pudiera sobreponerse, a fin de cuentas era el más voluminoso de los dos.
Aplastó la cara del hombre contra el suelo y le susurró en el oído:
—Será mejor que me digas quién eres mientras estás a tiempo.
El hombre resopló cansado tras el esfuerzo de intentar quitarse a Greg de encima. Se revolvió un par de veces más, hasta que al final decidió hablar.
—Suéltame.
—Respuesta equivocada—le dio un golpe en los riñones con la rodilla y consiguió lo que buscaba: el hombre se quejó por el dolor y dejó de revolverse—. Te doy una oportunidad más antes de llamar a una ambulancia.
— ¿Una…?—el hombre no pareció entender la amenaza.
— ¿Cuántos golpes contra el suelo soporta un cráneo antes de romperse? —preguntó Greg de forma irónica, y el hombre al entenderlo palideció y se quedó completamente quieto—. Eso está mejor. Ahora dime quién eres.
Hacía unos meses habría sido impensable que él, Gregory Lestrade, Detective Inspector de New Scotland Yard, actuara de esa forma, amenazando a gente en plena calle por muy sospechosa que fuera. Pero en ese momento no era policía, por lo menos hasta que le devolvieran la placa.
—Me contrataron.
— ¿Quién?
—No lo sé.
— ¿Crees que quedaría sangre en el suelo?
— ¡He dicho que no lo sé! S-sólo me dejaron un sobre con dinero, instrucciones y una foto, ¡s-sólo eso!
— ¿Sólo tenías que vigilarme?
— ¡S-sí!
El pánico en su voz era real, pero Greg no estaba satisfecho con esas respuestas.
—Si no sabías quién te contrató, ¿cómo le ibas a hacer llegar el resultado de tu seguimiento?
—Le dejaría u-un s-sobre en St. J-James P-Park…
Eso era demasiado para Greg. Era lo mismo que hizo él una vez cuando Koval le enviaba las cartas, hacía ya tanto tiempo. Pero no podía ser Koval, le había visto morir delante de sus propios ojos en el hotel.
— ¿Cuándo?
—M-mañana a las cuatro…
Tras pensar un momento, Greg liberó al hombre y se levantó. Sacudió el polvo y la tierra de su ropa mientras el hombre sospechoso se ponía a cuatro patas para recoger sus gafas de sol, temblando.
—Vas a ir y a dejar el sobre.
— ¿Q-qué?
—Te seguiré de lejos para ver cómo lo dejas, y después te irás sin tan siquiera volver la mirada. ¿Entendido?
— ¿Y si no lo hago? —preguntó el hombre con un tono de voz un poco más firme, pero su cuerpo seguía temblando. Era patético verle en ese estado. ¿Cómo había podido Bannister confundirlo con un militar?
—Te las verás conmigo y con quien te contrató. ¿Quieres arriesgarte?
El hombre tragó saliva y se levantó torpemente.
—Te quiero ver media hora antes en la entrada sur del parque con el sobre. Te seguiré de lejos.
Y sin decir nada más, Greg dio media vuelta y se fue para dar la sensación de que estaba al mando, aunque en el fondo sintiera ganas de arrodillarse y vomitar allí mismo de lo nervioso que estaba.
O-O-O-O-O
Allí estaba el hombre sospechoso del día anterior, tal y como le había indicado, en la puerta sur del parque. Había tenido que pedir a John que esperara al doctor en la casa de Mycroft para que le hiciera las pruebas, pero merecía la pena si conseguía algo de aquella situación. Greg estaba de incógnito en la acera de enfrente, medio oculto con un libro de bolsillo que guardó en el interior de su gabardina marrón. Se caló el sombrero también marrón hasta los ojos y le siguió por el parque. El hombre se sentó en un banco y estuvo ahí diez minutos hasta que finalmente dejó un sobre amarillo a su lado y se fue por donde había llegado. Greg no se movió de su sitio, esperando a que apareciera el que quería ese sobre. Al poco rato un hombre trajeado y con gafas de sol se sentó en el banco y abrió el sobre amarillo para mirar lo que había dentro, algo que desde esa distancia Greg no podía saber qué era. Su pelo negro engominado hacia atrás le hacía una frente prominente, desproporcionada junto a sus facciones finas. Aun así ese hombre le parecía atractivo, por mucho que le costara creerlo. ¿Acaso estar tan obsesionado con Mycroft había hecho que finalmente cambiara de acera? ¿O acaso era el traje que llevaba? Greg se sacó esas ideas de la cabeza, no merecían la pena en ese momento.
Sacó tranquilamente un cigarrillo de la cajetilla y lo encendió mientras caminaba lentamente hacia el banco, como si diera un paseo. Se sentó en el extremo opuesto del banco que el hombre y se cruzó de piernas mientras echaba el humo por la nariz.
—Supongo que ahora me preguntarás si encuentro el informe interesante, ¿me equivoco? —Greg giró la cabeza para mirar asombrado al hombre, que se quitó las gafas de sol mostrando sus ojos marrones. Acto seguido el hombre sonrió, pero no se reflejó en esos ojos perturbadores.
— ¿Quién eres? —notó su propia voz más tranquila de lo que esperaba, aunque no sabía si era bueno o malo. El hombre hizo una mueca y se cruzó de piernas, imitando a Greg.
—Es aburrido contarlo todo en la primera cita—dijo el desconocido con voz aguda, queriendo imitar a una mujer, aunque después volvió a la normalidad—. Piensa un poco, no es tan difícil—como Greg no contestó, sólo le miró, siguió hablando—. De verdad, ¿qué tenéis de interesante la gente normal, eh? ¿Tú lo sabes? —hizo un suspiro fingido.
—Yo no me considero muy normal—respondió Greg a la defensiva. Y de hecho, era la verdad. Demasiadas cosas pasaban a su alrededor como para considerarse "normal".
—Ah, claro, el señorito se cree "especial" —dijo con voz socarrona el hombre desconocido, lo que enfureció a Greg—. Bueno, un poco sí, pero no te lo creas demasiado, ¿vale?
Esa forma de actuar tan extraña que tan pocas veces había visto, esa conversación igual de surrealista, esas pintas…
— ¿Eres Moriarty?
El desconocido extendió sus brazos en expresión de sorpresa.
— ¡Premio para el señorito "especial"! ¡Ha ganado una fabulosa vajilla de porcelana! En tu casa hace falta un poco de glamour.
Greg dejó que siguiera mofándose de él mientras le observaba detenidamente. ¿Tantos problemas… por ese hombre? En parte se sentía decepcionado, esperaba que fuera alguien bastante diferente. Moriarty, como si hubiera leído sus pensamientos, empezó a reírse de una forma un tanto peculiar.
—No te desilusiones conmigo tan pronto, Greg. Aunque no deberías estarlo…
— ¿Tú publicaste las necrológicas de tu hermano?
—Mm… Creo que hice bien en elegirte a ti. Eres el único que ha conseguido encontrarme. Ni tu querido Mycroft con el MI-6 a su disposición lo consiguió. Aunque por otro lado, ¿quién te dice que no dejé que me encontraras?
Según su experiencia con Lindström y Diventare, sabía que tenía que estar alterado. Sabía que ese hombre era peligroso, lo notaba, pero era tal su curiosidad que ese instinto de supervivencia que le había mantenido vivo todo ese tiempo parecía adormecido.
—No puedes saber cómo te encontré—dijo Greg con la voz un poco temblorosa.
— ¿Crees que no pude haber robado el informe original de la muerte de mi hermano de la caja fuerte de ese inútil? Lo tuve entre mis manos—dijo rememorando el momento, alzando la mano sosteniendo algo invisible—, pero lo dejé ahí—se encogió de hombros y bajó la mano.
— ¿Por qué?
—Oh, se me había olvidado tu manía de hacer preguntas obvias.
Greg tiró el cigarrillo a medio terminar a sus pies y nada más hacerlo se olvidó de él. Moriarty, tan aparentemente inofensivo, le estaba empezando a poner nervioso.
—Está bien, supondré que efectivamente dejaste el informe a propósito para que te encontrara…
—En principio no tenías que haber sido tú, me sorprendiste.
—Ya—no sabía si sorprender a tantos criminales era algo bueno o malo, pero lo dejó estar—. Si es así, has sido bastante gilipollas si te he encontrado aquí.
Hubo un largo silencio incómodo en el que Moriarty no reaccionó. Greg pensó que no le había oído y cuando iba a repetirlo, Moriarty empezó a reír.
—Eres como un cachorrito al que se engaña cuando juegas con él. Un cachorro viejo, pero cachorro—a Greg no le gustó nada cómo sonó eso—. Tu problema es que no piensas lo suficiente. Si hubiera contactado contigo directamente y te hubiera citado hoy aquí, ¿habrías venido solo? Di la verdad, Greg—dijo Moriarty con tono de profesor estricto.
Greg tragó saliva, intuyendo por dónde quería ir Moriarty.
—No.
—Por supuesto que no, habrías venido acompañado de tus otros amigos cachorros.
—Pero…
—Sobornar a un policía es lo más sencillo del mundo, sobre todo si trabaja en narcotráfico—dijo Moriarty refiriéndose a Bannister, su antiguo colega—. Y mucho más sencillo es pagar a alguien prescindible para que le descubras siguiéndote.
— ¿Tú…?—Greg intentó decir algo, pero estaba en blanco.
—No habrías venido solo si no creyeras que controlabas la situación. Pero como cachorro, no, cucaracha que eres, has caído en mi trampa. Como todo el mundo—dijo exagerando la palabra "todo".
Cuando asimiló las palabras de Moriarty notó cómo el mundo se le echaba encima. Creía que habían dejado de jugar con él, que por fin estaba haciendo algo por su cuenta, pero era una simple ilusión.
—Oh, ¿la cucaracha se ha deprimido y no me va a preguntar por qué la he traído hasta aquí? —dijo con una sonrisa perturbadora.
Greg hizo acopio de valor y una vez más, se tragó su orgullo. Ya que estaba ahí tenía que aprovecharlo, aunque se sintiera la persona más miserable en ese momento.
—Está bien. ¿Por qué me has traído?
— ¿Cuántas veces te has preguntado por qué te elegí a ti?
Greg le miró un segundo, pero volvió la mirada al ver que Moriarty le estaba atravesando con esa mirada y esa sonrisa perturbadora.
—Demasiadas.
— ¿Y tienes una respuesta?
—No.
—Mejor.
¿Por qué los criminales con los que se topaba eran tan… tan… odiosos?
—Estoy harto de juegos, Moriarty. Si eres tú el que puso las necrológicas, el que estaba detrás de Diventare, el que está detrás de Mycroft—con cada nueva cosa iba subiendo su tono de voz hasta que terminó gritando—: ¡di de una puta vez qué cojones quieres!
Pero Moriarty ni se inmutó.
—Las cosas de palacio van despacio. Llevo mucho tiempo planeando esto, no dejaré que tu mal humor estropee mis planes.
— ¿Entonces qué cojones quieres para hacerme todo esto? ¿Eh? Me envías a Lindström, después a Diventare, ¡casi me matan los dos! ¡Casi matan a Mycroft! ¿Y hablas así, como si nada? —pocas veces Greg había estado tan enfadado como en ese momento. Lo estaba tanto que había tenido que levantarse para gritarle mejor, aunque Moriarty ni se inmutaba, sólo sonreía.
—Por lo menos sabes que todo fue causa mía, menos mal.
Sospecharlo era una cosa, pero que él lo confirmara era otra totalmente distinta. Y su enfado no hizo más que aumentar.
—Yo le di a Lindström su alter ego, Koval. Yo le entregué el comercio de diamantes. Yo entrené a la que tú conoces como Diventare… Pero en ningún momento esperé que llegaran a matar a Mycroft.
Sus palabras eran frías, sin sentimiento alguno.
— ¿Has enviado a la muerte a dos personas por algo que no esperabas que hicieran?
—Sí.
Se quedaron en silencio, Greg asimilando el grado que puede alcanzar la maldad humana, Moriarty sacándose un trozo de comida de entre los dientes.
— ¿Por qué?
—Para tenerte aquí.
— ¿Por qué? —Greg se sentía como un niño pequeño, sin entender nada de lo que pasaba a su alrededor—. ¿Por qué destrozaste mi vida?
—No voy a decírtelo. Tu tarea es averiguarlo.
Greg le veía cada vez menos sentido a esa conversación.
—Pero…
—No seré malo, te daré una pista. Te escogí por un motivo y dejé determinadas pistas para que me encontraras… ¿Cuál es el desencadenante de que me buscaras?
La respuesta le vino inmediatamente.
—Diventare.
— ¡Premio! Investiga por ahí y tarde o temprano sabrás porqué te escogí… aunque te recomiendo que sea más temprano que tarde—una alarma empezó a sonar en el interior de Greg—. Cosas importantes pasarán dentro de poco, todas relacionadas conmigo. Y la única forma de pararme… Eres tú.
— ¿Qué…?—Greg estaba completamente en blanco.
—Obviamente no serás tú quien lo haga, sería imposible—dijo con un resoplido—. Pero sólo tú puedes dar con las claves para pararme, unas claves que alguien tendrá que usar.
— ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Por qué quieres que te paremos? ¡Es absurdo!
—El mundo criminal cada vez es más aburrido. Puedo hacer lo que quiera sin que nadie me diga nada. Necesito acción, ¡sentirme vivo!
—Es imposible—eso pareció contrariar a Moriarty, quien entrecerró los ojos.
— ¿Qué dices?
—No puedes hacer lo que quieras sin unas consecuencias. La policía, el gobierno…
Moriarty empezó a reírse, como si le hubiera contado el mejor chiste. Y a lo mejor, para él, así era.
—Eso no es ningún impedimento—dijo Moriarty tras tranquilizarse un poco, secándose las lágrimas de la cara—. ¿Quieres que te lo demuestre? Sí, lo voy a hacer.
Sacó un móvil del bolsillo del pantalón, tecleó algo y al poco rato escuchó un carraspeo a sus espaldas. Se volvió y vio al hombre desconocido por el que había caído en la trampa de Moriarty, el que le había perseguido el día anterior en el hospital. Estaba pálido y sudando a mares, pero no estaba solo. Detrás del hombre había alguien escoltándole, alguien que… No podía ser.
— ¿Billy? —preguntó Greg sin aliento, debido a la impresión. El guardaespaldas de Mycroft, el que le amenazó en casa de Mycroft, el que quería saber qué había pasado en la reunión con Diventare…
— ¿Estás sorprendido, Greg? —Moriarty se levantó del banco y se puso a su lado, pero Greg sólo podía mirar a Billy—. A estas alturas tendrías que sospechar de todo el mundo.
—Pero Billy…
—Yo le puse como guardaespaldas de Mycroft. ¿A que sí, Billy?
El antiguo guardaespaldas asintió como si la cosa no fuera con él. Parecía distraído controlando al hombre desconocido, que había empezado a temblar.
—Y también hice que le ascendieran. Ha sido alguien verdaderamente útil, sí, pero no consiguió sacarte dónde dejaste a Diventare.
Greg se volvió hacia Moriarty, sorprendido.
—Fue mi idea que ella matase a Lindström para sacarte del hotel. Y que te sacara del calabozo, y también que te recogiera para ir a la reunión con Mycroft. No fue difícil convencerla—soltó un suspiro—. Pero fue un error imperdonable que no me dijera dónde era la reunión. Deduje que la mataríais entonces y pensaba darle un enterramiento digno… Y para eso, necesitaba saber dónde estaba.
Greg no podía creérselo. ¿Moriarty, ese Moriarty, tenía algo de corazón?
—Billy, me fallaste—le dijo al antiguo guardaespaldas.
—Ya le he pedido disculpas, señor. Y ya sabe dónde está…
—Es cierto, ya la he enterrado. Pero no gracias a ti. Las personas inútiles son las que más odio, Billy.
Sin saber de dónde la había sacado, Greg vio a Moriarty apuntar a Billy con una pistola y disparar. El estruendo le ensordeció pero no le impidió ver por el rabillo del ojo cómo caía Billy hacia atrás. Greg estaba paralizado, mirando la pistola de Moriarty, el mismo sentimiento que cuando Lindström murió delante de sus ojos… Y escuchó otro disparo.
Moriarty suspiró.
— ¿Impresionado, Greg? Mírales, mira a los dos.
Moriarty puso las manos en sus hombros y le obligó a girar para observar la escena. Billy y el hombre desconocido estaban tirados en el suelo tiñendo la arena de rojo. No veía la herida de Billy, pero el disparo había destruido el rostro del otro hombre hasta dejarle irreconocible. Todo era sangre, carne, sesos por el suelo… Era tal la conmoción que ni siquiera podía vomitar.
¿Les había matado a plena luz del día en uno de los parques más concurridos de Londres? Pero eso no era lo más desconcertante. Moriarty tiró su pistola entre los dos cuerpos.
—Esta noche, cuando veas las noticias, serás consciente del poder que tengo. Entenderás por qué te he dado todas estas pistas y por qué te estoy dando la oportunidad de atraparme.
O-O-O-O-O
Cuando descifró esas palabras y salió del estado de shock, levantó la cabeza para mirar a Moriarty. Pero no estaba allí, ni siquiera estaba en el parque. Miró a su alrededor y escuchó coches, vio peatones. Reconoció la catedral de Westminster Abbey, pero no recordaba cómo había llegado hasta allí. Se sentó en el banco más cercano que vio y se agarró la cabeza con las manos, asimilando todo lo que había ocurrido. Pero era imposible. ¿Cómo…?
Su móvil vibró en el bolsillo y le devolvió a la realidad. Sacó el móvil entre la multitud de turistas, ajenos a su problema, y contestó.
— ¿Diga?
—Greg, ¿dónde demonios estás? —era la voz de John.
—Eh… Estoy en Westminster Abbey.
— ¿Se puede saber qué haces allí? Da igual. Ven a casa de Mycroft. Acaban de llegar las pruebas.
— ¿Pruebas? Pero si se las acaba de hacer el médico.
—Greg, en serio, ¿estás bien?
—Sí, sí. ¿Por qué lo dices?
—Te envié un mensaje hace cuatro horas diciendo que por la noche el doctor haría otra visita. Veo que no lo has leído.
—Lo siento, no he tenido tiempo—Greg se sentía desorientado, confundido. Miró al cielo y observó que apenas había luz. ¿Cuánto tiempo había pasado desde su encuentro con Moriarty? ¿Qué le había hecho?
—Da igual. Ven lo más rápido posible, le van a despertar.
El corazón de Greg dio un vuelco y se levantó de un salto.
—No les dejes hacerlo hasta que llegue. Estaré en 15 minutos.
Colgó a John sin dejar que le contestara y buscó desesperado la salida entre tanto turista.
O-O-O-O-O
Abrió lentamente los ojos, acostumbrándose a la tenue luz de la habitación. Menos mal que Greg había llegado a tiempo, llevaba demasiado tiempo deseando volver a ver esos ojos azules.
Mycroft pestañeó un par de veces y se lamió los labios. Intentó decir algo, pero sólo salió un sonido ronco. Sherlock, que estaba a su lado, le acercó un vaso con agua y le puso la pajita en la boca. Mycroft la atrapó entre sus labios y se bebió todo el contenido en menos de un minuto.
— ¿Grego…? —consiguió decir con una voz aún ronca, pero era capaz de hablar.
Greg se hizo paso entre los dos médicos que controlaban las constantes de Mycroft en la máquina y le agarró una mano.
—Ey, campeón, ¿qué tal estás? —le dijo con voz suave mientras acariciaba su mano. Tenía miedo de apretar demasiado y que gritara de dolor. Aunque estuviera mejor, su cuerpo aún seguía percibiendo mucho más de lo normal. Si le apretaba levemente, para Mycroft podía ser como si le aplastaran con un bloque de hormigón—. ¿Te duele el cuerpo?
—No… No sé.
Greg sabía cómo se sentía, así que no insistió. Estaría incómodo, intentando mover sus extremidades sin obtener ninguna respuesta aparente… Pero no gritaba de dolor, y eso era buena señal.
—Señor Holmes—dijo el médico entrando en el campo de visión del enfermo—, está en su casa. Le tuvimos que inducir el coma. Acaba de salir de él—Mycroft hizo un sonido extraño, queriendo decir algo, pero no entendían el qué—. Esta noche se quedará una enfermera especializada para controlar que todo vaya bien—le dijo a Greg—, aunque en principio no hay ningún problema.
Los médicos estuvieron un rato más allí, pero se fueron en seguida. Cuando sólo quedaron Greg, Sherlock y John en la habitación, Mycroft murmuró algo.
— ¿Cuánto tiempo?
Greg no entendió la pregunta, pero Sherlock sí lo hizo.
—Semanas, pero ya estás mejor. Ya no importa.
— ¿Qué pasó? ¿Qué…?
Mycroft intentó incorporarse, pero Greg se lo impidió.
— ¿Dónde te crees que vas, Mycroft?
—Tengo que…
—No tienes que hacer nada, sólo recuperarte.
Un leve gesto de dolor atravesó la cara de Mycroft debido al esfuerzo, por lo que volvió a apoyar la cabeza en la almohada mientras miraba a Greg fijamente.
— ¿Qué tal está todo?
La imagen de Moriarty apareció en su mente, pero no podía decírselo. No en ese estado.
—Bien, está todo bien.
—No me mientas, Gregory.
—Es demasiado obvio, Lestrade—le recriminó Sherlock desde el otro lado de la cama.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó impaciente Mycroft, y Greg le acarició la mejilla levemente para no causarle dolor. Hacía tanto tiempo que no le tocaba, que no le sentía… Su piel estaba demasiado fría, o sus manos demasiado calientes. Se miraron a los ojos sin decir nada, hasta que al final Mycroft pareció entenderlo—. ¿Tan mal anda la cosa como para no querer decirme nada?
—Tu salud es lo primero. Cuantas menos preocupaciones, mejor.
Mycroft cerró los ojos y suspiró.
—Está bien—Greg siguió acariciándole y Mycroft le dio una leve sonrisa.
— ¿Cómo que "está bien"? ¡Mycroft! —dijo Sherlock, pero John le agarró el brazo para calmarle un poco.
—Tranquilízate, Sherlock.
— ¿Desde cuándo mi hermano cede ante cualquiera? —parecía estar enfadado, pero Greg sabía que era sólo una fachada.
—Yo no soy cualquiera, Sherlock.
El menor de los Holmes resopló mientras se cruzaba de brazos y atravesaba a Greg con la mirada, algo que le daba bastante igual.
Estuvieron los tres en la habitación hasta altas horas de la noche poniendo a Mycroft al corriente de lo bueno sucedido durante su coma, como la recuperación de la reputación de Greg, cuando John empezó a dar los primeros signos de cansancio. John y Sherlock se fueron en taxi, y Greg, aprovechando que Mycroft se había quedado dormido, bajó a la cocina para comer algo. Llevaba casi 12 horas sin comer y su cuerpo lo notaba.
Se preparó un simple bocadillo que comió delante de la televisión. Con los recuerdos de esa tarde investigó los canales hasta dar con uno de noticias, difícil de encontrar a esas horas. Hablaron tanto rato de la bajada en bolsa que causaba la situación política en Escocia que Greg pensaba que lo ocurrido esa tarde fue un sueño. Iba a apagar la televisión cuando cambiaron de noticia:
"Esta tarde, en St. James Park se encontraron los cuerpos de William Rickford y Robert Weeks, dos miembros del Gobierno Británico y antiguos miembros del ejército. Ambos hombres fueron asesinados alrededor de las cuatro de la tarde por heridas de bala, pero la policía no ha encontrado el arma del crimen".
Greg se quedó paralizado contemplando la pantalla con las imágenes del parque.
"Fue un crimen sin testigos y aún no hay ningún sospechoso. Según fuentes policiales podría estar relacionado con el ejército ya que ambos eran ex miembros. El portavoz del Gobierno no ha hecho ninguna declaración pero según fuentes oficiales…"
El presentador siguió hablando, pero Greg no le hizo ningún caso y apagó la televisión. ¿Cómo era eso posible? Moriarty había dejado la pistola junto a ellos, y aun así habría cámaras de seguridad que les grabaran, algún tipo de registro, algo…
Y entonces entendió lo que le había dicho Moriarty. Realmente podía hacer lo que quisiera, podía manipular todo a su antojo. Pero seguía sin entender por qué quería que le atraparan si tenía todo ese poder. ¿A lo mejor estaba cansado? No sabía qué pensar.
—Gregory—escuchó desde la habitación de Mycroft y se apresuró a subir las escaleras. Entró en la habitación a oscuras y se acercó al borde de la cama.
— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
Mycroft le agarró la muñeca y tiró de él, haciéndole perder el equilibrio y caerse sobre la cama.
— ¡Ey! ¿Pero no estabas enfermo?
Le calló con un beso casto, pero sólo con eso recordó el contacto de Mycroft contra su piel y las noches en vela llenas de placer.
—Quédate conmigo, por favor.
No sabía muy bien a qué se refería, no podía verle la cara y su voz seguía demasiado ronca, pero no le importaba en ese momento.
— ¿Y la enfermera?
—La he echado, sólo te necesito a ti—menos mal que estaba oscuro, así Mycroft no podía ver lo rojo que se había puesto Greg.
—No me iré a ningún lado—esa vez le tocó a Greg dar el beso—. Te he echado demasiado de menos.
Volvió a besarle y notó una sonrisa de Mycroft a través del beso. Greg se estaba excitando cada vez más, hacía demasiado tiempo que no estaba con Mycroft y su cuerpo le necesitaba, le pedía a gritos que fuera más lejos. Pero su parte racional ganó la batalla. No podía con Mycroft en ese estado, sería demasiado egoísta. Además, era incapaz de quitarse a Moriarty de la cabeza.
—Prométeme que no tardarás demasiado en decirme lo que te preocupa, o Sherlock se encargará de decírmelo antes.
Greg se rió por lo bajo para ocultar su preocupación, no quería preocuparle más de lo necesario.
—No te preocupes, deja por una vez que me encargue yo de todo.
Poco rato después notó la respiración tranquila de Mycroft, se había vuelto a quedar dormido con su mano aferrando la muñeca de Greg. Él se acomodó para dormir, pero su mente no le dejaba. No sabía cómo iba a solucionar lo de Moriarty sin involucrar a Mycroft, y lo único que se le ocurría era contárselo a Sherlock. Sus mentes eran extrañamente parecidas, y si había alguien que podía pararle, ese era Sherlock.
¡Y hasta aquí el capítulo de hoy! siento mucho la tardanza, de veras lo siento muchísimo, pero ya sabéis, tengo demasiadas cosas que hacer T.T Por eso lo he intentado compensar con un capítulo un poco más largo de lo habitual.
¿Qué os ha parecido el capítulo? ¡Por fin vemos a Moriaty, y con sus planes macabros! Mycroft ya ha despertado, que iba siendo hora... Y he dejado caer algo más, seguro que algunos os habéis dado cuenta ;) No voy a decir qué es, habrá que esperar a más capítulos. Y hablando de capítulos, ya estamos en la cuenta atrás. Quedan solamente dos y el epílogo, pero no os entristezcáis que habrá una sorpresa :P
Muchas gracias por leer, seguir, favoritear y comentar los capítulos, como siempre. Nunca me cansaré de decirlo.
¡Un beso y hasta el siguiente capi!
