Historias de Hogwarts

Por Cris Snape

Disclaimer: Los personajes y lugares pertenecen a JK.Rowling y sus asociados. No tengo ánimo de lucro al escribir estas historias, así que no me demandéis por violar los derechos de autor, por favor.

Resumen: Evan Rosier, Myrtle la Llorona, la profesora Sprout, Ritchie Coote... Los personajes olvidados de Harry Potter se dan cita en una serie de relatos breves. Porque ellos, también existen. Aunque, por supuesto, no podemos olvidarnos de Ron Weasley, Blaise Zabini o Sirius Black. Todos ellos están juntos, pero no revueltos. Espero que os guste.

37

Godric Gryffindor

El primer sangre-sucia

El conde de Westfield no se había tomado la noticia demasiado bien. Godric había pensado que le daría un ataque cuando supo que su hijo mayor, el futuro heredero de todos sus bienes, había nacido siendo un mago. Realmente, su enfado no era para menos. En el mundo muggle y en ciertos círculos del mágico, ese hombre era conocido por ser un férreo enemigo de todo lo que tuviera que ver con la magia. Desde que llegó al condado, siendo apenas un adolescente, había dedicado todo su esfuerzo para exterminar a esa plaga, como solía llamar a los magos y, aunque realmente no había tenido un éxito real (los brujos tenían métodos infalibles para huir de las prisiones de la gente no-mágica), su fama era casi legendaria. Nadie sabía muy bien a qué se debía su odio desmedido hacia la magia, aunque había rumores de que todo venía de muy lejos. Nunca lo habían podido demostrar, pero era muy probable que su padre fuera asesinado por los brujos que, años antes, moraban en los bosques del sur, y Rowland de Westfield no lo había olvidado.

Quizá por eso, había ordenado que ejecutaran a Godric en cuanto el hombre se había presentado. En un principio, el conde lo había recibido con amabilidad, gracias en parte al aspecto lujoso de las ropas del mago y a sus modales exquisitos, pero en cuanto escuchó la palabra magia, su actitud cambió por completo. Su mirada, antes cordial, se nubló por la ira, y su tono de voz subió hasta reverberar en los muros de piedra del castillo, asustando a los soldados que vigilaban las salidas, a los criados temblorosos apostados en los rincones e, incluso, al pequeño niño de largo cabello rubio que se escondía detrás de la capa del conde.

Godric Gryffindor había mirado con curiosidad al chiquillo desde que puso un pie en la amplia estancia. A sus once años, ya había sido iniciado en el noble arte de la guerra muggle. El conde había expresado, con sumo orgullo, que el niño era diestro en el manejo del arco y que era un espléndido jinete. Además, no se le daba mal la espada, aunque era demasiado menudo para dominarla con facilidad, y sabía leer y escribir. Godric había felicitado al niño por ello y, entonces, había sacado a relucir el tema que lo había llevado a aquella región tan alejada de Hogwarts.

Había tenido que utilizar la magia para reducir a los hombres del conde. Había llegado a la conclusión de que ese muggle no debía ser un mal amo, a juzgar por el ímpetu que ponían sus soldados a la hora de proteger sus intereses. Godric no había necesitado esforzarse demasiado para vencerlos a todos; a penas un movimiento perezoso de varita, y todo el mundo quedó inconsciente, salvo el conde y su hijo. En ese momento, la ira de Westfield era tan grande como su miedo. En cuanto al niño, parecía luchar por no mostrarse excesivamente ilusionado. Era evidente que había sentido el poder latiendo en su interior y, aunque su padre se opusiera a la magia, él estaba ansioso por aprender a ser lo que era: un mago.

Finalmente, y tras varias horas de intenso debate, había podido llevarse al niño. El chiquillo dormitaba en la grupa de su caballo, aferrado a la cintura de Gryffindor con fuerza. El conde no se había mostrado demasiado contento con la decisión final, pero consiguió dejar a un lado sus prejuicios para velar por el bienestar de su primogénito. Godric suponía que, a partir de ese día, el segundo de sus hijos sería educado para heredar el condado. Eso, si no resultaba ser un mago también; Gryffindor casi hubiera jurado que lo sería. Algún día, tendrían que inventar un método que les permitiera registrar a los niños mágicos desde su nacimiento. De esa forma, se ahorrarían muchos quebraderos de cabeza. Era posible que Salazar se opusiera, teniendo en cuenta esa terquedad suya de no querer admitir en Hogwarts a los nacidos de muggles, pero terminarían por convencerlo. Helga era bastante buena en eso.

Godric aminoró el paso al vislumbrar la Torre Sur del castillo, iluminada por el fuego de multitud de ardientes antorchas. Desde la distancia, Hogwarts aún presentaba un aspecto ruinoso, y no era para menos. A pesar de llevar muchos años intentando reconstruir el castillo, el trabajo estaba resultando ser arduo y complicado, más aún ahora que los pequeños niños magos habían empezado a corretear por los pasillos. Afortunadamente, las partes más importantes ya estaban en perfecto estado: el Gran Comedor, el pabellón oeste y las mazmorras. Le encantaban las mazmorras. Cualquiera que lo conociera, podría afirmar que no era posible que Godric Gryffindor disfrutara pasando el tiempo en el lugar más frío y oscuro del castillo, pero esa era la realidad. Helga solía bromear con que Salazar encajaba mejor en ese ambiente, pero el brujo prefería las torres. Siempre había sido un apasionado de la astronomía. A Godric no le costaba trabajo imaginarlo durmiendo al raso, contemplando las estrellas hasta caer rendido.

Godric se quitó el sombrero y detuvo el caballo, aspirando el fresco aroma de las tierras escocesas. El lago estaba tranquilo esa noche, y el bosque parecía un lugar menos peligroso de lo que era en realidad. Quizá, si Salazar estaba de buen humor, podrían salir a explorar la parte más septentrional del mismo. Hacía demasiado tiempo que no hacían una de esas emocionantes excursiones; hubo un tiempo en que no podían vivir alejados del peligro, pero ahora eran más viejos y tenían más responsabilidades.

Godric agitó el hombro del chiquillo con suavidad. Everatt de Westfield abrió los ojos con pereza y se quedó paralizado un segundo después. Gryffindor sonrió un segundo, comprendiendo la sorpresa del pequeño. Él también se había sentido fascinado la primera vez que vio Hogwarts, aún cuando no habían sido más que un montón de ruinas, testigo directo de la decadencia sufrida por el, antaño, floreciente castillo.

-¿Qué os parece el castillo, Everatt? –Inquirió con suavidad, animando a su caballo a proseguir con su camino.

-Es muy hermoso, mi señor –Exclamó el niño sin ocultar su fascinación -¿Es allí dónde aprenderé magia?

-Efectivamente –Godric señaló otras lucecitas, más al sur del castillo –Esa pequeña aldea es Hogsmeade. Todos sus habitantes son magos.

-¿Todos ellos? –Everatt parecía sorprendido.

-Son gentes amables. Hubo un tiempo en que Hogsmeade fue una gran ciudad, pero el paso del tiempo ha cambiado muchas cosas –Explicó con paciencia –Quizá, algún día conozcas toda la historia de Hogwarts. Aún tenemos mucho trabajo por delante, antes de que Hogwarts recupere su antiguo esplendor.

Everatt no pudo decir nada más. Tenía muchas preguntas rondando por su cabeza, pero no sabía cuál de ellas formular primero, así que optó por guardar silencio. Estaba seguro de que pronto obtendría todas las respuestas, si tenía un poco de paciencia.

Llegaron a las puertas del castillo una hora después. Godric se había tomado su tiempo y, aunque su brioso corcel era de recorrer grandes distancias a gran velocidad, quiso que el pequeño Everatt disfrutara del viaje. El sueño parecía haber desaparecido y el niño observaba todo con los ojos abiertos como platos, ansioso por aprender e iniciarse en la emocionante vida que le esperaba a partir de ese momento.

Godric lo ayudó a bajar del caballo en cuanto pusieron un pie en los terrenos de Hogwarts. El animal se marchó discretamente, como si supiera perfectamente lo que debía hacer, y Godric echó a andar. Sus pasos, largos y cargados de decisión, hicieron correr a Everatt, aunque el niño no se mostró contrariado en ningún momento. Estaba demasiado ocupado observando todo lo que le rodeaba.

-Con el dinero que me ha dado vuestro padre, podremos adquirir una varita y unas cuantas túnicas que utilizaréis durante vuestra estancia en Hogwarts –Informó Godric, con aquel tono grave que usaba cuando daba lecciones –Hay un sastre en Hogsmeade que lo tendrá todo listo para dentro de dos días, y conozco a un buen fabricante de varitas en Londres. Ollivanders. Mañana iremos a verlo.

-Yo... ¿Necesito una varita, mi señor?

-¿Cómo pensáis hacer magia si no, joven Everatt? –Godric alzó una ceja con aire divertido –Todo mago que se precie necesita una. Es la mejor forma para canalizar nuestra magia, de modo que podamos conseguir realizar hechizos medianamente aceptables.

Everatt se ruborizó ligeramente. Tenía la sensación de que había dicho una soberana estupidez, pero Gryffindor no parecía darle importancia. Lo guió hasta el castillo y, una vez más, el niño no pudo evitar abrir la boca. Era el lugar más inmenso que había visto nunca. Era cuatro o cinco veces más grande que el castillo de su padre...

-¡Godric! ¡Gracias a Merlín que has llegado! Comenzábamos a pensar que habías decidido fugarte... Otra vez.

Aquella mujer de aspecto elegante puso los ojos en blanco. Era hermosa y llevaba el cabello recogido en un moño muy tieso. A Everatt le recordó a su aya: seria y exigente.

-Buenas noches, Rowena –Godric inclinó la cabeza. Si dijera que le sorprendía el recibimiento de la mujer, estaría mintiendo. Siempre había estado apegada a las normas y Godric debía reconocer que se había retrasado... Un poco. En realidad habían sido dos semanas, pero cazar aquel dragón había sido una experiencia bastante interesante –Reconozco que, por un momento, me planteé la posibilidad de continuar con mi vida nómada, pero tenía un trabajo pendiente –Tomó al niño por los hombros y lo instó a ponerse frente a él –Tengo el honor de presentarte a Everatt de Westfield. Un futuro y grandioso mago.

Rowena Ravenclaw miró al niño con los ojos entornados. Everatt se sintió intimidado durante un segundo, hasta que la mujer le sonrió y se acercó a él, tomándolo de una mano con suavidad.

-Venid, pequeño. Debéis estar hambriento –Su tono sonó extraordinariamente suave –Os acompañaré a las cocinas para que os alimentéis y, después, os mostraré vuestra habitación. Mañana, habrá tiempo para las explicaciones –La mujer se volvió bruscamente para encarar a Godric –Salazar te está esperando. Está de mal humor, como siempre.

Godric afirmó quedamente con la cabeza y se dirigió a la Torre Sur. Si ya había anochecido, Slytherin debía estar allí. Aunque, con el frío que empezaba a hacer fuera, seguramente dormiría en una cama, cobijado por un montón de mantas.

Godric no necesitaba ser adivino para suponer lo que quería su viejo amigo. Antes de que iniciara su viaje, Salazar había dejado muy claro que no deseaba enseñar a los hijos de muggles, y Godric había optado por ignorar sus protestas. Slytherin era un hombre sensato, que sabía ceder cuando las circunstancias lo ameritaban, pero Godric sabía que, en esa ocasión, no conseguiría hacerlo cambiar de opinión. En todos los años transcurridos desde que se conocieron, Salazar sólo se había mostrado inflexible en ese aspecto y, aunque Godric comprendía sus razones, aún tenía la esperanza de hacerle cambiar. Quizá, si le demostraba que no todos los muggles eran como aquellos que acabaron con la vida de su Maestro, y le hacía ver que la sangre no-mágica no corrompía el poder de los brujos y hechiceras, el buen hombre aceptaría a los llamados sangre-sucia entre sus alumnos. Gryffindor estaba seguro de que, si le daba una oportunidad a Everatt de Westfield, Salazar comprendería que había estado muy equivocado todo ese tiempo.

Tal y como esperaba, lo encontró contemplando las estrellas. Los oscuros nubarrones habían ocultado algunas de ellas, pero aún podían observar la belleza de la luna llena. Salazar parecía abstraído y, de cuando en cuando, dirigía la mirada hacia el bosque. Godric se colocó a su lado y permaneció en silencio, dejando que su colega fuera el primero en hablar. Sabía que, tratándose de Salazar, era lo más conveniente.

-Sir Alfred está inquieto esta noche –Masculló, prestando atención a los aullidos procedentes del bosque –Me temo que nuestro apreciado profesor de Pociones estará indispuesto durante unos días.

El tono sarcástico no pasó desapercibido a Godric, que sonrió y, cabeceando, no tuvo palabras para rebatir esa información. Sólo esperaba que los licántropos no se acercaran demasiado a Hogwarts. Lamentaría profundamente tener que herir a sir Alfred.

-Te he visto traer a ese muggle –Escupió la palabra con tanto desprecio, que Godric se estremeció ligeramente.

-Es un mago, Salazar –Dijo, con serenidad y firmeza –Posee un gran talento mágico. Será grandioso si podemos ayudarle a explotarlo.

-Yo no voy a ayudar a nadie –Espetó Salazar con gravedad, después de unos segundos de silencio –Ya sabes lo que opino de los sangre-sucia, Gryffindor y, aún así, has insistido en traer a ese niño contigo.

-Si le das una oportunidad.

-No –Salazar no alzó la voz, pero había algo peligroso en él. Era evidente que estaba furioso, pero también arrastraba un gran dolor que difícilmente podría disimular –Cada día que pasa, es más evidente que mi opinión no es tomada en consideración en este castillo –Godric fue a protestar, pero Salazar no le dejó hablar –Primero, suprimisteis las clases de Artes Oscuras.

-Defensa...

-¡Defensa no es lo mismo! –Esa vez sí, Salazar gritó. Godric sabía que le había molestado mucho que se eliminara su asignatura favorita. Después de todo, si habían logrado hacerse con el dominio de Hogwarts, fue en parte gracias a la magia negra que Slytherin manejaba a la perfección -¡Estoy harto de que digáis que es la asignatura sustituta! ¡No soy imbécil, Godric, así que no me trates como si lo fuera!

Gryffindor calló. En cierta forma, tenía razón. Desde que Rowena y él tomaron la decisión de unir en una las clases de Magia Antigua y Artes Oscuras, Salazar había parecido más y más huraño. Sólo Helga parecía ser capaz de sacarlo de su ensimismamiento, aunque el hombre aún le guardaba rencor por no haberlo apoyado durante esa pequeña batalla.

-Y, ahora, esto –Salazar se dio media vuelta y encaró a Godric –Desde aquel día en los pantanos, cuando no eras más que un muchacho imberbe, demasiado hablador e incapaz de realizar un buen hechizo escudo, dejé perfectamente claro que yo no entro en contacto con muggles. Esa fue mi única condición para ayudaos a Rowena, Helga y a ti, pero nunca lo habéis respetado por completo –Tomó aire. Godric optó por no mantenerle la mirada. Sabía que el hombre tenía razón –Aún así, esperaba que Hogwarts fuera un lugar sagrado, pero tú insistes en echarlo a perder con tu filosofía barata.

-Entiendo que estés enfadado, Salazar, pero no tienes derecho a hablarme así...

-¡Claro que tengo derecho! ¡Tengo todo el derecho! –Un trueno resonó entre las montañas, acallando los aullidos de los lobos y las voces de los hombres –Y me he dado cuenta de que aprecias más a tus sangres-sucias que a mí...

-No hables así...

-Me voy.

Godric parpadeó. Estaba dispuesto a iniciar un nuevo debate que versara sobre la pureza de la sangre, pero esas dos palabras lo hicieron enmudecer. No podía ser verdad.

-¿Qué?

-He dicho que me voy, Godric. Ya tengo el equipaje preparado.

-Pero... ¡No seas absurdo, Salazar! –Acertó a esbozar una sonrisa temerosa –Aún tenemos mucho trabajo pendiente. No puedes irte sólo por que haya un hijo de muggles en Hogwarts. Es sólo un muchacho, y te juro por Merlín que tiene muchísimo talento.

-Y no lo dudo –Salazar sonrió de medio lado –Pero yo jamás me mezclaré con muggles, aunque tengan algo de magia corriendo por sus venas. La decisión ya está tomada.

-Pero, Salazar. No puedes. No ahora.

-El mocoso muggle, o yo.

Godric no podía creerse que su viejo amigo hubiera dicho aquello. Se veía incapaz de renunciar a ninguna de las dos cosas, pero sabía perfectamente que tenía que tomar una decisión.

No tuvo plena conciencia de cuánto tiempo estuvo ahí parado, meditando sobre ese asunto, pero cuando agitó la cabeza, dispuesto a dar su veredicto, Salazar ya se había ido. Su respuesta había llegado demasiado tarde, y había perdido un amigo para siempre.

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¡Al fin vino la inspiración! Me ha costado lo mío saber cómo enfocar la viñeta, pero lo conseguí. Se creía Godric que iba a poder conmigo... ¡Ja! Pues nada, que espero que os haya gustado. Ha sido difícil, pero espero que el resultado os haga gracia. La viñeta no es tan larga como la de Salazar, pero es la segunda más extensa del fic, así que...

La próxima viñeta será para Harry Potter. Y, aunque en un principio, pueda parecer algo fácil, no lo es tanto. Creo que no hay muchas cosas que no se hayan escrito sobre él, pero ya encontraré algo, jiji.

Besos y hasta pronto, wapetones

Cris Snape