Capítulo 36.- El emperador de México
Tras el salto del mercado de la Boquería.
Una noche de algún lugar, en algún tiempo,
que a Irene le pareció primavera.
"Salió Iturbide de su palacio bajo la vela
ó toldo de las procesiones, formándole valla en su
carrera las tropas que guarnecían la ciudad,
lujosamente vestidas: abría la marcha un escuadrón
de caballería y un piquete de infantería
con el escudo de armas del imperio"
"El Libertador Don Agustín de Iturbide. Biografía."
Don José Joaquín Pesado.
Cuando el Portal del mercado de la Boquería se cerró tras de ellos, Ernesto comprendió que ya no estaban en España. El aire era más fino y supo antes de que la imagen de Amelia lo anunciara por el brusco cambio en su barómetro, que se encontraban a otra altitud menos benigna. Vio a Irene sentarse, mareada y aunque no estaba seguro de si corrían peligro allí o no, no pudo evitar quedarse mirando el cielo nocturno estrellado y brillante, en mil perlas, libre de contaminación lumínica.
– Estamos en el hemisferio norte –murmuró, sintiéndose de repente sin aire–. Todas estas constelaciones... Me suenan...
Irene levantó a Chispitas cuando esta lo pidió y la máquina, tras analizar el cielo, confirmó su aseveración.
– Con cinco grados de error en ambos signos –anunció–, por la posición de las estrellas diría que estamos en torno a los veinte grados de latitud norte...
– ¿Puedes saber el año? –resopló Irene.
– No con precisión, me temo. Aun estoy recalculando la transición y no tendré la posición del nuevo portal hasta dentro de unas horas. Ayudaría saber dónde estamos para acelerar mis rutinas de integración numérica.
– Veinte grados... Eso es muy al sur para estar en la península –pensó en voz alta Irene–. ¿Norte de Filipinas?
– Demasiada altura –resopló Ernesto. Luego la idea acudió a su mente: no podía ser otro lugar–. México. ¡Estamos en México!
Alguien les había robado la ropa cuando se bañaban en la charca, no lejos de allí.
Esa fue la excusa que pudieron dar a la mañana siguiente a una risueña aguadora quien, a cambio del anillo de oro de Ernesto, les trajo pantalones, unos ponchos y calzado.
– Le daría falda, doña –se excusó la aguadora divertida cuando les llevó a su choza–. Mas me tendría que poner yo los pantalones.
Ernesto guardaba silencio ya que su acento mexicano era desastroso, mientras Irene acababa de ponerse las alpargatas.
– Con tanto marchar, perdimos el día –sonrió Irene de vuelta–. Estamos... ¿Cerca de Ciudad de México?
– ¡Ahá! –sonrió ella–. ¡Ya les hacía muy güeros a ustedes! ¡Vienen a la coronación, claro! ¡No se habla de otra cosa! ¡No se apuren, aun no es el día veintiuno! Bajen un día por ese camino y llegarán a la ciudad. Y cuando recuperen su platita y puedan pagarme, pues vénganse a por el anillo de su esposo, que se los devolveré.
Chispitas volvió a comprobar el estado de las iteraciones de integración. La solución asintótica había vuelto a fallar y tuvo que rearmar el esquema; al menos había llegado a puntos intermedios de estima y con la nueva información de la fecha exacta, veintiuno de julio de 1824, podría encontrar para su patrulla las coordenadas espacio-temporales.
Entretanto, Irene Larra había propuesto llegar a la ciudad.
Según su teoría parecía más probable que de formarse el portal lo hiciera allí, ya que la mayor parte de las veces los portales se habían aparecido en ciudades. Chispitas había reflexionado largo y tendido sobre aquello los momentos que dedicaba a la carga de sus baterías: era capaz de predecir gracias al modelo temporal del Creador la aparición de nuevos portales, pero hasta el momento no había creído posible que, como decía Irene Larra, existiera una manera más simple de hacerlo.
¿Seguían otro patrón acaso que no fueran las matemáticas? Lo dudaba. Aun no se había acostumbrado a su nueva patrulla del todo y si bien era cierto que confiaba en ellos tanto como en el Creador, no estaba segura de comprender los parámetros de funcionamiento de Irene Larra y Ernesto Jiménez. De habérsele pedido una extrapolación, por ejemplo, hubiese predicho con un 60% de probabilidades que Irene Larra sólo quería ver pasar el desfile del Emperador; es decir, ser testigo de la Historia. Chispitas no tenía programado un especial interés por los acontecimientos históricos más allá de considerarlos puntos de referencia que utilizar en el satisfactorio desempeño de la misión.
No entendía, en absoluto, que Irene Larra pudiese retorcer sus propias conclusiones para satisfacer sus deseos. ¿Se trataba tal habilidad de alguna particularidad humana especialmente útil? Ernesto, por ejemplo, parecía menos proclive a aquellas inclinaciones, del mismo modo que Alonso de Entrerríos. No estaba tan segura de Méndez, o sea, de Pacino.
Un hilo de ejecución se preguntó entonces qué habría sido de Alonso de Entrerríos y de Jesús Méndez. Lo puso en espera, para ahorrar recursos; su contador de tristeza se incrementó por ello en varios bytes.
– Entonces... ¿Esta es la coronación de Maximiliano? –musitó Ernesto.
– Agustín I –corrigió Chispitas–. Aunque según mis bancos de datos el ahora general Iturbide durará en el cargo poco tiempo.
– Lo siento –se disculpó–. Lo mío es la Historia de España.
Con sus nuevos atuendos para pasar desapercibidos, sus compañeros de patrulla se habían colocado entre la multitud que veía pasar la comitiva del futuro Emperador. Soldados, caballerías y un nutrido número de personalidades acompañaban al futuro monarca camino de la catedral. Larra había dejado su cámara descubierta por encima del poncho, pero Chispitas estaba más centrada en vigilar que las iteraciones convergieran. Comenzaba a encontrar especialmente molesta la actitud del Ministerio alterno, ya que la trampa de Barcelona había trastocado todos los factores de cálculo.
Aquella Amelia Folch alterna, resumiendo, le caía especialmente mal.
– De todos los sitios a los que esperaba que me llevase el Ministerio, México en el siglo XIX no era uno de ellos –oyó que murmuraba Irene.
– Al menos hemos tenido suerte de caer aquí –susurró Ernesto–. Llegamos a aparecer en el grito de Hidalgo y nos pasamos corriendo el tiempo entre portal y portal.
Chispitas asintió internamente la apreciación de Ernesto. Que supiera, la revuelta de Hidalgo que diez años antes había desencadenado la guerra de Independencia de México, hubiese sido un mal lugar para aparecer, siendo ellos peninsulares.
¡Vamos, vamos, vamos! ¿Por qué no convergía el modelo? Las condiciones de contorno no eran tan...
Algo le llamó la atención por el rabillo de su cámara. Algo pequeño.
Un niño.
Un niño del otro lado de la calle les estaba mirando, comprendió.
Y les señalaba.
– Creo que hemos sido descubiertos –avisó alarmada Chispitas.
Pero fue tarde. Alguien prendió a Ernesto e Irene y Chispitas, siguiendo sus rutinas de emergencia, quedó atenta a poder ayudar hasta que los golpes y la mordaza en la boca de Irene Larra le confirmaron que su patrulla había sido capturada.
Ernesto abrió los ojos, aturdido aun por el talegazo. ¡Mierda! ¡Mierda, mierda y mierda!
– ¡Padre! ¡Padre, padre! ¡Acuda! –oyó una chillona voz–. ¡El diablo se nos despertó!
Era un niño. Un niño moreno y de mirada inquieta le apuntaba con un viejo mosquete más grande que él desde el otro lado de lo que parecía un pajar. Cadenas. Tenía cadenas atadas a las muñecas. Le habían colgado de ellas en una especie de gancho de carne, los brazos arriba; por eso le costaba respirar.
– Was... Was ist das? –trató de ganar tiempo.
– ¡Ah! ¡No finja, cachupe! –oyó una voz de hombre que llegaba por la espalda–. Sabemos que no es usted alemán. Su güera cantó.
– ¡Irene! ¿Dónde está? Como le hayáis hecho daño...
El hombre le ganó el frente con mirada satisfecha. Vestía sin pobrezas, pero tampoco con pompa; parecía criollo, y sin embargo estaba tostado por el sol. Un grueso bigotazo le caía de los labios por los lados. Ordenó al niño que llamara a los "demás" y cuando quedó a solas con él, Ernesto sintió la fría cuchilla de un enorme machete rozarle el cuello.
– ¡Pues no le hicimos daño a su güera! –rió el otro, mezquino–. Tal le gustó lo que le hicimos mis hermanos y yo. Lo que aun le están haciendo –añadió pasándose la lengua por los labios.
Ernesto sintió desatarse una quemazón hirviente en su pecho y se sacudió con todas sus fuerzas, sin lograr más que ponerse a pendulear, colgado de las muñecas, patéticamente. El otro lo miró alarmado por un momento, pero finalmente, cuando comprobó que no le quedaban más fuerzas, se mesó el bigote como satisfecho. Pobre Irene, fue todo lo que logró pensar Ernesto.
El otro se le quedó mirando, el humor perdido.
– ¡Pues a qué espera, diablo! ¡Sáquese las cadenas! ¿Acaso no puede?
Ernesto le escupió en la cara, impotente, incapaz de nada más y el otro se limpió el salivazo con una mirada desconcertada. Luego se alejó de él. De entre las sombras entonces, siempre había estado ahí la hija de su madre, comprendió, una anciana encorvada y de paso decidido, chal y moño blancos, bastón en mano huesuda, se acercó a él quedándose a una distancia que pareció considerar prudencial.
– ¡Pues cómo encerró a Amelia Folch en una cajita, diablo! –gruñó la vieja sacudiendo la PDA. Ernesto vio cómo Chispitas había congelado su imagen en una seria pose de retrato decimonónico.
– Eso es un retrato, señora –pudo contestar Ernesto, incapaz de comprender nada, la cabeza palpitándole–... ¿De qué me está hablando? ¿Qué le han hecho a mi amiga?
– Dígame cómo sacar a Amelia Folch de la cajita güero o le juro por Padre de mi Padre que le voy a...
– ¡Nana Juanita, nana Juanita! –interrumpió el niño de nuevo, volviendo a todo correr con el fusil en la mano –. ¡La doña despertó también!
Ernesto trató de pensar. ¿Por qué aquella anciana conocía a Amelia? ¿Eran agentes del Ministerio alterno? ¡Ridículo! Era como si... Como si nunca hubiesen visto una pantalla... Irene... ¿Irene estaba bien? ¿Había sido un engaño?
– ¿Quienes son ustedes? –pudo rehacerse Ernesto–. ¿Qué es lo que quieren?
– ¿Para qué quieres saberlo, diablo? –gruñó la vieja al sacarse una vieja pistola de pedernal y apuntarle despreocupadamente con ella, el pulso algo tembloroso–. ¿Para volver atrás y deshacerlo?
– ¿Qué han hecho con Irene? ¡Irene! ¡Irene dónde estás!
– ¿Qué fue lo que dijo? –preguntó la vieja, claramente confusa.
– Llamó a la güera Irene, madre –explicó el hombre.
En continuación del surrealismo, niño y hombre acercaron un taburete a la mujer para que se subiese en él. Mientras su hijo volvía poner el machete en el cuello a Ernesto, amenazante, ella le agarró de las mejillas con sus huesudas manos y empezó a estudiarle el rostro; sus gris y apagada mirada tenía una expresión ceñuda y arrugada, grave, metódica. Detuvo el análisis mucho tiempo en su ojo izquierdo, llegándole a meter un dedo en él a traición, a lo que Ernesto sólo pudo chillar de dolor.
– ¡Ay! ¡Señora, por Dios!
– ¡Este güero tiene alma! –exclamó la vieja, sorprendida–. Debe ser que no es demonio aun. Míreme bien –le ordenó agarrándole por los mofletes–. ¿Cómo dijo que se llamaba la mujer de cabello de color del oro?
Una puerta lateral del pajar se abrió de un portazo entonces.
Allí, un muchacho que no llegaría a la veintena abrió la puerta aturdido para, acto seguido, caer desmayado en el suelo llevándose una mano a la cabeza. Ernesto vio cómo Irene, lentamente, lograba avanzar a duras penas ya que sus piernas estaban siendo trabadas por media docena de mocosos que pataleaban y chillaban enroscados bajo sus rodillas.
– Me llamo Irene Larra –pudo resoplar Irene entre la marabunta pre-escolar. Uno de los niños la mordió y tuvo que darle una colleja tras un "¡Ay!"–. Yo conocía a Padre de tu Padre, Juani. Yo le pedí que le entregara aquel mensaje a Amelia Folch.
Ernesto vio cómo a la anciana se le encharcaban los ojos, aun subida en el taburete.
Las campanas de la catedral sonaron a lo lejos, gritos y algarabía en las calles.
México ya tenía un nuevo emperador.
NdA: Aun no tengo claro todos los saltos en América, pero me he decidido a que sucedan. Al ser el final de la trilogía, si no hacía referencia a los personajes que han salido hasta ahora, casi que faltaba algo. PervincaGaia me lo recordó, así que si Fridda me lo permite :), le dedico a Pervinca el capítulo.
