CAPÍTULO 35
MINI BONUS ESPECIAL DOS
VISIÓN DE FUTURO
Agosto de 1988
La señora Worthshop ya se lo había dicho tres veces a la señora Dursley. Y puesto que sus palabras habían caído en saco roto, optó por tomar algunas medidas. Y así fue como Harry fue a parar por el resto del curso a la primera fila.
-¡Eres un tonto! – Exclamó Piers Polkiss sacando la lengua la mañana en la que Harry recibió la orden de trasladar sus cosas al pupitre hasta entonces ocupado por una niña rubia con dos largas coletas que tenía fama de un poco pelota y que le dedicó una mirada de reproche que no tenía desperdicio.
-¡Tonto! ¡Tonto! ¡Tonto! – Bramó Dudley como un toro furioso. Y los demás de la pandilla le corearon con entusiasmo.
-¡Tontaina! ¡A ver si te enteras de algo ahí delante! – Remató Polkiss, que aún siendo un bruto como el resto tenía dos o tres neuronas más que todos ellos juntos en funcionamiento.
Harry se encogió de hombros y renunció a explicar nada. Total, no cambiarían de opinión ni aunque la mismísima reina de Inglaterra viniera a decir algo al respecto o saliera su caso en las noticias de la televisión.
Y es que, como ya se ha indicado, la señora Worthshop ya se había dado cuenta de su problema. Harry fruncía el ceño, arrugaba la frente, entornaba los ojos y hasta se ponía bizco intentando descifrar el mensaje escrito en la pizarra, las diapositivas de audiovisuales, los anuncios del corcho de la pared del pasillo y, apurándola, hasta el número de los autobuses cuando salía del colegio.
-Perdón, señora Worthshop, ¿Eso es un nueve o un siete? ¿Ahí pone Las Orugas Caníbales o las Arrugas Estivales?¡Ah, perdón, es las Burguesías medievales! ¿La multiplicación es por 88 ó 89?...
Así llevaba un par de meses el niño desde el inicio del curso, provocando las lógicas risitas y burlas de los compañeros. Y puesto que era obvio que la señora Dursley no iba a hacer nada de nada al respecto, la señora Worthshop hizo lo único que podía hacer, que no era otra cosa que ponerlo delante, para que al menos pudiera descifrar alguna cosa más de la pizarra.
-He leído que con ejercicio, la miopía se quita.- Dijo el señor Dursley cuando tía Petunia, con algo de cargo de conciencia, le vino con los problemas de la vista del sobrino que no habrían querido tener que criar.- Que siga forzando la vista y torciendo los ojos y se le pasará.
Y así había transcurrido todo el curso, con Harry en primera fila y la señora Worthshop, que estaba a punto de jubilarse, escribiendo en la pizarra con la letra más gorda que había hecho en más de cuarenta años de profesión y repitiendo en voz alta y clara todo lo que escribía. Antes de terminar el curso consiguió que el jefe de estudios escribiera unas pocas pero bien medidas palabras relativas a los problemas visuales de Harry, indicando que o aparecía en septiembre con gafas o se verían obligados "a tomar las medidas previstas en la reglamentación".
- ¡Pero quién se ha creído que es este tío! ¡Venirme con amenazas! ¡A mi! – Exclamó el señor Dursley al leer la nota. Pero no se atrevió a romperla en mil pedazos. En realidad, era una amenaza que había recibido en varias ocasiones desde el colegio con relación a su sobrino por varios motivos. Por la ropa andrajosa, los zapatos con agujeros en las suelas, el anorak con la cremallera rota aquel invierno en que una ola de frío siberiano cubrió Europa durante quince días o la negativa a comprar los libros obligando al niño a usar los de Dursley del año anterior, por poner algunos ejemplos.
La amenaza en cuestión significaba llamar a los servicios sociales. Y por nada del mundo los Dursley permitirían eso. Primero y primordial, porque sería una vergüenza que los vecinos supieran que la administración les investigaba por el trato al sobrino. En segundo lugar, y para ellos aún más importante, ¿Cómo podrían corregir la "anormalidad" de Harry si se lo llevaban a una casa de acogida?. Y peor aún. Mucho peor. ¿Y si salía entonces a la luz que en la familia de la señora Dursley ya se habían dado casos?
Por eso, cuando las notas del jefe de estudios llegaban a esos términos, Vernon Dursley despotricaba del sujeto, lo ponía a caer de un burro, se acordaba de toda su familia en los peores términos posibles y acababa transigiendo.
Pero en este caso, como la amenaza vino en junio, dejó pasar un mes entero, esperando a que en agosto, con las rebajas, el engorroso asunto de las gafas le saliera lo mas barato posible. Al fin y al cabo, bastantes sacrificios hacían con él. Y ellos tenían un hijo propio que criar, que por supuesto estaba en primerísimo lugar.
Aquel día de agosto la señora Dursley entró con Harry en la óptica mientras tío Vernon se llevaba a Dudley al museo de cera de Madame Trusseau. Una señorita muy amable les indicó que esperaran un momento en una pequeña salita donde otra familia aguardaba turno.
La señora Dursley estiró su largo cuello para escanear de arriba abajo a aquella familia. Tenían buena pinta, y eso en principio le agradó. A continuación sintió bochorno por ir acompañada de su sobrino, pero enseguida se le pasó cotilleando a aquellos desconocidos. La madre de familia, una mujer todavía joven, era alta y delgada, tenía el pelo castaño claro y lo llevaba en suave melena por los hombros. La señora Dursley no aprobaba las melenas por los hombros en las mujeres casadas, pero en este caso tuvo que reconocer que resultaba elegante.
El padre también era alto, de hombros anchos y un pelo negro cortado muy corto con maquinilla. La señora Dursley tampoco aprobaba los cortes de pelo masculinos con maquinilla porque parecían de reclutas militares, o peor, de tiñosos, pero en este caso se vio pensando que le daba un toque atractivo y hasta varonil.
Aquella familia, que esperaba hojeando revistas, tenía además dos hijas. La mayor, muy parecida al padre, tendría unos doce años, una melena oscura y lacia recogida en una coleta y unos grandes ojos grises. Sería una belleza clásica en cuanto creciera un poco. La pequeña… ¿qué estaba haciendo esa mocosa?
Petunia Dursley observó con espanto que la niña hablaba animadamente con su sobrino Harry. Enfurecida, se dirigió al niño con su voz aflautada.
-¡Harry! ¡Deja de molestar a esa niña! – Y ya iba a agarrarlo por el brazo para llevarlo al extremo mas alejado de la salita bajo la mirada abochornada de su sobrino y la estupefacta de la niña cuando el padre intervino. Aunque hablaba con muchísima corrección, tenía un ligero acento extranjero.
-No molesta, no se preocupe. Por favor, es estupendo para la niña hablar con un niño inglés.
Petunia Dursley sabía cuándo era peor insistir en la disciplina en público, de manera que transigió a regañadientes. Y así observó como la niña, flacucha y un poco mayor que su sobrino, le sonreía abiertamente mientras le mostraba un libro lleno de dibujos.
El tiempo se le hizo eterno, aunque fueron tan solo diez minutos hasta que vinieron por la familia. Cuando le llegó el turno Petunia, todavía molesta por no haber fastidiado a Harry a gusto, insistió en que los cristales fueran lo más baratos posibles.
-Al fin y al cabo, ya se sabe con los niños. Los romperá a las primeras de cambio…
Y para pasmo del empleado de la óptica, eligió una montura casi descatalogada, que vendían a precio de saldo y que hizo furor décadas atrás gracias a John Lennon. Y dio igual que el encargado de atenderlos le explicara que eran de adulto.
-Ya crecerá. Así le sirven más tiempo…
El hombre abrió la boca para indicar a la señora la contradicción en la que incurría con lo de los cristales y las gafas, pero una mirada significativamente expresiva de su jefe le hizo desistir. Seguramente porque por fin colocaban aquella antigualla.
-A ver si tienes más cuidado, Almudena.- Iba diciendo la señora extranjera por la calle.- Nos quedan veinte días en Inglaterra y no es plan que rompas más cristales. Ya sabes que la magia no puede reconstruir un cristal graduado.
- Fue un accidente, mamá. Les di un manotazo sin querer…- La niña miró con sus ojos de un marrón verdoso a su madre mientras ella le tomaba la mano para cruzar la calle.
-¿Papá? – dijo entonces la otra niña dirigiéndose a su padre.
-¿Qué quieres, Ceci?
-Ese niño que estaba en la tienda…
-Si… su madre era bien estrafalaria. Y se pasó todo el tiempo mirándonos y remirándonos… ¡La muy Maruja!
-¡José Ignacio! ¡No seas criticón!
El hombre sonrió y le guiñó el ojo a su hija mayor.
-¿Qué le pasaba a ese niño, Ceci? –Preguntó el padre a media voz. Y luego, bajándola mucho para que solamente su hija pudiera oírle, añadió – Dejando aparte el hecho de tener semejante madre…
La niña le devolvió una media sonrisa idéntica a la suya antes de contestar.
-Pues… pues a lo mejor te parece raro, pero me ha parecido percibir la magia en él.
El padre alzó las cejas sorprendido.
-¿Qué es lo que has notado?
-No se… creo que ha sido una intuición…
Los padres intercambiaron una mirada como interrogándose el uno al otro y acabaron encogiéndose de hombros.
- Los adolescentes son particularmente sensibles…- Decía tiempo después la madre.
-Mi Ceci tiene doce años.
-Pues eso, José Ignacio, es casi una adolescente.
El padre frunció el ceño.
-No se si me hace mucha gracia que se me hagan mayores…
-No puedes conservarlas en alcohol tal cual están ahora…
-Ya, ya lo se. Pero…
-Pero no puedes evitar sentirte un poco melancólico. Lo se. A mi también me pasa.
-Bueno, puede que Cecilia se haya equivocado y ese niño no tenga ni gota de sangre mágica…
Aquella noche, después de depositar con cuidado sus gafas nuevas sobre una balda de la alacena en la que dormía, como su mas preciado tesoro, Harry se durmió más reconfortado que otras veces porque durante menos de un cuarto de hora una niña le hizo sentir normal. Aquella noche soñó que aquella familia venía a buscarlo, lo adoptaban y se lo llevaban lejos, a un país soleado donde crecía feliz, lejos de los Dursley.
"Cuando era más pequeño, Harry soñaba una y otra vez que algún pariente desconocido iba a buscarlo para llevárselo, pero eso nunca sucedió…" (HP y la piedra filosofal).
