Morder la manzana
Capítulo 36
—Dorcas Meadowes sobrevivió. —le informó Lucius al día siguiente, cuando fue a visitarlo. —Ha pasado el día en el hospital.
—Qué pena. —murmuró Severus, distraído. El hombro todavía le dolía después del encantamiento paralizador. Se lo frotó, intentando calmar el dolor.
—¿Qué hacías ayer en la última habitación que registraste? —preguntó Malfoy, dejando el tono casual a un lado. —No era tan grande como para que tardaras tanto en salir.
—La registré a conciencia. —Severus desvió la mirada a la ventana sucia del salón. Malfoy sospechaba, pensó. Sentía que de un momento a otro aparecería su Señor por ahí para decirle que sabía que era un traidor, pero eso era improbable en realidad. Si debía pasar, Severus sería llamado al cuartel.
Malfoy le miró insistentemente. No dijo nada más, pero no era difícil darse cuenta de que no se creía una palabra. Severus tragó saliva disimuladamente mientras se frotaba de nuevo el hombro. La mirada de Lucius cayó sobre ese hombro, pero no dijo nada. Su mirada bajó al Profeta, antes de doblarlo y lanzarlo al sofá, al lado de Severus. En la portada se leía "Masacre en el Ministerio", acompañada de una foto de la ministra Bagnold muy seria y consternada.
Lucius se fue. No lo tocó ni hizo amago de querer morderle; tan solo le lanzó una última mirada indescifrable y se marchó sin decir adiós. Y durante una semana, Severus pensó que todo iba tan bien como podía ir. Hubo varios ataques a otras familias, e incluso una cacería de muggles en un pueblecito de Yorkshire, pero Severus no tuvo que asistir a ninguno. Se sentía algo ansioso, casi suplicando por la noche que la Marca ardiera: que no sucediera nada era casi tan terrorífico como que pasara algo.
—Estás muy tenso. —comentó Florence. Ella solía sentarse delante de él en su sótano, viéndole hacer pociones. Severus levantó la mirada, apagada.
—Tan sólo estoy un poco abrumado por el trabajo. —respondió, mintiéndole. Ella no pareció darse cuenta de nada. Le sonrió y Severus no pudo evitar suavizar la mirada. La sonrisa anodina de Preston le hacía sentirse algo más seguro. —No es nada que deba preocuparte.
—Últimamente te veo algo sombrío. —Severus hizo un ruidito poco comprometedor. Preston tamborileó con los dedos en la mesa mientras él cortaba el siguiente ingrediente. —El callejón Diagon también está algo sombrío.
—¿Ah, sí? —murmuró Severus. Apenas seguía la conversación, pero algo se quedaba en su mente.
—Sí, cada vez hay menos gente por allí. Ya sabes, ahora todos prefieren quedarse en casa, seguros. Aunque no sé si las casas son tan seguras… —divagó ella. —Si los mortífagos han sido capaces de entrar al Ministerio, creo que podrían entrar en las casas ajenas. —se quedaron callados un rato.
—¿Qué tal en el trabajo? —preguntó Severus finalmente, tratando de cambiar de tema con suficiente discreción.
—Bien, la semana pasada me ascendieron. —Severus asintió varias veces.
—Eso está bien.
—Sí, ahora gano un poco más de dinero. Creo que si ahorro lo suficiente podría comprarme una casa en algún barrio residencial, aunque no me convence del todo. Estar rodeada de muggles no parece tan buena idea. —murmuró ella. —Apenas podría hacer magia y todos me mirarían raro.
—¿No has pensado en irte a uno de esos pueblos mágicos? —preguntó él.
—Lo he pensado, sí, pero vivir en un pueblo… La casa de mi familia siempre ha estado en el centro de Londres, no sé si me sentiría cómoda en un pueblo. Además, sería algo solitario. —se quejó ella. —No conozco a nadie que viva en algún pueblo: lo más parecido, Molly, pero ella vive cerca de un pueblo, no en un pueblo.
Se quedaron callados de nuevo. Severus echó los ingredientes a la poción y empezó a darle vueltas con parsimonia. Él jamás se había planteado donde comprar una casa, dado que su criterio al alquilar el semisótano en el callejón Knocturn había sido el precio. Suponía que era horrible en eso de elegir una casa, pero tampoco le importaba: no pensaba mudarse en un futuro cercano, aunque suponía que ahora que había obtenido su Maestría en Pociones, podría optar a trabajos bastante bien remunerados y pensar en esas tonterías. De momento, se quedaría con lo que tenía actualmente: no podía trabajar para el Señor Oscuro e ir a un laboratorio todos los días, y aún así, había muchas posibilidades de que terminaran descubriéndole.
Florence se fue después de que Severus terminara los encargos de ese día. Él la invitó a comer allí, pues ella le había vuelto a traer pastel de calabaza de su madre, que estaba francamente bueno. Comieron en silencio, roto ocasionalmente por el cojear de la mesa. Sin saber cómo, Florence Preston había pasado de ser una rémora molesta a ser aquella persona que le traía un trozo de sol cuando entraba por la puerta de su casa. A pesar de que Preston tenía miedo de muchas cosas, ella conseguía hacerle sentir menos sombrío y deprimido que de normal.
Francamente, le daba algo de miedo, pensó mientras cerraba la puerta de su casa, después de verla desaparecer. Se estaba encariñando con la ravenclaw tonta que le confesara sus sentimientos tras los invernaderos, y eso no era para nada bueno. Gruñó, frotándose el antebrazo izquierdo por inercia. Llevaba tiempo con ese mal hábito, que de verdad quería erradicar. Frunció el ceño, mirando la hora: debía empezar a vestirse para ir a la Mansión Malfoy a alimentar al señor de la casa.
Era el crepúsculo cuando Severus caminó por el sendero de grava en dirección a la mansión blanca. Cada paso que daba resonaba en el aire con un ruido amortiguado. Miró las ventanas de la mansión: la sala de estar estaba iluminada, así que Narcissa seguramente estaría allí, pero Severus no creía probable que Lucius le hiciera compañía, pues cuanto más avanzaba su embarazo más irascible se ponía ella. Severus entró en la mansión, tendiéndole su capa de viaje al elfo doméstico, y miró a su alrededor.
El vestíbulo estaba desierto y no había rastro de Malfoy en el lugar. Él solía esperarle al final de la escalera con esa sonrisa divertida que tan humillante le parecía a Severus, pero esa vez no estaba a la vista. Avanzó a la sala de estar mientras escuchaba el llamado de Narcissa, amortiguado por las paredes. Ella estaba a punto de dar a luz y su tripa se veía más grande y redonda que nunca antes. No se levantó a saludarle, algo que solía hacer siempre, pero Severus no se lo tuvo en cuenta: ¿cómo podía maniobrar con esa barriga?
—Severus, adelante. Siéntate. —Narcissa le señaló un sillón cerca de ella. Leía un libro de bebés. —Lucius está atendiendo un asunto, pero en seguida llegará. —la mirada de ella pasó de su cara al libro de nuevo. Pasó una hoja, haciendo que crujiera.
—¿Está todo bien? —preguntó Severus finalmente con voz callada.
—Sí. —la mano de Narcissa pasó por su barriga mientras le comentaba. —Desde que te tomaste la alimentación de Lucius en serio, las cosas no han hecho más que mejorar.
—Me alegro. —murmuró Severus. Se frotó de nuevo el antebrazo. Narcissa le lanzó una mirada curiosa:
—¿Te duele?
—No.
—Últimamente no dejas de hacer ese gesto. —notó Narcissa.
—Lo sé.
Se quedaron de nuevo callados. Narcissa retomó su lectura mientras Severus miraba sus manos entrelazadas en su regazo. Se sentía algo impaciente; Lucius nunca le había hecho esperar. Casi temía que algo malo estuviera pasando. Reprimió un gruñido, no queriendo atraer la atención de la esposa de Lucius otra vez, y se contuvo para no volver a frotarse el antebrazo izquierdo. Se escuchó el sonido de una puerta metálica al cerrarse y Severus vio a su compañero salir de las escaleras que dirigían al sótano. Lucius le miró, haciéndole un gesto con la cabeza para que fuera, y Severus se acercó.
—Lamento haberte hecho esperar, Severus, pero se me complicó un asunto. —Lucius empezó a subir las escaleras principales, que eran de mármol. Severus miró un momento la puerta del sótano, muy discreta, y luego siguió al rubio. —Me emocioné y perdí la noción del tiempo. —Lucius le sonrió, pero su sonrisa daba miedo. Severus bajó la vista: el puño de la camisa de Lucius estaba manchado de unas gotas de sangre.
—¿Tienes a alguien en el sótano? —preguntó en voz baja mientras accedían al pasillo del primer piso. Lucius le miró con ojos insondables:
—Eso no es asunto tuyo, Severus. Harías bien en dejar de ser tan perceptivo. —espetó, girándose de nuevo. Entraron en la habitación que solían ocupar en esa clase de asunto y Lucius se acercó a él.
—Tan solo preguntaba. —susurró Severus. Las manos de Malfoy empezaron a desabrocharle la túnica.
—No preguntes. —susurró de vuelta el otro. Lucius tiró su túnica negra a la butaca de la habitación. —Quítate la camisa. —le ordenó mientras se quitaba su túnica. Dejó a la vista su camisa blanca: tenía más manchas de sangre en el cuello, y esas no eran tan discretas como la del puño de la camisa.
—¿Es un encargo del Señor Oscuro? —preguntó de nuevo Severus. Sus manos estaban inmóviles y sus ojos clavados en el trozo de tela manchado. Lucius le lanzó una mirada enfadada y se acercó:
—No es asunto tuyo. —remarcó exageradamente. Se giró, quitándose la camisa, y comenzó a desvestirlo a él. —Eres un inútil, Snape. —se quejó. Severus abrió la boca para reprochar, pero Lucius le cortó —No más preguntas. No te interesa lo que haya pasado en el sótano, ¿de acuerdo?
Severus se calló. Se moría por dejar a Lucius allí y bajar a ver qué o quién había, pero por otra parte, sabía que solo sería otra decepción más: lo que sea que había en el sótano ya estaría muerto y Severus solo vería el cadáver y se sentiría mal. Las manos de Lucius desabrocharon su cinturón, haciéndolo a un lado. Severus le miró, viendo a Lucius forcejear con la bragueta de su pantalón. Parpadeó un par de veces, dejándose tirar a la cama como tantas otras veces.
Nota: mi idea es seguir actualizando la historia cada dos días. Tiene 41 capítulos, así que queda poco para el final... De esta parte. Habrá una segunda, que comenzaré a subir en cuanto termine este fic, así que sin interrupciones. Está tooooodo escrito y con copias de seguridad, así que no hay problema porque se me borre del ordenador ni nada :D
Saludos,
Paladium
