CAPITULO XXXVII
Los pies de Isabella habían trastabillado muchas veces esa tarde-noche, había luchado en vano por no caer entre las ramas y raíces de los árboles que se levantaban en medio de aquel bosque, pero era imposible mantenerse en pie cada 5 metros. Llevaba una linterna en su mano, Alice la había observado con real interés mientras vestía sus jeans y se echaba encima una sudadera encima, pero no había dicho nada, la chica Cullen se preocupó más por peinar su cabello y maquillarse para "la gran noche"; Isabella, por su parte se preocupaba más por llegar a su cita a tiempo, Edward le había dicho una hora, pero ella no tenía auto, así que tuvo que salir de la casa mucho antes de lo previsto.
Durante su recorrido, las dudas comenzaban a embargarla mientras ella luchaba por tranquilizarse y responderse mentalmente las preguntas formuladas. ¿Por qué la Push? Porque Tanya estaba en casa y no quería arriesgarla ¿Por qué no le dijo lo de la enfermedad de Tanya? Tal vez tenía miedo de que ella lo hiciera cambiar de opinión ¿Hubiese intentado si quiera hacerle cambiar de opinión a Edward? Isabella se detuvo en seguida… Evaluó mentalmente sus pensamientos y por un momento, el diablo en su hombro izquierdo suspiró y asintió pesadamente, «Demonios, si. Hubiese sido una perra egoísta y lo hubiese convencido de mandar a Tanya al diablo. Yo podía ser una excelente madre…» negó con la cabeza y detuvo sus pensamientos ¿Hijos? ¿Un hijo de otra mujer? ¿En serio podía hacerlo? Isabella mordió su labio y despejó su mente con una sacudida, emprendiendo nuevamente su camino hacia la Push.
El lugar estaba tranquilo, demasiado tranquilo y eso hizo que un escalofrío recorriera la columna de Isabella; ella había esperado encontrar un jeep aparcado en el estacionamiento del lugar cuando pasó por allí, pero no había ningún auto, ¿acaso Edward había caminado igual que ella? Dudó durante unos segundos, si él hubiese estado a escasos metros de ella, lo hubiese sentido. Creía en esa sensación de estar siendo observado, si, lo había sentido antes, cuando estaban en el restaurant el domingo después del día en la playa con los Cullen y los Hale, allí se había sentido observada por una mujer rubia. Su nuca picó, ahora sentía la misma sensación.
Isabella inspiró fuertemente, ¿Edward estaba jugando con ella? Tras aquel pensamiento, la pieza restante del rompecabezas encajó; allí, de pie frente a ella, una mujer rubia le sonreía con autosuficiencia. Estaba vestida teatralmente, con un vestido ceñido al cuerpo color blanco, su cabello rubio caía perfectamente acomodado en rizos y su anillo de compromiso brilló con el resplandor del escaso sol de aquella tarde. Era un vestido de novia, un maldito vestido de novia.
— ¿A qué estás jugando? — la voz de Isabella sonó mucho más baja, mucho más aguda de lo que hubiese querido.
Tanya, al igual que la castaña, notó el bajo tono de voz con el que esta última habló, lo que le hizo sonreír triunfal. La mujer dio un par de pasos hacia Isabella, pero la muchacha fue más rápida y, rogando que su coordinación no fallara, dio dos pasos hacia atrás, manteniendo una distancia prudencial entre ella y su nueva acompañante.
— ¿Qué pasa, Marie? ¿Aún me tienes miedo? — la amenaza estaba claramente impresa en aquellas palabras de Tanya, y el arma que sacó de atrás de su espalda solo sirvió para reforzarla.
La respiración de Isabella se tornó más fuerte, casi desesperada, saberse apuntada con un arma por una mujer que claramente está trastornada mentalmente no le garantizaba que fuese a salir viva de aquel lugar. Maldijo el momento en el que Edward envió ese mensaje, pero un nuevo pensamiento embargó su mente: Edward no envió ese mensaje, ¿Acaso ella le había hecho algo? Antes de si quiera poder pensarlo, los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas, su cuerpo emanaba casi una promesa suplicante mientras Tanya le hacía una seña para que se tumbara en el piso.
«Mantenla hablando» pensó, pero ya era tarde, demasiado tarde, la rubia se aproximaba a ella con aire decidido e Isabella decidió que si podía extender sus minutos, si podía por lo menos tener un momento para agradecerles a sus padres lo que le habían dado, lo tendría. Se arrodilló con los ojos cerrados mientras su rostro se elevo al cielo, rogando de forma silenciosa por una oportunidad. Sus ojos estaban cerrados, si, pero sus sentidos estaban alertas, sintió los pasos de Tanya ahora mucho más cerca y la pistola que la mujer sostenía se posó sobre su frente, sentía el frío hierro contra su piel y sus ojos se apretaron más fuertes mientras un sollozo escapaba de sus labios.
— ¿Vas a matarme? — preguntó con voz temblorosa.
—Si— la convicción de la respuesta de Tanya la hizo temblar; escuchó un click y un escalofrío recorrió su columna —Pero primero… voy a contarte por qué.
Pronto sus ojos se abrieron para observar la sonrisa depredadora de Tanya, pero no tuvo tiempo de reaccionar, un pañuelo blanco impregnado con algo que no reconoció, un olor demasiado fuerte de soportar, se posó sobre su nariz y boca, intentó forcejear con las manos delicadas que sostenían el pañuelo, manos que no eran de Tanya, pero no pudo hacer más. La oscuridad la embargó antes de si quiera poder reaccionar.
La rubia sonrió mientras volvía a pasar el seguro del revólver, observó entonces a la muchacha tendida en la arena de la Push. Con una última mirada a la playa, asegurándose de que nadie la observarse, le hizo una seña a la mujer frente a ella, la pelirroja no tardó en guardar el pañuelo en el bolsillo trasero de su pantalón y coger las manos de Isabella.
—Tanya, necesitaré ayuda con ella.
—No puede pesar más de 45 kg, es puro hueso Victoria.
La rubia rodó los ojos ante la inquisidora mirada de su acompañante y le pasó el revólver que sostenía, la mujer que respondía al nombre de Victoria, guardó el arma en la cintura de su pantalón y volvió a agacharse para tomar los brazos de Isabella mientras Tanya hacía lo mismo con las piernas. Unos minutos después, habían llegado a la camioneta aparcada a un lado de la carretera. Victoria abrió la puerta trasera del auto mientras Tanya hacía el esfuerzo de subir dentro el cuerpo casi inerte de Isabella.
—Estás jodidamente loca, Tanya. ¿Qué se supone que vas a hacer con ella? — la voz de la pelirroja denotaba cierta ansiedad en la voz mientras cerraba la puerta con fuerza y tomaba su lugar en el asiento del chofer.
La rubia se unió a ella como copiloto en apenas unos segundos después, ella parecía estar realmente impasible, ajena a la ansiedad que la pelirroja revelaba. Ante sus palabras, solo rodó los ojos.
— ¿Hiciste lo que te pedí? — Victoria asintió —Bien, iremos allí.
—Tanya, me dijiste que era una maldita sorpresa para Edward. ¿Has estado planeando esto?
Fue inevitable que la rubia liberara una carcajada por el tono irritante en el que su acompañante había dado en el clavo. Victoria negó con la cabeza mientras aceleraba la camioneta y conducía por la 110.
—Te dije que buscaras una cabaña. Tú creíste que era para Edward y yo acepté porque sabía que te negarías— el tono paciente de Tanya hizo que la pelirroja cerrara sus manos en torno al volante y lo apretara con fuerza —Cálmate, mientras menos sepas mejor.
—Dijiste que ibas a matarla— comentó ella casi sin aire.
—Es lo que dije.
Victoria observó la carretera, pero no hizo comentarios. No quería entrar en discordia con Tanya, ella simplemente podría explotar y eso no le convenía a nadie, mucho menos a la muchacha acostada en el asiento trasero de esa camioneta; se preguntó entonces ¿Cuánto tiempo tardarían en darse cuenta de la falta de aquella muchacha?
A kilómetros de aquella carretera, alguien respondía a la pregunta mentalmente formulada de la pelirroja. Alice Cullen se removía en su asiento sin comprender como era que el rostro ceniciento de Edward había adquirido un matiz tan rojo; Rosalie lo observaba preocupada desde el fondo de la sala, sus ojos estaban enrojecidos y los brazos de Emmett la rodeaban en un ademán tranquilizante. Carlisle hacía llamadas desde su despacho y Edward empezaba a caminar como león enjaulado por toda la estancia.
—Hijo por favor, toma asiento, me estás poniendo más nerviosa— la voz de Esme resonó entre el silencio sepulcral de la habitación.
El cobrizo intercambió una rápida mirada con su madre, pero no podía tranquilizarse, se sentía repentinamente miserable y furioso, con Tanya, con Rosalie, y con la misma Isabella por abandonar la seguridad de la casa a sabiendas de que Tanya era una mujer poco estable pero, ¿qué culpa tenía Isabella? Edward negó con la cabeza y cerró sus ojos exasperado; Alice le había dicho que Isabella se vistió y abandonó la habitación luego de leer un texto, eso les hizo pensar que había sido citada en algún sitio pero ¿dónde? ¿y por qué Bella asistiría a una cita con Tanya? Nada parecía tener sentido, era una pesadilla.
—No lo entiendo, ¿qué pasa? — la voz de Alice, pintada con una nota de desespero atrajo la atención de Esme, quien se levantó en seguida para tranquilizar a su hija.
Edward no podía esperar más, no podía quedarse allí de manos atadas, pero cuando estaba próximo a la puerta, Jasper lo interceptó, advirtiendo con una mirada que utilizaría la fuerza si eso era lo que él quería. Pero Edward no estaba dispuesto a quedarse allí, escuchando los lamentos de nadie, Isabella estaba en peligro, tenía que buscarla, hasta debajo de las piedras.
Sin embargo, su atención viajó en seguida a otro asunto. El auto de los Denali estaba aparcando fuera de la casa Cullen y una muy ataviada familia claramente ajena a la tensión que se vivía en aquella estancia, bajaba del auto y era recibida por Esme, cuyo rostro no mostraba mucha displicencia esa tarde, Esme estaba molesta, y su rostro mostraba la decisión de su hostilidad. Ese día, con el sufrimiento de su hijo y la tragedia que se avecinaba, no podía sonreír.
Eleazar y Carmen parecieron notarlo cuando pasaron el porche de la casa y la matriarca de aquella familia los encaminó directamente al salón, en aquel lugar, nadie estaba vestido de fiesta a excepción de Alice, quien hasta hace poco se encontraba ajena a la situación y ahora estaba en una esquina sollozando de forma queda; Rosalie aún tenía su albornoz blanco, Jasper y Emmett vestían jeans y camisetas y Edward ni siquiera se había cambiado el atuendo de esa mañana; Esme intercambió una rápida mirada con Carlisle, que acababa de salir de su despacho.
— ¿Es un mal momento? — la voz de Carmen Denali estaba cargada de cierta anticipación, y una carcajada amarga salió de los labios del cobrizo.
— ¿Pretendían que me casara con Tanya sin saber de su condición?
El rostro de Eleazar era difícil de reconocer en ese momento, se mostraba impasible, algo que Tanya había heredado claramente de él; no dijo nada, ni siquiera su esposa fue capaz de decir algo; pero Kate era caso aparte, ella había llegado junto a su marido, Garrett y temblaba entre sus brazos, reprimiendo unos sollozos que fueron audibles para todos los que estaban en la habitación.
— ¿Qué ha hecho? — La pregunta de Kate era apenas un susurro —Edward, mi hermana está enferma, sea lo que sea que haya hecho… no está en sus cabales, ella…— se detuvo al ver la mirada gélida de Cullen.
—Me importa una mierda si está en sus cabales, se ha llevado a mi mujer. Y va a pagar por ello.
Su voz, autoritaria y posesiva, provocó un estremecimiento en la sala. La mirada de Kate se encontró con la de Edward.
—Tú... ¿Tú has dicho "mi mujer"? — Edward asintió secamente —Isabella— dijo ella en un jadeo.
El mundo se les había venido encima.
