Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Tkegl, yo solo la traduzco.
BEYOND TIME
"La cosa más hermosa que podemos vivir es lo misterioso. Esa es la fuente de todo el verdadero arte y toda la ciencia. Ese para el que esta emoción es extraña, que no puede detenerse y admirar asombrado, es como si estuviera muerto. Sus ojos están cerrados."
-Albert Einstein
Epílogo – De Despedidas finales y Enfrentar el futuro
Dieciocho Meses Después
Caí de rodillas en el suelo congelado, apartando la nieve de la lápida plana de granito.
Margaret Miriam Oleson
2 de febrero de 1883 – 9 de agosto de 1973
Edward estaba a una corta distancia, mirándome desde su posición al lado de un gran roble sin hojas. Aquí y ahí el marrón y el verde del barro y el césped quedaba cortado por pilas de nieve de hacía semanas y el ocasional rojo brillante de una flor de Pascua. Todavía faltaban unas semanas para la navidad, pero Chicago ya estaba bien dentro de la temporada de celebración e incluso el cementerio mostraba señales de la inminente fiesta.
Edward me miraba con cautela, sin estar todavía muy convencido de que ese viaje fuera una buena idea. Sabía que no estaba preocupado por mi auto-control -había pasado por mi etapa de neófita con relativamente pocos problemas- y ahora, más de un año después de mi cambio, tenía muy pocos problemas para estar cerca de humanos. No, Edward no estaba preocupado por otros. Como siempre, estaba preocupado por mí.
Sabía que ese viaje a mí pasado -a nuestro pasado- sería doloroso. Pero era algo que realmente quería hacer. Algo que sentía que debía hacer. Decir adiós a aquellos que me ayudaron a sobrevivir el tiempo que estuve en 1918 y, finalmente, dejar descansar esa parte de mi vida con Edward. Desde que habíamos llegado, había visitado las tumbas de todos mis amigos, dándoles mis últimas despedidas.
Tom y Samantha habían sido enterrados uno al lado del otro, rodeados de algunos de sus hijos. La tumba de Eleanor estaba detrás de su casa. Su hogar ahora era un refugio de mujeres y niños, y mientras dejaba un ramo de rosas en su lápida, pude oír la risa de los niños que tenían una pelea de bolas de nieve en el jardín trasero.
A Eleanor le habría encantado eso.
Y, finalmente, estaba Maggie.
"Noventa años, ¿huh?" le dije en voz baja a su lápida mientras me ponía de pie. Sabía que Edward podía oírme, pero se dio la vuelta para darme al menos una ilusión de privacidad.
"Eso es una vida bastante buena, Maggie," seguí. "He oído que dejaste volver a Henry. Me alegré de oír eso... me alegré porque no estuvieras sola. ¿Y tuviste una hija? Apuesto a que fuiste una madre increíble."
Incluso sin su presencia física, había algo confortante en hablar con Maggie, y me encontré a mí misma confiándole qué había sido de mi vida desde que había vuelto al presente.
"Carlisle dijo que descubriste lo que me había sucedido," dije. "O al menos que había vuelto al lugar del que había venido. A Edward y a mí nos va genial. Estamos prometidos... de nuevo." Reí, tocando el anillo que Edward me había dado seis meses antes. Si hubiera podido físicamente, habría sollozado cuando se puso sobre una rodilla y me lo enseñó. De todas formas, sentí que mi pecho se encogía, seguido por un florecimiento de amor tan poderoso que casi me hizo caer de rodillas. Ver a Edward arrodillándose frente a mí por segunda vez, pidiéndome que fuera su esposa, trajo consigo una extraña sensación de déjà vu. Por supuesto, él entendía que en realidad todavía estábamos casados -bueno, al menos ante Dios, incluso aunque tal relación tal vez no fuera reconocida por la ley. Pero, como él no tenía sus propios recuerdos del evento, era importante para él decir los votos de nuevo.
Para mí, era solo otra oportunidad de mostrarle a Edward cuanto le amaba. Nunca tendría suficiente de eso. También podría tener una boda con la gente que había extrañado en la primera. La idea de bailar con Charlie y la sonrisa en la cara de Renee me hizo superar los nervios que podía tener por el prospecto de ser el centro de atención otra vez.
El anillo me trajo su propia ola de emociones agridulces. Lo reconocí al instante, habiéndolo visto y admirado incontables veces en la mano de su madre. Una estrecha banda de oro que se separaba en una delicada red de oro por el gran óvalo, retorciéndose entre filas de brillantes diamantes. Era precioso, pero tenía que admitir que sentí un golpe por la pérdida de mi original anillo de compromiso. No sabía dónde estaba -perdido en alguna parte en las brumas del tiempo.
Solo una de las muchas preguntas sin respuesta que todavía tenía sobre mi viaje.
Aun así, parecía apropiado tener un anillo nuevo que representara nuestra nueva vida... un nuevo comienzo.
"Jake no se sintió muy feliz," le dije a Maggie. "Dios, cuando se enteró de que Edward iba a transformarme estuvo a punto de explotar. En realidad, en cierto sentido lo hizo." Reí sin humor, recordando como, durante unas semanas, Jake se transformaba si mencionaba siquiera a Edward o cualquiera de los Cullen. Por supuesto -Jacob siendo Jacob- nuestra amistad había ganado, y terminó defendiéndonos a Edward y a mí frente al resto de la manada. Aunque Sam era el líder, Jacob era el que tenía verdadera sangre de alfa corriendo por sus venas. Él nunca había querido estar al cargo, pero se plantó cuando los otros nos amenazaron con una guerra, citando un viejo tratado que prohibía a los Cullen morder a otro humano.
Hubo un gran debate sobre el hecho de que en realidad yo estaba eligiendo ser mordida. Era una zona gris, y empecé a sentirme como un peón en un extraño juego de política entre vampiros y hombres lobo. La pelea se puso bastante acalorada y, durante un tiempo, pareció que podría haber algún tipo de guerra civil entre los hermanos Quileute. Pero, al final, Jacob ganó, aunque todos tuvimos que dejar Forks y mantenernos alejados -para siempre, de acuerdo con el resto de la manada- durante el futuro inmediato, según Jacob. Él parecía estar seguro de que los otros se harían finalmente a la idea y podríamos volver algún día.
Eso esperaba. A pesar del hecho de que había odiado esa fría y húmeda esquina de Washington cuando me mudé ahí, había terminado amándola.
La reacción de Charlie a mi compromiso no había sido mucho mejor que la de Jacob a mi transformación. Sorprendentemente, fue Renee la que suavizó su posición en toda la cosa. Edward y yo fuimos a Jacksonville para visitarla durante las vacaciones de primavera, y ella pasó mucho tiempo conociéndole. Estuve segura de que se volvería loca cuando solo unos meses después le dije que iba a casarme, pero Renee me había apoyado, diciendo que yo siempre me había conocido muy bien y que no dudaba de que Edward me amaba.
"Fui a Europa," seguí con mi diálogo unilateral con mi vieja amiga. "Le dijimos a Charlie que Edward y yo habíamos conseguido plaza en un programa de verano en Italia. Tenía que salir de Forks e ir lo suficientemente lejos como para que a Charlie no le diera un aire y decidiera hacer una visita. Él y Carlisle me llevaron primero a Alaska... a una pequeña cabaña en las montañas. Teníamos que estar en algún lugar alejado de la gente."
No tenía frío, pero sentí un escalofrío recorrerme mientras recordaba el tiempo que había pasado en esa cabaña y los tres días de mi transformación. La mayor parte era un borrón de dolor... miedo... fuego. Había recordado cómo era el veneno de vampiro debido al mordisco de James pero, ¿sentirlo por todo mi cuerpo? Era insoportable. Entendía finalmente porqué Edward decía que la agonía del cambio era el recuerdo más fuerte de un nuevo vampiro.
Era uno que desearía poder olvidar.
Nunca le había dicho a Edward que, en alguna parte de mi interior, había temido que al ser cambiada tal vez él no me deseara igual. Aunque ser su "cantante" era peligroso para mi vida, de alguna manera también era tranquilizador. Sabía que me deseaba a mí más que a nadie más. Claro, ahora me daba cuenta de que era por nuestra conexión en el pasado, pero sabía que mi sangre también le ataba a mí.
En realidad, Carlisle me sacó algo de sangre antes de la transformación porque estaba convencido de que la verdadera razón de que Edward estuviera tan atraído a mi sangre era nuestra transfusión. Afortunadamente, mis experiencias en el hospital habían prácticamente acabado con mi disgusto por las agujas y me sentí feliz de darle unos litros para satisfacer su curiosidad científica. Todavía no había encontrado respuestas, pero no tenía duda de que algún día lo haría.
En cuanto a mis miedos, se probó que eran infundados. Edward se sentía atraído por mí -puede que incluso más- ahora que tenía veneno corriendo por mis venas en lugar de sangre.
Edward y yo planeamos quedarnos en la cabaña una buena porción de mi año neófito, mientras Carlisle volvía con el resto de la familia. Todo eso se fastidió cuando Carlisle apareció una noche con una expresión amarga en la cara y dijo que habíamos sido citados por los Volturi. Explicó que eran algo parecido a la realiza, a cargo de poner en ejecución las leyes de los vampiros -siendo la principal el mantener su existencia en secreto. Evidentemente, habían sido informados de que los Cullen habían hablado de ese secreto y demandaron que todos apareciéramos frente a ellos. Carlisle dijo que había intentado explicarles que había sido convertida y que nadie más sabía de ellos, pero los Volturi querían verlo por sí mismos.
Como Carlisle creyó que meterme en un avión con un par de cientos de humanos tal vez fuera demasiada tentación para mí, Edward y yo nadamos hasta Europa mientras el resto de la familia volaba.
"Correcto, nadé hasta Europa," le dije a Maggie con una risa. "En realidad no es tan difícil como se puede pensar cuando no tienes que respirar y cuentas con una resistencia sin límite.
Los Volturi -Aro, Cayo y Marco- tenían su corte en un antiguo castillo de un precioso pueblo italiano. Me quedé asombrada por el supuesto desconocimiento de los miles de humanos que vivían en el pueblo, pero Edward me dijo que los Volturi nunca cazaban en el territorio de su hogar. En esencia, era probablemente el lugar más seguro de Europa para un humano que quería evitar convertirse en la comida de un vampiro hambriento.
Quedé abrumada cuando entré en lo que solo podía describir como la sala del trono de los Volturi. Los tres antiguos vampiros eran espeluznantes, por decir lo menos, con su piel como de papel y los lechosos ojos rojos. La guardia de los Volturi estaba cerca, enorme e intimidante, y había otros mirando los sucesos con interés. En realidad, solo me llevó un momento reconocer a uno de ellos, de pie a un lado.
Victoria.
Estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, y su mirada de enfado iba de Edward a mí y viceversa. Detrás de ella, aparentemente intentando ser invisible, estaba Laurent. Después me enteré de que había estado en Forks, vigilándome para Victoria. Tras lo que le había pasado a James (me había sentido aliviada al saber que todavía estaba muerto y que mi entrometimiento en el pasado no había alterado la realidad), había convertido en su misión destruirme y, conmigo, a Edward. Pareja por pareja, había dicho Laurent. Pero la vuelta de los Cullen y la inesperada presencia de la manada Quileute había atropellado los planes de Victoria. Así que había acudido a los Volturi, esperando que ellos hicieran el trabajo sucio por ella.
Edward había sostenido mi mano durante la dura experiencia, muy recto a un lado mío con Carlisle al otro. El resto de mi familia estaba detrás de nosotros en un protector semi-círculo. La tensión era palpable en el aire e incluso Carlisle estaba alerta, con los dedos flexionados a sus costados mientras Aro -aparentemente el portavoz del grupo- daba un paso adelante para hablar con nosotros.
Al final, la reunión fue sorprendentemente anti-climática. Aro intercambió cortesías con Carlisle, tomando su mano... luego la de Edward... luego la de Alice, ignorando al resto de la familia. Edward me había explicado que la habilidad de Aro era leer todos los pensamientos que una persona había tenido con un mero roce de sus dedos. Los Volturi también tenían un deseo de poder y pretendían las habilidades de Edward y Alice. Aro les había invitado a los dos de forma nada sutil a quedarse en Volterra tanto como quisieran, una invitación que Edward y Alice declinaron educadamente.
"Y esta debe ser la encantadora Isabella," dijo cuando finalmente se acercó a mí, extendiendo una mano apergaminada. Edward asintió ligeramente y yo extendí la mano, controlando un estremecimientos cuando Aro cogió mi mano entre las dos suyas, cerrando los ojos e inclinando ligeramente la cabeza mientras buscaba en mi mente.
La sala se quedó en silencio y yo contuve el aliento mientras esperaba.
Aro me miró brevemente con expresión confusa antes de cerrar los ojos de nuevo. Escuché a Edward reír ligeramente a mi lado.
"Extraordinario," dijo Aro finalmente mientras soltaba mi mano, llevando su mirada a Edward. "¿Te bloquea a ti también?"
Edward solo asintió. "Siempre lo ha hecho, incluso cuando era humana."
"Extraordinario," dijo Aro de nuevo, antes de volverse a mí. "¿Puedes controlarlo?"
Tragué, todavía no muy segura de lo que hablaba. "Yo... no lo sé. No es algo que haga a propósito."
Aro sonrió suavemente, su amable expresión quedaba contradicha por el brillo de apreciación de su mirada. "Deberías entrenarla, Carlisle," dijo sin apartar su mirada de la mía. "Tal don no debería ser despilfarrado."
"Por supuesto," respondió Carlisle rápidamente.
"Bueno, hermanos," dijo finalmente Aro, dando una palmada mientras volvía a la tarima elevada dónde Cayo y Marco estaban sentados, observando. "Creo que podemos estar de acuerdo en que aquí no se ha cometido ninguna violación." Le lanzó una mirada intensa a Victoria, que bajó la mirada al instante. A Laurent no se le veía por ninguna parte y, aparentemente, se había escabullido de la sala cuando vio el plan de Victoria fracasar. Cayo y Marco asintieron brevemente, pero no hicieron comentarios, y Aro se volvió a nosotros.
"Ha sido maravilloso verte, viejo amigo," le dijo Aro a Carlisle con una sonrisa, "y a toda tu familia también, incluido el nuevo miembro." Volvió su sonrisa a mí brevemente antes de regresar a Carlisle. "¿Hay alguna forma de convencerte de que te quedes un tiempo? He extrañado tu compañía durante los años."
Carlisle dio un paso adelante. "Gracias por tu hospitalidad, Aro. Desafortunadamente, debemos volver a los Estados tan pronto como sea posible."
Aro asintió tristemente. "Por supuesto. Tienes obligaciones en otra parte. Lo entiendo," dijo. "Sinceramente espero que no pase tanto tiempo antes de tu próxima visita."
Nos marchamos rápidamente, mis ojos se posaron en los de Victoria mientras nos movíamos hacia las grandes puertas. Una miríada de emociones pasaron por su cara, de enfado a desafío a tristeza y, finalmente, derrotada resignación. Casi lo sentí por ella.
"¿Qué le pasará a Victoria?" le pregunté a Edward en su susurro mientras las enormes puertas se cerraban tras nosotros.
Edward me rodeó los hombros con el brazo, atrayéndome a su lado. "No lo sé. Se arriesgó mucho al traer esto a los Volturi. No aprecian que se malgaste su tiempo, y estoy seguro de que Aro conoce su verdadera motivación," dijo en voz baja. "En cualquier caso, no creo que vaya a molestarnos más. Aro siempre ha tenido la esperanza de que un día Alice y yo nos uniéramos a él. Ahora te ha añadido a ti a esa esperanza."
Temblé un poco al pensarlo.
"Victoria no se atreve a arriesgarse a enfadar a los Volturi siguiendo detrás de nosotros," siguió Edward. "Si es que la dejan vivir, claro."
El revoloteo de copos de nieve devolvió mi atención al presente. Eché la cabeza atrás, cerrando los ojos mientras los copos caían a mi alrededor. "No hemos visto a Victoria desde entonces... tampoco a Laurent," le dije a Maggie en voz baja. "Cuando volvimos a Alaska, Carlisle decidió que debíamos empezar a trabajar en mi control sobre mi escudo... así es como lo llama -un escudo. Al principio fue frustrante. No tienes ni idea," dije con una risa. "Pero, con el tiempo, le pillé el truco." Mi voz se desvaneció en el silencio, los únicos sonidos eran mis lentas respiraciones y el suave plop de los copos de nieve al golpear el suelo.
"¿Estás bien?" Los brazos de Edward me rodearon por detrás mientras tiraba de mí contra su pecho.
Estiré el brazo para agarrarme al suyo y apoyé mi cabeza en su hombro. "Sí. Es solo que... la extraño."
"Lo sé," susurró, besándome la sien. "¿Estás lista para irnos?"
Asentí, echándole una última mirada a la lápida de Maggie y susurrando una despedida antes de que nos diéramos la vuelta para dejar el cementerio.
- . - . - . - . -
Tenía que admitir que mi viaje por mis recuerdos había sido un poco deprimente. Me sobresaltó un poco presenciar la transformación de Chicago de una adorable ciudad de principios del siglo veinte a una atestada metrópolis moderna. Era ruidosa, llena de gente... y mis sentidos mejorados solo hacían que lo pareciera más. El Hospital Cook County había pasado a un nuevo edificio y tenía un nuevo nombre. La estructura de piedra que recordaba todavía estaba en pie, la piedra gris y terra cotta y las afiladas esquinas habían sido suavizadas y apagadas con el paso del tiempo. Aunque había sido cerrado, me complació saber que estaba siendo renovado y sería usado para oficinas de médicos. Sonreí cuando vi el callejón al lado del viejo edificio, recordando los muchos besos robados que Edward y yo habíamos compartido presionados contra la fría pared de piedra.
La pista de patinaje en que Edward y yo habíamos tenido nuestra primera cita ahora era un solar vacío. El Teatro Orfeo había desaparecido, reemplazado por un restaurante de comida rápida. La iglesia en que se había reunido la Asociación de Mujeres de Chicago todavía estaba ahí, pero su fachada estaba desgastada, las vidrieras rotas y las hermosas puertas de madera habían sido reemplazadas por acero industrial.
Lincoln Park estaba extraordinariamente igual, aunque el toque del invierno había quitado las hojas de los árboles y cubierto el césped de escarcha. La nieve había parado, y el agua gris del lago hacía olas con la helada brisa, rompiendo periódicamente contra la playa. Dimos un paseo por el parque, y solté un gritito de sorpresa cuando la Tumba Couch apareció a la vista, corriendo para rodear el bajo edificio de piedra con una sonrisa en la cara.
Edward me miró divertido. "¿Me estoy perdiendo algo?" preguntó.
Reí, empezando a hablarle sobre la vez en que, poco antes de nuestra boda, la policía nos había pillado enrollándonos detrás de la tumba. Edward sonrió ampliamente y me cogió las manos, diciendo simplemente, "Muéstramelo."
Sonreí, cerrando los ojos y apartando mi escudo cómo había practicado con Carlisle. Habíamos pasado por ese proceso incontables veces desde que había aprendido que era posible controlar mi don. Edward siempre había preferido compartir los recuerdos de Alice y Carlisle, diciendo que le gustaba verme en ellos, ya que todos mis recuerdos siempre estaban enfocados en él.
Aun así, había veces como esa... veces en que solo habíamos estado Edward y yo... en que yo era la única que podía mostrarle lo que había pasado. Me encantaba poder darle eso -su única muestra de nuestra antigua vida juntos. Así que, mientras me concentraba en mantener alejado mi escudo, pasé por mis recuerdos de ese día en el parque, intentando recordar cada detalle... cada beso... cada risa. Cuando abrí los ojos, encontré a Edward mirándome con una sonrisa de felicidad en la cara y un brillo travieso en los ojos. Me levantó en sus brazos y me besó suavemente.
"No sabía que eras tan exhibicionista," dijo, rozando mis labios con los suyos mientras hablaba. "Eso es definitivamente algo que tendré que tener en mente."
Era en momentos como ese cuando me alegraba de no tener que preocuparme más por sonrojarme.
Fuimos del parque hasta la vieja casa de Edward, y me sorprendí porque su calle pareciera no haber sufrido apenas cambios. Las casas habían envejecido, pero estaban bien mantenidas. Antenas parabólicas y brillantes coches nuevos daban testimonio del paso de las décadas, pero se había hecho un esfuerzo por mantener la atmósfera histórica del vecindario.
"Aquí estamos," dijo Edward en voz baja mientras estábamos parados al otro lado de la calle. La casa había sido pintada de un azul pálido con molduras blancas, la valla de acero del porche delantero ahora hacía juego con las molduras y de ella caían guirnaldas de hoja perenne acentuadas por grandes flores blancas. La verja baja que rodeaba el jardín delantero ya no estaba, el camino de ladrillo había sido reemplazado por adoquines. Una corona de Navidad colgaba de la roja puerta principal, que también estaba flanqueada por dos estrechos árboles que salían de urnas doradas y estaban decorados con luces blancas.
"No ha cambiado mucho," contesté.
Edward soltó una risita. "Es cierto. A veces olvido que has estado aquí."
Sonreí para mí, en busca de sonidos que mostraran movimiento en la casa. "No oigo a nadie. ¿Y tú?"
Edward estaba en silencio, y supe que escuchaba con su mente en lugar de sus oídos. "No. ¿Te apetece cometer un pequeño allanamiento?"
Reí. "Eres una mala influencia para mí."
Cogió mi mano y tiró de mí al otro lado de la calle. "Te avisé sobre eso hace mucho tiempo. Deberías haberte mantenido alejada cuando tuviste la oportunidad," dijo con una sonrisa perversa.
Solo le llevó un momento a Edward acabar con el cerrojo de una puerta lateral. Nos movimos en silencio por las habitaciones, admirando los cambios y sonriendo por las cosas que seguían igual.
"El sofá solía estar ahí," dijo Edward, apuntando a un lugar de la sala de estar. "Y la silla de mi madre estaba ahí. Le encantaba esa silla. Tuvo que ponerle una funda cuando el gato arañó la tela."
"El Sr. Jiggles?" pregunté, recordándole a él y a su madre riendo sobre el gato mientras ella yacía en la cama del hospital.
Edward me miró sorprendido. "¿Cómo sabes eso?"
Yo solo me encogí de hombros mientras una ola de tristeza me recorría por el recuerdo.
Fuimos al piso de arriba y miramos en la antigua habitación de Edward, que ahora era un despacho. Edward parecía un poco triste, así que por un impulso, aparté mi escudo para compartir un momento de él robándome un beso en el baño mientras su madre estaba en el piso de abajo dirigiendo una reunión de planificación para una gala de caridad. Edward gruñó y, antes de que me diera cuenta, me tuvo presionada contra la pared, con su boca insistente contra la mía. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando mi clavícula, y solté un grito ahogado por la sensación.
"Tienes que avisarme antes de hacer eso," dijo roncamente, subiendo la mano para ahuecarla en mi pecho a través de mi camisa mientras su lengua lamía el lóbulo de mi oreja.
"Oh, ¿dónde está la diversión en eso?" pregunté sin aliento, arqueándome contra su toque.
Estar con Edward había sido increíble cuando los dos eramos humanos. Cuando volví de 1918, era intenso pero refrenado, ya que él todavía tenía que tener cuidado para no herirme. Pero ahora... ¿ahora que había sido convertida? No encontraba palabras para describirlo. El hambre constante que sentíamos por el otro... la pasión desinhibida que Edward ahora desataba... llevaba nuestra relación a un nuevo nivel que todavía me asombraba. Una vez le pregunté a Edward cuánto tiempo estaríamos dirigidos por esa consumidora excitación y lujuria.
Él dijo que podía durar "un tiempo".
Sí. Un tiempo.
Creí que podía matarme... bueno, si no estuviera ya muerta... o algo así.
Tampoco es que me quejara. La insaciabilidad de Edward igualaba la mía y, ahora que físicamente éramos iguales, yo estaba -por ponerlo de alguna manera- increíblemente satisfecha.
Aunque siempre quería más.
"Deberíamos irnos," susurré mientras Edward abría mi camisa, bajando la copa de mi sujetador para poder acariciar mi pezón con su lengua y labios.
"Mmm hmmm," murmuró Edward, succionándome profundamente en su boca, provocando un gemido desvergonzado. Mis manos le rodearon para agarrarle el trasero, apretando con fuerza mientras le atraía más contra mí. Liberó mi pecho, chocando sus caderas contra las mías mientras nuestras rápidas respiraciones llenaban el aire.
"Son casi las cinco," le recordé, con mi cuerpo traicionando mis palabras mientras seguía colgada de él. "Estarán en casa pronto... no queremos que... Oh..." Lamió mi oreja, succionando el lóbulo en su boca mientras sus dedos bajaban a mi trasero. "No queremos que nos pillen teniendo sexo en el suelo de su pasillo," conseguí decir con un chillido ahogado.
Edward mordió mi hombros ligeramente antes de suspirar y cerrar mi camisa. "Tienes razón," dijo, con el ceño fruncido por la decepción. Sus ojos fueron a los míos. "¿Más tarde?"
Sonreí ampliamente. "Absolutamente."
Cogió mi mano mientras íbamos al invernadero al fondo de la casa. Mi corazón se hundió un poco cuando noté el par de sillas reclinables que ahora estaban en el lugar que una vez había ocupado el piano de Edward. Las puertas dobles habían sido reemplazadas por un set más grande y salimos sin hacer ruido al jardín trasero.
Los arces eran más grandes, los árboles frutales habían desaparecido, y había un jacuzzi en una tarima elevada en la esquina más alejada del jardín, donde había estado el templete durante nuestra boda. Un banco balancín ocupaba la otra esquina, y varios juguetes asomaban bajo los charcos de nieve e hielo en el césped.
"El arco estaba ahí," le dije a Edward en voz baja, apuntando al lugar en el que habíamos intercambiado nuestros votos. "Tu madre y Samantha lo decoraron todo para la boda con rosas, tulipanes y tul. Había montones de capullos de naranjo y, cuando se levantó el aire, flotaron a nuestro alrededor."
Edward sonrió suavemente y caminó al fondo del jardín, tirando de mí con él. Se detuvo a pocos metros de la verja trasera y se giró hacia mí, tomando mis dos manos en las suyas.
"¿Aquí?" preguntó. "¿Aquí era dónde estábamos?"
Asentí, sabiendo lo que venía después.
"¿Me lo muestras?" Estiró la mano para tocar mi mejilla. Él ya tenía los recuerdos de Carlisle de nuestra boda, pero le encantaba verlo en mi mente también. Decía que era como escuchar música en estéreo... lo más cerca que podía estar de tener su propio recuerdo del evento.
Cerré los ojos y me concentré en dejar caer el escudo de nuevo. Se hacía más sencillo con cada vez que lo hacía. Mi corazón se llenó de calidez mientras mi mente pasaba por los detalles del día -las flores... los votos... la felicidad... el olor de los capullos de naranjo y Edward... las caras de amigos y aquellos en los que había pensado como familia.
"Fue perfecto," murmuró Edward finalmente cuando mis recuerdos se desvanecieron y mi escudo volvió a su lugar.
"Sí, lo fue," estuve de acuerdo, poniéndome de puntillas para besarle cariñosamente. Sus brazos rodearon mi cintura y me acercó más a él, profundizando el beso antes de apartarse, acariciando suavemente mi pelo.
"Gracias," dijo en voz baja.
"¿Por qué?"
"Por casarte conmigo... entonces... y ahora..."
Sonreí ampliamente. "Bueno, no te acostumbres a ello. Solo planeo tener una boda más en mi vida."
Edward contestó con una sonrisita satisfecha. "Estoy de acuerdo. Solo una."
El sonido de una puerta cerrándose de golpe llamó nuestra atención y nos dimos cuenta de que alguien había entrado en la casa. Edward me guió alrededor del jardín, escuchando atentamente a quien fuera que estuviera moviéndose en el interior. Golpeé mi dedo del pie contra algo, provocando un ruido de choque contra el camino de adoquines. Edward estiró la mano y recogió la pala que yo había golpeado sin querer. Le miré con una mueca y los dos nos quedamos muy quietos, buscando cualquier sonido que indicara que se había oído mi tropiezo. Cuando todo se mantuvo en calma, Edward apoyó la pala contra la pared de la casa y salimos del jardín, caminando por la calle sin atraer atención a nosotros.
La luz se volvió gris según el sol se hundía en el horizonte, fuera de la vista por estar detrás de la cubierta de nubes. Todavía no nos arriesgábamos a correr por la ciudad y, en su lugar, subimos en el 'L' de camino a la casa de huéspedes de Maggie.
No sabía como me sentiría si la casa había desaparecido o -incluso peor- se había dejado que se deteriorara. Temía encontrar la casa de Maggie sin reparar, llena de pintura que se caía, ventanas rotas, jardineras llenas de malas hierbas, o un coche desmontado en el jardín delantero.
Dios. Maggie se habría revuelto en su tumba.
Mis nervios se evaporaron cuando la casa apareció finalmente a la vista... y la vi exactamente igual. La casa adosada de ladrillo de tres pisos había sido cariñosamente mantenida, o dolorosamente restaurada. Estaba decorada para la Navidad, con luces parpadeantes y guirnaldas que caían por las barandillas de la escalera y una enorme corona de Navidad en la puerta principal. Las paredes eran del mismo rico color que recordaba, el porche estaba bien limpio y las macetas habían sido podadas para el invierno.
Noté a Edward mirándome intensamente en la luz que se apagaba. Empecé a volverme hacia él, cuando un movimiento llamó mi atención. Una mujer salió por la puerta principal y su imagen envió una corriente por mi sistema.
Antes de que me diera cuenta siquiera de lo que estaba haciendo, había cruzado la calle y estaba parada al pie de las escaleras. La mujer levantó la mirada y su mano voló a su garganta por la sorpresa.
"¿Maggie?" dije de forma ahogada, incapaz de racionalizar cómo la mujer que había conocido hacía noventa años podía estar frente a mí en ese momento.
Sonrió, dando un paso hacia mí. "Eres tú," dijo, su voz tenía una nota de asombro. "Me preguntaba si eras real."
Subí lentamente los escalones del porche, notando vagamente a Edward de pie en la acera detrás de mí. "No lo entiendo..." dije confundida. "¿Cómo puede ser?" Me detuve abruptamente y miré mejor a la mujer que tenía delante. El parecido con Maggie era sorprendente, pero al mirar más de cerca vi que su nariz era ligeramente más grande y sus labios un poco más llenos.
"Soy Mary," dijo finalmente con una dulce sonrisa. "Maggie Oleson era mi bisabuela. Sé que hay algo de parecido familiar," añadió sarcásticamente.
"Eres igual que ella," contesté, todavía un poco inquieta por el encuentro.
Ella dio otro paso hacia mí. "Sé que es imposible, pero... tú eres Bella, ¿verdad?"
Mi boca se abrió de asombro. "¿Cómo me conoces?"
Su mirada fue sobre mi hombro. "Dios. Ese es él... Edward." Volvió a mirarme impresionada. "Realmente sois vosotros, ¿verdad? No puedo creerlo. Hemos esperado tanto tiempo."
Sacudí ligeramente la cabeza para aclararme. "No lo entiendo. ¿Me estabas... esperando?"
Mary sonrió. "Es una historia un poco larga. ¿Tal vez os gustaría entrar?"
Me giré hacia Edward, encogiéndome como respuesta a su mirada inquisitiva. Él se movió hasta estar a mi lado. "¿Estás bien?" preguntó, en voz lo suficientemente baja como para que Mary no le escuchara. Sabía que más allá de los extraños comentarios de Mary, él estaba preocupado porque estar en un espacio cerrado con una humana fuera demasiada tentación. Yo solo asentí para tranquilizarle antes de girarme para seguir a Mary al interior de la casa.
Ella nos llevó a la sala de estar, haciendo un gesto hacia un sofá de cuero marrón. "Por favor, sentaos. ¿Puedo traeros algo? ¿Café? ¿Té?"
Le di las gracias, pero decliné. "¿Cómo me conoces?" pregunté, dejando que la curiosidad le ganara a la educación.
Mary suspiró pesadamente. "Déjame ir a buscar a mi madre. Ella podrá explicarlo mejor que yo, creo," dijo. Se giró para subir las escaleras, diciendo que volvería en un momento. Tan pronto como desapareció de la vista, me volví a Edward.
"Esto es muy raro," dije en voz baja.
Edward soltó una risita. "Bueno, raro es un poco relativo en nuestra situación, ¿no lo crees?"
"Buen punto." Levanté la mirada cuando Mary bajó las escaleras con una mujer mayor que, supuse, sería su madre. Ella, también, se parecía a Maggie, solo que con unas pocas arrugas más en los bordes de sus ojos y boca. Una enorme sonrisa dividió su cara cuando nos vio sentados en el sofá y se apresuró entusiasmada, agarrando mis manos y mirándome intensamente. Dio un pequeño salto al notar mi piel helada, pero no comentó nada sobre ello, volviéndose a Mary en su lugar.
"No puedo creerlo," susurró. Mary solo sonrió ampliamente como respuesta, acercándose para tomar asiento en una silla de color teja a la derecha del sofá. Su madre pestañeó mirándome un momento antes de soltar mis manos y moverse a una silla a juego al otro lado.
"Sé que esto debe parecerte extraño," dijo finalmente.
"Eso es ponerlo suavemente," contesté con una amplia sonrisa.
Ella rio, sus ojos brillaban tanto como solían hacerlo los de Maggie. "Tal vez debería empezar por el comienzo," dijo. "Soy la madre de Mary. Mi nombre es Miriam Graham. Maggie era mi abuela."
"Yo soy Bella," contesté, cogiendo la mano de Edward. "Este es Edward. Pero entiendo que ya lo sabéis."
Miriam asintió. "Estás un poco distinta de la foto," dijo, volviéndose a su hija. "Mary, trae la caja."
Mary se levantó y caminó hasta un mueble de cajones que estaba cerca de la puerta de la cocina. Abrió un cajón y cogió una caja de madera un poco más grande que una caja de zapatos.
Miriam siguió. "Mi abuela tuvo una hija en 1921 -mi madre, Mary. Llamé a mi hija como ella." Le sonrió a Mary mientras ésta le daba la caja. "La abuela murió antes de que mi Mary naciera. Mamá murió hace unos diez años.
"La abuela solía decir que tenía algo de visión," explicó Miriam. Pasó la mano de forma ausente sobre la brillante tapa de la caja mientras hablaba. "Ella nos dijo -a mi madre, y luego a mí- que un día vendrías aquí y que debíamos darte esto.
"Hubo muchas veces durante los años que dudamos de lo que la abuela nos había dicho, pero ninguna fue capaz de deshacerse de la caja. Todas la hemos mirado durante los años -Mary más que ninguna de nosotras," añadió, sonriéndole a su hija.
"Es que me encantaba la historia," intervino Mary, con una mirada soñadora en la cara. "Como viniste para encontrar a Edward... para salvarle la vida. Luego, cuando él murió, te desvaneciste. Sin embargo, la abuela siempre decía que ella sabía que estabais juntos en alguna parte." Miró a Edward y luego otra vez a mí. "Ella insistía en que encontrarías una forma, aunque ninguna sabía cómo. Era todo tan romántico y misterioso."
"Y ahora, noventa años después, aquí estás," añadió Miriam. "Espero que no te moleste que pregunte, pero... ¿cómo?"
Dudé, insegura de cómo responder. Sentí a Edward tomar mi mano antes de que él respondiera en voz baja. "Para ser completamente sincero, no estamos exactamente seguros de cómo."
Entre los dos, les contamos una versión abreviada de mi historia, explicando como había viajado a través del tiempo para encontrar a Edward, solo para reunirme con él en el presente. Cómo él no tenía recuerdos de nuestro tiempo juntos en el pasado, pero como, a pesar de eso, nos había reunido. Dejamos la parte sobre la existencia de los vampiros, por razones obvias.
Mary estudió a Edward intensamente. "Así que, ¿tú naciste en 1901?" preguntó.
Edward asintió.
"Pero no pareces tener ciento nueve años," señaló.
Edward se encogió de hombros. "En realidad no puedo explicar esa parte. Llega con decir que he esperado mucho tiempo para reunirme con Bella."
Miriam y su hija se mantuvieron en silencio un momento, mirando entre Edward y yo como si intentaran resolver un rompecabezas. Desafortunadamente, por su propia seguridad, no era uno que pudiéramos ayudarles a resolver.
Finalmente, Miriam habló en voz baja. "La abuela solía decir, 'No importa lo que haya entre ellos, dos corazones una vez unidos encontrarán finalmente el camino de vuelta el uno al otro. El tiempo y la distancia no son contrincantes para el amor.' Solía creer que hablaba sobre ella y el abuelo. Ahora creo que estaba hablando de vosotros."
Edward llevó mi mano a sus labios y la besó suavemente. Miriam y Mary siguieron el movimiento con pequeñas sonrisas en la cara.
Miriam se puso de pie y se acercó a mí, extendiéndome la caja de madera. "Esto te pertenece," dijo. "Sé que la abuela estaría encantada de saber que finalmente se te devolvió." Cogí la caja de sus manos, pasando los dedos por la cálida madera taraceada. Incapaz de controlar mi curiosidad, abrí la caja y solté un grito ahogado cuando vi su contenido.
Maggie había guardado mis cosas. Mis recuerdos del tiempo que había pasado en 1918... el tiempo que había pasado con Edward.
Encima de todo estaba la foto enmarcada de Edward y yo en nuestra boda, la que había tenido en mi cómoda. No pude contener mi sonrisa al ver la mirada de su cara, tan feliz y ansiosa, justo como la recordaba. Se la di a Edward y él la estudió un momento.
"Así es como nos conocisteis," le dijo a Miriam, y ella asintió.
Sonreí, sintiendo una pesadez en mi pecho mientras sacaba un tesoro tras otro -el bolso de seda que había comprado al llegar a Chicago, todavía con un puñado de monedas en el interior... el pañuelo de encaje que la madre de Edward me había prestado como "algo prestado" para mi boda. Ella murió antes de que pudiera devolvérselo. El collar de perlas que Edward me regaló el día de nuestra boda. Las peinetas plateadas que Samantha me había dado... las ligas azules que había llevado bajo mi vestido de novia. Sonreí mientras se las daba a Edward, dándome cuenta de que esa era realmente la primera vez que las veía.
Le conté la historia de cada artículo según lo revelaba, un poco avergonzada al compartir algunas de las más privadas con Miriam y Mary, pero tan agradecida porque hubieran guardado mis pertenencias que no podía esconderles la información.
"Guardamos tu coche durante años," le dijo Miriam a Edward. "La abuela se negó cuando papá quiso venderlo, pero finalmente cedió. Sin embargo, he mantenido un ojo en él. Un coleccionista de Michigan lo compró en 1962. Lo donó a un museo de Detroit al morir, por si quieres ir a verlo alguna vez."
Edward asintió, dándole las gracias por la información mientras miraba la pequeña pila de recordatorios que tenía delante. Yo volví a la caja.
Solo quedaba una cosa -un disco plateado que brillaba sutilmente en el fondo de terciopelo rojo... lo rodeaba una cadena. Lágrimas que no podía derramar se reunieron en mi garganta mientras lo levantaba reverentemente.
"Esto es tuyo," le dije suavemente a Edward mientras le daba su reloj de bolsillo. Sus ojos fueron a los míos antes de volver al reloj. Lo cogió de mis manos con cuidado, sonriendo mientras abría la tapa.
"Te lo regalé por tu cumpleaños," le dije. Noté a Miriam y Mary dejar la habitación en silencio, como si se hubieran dado cuenta de que necesitábamos un momento a solas. Parecía que al menos parte de la visión de Maggie había sido heredada por sus descendientes.
Edward leyó la inscripción por lo bajo. "Para Edward... con todo mi amor, Bella. Más allá del Tiempo." Me sonrió. "Eso parece apropiado."
Reí ligeramente, apoyando la cabeza en su hombro mientras veía sus dedos frotar el reloj. "Sí. Incluso más de lo que creí cuando te lo di la primera vez."
"Es un poema, ¿verdad?" preguntó Edward, empezando a citar en voz baja.
"Subido en el ala del amor...
Sobre los árboles, conquistando al destino, más allá del tiempo
Volando, girando, cayendo para subir de nuevo,
Dedos rozando las estrellas
Temblando, electrificado, inhalando pasión, exhalando lujuria
Agarrándome desesperado...
Para no caer de golpe a la tierra, roto y sangrando
Perdido para siempre."*
"¿Cómo sabías eso?" Me volví a él sorprendida.
Edward dejó un beso en mi frente mientras cerraba el reloj. "No estoy completamente seguro," contestó, mirando a la distancia mientras buscaba en sus recuerdos. ""Lo escuché en alguna parte y supongo que se me quedó."
Sonreí, preguntándome si sería posible que Edward hubiera mantenido ese recuerdo... mis palabras para él de tanto tiempo atrás. No podía estar segura, por supuesto, de que realmente lo recordara. Era posible que hubiera encontrado el poema en un libro en algún momento durante los años. Aun así, con su infalible memoria de vampiro, sabría dónde lo había oído si ese hubiera sido el caso. Me gustaba la idea de que Edward todavía tuviera algo de nuestra vida juntos... un recuerdo que se le había quedado aunque la fiebre se había llevado el resto.
"Deberíamos irnos," murmuró Edward, guardándose el reloj y colocando el resto de cosas otra vez en la caja. "Tienes que cazar y creo que es hora de que nos dirijamos de vuelta a casa."
Asentí, besándole suavemente y dándole la caja antes de ponernos de pie y caminar hacia la puerta de la cocina en busca de nuestras anfitrionas. Estaban sentadas en la mesa de la cocina y, una vez más, me asombró el parecido con mi vieja amiga.
"Tenemos que irnos," les dije cuando ellas se pusieron de pie para unirse a nosotros en el umbral de la puerta. "No puedo daros las gracias lo suficiente por cuidar mis cosas y devolvérmelas."
Para mi sorpresa, los ojos de Miriam se llenaron de lágrimas y me dio un fuerte abrazo. Yo contuve el aliento, sobresaltada por su repentina proximidad y el veneno que llenó mi boca. Sentí a Edward apretar mi mano y yo le devolví el apretón para dejarle saber que estaba bien. Dándole una suave palmadita a Miriam en la espalda con mi otra mano, noté que Mary también se limpiaba las lágrimas.
"Gracias," dijo Miriam acalorada. "No sabes lo que esto significa para nosotras. Después de todos estos años, saber que todo fue real... que era cierto."
Se apartó, con las manos todavía en mis brazos. "Desearía que la abuela hubiera estado aquí... solía decir que fuiste como una hija para ella. Sé que esperaba verte de nuevo, pero nunca dudó que estabas donde debías estar... con Edward."
Sonreí al sentirme sobrecogida por la emoción. Nos despedimos de Miriam y Mary, prometiendo volver a visitarlas antes de marcharnos.
La oscuridad había descendido completamente mientras habíamos estado dentro, así que Edward y yo corrimos por la frontera, cruzando Wisconsin y entrando en Minnesota, deteniéndonos brevemente en busca de nuestra pequeña cabaña en Altoona, solo para encontrarnos con que había sido demolida; toda la manzana había sido convertida en un centro comercial. Cruzamos Minnesota y paramos a cazar en Eagle Mountain en la esquina noreste del estado. Estaba mejorando en ello -bueno, al menos era menos sucia. Ahora podía cazar normalmente sin arruinar mi ropa. A Edward le llevó menos de media hora derribar a un gran alce que compartió conmigo, y luego caímos sobre un pequeño rebaño de ciervos. Los dos teníamos mucho cuidado de evitar el contacto humano mientras estaba entregada a mis instintos. No había cometido ningún desliz, pero no quería arriesgarme a la posibilidad de uno.
Vacié a mi ciervo y Edward arrastró el cadáver bajo una gran pila de arbustos antes de volver a mí con una mirada familiar en los ojos. Me había dado cuenta de que la intensidad de cazar... la sed de sangre... estaba intrincadamente entrelazada con nuestra lujuria por el otro. Era raro para nosotros que volviéramos de caza sin encontrar nuestra liberación contra un árbol o una piedra, rápido... duro y desesperado... normalmente más de una vez antes de estar saciados y poder volver a casa con cierta semblanza de control.
Miré a Edward oscuramente, con mi pecho subiendo y bajando mientras me limpiaba los restos de sangre de los labios con el dorso de la mano. Sus ojos registraron el movimiento y estiró rápidamente la mano, agarrando mi muñeca y llevándosela a la boca. Sacó la lengua, lamiendo la sangre de mi mano lentamente mientras sus ojos se clavaban en los míos y los mantenían cautivos. Tiró de mí contra su pecho y me deleité en la sensación de que me tomara sin restricciones... rindiéndose completamente a su deseo.
No hablamos, perdidos en el lado animal de nuestra existencia. Sin aviso, sus labios tomaron los míos y su lengua entró en mi boca; el sabor de la sangre y de Edward se mezcló en una combinación embriagadora. Gruñidos y gemidos llenaron el aire, acentuados por bruscas respiraciones y el roce de las hojas y el hielo bajo nuestros pies. Edward se apartó, respirando profundamente para prepararse antes de llevar las manos a mi camisa y desabrochar los botones con cuidado. Había habido veces en que nos habíamos rendido a la pasión y terminamos corriendo a casa con botones perdidos y cremalleras rotas. Tampoco era que a ninguno de los dos nos importara, pero cuando Alice o, Dios no lo quiera, Emmett, nos veían llegar a casa en esa condición, no había forma de callarles.
Cuando nos deshicimos de nuestra ropa, nos unimos de nuevo -piel contra piel... lengua entrelazada con lengua en bendito alivio. Noté vagamente los copos de nieve empezar a caer a nuestro alrededor mientras Edward agarraba mi trasero, empujándome contra él mientras le rodeaba las caderas con las piernas. Su erección se deslizó entre mis piernas -tan cerca y tan lejos de dónde la quería- y me removí contra él; mi cuerpo suplicaba por el suyo.
Arrastré mis uñas por sus hombros, mis dientes se hundieron ligeramente en su cuello en una silenciosa demanda. Con un gruñido feroz, Edward me giró, apoyándome de golpe contra un gran pino que se quebró por el impacto. Solté un grito ahogado cuando entró en mí de una poderosa estocada y la familiar sensación de estar completa... de que eso era lo correcto me llenó.
Me colgué a él, su nombre escapó de mis labios en un alto gemido mientras mi cabeza caía contra el árbol. Edward bajó su cabeza a mi cuello, lamiendo y mordisqueando mi piel al ritmo de sus embestidas cada vez más demandantes. Me arqueé para encontrarme con él, queriéndole más profundo... más fuerte... más... siempre más.
No hubo preámbulo. Ninguna subida lenta a una dolorosa cima. Ninguna dulce tensión en mis músculos que llevara a una feliz liberación. En su lugar, mi clímax me golpeó de forma inesperada, ola tras ola de electrizante placer que salía desde mi centro mientras gritaba en la nevada naturaleza. Un momento después, Edward se arqueó hacia atrás, presionando más dentro de mí mientras yo sentía su liberación pulsar profundo en mi interior. La sensación hizo que me recorriera otro desgarrador orgasmo. Me agarré a sus hombros, moviendo nuestras caderas juntas mientras el placer subía bruscamente antes de desvanecerse, dejando una feliz sensación de saciedad.
Edward nos giró y cayó al nevado suelo, inclinándose contra el árbol y atrayéndome dulcemente a su pecho. Suspiré feliz por la sensación de su piel contra mi mejilla, sonriendo por la nieve que se apilaba a nuestro alrededor y sobre nosotros, sin que nuestra piel fuera lo suficientemente cálida como para derretirla. No salió de mí, aparentemente tan poco dispuesto como yo a que el momento terminara, quedándonos envueltos en el otro en el silencioso monte.
"Dentro de nada estaremos cubiertos," murmuré, sacudiendo la cabeza para quitarme los copos que se habían quedado en mi pelo.
"No me importa." La voz baja de Edward retumbó en su pecho mientras me sostenía con fuerza contra él. Sus labios se presionaron contra mi cabeza mientras movía ligeramente las caderas. Pude sentirle endureciéndose de nuevo, y supe que sería cuestión de segundos antes de la Ronda Dos.
La idea me hizo sonreír. Miré mi anillo de compromiso, rotándolo ausentemente en mi dedo mientras pensaba en nuestro futuro.
Más tarde -y si Edward era alguna indicación, sería mucho más tarde- volveríamos a Alaska con la familia. Tal vez pasáramos por Canadá esa vez. Edward me había hablado de la cima de una montaña que se había convertido en uno de sus lugares favoritos, y quería mostrármelo.
Charlie se uniría a nosotros por Navidad. Sería la primera vez que le vería en persona desde mi transformación. Había hablado con él por teléfono e incluso les había conseguido a él y a Renee webcams para que pudiéramos hablar por Skype, pero estaba deseando verle por fin. Habíamos pasado Acción de Gracias con Renee en Jacksonville y todo había ido perfectamente. Ella se sorprendió por los cambios de mi apariencia, por supuesto, pero le aseguré que estaba bien, feliz y enamorada, y se adaptó rápidamente. Sentía confianza en que mi tiempo con Charlie sería igual de positivo.
Mis padres me querían, y sabía que me apoyarían en cualquier cosa. Estaba determinada a superar todo eso. Después de todo por lo que había pasado, una cosa que había aprendido era a apreciar a la gente que tenía a mi alrededor mientras las tenía... porque sabía que el tiempo sería corto.
No quería malgastar ni un segundo.
Con el tiempo, Edward y yo iríamos a la universidad. Él estaba empeñado en Dartmouth. Charlie creía que ya estábamos allí, y Edward a menudo lo usaba en su provecho, diciendo que sería menos mentira si terminaba yendo a la escuela de la Ivy League.
Yo, sin embargo, mantenía mis opciones abiertas.
Nuestra boda sería pequeña e íntima -y tenía que admitir que estaba deseando que llegara el día para compartirlo con mi familia y amigos. Edward era sorprendentemente paciente conmigo, ya que -técnicamente- ya estábamos casados de todas formas.
Todavía estábamos hablando de dónde sería. Si los Quileute se relajaban lo suficiente como para permitirnos volver a Forks, tal vez nos casáramos en la casa o el jardín trasero de los Cullen. Si no, habíamos hablado de Chicago, o tal vez Alaska. Tal vez en primavera o el verano del año siguiente... tal vez en otoño.
Mi sonrisa se amplió cuando Edward se estiró debajo de mi; su mano fue a mi pecho y apretó ligeramente.
No hubo apresuramiento.
Después de todo, teníamos todo el tiempo del mundo.
FIN
*No he encontrado una traducción oficial para el poema, sobre todo porque no conozco el título ni el autor. Aquí os dejo el original:
Swept up on love's wing...
Above the trees, conquering fate, beyond time
Soaring, spinning, dipping low to rise again,
Fingertips brushing the stars
Trembling, electrified, breathing in passion, exhaling lust
Clinging desperately...
Lest I come crashing back to earth, broken and bleeding
Forever lost.
Hola!
Aquí termina esta historia. El segundo epílogo del que os he hablado lo escribió la autora como un futuretake para una de las subastas que se hacen en el fandom para ayuda humanitaria y, después, lo añadió a la historia como la segunda parte del epílogo.
Espero que os haya gustado, todavía queda también el final alternativo, aunque personalmente este es el que más me gusta. Y... ahora que ha terminado, puedo decir que para mí TKegl ha conseguido hacer lo que debería haber hecho Meyer con la saga; personalmente creo que a partir de Luna Nueva, Meyer empezó a cargarse lo que había sido un primer libro genial y de ahí ya no levantó cabeza. Para mí, este fic le da un giro y un final fantástico a la historia de Edward y Bella. Pero también me gustaría saber qué pensáis vosotras.
La fecha de la próxima actualización está en mi perfil.
Muchas gracias por leer, comentar y añadir la historia a alertas y favoritos.
-Bells :)
