XIII- Valor
Una canción flotaba en el aire de la mansión Fabre. Las notas dulces y tranquilas pero cargadas de fuerza recorrían los pasillos y las habitaciones poniendo los pelos de punta a los sirvientes y a los duques, escapándose por las ventanas abiertas hasta los jardines y haciendo que los jardineros levantasen la cabeza de su trabajo para escuchar. El origen de la melodía era un viejo piano encerrado hasta hacía poco en una sala de música que hacía años que nadie pisaba, un instrumento cuyas teclas acariciaba ahora Asch con los ojos cerrados.
Había encontrado el piano una semana antes, poco después de que su madre despertase del coma. De pequeño le habían enseñado a tocar, como a casi todos los nobles kimlascanos, y al encontrar el piano le había picado la curiosidad por ver si seguía siendo capaz de hacerlo. Así que lo había hecho afinar y se había sentado a intentarlo. Los dos primeros intentos fueron fracasos bastante sonados, pero al tercero consiguió que le saliese algo decente. Y ya que la sala estaba construida de forma que la música se oyese en todas partes de la casa, desde entonces dedicaba siempre un rato al piano nada más levantarse para que su madre, que seguía en cama, lo oyese. En aquella canción en concreto llevaba varios días trabajando, pero ahora que la había acabado no podía estar más satisfecho con el resultado.
Cuando las últimas notas se desvanecieron del ambiente, levantó los dedos del teclado y dejó que una sonrisa se dibujase en su rostro. El ligero peso que se instaló en su hombro derecho le hizo abrir los ojos y girarse para descubrir a Luke apoyando ahí la cabeza.
-¿Y bien? ¿Qué te ha parecido?- inquirió el mayor. Luke cerró los ojos y entrelazó una de sus manos con la suya.
-Me ha encantado. Pero me gustaría saber en qué momento Tear te ha pasado la partitura del Gran Himno Fónico y por qué yo no me he enterado.
Asch se rascó la nuca distraídamente con la mano libre.
-En realidad... tengo esa canción grabada a fuego en la memoria- admitió-. No sé si es por haber sido un isofón de Lorelei o por qué, pero no puedo olvidarla. Ni siquiera recuerdo en qué momento la he oído, pero siempre está ahí, dando vueltas detrás de mi mente. Me pareció una buena idea sacar la melodía e intentar tocarla al piano, a ver qué tal sonaba.
-¿Quieres decir que has sacado las notas del Gran Himno Fónico de oído?- preguntó Luke, incrédulo, abriendo los ojos y mirándole. Asch se removió en la banqueta que ambos compartían.
-Eh... Sí, supongo.
-Eres increíble.
-Ah, cállate- gruñó Asch. Por el calor que notaba en las mejillas debía de estar sonrojándose. Luke lo vio y soltó una carcajada, apoyando de nuevo la cabeza en su hombro.
El Errante guardó silencio durante unos momentos. No había sido del todo sincero, en realidad sí recordaba cuándo había oído a Tear cantando el Gran Himno Fónico. Habían sido cuatro veces.
La primera fue casi seis años atrás a través de los oídos de Luke, en una de tantas veces que utilizaba su conexión cuando quería vigilar qué hacía su réplica. La segunda vez apenas la recordaba, pero sospechaba que había sido cuando Luke regresó de entre los muertos en el valle de Tataroo. No guardaba memoria alguna de entonces, ni siquiera de que él mismo existiese, sólo recordaba vagamente la voz de Tear cantando en medio de la nada. La tercera vez también era confusa, pues había sido cuando los Siervos de Lorelei intentaban invocar a su por entonces todavía isofón, y en aquel momento había estado sumido en un dolor y confusión tales que no era capaz de recordar nada con claridad. Pero la cuarta la recordaba demasiado bien: fue cuando su cuerpo actual fue creado. Tear no había dejado de cantar en ningún momento, y él siempre recordaría aquella canción como la música con la que volvió a la vida.
Sacudió la cabeza para despejarse y volver al presente. No era el momento de pensar en esas cosas, y menos con lo que se avecinaba ese día.
Los rumores sobre la infidelidad de la princesa de Kimlasca alcanzaban ya un punto crítico. Asch no tenía ni idea de quién era el responsable, pero una cosa tenía clara: alguien había descubierto lo de Natalia y Tear y se había ido de la lengua. La heredera al trono no salía de palacio desde hacía semanas y cada vez que la veía la encontraba más afectada. Asch la conocía lo bastante bien como para saber que estaba durmiendo mal, que se ponía nerviosa con sólo ver a alguna de sus sirvientas mirándola y que todo le estaba pasando factura más de lo que ella misma admitía.
Habían intentado mantener a Luke fuera del asunto, pero aquello demostró ser imposible. El joven pelirrojo se había enterado de los rumores que circulaban sobre su esposa de la forma más desagradable posible: saliendo a pasear por Baticul una mañana y oyéndolos directamente. Primero había ido a ver a su madre, confuso ante lo que había oído, pero afortunadamente Asch estaba allí para interceptarle antes de que llegase al dormitorio de los duques. Habían hablado sobre ello largo y tendido, y finalmente Asch, viéndose incapaz de desvelar secretos que no le pertenecían, le había mandado a hablar con Natalia directamente.
Luke volvió de palacio con un enfado monumental y lo primero que hizo al encontrarse de nuevo con su contraparte fue estamparle un puñetazo en plena cara y pedirle explicaciones a gritos sobre por qué no le habían dicho nada, sobre todo teniendo en cuenta que Natalia sí sabía lo que había entre Asch y él. No obstante, el General Celestial pudo ver enseguida que lo que tenía a Luke enfadado no era el hecho de que Natalia estuviese viendo en secreto a Tear, sino haber tenido que enterarse por terceros.
-La última vez que alguien prefirió no explicarme toda la verdad sobre algo, acabé aniquilando una ciudad entera- habían sido sus palabras exactas-. Tú mejor que nadie deberías entender que no me gusta que mis amigos me oculten cosas, por tontas que puedan parecer, Asch.
Razón no le faltaba. Asch le había pedido disculpas por intentar mantenerle al margen de un asunto que claramente le incumbía, y en cuanto hicieron las paces (y el más mayor se vengó del puñetazo estampándole contra la pared y dejándole con un calentón impresionante) se pusieron a discutir qué hacer con aquel asunto.
Tras varios días sin conseguir ponerse de acuerdo ni entre ellos ni con Natalia, la princesa había terminado admitiendo que la solución más apropiada era dar la cara y contar la verdad. Desmentir los rumores sólo haría que estos se multiplicasen, y ella ya estaba cansada de esconderse en palacio. A Asch, no obstante, la idea no le gustaba. Si hacían eso sólo Yulia sabía cómo reaccionaría la gente. En el mejor de los casos reclamarían que se apartase a Natalia de la línea sucesoria, y Kimlasca-Lanvaldear necesitaba a alguien como ella en el trono. La necesitaba y la merecía.
Natalia había convocado una comparecencia con el Consejo para el día siguiente antes de ir a hablar con Ingobert para explicarle la verdad, y cuando se quedaron solos, Luke se llevó a Asch a un aparte. Parecía que ambos estaban de acuerdo en impedir que Natalia echase por tierra de aquella forma su reputación, pero no consiguieron dar con ninguna forma de evitarlo. O al menos, eso creía el mayor de los dos.
El día de la comparecencia había llegado y Asch tenía miedo. No sólo temía por los sentimientos de Natalia, sino también por su seguridad. La comparecencia no era pública, sólo estarían presentes los miembros del Consejo, pero aun así, algo le daba mala espina en todo aquello. Enseguida descubrió el qué: la princesa había ampliado la convocatoria y también iba a asistir una pequeña representación del pueblo. Y teniendo en cuenta que todavía no habían dado con la réplica que había envenenado a Suzzane, nada impedía a ésta colarse en el salón del trono y atentar contra Natalia también.
Ese día, el Errante revisó personalmente la seguridad de palacio y se apostó junto al trono que ocupaba su antigua prometida, dispuesto a cubrirle las espaldas personalmente y a servirle de apoyo moral en caso de que lo necesitara. Por eso seguramente no vio el gesto nervioso pero decidido de Luke cuando el pelirrojo menor tomó asiento en el otro trono, el que estaba a la izquierda de donde se sentaba Ingobert. Si lo hubiese visto, seguramente habría sospechado que la réplica tramaba algo por su cuenta.
La comparecencia no tardó en empezar una vez que el Consejo estuvo reunido en el salón del trono, junto con unos cuantos ciudadanos de Baticul que se mantuvieron apartados por los guardias de palacio. Entre los miembros del Consejo estaban el duque Fabre, la general de brigada Jozette Cecil y algunos otros nobles y altos cargos del ejército.
El rey Ingobert tomó la palabra en primer lugar. Se le veía cansado y en su cabello había ya más gris que rojo, pero su voz seguía siendo tan segura e imponente como siempre:
-Gracias a todos por venir- empezó-. La princesa os ha hecho llamar hoy para aclarar ciertas... habladurías sobre su persona que han estado circulando por Baticul y por medio Kimlasca últimamente. Por ello me gustaría cederle la palabra, pues ha sido ella quien ha decidido contaros su propia versión de los hechos. Hija mía, por favor.
Natalia respiró hondo y se levantó, entrelazando las manos en el regazo para que no le temblasen. Asch clavó la vista en la multitud, vigilando tanto a los miembros del Consejo que esperaban al pie de la escalinata que conducía a los tronos como a los ciudadanos que aguardaban algo más allá. Su mano derecha estaba tensa, lista para salir disparada a la empuñadura de su espada si era necesario.
-Perdonad un momento- intervino de repente Luke. Asch lo miró, sorprendido, y descubrió que se había levantado de su asiento-. Disculpad que interrumpa, pero antes de que Natalia diga nada de lo que pueda arrepentirse, me gustaría hablar a mí también.
El duque Fabre miró a su hijo menor y luego a Ingobert, confundido, pero el rey le dio permiso para hablar con un gesto. Luke tomó aire y se adelantó un par de pasos. Asch le dedicó una mirada inquisitiva, pero los labios de la réplica dibujaron una frase:
"¿Confías en mí?"
Asch asintió con la cabeza. Luke le sonrió unos momentos y se volvió hacia el Consejo.
-Últimamente hay gente diciendo por ahí que mi esposa, la princesa Natalia, me está engañando con una mujer- dijo directamente. Un murmullo recorrió la sala-. Antes de aclarar si esto es cierto o no, quisiera dejar claras un par de cosas acerca de nuestra relación.
Hizo una breve pausa para asegurarse de que tenía la atención de toda la sala y continuó:
-Mi compromiso con Natalia nunca ha sido realmente válido, como todos vosotros sabéis. No fui yo con quien se prometió a la princesa en un principio sino con Asch fon Fabre, ya que como todos sabéis soy su réplica y ni siquiera había nacido cuando se acordó el compromiso- declaró-. Compromiso acerca del cual, por cierto, nunca se nos ha consultado. De hecho, me gustaría recordar a todos los presentes que en los votos de nuestra boda no nos prometimos fidelidad, como mucho lealtad, que no es lo mismo. Me costó bastante aprenderme los dichosos votos y me acuerdo perfectamente de ellos, así que no voy a consentir que nadie se atreva a contradecirme en esto- advirtió al ver que uno de los consejeros abría la boca para protestar-. Bien. Esa es una de las cosas que quería dejar claras. La otra es que Natalia no es la única de esta sala a quien deberíais acusar de ser infiel a su pareja.
El murmullo esta vez fue todavía mayor e Ingobert tuvo que llamar al orden a los presentes para que Luke pudiera seguir hablando. El joven príncipe tenía la vista fija en su padre, que le devolvía la mirada casi con miedo, y de repente Asch supo lo que iba a decir a continuación.
-¡Luke, ni se te ocurra!- exclamó. Pero Luke lo hizo de todos modos: alzó la barbilla, miró a todos los presentes con un brillo desafiante en sus ojos verdes y proclamó:
-Si queréis acusar a alguien de infidelidad, empezad por mí. Porque yo sí soy culpable de querer a otra persona que no es con quien se decidió que debía casarme. Y da la casualidad de que esa otra persona es otro hombre.
La sala entera se congeló. Natalia lo miró boquiabierta, sin terminar de creerse que Luke hubiera admitido algo así. Ingobert estaba pálido, pero no tanto como el duque Fabre, que parecía que acabase de ver pasar a la misma muerte. Los demás consejeros callaron, sumidos en distintos estados de estupor, al igual que los ciudadanos. Hasta Asch estaba petrificado. El único capaz de moverse parecía ser Luke, que sin rastro alguno de vergüenza por lo que acababa de decir, paseó la mirada por los rostros de los demás asistentes y terminó de hablar:
-Eso es todo lo que quería decir. Si alguien estaba pensando en pedir la cabeza de Natalia, pues lo siento mucho, pero también tendrá que pedir la mía- concluyó. Tras aquello, volvió a su trono y se sentó con la espalda bien erguida. La princesa respiró hondo, pero antes de que pudiese decir nada, uno de los consejeros alzó la voz, indignado:
-¡Esto es increíble! ¡Debería apartarse a ambos de la línea sucesoria inmediatamente, son una vergüenza para este país!
-Cuidad vuestra lengua, mayor- amenazó de repente el duque Fabre, tensando la mandíbula-. Es de mi hijo de quien estáis hablando además de mi sobrina, que también es la hija de vuestro rey. No permitiré un solo insulto más a mi familia.
Asch tragó saliva. Nunca antes había visto a su padre tan enfadado, ni siquiera después de enterarse de lo suyo con Luke. Parecía que el resto de consejeros tampoco, porque nadie más se atrevió a pronunciar palabra contra los herederos de la Corona.
-Gracias por vuestras palabras, duque Fabre- intervino Natalia con suavidad a su lado-. Y gracias por las tuyas también, Luke, pero agradecería que me dejaseis hablar a mí, ya que he sido yo quien ha convocado esta reunión.
La sala enmudeció. Asch observó a la princesa adelantarse, con las manos en el regazo, y mirar a todos los presentes.
-Los rumores que corren sobre mí son ciertos. Llevo desde antes de casarme con el príncipe Luke viéndome con una mujer a quien tengo en muy alta estima- anunció-. Su identidad no viene al caso, pues es un dato que no sé si a ella le gustaría que revelase. Si esto es una ofensa o un crimen contra nuestro país, gustosamente aceptaré el castigo que el Consejo y el pueblo decidan imponerme y renunciaré al trono de Kimlasca-Lanvaldear y a mis privilegios como miembro de la nobleza. Pero no pienso renunciar a lo que me dicta el corazón. Lo siento.
Los murmullos comenzaron de nuevo. Asch apretó los puños, todavía alerta.
-Pues a lo mejor no sería tan mala idea- dijo alguien.
-¿Quién ha dicho eso?- ladró el General Celestial. Pero nadie se atrevió a hablar de nuevo. Ingobert se llevó una mano a las sienes, cansado.
-No creo que eso sea posible- suspiró-. Aunque mi hija y mi yerno renunciasen a sus derechos sucesorios, ya no hay nadie más en quien estos pudiesen recaer. Mi hermana Suzzane tiene una salud demasiado frágil, sería una crueldad cargar ese peso sobre sus hombros. Y Asch fon Fabre, aquí presente, renunció a su herencia sucesoria en favor del príncipe Luke hace tiempo... y la Corona siempre debe tener herederos. Lo único que puedo sugerir es que el matrimonio de Luke fon Fabre y Natalia Luzu Kimlasca-Lanvaldear sea anulado, pero al menos uno de los dos ha de seguir siendo el heredero al trono.
Asch respiró hondo, aliviado, y se permitió dedicar una mirada rápida a Luke. El gesto de satisfacción que su contraparte lucía en la cara delataba que todo había salido como él quería. El Errante puso los ojos en blanco unos momentos. Luke se estaba volviendo un experto en acorralar a la gente y cortar todas las salidas posibles hasta que lo único que podían hacer era cumplir su voluntad, suerte que tenía unos principios morales detrás de aquella habilidad. Como siguiese así, iba a ser un gran político.
La reunión no tardó en disolverse después de aquello. Como en el Consejo no alcanzaban ningún acuerdo sobre quién de los dos príncipes debía seguir ostentando tal título cuando se divorciasen, Ingobert les otorgó una semana para pensarlo y levantó la sesión.
El primogénito de los Fabre no tardó en volver a Daath después de aquello. Suzzane ya se encontraba mucho mejor, las cosas no iban a calmarse en Kimlasca por su mera presencia y seguía teniendo que encontrar a la réplica que había atentado contra su madre. Además, a Tear le vendría bien tener a todos sus Generales Celestiales en activo para estar más tranquila, y aunque Natalia seguramente la informaría por carta de todo lo ocurrido, Asch deseaba contárselo en persona.
Lo de tener a los Seis de servicio a la vez, sin embargo, no iba a ser posible. Hyren estaba ya recuperado y de nuevo de misión cuando Asch volvió a la sede de los Caballeros del Oráculo, pero cuando el pelirrojo bajó al sótano del ordenador a ver cómo iba la revisión de los discos fónicos se encontró con que habían tenido otra baja.
El ordenador estaba apagado, con un disco fónico hecho añicos no muy lejos. Y frente al aparato, tirado en el suelo, estaba Shion, inmóvil y con los brazos enredados en su inseparable cadena dorada, cuyos siete metros de longitud estaban extendidos por la sala de cualquier manera.
Asch se precipitó sobre él y le buscó el pulso en el cuello nada más verlo. Al girarle descubrió la profunda herida sangrante que tenía en el costado izquierdo, pero también que estaba consciente. El pañuelo con el que se cubría la mitad de la cabeza se le había desatado parcialmente y por los bordes asomaban viejas cicatrices de quemaduras.
-Shion, ¿puedes oírme? ¿Qué demonios ha pasado?- murmuró Asch, apresurándose a presionarle la herida con las manos. Un río de séptimos fonones fluyeron de ellas y se hundieron en la carne, empezando a detener la hemorragia. Shion abrió los ojos y tosió sangre, soltando un quejido de dolor antes de enfocar la mirada en el otro General Celestial.
-A... Asch- dijo a duras penas-. Corre. Es una... trampa... ¡Corre!
-¿Qué quieres decir?
La Serpiente Dorada miró por encima de su hombro, aterrorizado, pero Asch no se percató de que no estaban solos en la sala hasta que notó la afilada hoja de la daga sobre su cuello.
