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Winterland

"¿Quién hablo por mí?"

El orbe negro permanecía flotando en el aire frente a los ojos expectantes de Winter Snow. Al otro lado de la puerta se podía escuchar a Fírima hablando con su moribundo hermano, cuya recuperación resultaba indefinida producto de la vileza que poseían los Gant Noir. La princesa Celestia miraba con recelo a la pegaso, siendo esta una de sus apuestas más arriesgadas hasta el momento, ya que le otorgaría a un monstruo algo que solo es conferido a los ponies bondadosos de espíritu. Sin embargo, a veces la magia era ciega y no sabía distinguir entre la oscuridad y la luz. Irónicamente, gracias a esto último, es que la deidad del sol tenía la opción de poner a prueba a la generalísima, esperando de todo corazón apaciguar los temores de la princesa Luna, y con ello ganar una aliada para la ponidad. En el aire flotaba ese aroma a medicamento, el momento de tener esperanza había llegado y de aquí en adelante todo dependería de Winter Snow.

—Hay algo en el corazón de todos los ponies —dijo Celestia—. A veces está dormido y en otras ocasiones simplemente se encuentra demasiado débil para manifestarse. Quiero creer que tú también lo tienes, porque a pesar de todo lo que paso antes, te sigo queriendo como a cualquier otra súbdita y sé que puedes llegar a ser capaz de superar tus límites. En el pasado puede que te haya sido imposible encontrarlo o sentirlo, pero, en este nuevo presente no tiene porque ser de la misma manera.

—¿Qué es lo que quiere que encuentre, su majestad? ¿Qué quiere que sienta? —pregunto la pony alada con exaltación—. Oh, princesa Celestia, dígame aquello que desea ver en mí y yo con voluntad lo sacare a relucir, lo forjaré y seré ejemplo de ello.

Celestia negó con la cabeza, ese no era el camino.

—Con esto —dijo la alicornio señalando la esfera—, sabré que has encontrado lo que necesitabas, y cuando llegue el momento te premiare por ello. Te use así como tu me usaste a mí, y aunque quizá mereces cierta compensación no será así hasta que pueda darle tranquilidad a mi hermana, respecto a ti.

Un mundo se volvió multicolor para luego caer en la oscuridad.


El ambiente se tornó diferente, ya no era la noche la que primaba, sino el día con su luz mañanera. La galería de arte se ilumino, desapareciendo la penumbra que previamente había reinado. El aire olía a sexo y alcohol, tanto, que resultaba embriagador. Winter Snow emergió de entre los cuerpos satisfechos de quienes fueron sus compañeras de apareamiento, a su alrededor todavía quedaban muchas yeguas durmientes, agotadas y complacidas como solo ellas podían estarlo. Winter dejo salir sus más voraces apetitos, no tuvo clemencia con nadie, ni tampoco espero que la tuvieran con ella, fue una danza salvaje digna de las bestias más toscas de la naturaleza y también fue el apogeo de su catarsis. Solo la victoria en batalla y el buen sexo lograban darle este estado de paz y sosiego, el poderoso deseo había sido saciado y ahora tocaba sentir la frustración, el aburrimiento, ya que estaba fría como el hielo. Ese querer, esa voluntad, llego a su fin trayendo consigo la desilusión, ese era el problema de apetecer tanto algo, llegan los orgasmos y significan la nada misma, no hay sustancia que llegue a la magnitud con que se deseó. Y, sin embargo, ella estaría dispuesta a repetir una y otra vez la misma noche, haciendo estremecer a su vagina cuanto esta resistiera, aun sabiendo que la nada la esperaba a la vuelta de la esquina. Ese era el triste camino de todos los seres con voluntad, algo que se aprende a aceptar y saborear con alegría: La vida es sufrimiento.

Las puertas de la galería se abrieron, Winter Snow se cubrió los ojos con su casco derecho para evitar que la luz de afuera la lastimara. Aradia había llegado y estaba acompañada de una unicornio de pelaje blanco y melena celeste, tenía unos lentes muy gruesos y llevaba consigo unas alforjas.

—Me congratula que se encuentre despierta —dijo Aradia—. Hoy es un día muy especial, algo que no amerita más demora estando usted aquí. Winterland le pertenece a mi generalísima, y no es correcto que solo unos pocos sepan de su advenimiento.

La pegaso tenía la cara sucia y ojerosa, todavía se encontraba sujeta a los efectos del alcohol, habían pasado muchos meses desde la última vez que bebió por lo que su organismo olvido como combatir la migraña. La pony junto a Aradia se veía muy entusiasmada, por lo que comenzó a inquietarse sobre lo que estaba a punto de ocurrir.

—¿Qué vas a hacer?

—Primero tenemos que hacer algo con esa melena y la bufanda roja. No son apropiadas. Por esa razón traje a la estilista y sastre oficial del templo, para que luzca más como se supone debe lucir.

—No te desharás de la bufanda —susurro Winter roncamente—. Si quieres que lleve puesto algo más, lo haré, pero esta prenda fue un obsequio y no la tiraré a la basura.

—Oh, no, no, no, nada de eso, si usted la quiere conservar no hay ningún inconveniente. No obstante, debe entender que Winterland espera ver a su generalísima como se les ha enseñado siempre, es decir, con su característico peinado.

—Si así ha de ser, que así sea. Mi melena actual es fruto de que se me privo de mis espirales durante un combate, no fue mi decisión.

—Podemos arreglar la falta de cabello —comento la unicornio blanca, sonrojándose al percatarse de que se le olvido presentarse. Hizo una reverencia y sonrió transmitiendo amabilidad—. Mi nombre es Frosting Jam, es un placer servir a la generalísima de todas nosotras, tuve que hiperventilarme antes de venir aquí.

—Eso ultimo no era necesario —le señalo Aradia—. Frosting Jam es la pony más adecuada para tratar los cabellos de mi generalísima. Una parte del templo está destinada a este tipo de menesteres, así que por favor sígala y deje que haga su magia.

—¿Estas segura de esto?

—¡Completamente!

Winter suspiro limpiándose las lagañas, aun podía saborear en su boca la esencia de algunas de las ponies que estaban ahí. Si bien preferiría dormir un poco más, no quería apagar los vivaces ánimos de su antigua aprendiz, por lo que accedió de mala gana a recuperar su estilo de melena de antaño. La pegaso se despidió de Aradia, y desde la galería, junto a la estilista, volvió a caminar por la plaza pública, accediendo por un portón cercano a otra parte del templo. Ahí dentro se respiraba el aroma de la solemnidad y templanza, era un lugar espacioso revestido de belleza plasmada en piedra. Había, como era de esperar, un centro circular de mármol, justo debajo de una cúpula donde se distinguían detalladas pinturas sobre el arte de la guerra. Algunas ponies con túnicas negras caminaban despreocupadas, sin prestarles ninguna atención a la conocida unicornio y su acompañante. Winter no caminaba con normalidad, pero intentaba hacerlo, ya que detestaba hacer espectáculos ridículos, su imagen era para asombrar y despertar la voluntad en el corazón de cada pony, no para hacer reír como los bufones. En este esfuerzo se vertió toda su concentración, hasta que Frosting Jam se detuvo frente a unas enormes puertas de madera, levito desde sus alforjas unas enormes llaves y abrió la cerradura. Pocas veces el mundo de los sastres se revelo a Winter Snow con tanta grandeza, diferentes telas, joyas y accesorios, llenaban pasillos enteros para ser material de vestuario.

—El asunto que nos atañe ahora no es precisamente su vestuario, así que olvidémonos un momento de eso y vamos a lo importante, su melena —dichas estas palabras Frosting Jam jalo una palanca junto a la puerta, haciendo girar un muro que resguardaba todo un equipo de productos y accesorios para el pelo, así como un enorme espejo y asiento. La unicornio sonrío ampliamente, incomodando a Winter Snow.

—¿Por qué me miras así?

—Es que… esto es todo un honor.


Doce horas antes, cuando el mar de placer de la generalísima todavía no tenía lugar, Galvorn le pidió hablar con ella en privado, apartado de las miradas tanto de Remy como de Aradia. Ella acepto, enfadando sin darse cuenta a su querida aprendiz, pero lo cierto es que, aunque esta se hubiese manifestado en contra, Winter ya era la máxima autoridad, por lo que, al menos en la tierra que tiene su nombre, no tenía la obligación de rendir cuentas a nadie. El corcel fue seguido por la mirada de Remy, quien lo veía con gratitud a la vez que el nerviosismo latía con fuerza en su psique. En una esquina, bajo la luz de la luna, Galvorn le relato a Winter con lujo de detalles lo que le había ocurrido a su hermana mayor, no fue misericordioso con Remy, a quien le propino su respectiva responsabilidad en los hechos. El corcel no había logrado provocar ninguna reacción en su receptora, de hecho, se veía bastante aburrida, algo que llego a manifestar con un bostezo.

—Ya era hora que alguien pusiera en su lugar a esa yegua —declaro Winter—. No le guardo ningún rencor a tu hermana, Galvorn, pero no esperes que mi apiade de ella después de que me atacara tan solapadamente.

—Sabes perfectamente porque lo hizo.

—Oh, si, lo recuerdo, porque sucedió algo que ya todos esperábamos. Fírima se queja de que no respetan su voluntad suicida ¡Pues mala suerte, el proyectil para su desdicha no la escogió a ella! ¿Quieres que me haga responsable de tu herida? Puedes esperar sentado y morir de viejo, porque tal cosa nunca saldrá de mis labios.

—Solo espero de ti las cosas que estarías dispuesta a hacer, no soy muy fantasioso como piensas. Por mi herida no te guardo ningún resentimiento, la acepto como consecuencia de mi deseo, así como estoy dispuesto a aceptar otras que vengan.

Winter miro al semental un poco extrañada, pensó que quizá su presencia transmitía algún tipo de influencia sobre él, ya que esas palabras distaban mucho del comerciante que conoció hace tres meses. Resultaba curioso, pero tal posibilidad no sabía si clasificarla de positiva o negativa.

—¿No le harás nada a Remy?

—Remy me importa un rábano, al igual que tu hermana.

—Perfecto, entonces hay otra cosa que quisiera saber.

El silbido del viendo se escuchaba por los corredores de piedra y la plaza pública comenzó a quedar cada vez más vacía conforme pasaban los minutos.

—¿Piensas ayudar a estas ponies a destruir Equestria?

La pregunta de Galvorn era una de esas interrogantes que esperamos jamás toquen a nuestra puerta. Winter se quedó helada, con el semblante triste y la mirada baja. Tal vez el destino esperaba que ella, irónicamente, fuese la gran aniquiladora de lo que juro defender y por lo que derramo tanta sangre en múltiples batallas contra el enemigo extranjero. Era desgarrador pensar en que todo este tiempo, la mayor enemiga de Equestria resultaba ser ella misma, la guerra de seis años tenía una razón de ser, por eso la mentira fue su aliada para llevar a la muerte a miles de ponies que de otra manera no hubieran peleado para concretar el asentamiento equino por los siglos venideros. ¿Borrar el resultado de sus manipulaciones y estrategias? ¿Ser la devastación que acabe con esa que fue la tierra en la que nació, creció y aprendió la realidad de las cosas? Lanzarse a la aventura era motivo de goce, pero de todos los posibles enemigos en el abanico de su discordia, Equestria nunca proyecto si quiera su sombra.

—Aradia no se merece una decepción de mi parte —dijo Winter con voz pastosa.

—¿Y Equestria si se la merece? —espetó Galvorn—. Winter, sé que quizá pienses que no tengo derecho a opinar sobre alguien como tú, estoy consciente de que no soy nada en comparación contigo, pero de verdad me extrañaría que después de todo lo que hiciste en nombre de Equestria, ahora te parezca bien destruirla. ¿No fuiste a Targoviste para intentar evitar que sucediera justamente eso? ¿No admirabas a las princesas por ser las hembras más elevadas que hayan pisado alguna vez la tierra? ¿Te mirarías al espejo sabiendo que tu…?

—¡Cállate! —interrumpió Winter Snow, su tono de voz estaba preñado de colera—. Yo… todavía no decido que hacer. Aunque no te lo parezca tengo una deuda con Winterland, que este lugar exista es precisamente porque yo lo quise así en una ocasión ¡No puedo dejar sin rumbo a estas ponies, y mucho menos a Aradia! El timón de la historia ha girado y quizá deba convertir todo lo que existe en cenizas, para que algún día surja el fénix que me haga sentir orgullosa de mi accionar. Es una de las opciones, la más preciosa y dolorosa de las opciones, yo tengo que ser lo que se necesite que sea.

—Entonces esta es tu nueva patria —inquirió el corcel mordazmente.

—Sé que no le puedo ser indiferente, pequeña rata. Cuando tengas una maldita civilización con tu nombre, puedes darme sugerencias de qué hacer, pero por ahora este peso solo me concierne a mí.

—En ningún momento quise sugerirte nada, solo quería saber lo que harías.

Hubo silencio entre ambos, y aunque no lo pareciera, Aradia se estaba impacientando al igual que Remy.

—Si tuvieras que sugerirme algo, si tu voz tuviese la importancia que no tiene —dijo Winter—, ¿Qué me sugerirías?

Galvorn suspiro con pesadez, su amada pony solo le pediría consejo a alguien tan insignificante como él cuando no viera salida al final del túnel.

—Sé sincera contigo misma.

—¿Eso es todo?

—Si.

—No dijiste nada.

—Tómalo como gustes, pero fui literal. No te engañes como engañas a los demás, lo que hagas ahora determinara si serás miserable para el resto de tu vida o si hay algo de esperanza para ti, pero eso solo lo puedes hacer tú, yo no tengo ningún poder sobre tu accionar. De hecho, nadie aquí lo tiene, por eso asegúrate que lo próximo que hagas, de verdad lo quieras así. De eso depende el rumbo de muchos, no quiero que te arrepientas después. Si has de llevar a millones a las llamas de la muerte, otra vez, hazlo, pero que sea eso lo que de verdad deseas.

Winter contemplo el cielo estrellado, le pregunto a Galvorn si había algo más que quisiese decirle y ante su negativa se retiró sin decir nada. El corcel tampoco dijo nada, ni si quiera una despedida, sin embargo, no se quedaría solo mucho tiempo, ya que Remy se le acerco apresuradamente. La unicornio color nogal estaba tan tensa como las cuerdas de un violín, pero se las arregló para hablar con calma.

—¿Le dijiste? ¿Qué te dijo?

Galvorn se le quedo mirando unos segundos, indeciso, mientras las palabras de Winter Snow resonaban en su cabeza: Remy me importa un rábano, al igual que tu hermana.

—Me costó mucho convencerla, en un momento estuvo a punto de tomar la determinación de castigarte por tu falta —mintió Galvorn, con rostro inexpresivo—. Fui bueno contigo, me pregunto si quería venganza y le respondí que ese no era mi deseo, solo quería la paz. Estoy seguro de que logre borrar cualquier resentimiento contra ti en su corazón, puedes estar segura de que la generalísima, si bien no te mira con los mejores ojos, definitivamente no te odia.

La sonrisa en el rostro de Remy no se hizo esperar, era tan grande que apenas cabía en su cara.

—Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias —repitió ella, abrazando al corcel con júbilo—. Has salvado muchas vidas Galvorn, te lo compensare de alguna forma, lo juro.

—¿Vidas? ¿A qué te refieres?

La unicornio se apartó y respiro profundamente para recuperar la compostura.

—Pronto lo sabrás —le dijo—, o, por cierto, su excelencia me dio algo para ti.

Galvorn recibió un pergamino atado con un listón rojo, al abrirlo se dio cuenta de que era una especie de autorización especial que le concedía ciertos derechos en aras de la situación en que se presente el documento.

—Es similar al que yo tenía —comento Remy tras echarle un ojo—. Su excelencia está siendo bastante condescendiente contigo.

—Si, estoy seguro de que si —contesto el semental con simpleza—. ¿Podrías llevarme de regreso al hospital? Quiero ver a mi hermana.

—Si, te llevare, siempre que no te importe esperar a que llegue mi levitador para poder ir más rápido.

El corcel asintió y la unicornio saco de entre sus ropas una piedra verde que parecía una esmeralda, la cual arrojo frente a ellos y mientras esta brillaba los dos ponies esperaron pacientemente. La moto voladora de Remy, alias el "levitador", llego al lugar al cabo de veinte minutos.

—Espero que no se molesten por dejar una silla de ruedas aquí —comento Galvorn.

—Tranquilo, no pasara nada. —Remy hizo una pausa—. O al menos eso espero. Yo no le diré a nadie que es tuya, ¿Estas cómodo ahí?

El asiento trasero era ligeramente más pequeño que el delantero, pero no había ningún riesgo de caerse del vehículo, incluso estaba instalada una barra de metal de donde el pasajero podía afirmarse. Galvorn asintió, el motor rugió, y la nave se elevó cuatro metros, ganando de un segundo a otro una velocidad increíble. El corcel no recordaba su primer viaje en la moto voladora de Remy, ya que en ese momento estaba inconsciente, por lo que rápidamente el trayecto se convirtió en una experiencia inolvidable. Ya en el hospital Remy le consiguió a su pasajero otra silla de ruedas, y en virtud del pergamino que le otorgo Aradia, consiguió un permiso para que este pudiese quedarse junto a su hermana mayor el tiempo que estime conveniente, rompiendo así las normas que regulan la hora de visitas. La unicornio color nogal se despidió del corcel en la sala de espera, dejándolo en cascos de Rivet Flow. El sello de Aradia tiene un peso increíble, pensó Galvorn al atravesar el umbral que lo separaba de Fírima. La joven comerciante, quien había despertado hace ya unas horas, se encontraba muy asustada y siendo víctima de la ansiedad, pero cuando vio a su hermano no pudo sino sonreír con lágrimas en los ojos, abrazándolo en cuanto estuvo lo suficientemente cerca del borde de la cama. El calor de cada uno dio origen a la tranquilidad que ambos necesitaban.

—Llegue a pensar lo peor —declaro Fírima, rompiendo el abrazo para secarse las lágrimas y ver el rostro de su hermano.

—¿Alguna vez no es así? —pregunto Galvorn con ironía, consiguiendo una pequeña risita por parte de su hermana, la cual fue rápidamente reemplazada por un semblante de amargura.

—Yo… creo que maté a Winter Snow.

—No, no la mataste, está viva y ahora manda todo este lugar.

Los ojos de Fírima se abrieron de manera desmesurada producto de la impresión.

—¿Qué rayos paso aquí?

Esa era la pregunta que Galvorn estaba esperando para comenzar a relatar los hechos, eligió con cuidado sus palabras con el fin de no alterar demasiado a su hermana, pero le era casi imposible pintar color de rosa un escenario tan catastrófico.

—¡Por Celestia! —exclamo Fírima alarmada, a lo que Galvorn rápidamente le tapo los labios con su casco derecho.

—No digas ese nombre tan fuerte, no aquí.

La pony anaranjada rápidamente entendió el porqué y asintió lentamente.

—Ahora estoy deseando haberla matado, esto es terrible, Equestria pagara el precio por haber fallado ese maldito tiro.

—¿De verdad querías hacerlo?

Fírima guardo silencio, no podía engañar a su hermano.

—Estaba muy enojada, también asustada, ahora que sé que estas bien, difícilmente me atrevería a hacer algo semejante otra vez.

—Sé que es así, solo quería estar seguro.

—¿Qué vamos hacer? No podemos dejar que esa psicópata invada Equestria acompañada por su aprendiz fantasma. Somos en parte responsables, debemos ir con el capitán Svart Blood.

—No creo que vaya a hacerlo, creo que deberíamos recuperarnos primero.

—Galvorn, esto es importante, deja tus sentimientos a un lado por un momento y ve lo que está pasando. Nosotros ayudamos a esa yegua a llegar aquí, y ahora ella aniquilara nuestro hogar porque se encontró uno nuevo.

—No es tan sencillo, Fírima, si lo fuera créeme que estaría mucho más preocupado que tú. Confía en mí, recuperémonos por completo primero y luego decidamos que hacer, pero no vamos a matar a nadie.

La comerciante miro por la ventana, no se había percatado que era de noche. Winterland era un monstruo y estaba en todas partes, y ellos, completos extraños en ese lugar, eran la comida favorita del monstruo.


Pasaron las horas y llego el inevitable amanecer, Galvorn decidió darle su silla de ruedas a Fírima ya que esté podía sostenerse por sí solo si ponía un poco de trabajo en ello. Salieron a pasear con autorización especial del hospital, siendo presa de algunas miradas indiscretas mientras el corcel asistía a su hermana empujando la silla de ruedas, cosa que no era muy común en Winterland. Sin embargo, el paseo resulto más agradable de lo que esperaban en un principio, admirando la belleza arquitectónica de los edificios y la encantadora vegetación que resaltaba en las aceras. La mayoría de las ponies que por ahí transitaban eran hembras fornidas, de semblante duro y con cicatrices, que, de no usar ninguna vestimenta, se distinguían sin mucho esfuerzo. Galvorn creyó que se sentiría intimidado, pero luego de haber estado tanto tiempo cerca de una pony con características similares, perdían por completo el factor amenazante. No obstante, él pensaba que Winter Snow era mucho más agraciada, algo que atribuía a su amor por ella. La calma reinaba ahí donde la guerra es ley, hasta que una estruendosa alarma procedente de bocinas en los techos hizo huir a los pájaros y puso en movimiento a cada yegua en Winterland. Muchas empezaron a galopar, mientras que otras se subieron a sus vehículos voladores, todas hacia una misma dirección: el gran templo. Galvorn y Fírima se vieron envueltos en todo este alboroto, era imposible transitar en las calles con tanta pony corriendo sin ningún freno.

—Debe haber ocurrido alguna emergencia —supuso Fírima.

—O quizá alguien las está convocando.

Repentinamente la alarma se apagó, y en su lugar tomo protagonismo la Cabalgata de las Valkirias, de Wagner. Muchas ponies se detuvieron, apuntando sus miradas a las bocinas de dónde se transmitía la música, mientras que otras siguieron galopando con mucha más prisa. Al cabo de unos minutos una gran masa de yeguas se congregó cerca de Galvorn y su hermana, esperando atentas cualquiera que fuese el mensaje que el consejo de matriarcas o su excelencia quisieran darles. Sin embargo, fue una voz completamente desconocida hasta el momento la que se escuchó, era la voz de la pony de hierro.

—Mi nombre es Winter Snow, y soy el principio, así como el fin, ya que, de mí, su espíritu halló un camino el que seguir y de la misma manera puedo destruirlo.

»Pero descuiden, yo, que he dado un salto de mil años para encontrarlas, no tengo intensiones de ser su aniquilación. Todas, quienes saben de guerra y voluntad me habrán sentido alguna vez en su corazón, no como una enemiga, sino como una aliada, una madre que estaría dispuesta a vencer y morir por cada una de ustedes si es necesario. Soy su generalísima, su comandante suprema, líder, guía, familia y amante, un pedazo de mí esta en cada aspecto de su vida, así las han educado y así han aprendido a aceptarme y recorrer esta travesía hacia la fuerza, porque la vida no perdona a los espíritus débiles, pero premia a aquellos con voluntad de poder. ¡No han rogado fortaleza a la nada, ni tampoco han servido a una doctrina muerta! Yo estoy viva, siempre lo estuve y bien sabe cada una que no he sido indiferente a sus pesares, ya que lo que deje estipulado fue mi regalo para todas ustedes, una forma de vivir que aspira a la grandeza, que saborea las elevadas contemplaciones de lo natural y lo divino, y que no tiene las puertas cerradas para ninguna que busque en sí misma el asombro. Porque, si yo les pregunto ¿Cuál es lo más preciado que tienen? Solo una respuesta debería salir de sus labios: Yo y mi pueblo ¡Un pueblo cuyo diseño está preparado para afrontar la eternidad, ya que no hay pony aquí que no sepa valerse por sí misma!

»No niego que, probablemente, las primeras soldados que participaron de esta obra, juzgaran el porvenir con pesimismo; pero no es esto muestra de debilidad, ya que un obstáculo no se puede rebasar sin que este exista primero. De la misma manera en que miramos dentro del abismo, y nos reímos de la corrupción que intenta envenenarnos el corazón, hoy digo: siempre podemos llegar más lejos. Y es que, si yo quiero obtener grandes resultados, primero he de sembrar grandes virtudes: Fraternidad, devoción, disciplina y fuerza de voluntad, cosas que aquí abundan por donde plante mi vista. El aplastante y avasallador peso de las circunstancias jamás, en la historia de la ponidad, ha sido tan abiertamente superado como con ustedes, ponies que siempre apuntan al infinito, porque solo ahí está la elevación constante e ininterrumpida de nuestro espíritu. La razón es su aliada, sus cuerpos un medio y las sensaciones un platillo para nuestro paladar, ya que de la intensidad puedo decir que es un terreno lleno de tesoros. He regresado, hijas mías, abran sus oídos a mi voz, mírenme y reconózcanme, esta es una nueva era para toda Winterland. Peleen junto a mí, sacrifíquense, ganen ¡Porque en el Valhalla estaremos todas juntas otra vez!

El suelo y el aire vibraron en un mar de explosiones de euforia y violencia. Galvorn y Fírima se fueron a refugiar a un callejón, ya que la calle dejo de ser segura en el instante en que Winter Snow pronuncio la última palabra. Afortunadamente no estaban en la plaza negra frente al gran templo, de lo contrario si estarían en grave peligro, ya que fue frente a cinco mil yeguas que la generalísima pronuncio sus palabras, convirtiendo a un pedazo de pavimento en el lugar con más jubilo de todo el mundo. La pegaso recupero los espirales de su melena, y, para el deleite de algunas, vestía ropajes de carácter ceremonioso de color negro con bordes dorados, mientras que en su cuello resplandecía un collar con el símbolo del alicornio blanco bañado en plata. Junto a ella se encontraba Aradia, disfrutando de la vista que ofrecía el balcón más alto del templo.

—Esta es una nueva era para toda Winterland —repitió Aradia para sí misma.


El consejo de matriarcas era uno solo, pero la octava parte de sus integrantes eran administradoras de centros donde se enseñaba la doctrina, cuya ubicación podía estar o no cerca del gran templo. Aradia las llamo a todas al mismo tiempo y cada una de ellas tuvo problemas particulares para acudir, sin embargo, todas pudieron escuchar a quien, supuestamente, es la única e irremplazable generalísima. Tal acontecimiento fue una sorpresa muy desagradable, ya que, si de verdad resultaba ser la auténtica Winter Snow ninguna de ellas se dio por enterada, cosa inadmisible desde cualquier aspecto. No obstante, si no era la auténtica Winter Snow, entonces se habrán agitado los ánimos del pueblo por una mera farsante, cosa que desembocara en una furia de carácter masivo que terminaría por restar legitimidad al gran templo. Las diferentes naves de las integrantes fueron llegando frente a la plaza negra, viéndose sorprendidas por toda la algarabía que dominaba un sitio donde se celebraba a paso marcial a las mártires. Una unicornio de pelaje gris y melena dorada sobresalía entre las demás miembros del consejo, y es que era la actual representante de esas ponies, la más anciana y sabía de todas ellas.

—Aradia responderá por esto —musito la unicornio gris, vestía una túnica más pomposa que las demás, con adornos de zafiros y esmeraldas. Su mirada transmitía rectitud y fiereza al mismo tiempo, como si fuese una pantera al acecho. Cada pisada la daba con imperiosa autoridad, nadie por delante, tampoco por detrás, el mundo debía moldearse a su voluntad, ya que la palabra de Winter Snow estaba con ella, y, por ende, la verdad absoluta sobre las cosas.

Cuando el consejo de matriarcas se adentró en el gran templo se dirigió directamente a las escaleras que daban a la planta superior, ahí, una puerta les daría acceso a un despacho donde se encontraba Aradia junto con la pegaso que había transmitido su mensaje a través del sistema de convocatoria. La opulencia reinaba en esa habitación, cortinas de terciopelo rojo, alfombras de hilo de Araba Sentada, muebles de madera de roble y sofás con almohadas de plumas de pavo real; y sin embargo nada de eso importaba, ya que la atención de las yeguas se concentró en aquella pony que lucía como Winter Snow, en sus orbes dorados que parecían llamar al conflicto y en el aire magno que proyectaba su postura.

—Hidden Wound —identifico Aradia con simulada alegría—, resto del consejo, gracias por venir. Como verán, el pueblo está feliz, así deben estar ustedes y así he de estar yo. Afortunadas somos de conmemorar tal acontecimiento. Miren, contemplen y adoren, la generalísima de todas nosotras esta finalmente en casa.

—Oh, estoy segura de que avivar el entusiasmo del pueblo es de tu agrado —señalo mordazmente la gran Hidden Wound, representante del consejo—. Sin embargo, que terrible es que toda esta dicha que ahora azota a Winterland, sea fruto del árbol de la mentira. Esa no puede ser la generalísima de todas nosotras en carne y hueso, ella es energía en nuestro espíritu, el alma de esta nación. Haz de pagar de alguna forma esto, su excelencia Aradia, bien podría clasificarse esta farsa como un intento de provocar una guerra civil. Sabemos tu parecer respecto al consejo, no intentes engañarnos, esto confirma de una vez y para siempre que las expectativas respecto a tu regreso fueron exageradas cuando se plantearon hace siglos. Las vidas que Winterland sacrifico por ti, no lo valieron ¡Por fin puedo decirlo! Este es el sentir de generaciones enteras que han vestido estas túnicas.

Aradia no dijo nada, observo a su mentora y esta arqueo una ceja haciendo un gesto que revelaba su desconcierto.

—De verdad me molesta profundamente que me digan que no existo, me es irritante que ponies así se hagan llamar devotas de mi palabra —les increpo Winter Snow, comenzó a caminar por el despacho muy lentamente, pero sin despegar sus ojos de las viejas—. El minotauro atravesado por mi espada, el grifo cuyas alas fueron mutiladas, el nocturno cuya cabeza separe de su cuerpo ¿Les dirían a ellos que su asesina no existió? De no existir, entonces he de entender que nunca hubo seis años de guerra, que Winterland nunca tuvo ideóloga y, por lo tanto, ustedes jamás nacieron. Todo lo que las rodean en este instante, es polvo de la nada, una realidad ficticia quizá hecha por un dios que gusta de usarnos como juguetes para su entretenimiento. Me sorprende, oh, gran consejo de matriarcas, que no reconozcan a quien es la máxima matriarca de toda su historia. La que llaman "irrepetible" la que es su "aspiración" la que es "la generalísima de todas nosotras".

Winter poso su casco de hierro sobre el mentón de Hidden Wound, la unicornio se adentró en los ojos encendidos como el astro diurno que se atrevían a juzgarla. Y es que, estaba en presencia de alguien que podía hacerlo, una pegaso que la miraba desde arriba a pesar de tener exactamente la misma altura que ella. Había una gran diferencia de poder entre el espíritu de ambas, y eso se sentía hasta los huesos, algo aplastante como una avalancha sobre una cabaña en las nieves.

—Han pasado más de mil años, es imposible que un cuerpo sobreviva de esa manera al pasar del tiempo, salvo que sea inmortal ¡Y la generalísima era una pony mortal con espíritu divino! —replico Hidden Wound.

—La existencia de muchas cosas nos son desconocidas, ¿Qué te dice que algo que desconoces no me trajo a este presente? Mi voluntad por sobre todas las cosas, eso fue lo que dije cuando decidí que aquí existiría una civilización ¡Mi civilización! —prosiguió Winter, sonriendo con prepotencia—. Ustedes son mías, así lo quisieron sus ancestros, su voluntad es mí voluntad porque así yo lo deseo. No las necesito para poseer lo que siempre me ha pertenecido, ustedes decidirán su destino, seguir siendo parte de esta obra o la aniquilación. No hubo piedad con los cobardes que retrocedieron en la operación casco de hierro, ya que ellos fueron traidores del gran ideal, así serán tratadas quienes vayan en contra de Winterland. Y yo, soy Winterland.

—¡Winterland son ideales! —corrigió la unicornio gris.

—Los cuales yo fundamente —puntualizo la pegaso—. Todo lo que las rodea, incluso lo que piensan, surgió de mí. No hay nada en este lugar que no haya salido de las entrañas de mi mente.

Una electrizante fuerza estremeció los nervios de cada una de las ancianas. El llamado se había hecho, la cabalgata de las valkirias comenzó y el universo trajo de regreso a la caudillo de la guerra. Primero fue una, luego dos y así sucesivamente hasta que todo el consejo cedió a la imperiosa necesidad de inclinarse ante Winter Snow. Finalmente, la gran representante Hidden Wound, quien había sentido de más cerca la presencia de la pegaso, miro el suelo y se puso a merced de la suprema líder. Se veía, hablaba y se sentía como debería sentirse la presencia de la pony más elevada de todas.

—Es… mi generalísima —musito Hidden Wound.

—Soy su generalísima.

—Nuestra generalísima —agrego Aradia, inclinándose al igual que sus hermanas.

Winter Snow abrió sus alas extendiéndolas majestuosamente, dejando a sus plumas blancas presa de los rayos del sol. Se dio media vuelta y camino magnamente hacia el balcón, donde la masa enardecía lanzo oleada tras oleada de regocijo.

—Podemos estar felices de saber que el futuro nos pertenece completamente.


Galvorn y Fírima tuvieron que regresar al hospital, la algarabía era demasiado aguda como para sentirse seguros; incluso algunas ponies comenzaron a pelear a manera de divertirse, convirtiendo a Winterland en una enorme arena de combate. Para decepción de los comerciantes, la situación en el recinto medico era similar a la que se vivía en la calle, solo que con un poco más de mesura ya que los que festejaban eran ponies que "en teoría" estaban enfermos y heridos. Afortunadamente lograron refugiarse con éxito en el cuarto de la pony anaranjada, viendo en el camino a la doctora Rivet Flow luchando a espadas con una enfermera, tan alegremente como quien canta dando brinquitos en una pradera floreada. Cuando Galvorn cerró la puerta tras de sí de inmediato recostó a su hermana mayor en la cama y coloco su silla de ruedas como obstáculo para quien intentara entrar, como si eso realmente fuese a lograr algo para salvarlos.

—Estamos en el reino de los locos —comento Fírima dimensionando aterrorizada a lo que se enfrentaban.

—Esto iba a suceder tarde o temprano, Aradia necesitaba a Winter para que todos los ponies aquí tomaran un único camino. Ahora que el poder no está dividido en una autoridad mesiánica y en un consejo religioso, todo lo que vendrá de aquí en adelante puede resultar catastrófico.

—No creo que le resulte tan fácil hacer que todos la obedezcan.

Galvorn observo a su hermana con cara de póker y esta de inmediato se retractó de sus palabras.

—A veces se me olvida lo dócil que puede ser la mente de alguien que vive para otros —comento Fírima—. ¿Qué vamos a hacer?

—Pues… supongo que estar lo más cerca de Winter Snow que nos sea posible.

—¿Por qué?

—Porque somos sus amigos y no dejara que nos pase nada malo.

—No han pasado ni siquiera tres días y ya los dos hemos sido hospitalizados —espeto Fírima.

—Si, pero ahora es diferente, están las circunstancias propicias. Puede que a Aradia le sirva consolidar el poder en un solo pony para lograr sus objetivos, pero eso también nos beneficia a nosotros, ya que significa que solo necesitamos ser amigos de un pony en todo este lugar para asegurar nuestra integridad física.

La comerciante no discutió eso, pero tampoco le dio la razón. Si te preocupas por tu integridad física, no quieres estar cerca de la antigua generalísima.

—Contigo siempre es una situación mala o peor, Galvorn, nunca eliges algo intrínsecamente bueno como una cabaña en el campo o vacaciones en Manehattan.

—¿Y qué quieres que te diga? ¿Qué nos vayamos justo ahora con el futuro de Equestria en juego?

—¿De dónde te salió ese sentido de justicia? Nunca fuiste muy patriota, nosotros no podemos hacer nada, no somos Twilight o sus amigas, ni tampoco las princesas o ese tal Geisterritter. No somos nada, solo ponies de tierra ¿Por qué te cuesta tanto entender las cosas?

—¿Quieres que te de una razón egoísta para que nos quedemos?

—No se trata de eso…

—¡Si Equestria desaparece perderemos a todos nuestros clientes!

—¡Yo comercio también con los minotauros y grifos! —replico Fírima golpeando la almohada junto a ella.

—¿A sí? ¿Cuántos clientes tienes, que no son ponies?

La pony anaranjada sintió a su rostro crisparse, se encogió de hombros y la cifra apenas fue audible.

—No te escucho ¿Puedes decirlo más algo? —pidió Galvorn en un tono sarcástico.

—¡Tres, solo tengo tres!

—Sabes, aunque solo te quedes con tus clientes no ponies, no hay seguridad de que el reino de los minotauros y los grifos vaya a sobrevivir —recalco Galvorn victoriosamente.

—Quizá si debí matarla…

—Ya tuvimos esa discusión.


Se preparo un banquete, el más espectacular del que se haya tenido registro en la historia de Winterland. Era de esperar que una lugar cuyos primeros habitantes fueron equestres, heredaran las recetas culinarias de su tierra natal, sin embargo, con el pasar de los años muchas de estas mismas recetas sufrieron cambios cuantiosos hasta hacerlas irreconocibles, y, por lo tanto, permitiendo a las yeguas rebautizar muchos platillos. El comedor del templo era igual de magnifico que el resto de la edificación, una mesa de varios metros de largo partía el enorme salón por la mitad, siendo el lugar de reposo de decenas de apetitosos alimentos, un verdadero festín para los dioses, solo que en esta ocasión se celebraba a una mortal. Ahí, en la cabeza de dicha mesa, en un asiento gloriosamente adornado con rubíes, se encontraba la generalísima de Winterland. A la derecha de la pegaso se hallaba Aradia, mientras que a su izquierda se lograba apreciar a Hidden Wound, quien solo había bebido vino hasta el momento, muy por el contrario del resto del consejo de matriarcas y las aprendices más destacadas del gran templo, quienes compartían entre sí las más exquisitas combinaciones de frutas y verduras. Una formidable chimenea resguardaba a las comensales del frío nocturno, así como deleitaba las miradas de todas, ya que justo arriba del marco de mármol una colosal escultura de Winter Snow las observa con un aire imperial. Sin embargo, la figura que gozaba de más atención en el salón era la original pony de hierro, la de carne y hueso, quien tenía una y mil historias que contar sobre batallas que tuvieron lugar en la guerra de los seis años; casa palabra que salía de sus labios era la más bella de las poesías para los oídos que escuchaban, no existía nada superior, ni siquiera los cantos gregorianos.

—¿Quién soy yo, hijas mías? ¿Quién soy yo quien coloca su casco sobre un mapa y dice "aquí vamos a atacar"? Si pensaron en que soy su líder, no están muy equivocadas, pero la respuesta transgrede los parámetros de una simple jerarquía. La naturaleza de las cosas ha querido que los fuertes se impongan por sobre los débiles, de la misma manera que concibe seres excepcionales de cualquier parte. Cuando digo "débiles" no me refiero exclusivamente a una fuerza física inferior, ya que se puede tener músculos de acero, pero un corazón cobarde. Estos débiles predican ideales fundamentados en la mentira y la ponzoña, y buscan contaminar a los espíritus fuertes por medio del conflicto o la influencia seductora. Tienen que haber muertos, eso es algo inevitable en el eterno devenir de las cosas, ya que cualquier espíritu fuerte que practique ideales pasivos lo condenaría a la extinción. Dicho esto, ya les puedo decir quién soy: Soy la pony excepcional que tiene que dar el primer grito de batalla, ya que si yo no lo hago ¡Nadie más lo hará! No es por el mero hecho de ser su líder, ya que puede haber lideres sin coraje para tomar decisiones difíciles ¡Esto es porque soy la verdugo de la debilidad, tienen que ser obedientes y seguir el camino de la voluntad de poder, de lo contrario serán aplastadas por la guerra que abarca todas las cosas!

—¡Viva la generalísima! —exclamo Aradia y todas las demás la siguieron en una horda de golpes contra el suelo y la mesa a manera de mostrar su apoyo. Incluso las ancianas se veían estaban entusiasmadas y contentas.

La única quien había permanecido en silencio absoluto fue la representante del consejo de matriarcas, Hidden Wound, quien se levantó bruscamente de su asiento llamando la atención de todas. Aradia pensó que la maldita vieja diría algo que arruinaría la euforia que reinaba en la sala, sin embargo, cuando la unicornio gris poso su casco derecho sobre su pecho, la tranquilidad reino y un solemne canto tomo protagonismo.

«Con la aspiración en alto y el ideal en el corazón,

El pueblo marcha decidido y tenaz.»

Todas las yeguas del consejo y las aprendices se levantaron de sus asientos y posicionaron su casco derecho sobre su pecho, para unirse al himno que recitaba su representante.

«Ancestros caídos de la guardia de hierro nos miraran

y en el Valhalla después de la lucha nos encontraran.»

Entonces, Aradia con orgullo se unió a sus hermanas observando a su mentora.

«Winterland construida con voluntad, para siempre vigente hasta la eternidad,

El camino de nuestra generalísima es el camino de la verdad.

Con espíritu poderoso y en fraternidad, el pueblo de Winterland toda prueba superara

¡Cantemos por el hogar de los fuertes, que para siempre permanecerá vigente!

Por nuestras calles, el pueblo marcha vigoroso, por nuestras calles marchan nuestras combatientes.

Millones miran con esperanza a nuestra generalísima, quien lanza la llamada, la llamada a guerrear y triunfar.

Todas estamos listas para el combate, nuestra bandera negra ondeara allá donde la amenaza se plante, la esclavitud no es una opción.

Sigamos los pasos de Winter Snow, que hacia adelante nos conducirán, la victoria eterna de este gran ideal.

¡Winterland es fuerza y voluntad!»

El resto del festín trascurrió con más dicha con la que empezó, desembocando en una real borrachera, de la que tristemente Aradia no pudo participar ya que no tenía sangre a la que envenenar con alcohol. Obviamente tenían preparado con antelación aposentos dignos para la generalísima, después de todo el único lugar en que debía alojarse era en el templo donde adoraban su imagen. Una cama circular con sabanas de hilo rojo y almohadas de plumas la esperaban, en una alcoba con paredes revestidas de cuadros y esculturas que hacían homenaje a la guerra. En un mueble junto a un espejo le habían dejado su bufanda roja y las alforjas que trajo del exterior, así como su espada, la cual aparentemente había sido afilada sin que le avisaran. El ambiente estaba temperado producto de una chimenea, y por un balcón se colaba la luz de la luna a través de cortinas transparentes. El techo imitaba al cielo y estaba adornado con perlas, al igual que el marco de la puerta. Los ojos de Winter Snow disfrutaban de la belleza, pero en esta ocasión le era imposible, ya que alguien la estaba observando de manera muy poco disimulada.

—Si no te muestras a mí, yo iré por ti —advirtió Winter, tomando su espada que reposaba en el mueble.

Desde el balcón una figura oscura se aproximó, Remy entro con mesura, su semblante revelaba la enorme preocupación que la invadía. Algo malo traía consigo, algo que rompía la dureza que forjo a través de los años.

—Mi generalísima, necesito su ayuda —dijo la unicornio color nogal—. Seguramente debe estar encantada con lo que ha visto hasta ahora, este es su pueblo, todas la amamos, incluyéndome. Por eso, es que sé que es la única que puede prestarme auxilio. Su excelencia pudo haber tenido sus motivos para que yo, los mismos que tenían los que dedicaron su vida a buscarla. Pero yo tengo mis propios motivos, y esos distan de su excelencia.

—¿Eres una traidora, Remy? —pregunto Winter de manera tajante—. Vienes cuando nadie más está cerca de mí, me confiesas que tienes razones únicas para encontrarme ¿Es que acaso piensas matarme? ¿Vas a sacar esa arma de proyectiles tuya y dispararme?

—¡Yo seria incapaz de hacer eso! —exclamo Remy con ojos cristalinos.

—¿Entonces que quieres?

—Ha visto una cara de Winterland, mi generalísima, pero no ha visto la otra cara. Una civilización para perdurar necesita de machos tanto como de hembras, sin embargo, ¿Ha visto alguno nativo de aquí en alguna parte?

Una observación que Winter Snow ya había tenido ahora adquiere la forma de una interrogante.

—¿Dónde están?

—Por favor acompáñeme —pidió Remy—. Mi transporte está afuera, si nos vamos ahora no nos descubrirán, su presencia altero todo el orden que se había mantenido inmutable hasta ahora.

—Si es una trampa…

—Me pegaría un balazo en la cabeza antes de traicionarla.

Winter no creía a Remy capaz de una artimaña con el fin de perjudicarla, pero no podía fiarse por completo, a veces los rostros más amistosos pueden dar la puñalada más profunda. Lo ideal para los traidores es que subestimen su actuar. El alcohol todavía marcaba una potente influencia en su cuerpo, pero la curiosidad era todavía más intensa. En el balcón la moto voladora de Remy aguardaba por ella, pero Winter era perfectamente capaz de usar sus alas como antes. El abrigo de la noche cubrió sus huellas y presencia, a pesar de carecer de sigilo. Remy voló hacia el norte, justo detrás de ella la pegaso no le despegaba la mirada, aquellas eran áreas montañosas y boscosas, muy diferentes a las vastas praderas y campos que las recibieron. Winter se autoimpuso una misión, la cual consistía en conocer toda su nueva tierra; parte de ese deseo estaba por cumplirse. La unicornio color nogal descendió en la parte superior de un cerro, estaba muy oscuro, pero afortunadamente su moto tenía luces para hacer de su aterrizaje un éxito. No muy lejos de ahí se veían otras luces, mucho más potentes y que rivalizaban contra la negrura de la noche con facilidad. Winter Snow comenzó a inquietarse, el lugar tenía un aire de prohibición, como si no debiera estar ahí, algo que se olía también en los antiguos cuarteles de la guardia secreta.

—No podemos ir más lejos, pero desde aquí es más que suficiente —comento Remy.

—¿Suficiente para qué?

Ante la pregunta la unicornio saco un artilugio desde las alforjas de su vehículo, parecía un catalejo que usaban los marinos, sin embargo este era doble. Remy le llamo "binoculares", observo por ellos y luego de unos segundos se los entregó a Winter Snow.

—Mire allá donde están las luces, vea lo que hay ahí.

Winter se puso los binoculares frente a los ojos, era extraño ver a través de ellos, no se veía todo de la misma manera, pero lograba visualizar cosas que se encontraban realmente muy lejos. Lo que Remy le estaba señalando parecía ser alguna especie de centro de reclusión, veía torres de vigilancia y edificaciones que carecían del cuidado y belleza que se lograba apreciar en el resto de Winterland. Un largo alambrado creaba una suerte de campo, en que se lograban distinguir decenas de filas de sementales frente a un grupo de yeguas de armadura negra, casi idéntico al que usaron las ponies de la guardia secreta en su momento. Aquellos corceles tenían la melena excesivamente corta y vestían chalecos blancos son números, quizá para identificarlos en algún registro. Sin embargo, el impacto de lo que veía no le llego a la pegaso hasta que observo al capitán Svart Blood entre los machos.

—¿Qué mierda es esto? ¿Acaso están encerrados ahí? —pregunto Winter tras bajar los binoculares.

—Este es el verdadero rostro de Winterland, mi generalísima —le respondió Remy—. Los machos no forman parte de esta civilización, solo existen porque fueron dotados por la naturaleza con lo necesario para procrear, pero solo en eso recae su valor como pony. En cuanto una hembra trae a un semental a este mundo, este es de inmediato apartado y educado para ser un autómata, un ser miserable cuya única finalidad es producir lo que sus genitales le permiten. Cada yegua en Winterland está obligada a dar a un semental, pero no a cuidar de él, más si de las hembras que conciba.

—¿Por qué? —pregunto la pony alada confundida.

—Porque eso es lo que Aradia pensó que debía hacerse cuando fundo esta civilización. Ella fue su voz durante mucho tiempo, hasta que murió y luego, en su regreso, tuvo que compartir el poder con el consejo de matriarcas, cuyas integrantes se apegaban más a al tenor literal de su libro. Sin embargo, ya que todo parecía funcionar bien, no cambiaron el sistema de reproducción, y los sementales siguieron siendo meras herramientas. Esta es la tierra, donde ser corcel significa una vida de miseria, mi generalísima ¡Toda una vida de pura miseria!

La unicornio se acercó a Winter y se arrodillo suplicantemente.

—Por favor —prosiguió Remy—. Ayúdeme a hacer algo con esto, usted es la única que puede salvar la vida de ellos, no tienen a nadie, desde potrillos les han enseñado a ser sumisos y no revelarse, no hay voluntad de poder que puedan forjar en tales condiciones. Cuando un corcel saca su lado pony se convierte en una amenaza, por lo que le cortan la cabeza, son reemplazables después de todo.

—Esto… no debería importarte.

—¡Me importa! —exclamo Remy levantando la mirada—. He vivido en Equestria, he conversado con los ponies del exterior, ahí no hay diferencias, no se encierran los unos a los otros por cosas como estas, ni tampoco someten a sus infantes a pruebas de valor donde puede morir. Amo a Winterland, no puedo no hacerlo ya que nací aquí. Pero quiero que sea mejor para todos, no solo para las yeguas, esos sementales son mis hermanos y desde que nacen solo un camino se les abre: el del sufrimiento. Solo usted me puede ayudar, no van a escuchar a nadie más y tampoco cambiaran algo por alguien que no sea usted.

Winter Snow volvió a ver las lejanas luces que rompían el firmamento. Ella nunca escribió nada semejante, ni siquiera lo llego a pensar, y sin embargo Aradia se había dado el lujo de adjudicarse la autoridad de decir "yo sé lo que habría hecho mi mentora".

—¿Cuántos de estos campos existen?

—Miles.


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"Podemos estar felices de que el futuro nos pertenece completamente" es una frase de Adolf Hitler.

El himno de Winterland esta inspirado en el himno nacionalsocialista y en el himno de la Unión Soviética.

No olviden pasarse por "Requiem Equestria: Angel Of Music" de mi camarada escritor Graf Kohlenklau.

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