OUTTAKES 36 – Pautas.
Dar con Emmett últimamente era muy fácil: o estaba lamentándose en su casa implorando ayuda – con el microondas, el lavavajillas o la lavadora – o en el campus, machacándose en el gimnasio, el único sitio donde encontraba consuelo. Además, como había vuelto a olvidarse de los exámenes, estaba suspendido sin poder jugar en el equipo principal, lo que disminuía drásticamente la posibilidad de tener que buscarle entre los diferentes campos de entrenamiento.
Ahora estaba tumbado en un banco de musculación levantando lo que parecía el peso de un camión.
-Eh...- dijo, acercándose- Estás dejando un charco de sudor en el suelo. Es muy desagradable y alguien puede resbalar.
La última parte la dijo asomándose a la altura de la cabeza de su hermano, con los brazos extendidos, temblándole, mientras sujetaba la pesa. Estaba rojo del esfuerzo, con las manos blancas y todas las venas visibles, hinchadas.
-Sujétame esto antes de que me aplaste- musitó.
Iba a quejarse, decir que si no podía con ello, como iba a poder él, que pesaba la mitad, pero lo vio apurado, así que intentó sujetarla para dejarla en el apoyo. Cuando miró de soslayo vio que marcaban 50kg cada una.
-Estás completamente loco- le reprendió- Te puedes lesionar. Sin contar que pareces a punto de deshidratarte y del colapso isquémico.
-Háblame en cristiano, Edward- se quejó- Aquí a la gente le gusta sudar, no leer libros.
Se levantó del banco, se pasó una toalla por el rostro y el pecho y dio un largo trago a la botella que tenía al lado. Al menos parecía agua, como rezaba la etiqueta. Últimamente bebía más que de costumbre y eso que no iba a tantas fiestas como antes.
-Estoy preocupado por ti, ya lo sabes- se disculpó.
-Sí, lo sé, no dejas de repetirlo.
-Es por si acaso se te olvida. Y aquí estoy. Por dos horas soy todo para ti.
Le sonrió pero su juguetón hermano tardó en devolverle el gesto, aunque lo hizo, con poca expresión y poco ímpetu. Estaba tan triste que daba pena mirarlo, había adelgazado por la mala alimentación – aunque Esme y Bella le mandaran bandejas y bandejas de comida a escondidas –, por las horas que se dedicaba al deporte, por la falta de sueño – que sus ojeras mostraban – y por ese hábito a la bebida que le preocupaba más que todo lo anterior.
Y lo peor es que la situación no parecía que fuera a cambiar. Rosalie no iba a cambiar. Y Emmett ni siquiera podía arrastrarse para remediarlo. Dejarla tirada vestida de gala en un restaurante sin dinero le había herido más que 40 años de relación donde ambos complementaban las carencias de antes. Era curioso pensar que hubieran fracasado cuando lo tenían todo – esperanza, futuro, salud, familia y a Henry – y se hubieran soportado por toda la eternidad entre la amargura de Rosalie que anhelaba lo que ahora poseía.
-¿Qué quieres que hagamos?- añadió, dándole un codazo amistoso.
-Abdominales.
-¿Y si salimos a correr a las pistas? Hace buen día- dijo Edward.
-No, abdominales. No quiero que te pongas fondón por comerte todos los pasteles y magdalenas que prepara Bella- añadió dándole un golpecito en el vientre.
Acto seguido se sentó en el suelo, cruzó los brazos tras la nuca, flexionó las rodillas y le miró para que le imitara. Edward suspiró, miró a su alrededor porque sentía que era el centro de atracción – aunque en realidad todo el mundo parecía a lo suyo – y le copió la postura a su hermano.
-A la de tres, el primero que llegue a 150, gana. Tres rondas.
-¿150?- repitió él, elevando el tono.
El cuello le dolería, los músculos abdominales le abrasarían, la espalda se quejaría... Era mucho mejor correr, dónde iba a parar. Al menos, el aire fresco te daba en la cara y no había que sobrevivir entre aquel olor a sudor rancio y zapatilla deportiva recalentada. Y, para qué engañarse, correr era una de las pocas actividades deportivas donde podía superar a Emmett, porque con ponzoña o sin ponzoña, seguía siendo más rápido y hábil que él.
-Uno...
-¿Y qué gano?- le intentó interrumpir.
-Mi respeto.
-Por tu respeto ni siquiera me tumbaría en el suelo.
-Iré a los exámenes.
-Eso no es justo: nunca ganaría y debes de ir a los exámenes si quieres jugar en el equipo principal, primero, y graduarte, segundo.
-Me la suda graduarme- replicó.
-No seas soez- le recriminó.
-¿No eras estas dos horas para mí? Pues cierra el pico y empieza. Uno, dos y ¡tres!
A ver. No es que no le gustara el deporte, porque sí que le gustaba. Era muy placentero eso de las actividades físicas, lo había descubierto hace tiempo y no quería perder la costumbre. Men sana in corpore sano. Empezó a nadar y correr en la isla, siguió haciéndolo por el barrio, hasta hace unas semanas iba con Bella y Lexie a la piscina – ahora debido a su avanzado estado él nadaba y Bella y Lexie chapoteaban en la piscina infantil – jugaba al baloncesto o al baseball con Emmett, por lo menos dos veces a la semana se pasaba por el gimnasio del campus y cuando estaban en Forks siempre había tiempo para alguna excursión por el bosque, imitando a las legendarias rutas senderistas de los Cullen de antaño a ojos del pueblo. Pero todo a su ritmo. Emmett se flexionaba como si alguien fuera a tocar una campana, las gotas de sudor salpicaban y respiraba tan fuerte que los pulmones se le saldrían de la caja torácica.
Él en la primera ronda estaba a punto de desfallecer.
-Emmett, me rindo, no puedo más- se dejó caer.
-Aún faltan dos- continuó.
-Hazlas y yo te aplaudo.
Emmett se quedó parado, con los brazos tras la nuca, sosteniéndose en el aire, para mirarle.
-Si es para quejarte, no hacía falta que vinieras.
-He venido para estar contigo.
-Pero no quieres estar aquí- hizo una abdominal más- Vienes para asegurarte de que no me meta en líos para decirle a Esme y Carlisle que estoy bien.
-Eso no es verdad. Nadie quiere que estés en líos y Esme y Carlisle están más tranquilos si estás conmigo, pero he venido porque me apetece.
-Te apetece estar en tu casa con tu mujer y tu hijo. Escuchando su barriga para notar las patadas del bebé y jugando con el gato.
-Eso también me gusta, como me gustas tú.
Una chica que pasaba al lado – sorbiendo ruidosamente su bidón de líquido- se les quedó mirando, levantando una ceja, porque claramente había escuchado la última parte y fuera de contexto parecía de todo menos la realidad. ¿Qué explicarle? ¿Somos hermanos? Se parecían como un huevo a una castaña por mucho que se apellidaran igual y la mitad de la gente lo supiera por la popularidad fiestera de Emmett.
Si había que decirle algo es que hiciera menos ruido al beber y que se metiera en sus asuntos.
-No me tomes por tonto- se quejó Emmett- Si no te vas a levantar y marchar, al menos cronométrame.
Se quedó de rodillas y miró su reloj de pulsera. Activó el cronómetro y volvió a centrarse en Emmett aunque ahora la conversación no le importó y siguió centrando en subir y bajar.
-Bella te ha mandado unas bolsas con comida. Están en el coche.
No contestó. Siguió resoplando en su esfuerzo. Miró el cronómetro, las gotas de sudor que saltaban y la gente de alrededor. Dos chicos levantaban pesas. Alguien corría en la cinta. La chica de antes estaba en las espalderas estirándose. Un grupo tomaban las bicicletas estáticas...
-Con magdalenas de color verde. Las hizo con Lexie especialmente para ti.
No le importó pero sabía que se las comería. Emmett devoraba todo lo que le enviaba Bella y ella parecía feliz con proporcionar platos y postres a su hermano. Desde que había acabado los exámenes – con sus excepcionales resultados – era a lo que se dedicaba: a cocinar, leer, descansar y jugar con Lexie. Alice la atormentaba con la fiesta para el bebé, pero avisarle cuando Lizzie se movía era su máxima preocupación cada día.
Y pensar en eso, le hizo decir:
-Mañana habrá un montón más en la fiesta del bebé- añadió- A las 4. No te retrases.
-¿La fiesta del bebé?- se dejó caer- ¿Quieres que vaya a la fiesta del bebé, a tu casa? Estará Rosalie con Henry. ¿O Alice va a preparar dos fiestas? Una donde esté yo y otra donde esté Rosalie.
Debía de ser la cantidad de frases más larga que salían seguidas de la boca de Emmett en mucho tiempo donde todo se reducía a lamentos, murmuraciones, quejas y gruñidos. Así que hasta parpadeó sorprendido. Esperaba que le ignorara o soltara una expresión soez, no aquella sarta de preguntas inconclusas e incoherentes.
-Habrá una única fiesta para el bebé y quiero que estés en ella- respondió.
-¿Y Rosalie quiere?
Eso le sulfuró con sólo pronunciarlo.
-No es la fiesta de Rosalie- espetó- es la fiesta de Bella. Y Bella quiere que estés allí.
Bueno, eso era mentira. No, no era mentira. No es que Bella no quisiera a Emmett allí, pero como todo estaba orquestado y organizado por su maquiavélica hermana en esta absurda guerra que les había dividido en bandos, no había espacio para nada más. Tenía a todo el mundo a su lado – o eso intentaba – y en las filas de Emmett sólo podía militar Edward. Lo que era cruel. Y triste. Era la fiesta de Bella, por su bebé, donde debían de cumplirse sus deseos, y sus deseos eran pasar esa tarde con su familia y sus amigos, y dado que Charlie y Jacob no podían asistir y Renee claramente pasaba de su papel de abuela, Emmett iba a estar allí. Porque él haría todo lo posible para evitar una confrontación, así le fuera la vida en ello.
-No sé, tío. Estoy cansado de toda esta mierda- volvió a su actividad.
Él sí que estaba cansado de vivir en el limbo, de ver a sus padres sufriendo, a Alice estresada y a Rosalie satisfecha porque todo el mundo bailaba a su son. Se había dado cuenta de que incluso Bella, alma caritativa y magnánima, había dejado de hacer cosas con Alice – bien fuera reordenar el armario o cortarse las puntas del cabello – porque Rosalie seguiría a Alice y entonces todo giraría en torno a ésta: a sus extensiones, a sus uñas o a lo enfadada que estaba con Emmett.
La última vez que estuvieron las tres reunidas – la tarde anterior - sólo la veía resoplar y poner los ojos en blanco cada vez que Rosalie se daba la vuelta. Y eso que el plan primordial de Alice había sido traer unos Cds de música de los 80 que había encontrado al organizar – por enésima vez – su habitación para mostrárselos a Bella – que le encantaba la música de esa época- Rosalie se había sumado, Henry se había caído al trastear por la casa, él tuvo que calmarlo y cuando Alice se puso a bailar con Lexie se paró drásticamente la música porque a Rosalie le dolía la cabeza.
Con razón Alice ordenaba tanto su habitación: debía de ser la única actividad en la que Rosalie no se metía.
-Hazlo por mí- insistió Edward.
-Por ti hago un montón de cosas- replicó.
-Como yo por ti- le dio otro codacito.
Se dejó caer y resopló. En el suelo, sin moverse, se volvió a limpiar el sudor y a beber agua. Edward apagó el cronómetro porque no servía para nada que estuviera moviéndose y así se levantó para sentarse en el banco de al lado. La chica de antes volvió a pasar y les volvió a mirar, primero él y luego a Emmett, para sonreír quién sabe a qué. Edward miró a su hermano pensando que le sostendría la mirada también pero tenía incluso la toalla en la cara, así que suspiró aliviado para no tener que preocuparse además de su penoso estado anímico, de que se alimentara o que no bebiera alcohol, que no cayera a las insinuaciones de una estudiante cualquiera y todo se estropeara más, si cabe.
-¿Qué ha dicho Carlisle?- preguntó quitándose la toalla empapada.
-Carlisle no ha dicho nada. No tengo que pedirle permiso para invitarte a la fiesta de mi bebé. Y cuando lo sepa, estará feliz, seguro.
-He estado a punto de llamarle para que me dé el número de ese abogado amigo suyo. De su abogado o de Garret.
-Emmett...- suspiró.
-Luego pensé que el abogado era una tontería, porque con decirle a J. Jenks que haga desaparecer el acta de matrimonio, todo se solucionaría. Rosalie se quedaría con Henry, con la casa y con el dinero, no le permitiría a nadie darme nada y terminaría mal viviendo en el coche. Entonces, vuelvo a pensar en Garrett.
Edward suspiró profundamente aguantándose las ganas de gruñir exasperado, porque si en todas las conversaciones con Rosalie su estado de ánimo despechado era el centro, en la de Emmett era esto: el abandono familiar y el querer volver a convertirse en vampiro. Al menos sólo lo había compartido con él, porque de habérselo dicho a Esme y a Carlisle les habría hecho llorar desconsolados.
-¿Crees que te dejaría tirado como si fueras un gato callejero?
-Tu gato vive mejor que yo.
-Te he dicho un millar de veces que puedes venir a casa con nosotros, que no tienes que seguir haciendo saltar chispas al microondas ni encogiendo camisetas.
-Soy mayorcito, sé cuidar de mí mismo. Y no quiero meteros en más líos.
Vale, era mayorcito, aunque sólo de edad de nacimiento: la camiseta que llevaba ahora mismo tenía un lamparón de lejía por mucho que Bella, Esme, Alice o él mismo le hubiera intentado instruir de cómo usar la lavadora, de que no se podía meter metal en el microondas y que a esas revoluciones la secadora terminaría saltando por los aires. Además, como al mudarse a una casa más grande y con más habitaciones, Bella había propuesto que estuviera allí con ellos, por mucho que a Rosalie no le gustara, tuvieran que ocultárselo y la pusiera en primera línea de fuego.
-Soy tu hermano y estoy a tu lado, para lo bueno y para lo malo- contestó.
Emmett no contestó. Se quedó allí, unos instantes más y cuando pareció recuperar el aliento, se puso la toalla sobre el hombro, dio un sorbo a su botella de agua y le tendió la mano para que le ayudara a levantarse.
-Demósno una ducha e invítame a una cerveza antes de que toda esa comida del coche, se estropee.
Bueno, la profundidad de Emmett nunca pasaba a muchos metros bajo la superficie, así que estaba bien y en cierto modo, le dejó tranquilo, con lo que pudo informar a Esme y a Carlisle. Se aseguró incluso de guardarle la comida en su nevera, le llenó una lavadora y después de haberle alimentado y dejarle listo con unas nociones básicas de supervivencia moderna, regresó a casa, haciéndole prometer que mañana iría a la fiesta.
Aunque siempre que salía de la casa de Emmett una sensación de tristeza e impotencia le embargaba, a medida que se acercaba a la suya, eso cambiaba. No podía haber estado más feliz de haberla escogido, del barrio donde se encontraba y de lo preciosa que había quedado. La construcción ya era muy atractiva de por si y los arreglos de su madre y su hermana habían quedaban fantásticos, pero con los toques que le había estado dando su familia, ahora era increíble. Por ejemplo, al acercarse con el coche pudo ver que en el jardín principal estaba una portería hinchable de Lexie con una de sus pelotas además de un juego de bolos que le encantaba. Le gustaba aún más cuando jugaba con ellos y hacía más plenos, así que esperaba que Bella hubiera estado con él sino habían hecho ramos de flores, su actividad preferida al aire libre cuando estaba con su madre. El triciclo estaba en el empedrado. Parecía que habían pasado un día fantástico.
Metió el coche en el garaje y se acercó a recoger los juguetes porque tenía toda la pinta de que acabaría lloviendo. Se los dejó allí, junto a la puerta que comunicaba con la casa, porque siempre le inculcaban que guardara aquello que sacaba. Entró en la cocina, acarició a Sparkles que se levantó de su sitio favorito – el escalón junto a la chimenea de la sala de estar familiar – y lo dejó de nuevo en el suelo al acercarse al aparador donde estaban un par de cartas cerradas – facturas – junto a una abierta. Le extrañó porque venía a su nombre y Bella nunca abría su correspondencia, pero lo entendió cuando vio que el remitente era la Academia Hanover.
En diciembre Lexie cumpliría 3 años y habían discutido que sería buena idea que empezara al colegio por entonces. Podían esperar un par de años más pero dado que seguirían utilizando la guardería qué mejor que enrolarle en el calendario escolar. Bella había estado reticente a la idea, más cuando le presentó el programa de la Academia Hanover – sin duda la escuela que más le gustaba de todas las que les ofrecía la ciudad – pero sabía que tarde o temprano tenía que dar su brazo a torcer porque que Lexie crecía era una realidad.
-Es una escuela privada- se quejó meneando los papeles cuando se los mostró- Cara. Muy cara.
-¿Y? Es la mejor de todas las que hay. Tienen programas de música, arte, transporte escolar, servicio de comedor...
-Perdona- le interrumpió- Vuelvo a empezar porque es casi más barata que la guardería: Lexie es muy pequeño, ¿por qué no le enseñamos nosotros en casa? ¿Eh?
Se echó a reír y le besó la frente.
-Estabas de acuerdo con que empezara al colegio a los tres años. Que tú fuiste al colegio a los tres años.
-Pero...- hizo un mohin- Echaba de menos a mi madre cuando estaba en el colegio. No quiero que Lexie me eche de menos. Quiero que aún sea bebé y esté siempre conmigo.
-Lexie siempre te echará de menos. Pero es un buen momento para que empiece a leer y le enseñen más colores, ¿no crees? Podemos probar con el programa k-1 y como irá genial, enseguida tendrá todas las horas lectivas.
-En la Academia Hanover- meneó otra vez el papel.
-Quizás no nos admitan.
-Seguro que el dichoso hombrecillo administrador del fideicomiso sabe qué hacer para remediarlo- chasqueó la lengua.
Y eso era lo que había pasado, porque la carta era de una clara admisión: cumplían las condiciones financieras y les invitaban a conocer las instalaciones para entrevistarles, agradeciendo que se pusieran en contacto con ellos, encantados de contar con el pequeño Alexander Cullen en el próximo curso.
Lexie no había hecho nada y el papeleo lo había rellenado el administrador, pero sintió un orgullo tremendo como si ya le hubieran admitido en la Universidad por sus magníficas notas y su esfuerzo.
Le hubiera gustado ver la cara de Bella al abrir el sobre, si su impaciencia había sido recompensada con la noticia de la admisión o no. Seguro que sí, de todas las opciones era la mejor, Lexie estaría muy bien allí y su obstinación sólo venía por lo que le costaba verle crecer y separarse de él.
Como ahora. Al acabar sus clases y estar siempre en casa, las horas de la guardería se habían restringido de nuevo al máximo. En una semana podía faltar perfectamente tres días, y aunque él debía dejarle por la mañana de la que iba al Hospital le daba tanta pena separarles cuando estaban los dos acurrucados en la cama, que lo comprendía a la perfección. Hoy era otro de esos días en los que no le había llevado y a juzgar por la cantidad de juguetes repartidos por el jardín, Bella tampoco lo había intentado.
Y por las galletas con formas que había sobre la meseta, la pizarra con garabatos que había junto a la mesa del comedor o el piano de juguete que estaba al otro lado, frente a la puerta de la terraza.
Cogió una de las galletas y comiéndosela fue hacia el hall. Miró al salón formal – aunque si no estaban en el familiar, tampoco estarían allí – y después miró arriba, a las escaleras. La casa estaba en la más completa de las calmas, así que quizás Lexie dormía la siesta y Bella leía en el estudio, por lo que empezó a subir. Apenas en la casa se escuchaban sus pasos por la alfombra o el reloj del salón, una casa que normalmente estaba llena de vida y de actividad, en el silencio más absoluto. Pero antes de cruzar todo el pasillo del primer piso, junto a las puertas dobles de la habitación principal, se detuvo porque no tuvo que buscar más: sobre la cama y tapados por una de las mantitas de Lexie – azul y con estrellitas – los dos descansaban, dormidos; Bella en su lado, sobre el costado derecho y con una almohada entre las rodillas – ya estaba de lo más incómoda – y Lexie en el centro de la cama y con una manita cogido a su madre. Además, en el suelo junto a su lado estaba una gorra de cartón que simulaba a la de un policía, así que supuso que la educación vial que recibió en su última clase en la guardería le seguían fascinando: ahora andaba de acá para allá con aquella gorra, ordenando sus juguetes y mandándoles avanzar o detener como si fuera un agente de tráfico.
Les miró unos instantes sin cesar de sonreír, cerró la puerta para no molestarles y volvió a bajar al salón principal, cerrando también esas puertas.
A solas con el piano, tenía mucho que componer.
Bella abrió los ojos cuando el pequeño ser que habitaba dentro de ella se revolvió y de qué manera. Ahora mismo le molestaban sus costillas y si tuviera la fuerza suficiente seguro que se las mandaba a los tobillos por los envistes que estaba teniendo.
Pobrecita, ya empezaba a estar justita ahí dentro. Y ella incómoda por no poder estirarse más. Si todo llegaba hasta donde debía llegar – hasta el 20 de junio – apenas les quedaban 8 semanas de meneos internos, incomodidades y de siestas con Lexie.
Angelito celestial, siempre había estado muy pendiente de ella, pero desde que estaban cada segundo juntos, dependía de ella como de respirar. En cuanto se despertaba, corría a la cama con ella, jugaban, cocinaban, leían y se dormían juntos. Haber acabado los exámenes con tanta antelación no podía haber traído mejor regalo que era pasar ese tiempo de espera con su pequeño, que en un abrir y cerrar de ojos la tendría que compartir cuando la aferraba de ese modo con su manita. Todo el tiempo hablaban de Lizzie, le daba besos a la barriga y la escuchaba moverse, pero no podría negar que cuando su regazo tuviera que ser compartido, todo sería diferente.
Por eso disfrutaría de esos momentos hasta el final.
Hoy habían pasado un día fantástico: hicieron galletas, jugaron en el jardín y pasearon por el barrio, ella andando y Lexie en su triciclo. Sabía que no debía de caminar más de una hora, pero como se pararon varias veces a recoger flores, ni contaba. Después, al volver a casa y perseguirla como si fuera un policía con su gorra se le empezaban a cerrar los ojitos, le tumbó con ella en la cama para acurrucarse y darse besos, y en un abrir y cerrar de ojos, se quedó dormido, como ella: como por la noche descansaba tan poco entre levantarse al baño y buscar postura, no le venían mal aquellas siestas.
Soltó con cuidado la mano de Lexie y se intentó quedar boca arriba para ver si así el bebé estaba más cómoda. Incluso se acarició el vientre para calmarla.
-¿Mejor?- susurró.
Repiqueteó un par de veces más, notó una burbuja subir y bajar y se detuvo. La acarició de nuevo y miró a Lexie. Aún con la evidente diferencia de envergaduras, hasta dormido era igual que Edward, por la manera que necesitaba aferrarse a ella o girarse en torno a ella. Ni ahora que tenía que forrar la cama de almohadas conseguía quitárselo de encima por mucho que se moviera y diera vueltas: dos segundos después ya le volvía a tener tirando de su cuerpo. Fruncían el ceño igual, juntaban los labios igual e incluso se le pintaban esas dos líneas rojas en las mejillas inmersos en lo que fuera su sueño. Le besó la frente, le acarició los cabellos, le arropó mejor con la manta y así se intentó deslizar fuera de la cama porque tras la paliza interior normalmente tenía que ir a hacer pis, pero en medio de quitarse el cojín de las rodillas y dejar la manta a un lado, se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada y de que oía música proveniente del piso de abajo.
Música y de piano. Eso la hacía sonreír de inmediato. Esta casa era considerablemente más que la otra y estaba mucho mejor aislada – de lo que se había encargado personalmente Esme bajo las directrices de Edward – pero aunque estuviera suficientemente lejos se filtraban las notas musicales de una preciosa nana escaleras arriba como un arrullo encantador.
La nana de Lizzie.
-¿Te gusta?- le susurró a su vientre.
Poco había escuchado de la nana, por no decir nada, porque se cuidaba muy mucho de tocar cuando estuviera cerca. Además, desde todo lo de la fiesta del bebé, Alice le había animado a terminarla para entonces para estrenarla allí y siempre se escapaba a casa de Esme y Carlisle a componer para que no le espiara. Pero la fiesta era mañana, acudirían varios invitados, así que esta vez tendría que tenerla terminada – no como la de Lexie, que la finalizó con el bebé en casa – si no quería soportar la ira de Alice.
Así se deslizó fuera de la cama para caminar hacia la puerta, comprobó que Lexie seguía dormido, cerró cuidadosamente al salir y cruzó el pasillo para bajar las escaleras, embriagada por la música como si fuera un canto de sirena. Después de escuchar sin descanso el CD de las canciones de Lexie o su aporreo de piano, pensaba que quizás nunca más iba a apreciar la música.
Lo que no era el caso.
Las puertas dobles del salón principal estaban cerradas, así que por si acaso abría y dejaba de tocar miró por la rendijita, pero como por allí no se escapaba ni el aire, tuvo que separar las hojas para meter ahora la nariz. La música se filtró más fuerte, temió que llegara al piso de arriba y despertara a Lexie, pero se arriesgó para mirarle porque bien merecía la pena. Le encantaba verle al piano, concentrado, deslizando sus hábiles dedos por las teclas de marfil blancas y negras, absorto en su melodía, una melodía preciosa, una nana increíble con la que dentro de no mucho su bebé se dormiría.
Incluso dio una patadita como si ya dijera que le gustaba por mucho que en ese momento él se quedara encallado en una nota musical, repitiéndola varias veces para detenerse y anotar algo en la partitura.
-Suena muy bien- susurró.
Levantó la vista para mirarle sorprendido y como si hubiera descubierto un secreto de estado, cerró su libro de pentagramas de golpe. Menuda tontería, porque podría escribir allí una declaración que ella no sería capaz de descifrarlo, pero lo hizo hasta para ponerlo bajo las otras partituras.
-¿Desde cuándo llevas ahí?- preguntó frunciendo su ceño.
-Desde lo que parece su estribillo. Y me encanta.
-No deberías de haberlo escuchado. Era una sorpresa. Me la has estropeado.
-Me haré la sorprendida- bromeó- Oh, una nana para Lizzie, es preciosa.
Le chasqueó la lengua aún ocupado en ocultar las partituras y las dejó a un lado del atril para volver a poner encima la que estaba esa mañana, Nocturne nº 20 de Chopin, como si la necesitara para interpretarla así que como tampoco quería contrariarle, se acercó para besarle sonoramente la mejilla.
-¿Cómo estaba Emmett?
-Desvaría- suspiró- Pero le he dejado alimentado y sin meterse en problemas. Le he dicho que mañana venga a la fiesta del bebé. ¿Te parece bien, verdad?
¿Le parecía bien? Claro que le parecía bien. Quería mucho a Emmett, era el hermano favorito de Edward y con Jasper fuera se necesitaban aún más. Pero toda esta guerra que había creado Rosalie formando bandos la tenía realmente agotada, no quería volver a presenciar ninguna otra discusión o que Cassie y las otras chicas que vinieran supieran de los trapos sucios de su familia.
-¿Y si le dices a Rosalie que no venga? Apuesto cualquier cosa que con Emmett sería más divertido- sugirió Bella.
-No habría nada que me gustara más pero quizás obligara a Alice a cancelarlo todo y ha trabajado mucho.
Oh, Alice, pobrecilla Alice. Ya era pequeña pero teniendo todo el día encima a Rosalie, se estaba volviendo diminuta. No se podía ni cepillar el pelo sin la supervisión de su hermana, salir de casa sola era tabú y las excursiones clandestinas para ver a Emmett eran casi misión imposible.
-Les mantendré alejados- añadió Edward- lo prometo. Y si ofendida amenaza con irse, no seré yo quien la detenga.
Se rió porque se imaginaba la situación, no obstante la vivieron cuando Emmett fue a pedirle perdón y ella no quiso oír hablar del tema, partiendo a la familia en dos. Era ridículo todo aquello, porque aún con disputas y separación sabía que Rosalie y Emmett se seguían amando como desde hacía décadas.
-¿Qué tal ha ido el día?- preguntó, besándole ahora el vientre para que ella le acariciara los cabellos.
-Genial. Tan bueno que parece que Lexie ha crecido tanto que ya le han admitido en la Academia Hanover- añadió, torciendo el gesto.
Tenía que haber escondido la carta, eso debería de haber hecho. O haberla tirado. Ya volvía en sus andanzas maquiavélicas como cuando quería que la admitieran en Dartmouth, tres años atrás. Y no sabía qué le sorprendía aún porque cuando Edward quería algo, lo llevaba a las últimas consecuencias, ya fuera un corazón latiendo o una matrícula para Lexie.
Apenas habían hablado del colegio ¡y ya le habían admitido en uno! No le había dado ni tiempo de hacerse a la idea porque la dichosa carta ya estaba ahí. Y sólo a su nombre, como si estuviera todo dicho ya. Pues que se fastidiara, porque la había abierto. No estaba mal que se dirigieran al señor y la señora Cullen si pretendía que su pequeño pasara la infancia allí.
¡La infancia! Juntaría las piernas para retener a Lizzie lo máximo posible ahora que aún podía.
-Sólo es una escuela- respondió él- Podemos mirar más. Como cuando llegaban tus solicitudes para la Universidad.
-Ya- chasqueó la lengua- Pero es la que tú quieres. ¿De qué habrías metido al hombrecillo dichoso de no serlo?
-El hombrecillo dichoso sólo hace su trabajo, Bella.
-¿Ya ha empezado a hacer las maletas? Sólo le quedan 8 semanas.
-Que el fideicomiso se libere y cambie de administrador no significa que se vuelva indigente: lleva a otros clientes.
-Pues vaya- se burló.
Edward se rió y tiró de ella para que se sentara en su regazo, sobre el banco del piano. Fue reticente porque era ahora mismo fácilmente tres veces ella, pero la seguía moviendo como si fuera un papel, subiéndola incluso del sofá a la cama, así que no parecía molesto por su casi una tonelada de más.
-¿Qué te ocurre con la Academia Hanover?- preguntó- Los niños son muy felices allí.
-¿Quién te ha dicho tal cosa?
-Eso parece en el panfleto de publicidad y en su página web.
-Son malvados, eso es lo que te quieren hacer creer- se burló de nuevo.
-¿Tienes otra idea, alguna otra prioridad? Podemos estudiarlas todas y cada una.
-La enseñanza en casa. Ahora tenemos mucho sitio.
-Vamos, Bella- se quejó- Hablo en serio.
-Yo también hablo en serio- frunció el ceño- Me ha gustado mucho el programa online, quizás a Lexie también le guste estudiar a distancia. Y así siempre estaremos con él, lo que sé que le gusta aún más.
-Lexie necesita el contacto con otros niños, no puedo creer si quiera que te lo plantees. Le encanta la guardería porque allí tiene a sus amiguitos como los tendrá en la Academia Hanover o en cualquier otro sitio. Así que espero que me digas que estás bromeando porque voy a tardar mucho tiempo en volver a leerte la mente y deberíamos ir a conocer la escuela en un par de semanas.
Le miró ofendida porque traer a coalición el recuerdo de que empezaban la etapa de abstinencia era un golpe bajo, o quizás aún le guardaba que hacía un par de noches él estaba juguetón y ella le confesó que ya no le quedaban hormonas de esas, mandándole directo a la ducha – y fría, a juzgar de qué color volvió a la cama -. No. Edward comprendía su cuerpo mejor que ella misma así que mejor confesarle por qué esa escuela era la encarnación del mal como fuera la guardería en su momento.
-Me da mucha penita que ya sea tan mayor. Cada vez habla mejor y sabe más cosas. Cuando vaya al colegio otras personas le enseñarán y le instruirán en vez de nosotros, y eso, me rompe el corazón. Quiero estar ahí para cada paso de Lexie, como hasta ahora.
Le sonrió para besarle sonoramente para además, acariciar su vientre. Así cerró los ojos apoyándose en ella mientra la mecía, para decir después de unos instantes:
-En la escuela sólo seguirán las pautas que nosotros dictemos para su educación, como en la guardería: qué queremos que le expliquen sobre nuestras creencias religiosas o qué queremos que coma. Y nosotros podemos seguir dando con él cada paso, porque estoy seguro de que si no sabe leer ya, faltará muy poco, como para escribir su nombre.
Sonrió tímidamente y jugueteó con sus manos unos instantes. No sería tan terrible, como tampoco fue tan terrible la guardería ulta-mega-cara con toda su seguridad para que nadie se llevara al niño equivocado. Edward sólo quería lo mejor para Lexie, aunque normalmente eso iba ligado a su poder adquisitivo. Además, si estaba de acuerdo con ella a enseñarle a leer y a escribir antes de que lo hiciera una profesora cualquiera, no tenía nada más que añadir, lo mismo le daba la Academia Hanover que otra escuela. Como las creencias religiosas: claramente, a Lexie no le estaban dando una educación religiosa al uso. Edward nunca había manifestado predilección a ninguna religión establecida – aunque había confesado que recordaba que sus padres biológicos eran católicos e iban a la iglesia – y por su parte, Renee era más de la alineación del cosmos como Charlie creía en los Mariners, pero sí que le hablaban del bien y del mal, del cielo y del infierno, del alma como de los ángeles, algo que claramente era él porque sólo le traía felicidad a sus vidas. Así que si nadie indagaba en eso, era perfecto.
-Con eso me convences, aunque sea un poquito- respondió en otro mohín.
-Si es un poquito, está bien- se rió, para volver a besarla- ¿Sigue dormido?
-Habría gritado ya de no estarlo- bromeó- Estaría llamándome como si le hubiera dejado solo en mitad del desierto.
-¿Y si nos tumbamos con él los dos hasta que se despierte?- sugirió.
Sonrió inmediatamente para ponerse en pie y tirar de su mano porque no podría haber tenido una idea mejor. Dormir la siesta con Lexie era algo de su rutina que echaría de menos cuando no pudiera hacerlas, pero si a eso se sumaba Edward era el culmen en el paraíso. Como en la isla, cuando dormían los tres en las máximas horas del calor del día. Se podía teletransportar a sus recuerdos cuando estaba bajo el mismo techo y tapada con la misma sábana con las dos personas más importas para ella.
Ahora tenía otra personita más, pero aún estaba debajo de su piel.
Subieron sigilosos al piso superior, abrieron la puerta y, afortunadamente, Lexie seguía de la misma postura – casi en el centro de la cama, tapado con su mantita y con la manita que le aferraba, estirada, echándola de menos. Bella volvió por su lado para tumbarse como antes y Edward fue hacia el suyo, sonriendo cuando se metió también bajo la manta.
-Necesitaremos una cama mayor- respondió Edward.
-Sobre todo dentro de dos años- bromeó Bella.
El día debía de ser perfecto. Perfecto, no cabía otro calificativo. Había encargado la tarta, flores, globos, comida, investigado sobre juegos y estaba en casa de Edward y Bella a primera hora de la mañana para adornar el salón principal, colocar los regalos y dejar hueco para los que llegaran después. Había enviado invitaciones: para ello tuvo que husmear en la agenda de Bella porque excepto el teléfono de Cassie no sabía el de nadie más, pero como su amiga también había querido organizar la fiesta, le ayudó comunicándose con el resto de las chicas con las que se reunía en clase. Avisó a los padres del amiguito de Lexie para que Henry, Louise y él tuvieran con quien jugar y entró en el correo electrónico de Edward para decirle a sus compañeros de clase que se acercaran. Había comprado varios vestidos para Bella para que escogiera el que más le gustara. Pero ahora todo se había ido al traste.
Primero, cuando entró en la cocina y miró a Bella sentada en torno a la meseta del desayuno meneando la cuchara en un aburrido tazón de cereales, parecía hecha polvo: había pasado muy mala noche porque el bebé la estaba tomando con sus costillas y no hacía más que bostezar. Además, en algún punto su frustración pasó a Edward y parecían haber discutido. Nada grave, solamente que ella le echaba en cara que durmiera a pierna suelta cuando el bebé odiaba todo lo que tenía alrededor, que curiosamente eran sus tripas.
-Te dije que me despertaras- se defendía su hermano- Te lo dije o no te lo dije.
-¿Y para qué iba a despertarte? ¿Para decirte que no podía dormir?
-Entonces- suspiró de pura agonía- ¿Por qué estás enfadada ahora?
-¡Por qué no te despertaste y me dolía un montón!
Esto de los embarazos parecía que trastornaba a todo el mundo, y no solo a las mujeres que se dilataban hasta límites insospechados. Edward había cambiado hasta de... olor. Al principio algo de lo que utilizaba en su higiene diaria le daban ganas de vomitar a Bella y lo había tirado todo por el desagüe para abajo. Qué lástima. Geles y champús carísimos a merced de las nauseas matutinas. Le había cambiado el humor que curiosamente coincidía con el de Bella - aunque su hermano no fuera la persona más divertida del planeta- pero si Bella reía, él reía, y si Bella se enfadaba, él la miraba como un cachorrito abandonado. Y había cambiado hasta la manera de moverse porque cuando lo hacía junto a ella parecía que pisaba sobre una nube.
-Alice...- intentó decir Edward.
Vio algo rápido. Ella echando chispas. Y Edward decidiendo que sería mejor cancelarlo todo.
-¡No! ¡No lo digas! Se le pasará, estoy segura. Como no hace más que menear los cereales puede tumbarse un rato, se dormirá y por la tarde estará como nueva. ¿Verdad, Bella?
-¿Ahora debo subir las escaleras con lo que me ha costado bajarlas?- se quejó con voz chillona.
-Yo te llevo, mi amor.
-No, no me toques- espetó, apartando incluso el mareado bol- Estoy embarazada no inválida. Soy perfectamente capaz de subir las escaleras sin tu ayuda, como pasar la noche mientras tú duermes plácidamente. ¿Sabes? Creo que por algo así se separaron Renee y Charlie.
-Te dije que...
-¡Por Dios!- exclamó Alice- En serio, ¿por qué no le despertaste si tanto te molestaba que durmiera? Una patada, un carraspeo, tienes medio millón de almohadas en la cama, tírale una encima. Y ahora, ¿queréis dejar esta estúpida conversación y dejarme continuar organizando la fiesta?
Bella empezó a lloriquear, cosa que hacía mucho a menudo, Edward se arrastró a su lado para abrazarla mientras la consolaba y en un abrir y cerrar de ojos la tenía en brazos para subir escaleras arriba. No obstante, con lo delgada y pequeña que era su amiga – y lo alto y fibroso que era su hermano- semejante barriga allí colgando tenía que dolerle, molestarle y pesarle, no sabía bien en qué orden. Sus cuerpos se deformaban de una manera que le aterrorizaba y que ni por asomo estaba dispuesta a asumir porque entre otras cosas pensar que otra personita vivía allí dentro, le daba bastante grima.
Bueno, punto uno superado. Ahora venía el dos.
Emmett. Edward había invitado a Emmett. Y Emmett dudaba venir, sopesando el miedo que le daba ver a Rosalie y el pollo que pudiera montar. Eso la ponía nerviosa, muy nerviosa. De hecho, la desestabilizaba y ahora mismo estaba arrepintiéndose de haberse tomado la medicación porque no podía ver tan allá lo que podía pasar.
Ahora era ella la que podía lloriquear de frustración, así que se sentó en el sofá del salón familiar a sacar las cintas de colores para hacer lazos de la decoración. Centrarse en algo para evadirse. Un nudo, una vuelta... Escuchó a Edward bajar las escaleras, entró de nuevo en la cocina, fue hacia la puerta de la terraza para hablar con Lexie, que jugaba en el jardín, volvió a cerrar la puerta y cuando se puso a cacharrear – recoger el desayuno de Bella y poner el lavavajillas – levantó el tono para decirle:
-Se ha vuelto a dormir, en cuanto su cabeza tocó la almohada. Estaba exhausta.
-¿No puedes darle nada para que no se ponga así... presa de los nervios? Luego soy yo la que necesito medicación- respondió encargada en su lazo.
-No, no puede tomar nada que afecte al bebé- aclaró. Levantó la vista para mirarle y estaba ocupado en algo, en la nevera- Y aunque le asegurara que no le afectara, tampoco creo que lo tomara- cerró la nevera- Necesito ir a hacer unas compras para que Bella no tenga que salir por semana, Lexie está con su bólido en el jardín y ya le he dicho que Bella está durmiendo, así que se quedará allí a no ser que se aburra, ¿le echas un vistazo? No tardaré.
Asintió porque no pensaba moverse de allí hasta que terminara el día así que Edward hizo su lista de compras, se puso una cazadora y cogió las llaves del coche para besarle la cabeza. Antes de salir hacia el garaje, se asomó al jardín a decirle a Lexie que se marchaba unos minutos y que fuera bueno para la tía Alice, dejando la puerta entreabierta. El niño siguió en el jardín jugando con su triciclo.
Cuando hubo terminado el último de los lazos y las visiones que le venían eran meras tonterías – un color de papel pintado que ya había visto antes o lo que Edward había apuntado en su lista – fue a por la escalera que tenían en el cuarto de la lavadora y la arrastró junto con los adornos al salón principal. La otra sala – con vista abierta hacia la cocina y el comedor familiar – era muy acogedora y la que más usarían, pero había quedado realmente bonita y elegante aunque ya hubieran movido varios estantes, unos cuadros – de izquierda a derecha – y girado un par de lámparas. Hasta el piano estaba ligeramente ubicado hacia el ventanal, cuando sabía que ella no lo había dejado allí, pero dado que ellos estaban tan encantados con la casa y la decoración que no cesaban de darle las gracias, simplemente era la manera de hacerla suya.
O que Lexie con su correpasillos era muy peligroso.
Oyó empujar la puerta entreabierta y después las rueditas resbalar por la madera del suelo. Cerró los ojos para ver manchas de barro y recordar donde estaban los productos de limpieza, pero no fue necesario porque el niño lo dejó en el umbral para caminar dentro.
-¿Que hates, tía Alish?
-Decorar para la fiesta por Lizzie- respondió desde lo alto de la escalera- ¿Te gusta?
-¿Festa para Itsie? ¿No para Etsie?
Aunque Edward, Bella y el resto de la familia le hablaban constantemente de su hermanita y parecía que lo llevaba bastante bien, todo el mundo estaba muy preocupado de cosas así, sabiendo además cómo había llevado la llegada de otros bebés a la familia. No obstante, era muy posesivo de sus padres y llevaba mal compartirlos incluso entre ellos mismos. Pero como había previsto algo así, sin consultárselo a nadie, había encargado también regalos, por lo que quería que estuviera excitado por la fiesta en honor de su hermanita.
-Como toda la gente no tiene la suerte de siempre poder escucharla y darle besos en la barriga de mamá como hace Lexie, tía Alice ha comprado una tarta y muchos globos para festejarlo.
Pareció gustarle la idea porque sonrió y dio un saltito, así que añadió:
-¿Ya te has cansado de jugar? ¿Quieres ayudar a tía Alice? Es muy divertido.
-No. Pis.
Oh, vaya. Dichosas visiones suyas. De haberlo sabido le hubiera dicho a Edward que se encargara de su hijo antes de irse, porque esas cosas también le daban un poco de grima. No puedes ser vampiro durante décadas, tener que acostumbrarte a tus propios fluidos y para ocuparte de los de una tercera persona. Además, en su defensa debía de añadir que aunque le cuidaba muchas veces, nunca nadie le dejaba llegar hasta ese punto porque Bella siempre se ocupaba de las necesidades de su bebé, como de sonar mocos y cambiar pañales, aunque ya no los usara.
-Oh- suspiró- ¿Y necesitas que tía Alice te ayude? Pero si ya eres muy mayor y haces pis solo.
-Etsi no puete abir pueta.
Ah, ¡qué era eso! Qué tonta. Todas las puertas estaban aseguradas – y ella lo había encargado- con cerrojos para que no se pillara los deditos, y como el niño obediente que era, por supuesto que no lo intentaba. Así que era fácil, sólo tenía que bajarse de la escalera, llevarle al cuarto de baño, ayudarle con la ropa y esperar.
Con razón Bella no podía esperar para tener más hijos.
No, seguro que no era eso.
Orgullosa por averiguar lo que quería su sobrino, le acompañó y le volvió a dejar jugando feliz con su triciclo por el jardín. Al rato escuchó de nuevo la voz de Edward, accedió a la casa cargado con bolsas por la puerta del jardín, entró en la cocina y cuando cesó de hacer ruido allí- abrir armario, cajones, arrugar cosas o incluso hablar por teléfono con alguien, entró en el salón donde ella seguía encaramada a la escalera colocando unas serpentinas.
-Esme quería saber si necesitabas ayuda, pero ya le dije que lo tenías todo controlado.
-Sí, he acompañado a Lexie a hacer pis- contestó encantada de su logro.
-Sí- se rió- Me lo ha dicho. Es difícil hacerle guardar un secreto.
-Como a Esme. Sólo lo decía para librarse aunque sea unas horas de Rosalie. Muy hábil por disuadirla.
-De nada- se volvió a reír- ¿Necesitas un par de manos más? ¿Unas que no necesitan subirse a una escalera?
-No, me las apaño bien- le sacó la lengua.
Edward se volvió a reír, cerró las puertas dobles – lo que les separaba circunstancialmente del acceso al piso superior y de la terraza abierta y el jardín donde jugaba Lexie- y sin más se sentó al piano. Pasó unas hojas de su libro de partituras, lo dejó en una y así levantó la tapa para ponerse a tocar, aunque antes de eso se sacó el móvil del bolsillo para comprobar algo, desde la perspectiva de Alice le pareció un mensaje de texto. Quizás era el banco por haber hecho movimientos con la tarjeta en la compra o la gasolina, o hasta publicidad de esa que te entra constantemente, pero cuando contestó además con cuatro simple letras para volver a guardárselo, lo vio claro: se bajó rauda para darle una colleja, de la que él se quejó ruidosamente.
-¿Te has vuelto loca?
-¡Tú te has vuelto loco! ¿Cómo se te ocurre decirle a Emmett que venga?
Se frotó el cuello una vez más y la miró, entrecerrando los ojos. Vamos, la mirada que usaba con Rosalie cuando empezaban a discutir:
-¿Acaso no es de esta familia porque Rosalie lo haya decidido?- replicó.
-No utilices esa cara conmigo- le dijo, señalándole con el dedo- porque aquí no hay discusión que valga. Quiero a Emmett sobre todas las cosas y tú lo sabes, pero como vuelva a tener que aguantar a Rosalie quejándose de él y poniéndonos a todos en su contra, me puede explotar la cabeza. Y si los Volturis no me la arrancaron cuando nos presentamos en la Sagrada Cúpula del poder, quiero seguir con ella sobre los hombros.
-Quizás ese sea nuestro primordial problema, que estamos contemplando a Rosalie y haciéndolo todo como ella quiere. Estoy de acuerdo con ella que haberla dejado allí tirada no fue la mejor de las decisiones, pero esta absurda guerra está acabando con todos. No recuerdo la última vez que pude ver a Esme o abrazar a Louise, porque se ha declarado vuestra guardiana y no os deja tomar vuestras propias decisiones. No podía estar más que feliz con que me pusiera en el bando contrario, pero evitando que hablen para que ella deje de quejarse sólo estamos echando más leña al fuego.
-¡Lo estropeará todo! ¡Y mira lo bonito que está quedando!- señaló el salón- Vendrán las compañeras de Bella, los tuyos, los padres del niño de la guardería, ¿quieres que presencien a Rosalie en todo se esplendor?
Aunque toda la información le pilló por sorpresa – para quién pensaba que era toda aquella tarta y los gorritos – entrecerró los ojos de nuevo para después volverse hacia el piano como si no estuviera allí. Eso se lo había copiado a Bella, la maestra en evitar confrontaciones, normalmente ocupada en una peca de su mano o un hilito de su pantalón. Edward era más sofisticado, hasta tocó una escala afinando el instrumento.
-Me lo llevaré abajo a jugar al billar. Pero no quiero que piense que nadie le da la espalda. Menos yo.
-Tu espalda es la mínima de tus preocupaciones con lo bien que duermes- bufó- ¿Por qué no pruebas a hacerlo en otra habitación? Estás todo el rato encima de Bella y ya tiene bastante con lo que pesa el bebé.
-¿Sigues husmeando dónde nadie te pide que lo hagas, Alice Cullen?
-Bella me lo contó- le sacó la lengua- Y cuando me viene un flash por mucho que cierre los ojos y lo bloquee, ya me lo tragué. Así que hazle un favor a tu mujer y déjala descansar.
-Si tengo un corazón latiendo, con ello tú, Lexie existe y Lizzie la ha tomado con sus costillas, es para dormir cada una de las noches del resto de mi vida con Bella. Perdóname por ser fiel a mis principios.
-Sí, cómo para llegar virgen al matrimonio...- murmuró- ¡Y no estoy de acuerdo!
-¿Con mi virginidad perdida?- preguntó con un leve rumor.
-¡No! ¡Eso me da igual! ¡No quiero que se estropee todo! Bella se merece esto, yo me merezco esto porque nunca pude organizar ninguna fiesta para ningún bebé, Bella debía ser la primera, y la casa se merece que todo el mundo admire lo bonita que es. ¡Y lo estropearán!- añadió en un pataleo.
-No lo harán, te lo prometo. Ya se lo prometí a Bella y ahora te lo vuelvo a prometer a ti.
-Es decir, que todo esto ya estaba planeado a mis espaldas...
-No te creas tan importante- respondió poniéndole los ojos en blanco- Todas nuestras conversaciones no giran ni entorno a ti, ni en torno a Esme y a Rosalie. Aún tenemos otros temas de conversación.
-Los que no me importan en absoluto- le volvió a sacar la lengua.
Edward se rió y se centró en el piano durante un buen rato, quizás hasta una hora. En esa hora Alice se subió y se bajó de la escalera, llamó a los del cátering, pidió que le trajeran la bombona de helio para los globos y dispuso la mesa para los regalos. Era bonito hacerlo todo eso a la música del piano que sólo se interrumpió para acudir a la llamada de Lexie que había encontrado una mariquita en el jardín y estaba muy emocionado con la idea o para preparar la comida.
-Quero enseñar a mamá- dijo, por enésima vez mientras ponían la mesa.
-Mamá está dormida, hijo, ya te lo he dicho. Pero papá hizo fotografías con su móvil cuando Lexie jugaba con la mariquita y se las enseñaremos cuando se despierte.
-¿Madiquita vive en las florez de jadín?- le preguntó a su tía con su emoción.
-Quizás vive en las bonitas flores que tía Alice y la abuela pusieron en el jardín o entre las flores de los vecinos, ¿tú qué crees?
Frunció su ceñito, vio cómo su padre servía un plato de sopa en un bol de colores y como lo siguiente que hizo fue cogerle para sentarle en su trona, se revolvió.
-Etsi no quere. No.
-Es hora de comer: Papá y la tía Alice van a tomar también la sopa y después unos perritos calientes.
-¡Pedgrito! ¡Pedgrito ahora!
Edward suspiró mientras le miraba en busca de ayuda porque claramente la encargada de dominar esas situaciones era Bella. No obstante, aunque Lexie se pusiera obstinado a la hora de comer, Bella siempre le disuadía con sus palabras dulces, con sus besos y caricias y en un abrir y cerrar de ojos su pequeño ya estaba encantado y haciendo lo que ella quería.
Así que le echó una mano cogiendo su cuchara y probando la sopa.
-¡Está buenísima! ¡Qué rica! ¿No quieres, Lexie?
-¿Quién ito?- preguntó el niño.
-Papá la hizo, hijo. ¿La quieres probar? Luego le subiremos un tazón a mamá también.
-Tí- respondió en un asentimiento- Etsi gusta sopa de papá.
-Y a papá le gusta aún más que Lexie se la coma.
-¡Quero! ¡Quero!
Edward le besó la cabecita para acto seguido ponerle el babero y acercarle la cuchara antes de que se arrepintiera. Feliz probó el plato, jugueteó incluso y volvió a contarles la historia de la mariquita, como si no hubieran estado presentes. Las comidas de sábado de Esme eran de más platos y de mejor calidad, pero no tenía nada que envidiar a estar allí con Edward o con Lexie.
Cuando acabaron le ayudó a recoger la mesa y a lavar los platos, Lexie se volvió a jugar al jardín y cuando los del catering llamaron al timbre, Edward le preparaba el almuerzo a Bella para subírselo.
-¡La madiquita se fue!- exclamó Lexie plantándose en el salón en una carrera.
-Bueno, las mariquitas tienen alas, vuelan de aquí a allá- respondió Alice.
-¿Y no vueve?
-Seguro que sí, le gustan mucho las bonitas flores del jardín. En casa de los abuelos también hay mariquitas en el jardín, yo las he visto- respondió.
-¿Tí? ¿Enseñas a Etsie?
-El próximo día, las buscaremos juntos.
Se rió, dio un saltito feliz, miró a su alrededor y preguntó:
-¿Y papá?
-Arriba, fue a llevarle a mamá el almuerzo.
-Quero ir. Quero.
Edward no le había dado instrucciones sobre que Lexie no subiera al piso superior a ver a Bella y si él tardaba tanto en bajar es que estaba allí con ella, así que terminó de colocar el último pastelito y le tendió la mano al niño. Además, apenas faltaba una hora y media para que vinieran los invitados y tendría que pelearse con ella para que se pusiera uno de los vestidos y la dejara peinarla y maquillarla, además de arreglarse ella misma o a Lexie, ya iban justos de tiempo.
Cuando abrió el último protector, Lexie se soltó de su mano y echó a correr hacia la habitación principal mientras llamaba a su madre. La siguiente vez que le vio estaba de rodillas sobre la cama y recibiendo besos de Bella.
Ya tenía mucho mejor aspecto aunque siguiera con aquella camiseta de Edward, con ropa interior suya y con aquel pelo lleno de nudos: casi no le quedaban resto de ojeras y la piel le brillaba por el descanso. Mejor, menos necesidad de maquillaje. Estaba sentada apoyada en el respaldo de la cama, a un lado de esa cordillera de cojines y Edward le masajeaba suavemente los pies mientras se reía a la enésima vez que Lexie contaba la historia de la mariquita.
-¿Tenía razón o no tenía razón?- preguntó Alice- Lo bien que te ha sentado el descanso.
-Tú siempre tienes razón- respondió Bella- ¿Ya está todo listo abajo?
-Sí, y ha quedado precioso. Sólo falta que me dejes ponerte presentable.
-Festa, mamá, con gobos y tarta- dijo el niño para atraer su atención.
-Entonces- le respondió ella en un nuevo beso- habrá que bajar a verlo.
Lexie dio un nuevo saltito y se bajó de la cama incluso para tirar de la mano de su madre, a la que evidentemente no movió, más porque Edward seguía con su masaje, al otro lado de la bandeja con patas donde estaba el almuerzo de Bella, acabado. Ella incluso movió el pie para que se lo soltara, pero la miró preocupado para hacer eso que hacían los médicos, como comprobarle el pulso apretando su dedo contra el pie para vete tú a saber qué.
-Tienes los pies muy hinchados, mi amor.
-Toda yo estoy hinchada, Edward- se disculpó- Mira- estiró las manos- Tendremos que cambiar los anillos porque éste está a punto de dejar de valerme.
-Eso me da la razón aún más. Aguarda unos instantes para que te compruebe la tensión.
-¿No puede esperar?- se quejó Alice.
-No, no puede. Me llevará un minuto.
Se levantó sin más para salir hacia su estudio, a la vez que Bella exhalaba ruidosamente. Se tocó el vientre, se volvió a mirar las manos y sonrió a Lexie para revolverle los cabellos, porque se había quedado allí, con cara de preocupación.
-Creo que necesito un baño con espuma. ¿Ayudas a la tía Alice a preparárselo a mamá?
-¿Con patitos?- preguntó.
-Sí, si me los dejas- le volvió a revolver el cabello- Ve con tía Alice, peque.
El niño obedeció y ella también, para entrar en el baño de la habitación y dejar el agua correr. No obstante a esta altura de embarazo, la otra vez le diagnosticaron las complicaciones y su médico y Carlisle habían dicho que toda preocupación era poca. Edward debía de estar todo el día con ese chisme entre las orejas para escuchar al bebé, comprobar que todo iba a bien, recuperando esa manía sobreprotectora suya respecto a la seguridad de Bella.
Lexie le ayudó a poner el gel de baño, a formar la espuma, a utilizar las sales aromáticas...
-¿Va todo bien?- se asomó sigilosa antes de que el niño se percatara.
Bella tenía la misma cara de resignación y ahora en concreto miraba a la lámpara tumbada en la cama mientras Edward le pasaba ese chisme por el vientre, por debajo de la camiseta. Tardó unos segundos en contestar en los que se quitó el chisme de las orejas y se lo colgó del cuello, como todo un profesional. Además, lo hizo quitando otro chisme del brazo de Bella que se pegaba con un velcro muy ruidoso.
-No está alta, así que le echaremos la culpa a la falta de descanso- le besó sonoramente la mejilla- Si no quisiera enfrentarme a la ira de Alice, le diría que se lo llevara todo para que siguieras durmiendo.
-Y mi trasero haciéndose cada vez más grande por estar varada en esta cama. Ni hablar- bromeó- Ayúdame a levantarme.
Vio cómo Edward se reía, dejaba sus chismes médicos a un lado y se incorporaba para coger a Bella en brazos. Durante sólo unos segundos, porque después desaparecieron. Algo borroso se le coló en forma de visión y en vez de poder disfrutar de imágenes de la fiesta donde todos disfrutaban de lo que había preparado, se vio a sí misma entrando corriendo en el pasillo del Hospital donde le recibía Carlisle, nervioso.
Seguro que se quedó blanca, incluso dejó de moverse y respirar, porque cuando volvió a conectar con la habitación, Edward le decía que procurara no hacer eso delante de Lexie que pegaba grititos excitado al mostrarle a su madre su baño. Así que si eso era lo que iba a pasar de aquí a unas horas y podía cambiarlo, no se despegaría de Bella por si acaso.
