Capítulo XXXVI

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- ¿Quieres decirme algo?... – pregunté con voz suave. Recostado en mi cama del tour bus, de camino a Suiza. Arien se mantuvo en silencio un momento, como si estuviese meditando. Llevaba muchos días manteniendo estos extraños silencios al teléfono, y yo presentía que tenía algo que decirme, pero tampoco me parecía oportuno presionarla.

- No… nada… - habló finalmente, con un tono que buscaba convencerme a mí, pero era evidente, que ella no estaba convencida.

- Bien… pero sabes que puedes contarme lo que quieras… - la animé. Ella asintió con un sonido – ahora tengo que dormir un poco… - le avisé, en cuanto llegáramos a destino, no habría demasiado tiempo para descansar.

- Sí, claro… - noté como intentaba una sonrisa.

- Descansa bien… - me dolía tanto dejar de oír su voz en el teléfono, tanto como me dolía no poder abrazarla o besarla. La distancia estaba doliendo como una herida infectada y maloliente.

- Igual tú… - fue la respuesta que me dio antes de cortar.

Cerré los ojos, con el teléfono en la mano, mientras el suave andar de las ruedas sobre la carretera ejercía un efecto relajante. Suspiré, nos quedaban tres conciertos más, luego estaríamos en casa con mi madre unos días y regresaríamos a Los Ángeles. Aún nos quedaban unos meses para seguir con los conciertos, esta vez en latino América. Pero todo eso había pasado a convertirse en algo secundario. Importante desde luego, pero secundario de todas maneras. Arien estaba presente en mi cabeza, desde que me despertaba, hasta que me dormía, y bien sabía yo, que incluso en sueños aparecía. Aunque no podía compartir esa ansiedad y necesidad de ella, con nadie. Bueno, había intentado hablarlo con Natalie y ella me había aconsejado lo mejor que había podido, considerando la escasa información que en realidad le había dado.

- ¿Pero porqué se opone Tom a lo que tienes con ella? – me preguntaba un día, mientras nos fumábamos un cigarrillo en una parada que hicimos cerca de las tres de la madrugada - ¿por lo que dices, la chica parece que te quiere?

- No parece… sé que me quiere… - aclaré, inhalando el humo lentamente después de ello.

- Bueno, bueno… - dijo algo molesta – dejémoslo en 'parece'… - se quejó.

Yo me reí, conteniendo aún en humo en mi boca, para soltarlo lentamente mientras miraba a Natalie. Siempre había sido muy celosa, aunque nunca he tenido muy claro si so celos de amiga, hermana, madre u otro tipo de relación, que danzó en medio de nuestra relación de trabajo, hace algunos años, y que nunca llegamos a decláranos.

- Es que a mí, no sólo 'me parece'… - busqué molestarla un poco, después de todo, no en vano era mi mejor amiga. La vi achicar los ojos, dándome a entender que sabía por dónde iba – bien, bien… - sonreí.

- Ahora a lo serio… - continuó - ¿cómo dices que la conociste?...

- En Nueva Orleans… - fumé nuevamente.

- Ya, eso ya me lo dijiste, pero cómo… - insistió, fumando también.

- En una tienda de antigüedades… - comencé a expulsar el humo.

- A ti parece que hay que preguntártelo todo ¿no?... - me espetó.

- No sé qué quieres saber… - me encogí de hombros –… la quiero, me quiere y a Tom no le gusta. No hay más qué decir.

Natalie me miró un momento.

- Muchas veces a Tom no le ha gustado algo y lo has hecho igual… - me recordó.

- Esto es diferente… - contesté, dejando caer el cigarrillo y aplastándolo con el pie.

- La verdad es que me cuesta entenderlo… - confesó.

- Y a mí me cuesta explicarlo… - confesé también.

Ella no respondió de inmediato. Pero cuando lo hizo, sonó algo apesadumbrada.

- Hace un tiempo, no te costaba hablar conmigo…

Era cierto, pero esta situación con Arien, me costaba contársela a cualquiera.

- No eres tú… - comencé a decir. Se rió en mi cara.

- Soy yo… - completó la frase - … eso ya me lo dijiste hace unos años… - me recordó.

- Sabes lo que quiero decir… - la miré de reojo. Suspiró.

- Lo sé… - se acercó y me dio un beso en la mejilla - … ve a dormir Bill Kaulitz, dale tiempo al tiempo.

Tiempo al tiempo, eso sonaba incluso irónico entre Arien y yo.

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Dos días después, cuando habíamos terminando la prueba de sonido, para nuestro penúltimo concierto. Gustav se asomó al camerino que compartíamos Tom y yo.

- Chicos, que vamos a comer algo antes de prepararnos – me invitó – ya saben que necesitamos energía para el concierto… - hizo un gesto al más puro estilo de un fisicoculturista, para demostrar lo fuerte que estaba su espalda, y no me extrañaba, había que tener buena musculatura para estar aporreando la batería por casi dos horas.

- Voy enseguida… - contesté. Tom le hizo un gesto y le regaló una de sus socarronas sonrisas, que ya habían pasado a ser un gesto habitual en él.

Luego de eso, el silencio volvió a apoderarse de la habitación. Lo único que se escuchaba era el sonido de mis cosas. Ropa, zapatos, accesorios. Al ir sacándolo de la maleta. Tom parecía enfrascado en algún juego de su móvil, y yo divagando una vez más en medio de mis pensamientos. Aquel silencio había pasado a convertirse en el tópico, entre mi hermano y yo. No hablábamos de Arien, no hablábamos de los sueños, no hablábamos ni de él, ni de mí. No hablábamos prácticamente de nada.

En ese momento el sonido de una llamada en su móvil, me hizo levantar la cabeza y mirarlo, pero la bajé de inmediato, centrándome una vez más en mis cosas.

- Hola… veo que recibiste mi mensaje… - escuché a Tom hablar en tanto se ponía de pie. ¿Mensaje?, ¿sería mamá? ¿Gordon? ¿Andreas?... ¿una de sus amigas? -… gracias por llamar tan pronto… - caminó hacia la puerta, yo aún no podía adivinar con quién hablaba - … dame un segundo…

Abrió la puerta y salió. Me quedé mirando la blanca madera que se había cerrado tras él, comprendiendo que no quería que me enterara de su conversación. Arrugué un poco el ceño, hacía medio año atrás, jamás habríamos protagonizado una situación como esta. Tom siempre hablaba delante de mí, aunque fuese con alguna conquista, y yo jamás había dejado una habitación, para que él no se enterara de lo que hablaba.

Suspiré. Muchas cosas habían cambiado.

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Desperté cerca de las seis de la tarde, luego de aterrizar en Los Ángeles, a eso de las diez de la mañana. Dormir nuevamente en mi cama, era algo que se agradecía. No estaba muy seguro de a qué se debía, pero desde luego me sentía mucho más cómodo en mi cama, que en cualquier cama de Hotel o incluso en el tour bus, que estaba equipado a nuestro gusto.

Sentí a Scotty subir a la cama, cuando notó que me había despertado, y le acaricié detrás de las orejas, mientras él descansaba la cabeza en mi estómago. El techo blanco no tenía nada nuevo. Las mismas dos marcas que se habían hecho, no hace mucho, cuando hice botar, hacía casi un año, una bola pequeña de goma que me habían regalado, queriendo recordar las travesuras que hacía con ellas de pequeño. Luego del segundo bote, entre techo y suelo, la detuve, por miedo a quebrar un espejo de cuerpo entero que tenía a metros de la cama.

Escuché dos golpes en la puerta, no tenía que preguntar quién era.

- Pasa… - dije simplemente, sin dejar de mirar las marcas en el techo.

- Bill… voy a salir… - me avisó Tom. Lo cierto es que no tenía intención de prestarle más atención que la justa. Cuando Tom me avisaba de sus salidas, me daban ganas de hundirlo en la piscina y no dejarlo salir hasta que comprendiera lo que me estaba haciendo, porque al menos a simple vista, no parecía percibirlo.

- Has lo que quieras… es tu vida… - le respondí amargamente.

Yo mismo no había dejado de pensar en Arien, desde antes de… en realidad no había dejado de pensar en ella en ningún momento. Pero claro, yo si podía enterrar mis sentimientos, algo con lo que había soñado, y que era muy consciente de la suerte que había tenido al encontrarlo, pero mi hermano no era capaz de mantener el celibato, aunque fuese por respeto a mí.

- Sólo quería que lo supieras… - respondió cortante, cerrando la puerta.

Por mí que se fuera a la mierda si quería.

- ¿Verdad Scotty? – le hablé a mi perro, buscando sus ojos, que me observaron curiosos.

Escuché a lo lejos la puerta de la salida, y el motor del coche de Tom poco después. Siempre podría llamar a Arien ¿no?, ella ya sabía que llegábamos hoy, se lo había contado, porque no podría llamarla más temprano. Lo bueno era que, para mí lo que era 'mañana' en Alemania, era 'hoy' en Estados Unidos.

Me levanté, fui a la cocina, con el móvil en la mano, y puse café, para despejarme un poco. El tema de los cambios horarios eran horribles, cuando tenía que volver a adaptarme a un lugar, me pasaba muchas noches de insomnio, para dormirme casi al amanecer. La cafetera comenzó a funcionar, y yo marqué el número de Arien, en tanto les ponía comida a los perros en sus platos.

- Hola… - la saludé – ¿es mal momento? – pregunté a continuación.

- No… hoy tengo día libre… - sonrió – ¿ya has vuelto?

- Sí, sí… ya estoy en casa… con mis perros… - los mencioné, porque para mí eran parte de mi familia. Ojalá pudiera conocerlos un día.

- ¿Y qué tal el viaje? – quiso saber.

- Bien… aburrido como imaginarás, pero bien… - luego de aquella noche de pasión compartida, a través del teléfono. Nuestras conversaciones habían comenzado a transformarse, seguíamos hablando a diario, no podía dejar de llamarla. Que me perdonara Tom, si eso lo hacía soñar, pero no podía estar sin Arien, al menos tenerla de ese modo era algo. Y por sobre todo sentía, que ella me necesitaba también.

¿Cuántas páginas tiene que tener un libro, para llegar a un final feliz? ¿O es que nuestro libro no lo tiene?

- Me alegro… - comentó ella.

- Gracias… - nos quedamos nuevamente en silencio. Había tanto que quería decirle, contarle que no había dejado de pensar en ella, durante las horas de vuelo, contarle que le había comprado un pañuelo de seda italiana, aunque no sabía si llegaría el momento de entregárselo. Contarle que había vuelto a soñar con ella y con aquella vida que habíamos compartido. Aunque casi todos habían sido sueños repetidos. Contarle que la amo.

- Hoy llega Léana… - me contó con emoción.

- Eso te pone contenta ¿no? – quise compartir esa alegría con ella.

- Sí… no la veo hace semanas… - me contó, aunque con el tiempo que llevábamos llamándonos, ya más o menos lo sabía.

- Pásalo bien con ella… disfruta… y si sales… - no, no era bueno ir por ese camino. Ya notaba como la presión de los celos iba perforando mi estómago. ¡Maldito descarado sentimiento!

- ¿Si?... – insistió.

- Nada… ya sabes cuidarte… - quise quitarle tensión a la situación. Cerré los ojos. Dios, como me costaba no salir ahora mismo en su busca. Saber que estaba ahí, en su apartamento, sola. Y que podía ser mía.

- Lo intento… - sonrió.

La cafetera me dio la alarma.

- El café… - mencioné, caminando hacía ella.

- Lo que daría yo por una taza de café… - se quejó casi agónica. Arrugué el ceño.

- Toma alguna… - le indiqué, en tanto vertía parte del contenido de la cafetera en mi taza. Arien chasqueó la lengua.

- No puedo… - detuve la cafetera en el aire. Me preocupó que estuviese enferma de algo, y yo no lo sabía.

- ¿Por qué? – pregunté con la alarma patente en mi voz.

Ella no contestó.

- ¿Arien?... – insistí.

- Nada… nada… sólo que… - parecía divagar, y eso me estaba asustando más aún.

- Dime… - volví a insistir.

Escuché golpes en su puerta.

- ¡Debe ser Léana! – exclamó contenta.

- ¿Arien? – en tanto a mí me dejaba con la preocupación.

La escuché abrir la puerta y formular una palabra de bienvenida, que se cortó extrañamente.

- ¡Pa!...sa…

- ¿Arien?... – volví a llamar su atención.

- ¿Qué haces tú…? – fue la preguntó que extendió, para quien quiera que fuese la persona que estaba en su puerta.

- ¿Estás bien?... – la interrogué - ¿quieres que vaya?... – no lo pensé dos veces, ante la sensación de inseguridad que me estaba abordando.

- No, no vengas… luego te llamo…

Y ante esas palabras atropelladas e increíbles para mí. Cortó la llamada. Y me quedé mirando el teléfono, sin saber qué pensar, ni qué hacer, sintiendo el corazón acelerado y el alma en fuga.

"Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos! Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido."

Continuará…

Bueno, un poco de todo creo yo. Espero que les guste, y que vayan comprendiendo que todas las piezas de una historia tienen que unirse en algún momento, aunque en muchas oportunidades nos parece que no pegan ni con pegamento.

Aún no sé cuantos capítulos le quedan a esta historia. Así que nada, a seguir leyendo. Yo metiendo los dedos en agua y ustedes los ojos.

Espero que me dejen sus mensajitos, que como ya les he dicho en varias oportunidades, su review es mi sueldo, así que no quiero impagos… jajajaja…

Besitos.

Siempre en amor

Anyara