Hola a todos! Sí, acá traigo el capítulo 36, dividido en 3 pequeñas partes. El título es espantoso, ya lo sé, pero representa un poco cada una de las partes. Y sé que dije que Naí, la elfa, no aparecería hasta más adelante, pero no pude evitarlo y tuve que escribir sobre ella! Aunque yo sea su creadora, tengo que conocerla, no?

Disclaimer: No, El Legado no es mío.

Agradecimientos: A MarySLi, como siempre, por sus reviews!

Lean, disfruten y dejen reviews!


36

La sombra, la esperanza y la elfa

— ¡Basta!

Un grito rompió el silencio que reinaba en el palacio de Urû'baen, en medio de una noche oscura y helada.

Pobre niña…no tienes a nadie que te ayude. ¿Sabes por qué? Porque a nadie le importas, ni nunca lo hiciste.

Ariana cerró los ojos con fuerza y se cubrió los oídos con las manos, tratando de acallar a la oscura voz que susurraba cosas en su mente, aunque sabía que era inútil.

—Por favor —balbuceó. —. ¡Déjame en paz!

Niña, deja de luchar contra lo inevitable. Sabes muy bien que no puedes ganar.

Ariana retrocedió, golpeándose la espalda contra la pared de piedra helada, y se dejó caer al suelo de la habitación, negando frenéticamente con la cabeza.

— ¿A qué te refieres? —exclamó. —. ¿Qué es lo que no ganaré?

La voz soltó lo que pareció una suave carcajada.

No puedes derrotar a la oscuridad, niña tonta…no cuando naciste en ella.

Ariana sintió las lágrimas cayendo por sus mejillas.

— ¡Cállate!

Y entonces la vio.

Aquella criatura que había aprendido a temer y odiar le devolvía la mirada con sus mismos ojos, plantada frente a ella, con esa retorcida sonrisa, más parecida a una mueca. Ariana se puso de pie, temblorosamente, y dijo:

—Tú no eres real. ¡No existes!

La mujer sacudió la cabeza, sin apartar los ojos de la joven.

Soy tan real como tú misma, niña.

— ¡No! —chilló Ariana. — ¡Tú no existes!

El ser se acercó un poco a ella, aún con aquella espantosa mueca en el rostro.

Sí existo, tonta. Existo porque tú existes.

Ariana se apartó de la cosa, horrorizada, mientras aferraba la empuñadura de su espada.

—Ya déjame en paz —dijo, con una calma que realmente no sentía. —. Te mataré, lo juro, si no lo haces.

La mujer oscura sacudió la cabeza, carcajeándose con aquella voz ronca y fría, que le provocaba escalofríos a la joven.

¿Matarme? ¡No podrías hacerlo, niña tonta!

Ariana alzó la espada y la dirigió al pecho de la criatura, conteniendo los temblores de su brazo.

—Lo haré —murmuró.

¡Tú no podrías matar ni siquiera a una mosca, estúpida! Eres un desastre, una inútil…ni siquiera eres capaz de salvarte a ti misma.

La muchacha retrocedió, sin apartar los ojos de la criatura, buscando una salida desesperadamente.

¿Piensas escaparte? No puedes huir de mí, Ariana…yo estoy donde tú estás, no te olvides de eso.

— ¿Qué quieres de mí? —preguntó ella, con voz débil.

La otra se acercó aún más, hasta que quedaron frente a frente, y la miró con sus horribles ojos vacíos.

Deja de luchar contra lo que eres. Eres un monstruo, una abominación…acéptalo de una vez.

— ¡No soy un monstruo! —chilló Ariana, apretando los dientes. —. ¡Yo no soy lo que tú eres!

Míranos, niña. Somos idénticas, ¿no crees que ya sea tiempo de aceptarlo?

Y se acercó aún más, hasta casi susurrar en su oído.

Ya es tiempo de que me dejes ganar.

— ¡Nunca!

Ariana intentó acuchillarla, pero su espada sólo encontró el gélido aire de la habitación. La joven giró la cabeza a ambos lados, buscando a la criatura con la mirada, pero vio solamente las paredes desnudas de sus aposentos. No había nadie más allí con ella.

—Se ha ido —murmuró, aliviada.

Se dejó caer al suelo, con la cabeza entre las manos, sintiendo cómo el corazón le latía desenfrenadamente dentro de su pecho.

— ¿Qué me está pasando? —se preguntó, conteniendo lágrimas de terror. —. ¿Qué demonios es esto?

No entendía, y odiaba no entender. ¿Quién era esa mujer que sólo ella podía ver? ¿Qué significaba todo aquello?

Ariana se estaba desesperando, y ya no sabía qué más hacer. Necesitaba ayuda, urgente, pero comprendía que si le mencionaba esto a alguien la verían como una loca y la encerrarían en una prisión por el resto de su vida.

Pero también entendía que no podía seguir así. Estaba destruyendo su vida poco a poco, alejándola de los pocos que la querían y lentamente volviéndola loca, hasta el punto que temía contemplarse en el espejo, por temor a ver a la criatura de sus pesadillas.

Tu cordura pende de un hilo, niña.

Esas palabras la aterrorizaron más que nada en su vida.


¡Déjame solo, Espina! —gritó Murtagh, encerrándose en sus habitaciones.

Había regresado algunas horas antes, luego de la batalla en Gil'ead, y no quería ver a nadie, ni siquiera a su dragón.

El joven Jinete golpeó la pared con el puño, soltando un aullido de frustración, ignorando el dolor que eso le causó.

— ¡Yo no quería hacerlo! —gritó, sin saber a quién.

¿Por qué todo tiene que salirme mal?

No había querido matar al Jinete elfo, ¡ni siquiera lo había pensado! Al verlo, Murtagh había sentido una esperanza que se había prometido no sentir…la esperanza de una libertad que podía llegar.

¡Él podría haberme sacado de esta!

Pero Galbatorix no lo había planeado así. Y ahora Murtagh se sentía más sucio que nunca antes.

Era un monstruo, un asesino…era su padre.

Luego de tantos años de luchar, me he convertido en Morzan.

Incluso podía verlo al contemplarse en el espejo. Podía ver los ojos fríos del Apóstata, esa cruel mirada que él tan bien podía recordar.

Me he perdido para siempre.

Sabía que Espina lo negaría, que incluso Ariana intentaría convencerlo de que seguía siendo aquel muchacho que había escapado de Urû'baen con la esperanza de una vida mejor. Pero eso parecía mucho tiempo atrás, aunque habían pasado algunos meses, tal vez un año.

¡Ya basta, Murtagh! —rugió su dragón en su mente.

El joven no respondió, ni siquiera se molestó en prestar atención a las palabras de su dragón.

¡No eres ningún monstruo! Ninguno de los dos lo es, ¿me oyes? Hemos hecho lo que podíamos dadas las circunstancias, no elegimos esta vida —dijo.

Murtagh quería creer que tenía razón, pero ni siquiera podía convencerse a sí mismo de eso.

¿Cómo puedes estar tan seguro de que yo no soy un monstruo, Espina?—preguntó, cerrando los ojos. —. ¿Cómo sabes que no me he convertido en mi padre?

Sólo lo sé.

La fe ciega de su amigo le hizo sonreír por unos instantes, aunque no la tenía en él mismo.

Fue entonces que sintió una pequeña presión en su mente, algo que nunca antes había sentido. Era una sensación extraña, pero reconfortante, como si alguien lo apoyara silenciosamente.

Y una vocecita, suave al principio pero luego más fuerte, habló:

Yo sé que no eres tu padre.

Murtagh no la conocía. Era una voz femenina, dulce, casi maternal, que le recordó a Selena por unos instantes. Lo asustaba, pero a la vez lo calmó…

No eres Morzan, pequeño. Aún hay bondad en ti.

¿Quién eres? —preguntó el Jinete, extrañado y algo atemorizado.

Mi nombre es Lenora, y soy una de los dragones que murieron en la Caída.

El joven entendió que uno de los eldunarí le estaba hablando, uno de los dragones que el rey había esclavizado.

¿Por qué me dices eso? —preguntó, sin entender. —. Deberías odiarme por lo que hice.

Una suave risita resonó en sus pensamientos, y la dragona respondió:

Te olvidas, pequeño, que yo estoy en tu mente. Sé muy bien lo que el traidor Galbatorix hizo, y que tú no asesinaste a Oromis.

Así que Oromis era el nombre del elfo que había matado…

Entonces, ¿me crees? —inquirió, ladeando la cabeza. —. ¿Realmente crees que yo no maté a Oromis y a su dragón?

Y no soy la única, pequeño. Varios de mis hermanos creen que eres inocente y que no mereces el destino que tienes —respondió la dragona.

Espina habló, entonces, con su profunda voz masculina:

¿Ves, Murtagh? No soy el único que cree que eres una buena persona.

El muchacho no pudo evitar sonreír ante las palabras de ambos dragones, conmovido por la fe que le tenían.

Lo que Lenora le había dicho había conseguido convencerlo, al menos casi completamente, de que no todo estaba perdido y de que valía la pena seguir luchando, por más difícil que fuera.

Te ayudaremos en lo que podamos, Murtagh. A los dos —dijo Lenora. —. Mis hermanos y yo lucharemos a tu lado e intentaremos liberarte de las cadenas que te unen al rey, lo prometemos.

Un murmullo en la mente del Jinete confirmó las palabras de la dragona. Los demás eldunarí le daban su apoyo.

Murtagh soltó una carcajada de felicidad, sorprendiéndose a sí mismo.

Algún día seremos libres. Espina, ustedes, dragones, y yo. Lo juro.


Los elfos estaban destrozados. Ninguno de ellos podía creer que el Jinete Oromis y su dragón, Glaedr, hubieran muerto.

Naí era una de ellos. Parada junto a sus hermanos, rodeando los cadáveres de ambos, lloraba silenciosamente por la pérdida de aquellos que supuestamente devolverían la paz a la tierra.

¿Qué nos queda ahora? Un niño como líder…

Eragon Asesino de Sombra era humano, era voluble y joven. Naí sabía que los elfos debían ser líderes de la resistencia, siendo los más poderosos y racionales de todos. Pero el antiguo Maestro, el Sabio Doliente que guiaría los pasos de los nuevos Jinetes, había muerto a manos del traidor, del hijo de Morzan.

Necesitamos recuperar el huevo. No podremos ganar esta guerra sin un nuevo Jinete.

Naí contempló cómo la reina Islanzadí colocaba la espada dorada, Naegling, junto al cuerpo del elfo y murmuraba unas suaves palabras en su idioma nativo. A su lado, sus hermanos bajaban la cabeza hacia el suelo en señal de duelo y respeto por el Jinete caído.

La elfa de los ojos grises soltó un suave suspiro, mientras miraba el entierro del Maestro. Por más que quería sentir esperanzas, no creía que pudieran ganar esa guerra.

Estamos condenados. Sin el Sabio Doliente, no podremos vencer al Imperio.

Una triste canción, a la que pronto todos los elfos unieron sus voces, llenó el aire, cortando el tétrico silencio que reinaba en Gil'ead. Era una canción de dolor, de duelo…

Mientras los elfos cantaban, la tierra cubrió los cuerpos del Jinete y de su compañero de vida, en donde descansarían para toda la eternidad. La reina Islanzadí grabó en piedra, con su magia, la lápida de Oromis y Glaedr, aún escuchando las voces unidas de su pueblo.

Habían ganado la batalla por Gil'ead, pero ella sentía que, en realidad, habían perdido.

Adiós, Shur'tugal. Adiós, Skulblaka.