Capítulo 36
- ¿Cómo estás?
- Bien, bien – contestó Albert haciendo una mueca de rabia y fastidio. Hablar con Candy justo cuando estaba recordándola con nostalgia y justo cuando por fin entendía que más que ser su víctima, él también había sido un victimario, no era la mejor forma de superar el mal momento.
- ¿Estás ocupado?
- Pues… estaba revisando unos documentos de la oficina…
- ¿Trabajas hasta tan tarde?
- ¿Qué quieres que haga? Hay cosas que no pueden esperar, Candy. Seguro que a ti te pasa lo mismo de vez en cuando, ¿no? – contestó Albert molesto.
De verdad lo estaba. No era fácil aceptar que él podría haber hecho que las cosas hubiesen sido distintas para ambos. Mal que mal, Candy era sólo una chiquilla sin experiencia y él era, literalmente, un hombre de mundo. Pero claro, él había preferido esperarla, darle su espacio, no presionarla, ser un silencioso y paciente caballero que sólo le declaraba su amor entre líneas. Si alguna vez llegaba a sentir algo por él, tendría que surgir espontáneamente, no por presiones de su parte, no por despecho de algún otro amor no concretado, no por conveniencia. No. Él habría querido que ella lo amara por ser el hombre que era, con sus defectos y sus virtudes, libremente, tal como él la amaba a ella sin ataduras ni condiciones.
Pero nada de aquello había ocurrido y todo había terminado en nada. Estaba molesto, sí, molesto y fastidiado con todo. Le dolía la cabeza, tenía rabia y estaba cansado. ¿Qué podía ser tan importante como para tenerlo a esas horas de la noche al teléfono?
- ¿Qué quieres, Candy? – dijo en tono seco por fin, al notar que del otro lado del teléfono no había intención alguna de emitir palabra - ¿Candy?
¿Qué quería realmente? Ni ella misma lo sabía. Pero lo había llamado y ahora tenía que decirle algo. Pero Albert estaba muy molesto, eso estaba claro. Debía pensar en algo para decirle, algo que valiera la pena, algo que hiciera que su repentino arranque de valentía diera frutos y le evitara hacer el ridículo.
Pero nada venía a su mente, salvo el recuerdo de lo que había pasado aquel día, aquella tarde, en la cena con Jack.
Su día había comenzado temprano, como de costumbre. Los pendientes de la oficina la habían mantenido ocupada y sólo cuando dieron las cinco de la tarde recordó con fastidio que se habría comprometido a salir en la noche. Evaluó la posibilidad de llamar a Jack para cancelar la cita, pero comprendió de inmediato que si lo hacía sería sólo porque seguía pensando en Albert y eso era una estupidez. Así que estaba decidido: saldría con Jack.
Ya en casa, mientras se cambiaba de ropa, Candy comenzó nuevamente a perder el ánimo. ¿Qué estaba haciendo? Jack era atractivo y simpático, de eso no había duda, pero ella en realidad no necesitaba estar con "alguien": ella necesitaba estar con Albert. Albert no era simplemente "alguien", Albert era alguien especial. Pero tenía su mente y corazón puestos en otra persona y ella muy bien lo sabía. Dando un pesado suspiro, Candy se rindió ante las evidencias. Lo mejor que podía hacer era salir con Jack para despejar su mente y, quién sabe, tal vez para llegar a sentir algo más que amistad por él. Apenas lo conocía, era cierto, pero todos le habían dicho una y mil veces que alguna vez debía volver a darse una nueva oportunidad. Así lo haría.
Jack llegó puntual y galante. La llevó a un lugar muy sencillo en Lakewood, lo cual ayudó a que Candy se relajara. Conversaron del trabajo, del clima, de sus vidas y sus amigos, de caballos y negocios. Jack se comportó con un caballero todo el tiempo, sin dejar de demostrarle a Candy con gestos y comentarios simpáticos que ella no le resultaba indiferente. Candy sólo sonreía y él no insistía hasta que nuevamente había oportunidad. Así dieron casi las nueve y Jack comprendió que debía llevarla a casa.
En el camino siguieron conversando y riendo animadamente. Al llegar, Jack detuvo su auto y corrió a abrirle la puerta. Candy bajó, agradeció sinceramente la velada y se dispuso a ingresar a su casa. Pero en cuanto abrió la puerta del jardín, Jack tomó suavemente su mano derecha.
- Candy…
- ¿Sí? – dijo ella sorprendida.
- De verdad lo pasé muy bien esta noche contigo. Muchas gracias por haber aceptado mi invitación.
- Yo también. Gracias a ti por haberme invitado – concedió Candy con una sonrisa, tratando en vano de liberar su mano.
- ¿Puedo volver a verte?
- Seguro, Jack. Cuando vengas a ver a Tom y…
- No quiero que sólo dependa de Tom, Candy. ¿Puedo venir a verte la próxima semana? ¿O puedo llamarte?
Mientras hacía la pregunta, Jack se le acercaba lentamente, sin soltar su mano. Candy ya no era una niña; sabía perfectamente qué es lo que él quería. En una fracción de segundo se imaginó besándolo o, más bien, permitiéndole besarla. ¿Qué más daba? Ambos eran solteros, ambos eran jóvenes y se gustaban, no podía negarlo. Un pequeño beso no le haría mal a nadie. En cierta forma, ella también lo deseaba. Hacía tantos años que sus labios no besaban a nadie y hacía tanto, tanto tiempo que no se sentía como una mujer atractiva. Sí, debía reconocer que la idea de besar a Jack la tentaba. Y mucho.
- ¿Llamarme? – preguntó Candy permitiendo que Jack acortara aún más la distancia entre ambos.
- Sí… y visitarte de nuevo… - continuó Jack cada vez más cerca.
Estaba claro: él la iba a besar. Ella se lo permitiría. Quería sentir de nuevo el sabor de los labios de un hombre en los suyos. Quería comprobar que aún podía sentir como una mujer y que su fallido noviazgo con Terry no había acabado con esa faceta de su vida. Quería besarlo, porque tenía ganas de besar, de abrazar, de dejarse llevar. Quería besarlo porque quería olvidar. ¿Qué podría salir mal?
¿Qué podría salir mal?
¡Todo podría salir mal! Besar por el gusto de besar, abrazar por el gusto de abrazar, guiada sólo por el deseo que ella sentía en su interior de volver a experimentar las placenteras sensaciones que antes había vivido junto a otro… ¿Era algo correcto? ¿Era lo que ella se merecía? ¿O era más bien algo egoísta? ¿Qué podía salir mal? ¡Todo podía salir mal! Ella no era así. Ella jamás había antepuesto sus deseos a los intereses de otros. Es cierto, este Jack que estaba frente a ella moría de ganas por besarla y si ella se lo permitía, él no iba a reclamar. Pero si lo hacía, le estaría diciendo que ella también estaba interesada en él. Y no lo estaba. Es cierto, un beso no significaba que ambos tuvieran que iniciar un noviazgo ni comprometerse, pero ella era una persona seria. O mejor dicho, una mujer que había aprendido a golpes. ¿Qué podía salir mal? Todo podía salir mal. Jack era atractivo, pero ella no sentía nada más que atracción física por él. Y ella quería algo más que una bonita cara en su vida. Mejor aún: ella merecía algo más que una cara bonita a su lado.
- Jack… perdona, ya es muy tarde, debo entrar – dijo de pronto Candy, liberando su mano con firmeza, pero sin brusquedad.
- Candy, disculpa, yo no…
- Descuida, Jack, todo está bien – le aseguró Candy con una sonrisa – Cuando vuelvas a visitar a Tom tal vez volvamos a vernos. Muchas gracias por todo. Adiós.
- Pero…
- Adiós, Jack – dijo Candy con voz firme, abriendo la reja del jardín.
- Adiós, Candy – aceptó por fin Jack en tono derrotado.
Estaba claro que Candy no quería que volviera a llamarla. No era necesario humillarse, aunque una chica como esa bien valdría la pena el sacrificio. En fin, sólo el tiempo lo diría, no era necesario presionarla. Candy evidentemente no era ese tipo de chica. Encogiéndose de hombros y lamentando su fracaso, Jack volvió a su auto y partió, mientras la chica lo miraba desde el jardín.
Una vez en casa, Candy decidió que tomaría un largo baño de tina. No había sido fácil resistirse a los encantos de Jack, pero sabía que era lo correcto. Él era una buena persona, sin duda, pero para ella era un desconocido. No era su estilo ir por la vida besando a desconocidos y no pensaba comenzar a hacerlo ahora.
Pero, ¿por qué de pronto tenía tantas ganas de besar a alguien, de que la besaran y la abrazaran? Deseo, deseo… deseo era lo que sentía. Deseo de que la protegieran, deseo de que le hicieran sentir querida, deseos de sentirse hermosa, deseos de saberse dueña de alguien… deseos de pertenecer a alguien.
Frente al espejo del baño, Candy se quitó el discreto maquillaje que se había puesto antes de salir. Su rostro limpio se veía triste y confundido. Sí, había tenido una velada entretenida junto a Jack y había disfrutado de su galante coquetería, pero ella deseaba algo más.
Recordó de pronto los apasionados besos y las caricias que tantas veces intercambió con Terry. Nunca habían ido más allá de esos besos y esas caricias, aunque debía reconocer que les había costado mucho. Aunque Candy fuera una mujer de mente abierta y desprejuiciada, había en ella ciertos valores y principios fuertemente arraigados. Tal vez para algunos fueran tonterías, pero para ella eran importantes. Aunque se había muerto de la vergüenza, le había dicho a Terry que esperaba llegar virgen a su matrimonio. Recordando aquella conversación, Candy no pudo evitar sonreír con tristeza. Claro que seguía siendo virgen. Virgen y soltera. El matrimonio con el que ella había soñado nunca había existido más que en su mente y si Terry lo había soñado también, había sabido disimularlo muy bien.
Pero para ser sincera, ¿qué sería de ella si se hubiesen casado? ¿Qué sería de ambos? Terry no era una mala persona. Amaba su trabajo, la respetaba y le había tenido paciencia. Junto a él se había sentido como en las nubes, tanto, que había olvidado su muy real vida en la tierra. Se había convertido en una sombra de ella misma, sin aspiraciones, sin paz, sin amigos. Los celos la habían consumido y la habían llevado a hacer tonterías que preferiría olvidar.
Como aquella de intentar darle celos con Albert.
Albert.
Nuevamente Albert.
Había salido con Jack para no pensar en Albert y al final del día se encontraba otra vez con su nombre en la cabeza. No, la cita para olvidar no había sido una buena idea. Lo mejor sería darse un buen baño e irse a dormir de una vez.
El agua caliente que cayó por su espalda poco a poco la relajó. La untosa suavidad de la crema con que cubrió su cuerpo tras la ducha le transmitió una sensación de delicioso bienestar. La suave seda de su camisón y la tibia calidez de su bata de dormir contribuyeron a hacer de aquello el mejor remedio para un día difícil. Sólo faltaba un té de manzanilla y podría disfrutar de un sueño reparador. Decidió bajar por una taza a la cocina, pero cuando regresaba a su habitación con la humeante taza, reparó en su imagen reflejada en uno de los espejos del primer piso.
Su cabello húmedo, su piel blanca, sus labios rojos, sus ojos verdes… sin falsa modestia, reconocía que era una mujer atractiva. Jack la había hecho sentir hermosa con sus comentarios y sus atenciones. Pero siendo sincera, no sólo Jack reconocía su belleza femenina. Ella era una mujer atractiva. Inteligente. Trabajadora. Ella era una buena persona. Había dado lo mejor de sí a tanta gente. Había ayudado a quién pudo ayudar y jamás había abusado de nadie, ni en su pobreza, ni en su riqueza. Había preferido perder con tal de que otros fueran felices. Había preferido renunciar a sus sueños, antes que ver sufrir a otros. Pero también había aprendido a luchar por sí misma, a respetarse y a hacerse valer. Por eso se había obligado a no besar a Jack, aunque su cuerpo moría de deseos por hacerlo. Había aprendido a respetarse y a quererse; no iba a arruinarlo todo haciendo creer a alguien que sentía por él algo que en realidad no sentía.
Sí, ella se respetaba. Había trabajado duro para llegar donde estaba; era hora que prestara atención a la mujer que era en realidad, a los deseos de su cuerpo y de su corazón. No quería estar sola, pero menos aún quería estar junto a alguien que no amaba.
Amar no era un pecado.
Albert estaba solo.
Ella también.
Había construido un pequeño imperio a fuerza de sacrificio; había cruzado el mar como polizonte siguiendo un sueño adolescente; había recibido en su casa a un desconocido, desafiando a todo y a todos; había obligado a George Johnson a desobedecer al extraño tío abuelo William. Y al final de todo ese camino había encontrado a Albert. Ella era una mujer madura, no tenía compromisos, se sabía atractiva, tenía fuerza y carácter. Albert Andrew era su amigo, la había buscado y sí, reconoció Candy mirándose al espejo mientras rozaba con sus dedos sus rojos labios: él también había querido besarla. ¡Él también! Si tan sólo hubiese mantenido cerrada la boca o si tan sólo hubiese tomado ella la iniciativa…
Tomar la iniciativa… Tomar ella la iniciativa… Ser ella quien decidiera su destino. Seguir tras un sueño, un sueño bueno. Un hombre bueno. Un hombre que la hacía sentir como una mejor mujer… como toda una mujer.
No había nada que lo impidiera, salvo ella y sus infantiles miedos.
… salvo Albert y su mal carácter.
Al escuchar su seco "¿Qué quieres, Candy?", la rubia por un momento olvidó qué era lo que quería. Albert no era un hombre perfecto, ella lo sabía muy bien. Su corazón estaba aún prendado de su novia. Peor aún: estaba decidido a recuperarla a como diera lugar y aquello probablemente ocurriría dentro de unas semanas. ¿Qué quería? Lo tenía muy claro: lo quería a él.
- Perdona que te moleste, Albert, sé que es un poco tarde, pero como tú más de una vez me has llamado a esta hora, pues… pensé que no te molestaría.
Golpe bajo. Candy tenía esa facilidad para hacerlo tragar sus dichos y sentirse como un villano, todo al mismo tiempo y con sólo unas palabras.
- Sí, sí, tienes razón, perdona – reconoció Albert con tono cansado.
- En realidad quería darte las gracias por lo del otro día.
¿Darle las gracias? ¿Por lo del otro día? Lo del otro día había sido el otro día. ¿Qué necesidad tenía de recordárselo cuando él quería olvidarlo?
- No fue nada… - contestó Albert, simulando indiferencia.
- Hacía mucho tiempo que no estábamos tan cerca… fue genial cabalgar así contigo. Gracias por cuidarme siempre, Albert. Te quiero. Qué duermas bien.
Y sin darle derecho a réplica, Candy cortó, dejándolo en el banquillo de los acusados. Lo dejaba sin fuerzas, lo elevaba y lo dejaba caer. Tenía el poder de hacerlo sentir feliz y miserable con sólo unas palabras. Tenía el coraje para enfrentarlo en sus momentos malos y obligarlo a ser un chico bueno. Tenía la sabiduría para hacerlo corregir sus errores y dejarlo ser libre para volver a cometerlos, si así él lo decidía. Tenía el valor para recordarle en su cara que ella le había advertido que lo lamentaría, pero también tenía la fuerza para consolarlo en sus penas. Tenía belleza, tenía encanto, tenía inteligencia; tenía su corazón y su cuerpo en sus manos.
Candy no lo había llamado para agradecerle por llevarla a casa: Candy lo había llamado para agradecerle por haber cabalgado juntos y haber estado tan cerca de ella.
Si su corazón era un tonto que reaccionaba ante su voz, su cuerpo entero era un títere que bailaba al son de sus encantos.
Si esa mujer quería volverlo loco, debía reconocer que ya lo estaba logrando.
CONTINUARÁ...
Es hora de ver si Candy ha aprendido la lección :-)
Pauli: ¡qué atroz que la tierra no deje de moverse en Chile! Espero que esta semana sea menos movida. ¡Un abrazo!
¡Saludos a tods, gracias por sus comentarios, y que tengan una súper buena semana!
PCR
