EPILOGO

Dos años después…

La vida no podría ser más bella. Tener a mi hijo en mis brazos cuando toda esperanza de llegar a verlo algún día había sido perdida. Es tan irreal que a veces me descubro a mí mismo observando su rostro dormido; no sé cómo llegué a su habitación, sólo soy consciente de su presencia, de la calidez de su cuerpo, del vaivén de su pecho al subir y bajar bajo las mantas. Apenas le conozco y ya lo amo más que a la vida misma. Daría todo por él, más allá de mi vida. Y este pequeño pronto se convertirá en hermano mayor. ¿Qué será del padre cuya razón se pierde rodeado de los grandes amores que llenan su corazón? Dicha, nada más que dicha, es lo que me espera. No podría estarle más agradecido a la vida; mi amada esposa, mi hijo adorado y ahora una nueva vida. Podría morir en este mismo momento y sería feliz.

Pero no, viviré, viviré mi vida, que al fin comienza. Porque hoy se me ha abierto una nueva oportunidad a la felicidad, y no tengo pensado desaprovechar un minuto de ella. Sé lo rápido que la vida puede cambiar, y cómo en un segundo todo lo que parecía tan real, tan sólido, se derrumba.

Pero si algo he aprendido gracias a mi última experiencia, es que tan rápido como todo puede venirse abajo, se puede levantar una vez más.

Los milagros existen. Vaya que existen…

Los veo a diario en la sonrisa de mi esposa y de mi hijo.

Del diario de Albert Andrew

Paradise Hall, Cheshire. 25 de diciembre.

Candy colocó la canasta decorada con las castañas recién asadas sobre la mesa, sonriendo encantada ante la escena familiar que tenía lugar a su alrededor. Reunidos ante el fuego de la chimenea, los miembros de su familia charlaban y reían con singular alegría. Connor, sentado sobre las rodillas de su abuelo, narraba a Daisy y a su tío Stear, la obra de teatro que estaban representando sus tías Rosmary y Pauna con marionetas.

Patty, sentada en un diván, no ponía ni pizca de atención en la obra; discutía con Willian y Archie sobre historia. Una vez más. Los hermanos de Albert habían ido a visitarlos para las navidades, y ambos parecían interesados en atraer la atención de su inteligente hermana menor, por lo que no cesaban de dar sus opiniones respecto a los temas que la chica proponía para debatir.

—Que un hombre se tropezara con un continente a su paso no lo convierte en su descubridor —decía ella, haciendo enfadar a ambos jóvenes a la vez— Si no, que les pregunten a todas las personas que vivían antes ahí su opinión al respecto.

Archie y Willian le contestaron algo, pero Candy centraba su atención en su madre, quien traía el pavo recién horneado a la mesa. Como era habitual, Albert había dado el día libre a los sirvientes para que también pudieran celebrar las navidades con sus propias familias, por lo que ellos mismos se estaban haciendo cargo de la comida del festejo, y todos ayudaban a su manera.

Margaret colocó el pavo en la mesa, dedicándole una encantadora sonrisa a su hija mayor.

Desde su reencuentro tras los eventos ocurridos al recuperar la memoria y la milagrosa llegada a sus vidas de Connor, su madre era otra mujer; un ángel lleno de vida, como la llamaba su padre. Porque sí, ahora era su padre. Nunca debió dejar de serlo, y nunca dejaría de llamarlo así, pensó Candy con alegría, observándolo reír con Connor en sus brazos de los chistes que contaba Rosmary con su marioneta.

—Necesitaremos más salsa —escuchó decir a Pony, ayudando a Margaret a llevar la comida a la mesa para la cena— El pavo estará seco.

—Estará delicioso, y no te quejes, Pony. El médico dijo que nada de salsas grasosas para ti, no lo olvides —replicó Maria, discutiendo como siempre con su hermana.

Candy rio, negando con la cabeza mientras que se acercaba a la repisa de la chimenea y encendía una vela colocada ante una figurita de un ángel con rostro de niño. Un niño travieso.

Un ángel en memoria del pequeño Anthony.

Candy encendió la vela con una sonrisa agradecida grabada en los labios. El pequeño fantasma no volvió a aparecer después de su gran revelación. Sin embargo, había dejado una huella permanente en sus vidas, y Candy cuidaba de mantener siempre encendida una vela sobre la chimenea en honor a ese pequeño ángel que le había ayudado a encontrar a su hijo y a recuperar su vida perdida.

Albert llegó a su lado, envuelto en varias guirnaldas navideñas que Daisy y Connor le habían puesto como decoración navideña, al considerar que, ya que era tan alto como un pino navideño, bien merecía también algunos adornos.

—Quizá deberías descansar, querida —Albert posó una mano sobre su vientre al tiempo que se inclinaba para besarla en los labios—Nuestra pequeña necesita que su madre se encuentre bien.

—¿Cómo sabes que no es un niño?

—Es una niña, lo he pedido como deseo de Navidad —le guiñó un ojo—. Y los deseos de Navidad siempre se cumplen.

—Tienes el corazón de un niño —sonrió Candy, colgándosele del cuello y besándolo una vez más—. Y a los niños siempre se les cumplen los deseos, así que sí, supongo que esta vez tendremos una hermosa niña.

Albert sonrió, abrazándola con suma ternura y cuidado, como si temiera lastimarla, a pesar de que sabía muy bien que eso no era posible.

Candy hizo lo mismo, encantada de ver a su marido resplandeciendo de alegría. En ocasiones su sonrisa era tan genuina y sus actos tan ingenuos como los de un niño. Le encantaba aquello de su marido. Ahora Albert tenía la oportunidad de actuar como un niño, ser el niño que no había podido ser de pequeño, y le fascinaba saber que, de cierta manera, su adorado esposo estaba recuperando un poco de su infancia perdida gracias a la familia que ahora formaban juntos.

Las carcajadas de su hijo centraron la atención de ambos en la función familiar de Navidad.

Una ogro muy enojada manipulada por Pauna daba una buena paliza a la marioneta de Rosmary, provocando las carcajadas de los pequeños y los adultos.

Candy miró con orgullo a su hijo. Connor ya no era el pequeño caballerito que había llegado hacía un par de años a casa, tan serio y bien educado que parecía un adulto en miniatura, como había sido su padre. Ahora su hijo era un niño al cien por cien, y jugaba con su padre y sus tíos, llevando por el camino de la amargura a la señora Elroy y a los empleados de la casa con sus juegos y travesuras, y sus escondites y carreras de arriba abajo por la enorme mansión, sin importar a quién o qué se llevasen con ellos en el camino.

Mimado al extremo por sus tías y tíos, incluso Leagan, quien seguía en contacto con el pequeño, Connor era un niño que irradiaba vida y seguridad, pero también ternura, compasión y mucho amor, al igual que su padre.

Y era precisamente eso lo que ella más adoraba en el carácter de su hijo.

—¿Cómo crees que se lo está pasando Connor? —le preguntó a su marido cuando él la abrazó por detrás, abarcando con sus anchos y poderoso brazos su abultado vientre.

—Son sus segundas navidades con nosotros, ya está ambientado, cariño. No debes preocuparte.

—Me preocupa que vaya a sentirse desplazado por la llegada del bebé.

—Te aseguro que no será así. Además, él está contento con su nueva hermanita. Incluso ha preparado un regalo sorpresa para ella.

—¡No me habías dicho nada! —se volvió, fingiéndose molesta—. No debes guardarle secretos a tu esposa.

—No puedo romper mi palabra de hombre, se lo prometí. Y él ya es mayor para tomar sus decisiones y quiere sorprenderte.

—Sólo espero que no se trate de otra competición hípica, como la última vez que vino de visita Leagan —esbozó una mueca que hizo reír a su marido. Daniel, quien se había vuelto cercano a la familia gracias al lazo que mantenía vivo con su hijo, solía visitarlos con regularidad y se había vuelto una persona de gran estima para Candy y para Albert.

Irónico tenerle tanto cariño al hermano del hombre que había intentado destruir su vida, pero así eran las cosas.

Daniel había propuesto ir de visita la siguiente semana. Le había prometido a Connor un poni de regalo, y el niño no podía estar más entusiasmado.

—Calma, es más bien una sorpresa relacionada con el bebé. Y tu amiga Annie ha participado en ella.

—¿Annie? —Candy arqueó las cejas, sorprendida. Annie llegaría al día

siguiente. Su amistad se había fortalecido a lo largo de los años, y ahora estaban muy unidas. Candy aún recordaba la cara que puso su amiga cuando se enteró de la noticia de todo lo acontecido en su vida; por primera vez había sido ella la que habló por horas, mientras Annie escuchaba en impávido silencio la narración de su vida—¿Cómo ha podido ella involucrarse?

—Sólo diré que no vas a tener que preocuparte por el ajuar de nuestra bebé hasta que tenga unos quince años. Ni tampoco de dotarla de juguetes —sonrió de gusto al notar su asombro—. Entre Annie y Connor han saqueado las tiendas de Londres para abastecer de por vida a esta pequeña —palpó su vientre.

Candy rio con ganas, acompañada por su marido.

—Es increíble cómo nuestro pequeño está creciendo —comentó Candy, con una sonrisa de orgullo en los labios— Es ya todo un hombrecito.

—Es alto para ser sólo un niño de nueve años —comentó Albert, igual de orgulloso—. Y muy listo. ¿Sabes que ya se ha aprendido todos los huesos del cuerpo humano?

—Es igual que su padre —sonrió Candy, inclinándose para besarlo en los labios—. Y si esta pequeña se parece a su hermano, estoy segura de que traeremos al mundo unos seres que harán de este mundo un mejor lugar.

—Sin duda —Albert le devolvió la sonrisa, estrechándola contra su cuerpo mientras la besaba con suavidad en los labios— Y tendremos que asegurarnos de poblar esta tierra con muchos niños que cambien este mundo para mejor.

Candy sonrió, fundiéndose en los labios de su marido, sabiendo en su corazón que la alegría que compartían se quedaría con ellos para siempre.

Siempre, siempre.

F I N