BEAUTIFUL MINE

Kyoko cierra los ojos tratando de aplacar el palpitante dolor de cabeza que parece empeorar con cada cepillada que Asuna le da a su cabello. Recuerda haber tomado un par de copas de vino y contarle a Sho algunas de las memorias de su infancia, pero después de eso, no había absolutamente nada; seguramente se había quedado dormida, de nuevo, pero eso no explicaba el dolor de cabeza tan abrumador que la aquejaba, pero es cuando llaman a la puerta de sus aposentos de forma insistente que Kyoko siente que la cabeza le va a explotar. Asuna, percibiendo el estado de su señora, abandona momentáneamente su tarea arreglando su cabello y se encamina hacia la puerta.

Kyoko deja escapar un suspiro cuando el sonido se detiene y es reemplazado por el de pasos.

—Estás despierta —confirma Chiori.

—Y si no lo hubiese estado, seguramente lo hubieses logrado con ese martilleo que tenías contra las puertas —contesta malhumorada.

Chiori niega con la cabeza y ordena a Asuna que busque un vestido apropiado para su señora, mientras ella ocupa su lugar organizando su cabello.

—Entonces, ¿qué es tan importante que casi tumbas mi puerta a golpes y das órdenes a mi doncella?

Chiori tuerce los ojos ante la exageración de Kyoko, pero sonríe con esa sonrisa de quien guarda un secreto.

—Tienes un visitante, Milady.

—¿Podemos decirle que estoy indispuesta? No tengo ánimos de lidiar con nadie en este momento.

—Creo que te arrepentirías de tomar esa decisión, además, ha tomado un desvío del camino a su destino solo para verte.

Kyoko suspira.

—Bueno, será mejor que nos apresuremos entonces —dice levantándose y dejando que Chiori y Asuna la terminen de arreglar como si de una muñeca se tratara.

… …

Pasea sus dedos sobre los lomos de los libros en el estante que revisa, pero más que estudiando sus títulos o tratando de descifrar sus contenidos, lo hace para calmar el errático latir de su corazón.

Había sido una decisión de último minuto, la verdad, pero no podía deshacerse de esa sensación, como si tuviese una mano en el pecho apretándole el corazón, tenía que asegurarse de que ella estaba bien, además aún le quedaban un par de días antes de su próximo encuentro en Northwind con el príncipe Kijima. Era un milagro cómo Lady Chiori había alcanzado a hacer los arreglos para su estadía con tan poca antelación y sin delatarse o delatarlos.

La puerta se abre a su espalda.

—Lamento haberos hecho esperar, Milord —le llega la voz educada y cordial de Kyoko.

—Es la primera vez que me llamas Milord en mucho tiempo, Kyoko —dice por fin volteándose a verla—, esperaba algo más en la línea de, Su Alteza El Bravucón Real.

Kyoko abre y cierra la boca como un pez fuera del agua no dando crédito a la imagen frente a sus ojos, pero cuando finalmente lo hace, las lágrimas que parecen estar siempre presentes en los últimos días hacen aparición una vez más.

—Estás aquí.

—Sí —responde Kuon acortando con rapidez la distancia que los separa al ver sus ojos anegados de lágrimas—. Ya sabía yo que te emocionaba verme, pero no tanto como para llevarte al borde de las lágrimas —bromea, mientras limpia con el pulgar una lágrima que rueda sobre su mejilla y Kyoko ríe.

—Te das demasiado crédito como de costumbre, Alteza.

—Hieres mi corazón, Milady, y yo que no he hecho más que pensar en ti.

Las mejillas de Kyoko se colorean de un rosa oscuro y Kuon siente una pizca no tan pizca de orgullo inflamarle el pecho.

—Estoy segura de que has tenido cosas más importantes en las que pensar que en mí, Kuon.

—Podrías pensarlo —dice acariciándose el mentón—, pero el corazón quiere lo que quiere, Kyoko, y no es como que mi mente le oponga mucha resistencia.

El corazón de Kyoko latía tan fuerte en su pecho, que estaba segura de que Kuon sería capaz de escucharlo.

—¿Cómo es que estás aquí? —pregunta intentando apaciguar el latir enloquecido de su corazón—. Pensé que no te vería hasta regresar a ca…, la capital —se corrige Kyoko, porque se recuerda, esta es su casa.

—Tus tierras son un cruce casi que obligatorio camino a Northwind.

Kyoko ladea la cabeza por un momento antes de responder.

—No, no lo son.

Kuon suspira.

—Quería verte —confiesa finalmente Kuon, su mirada en la suya—, necesitaba verte.

Kyoko se pierde en esa mirada, la distancia que los separa casi inexistente y se deja embriagar por su aroma, ese familiar aroma, cálido, dulce, seco…, misterioso, porque Kuon huele a vainilla, a espuma de mar, a sándalo y a algo profundamente terroso.

Kyoko da un paso más, la distancia que los separa desaparece y en un gesto inesperado, se abraza a Kuon como cuando eran unos niños, su rostro escondiéndose en su pecho. Kuon sin dudarlo un segundo envuelve sus brazos alrededor de ella.

—Gracias —le llegan las palabras amortiguadas de Kyoko.

Y Kuon la aprieta un poco más en su agarre.

—No he hecho absolutamente nada que merezca tu agradecimiento —responde tranquilo, colocando su barbilla sobre su cabeza.

—Has hecho más de lo que crees —susurra Kyoko perdiéndose en el refugio de sus brazos.

… …

—Te queda el rosado —dice Kuon uniéndose a Sho.

—¿Y qué es lo que no me queda bien a mí, primo? —pregunta Sho con seriedad, antes de que Kuon estalle en risas. Sho sonríe y niega con la cabeza.

—Pero se ha vuelto especialista, solo te ha hecho mechas, yo he lucido hermosas cabelleras, azules, verdes, castañas…, y por suerte no se metió con tus ojos.

—Oh no, estás equivocado, esto no lo hizo ella, esto —dice Sho tomando uno de los mechones rubios entre sus dedos—, es el resultado de mis intentos de sacar la maldita cosa de mi cabello.

Kuon volvió a estallar en risas.

—Por el bien del reino será mejor mantener a Lady Kyoko alejada de cualquier copa de vino, o la próxima generación de aenirianos tendrá tantos colores de cabello como los que hay en un arcoíris —sentencia Sho.

—Creo que ese sería el menor de nuestros problemas…, pero tampoco podemos tener una reina que vaya por la vida coloreando cabelleras y ojos a su gusto cada vez que toma más de dos copas.

—¿Reina? —pregunta Sho levantando una ceja.

—Bueno, esa es la idea…

—Felicitaciones —dice Sho palmeándole la espalda—, ¿cuándo lo van a hacer público?

—Primero tengo que pedírselo…

—Ah, primo, no me queda más que desearte buena suerte con eso —añade Sho, guiñándole el ojo.

… …

Sho los ve alejarse de la villa a caballo y una vez más se le recuerda, que nunca tuvo una oportunidad con ella, aunque no era que importara, pues nunca tuvo la intención de luchar, porque Kyoko merecía todo lo que Sho nunca le podría dar y Kuon sí. Pero incluso con ese conocimiento, duele, duelen esos pequeños apretones en su pecho cuando ella le sonríe a él, a Kuon, y duele cómo su corazón aumenta varias velocidades cuando le discute, cuando le habla, cuando le sonríe, a él…, cuando recuerda que nunca será suya. Bebe la copa de un solo trago y emprende su camino. Ha tomado una decisión, regresará a Apis justo después de la fiesta de cumpleaños de Kuon, pero eso no significaba que se quedaría a lamentarse hasta ese día. Se detiene frente a la puerta y llama.

La puerta se abre y del otro lado del umbral la mujer le sonríe, dejando ver las hileras de perfectos dientes blancos.

—¿Sigue vuestra invitación en pie, señora?

Haruki se mueve del umbral, dándole paso.

—Mi puerta siempre estará abierta para vos, Alteza —susurra acariciándole la mejilla con una uña.

… …

Duda, tristeza, nostalgia, eso es lo que brilla en la mirada de Kyoko con cada palabra que susurra, y Kuon no puede culparla, nadie podría. María había tenido razón, Kyoko necesitaba esto, necesitaba revisitar sus raíces y descubrir viejos y nuevos vínculos, por más agridulces o dolorosos que fueran, eran parte de quien era, le recordaban que fue, era y seguía siendo amada aún después de la muerte y que esos lazos eran trascendentes e irrompibles.

Kuon observa el grimorio frente a él, reposando sobre la misma hierba sobre la que ellos se sientan, refugiados bajo la sombra de un viejo árbol.

—Sé lo que tengo que hacer, Kuon, pero estoy tan asustada —dice Kyoko mirando los hierbajos—, no quiero perderme a mí misma de nuevo, como esa vez.

Kuon alcanza su mano con la suya y entrelaza sus dedos.

—Kyoko.

—…

—Kyoko, mírame —dice empujando con cariño la barbilla de ella con su mano libre.

—No va a suceder, si hay alguien que puede lograrlo, eres tú, además, no estás sola, Kyoko, hay muchas personas a tu alrededor que pueden ayudarte, y dispuestas a ayudarte.

—Pero…

—Pero nada, señorita —dice acomodando un mechón de cabello detrás de su oreja—. No tienes que hacer esto sola, está bien apoyarte en otros, Kyoko, es lo que hacemos. Y más importante —dice, su mirada en la suya—, puedo no tener magia, o no entender completamente por lo que estás pasando, pero no dejaré que te pase nada y los dioses saben que iría al infierno ida y vuelta de ser necesario, para asegurarme que nada te suceda.

Kyoko siente la calidez de la zafarita contra su clavícula y con una sonrisa en los labios vuelve a hablar.

—No sería la primera vez —dice señalando la piedra.

Kuon hace una mueca.

—No la describiría como la experiencia más placentera que haya tenido, pero por ti, uno y mil trozos de mi alma.

Kyoko se muerde el labio y baja su mirada hacia sus manos entrelazadas.

—¿Lo harías? —pregunta, aunque su corazón sepa la respuesta.

—¿Lo dudas? —pregunta y suspira al tiempo que toma la mano libre de Kyoko en la suya—. Has sido siempre tú, Kyoko, siempre tú, desde el comienzo. Mi amiga, mi confidente, mi compañera, mi cómplice…, la mujer a la que amo.

—Tú, tú, ¿me amas?

Kuon sonríe pero asiente.

—Me han dicho que es dolorosamente obvio, al parecer no para ti.

Kyoko ríe y soltando el agarre que une sus manos se abalanza sobre Kuon, enviándolos a los dos sobre el pasto.

—Supongo que esta muestra tan efusiva de afecto significa que el sentimiento es mutuo.

—Sí, lo es —responde Kyoko con toda la piel al alcance de la vista coloradísima.

El tiempo parece detenerse y la distancia entre ellos acortarse, ninguno realmente prestando atención a su comprometedora posición, hasta que les llegan las risitas infantiles. Los dos se sientan con una rapidez digna de admiración a tiempo para ver al trío de niños corriendo entre risas y juegos por el campo.

—Creo que lo mejor será que regresemos, no tardará en oscurecer —dice Kyoko quitándose algunos hierbajos de encima sin mirar a Kuon, las mejillas ardiendo.

Kuon se aclara la garganta.

—Sí, es una buena idea —concede y sus dedos rozan la nuca de Kyoko cuando trata de quitarle algunos hierbajos que tenía atascados en el cabello.

—¡¿Qué estás haciendo?! —pregunta Kyoko exaltada dándose media vuelta.

Kuon le muestra el hierbajo como quien hace una ofrenda de paz.

—Se siguen quedando atrapados en tu cabello, tal como el día que te conocí, además no querrás que los demás, o los del servicio, se pregunten qué estuvo haciendo la señora de la casa, en el campo, para regresar con las ropas y el cabello lleno de hierbas… No que estuvieran muy lejos de la realidad —le murmuró cerca del oído haciendo estremecer a Kyoko, que pasó por toda la gama cromática del rojo.

—Tú, tú, bravucón.

—Sí, sí, lo que digas, Milady. Pero ahora ven, déjame sacar todos esos hierbajos, no queremos todas esas mentes desocupadas, volando libres a la imaginación.

Kyoko lo mira con ojos entrecerrados.

—Prometo no hacer nada… —y luego bajito agregó— que tú no quieras.

Un temblor recorrió la columna de Kyoko.

¿En qué se había metido?

… …

Kanae despierta con un grito en la garganta, los sentidos nublados. Yukihito a su lado, la sostiene en sus brazos esperando a que los efectos de la visión pasen, Kanae tiembla en sus brazos, sus lágrimas empapan su camisa. Cuando finalmente habla, sus palabras rotas le hielan la sangre en las venas.

... ...

N.A. Kanae nunca le dijo a nadie de qué iba la visión que tuvo cuando su cristal se rompió por allá en el capítulo 14, pero sí da una idea de qué va la visión en los capítulos 14 y 15.