Disclaimer: Obviamente, todos los personajes –excepto unos pocos- pertenecen a Stephenie Meyer. Yo sólo echo a volar la imaginación, disfrutando con el universo que ella ha creado
A/N: Sí, mis niñas... ¡Aquí lo tenéis! Y vuelvo a repetir: no lo tenía calculado, lo juro. Este capítulo lleva escrito... ¿un mes? No, mes y medio. Ha coincidido, simplemente. No, Adartia, mi amiguito morado tampoco tiene nada que ver... XD
Capítulo Treinta y Cinco: "A tu puerta"
Pv Edward
Mis manos apenas habían querido responderme cuando me senté ante el piano. Hizo falta una gran bocanada de aire para que mis dedos se posaran sobre las teclas, mientras la idea daba vueltas en mi cabeza.
No entendía por qué Alice había preparado todo ese estúpido dispositivo, para terminar asustando a Bella. ¿Qué sentido tenía retirar todas las toallas y el jabón de cada uno de los baños da la mansión, excepto del baño en el que se relajaba Bella, cuando habíamos decidido que las demostraciones íntimas tendrían que esperar?
Y ahí estaba yo, de pie frente a la puerta del baño donde sabía que se encontraba ella, cubierta de blanca y suave espuma.
- ¿Bella?- llamé, tocando suavemente a la puerta.
Podía oír claramente el jacuzzi funcionando, y si se había puesto los auriculares, quizá era posible que no me oyera.
- ¿Bella?- llamé, tocando algo más fuerte esta vez.
El barniz se estaba pegando a mi piel a esas alturas, y giré ligeramente el pomo bajo mi mano. El movimiento no encontró obstrucción alguna, y pasé al interior.
Lavanda y eucalipto. Pero sobre todo, lavanda.
En aromaterapia, la lavanda tiene propiedades relajantes. Bella huele a lavanda y a freesias. Y también a fresas.
Alice…
Aguanté la respiración y avancé hasta hacerme con una toalla. Bella no decía nada. Así que, con suerte, tenía sus ojos cerrados, concentrándose en el bienestar del agua caliente, y no advertiría mi presencia en la habitación.
Si Bella tenía los ojos cerrados, ¿qué daño podía hacer mirarla sólo un segundo? Y en un segundo, mis ojos se fijaron en la figura que reposaría cubierta de espuma, con la cabeza echada hacia atrás, y los ojos cerrados.
No estaba preparado para lo que realmente vi.
Sí estaba cubierta de espuma. Y sí, tenía los ojos cerrados.
Pero extendía los brazos frente a ella como si estuviera interpretando una de sus melodías con el saxofón. Y aún llevaba la orquídea donde yo la había prendido. Y el segundo se alargó.
Sus ojos permanecían cerrados cuando sumergió los brazos para envolverlos alrededor de su cuerpo, y tuve que tomar aire cuando ladeó sensualmente su cabeza, y la vi llevar su delicada mano hacia la húmeda piel de su esbelto y expuesto cuello, suspirando, sus hermosos labios entreabiertos.
"Coge el jabón y vete", me dicté mentalmente, al tiempo que sus ojos se abrían de par en par.
- ¿Qué haces aquí?
Había balbuceado incoherentemente una sincera disculpa, y el motivo de mi ruda interrupción. Tenía la toalla en mi mano, y eso le dio la credibilidad necesaria a mi frase. Bella entonces había preguntado por la sustancia que estaba ya prácticamente seca sobre mi piel, quizá alertada por la mancha de mi camisa, dándome oportunidad de explicarme, rehuyendo mirarla directamente, para no evidenciar mi estado de ánimo, ligeramente acalorado.
- Edward, toco el saxofón.
No era una casualidad. Había recordado qué instrumento tocaba. Y la necesidad había hecho presa en mí con esa simple frase, y había clavado ávidamente mi mirada sobre ella, recordando en aquel segundo su exquisita silueta recortada sobre el alféizar de la ventana de nuestro dormitorio, tocando aterciopeladas melodías, mientras esperaba a que regresara de ir a cazar con mis hermanos. ¿Tan cerca podía estar de volver a disfrutar de aquella endiabladamente sexy y arrebatadora imagen?
Y acto seguido, un segundo más tarde de contener la respiración, Bella había soltado aquella retahíla casi incomprensible de palabras, y había escapado de allí, esfumándome en el aire, maldiciendo una y otra vez la habilidad suprema de mi hermana para intentar arreglar las cosas, y estropearlas aún más. Su intención era buena, pero eso no siempre era suficiente.
- Edward, siéntate al piano y toca.- me había ordenado Alice.
Por toda respuesta lógica había gruñido a la duendecillo, mientras frotaba mi piel con la toalla, tras lavarme la cara.
- ¡Siéntate al piano, y toca!- me había repetido, levantándome la voz.
Pero ¿qué derecho tenía la pequeña metepatas de hablarme así? Gruñí con fastidio, buscando su conciencia a mi alrededor. La localicé entonces en la habitación de Bella, hablando con ella. Y a punto estaba de sacarla por los pelos de allí, temiendo que lo empeorara todo aún más, cuando oí a Bella.
- Alice, ¿son las sensaciones? El olfato, el oído, el tacto…
Un momento… Las sensaciones… "Olí vuestros aromas en Portobello y vi claramente vuestros rostros", había dicho Bella. También había oído mi voz, y en el yate, antes de pedirme que me acercara, antes de aquel maravilloso déjà vu, me había dicho "Edward, sé que estás ahí, puedo olerte". Hace un momento, en el baño…
-¡EDWARD!
Volé hasta el banco, y después de ese primer momento de pánico, mis dedos habían acariciado las primeras notas del "Claro de Luna" de Debussy. Era su favorita. Las notas habían flotado en el aire sin siquiera ser consciente de haber pulsado las teclas. Y casi del mismo modo, la había continuado impelido por una extraña necesidad. Había pasado tanto tiempo sin perderme en mis melodías, mientras ella leía en el sofá o simplemente me hacía compañía, con los ojos cerrados, dejándose mecer por la música…
- Ahora, Edward. Ahora es el momento.- había dicho Alice, en el instante en que Bella había chocado con la barandilla de la escalera, sumergida en algún tipo de trance.
Comencé a interpretar la nana, sabiendo que era lo que me estaba reclamando, lo que mi corazón dormido pedía, la melodía que mis manos anhelaban acariciar de nuevo, alentado por la presencia cada vez más cercana de Bella, atraída irremisiblemente hacia el piano, hacia mí.
La proximidad de su aroma me anunció su llegada, y abrí los ojos para verla parada, junto al piano, su rostro ligeramente turbado, presa del torrente de imágenes que ansiaba estar despertando.
Dejé morir la melodía y abrió los ojos para dejarme ver un atisbo de resolución en su mirada. Alguna idea pasaba por su mente, y estaba a punto de hacérmelo saber.
- Quédate muy quieto.- me dijo, acercándose a mí.
Dejé caer mis manos a mis costados, mínimamente consciente del movimiento, mis ojos clavados en Bella, sentada a mi lado. ¿Qué idea rondaba su cabeza? Por un segundo, sus ojos se desviaron de los míos y cayeron sobre mis manos, que temblaban a voluntad propia, ansiosas por la cercanía de su cuerpo. ¿Que me quedara quieto? ¿Ahora? ¿Cuando había despertado en mí el anhelo de su calor?
- No te muevas…- susurró, inclinándose hacia mí.
Era una advertencia. Estaba probándose algo a sí misma, y requería que yo no interfiriera, que la dejara hacer. Me envaré de inmediato, y apenas pude prepararme para su prueba, cuando sucedió.
El más tímido roce de sus exquisitos labios sobre los míos. Cerré mis ojos para poder concentrarme en su petición, cuando la sentí relajarse al instante, su aliento se mezcló con su dulce voz para susurrar mi nombre, y me perdí.
Tomé su rostro entre mis manos, aún nerviosas, y la besé. Un beso inocente, labio con labio, pero cargado de mi más acuciante necesidad: "Recuérdame, Bella. Te lo suplico, amor, siente lo que nos une. Te necesito". De haber tenido lágrimas, las hubiera vertido en esa caricia, deseaba poder llorar.
Separó sus labios de los míos con un jadeo entrecortado, sus ojos clavados en los míos, su rostro aún entre mis manos, y tembloroso. Sus respiraciones eran vertiginosas y poco profundas. Parecía querer decir algo, pero no encontraba las palabras. Cuando capturó mis labios con la misma intensidad con que yo lo había hecho, creí que mi corazón iba a salírseme del pecho. Su espalda estaba levemente arqueada, y mis manos siguieron su propio dictamen, estrechándola contra mí, notando cómo se amoldaba a mi cuerpo. Sus manos acariciaban mis brazos suspirando mi nombre, pero eso aún no era suficiente.
Separé lentamente mis labios de los suyos, acariciándolos en mi camino, y recorrí su rostro suavemente con mi nariz, exhalando mi aliento sobre su piel, sintiendo cómo ella aceptaba mis atenciones, derritiéndose aún más.
- ¿Puedes sentirlo, Bella?- susurré suplicante, apoyando mi frente contra la suya. Nada oprimía mi pecho, y apenas podía respirar.- ¿Puedes sentir cómo te pertenezco?
- Sí…- susurró casi imperceptiblemente.- Del mismo modo que yo te pertenezco a ti.
No había abierto los ojos hasta ese momento, temiendo que todo fuera un sueño. Temía que al abrirlos, su imagen se diluiría en el aire, y me quedaría abrazado al vacío. Pero esas palabras me dieron el coraje suficiente para enfrentarme a mi espejismo. Sus tiernos orbes se habían clavado en mí, expectantes de una respuesta a su admisión. Pero el brillo de sus ojos era la única respuesta que yo necesitaba, y que ahora resplandecía de nuevo, con un fulgor que despertaba tenuemente en sus pupilas.
- Isabella…- gemí, levantándola entre mis brazos y sentándola sobre mi regazo, mis labios sobre los suyos, buscando ávidamente el oxígeno que sólo ella me daba, el que me hacía respirar.
Su pequeña exclamación quedó ahogada en su deliciosa risa, que llenó el espacio a nuestro alrededor como música celestial para mis oídos, junto con otra risilla feliz que despertó mis instintos asesinos, conteniendo un gruñido.
- Queríamos verlo…- oí a Alice, su felicidad tan desbordante que podía verla botando en el sitio, aunque mis ojos estuvieran clavados en Bella.
Volví a gruñir, cuando Bella ocultó su rostro en mi cuello, avergonzada.
- Vale, vale, ya nos vamos…
Sentí cómo mi hermana sacaba a empujones al resto de mis hermanos del salón, y los pensamientos de Emmett:
- ¡Wow, colega!...tómatelo con calma… ¿Nos vamos de excursión hasta mañana?- insinuó mi hermano mientras pensaba cómo entretener el tiempo con Rose mientras se nos oyera desde cualquier punto de la isla.
Estaba a punto de gruñirle verdaderamente a mi hermano, cuando Bella recorrió con su nariz desde la base de mi cuello hasta la mandíbula, llenándose los pulmones con mi aroma, y dejando todo el camino marcado con su propio aliento, sin siquiera rozar mi piel con sus labios, hasta tener su boca junto a la mía, respirando entrecortadamente. Acariciaba mi nariz con la suya, rozando insignificantemente sus labios entreabiertos con los míos, torturándome de una manera tan exquisita que debería ser delito.
- Edward, ayúdame.- suplicó, exhalando su aliento sobre mi rostro, haciéndome estremecer.- Ayúdame a recordarte…
Sentí sus manos engancharse de mi cuello, y la estreché fuertemente contra mí, gimiendo ante la autenticidad de su gesto. Capturó mis labios entre los suyos y los entreabrió imperceptiblemente, acariciando el superior tortuosamente con la punta de su lengua, saboreándome.
Cuando su mano derecha se hundió en mi pelo, mi lengua se abrió paso entre sus labios, hambrienta por explorar cada uno de los rincones permitidos de su boca, embriagándome con su delicioso sabor, y el extasiante sonido de sus gemidos, que resonaban en mis oídos, y transmitían enloquecedoras vibraciones por todo mi cuerpo. Mis labios, mi lengua, tenían sed de su piel.
Alargué la mano hacia su nuca y la besé suavemente el cuello, esperando su reacción. Tan pronto como mis labios acariciaron su piel en ese punto, inclinó su cabeza, dejando libre el acceso a aquella delicia, suspirando una vez más mi nombre. Su mano dedicaba enloquecedoras caricias a mi nuca, y mi mente decidió sola.
- ¿Por dónde quieres que empiece?- pregunté inconscientemente, su aroma hipnotizando mi raciocinio.
Quería ayudarla a recordar. Aunque cierto es que deseaba ayudarla a recordar algo muy concreto en ese momento. Mis labios seguían avanzando hacia su mandíbula, deleitándose con la suavidad de su piel, y los deliciosos sonidos que brotaban de su garganta. Aún no había respondido a mi pregunta, pero tampoco me disuadía de mi embriagadora tarea, cuando advertí que la razón por la que mis labios recorrían ahora su clavícula era un pequeño cambio de posición. Se había incorporado en mi regazo para poder rodearme con sus piernas. Ni una sola palabra que no fuera mi nombre salía de sus labios, y cuando estaba a punto de repetir la pregunta, se apretó con fuerza a mi cuerpo, y meció sus caderas contra mí.
Gemí escandalosamente ante tan delicioso contacto, y la sentí intensificar su abrazo como si le fuera la vida en ello, y volvió a presionar contra mis caderas, gimiendo a su vez.
- ¡Como desees!- exclamé sin aire en los pulmones, estampando mi boca contra la suya, buscando mi propia respiración.
Lo siguiente que supe es que la depositaba suavemente sobre el colchón de mi cama, su suave risa inundando mis oídos. Me tumbé tímidamente sobre ella, mientras sus manos acariciaban mi rostro, y mis labios.
Cerré los ojos perdiéndome en la sensación de su tacto. Era mía, otra vez. Ningún teléfono interrumpiendo mis quehaceres: ni el de la casa, ni el mío, ni el de Bella, que descansaba en su maleta y que Alice había traído desde Vancouver. Era lo correcto, y yo no sabía por dónde empezar.
- Bella.- gemí, levantando sus brazos por encima de su cabeza, buscando sus manos, mientras besaba con ternura sus labios, una y otra vez.
Oí algo golpear el suelo y supe que fueron sus bailarinas, cuando sentí su pie acariciando incitadoramente mi pantorrilla, y sus manos entrelazarse con las mías.
Despacio. Más despacio.
- Cierra los ojos, Bella.- susurré en su oído, mientras soltaba sus manos con suavidad.
Protestó suavemente ante la pérdida, y repetí mi deseo.
- Ciérralos, amor…- incité, besando suavemente ese punto tan sensible detrás del lóbulo.
Tan pronto como lo hizo, salí por la puerta y volé al interior del pequeño invernadero, dejando un suave arrullo tras de mí, cuando oí su voz llamándome.
- ¿Edward?- preguntó, su voz denotando una total confusión.
- Shsh… no tardo…- prometí.
Recorrí como una exhalación las macetas, parándome a cortar un tulipán rizado rojo y blanco, y regresé a su lado, unos instantes después.
- ¿Edward?- me llamó en cuanto crucé la puerta, sentada en la cama, apoyada sobre sus brazos, sus ojos obedientemente cerrados.
Arrastré la flor levemente sobre sus labios, que besé acto seguido, empujándola con delicadeza hacia el colchón, en tanto me regalaba un nuevo suspiro. Dejé la flor a un lado, y deslicé el dorso de mi mano hacia los tirantes de su top, haciéndolos resbalar por sus hombros, y cubriendo de besos, primero su clavícula, y después el suave camino que baja desde su garganta hasta su ombligo, pasando por entre sus senos, pero sin bajar más, escuchando cada uno de sus gemidos, y respiraciones sofocadas.
Escurrí mis inseguras manos por debajo de su ropa, y tracé su silueta suavemente, sin apenas tocarla, llevándome conmigo la delicada prenda azul, que no hacía otra cosa que esconder la verdadera maravilla que ansiaba volver a contemplar: su piel.
Levantó obedientemente sus brazos ante mi silenciosa petición, y alzó la cabeza para que me deshiciera del ligero trozo de tela, rebelando un nuevo conjunto de delicado raso, sin tirantes, que se ataba con un inocente lazo justo ante mis ojos, arrancándome una juguetona sonrisa torcida que Bella premió con una risilla traviesa, entornando sus ojos.
¿Esas tenemos?
Acaricié una vez más sus labios en tanto sus manos jugaban con mi camiseta, tirando del borde hacia arriba. No le daría tiempo a provocarme, voló por el aire aterrizando en alguna parte de la habitación, y mi piel clamó por su premio.
Mientras volvía a tumbarme sobre ella, deleitándome hasta lo prohibido con la familiar sensación, y haciéndoselo saber con un suplicante gemido, y un nuevo beso que prolongué embriagándome con su sabor, reuní suficiente arrojo para bajar escandalosamente despacio hasta el tentador lacito, besando su barbilla, su cuello, la línea que se dibujaba desde el hueco de su garganta hasta la insignificante tira de tela, que atrapé cuidadosamente con mis dientes y me dispuse a liberar de su molesta tarea tirando de uno de los cabos sin prisa ninguna, mientras sus manos buscaban el botón de mis pantalones vaqueros.
Sentí su espalda arquearse levemente dándome permiso para despojarla del suave raso que cubría sus pálidos senos, y concluí con mi excruciante tarea, perdiéndome unos segundos en la extasiante imagen de sus perfectas cimas, irguiéndose orgullosas, libres de su prisión. Un segundo después arrancaba el resto de su ropa con un fluido tirón, ávido por contemplar su perfección una vez más. Bella mordió su labio sensualmente, al verse totalmente expuesta.
- Mi diosa…- susurré, exhalando mi aliento sobre su piel. Extendí mi mano y arrastré sus párpados hacia abajo una vez más, al tiempo que tomaba de nuevo el tulipán en mi mano, y comenzaba a acariciarla delicadamente con sus pétalos, rozándolos sensualmente en los puntos más sensibles de su cuerpo, trazando su silueta, lamiendo levemente con ellos sus erectos pezones, viéndola temblar por el placer.- Te he echado tanto de menos… Habría buscado eternamente, sin descanso, hasta encontrarte. Por cada país, por cada ciudad, por cada pequeña aldea… Habría removido cielo y tierra, todo con tal de volver a tenerte entre mis brazos, y sentirte mía… Heme aquí suplicando a tu puerta… tu cuerpo es el templo de mi más ferviente adoración y he pasado demasiado tiempo añorando recorrer una y otra vez cada uno de sus rincones para rendirte mi absoluta devoción. Heme aquí, soy tu eterno servidor…
Con esto, me recosté de nuevo sobre ella, y capturé su boca, devorándola apasionadamente y bebiendo de su néctar, alimentándome de su aliento, acariciando su lengua y mordisqueando sus carnosos labios, al tiempo que ella rodeaba mis caderas con sus esbeltas piernas y enterraba sus manos en mi pelo; moviéndonos al unísono, creando una insoportable fricción entre nuestros sexos, mientras mis manos acariciaban su cuello y sus pechos, hasta que la más hermosa de las órdenes brotó de sus labios.
- Entra, Edward…- suplicó, y me hundí en su interior.
El más delicioso de los gemidos llenó el aire a nuestro alrededor y comencé a moverme, despacio, deleitándome en la increíble sensación de sus cálidas paredes, ajustándose a mí, dándome la bienvenida.
Besé su cuello, lamiendo la piel, y atrapé el lóbulo de su oreja, mordiéndolo suavemente, mientras aumentaba el ritmo de mis caderas, y Bella alzaba las suyas para que me adentrara aún más. Sus manos se aferraron a mi espalda, y se balanceó hacia delante, sentándonos a ambos en la cama. Comenzó a moverse sobre mí marcando un enloquecedor ritmo, gimiendo y jadeando una y otra vez.
- ¡Léeme, Edward!- susurró jadeante.- Léeme…
Y en aquel instante, la misma súplica surgió de sus pensamientos, y quedé atrapado. Atrapado en las mil y una sensaciones que asaltaban a Bella con la fuerza de decenas, de cientos de maremotos. La energía que fluía por su mente y su cuerpo era tal que no era capaz de comprender que no hubiera colapsado entre mis brazos. Las imágenes venían a su mente multiplicadas, elevadas al infinito. Cada una de mis caricias, de mis besos, regresaban a su mente sumándose al presente, haciéndola estremecer como nunca antes. Las incontables veces que la había amado, deseado y poseído, suave o ferozmente, acudían potenciando el placer de nuestro reencuentro, empujándonos a un ritmo frenético que nos llevara a desatar la energía que se estaba acumulando en nuestro interior.
Me sentí tan exultantemente completo, que cuando Bella volvió a gemir mi nombre, no pude resistirlo.
- Amor mío, vas a gastarme el nombre…- bromeé, dibujando a duras penas su favorita de mis sonrisas torcidas, mientras sus labios saboreaban mi piel.
Detuvo el arrebatador vaivén de sus caderas, y clavó sus ojos en los míos, durante un intenso instante.
- Quiero que lo grabes a fuego en mis entrañas, para que nada ni nadie vuelva a borrarlo de mi mente.- contestó.
Gimiendo desesperadamente su nombre, la tumbé nuevamente sobre su espalda, sosteniendo sus brazos por encima de su cabeza, y me enterré en ella una y otra vez, a un ritmo casi delirante, hasta que explotó como nunca antes, sacudiéndose violentamente bajo mi cuerpo, estrechando con fuerza arrolladora mis manos, y arqueando la espalda al máximo, cuando aflojé mi presa sobre su cuerpo, para dejarme inundar por mi propia liberación. La imagen de su cuerpo arqueado, su cabeza echada hacia atrás, mientras la sostenía entre mis brazos, era simplemente gloriosa.
Colapsé unos segundos después de que volviera a echarse sobre el colchón cubriéndola con mi cuerpo, y dejando un último beso en mi parte favorita de su cuello, recreándome unos instantes en el sabor de su piel.
- Perdóname…- sollozó, de pronto, rompiendo el silencio.
- ¿Qué estás diciendo, amor mío?- pregunté confuso, hundiéndome en las profundidades de sus dos azabaches.
- ¿Cómo he podido olvidarte?- sollozó ella, el dolor insoportable en sus pupilas.
Me dejé invadir por el amor que inundaba sus pensamientos, y atrapé una vez más su boca, deleitándome en cada rincón y acariciando suavemente sus labios al concluir.
- Te amo.- declaré, tumbándola sobre mi cuerpo y abrazándola, como tantas otras veces.
¿Y?
Como no comentéis este lemon, me voy a sentir muuuuy frustrada. Con las ganas que teníais de que esto sucediera, no os quedéis ahora mudas...
He aclarado dos de las canciones que mencionaba en el anterior, que estaban chupadas. Pero los momentos están prácticamente calcados y me los tenéis que decir, porque no creo que se mencionen otra vez. Sí, también hay otros que me he inventado.
Aviso: Actualmente, estoy escribiendo el capítulo 38. Lo que quiere decir, que me va a pillar el toro, y que en tres semanas, si no he espabilado, se os acaba el chollo de que actualice puntualmente. Os tocará tener paciencia.
